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El tren contra la historia – Prologo

Advertencia y prólogo del panfleto de Gigi Roggero (colección Input por DeriveApprodi, 2017)

Advertencia

Este no es un ensayo, uno de esos libros inflados con citas y bibliografías. No porque consideremos inútil leer libros, por el contrario, lo consideramos tan útil que no nos ocuparemos de dar a cada uno su propio trozo de reconocimiento. Las referencias se utilizan de forma parcial y arbitraria, porque pensar de forma revolucionaria significa ser parciales y arbitrarios. Quien quiera encontrará las huellas necesarias para profundizar y reutilizar, quien no quiera hacerlo es inútil que se plantee el problema de las citas para justificar su pereza.

Lo que tenéis en vuestras manos es un panfleto, de esta manera se llaman a esas escrituras cortadas con el hacha, directas al punto de la cuestión y lejos de rodeos, que toman el riesgo de la simplificación porque presuponen la complejidad. Para cada tema se tratará, parece ya escuchar un zumbido molesto de voces: pero no habéis hablado de esto y de esto y lo otro y eso, al desplazarse por la lista de compras de temas que los concienzudos izquierdistas deben mencionar. Al no ser de izquierdas, no nos importa. Uno de nuestros malos maestros, ante la objeción de aquellos que le recordaban las grandes injusticias que atormentan al mundo, respondió que estaba tan de acuerdo que no hablaba de eso, precisamente porque todos los demás ya lo estaban haciendo. Si decimos algo, es para romper, no para agradar. Desconfiemos radicalmente de aquellos pensadores sobre los cuales todos expresan juicios positivos, porque evidentemente no tienen nada realmente significativo que decir. Cada pensamiento que realmente dice algo es un pensamiento divisivo. Desde luego un revolucionario concibe la escritura como guerra, para dividir continuamente a los amigos de los enemigos.

Entonces este panfleto quisiera ser algo más. Un llamado a las armas. No para fundar un nuevo partido, porque el partido está en nuestras cabezas, es nuestra forma de razonar y actuar, será un proceso real darle una forma organizada. Ciertamente es un llamado a las armas para hundir a los partidos existentes: ya sea que se les llamen partido o no, formales o informales, grandes o pequeños. Llevar cañones y pólvora. Es un llamado a las armas para matar a los zombis políticos que capturan y chupan sangre a los vivos, especialmente a aquellos que no aceptan el estado de cosas actual. Llevad cruces y estacas. Es un llamado a las armas para despejar la tierra de los cadáveres que, con su arrogante podredumbre, impiden el nacimiento de los frutos. Llevad palas, herbicidas y luego distribuir sal en abundancia. Es un llamado a las armas para abrir una brecha en lo real y vislumbrar la apariencia de lo posible. Llevad cuchillos afilados, forjar lentes nuevos, incluso antes, llevad ojos dispuestos a mirar. Incluso lo que no nos gusta, incluso lo que nos desplaza. De hecho, sobre todo esto.

Habrá quienes dirán que este panfleto es demasiado teórico y le falta acción. Habrá quienes dirán que, en su tensión ante la acción, carece de teoría. No nos importa ni lo uno ni lo otro, porque ambos no entienden que una acción sin teoría es fatua, que una teoría sin acción es académica. Este folleto se coloca allí donde la acción cambia la teoría y la teoría dirige la acción. Allí es el espacio de los militantes políticos. No, nada que ver con políticos, aquellos de los partidos o grupos que se definen a sí mismos como movimiento en ausencia de movimiento, y cuando hay un movimiento lo sofocan si no pueden gobernarlo. Hablamos de militantes como aquellos que quieren hacer algo como la revolución, dispuestos a arriesgar sus vidas, sus deseos, sus habilidades para ese algo que es todo.

Por lo tanto les advertimos: este panfleto no está escrito con una pluma. Está escrito con el martillo. No porque tengamos tantas certezas, sino porque queremos ordenar muchas de nuestras dudas. No porque estemos satisfechos con lo que somos y pensamos, sino porque no lo somos en absoluto, porque queremos romper lo que somos. No porque nos sentimos poderosos, sino porque queremos buscar la potencia, construirla, expresarla. Para golpear contra el espíritu enemigo de nuestro tiempo. Para martillar contra el espíritu enemigo del tiempo que se ha encarnado en nosotros.

Almas hermosas, huid de aquí. Vosotras que estáis horrorizadas por la polémica de la de la política y la de los fines y no por la competencia individual, que confundís el mezquino rencor de los débiles, con la implacable determinación de los fuertes: o nunca habéis conocido a Marx, Lenin y la praxis revolucionaria, o – aún peor – los leísteis y no entendisteis nada. Con gusto dejaremos la filología a la academia y lo politically correct a la ideología posmoderna. Debemos defender el pensamiento fuerte del pensamiento débil porque este no es un texto para almas hermosas. Es un llamado a las armas para los espíritus libres.
Prólogo

Después de esta advertencia necesaria (no vayáis diciendo por ahí que no os lo dijimos), expliquemos brevemente por qué el título y el subtítulo.

El tren es notoriamente una imagen del progreso, la aceleración y la velocidad imparable del desarrollo. Es la máquina que corre para hacer circular el capital y la fuerza de trabajo y apresurar el cumplimiento de la modernidad y la civilización. En los últimos años de su vida Marx escribía a Vera Zasulič, ex revolucionaria populista temerosa de perder el potencial subversivo de las campañas y neomarxista temerosa de fallar a la doctrina de la necesidad del desarrollo del capitalismo, que lo que amenaza la vida de la comuna rusa no es ni una fatalidad histórica ni una teoría: es el “gran negocio” puesto en marcha en Rusia por la “conspiración de fuerzas e intereses poderosos”, es decir, Estado, bolsa, banco, comercio y por supuesto los ferrocarriles. Mientras escribía estas líneas, la batalla seguía abierta, tanto que en esos mismos días el Narodnaja Volja acabó con el zar Alejandro II. Marx no dejó de brindar por el evento, frente a los marxistas, y su santificación de la objetividad y las etapas de desarrollo. Luego las cosas fueron como sabemos, la batalla la ganó la conspiración de fuerzas e intereses, y el destino podría proceder temporalmente sobre los carriles del capital. Y sigue siendo un tren el símbolo material de una lucha, que durante veinte años se está luchando en Val di Susa. No el tren en general, sino un tren en particular: el que come vidas y caga ganancias. Estos son los trenes de la historia, aquellos en los que viaja la historia, aquellos que la historia hace viajar.

Aquí, nosotros hablamos de otro tren, un contra-tren. Un tren blindado. Un tren que partió de una capital, la suiza, y que llegó a otra capital, la rusa. Un tren que pasó por la Primera Guerra Mundial. Un tren que se usa en contra de sus propósitos capitalistas. Un tren que ha pasado por la historia. Un tren que se ha rebelado a la historia. Un tren que se ha vuelto contra la Historia. Un tren atado a un nombre maldito por todos, de derecha a izquierda, ¡malditos Lenin y su tren!

De la historia contada por el capital, ya sabemos. ¿Cuál fue la historia contada por los mencheviques y los socialistas de todo tipo? Que Rusia no era el lugar y que el ’17 no era el momento de hacer la revolución. Que era necesario tomar parte en el gobierno provisional, continuar la guerra contra las potencias centrales europeas, colaborar con los liberales y los progresistas. Que el proletariado tenía que esperar la etapa pacífica del desarrollo burgués para completar su evolución y luego recoger del barro la bandera de ese desarrollo, porque después del oscurantismo de los regímenes autoritarios luego surge la Ilustración de los regímenes democráticos. Esto es lo que dice la Historia, y si la seguimos, nos dará el socialismo y, en un futuro lejano, el comunismo.

Y luego está la Historia contada por los reaccionarios, cuya versión sostiene que Lenin hizo ese viaje en el tren con el dinero de Alemania, el infame “oro alemán”, para desestabilizar a Rusia, su enemigo en la guerra. Dejamos a otros la digna tarea de liquidar las calumnias escritas al servicio del oro de los gobiernos y universidades imperiales. A nosotros gusta pensar que los reaccionarios tenían razón. Esta sería otra pieza en el triunfo del genio de acero de Lenin: utilizar también las contradicciones del campo enemigo para hacer lo que nadie quería, lo que nadie hubiera esperado.

Ahora el subtitulo: ¿Por qué estas consideraciones son inactuales? Lo son – ¡está claro! – en el sentido nietzscheano, de actuar contra el tiempo, sobre el tiempo y a favor de un tiempo por venir. Era ciertamente un viaje inactual ese viaje de Lenin, esa curva misteriosa para recorrer la línea revolucionaria. Solo la empalagosa pedantería de los leninistas podría hacer que la curva desapareciera y regresar a la recta de la supuesta objetividad de la Historia. Es el leninismo de retrospectiva, exactamente lo contrario de Lenin. Cuando aterrizó en la Estación Finlandia de Petrogrado con sus Tesis de Abril, Lenin estaba en una minoría extrema, incluso entre los bolcheviques, y para muchos fue tomado por loco. Permanecería en la minoría hasta la víspera de octubre, cuando el lema de todo el poder para los soviets se había convertido en la urgencia de la insurrección.

Tenemos dos buenas metáforas para dibujar esa inactualidad. El primero lo ofrece el calendario juliano entonces vigente en Rusia, trece días detrás del calendario gregoriano vigente en el oeste. Por lo tanto, cuando los bolcheviques conquistaron el Palacio de Invierno, Occidente ya había vivido hasta octubre, sin hacer nada. Era solo un mes del calendario burgués, era un octubre cualquiera y no el Octubre. De la misma manera en que ya habían vivido el desarrollo del capitalismo, sin poder darle la vuelta en el campo de batalla decisivo. Trece días de diferencia, un retorno hacia atrás para saltar adelante. Trece días para hacer otra historia, rompiendo la del enemigo. La cadena de dominación no se rompe donde el capital es más débil, sino donde la clase trabajadora es más fuerte. Cuál es el punto más retrasado y el más avanzado no lo determina el capital, sino la lucha de clases. Esta es una lección que el operaismo hará suya, dando lecciones a todos.

La otra metáfora es la del tren sellado. Como se sabe, las autoridades alemanas impusieron que los revolucionarios rusos no entrarían en contacto con los soldados y trabajadores de los territorios cruzados, a fin de preservar a Alemania del contagio. Ese tren sellado puede al mismo tiempo ser reflejado en la imagen de una voluntad revolucionaria que se alza como una fortaleza con respecto a su propio tiempo. Lo atraviesa, es inflexiblemente contra, es irreductiblemente otro. Debemos estar en paz con nosotros mismos para ir a la guerra con el mundo, nos explicó recientemente Tronti. El tren sellado es aquel sobre el cual viaja el espíritu libre y revolucionario.

Solo a posteriori, convertir la guerra imperialista en una guerra civil, era un lema obvio. Entonces los socialistas se dividían entre los que votaban por los créditos de guerra y los que predicaban el pacifismo, entre la práctica del oportunismo y la apología de la impotencia. Solo en retrospectiva, el obrero masa se ha convertido en el obrero masa. Mientras se formaba, se lo consideraba pasivo, coludido con el amo, un daño a la clase trabajadora, o sino, el símbolo de su alienación definitiva. Que podía quererlo todo porque lo rechazaba todo, lo llegaron a entender cuatro gatos. Todavía una minoría, todavía en contra de la Historia. Perseguir la actualidad de la revolución, agarrar la inactualidad de la ruptura: esto es el quehacer del militante.

Una última pregunta: ¿Por qué los y no el ’17? No nos gusta el plural, por el contrario, el uso que se le ha dado en las últimas décadas es definitivamente molesto. Estamos a favor del singular, de la singularidad, de la recomposición y no de la fragmentación. De hecho, la recomposición ya contiene la multiplicidad, constituye su condensación y plan de potencia. Quien habla hoy de la belleza de las diferencias en abstracto, no las cultiva en lo concreto, es decir, acepta la fragmentación en el plano único del capital. Las diferencias hacen riqueza, se repitió como un eslogan en el Foro Social Antiglobalización; cuando en los años siguientes ese tipo de figuras ha acabado (o han intentado acabar) en el parlamento, todos entendieron que estaban hablando de su riqueza. Bueno, volvamos a la pregunta y damos una respuesta: porque en nuestro tren sellado nosotros volvemos a atravesar la historia, la nuestra historia, para volcarla contra el presente. Para acumular potencia y riqueza real, transformarlas en armas, conquistar nuestra tradición, vengar el pasado, derrocar el presente. Para ejecutar la Historia, hoy, en nuestro ’17.

Parece obvio – pero tal vez en nuestro tiempo no hay nada tan obvio, por desgracia – hacer la premisa de que los modelos de organización nunca son universales, están siempre situados radicalmente dentro y contra su tiempo. Para Lenin fue el siglo XX, el zarismo, la guerra, la clase obrera y esos campesinos; y fue Rusia, con su presente, su tradición, sus profundas sedimentaciones antropológicas. Las composiciones, los comportamientos, las contingencias son siempre irrepetibles; lo que es repetible, es decir, para repensar y mirar hacia adelante, es el método revolucionario.

¿Cómo? ¿Habláis en serio? Estáis hablando de hoy, en 2017, ¿estáis bromeando? Habrá quienes exclamen, despreocupados de lo que hemos demostrado hasta ahora sobre la inactualidad de la apuesta de entonces, así como de todas las apuestas revolucionarias: vale, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple ¡hoy la situación es extremadamente más compleja! La complejidad se ha convertido en la coartada de los militantes indolentes, la autojustificación de quienes han renunciado a la lucha, el mantra de los académicos que desprecian a quienes actúan dentro de las ambigüedades del comportamiento de clase porque, después de todo, desprecian a una clase que no se comporta como ellos quieren. No entienden, y nunca entenderán, que la complejidad es una relación de fuerza: los que son débiles ven todo complejo porque no tienen la simplificación, los que son fuertes lo simplifican todo porque tienen la complejidad. Quién sabe si dentro de medio siglo o un siglo entero, un futuro indolente o histórico de las luchas del porvenir no exclamará: ¡bueno, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple, hoy la situación es extremadamente más compleja!

Dado que nosotros, siguiendo las enseñanzas de Alquati, no queremos prever lo que sucederá sino organizarlo, estamos listos para volver a recorrer el viaje dentro y contra el tiempo siempre como si fuera la primera vez.
Última advertencia

Alquati nos explicó cómo se leían sus textos: no eran libros, eran como maquinitas. Ponía en guardia a los que se quejaban de la escritura difícil diciendo inmediatamente que él no escribía para todos, para luego decir que no era culpa suya si cada vez hubieran menos personas capaces de leer.

Aquí, en realidad no hay mucho más que añadir. Este panfleto-maquinita consta de dispositivos que no están montados al azar, sin embargo, tampoco en orden cronológico. El objetivo no es, de hecho, la reconstrucción historiográfica. El objetivo es contribuir a la construcción revolucionaria, es decir, a la destrucción del presente. Por lo tanto, iremos adelante y atrás, vamos a proceder aparentemente a saltos y por interrupciones, vamos a hacer irrumpir el presente en el pasado, y viceversa. Alguien puede encontrar cosas ya escritas o dichas, por nosotros y por el colectivo al que pertenecemos, puede captar en alguna de nuestras otras palabras la transformación o el cuestionamiento, puede apreciar o despreciar fragmentos y notas de un discurso que viene de lejos y que apunta a explotar en el presente, referencias implícitas o explícitas. Repetiremos lo que necesitemos, no repetiremos lo que damos por adquirido. La consecuencialidad rígida de la maquinita es alimentada por la usabilidad flexible de sus dispositivos.

No escribimos para todos, ciertamente no. Escribimos una vez más, y antes que nada, para los militantes políticos. Escribimos para aquellos que no aceptan el presente. Escribimos para aquellos que piensan que no es posible seguir así, incluso si aún no saben cómo seguir adelante. Escribimos para aquellos que son conscientes de nuestra crisis política y quieren aprovechar la ocasión para dar el salto a la práctica autónoma. A todos vosotros os decimos que no contempléis y que no citéis esta maquinita, sino que la utilicéis porque solo al usarla le daréis vida, la mejoraréis desmontándola y volviéndola a armar, convirtiendo los dispositivos en herramientas de investigación y en armas de ataque. Cuando esta maquinita haya expuesto todos sus límites, que son los límites de nuestro pequeño e insuficiente nosotros de hoy en día, estaremos listos para ir más allá. Y la maquinita, ahora desgastada, habrá logrado su propósito, allanar el camino a otras maquinitas con las que conducir a lo largo de esa misteriosa curva que está por inventar.

Fuente: Commonware

Quien no lucha ya ha perdido

por Hobo – Laboratorio de los saberes comunes

“Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos.”
(Mao Tse-Tung)

0. Volvamos a los fundamentos, ya que en una época en la que se han perdido, restaurarlos no es una operación inútil, por desgracia. ¿Cuál es el ABC en este caso? Aquí está: el poder es una correlación de fuerzas. En el capitalismo, los amos recurren a la represión como respuesta a la iniciativa de clase, una amenaza eficaz, un ataque concreto. Los amos, sin embargo, no gobiernan a través de la represión, sino, principalmente, a través de la aceptación de su sistema. Y, cuando las luchas existen, no sólo piensan en reprimirlas: primero las estudian para encontrar la manera de usarlas, el cómo hacer de ellas un motor del desarrollo y fortalecimiento de su propio dominio.

En este punto, continuando con nuestro pequeño resumen, hay que responder a la pregunta: ¿qué significa correlación de fuerzas? Significa un proceso material, en constante cambio, reversible dado que se basa en el conflicto. Esta relación se compone de una multiplicidad de elementos, que para el capital van desde la producción de consenso al recurso a la represión, represión contra quien se opone desde la capacidad de construir conflicto y la necesidad de sedimentarlo en una relación de fuerzas invertida al propio favor.

Por último, preguntémonos: cuando hay luchas, nosotras militantes ¿qué debemos hacer? Conquistar nuevos puestos de avanzada, profundizar en los espacios de ruptura, utilizar la energía acumulada para dar un salto hacia adelante. Si no somos capaces de hacer eso, si nos limitamos a reflejarnos satisfechas en las movilizaciones, si pensamos que el objetivo es simplemente agregar alguna persona para nuestra estructurita o sacarnos un buen selfie para la siguiente sudadera, nuestra contraparte no sólo no saldrá de la lucha debilitada, sino que saldrá reforzada. Porque demostrará ser capaz de rechazar la amenaza y, en la mayor parte de los casos, de saber darle la vuelta para innovar sus propias instituciones. Los narcisos del movimiento hacen mucho daño, debido a que tienen una relación invertida entre medios y fines: para ellos el pequeño “nosotras” de la estructura no es una herramienta para desarrollar el gran “nosotras” de las luchas, sino más bien lo contrario.

Una vez recordado brevemente el ABC del materialismo revolucionario, tratemos de ejemplificar vía los casos concretos en los que declinar el método en la contingencia actual.

1. ¿Hoy en día podemos hablar de represión? Sí, en un sentido muy general. No, si cargamos esta palabra de un sentido político específico. Cuando hay luchas, la contraparte utiliza también medios represivos, eso es obvio. Sin embargo, en este momento histórico nuestro enemigo gobierna primero a través de la aceptación, la fragmentación, la mistificación. Estos son los dispositivos a derribar. Hablamos de la aceptación de las condiciones de vida y las expectativas impuestas por el gobierno de la crisis; la fragmentación de los conflictos y los sujetos sociales; la mistificación en el sentido marxista, en tanto a una realidad vinculada a las utilidades y los intereses materiales y, por lo tanto, a una posición de clase. No podemos simplemente mirar la porra de la policía y no ver los mecanismos sistémicos de producción y reproducción en los que estamos inmersos diariamente. O, para decirlo de otro modo: la porra es la continuación de los mecanismos de consenso por otros medios.

En Italia, sin duda debemos asumir un discurso particular especial. Después de las jornadas de Genoa 2001, nuestra contraparte ha entendido que Diaz y Bolzaneto corrían el riesgo de no poder ser gestionables políticamente. Muchas de nosotras no hemos entendido que aquellas matanzas eran la respuesta sangrienta de un poder nacional e internacional que empezaba por fin a saborear un poco de miedo. Ahí es donde debía desarrollarse nuestra fuerza, en lugar de compadecer nuestra sangre. Sin embargo, la llamada “europeización” de la policía italiana, invocada por la opinión pública de izquierda, deviene en realidad el principal problema, porque se traduce en lo que vemos con la afirmación de la lógica de prevención operada entre la policía y la fiscalía. Las detenciones y la pena de prisión hacen demasiado ruido y son caras para el estado, económica y políticamente. Mucho mejor adoptar, pues, medidas “alternativas”, que no cuestan nada y son prácticamente imperceptibles, y que pasan a convertirse en un dispositivo de control normalizado y de gestión del conflicto social, incluso cuando este conflicto es extremadamente pequeño o simplemente potencial. Y la sangre fluye normalmente cuando las cámaras están a una distancia de seguridad, cuando las bestias con uniforme necesitan desahogarse, o cuando no pueden contener la situación de otra manera – esto último es algo que por desgracia sucede muy pocas veces.

En resumen, la denominada jaula de acero hoy en día está hecha de paredes de caucho. Lo que llamamos “gobernabilidad suave” es políticamente de lo más “duro” que existe, porque es mimética, apenas visible, difícil de alcanzar y, al mismo tiempo, apunta directa al objetivo. Es la nueva economía política del castigo y la seguridad. Ellos no la aplican porque se han convertido en mejores personas, cómo piensan los izquierdistas, sino debido a que estudian cómo ser más eficaces. Toman las medidas, dan las medidas. Un ejemplo lo encontramos en el decreto Minniti, que vimos en acción el 25 de marzo en Roma en ocasión de la manifestación contra la cumbre de la UE con las detenciones preventivas de más de 150 compañeras. Por la noche, los medios de comunicación hablaron del gran éxito en la gestión del orden público, demostrando que es inútil e ilusorio pensar que este tipo de medidas se combaten con la apelación a la opinión pública, la sociedad civil y los verdaderos demócratas. El hecho constatable es que el público en general, la sociedad civil y la democracia son una parte integral de este modelo de gestión de crisis; mientras que la opinión pública es la opinión de las clases dominantes. Es este bloque del enemigo el que tenemos que atacar en los distintos planos y niveles para desarticularlo.

2. A partir de lo descrito anteriormente, ¿deberíamos concluir que entonces no hay que ocuparse de este tipo de medidas? A esta conclusión pueden llegar solamente pedantes dogmáticos y oportunistas hipócritas, o aquellos que son ambas cosas. De hecho, frente a las formas de control y ataque de la contraparte, el lamento y el silencio son las dos caras de una misma moneda: se refieren a la subordinación a nuestra contraparte, la aceptación de la marginación política y social para contentarse con gestionar la reproducción en pequeños espacios urbanos compatibles, intercambiando esta reproducción por el arraigo o bien exaltándola con cantidades numéricas de aspirantes contadores y cálculos de burócratas empedernidos. En resumen, nunca se debe apostar en dar el salto hacia adelante, para algunas de nosotras porque el enemigo es demasiado fuerte, para otras porque es probable que se pierda el nicho de identidad. Quien llora por la represión pinta una contraparte invencible e infalible, para terminar voluntaria o involuntariamente apelando a ella para que sea bondadosa y magnánima. ¿Y por qué lo debería ser si las relaciones de fuerza comportan que no lo sea? Quienes permanecen callados, para difundir una ideología de fuerza que oculta una realidad de debilidad o, peor, por miedo a perder lo poco que tienen, renuncian a atacar y dislocar la fuerza del enemigo, a veces a cambio de algo, tal vez una vida tranquila, quizá una salida individual.

Por lo tanto, el enemigo no es invencible ni infalible; por el contrario, es a menudo mucho menos potente y compacto de lo que pensamos. Al mismo tiempo, sin embargo, no será nuestro silencio y nuestra sumisión lo que lo derrotará, sino que así sólo se lo puede reforzar. Entonces, si no queremos ser aplastados por la dialéctica entre la queja inútil y el silencio temeroso, tenemos que convertir estos dispositivos en un campo de batalla. Eso significa que debemos atacarlos, desarticularlos, romperlos. Tal es la lección que en los últimos años hemos aprendido del movimiento NO TAV.

Si bien sabemos que en la guerra es importante defender las propias posiciones y el propio ejército cuando el enemigo ataca, ¿cómo hacerlo? No con las lágrimas o la auto-conciencia de los reprimidos, ya lo hemos dicho. Ni siquiera con el desempeño de las condiciones de víctimas sociales que apelan a los buenos sentimientos de la opinión pública que, una vez más, o no existe, o es parte del problema. A uno se le conmueve con el sufrimiento de los condenados de la tierra y de los niños migrantes en Facebook, y luego se alivia su conciencia herida con un buen aperitivo. Cuando los espacios de mediación están áridos, nuestra contraparte sabe que la gestión del orden público puede actuar libremente: donde no hay relaciones de fuerza, despliega el exceso de las fuerzas. Y no mira a nadie a la cara, ni siquiera a los que obstinadamente continúan buscando la mediación, tanto en el orden político como en la calle con la policía.

Para atacar al enemigo en este campo, tenemos entonces que hacerle pagar los costes de sus propios dispositivos.[…] Sólo desde el valor de la ruptura, los otros niveles que seamos capaces de desplegar pueden llegar a ser funcionales y eficientes. Una campaña de garantías radicales y la participación de diferentes sujetos puede así ponerse al servicio de un proceso de ataque. Si ésta no conlleva el valor de la ruptura, sin embargo, seguirá siendo sólo una débil expresión democrática, mendigando con la sociedad civil, o – peor aún, si cabe – una simulación de los medios de comunicación. Sabemos que las luchas, como las guerras, se componen de muchas cosas, que suceden en diferentes niveles y deben ser operadas de diversas maneras. Por cualquier medio necesario, dijo alguien. Tener bien claro que es la voluntad de atacar y de ruptura lo que vuelve a reunir estos diferentes niveles.[…]

3. Transformar la dificultad en oportunidad, he aquí nuestra tarea. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo se convierte la oportunidad en dificultad, sin impulsar las luchas cuando hay disponibilidad social y subjetiva de hacerlo, conformándonos con autoproclamaciones de victoria obedientes a una estructura simbólica que creíamos que pertenecía a las fases de un reciente pasado del que ya no sentimos nostalgia. Sólo a través del impulso de las luchas, de hecho, afirmando y profundizando la realidad de la amenaza – poniendo énfasis en la calidad por encima de la cantidad, la capacidad de golpear donde duele y no en la exposición de los números inofensivos – podemos desarticular los dispositivos de la contraparte. Las fases de dificultad de los enemigos son contingencias limitadas temporalmente: si no se aprovechan, se pierden para siempre. Y después seremos aún más débiles que antes.

Tal vez también hay que tener claro lo que significa ganar. La obtención de resultados concretos que mejoren las condiciones de vida de los sujetos sociales que luchan, por supuesto. Pero no son suficientes si estos resultados no acompañan la profundización de las contradicciones, o incluso si las resuelven y las vuelven compatibles. El capital mismo no necesariamente apunta al empeoramiento de las condiciones de vida; en realidad, a menudo las mejora, porque él es el amo de esas condiciones de vida, las utiliza, decide cómo deben ser. No sólo queremos mejorar las condiciones de vida, queremos transformar radicalmente lo que significa condiciones de vida. Así que la victoria no consiste en propagar algunos resultados inmediatos, aún menos cuando són más simbólicos que reales. La unidad de medida del revolucionario no es la del sindicato: se da por la forma en que se avanza y se fortalece en la construcción de contrasubjetivación y ruptura. Las disputas, el generar controversia, es una función del desarrollo de las luchas, no lo contrario. En Francia, por ejemplo, los movimientos no han ganado, si entendemos por victoria el bloqueo de Loi Travail (una ley formal que no cambia mucho de la realidad sustancial). Pero si se tiene en cuenta la Loi Travail como útil desencadenante de las luchas y no su objetivo, podemos decir que los movimientos han logrado buenos resultados en la medida en que fueron capaces de profundizar el marco del conflicto y ensanchar el espacio de ingobernabilidad en el cual se determina la batalla contra Macron.

Por otro lado, pensar que las relaciones de fuerza dependen exclusivamente de la cantidad y el consenso numérico, tal vez para seducir mostrándose buenos y cercanos a los más débiles, significa asumir el punto de vista electoralista de la democracia representativa. En consonancia con este enfoque, debemos decir que el PD tiene plena legitimidad social porque tiene muchos miembros dispuestos a amontonarse codo a codo para hacer salchichas (perdon, para el tofu!) a la fiesta del partido. Los números no son despreciables, eso es obvio. Sin embargo, lo que es políticamente decisivo es la capacidad de romper la reproducción de la mediocridad que nos quieren imponer para formar en conjunto una calidad subjetiva contra el empobrecimiento de nuestras capacidades, exasperar y hacer saltar las contradicciones de nuestra contraparte atacando intensamente los puntos centrales. Nosotras revolucionarias, somos y seremos siempre una minoría, pero hay que aspirar a ser una minoría no minoritaria. Lo contrario de minoría no es mayoría, sino voluntad hegemónica.

Así que cuando intentan reducirnos a la defensiva, tenemos que revertir la situación a la posibilidad de un ataque, articulando continuamente la guerra de movimientos con la guerra de trincheras, el salto del tigre y la paciencia de la mole. Por desgracia, demasiado a menudo hoy en día las enseñanzas de Mao citadas al principio se han perdido, y se acaba con batirse en retirada cuando el enemigo está cansado y con ser seguidos cuando el enemigo ataca. Sí, porque el arte de la lucha es muy similar al arte de la guerra: avance, mantenimiento, estocada, expansión, irrupción, consolidación – ésa es la máquina que hay que llegar a ser. Una máquina de guerra, de hecho. Para transformar la resistencia social en una fuerza política de ataque, este es el verdadero significado de autonomía.

Fuente: http://hobo-bologna.info/2017/06/22/chi-non-lotta-ha-gia-perso/