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Simone Weil a Atenas

por Gigi Roggero

Según Schmitt existe una mano invisible que te guía en elegir el libro justo en el momento justo. Nosotras, materialistas, sabemos que aquella mano a lo mejor es invisible pero no aleatoria, que se puede organizar y distribuir. No sirve leer muchos libros. Es necesario saber elegir los justos. Las bibliografías hinchadas son como los culturistas que se llenan de esteroides: detrás de una fuerza aparente, se esconde una profunda debilidad. También los músculos conceptuales, pues, se alimentan políticamente de calidad y selección.

Estas capacidades, que pertenecen a la inteligencia colectiva, resultan aún más importantes en fases como la actual, donde es difícil interpretar el presente, y aún más transformarlo. Entonces, como un reflejo condicionado, se tiende a la autocomplacencia de los propios pequeños espacios políticamente e intelectualmente marginales, o huir con el pensamiento a páramos autoreferenciales, en pequeñas comunidades de iguales en las que nos reconocemos y nos dan siempre la razón. Pero se puede seguir otro camino: cuestionar a quien ha sabido interpretar y tal vez transformar su tiempo, y a partir de allí extraer lecciones para el presente. Siempre que se sepa cómo traducir, sin imaginar encontrar recetas universales ya preparadas o aún peor algún dogma a seguir.

En esta época de crisis permanente una figura para interrogar es sin duda Simone Weil, quien ha interpretado a fondo su tiempo, aunque no haya sido capaz de transformarlo. De hecho, en un cierto momento rindiéndose a ello. Sin embargo, nos ha dado varias cosas, entre ellas la extraordinaria colección de artículos, cartas, y fragmentos de pensamientos incluidos en el libro Sulla Germania totalitaria (Adelphi, 1990). En la primera parte, para nosotras la más importante, están los textos escritos entre Berlín y París en 1932 y 1933, en contacto directo con el ascenso del nazismo y la incapacidad de los comunistas de oponerse a la vez al nazismo y el capitalismo. La segunda parte es un largo ensayo de reflexión histórica sobre los orígenes del hitlerismo, que tiene según Weil sus raíces en el Imperio Romano.

En el corto tiempo de permanencia en la capital alemana de la joven militante francesa, entonces ligada al sindicalismo revolucionario y el trotskismo, nos dice lo que ve. Lo hace sin caer en el victimismo, sin llorar los ataques asesinos de los nazis. Por el contrario nos dice que la crisis es una oportunidad. La situación alemana entre el 1932 y el 1933 responde plenamente a la definición de la situación revolucionaria. El problema es que en los hechos no se ven los signos precursores de la revolución. Aparentemente hay una gran calma, y es justo esta calma la que es, en un cierto sentido, “trágica”.

La crisis ha llevado a una politización total de la vida y de las relaciones, “ningún problema concerniente a lo que es más íntimo en la vida de cada persona puede formularse sólo a la luz del problema de la estructura social”. La crisis no se considera una interrupción temporal del desarrollo, ya que terminó con cualquier perspectiva de futuro. Sobre todo para los jóvenes, para los que la crisis constituye el estado normal de las cosas. El único plan de acción que se puede imaginar es entonces la política. Llevan un porvenir, que no será dado por las etapas de una vida ordenada por los demás, sinó que será conquistado de forma autónoma, o no será. De aquí viene la posibilidad revolucionaria: “En Francia sólo hay jóvenes y viejos; allí hay una juventud”. La crisis, por lo tanto, quita a los jóvenes toda perspectiva de confianza en el régimen existente, pero al mismo tiempo corre el riesgo de quitarles también las fuerzas para encontrar una solución. Posibilidad revolucionaria y alienación nihilista marchan codo a codo, a menudo entrelazadas, a veces incluso parecen confundirse. Estas son páginas que parecen estar escritas en los últimos años.

La crisis es a la vez la fragmentación. Divide la clase media desclasada de los obreros, los desempleados y las personas. En línea con el Lenin del ’17, también Weil señala que en los revolucionarios “las masas inconscientes, hasta que no son arrastradas a la acción por los obreros conscientes, absorben muy ávidamente los venenos contrarrevolucionarios”. El movimiento hitleriano es un ejemplo. Es un movimiento, no solo un partido. Reúne la mayoría de los intelectuales, grandes sectores de la pequeña burguesía urbana y del campo, muchos campesinos. La gran burguesía intenta utilizarlo, de manera contradictoria y sin conseguirlo nunca del todo. Leer al fascismo como simple expediente del capital, no permite comprender las profundas ambivalencias de aquella época y de la composición social y de clase. Porque de hecho hay obreros, que tienen sentimientos revolucionarios, que a menudo participan en huelgas con los comunistas y odian a los amos. Ellos son parte de los trabajadores descritos por Jünger, radicalmente ambivalentes, los obreros de la fábrica en la fase de taylorización y las tormentas de acero. Se mezclan y tienen conflictos con los obreros especializados, por cuya tendencia a la marginalización política se aflige la autora. Son, como los jóvenes, en busca de fuerza: parecen encontrarla en el nazismo, sin darse cuenta – Weil observa – que es la fuerza del enemigo.

La militante francesa tiene una profunda admiración por los obreros alemanes, página tras página cuenta de su resistencia en condiciones cada vez más duras; quitan una parte del dinero que queda para la comida para comprar libros, participan en las organizaciones deportivas en brigadas alegres a pesar de todo, se privan de lo necesario para obtener lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. E incluso cuando son pasivos, esta pasividad nunca es resignación. En la clase obrera alemana, la más madura, disciplinada y culta, y sobre todo en su juventud, es necesario poner las mayores esperanzas contra la ola reaccionaria. Y sin embargo, a ratos emerge en el texto como esta “conciencia” ordenada acaba siendo un límite, que a pesar de todo deja la mayor parte de los obreros anclados a la socialdemocracia, que a través de las cooperativas y las sociedades de apoyo mutuo los tiene encadenados a la legalidad. Quizás son demasiado educados para enfrentar la mutación antropológica de la Primera Guerra Mundial y el salto radical impuesto por la crisis, para combatir en una época en la cual importan sólo las brutales correlaciones de fuerzas. Incluso los obreros comunistas, por su parte, muchos de los cuales  se quedaron sin empleo, parecen no darse cuenta de atravesar un momento decisivo, aún piensan que tienen mucho tiempo por delante. Sin embargo, el tiempo apremia.

En noviembre de 1932, el 70% de los votantes alemanes se expresa en contra del gobierno de von Papen y contra la República de Weimar. La ocasión es extraordinaria. Se dividen en los tres partidos principales, que cada uno a su manera apela al socialismo. “Para el Partido Nacional Socialista como para la socialdemocracia, el socialismo se reduce a dirigir en el estado una parte más o menos considerable de la economía, sin una transformación previa del aparato de Estado, sin la organización de un control obrero efectivo”. Mientras el partido comunista alemán es simplemente una sección de la Tercera Internacional, que responde a los intereses de Moscú y no del proletariado. Esto, por supuesto, resultará ser un desastre. Weil critica también a Trotski la esperanza en un cambio de dirección de la Unión Soviética, y definirá como “supersticioso” el apego que conservó por el partido comunista. Definición espléndida, que arrojará luz sobre muchos de los problemas del movimiento obrero durante gran parte del sucesivo siglo XX.

Una vez más, pues, en aquellos meses, a los ojos de Weil se confirma que la situación es revolucionaria: pero si la situación no es atacada, decidida y resuelta, si los revolucionarios no sabrán llegar hasta el final, la situación se volverá en su contra. Ya se sabe lo que pasó, y, finalmente será el fascismo y no la revolución el que barra el “cadaver apestoso” de la socialdemocracia, que con las manos manchadas con la sangre de los espartaquistas durante quince años corrompió el ambiente político en Alemania.

Entonces Weil señala la derrota, con la justa lucidez y con la predicción equivocada de la imposibilidad de continuar la lucha. Incluso cuando abandona la militancia, sin embargo, elige con dignidad “compartir la derrota de los obreros en lugar de la victoria de los opresores”. Ve el ascenso, en un horizonte próximo, una nueva especie de opresión ejercida en nombre de la función. Es la era de la técnica, de la oposición entre los que tienen la máquina y de los que la máquina dispone. El obrero se reduce a un comportamiento “contemplativo”, decía Lukacs, en el que sólo debe controlar el funcionamiento del sistema automático. Se desarrolla el tema de la burocracia, en el cual se hace sentir la jaula de hierro weberiana y la influencia de Trotski. Una burocracia que en fragmentos está demasiado separada de la materialidad de las relaciones de producción, casi independiente del desarrollo del capitalismo. Hasta ver el régimen de la técnica como sucesor del capitalismo, donde hoy podemos observar el desarrollo pleno como su etapa suprema. La crisis contemporánea y el dominio del algoritmo financiero nos hablan exactamente de esto.

La segunda parte, decíamos, es para nosotras la menos interesante. Aquí el nazismo, tan cuidadosamente analizado antes en su determinación histórica, es ahora engullido por el concepto de totalitarismo, que termina comiéndose la relación de capital. Que es total por definición. De esta manera, se pierde la especificidad material de los procesos, la Alemania nazi se vuelve igual al Imperio Romano. Como si el dominio del capital estuviera basado en el puro terror y no también en la aceptación; no sólo en la necesidad coactiva de la fuente de nuestra explotación (o trabajas o no comes), sinó también en la mercantilización de su deseo. Se pierde sobre todo la oportunidad de comprender cómo estos procesos se pueden romper y subvertir. Así que la primera parte en la que estos elementos emergen con extraordinaria lucidez, parecen perderse en la segunda. Aquí traslucen puntos de nostalgia, en busca de un hombre y una mujer que no estén corrompidas por el poder. El totalitarismo, sobre todo, acaba oponiéndose a una mitificación de la democracia. ¿Cómo no ver, después de unas décadas, que esta abstracción técnica ha sido llevada a cabo no en contra, sinó con la democracia? Es la hegemonía del hombre-masa, el totalitarismo de la opinión pública, el dominio del mercado: desde Atenas a Atenas, la democracia nació con la esclavitud de los antiguos y muere con la esclavitud de los modernos.

En los años entre la primera y la segunda parte se consuma un cambio significativo en la biografía política de Weil. Una vez dejado el compromiso militante, continuará odiando justamente al estado, aunque amando demasiado al individuo. Permanecerá fiel a los obreros, y después de todo a la idea de que la emancipación de los obreros será obra de los propios obreros. Esa idea que la llevó a imaginar un papel del militante que debe simplemente ayudar a los obreros a hacer la revolución, no empujarlos. Es un operaísmo matizado en sentido populista, pero ciertamente no aquel populismo vaciado de todo contenido con el que el término se usa desde hace unos años. Populista por lo que significaba en la noble tradición de la Revolución Rusa, hombres y mujeres que fueron a la gente y estaban dispuestos a jugarse la vida. Lenin tenía un profundo respeto por los populistas revolucionarios, estudió las enseñanzas, contra quien –  los presuntos populistas contemporáneos a él – mancillaba su gran legado subversivo.

Necesitaríamos una Weil hoy en Atenas, más que un Syriza en Bruselas. Y una Weil en cada metrópoli afectada por la crisis. Porque aquí necesitamos de la capacidad de mirar y no sólo ver, de interpretar, y no sólo narrar, de hacer investigación y no sólo reportaje. Entender las ambivalencias, poner sobre la mesa los retos, explicar los problemas y limitaciones, presionar sobre los tiempos y las urgencias. Y no escribir para complacerse a sí mismos o sus comunidades de referencia. “Parece que los militantes temen las reflexiones desmoralizadoras”, escribe al comienzo de 1933. Ochenta años después, sigue siendo así. De esta Weil hoy nos gustaría quitar el sentido de la inevitabilidad de la derrota, sumergir el espíritu de sacrificio en la libertad de la organización colectiva, abrir sus perspectivas a la posibilidad de reversión. No por esperanza, sinó por necesidad. Sin olvidar nunca que nuestro ángel de la historia tiene la potencia del salto del tigre.

Fuente: Commonware

El coraje de ser una misma

por Beatriz Preciado

Cuando recibí esta invitación para hablar del coraje de ser yo misma, al principio mi ego ronroneó. Como si le hubieran ofrecido una página publicitaria en la cual fuese el objeto a la vez que usuario. Yo ya me veía con una medalla en el pecho, heroica. Después la memoria de los oprimidos me atacó y ha borrado cualquier complacencia.

Hoy me concederéis el privilegio de evocar “mi” valor de ser yo misma, después de haberme hecho llevar la carga de la exclusión y de la vergüenza durante toda mi infancia. Me ofrecéis este privilegio como regaláis una copita a un enfermo de cirrosis, negando al mismo tiempo mis derechos fundamentales en el nombre de la nación, confiscando mis células y mis órganos para vuestra política delirante. Me concedéis este coraje como si regalarais una moneda a un ludópata, siguiendo con el rechazo a llamarme con un nombre masculino o de asociar mi nombre con adjetivos masculinos, sólo porque no tengo los documentos oficiales necesarios ni la barba.

Nos reunís aquí como un grupo de esclavos que han sabido alargar sus cadenas pero que quedan más o menos disponibles, han obtenido sus diplomas y aceptan hablar el idioma de los maestros. Estamos aquí, frente a vosotros, todos nacidos en cuerpos femeninos, Catherine Millet, Cécile Guibert, Hélèn Cixous, guarras, bisexuales, mujeres con la voz ronca, argelinas, judías, virago, españolas. ¿Pero cuando os cansareis de asistir a nuestro “coraje” como si fuera una diversión? ¿Cuándo os cansareis de diferenciarnos para identificaros a vosotros mismos?

Me atribuís el valor, supongo, porque he luchado al lado de las putas, los enfermos de SIDA y los discapacitados. En mis libros he hablado de mis prácticas sexuales con vibradores y prótesis. He hablado de mi relación con la testosterona. Este es mi mundo, mi vida y no la he vivido con coraje, sino con entusiasmo y alegría. Pero vosotros no sabéis nada de mi alegría. Preferís compadecerme y me asignáis la valentía porque en nuestro régimen político sexual, el imperante del capitalismo farmacológico, negar la diferencia del sexo es como negar la encarnación de Cristo en el medioevo. Me achacáis un gran coraje porque hoy, frente a los teoremas genéticos y a los documentos administrativos, negar la diferencia de género es como escupir en la cara de un rey en el siglo quince.

Y me decís: “Háblanos del coraje de ser tu misma”, como los jueces del tribunal de la inquisición le dijeron a Giordano Bruno durante ocho años: “Háblanos del heliocentrismo, de la imposibilidad de la Santa Trinidad”, mientras recogían la leña para la hoguera. Pero a pesar de que pueda ver ya las llamas, pienso como Giordano Bruno que no será suficiente un pequeño cambio de rumbo, que se tendrá que cambiar todo, estallar el campo semántico y el dominio pragmático. Salir del sueño colectivo de la verdad del género, tal como se salió de la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Para hablar del sexo, género y sexualidad es necesario comenzar con un acto de ruptura epistemológica, un rechazo categórico, una fractura de la columna conceptual que haga florecer una emancipación cognitiva. Tenemos que abandonar por completo el lenguaje de la diferencia de género y la identidad (también el lenguaje de la identidad estratégica de Spivak, o la identidad nómada de Rosi Braidotti). El género o la sexualidad no son una propiedad esencial de la materia, sino el producto de diversas tecnologías sociales y discursivas, de prácticas políticas de gestión de la verdad y de la vida. El producto de su valentía.

No existen los géneros y sexualidades, sino los usos del cuerpo reconocidos como naturales o castigados por desviados. Y no sirve jugar vuestra última carta trascendental, la maternidad como diferencia clave. La maternidad es sólo uno entre los varios usos posibles del cuerpo, no es la garantía de la diferencia de género o la feminidad.

Entonces quedaros con vuestro valor. Mantenedlo para vuestros matrimonios y divorcios, vuestros engaños y vuestras mentiras, vuestras familias, vuestra maternidad, vuestros hijos y nietos. Quedaros con el coraje que necesitáis para seguir la norma. La sangre fría para prestar vuestro cuerpo al imparable proceso de repetición regulada. El valor, como la violencia y el silencio, como la fuerza y el orden, están de vuestro lado. Por el contrario, yo hoy reivindico la legendaria falta de coraje de Virginia Woolf y de Klaus Mann, de Audre Lorde y di Adrienne Rich, de Angela Davis y de Fred Moten, de Kathy Acker y de Annie Sprinkle, de June Jordan y de Pedro Lemebel, de Eve K. Sedgwick y de Gregg Bordowitz, de Guillaume Dustan y de Amelia Baggs, de Judith Butler y de Dean Spade.

Pero porque os amo, mis valientes símiles, os deseo que perdáis el valor vosotros también. Os deseo que no tengáis más la fuerza de repetir la norma ni de fabricar la identidad, que perdáis la fe en lo que dicen sobre vosotros los documentos. Y una vez que hayáis perdido vuestro valor, cansados de la alegría, os deseo que inventéis una manera para usar vuestro cuerpo. Justamente porque os amo, quiero que seáis débiles y despreciables. Porque es a través de la fragilidad que opera la revolución.

Fuente: internazionale.it

Introducción al Manifiesto por una Política Aceleracionista

A propósito de esta publicación*

En el acto de traducir un texto, surge siempre la interrogante de cómo pueden las ideas viajar íntegras – no solo en términos lingüísticos sino también políticos. El Manifiesto Aceleracionista está particularmente expuesto a este problema de traslación, ya que fue escrito para una audiencia cuya coyuntura política difiere significativamente del vigente sistema político cubano. Escrito como una intervención en el mundo Occidental, con una democracia parlamentaria anquilosada y un voraz capitalismo de libre mercado, el Manifiesto Aceleracionista pretende hacer dos cosas. Primero: diagnosticar la incapacidad de la izquierda para cambiar el sistema político y económico. Segundo: el manifiesto propone un programa de rejuvenecimiento de la izquierda (futuro que propone el “aceleracionismo”) que pretende extender el marxismo hacia el siglo XXI.

Hay que recordar que para Marx sobrepasar el capitalismo es mucho más que superar y satisfacer las necesidades básicas. El capitalismo – y cualquier sistema que le suceda – debe propiciar el florecimiento de los deseos, intereses y subjetividades. La crítica de Marx al capitalismo iba de la mano con la emancipación colectiva de la humanidad, y con la construcción material y socioeconómica de la libertad. Una posición común entre las distintas vertientes del aceleracionismo –como proyecto para un sistema moderno de conocimiento, como una visión cosmicista del futuro, y como una planificación económica post-capitalista – es el objetivo de establecer las condiciones para la libertad. El Aceleracionismo, por tanto, busca construir el futuro. Busca recuperar la creencia, aparentemente perdida, de que hay una dirección que orienta la historia y esta, es la del progreso, la emancipación colectiva y la autodeterminación. Se trata de una recuperación de las ideas perdidas de la modernidad, liberadas de su enfoque capitalista y redefinidas por las críticas postcoloniales.

Cuba, bajo el mandato de Raúl Castro, se mueve lentamente hacia la reforma de un caduco sistema socialista centralizado. Pero aún existen significativos problemas con el estado cubano – esto hace que la valorización implícita en este manifiesto, sobre las capacidades del estado, parezca potencialmente retrógrada. Incluso, en Occidente, el problema radica en cómo eludir los sueños izquierdistas de localismo, gestión horizontal y autosuficiencia – para intentar rejuvenecer las luchas por los resortes del poder. Mientras que en Cuba, el problema puede ser visto como lo opuesto: cómo reducir el poder ilegítimo del Estado y recuperar la ayuda mutua y la auto-organización.

A pesar de las diferencias entre la coyuntura EuroAmericana y la de Cuba, esperamos que algunas de las sugerencias positivas del manifiesto para el futuro de la izquierda sean apropiadas. Con el neoliberalismo marcado por la inmanente crisis, con la decrepitud del tradicional socialismo de estado, y con el capitalismo de estado tipo chino, ofreciendo un camino alterno al mismo derrotero Occidental (acumulación por la acumulación), el manifiesto señala un nuevo camino a seguir. Con el desarrollo de la tecnología, la recuperación de una modernidad popular, y el rejuvenecimiento del objetivo de autodeterminación de la Ilustración, el aceleracionismo debe ser visto como un nuevo futuro para la izquierda, operando en los más altos niveles de ambición política. Es nuestra esperanza que las ideas de este manifiesto sean tomadas en cuenta en contextos particulares y modificadas para alcanzar la meta universal de emancipación colectiva.

Nick Srnicek y Alex Williams
London, January 2014
(Traducción: Gean Moreno y Ernesto Oroza)

*Esta introducción ha sido especialmente escrita por los autores para la publicación del Manifiesto en Carne Negra. Tanto ella como su traducción al español son producto de un gesto colaborativo totalmente desinteresado, inscrito en la lógica de libre circulación de información que caracteriza las dinámicas socioculturales de proyección progresista. Por ello queremos enfatizar nuestro agradecimiento a autores y traductores, por alcanzar con su actitud un contexto en el cual ejemplos como este comienzan a escasear.

Manifiesto Aceleracionista [parte 3]

03: MANIFIESTO: Sobre el futuro

1. Creemos que la división más importante que existe hoy en la izquierda se encuentra entre los que tienen una política popular de carácter local, de acción directa e incansable horizontalidad, y los que esbozan lo que debe empezar a llamarse una política aceleracionista, que se siente cómoda con una modernidad de abstracción, complejidad, globalidad y tecnología. Los primeros se dan por satisfechos con establecer pequeños espacios temporales de relaciones sociales no capitalistas, rehuyendo los problemas reales que conlleva el hecho de tener que luchar contra enemigos intrínsecamente no locales, abstractos y profundamente arraigados en nuestra infraestructura cotidiana. El fracaso de estas políticas es la crónica de una muerte anunciada. Por el contrario, una política aceleracionista busca preservar las conquistas del capitalismo tardío al tiempo que va más allá de lo que permite su sistema de valores, sus estructuras de poder y sus patologías de masa.

2. Todos queremos trabajar menos. Es intrigante saber por qué el economista más importante del mundo de la era de posguerra creía que un capitalismo ilustrado conllevaría inevitablemente con el tiempo una reducción radical de la jornada laboral. En “Perspectivas económicas para nuestros nietos” (escrito en 1930), Keynes predijo un futuro capitalista en el que las personas habrían reducido su jornada laboral a tres horas al día. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que se ha ido eliminando progresivamente la separación entre trabajo y vida privada y que el trabajo, con el tiempo, ha acabado por impregnar todos los aspectos de las relaciones sociales.

3. El capitalismo ha empezado a reprimir las fuerzas productivas de la tecnología o, por lo menos, a dirigirlas hacia fines absurdamente limitados. Las guerras de patentes y la monopolización de las ideas son fenómenos contemporáneos que ponen de relieve tanto la necesidad del capital de ir más allá de la competencia como su aproximación cada vez más retrógrada a la tecnología. Los logros aceleracionistas del neoliberalismo no han resultado en menos trabajo ni en menos estrés. Y en lugar de un mundo cargado de futuro, de viajes espaciales y potencial tecnológico revolucionario, vivimos en una época donde lo único que avanza es una parafernalia de cosas ligeramente mejoradas para los consumidores. Un sinfín de repeticiones de los mismos productos básicos sostienen la demanda marginal de consumo a expensas de la aceleración humana.

4. No queremos volver al modelo fordista. No es posible regresar al fordismo. La “edad de oro” capitalista partía del paradigma productivo de la fábrica como entorno industrial ordenado, donde los trabajadores (hombres) recibían seguridad y condiciones de vida básicas a cambio de una vida de aburrimiento anquilosante y de represión social. Este sistema se sustentaba en una jerarquía internacional de colonias e imperios y una periferia subdesarrollada, así como en una jerarquía nacional de racismo y sexismo y en una estricta jerarquía familiar de subyugación de la mujer. A pesar de la nostalgia que muchos pueden sentir, el regreso a este régimen es tan indeseable como imposible en la práctica.

5. Los aceleracionistas quieren liberar las fuerzas productivas latentes. En este proyecto, la base material del neoliberalismo no necesita ser destruida. necesita ser reformulada con el fin de alcanzar unos objetivos comunes. La infraestructura capitalista existente no es un escenario que tenga que ser demolido, sino una plataforma de lanzamiento del post-capitalismo.

6. El sometimiento de la tecnociencia a los objetivos capitalistas —especialmente desde finales de la década de los setenta— impide conocer a fecha de hoy lo que una maquinaria tecnosocial moderna sería capaz de lograr. ¿Quiénes de nosotros reconocen hoy los potenciales ocultos que se esconden detrás de las tecnologías actuales? Nosotros creemos que el auténtico potencial transformador de muchos de los avances tecnológicos y científicos de nuestro tiempo no se ha explotado aún, cargados de características redundantes (o pre-adaptaciones). De producirse un cambio más allá de la miopía de los aliados capitalistas, estos avances podrían resultar decisivos.

7. Queremos acelerar el desarrollo tecnológico sin caer por ello en el utopismo tecnológico. Sabemos que la tecnología nunca será suficiente para salvarnos. Necesaria sí, pero nunca suficiente sin la acción sociopolítica. Las esferas social y tecnológica van siempre de la mano, y los cambios en una de ellas propician y potencian los cambios en la otra. Mientras que los tecnoutopistas creen que la aceleración tecnológica permitirá superar automáticamente de por sí los conflictos sociales, nosotros pensamos que el desarrollo tecnológico tiene que acelerarse precisamente porque la tecnología es necesaria para ganar los conflictos sociales.

8. Creemos que cualquier post-capitalismo requiere una planificación post-capitalista. Querer creer que después de una revolución la gente construirá espontáneamente un nuevo sistema socioeconómico que no constituya un simple retorno al capitalismo es, en el mejor de los casos, ingenuo, y en el peor, ignorancia pura. Para planificar esta fase tenemos que desarrollar un mapa cognitivo del sistema existente y especular con una posible imagen del sistema económico futuro.

9. Para ello, la izquierda tiene que aprovechar todos y cada uno de los avances científicos y técnicos que hace posible la sociedad capitalista. La cuantificación no es un demonio que deba ser exterminado sino una herramienta que ha de ser utilizada de la forma más eficaz posible. Los modelos económicos son, en palabras simples, una herramienta necesaria para hacer inteligible un mundo complejo. La crisis financiera de 2008 pone de manifiesto los riesgos de aceptar a ciegas modelos matemáticos, aunque esto es más un problema de autoridad ilegítima que de matemáticas. Las herramientas que nos ofrecen las disciplinas de análisis de redes sociales, modelos basados en agentes, análisis de grandes conjuntos de datos y modelos económicos de no equilibrio son necesarias a nivel cognitivo para entender sistemas complejos como la economía moderna. La izquierda aceleracionista tiene que formarse bien en estos campos técnicos.

10. Cualquier transformación de la sociedad debe implicar la experimentación económica y social. El proyecto chileno Cybersyn es un paradigma de esta actitud experimental. En él se fusionan tecnologías cibernéticas avanzadas con técnicas de modelación económica sofisticadas y una plataforma democrática materializada en la infraestructura tecnológica. En los años cincuenta y sesenta también se realizaron experimentos similares en la economía soviética, empleando la cibernética y la programación lineal para intentar resolver los nuevos problemas a los que se enfrentaba la primera economía comunista del mundo. El fracaso de estos experimentos se debió en última instancia a las limitaciones tanto políticas como tecnológicas a las que estos pioneros cibernéticos estaban sometidos en esa época.

11. La izquierda tiene que desarrollar una hegemonía tecnosocial tanto en el ámbito de las ideas como en el ámbito de las plataformas materiales, que son la infraestructura de la sociedad globalizada. Las plataformas establecen los parámetros básicos de lo que es posible tanto a nivel conductual como ideológico, plasmando con ello la trascendencia material de la sociedad. Son las que hacen posible determinados grupos de acciones, relaciones y poderes. Las plataformas globales actuales presentan una desviación tendenciosa hacia las relaciones sociales capitalistas, pero no es algo que sea ni inevitable ni irreversible. Estas plataformas materiales de producción, finanzas, logística y consumo pueden ser y serán reprogramadas y reformateadas hacia parámetros post-capitalistas.

12. No creemos que la acción directa sea suficiente para alcanzar ninguno de estos objetivos. Las tácticas habituales de manifestación con pancartas y creación de espacios temporalmente autónomos conllevan el riesgo de convertirse en sustitutos cómodos de la acción realmente eficaz y exitosa. “Al menos hacemos algo”, es el grito unánime que lanzan aquellos que anteponen la autoestima a la acción realmente eficaz. El único criterio que define una buena táctica es si con ella se consigue o no el éxito. Tenemos que acabar con las formas de acción individuales fetichistas. La política tiene que ser tratada como un conjunto de sistemas dinámicos divididos por conflictos, adaptaciones y contraadaptaciones permanentes junto con carreras armamentísticas estratégicas. Esto significa que cualquier forma de acción política individual pierde su eficacia con el tiempo porque la otra parte se adapta. No hay ninguna forma de acción política históricamente inviolable. Es más: con el tiempo se hace cada vez más necesario abandonar algunas tácticas de lucha tradicionales porque las fuerzas y las entidades que se pretende derrotar con ellas aprenden a defenderse y a contrarrestarlas muy eficazmente. La incapacidad de la izquierda de hoy de hacer lo mismo es uno de los motivos principales del malestar actual.

13. Hay que poner fin a la priorización extrema que se hace de la democracia como proceso. La idolatría de la horizontalidad, la inclusión y la apertura que practica gran parte de la izquierda “radical” sienta las bases de la ineficacia. El secretismo, la verticalidad y la exclusión también tienen su lugar en la acción política efectiva (no como herramientas únicas, obviamente).

14. La democracia no puede ser definida simplemente por los medios que emplea: la votación, el debate o las asambleas generales. La democracia de verdad tiene que definirse por su objetivo: la emancipación y el autogobierno colectivo. Es un proyecto que debe aunar la política con el legado de la Ilustración, en la medida en la que sólo mediante nuestra habilidad para comprendernos mejor y entender mejor nuestro mundo (social, tecnológico, económico, psicológico) podremos llegar a gobernarnos a nosotros mismos. Tenemos que establecer una autoridad vertical legítima controlada colectivamente junto con modelos sociales horizontales y distribuidos para evitar convertirnos en esclavos de un centralismo totalitario y tiránico o, por contra, de un orden emergente caprichoso que escapa a nuestro control. La autoridad de El Plan tiene que casarse con el orden improvisado de La Red.

15. No presentamos ninguna organización en particular como el instrumento ideal para integrar estos vectores. Lo que se necesita —lo que siempre se ha necesitado— es un ecosistema de organizaciones, un pluralismo de fuerzas retroalimentándose sobre la base de sus ventajas comparativas. El sectarismo es la sentencia de muerte de la izquierda del mismo modo que lo es el centralismo, y en este sentido recalcamos de nuevo la importancia de experimentar con diferentes tácticas (incluso con aquellas con las que no estamos de acuerdo).

16. Tenemos tres objetivos concretos a medio plazo. En primer lugar, tenemos que construir una infraestructura intelectual. Imitando a la Sociedad Mont Pelerin de la revolución neoliberal, se trata de crear una nueva ideología y unos modelos económicos y sociales nuevos, así como una visión de lo que está bien para reemplazar y superar los paupérrimos ideales que rigen nuestro mundo actual. Estamos hablando de una infraestructura en el sentido de construir no solo ideas, sino instituciones y herramientas físicas que permitan materializar, inculcar y divulgar dichas ideas.

17. Tenemos que impulsar una reforma de los medios a gran escala. Porque, a pesar de la aparente democratización que ofrecen internet y las redes sociales, los medios de comunicación tradicionales siguen siendo claves para seleccionar y elaborar el discurso. Poseer los recursos necesarios para seguir impulsando el periodismo de investigación es también un factor determinante. Someter estos entes al máximo control popular es esencial para desmontar el discurso actual sobre el estado de las cosas.

18. Por último, tenemos que reconstruir las diversas formas del poder de clase. Esta reconstrucción debe ir más allá de la idea de que ya existe un proletariado global generado de forma orgánica. En lugar de ello, debemos buscar la manera de integrar una serie dispar de identidades proletarias fragmentadas, que a menudo se manifiestan bajo formas post-fordistas de trabajo precario.

19. Hay muchos grupos e individuos trabajando ya en estos tres objetivos, pero por separado sus esfuerzos son insuficientes. Lo que se necesita es que los tres se retroalimenten mutuamente, con cada uno modificando la conjunción contemporánea de tal manera que los otros sean más y más efectivos. Un bucle de feedback sobre la transformación ideológica, social, económica y de infraestructuras que genere una nueva hegemonía compleja, una nueva plataforma tecnosocial post-capitalista. La Historia demuestra que siempre ha sido una amplia amalgama de tácticas y de organizaciones la que ha provocado un cambio sistémico; debemos aprender de estas lecciones.

20. Para lograr cada uno de estos objetivos, en el plano más práctico, sostenemos que la izquierda aceleracionista debe pensar más seriamente en los flujos de recursos y de dinero necesarios para construir una nueva infraestructura política eficaz. Más allá del “poder del pueblo” que ostentan los agentes que actúan en la calle, necesitamos financiación, ya sea de gobiernos, instituciones, laboratorios de ideas, sindicatos o benefactores individuales. Consideramos que la localización y la gestión de tales flujos de financiación son esenciales para comenzar a reconstruir un ecosistema de organizaciones de izquierda aceleracionistas eficaces.

21. Sólo una política prometeica en la que se ostente un dominio absoluto de la idiosincrasia de la sociedad y su entorno será capaz de abordar los problemas globales o lograr una victoria sobre el capital. Es necesario diferenciar este tipo de dominio del tan querido por los pensadores de la Ilustración original. El universo mecánico de Laplace, tan fácilmente dominado con la suficiente información, ha desaparecido de la agenda de la cognición científica seria. Pero esto no es para alinearnos con lo que queda de la posmodernidad, condenando el dominio como algo proto-fascista o la autoridad como de por sí ilegítima. En su lugar, proponemos que los problemas que acechan nuestro planeta y nuestra especie nos sirvan para otorgar al autodominio un aspecto y una complejidad totalmente renovadas. Si bien no podemos predecir el resultado exacto de nuestras acciones, sí podemos determinar de forma probabilística rangos de resultados posibles. Lo que debe asociarse a estos análisis de sistemas complejos es una nueva forma de acción: improvisada y capaz de confeccionar un diseño a partir de un procedimiento práctico que aborda las contingencias con las que se encuentra únicamente a través de la acción, dentro de una política de maestría geosocial y astuta racionalidad. Una forma de experimentación abductiva que busca las mejores herramientas para actuar en un mundo complejo.

22. Necesitamos recuperar el argumento que tradicionalmente se ha hecho valer para el post-capitalismo: el capitalismo no sólo es un sistema injusto y perverso sino también un sistema que frena el progreso. Nuestro desarrollo tecnológico está siendo aniquilado por el capitalismo en la misma medida en la que fue impulsado. El aceleracionismo es el convencimiento de que estas capacidades se pueden y deben liberar superando las limitaciones que impone la sociedad capitalista. Superar nuestras limitaciones actuales implica mucho más que una simple lucha por una sociedad global más racional. Creemos que también debe incluir recuperar los sueños que embargaron a muchos desde mediados del siglo XIX hasta los albores de la era neoliberal, recuperar la búsqueda del Homo Sapiens y trascender los límites de la Tierra y de nuestras formas corporales inmediatas. Estas visiones son consideradas hoy reliquias de una época más inocente. Ambas ponen de relieve la asombrosa falta de imaginación que caracteriza nuestro tiempo y ofrecen la promesa de un futuro estimulante desde el punto de vista afectivo y vigorizante desde el punto de vista intelectual. Después de todo, sólo una sociedad post-capitalista hecha realidad gracias a una política aceleracionista será capaz de cumplir las expectativas que generaron los programas espaciales de mediados del siglo XX e ir más allá de un mundo de pequeñas mejoras técnicas para provocar un cambio integral. Esta sociedad nos permitirá avanzar hacia una era de emancipación y autogobierno colectivo, hacia el futuro alienígena propiamente dicho que resulta de ello. Hacia la culminación del proyecto ilustrado de la autocrítica y el dominio de sí, en lugar de hacia su eliminación.

23. La elección que tenemos que tomar es crítica: o un post-capitalismo globalizado o una fragmentación lenta hacia el primitivismo, la crisis perpetua y el colapso ecológico planetario.

24. Es necesario construir el futuro. Porque éste ha sido demolido por el capitalismo neoliberal y reducido a una promesa de mayor desigualdad, conflicto y caos; eso sí, una promesa en oferta. Este colapso de la idea de futuro es sintomático de la situación histórica regresiva en la que nos encontramos y no, como muchos cínicos de todo el espectro político nos quieren hacer creer, un signo de madurez escéptica. Lo que el aceleracionismo persigue es un futuro más moderno, una modernidad alternativa que el neoliberalismo es intrínsecamente incapaz de generar. El futuro tiene que partirse para abrirse de nuevo, liberando nuestros horizontes hacia las posibilidades universales que ofrece el Afuera.