Etiquetado: revolución

Quien no lucha ya ha perdido

por Hobo – Laboratorio de los saberes comunes

“Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos.”
(Mao Tse-Tung)

0. Volvamos a los fundamentos, ya que en una época en la que se han perdido, restaurarlos no es una operación inútil, por desgracia. ¿Cuál es el ABC en este caso? Aquí está: el poder es una correlación de fuerzas. En el capitalismo, los amos recurren a la represión como respuesta a la iniciativa de clase, una amenaza eficaz, un ataque concreto. Los amos, sin embargo, no gobiernan a través de la represión, sino, principalmente, a través de la aceptación de su sistema. Y, cuando las luchas existen, no sólo piensan en reprimirlas: primero las estudian para encontrar la manera de usarlas, el cómo hacer de ellas un motor del desarrollo y fortalecimiento de su propio dominio.

En este punto, continuando con nuestro pequeño resumen, hay que responder a la pregunta: ¿qué significa correlación de fuerzas? Significa un proceso material, en constante cambio, reversible dado que se basa en el conflicto. Esta relación se compone de una multiplicidad de elementos, que para el capital van desde la producción de consenso al recurso a la represión, represión contra quien se opone desde la capacidad de construir conflicto y la necesidad de sedimentarlo en una relación de fuerzas invertida al propio favor.

Por último, preguntémonos: cuando hay luchas, nosotras militantes ¿qué debemos hacer? Conquistar nuevos puestos de avanzada, profundizar en los espacios de ruptura, utilizar la energía acumulada para dar un salto hacia adelante. Si no somos capaces de hacer eso, si nos limitamos a reflejarnos satisfechas en las movilizaciones, si pensamos que el objetivo es simplemente agregar alguna persona para nuestra estructurita o sacarnos un buen selfie para la siguiente sudadera, nuestra contraparte no sólo no saldrá de la lucha debilitada, sino que saldrá reforzada. Porque demostrará ser capaz de rechazar la amenaza y, en la mayor parte de los casos, de saber darle la vuelta para innovar sus propias instituciones. Los narcisos del movimiento hacen mucho daño, debido a que tienen una relación invertida entre medios y fines: para ellos el pequeño “nosotras” de la estructura no es una herramienta para desarrollar el gran “nosotras” de las luchas, sino más bien lo contrario.

Una vez recordado brevemente el ABC del materialismo revolucionario, tratemos de ejemplificar vía los casos concretos en los que declinar el método en la contingencia actual.

1. ¿Hoy en día podemos hablar de represión? Sí, en un sentido muy general. No, si cargamos esta palabra de un sentido político específico. Cuando hay luchas, la contraparte utiliza también medios represivos, eso es obvio. Sin embargo, en este momento histórico nuestro enemigo gobierna primero a través de la aceptación, la fragmentación, la mistificación. Estos son los dispositivos a derribar. Hablamos de la aceptación de las condiciones de vida y las expectativas impuestas por el gobierno de la crisis; la fragmentación de los conflictos y los sujetos sociales; la mistificación en el sentido marxista, en tanto a una realidad vinculada a las utilidades y los intereses materiales y, por lo tanto, a una posición de clase. No podemos simplemente mirar la porra de la policía y no ver los mecanismos sistémicos de producción y reproducción en los que estamos inmersos diariamente. O, para decirlo de otro modo: la porra es la continuación de los mecanismos de consenso por otros medios.

En Italia, sin duda debemos asumir un discurso particular especial. Después de las jornadas de Genoa 2001, nuestra contraparte ha entendido que Diaz y Bolzaneto corrían el riesgo de no poder ser gestionables políticamente. Muchas de nosotras no hemos entendido que aquellas matanzas eran la respuesta sangrienta de un poder nacional e internacional que empezaba por fin a saborear un poco de miedo. Ahí es donde debía desarrollarse nuestra fuerza, en lugar de compadecer nuestra sangre. Sin embargo, la llamada “europeización” de la policía italiana, invocada por la opinión pública de izquierda, deviene en realidad el principal problema, porque se traduce en lo que vemos con la afirmación de la lógica de prevención operada entre la policía y la fiscalía. Las detenciones y la pena de prisión hacen demasiado ruido y son caras para el estado, económica y políticamente. Mucho mejor adoptar, pues, medidas “alternativas”, que no cuestan nada y son prácticamente imperceptibles, y que pasan a convertirse en un dispositivo de control normalizado y de gestión del conflicto social, incluso cuando este conflicto es extremadamente pequeño o simplemente potencial. Y la sangre fluye normalmente cuando las cámaras están a una distancia de seguridad, cuando las bestias con uniforme necesitan desahogarse, o cuando no pueden contener la situación de otra manera – esto último es algo que por desgracia sucede muy pocas veces.

En resumen, la denominada jaula de acero hoy en día está hecha de paredes de caucho. Lo que llamamos “gobernabilidad suave” es políticamente de lo más “duro” que existe, porque es mimética, apenas visible, difícil de alcanzar y, al mismo tiempo, apunta directa al objetivo. Es la nueva economía política del castigo y la seguridad. Ellos no la aplican porque se han convertido en mejores personas, cómo piensan los izquierdistas, sino debido a que estudian cómo ser más eficaces. Toman las medidas, dan las medidas. Un ejemplo lo encontramos en el decreto Minniti, que vimos en acción el 25 de marzo en Roma en ocasión de la manifestación contra la cumbre de la UE con las detenciones preventivas de más de 150 compañeras. Por la noche, los medios de comunicación hablaron del gran éxito en la gestión del orden público, demostrando que es inútil e ilusorio pensar que este tipo de medidas se combaten con la apelación a la opinión pública, la sociedad civil y los verdaderos demócratas. El hecho constatable es que el público en general, la sociedad civil y la democracia son una parte integral de este modelo de gestión de crisis; mientras que la opinión pública es la opinión de las clases dominantes. Es este bloque del enemigo el que tenemos que atacar en los distintos planos y niveles para desarticularlo.

2. A partir de lo descrito anteriormente, ¿deberíamos concluir que entonces no hay que ocuparse de este tipo de medidas? A esta conclusión pueden llegar solamente pedantes dogmáticos y oportunistas hipócritas, o aquellos que son ambas cosas. De hecho, frente a las formas de control y ataque de la contraparte, el lamento y el silencio son las dos caras de una misma moneda: se refieren a la subordinación a nuestra contraparte, la aceptación de la marginación política y social para contentarse con gestionar la reproducción en pequeños espacios urbanos compatibles, intercambiando esta reproducción por el arraigo o bien exaltándola con cantidades numéricas de aspirantes contadores y cálculos de burócratas empedernidos. En resumen, nunca se debe apostar en dar el salto hacia adelante, para algunas de nosotras porque el enemigo es demasiado fuerte, para otras porque es probable que se pierda el nicho de identidad. Quien llora por la represión pinta una contraparte invencible e infalible, para terminar voluntaria o involuntariamente apelando a ella para que sea bondadosa y magnánima. ¿Y por qué lo debería ser si las relaciones de fuerza comportan que no lo sea? Quienes permanecen callados, para difundir una ideología de fuerza que oculta una realidad de debilidad o, peor, por miedo a perder lo poco que tienen, renuncian a atacar y dislocar la fuerza del enemigo, a veces a cambio de algo, tal vez una vida tranquila, quizá una salida individual.

Por lo tanto, el enemigo no es invencible ni infalible; por el contrario, es a menudo mucho menos potente y compacto de lo que pensamos. Al mismo tiempo, sin embargo, no será nuestro silencio y nuestra sumisión lo que lo derrotará, sino que así sólo se lo puede reforzar. Entonces, si no queremos ser aplastados por la dialéctica entre la queja inútil y el silencio temeroso, tenemos que convertir estos dispositivos en un campo de batalla. Eso significa que debemos atacarlos, desarticularlos, romperlos. Tal es la lección que en los últimos años hemos aprendido del movimiento NO TAV.

Si bien sabemos que en la guerra es importante defender las propias posiciones y el propio ejército cuando el enemigo ataca, ¿cómo hacerlo? No con las lágrimas o la auto-conciencia de los reprimidos, ya lo hemos dicho. Ni siquiera con el desempeño de las condiciones de víctimas sociales que apelan a los buenos sentimientos de la opinión pública que, una vez más, o no existe, o es parte del problema. A uno se le conmueve con el sufrimiento de los condenados de la tierra y de los niños migrantes en Facebook, y luego se alivia su conciencia herida con un buen aperitivo. Cuando los espacios de mediación están áridos, nuestra contraparte sabe que la gestión del orden público puede actuar libremente: donde no hay relaciones de fuerza, despliega el exceso de las fuerzas. Y no mira a nadie a la cara, ni siquiera a los que obstinadamente continúan buscando la mediación, tanto en el orden político como en la calle con la policía.

Para atacar al enemigo en este campo, tenemos entonces que hacerle pagar los costes de sus propios dispositivos.[…] Sólo desde el valor de la ruptura, los otros niveles que seamos capaces de desplegar pueden llegar a ser funcionales y eficientes. Una campaña de garantías radicales y la participación de diferentes sujetos puede así ponerse al servicio de un proceso de ataque. Si ésta no conlleva el valor de la ruptura, sin embargo, seguirá siendo sólo una débil expresión democrática, mendigando con la sociedad civil, o – peor aún, si cabe – una simulación de los medios de comunicación. Sabemos que las luchas, como las guerras, se componen de muchas cosas, que suceden en diferentes niveles y deben ser operadas de diversas maneras. Por cualquier medio necesario, dijo alguien. Tener bien claro que es la voluntad de atacar y de ruptura lo que vuelve a reunir estos diferentes niveles.[…]

3. Transformar la dificultad en oportunidad, he aquí nuestra tarea. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo se convierte la oportunidad en dificultad, sin impulsar las luchas cuando hay disponibilidad social y subjetiva de hacerlo, conformándonos con autoproclamaciones de victoria obedientes a una estructura simbólica que creíamos que pertenecía a las fases de un reciente pasado del que ya no sentimos nostalgia. Sólo a través del impulso de las luchas, de hecho, afirmando y profundizando la realidad de la amenaza – poniendo énfasis en la calidad por encima de la cantidad, la capacidad de golpear donde duele y no en la exposición de los números inofensivos – podemos desarticular los dispositivos de la contraparte. Las fases de dificultad de los enemigos son contingencias limitadas temporalmente: si no se aprovechan, se pierden para siempre. Y después seremos aún más débiles que antes.

Tal vez también hay que tener claro lo que significa ganar. La obtención de resultados concretos que mejoren las condiciones de vida de los sujetos sociales que luchan, por supuesto. Pero no son suficientes si estos resultados no acompañan la profundización de las contradicciones, o incluso si las resuelven y las vuelven compatibles. El capital mismo no necesariamente apunta al empeoramiento de las condiciones de vida; en realidad, a menudo las mejora, porque él es el amo de esas condiciones de vida, las utiliza, decide cómo deben ser. No sólo queremos mejorar las condiciones de vida, queremos transformar radicalmente lo que significa condiciones de vida. Así que la victoria no consiste en propagar algunos resultados inmediatos, aún menos cuando són más simbólicos que reales. La unidad de medida del revolucionario no es la del sindicato: se da por la forma en que se avanza y se fortalece en la construcción de contrasubjetivación y ruptura. Las disputas, el generar controversia, es una función del desarrollo de las luchas, no lo contrario. En Francia, por ejemplo, los movimientos no han ganado, si entendemos por victoria el bloqueo de Loi Travail (una ley formal que no cambia mucho de la realidad sustancial). Pero si se tiene en cuenta la Loi Travail como útil desencadenante de las luchas y no su objetivo, podemos decir que los movimientos han logrado buenos resultados en la medida en que fueron capaces de profundizar el marco del conflicto y ensanchar el espacio de ingobernabilidad en el cual se determina la batalla contra Macron.

Por otro lado, pensar que las relaciones de fuerza dependen exclusivamente de la cantidad y el consenso numérico, tal vez para seducir mostrándose buenos y cercanos a los más débiles, significa asumir el punto de vista electoralista de la democracia representativa. En consonancia con este enfoque, debemos decir que el PD tiene plena legitimidad social porque tiene muchos miembros dispuestos a amontonarse codo a codo para hacer salchichas (perdon, para el tofu!) a la fiesta del partido. Los números no son despreciables, eso es obvio. Sin embargo, lo que es políticamente decisivo es la capacidad de romper la reproducción de la mediocridad que nos quieren imponer para formar en conjunto una calidad subjetiva contra el empobrecimiento de nuestras capacidades, exasperar y hacer saltar las contradicciones de nuestra contraparte atacando intensamente los puntos centrales. Nosotras revolucionarias, somos y seremos siempre una minoría, pero hay que aspirar a ser una minoría no minoritaria. Lo contrario de minoría no es mayoría, sino voluntad hegemónica.

Así que cuando intentan reducirnos a la defensiva, tenemos que revertir la situación a la posibilidad de un ataque, articulando continuamente la guerra de movimientos con la guerra de trincheras, el salto del tigre y la paciencia de la mole. Por desgracia, demasiado a menudo hoy en día las enseñanzas de Mao citadas al principio se han perdido, y se acaba con batirse en retirada cuando el enemigo está cansado y con ser seguidos cuando el enemigo ataca. Sí, porque el arte de la lucha es muy similar al arte de la guerra: avance, mantenimiento, estocada, expansión, irrupción, consolidación – ésa es la máquina que hay que llegar a ser. Una máquina de guerra, de hecho. Para transformar la resistencia social en una fuerza política de ataque, este es el verdadero significado de autonomía.

Fuente: http://hobo-bologna.info/2017/06/22/chi-non-lotta-ha-gia-perso/

Separar el pueblo de sí mismo. Ernst Bloch y las contradicciones del populismo

Por Elia Zaru

Cajas chinas
Para comprender al populismo es necesario examinar el concepto de «pueblo», sobre qué sentido lleva este término del cual en su significado general emerge como preponderante la dicotomía revolución/reacción. En la historia europea, el concepto de «pueblo» tomó una u otra declinación dependiendo de dónde se orientan teoría y la práctica política en relación a estos dos términos. El pueblo, sin embargo, no funciona como un elemento en sí mismo, sino que se acompaña de otro factor: el Estado-nación. El hecho de que la referencia a la “patria” sea un elemento central en el discurso político tanto en la derecha como en la izquierda populista demuestra que el legado pueblo-nación existe, independientemente de la variación del primero en la dicotomía revolución/reacción[1].

La relación pueblo–Estado-nación se completa con la adopción de un tercer término capaz de contener los dos primeros: la soberanía. Elemento central de la modernidad, la soberanía se manifiesta como un campo de batalla en perpetua tensión: la lucha por la soberanía se denota como una batalla por las fronteras, más aún en un momento en que el ritmo del proceso de globalización en curso presiona precisamente en estas fronteras y en esta organización jurídico-política.

Frontera rima con identidad. En última instancia, por lo tanto, podemos llevar la forma política del populismo a la reivindicación de la identidad, la afirmación de la existencia y la oposición contra la alteridad. El pueblo se mueve en contra de algo que no es – o no tiene en cuenta – el pueblo; se siente amenazado en su interior (por sus representantes políticos, culpables de traicionarlo y de liquidar el poder popular a favor de las instituciones trans-estatales) y desde el exterior (por las migraciones que amenazan su identidad), ya no consigue definir los límites de su soberanía, para ver si esta todavía tiene valor y donde reside. Es en este punto que reivindica precisamente estas fronteras: la batalla populista se presenta, entonces, como lucha para la soberanía, por reconquistar, definir y defender.

Que la reivindicación soberanista se manifieste en Europa en esta coyuntura de crisis es bastante singular, y se ha convertido en el campo de batalla de la discusión teórica y política tanto de la derecha como de la izquierda (más o menos institucionalizadas o movimientistas). ¿Pero de qué campo se trata? ¿Dónde se ubican y qué posición asumen el populismo y la reivindicación soberanista en la forma contemporánea del modo de producción capitalista? La hipótesis que avanzamos aquí es que se trata de un campo «no contemporáneo».

La no contemporaneidad por Bloch
El concepto de «no contemporaneidad» ha sido tratado por Ernst Bloch para analizar la crisis en Europa entre las dos guerras mundiales. En el ensayo La no-contemporaneidad y el deber de hacerla dialéctica (1932), publicado en el 1935 en Herencia de nuestro tiempo, Bloch utiliza el concepto de «no-contemporaneidad» para analizar la formación y el ascenso del nacionalsocialismo en la Alemania de Weimar. Se trata de un concepto central en torno al cual el filósofo alemán articula todo su argumento. La sociedad alemana, dice Bloch, es atravesada por diferentes capas de la temporalidad: no es un espacio homogéneo y permeado por un único tiempo, sino de una serie de fallas superpuestas y con incrustaciones que dan lugar a una complicada trama.

En cada espacio, sigue Bloch, conviven temporalidades diferentes, tanto desde un punto de vista subjetivo, como de uno objetivo (volveremos a esta distinción): «la forma en que un hombre vive el tiempo depende de dónde se encuentra en carne y huesos y sobre todo de la clase a la que pertenece»[2]. En la sociedad alemana de los años treinta, Bloch observó, la contemporaneidad está representada por el obrero proletariado y por el gran capital, mientras que en la fila no contemporánea residen los jóvenes burgueses (incapaces de replicar las huellas sociales de sus padres a causa de la crisis económica), los campesinos (propietarios de los medios de producción y ajenos a la alienación productiva) y la clase media empobrecida (que desempeña un papel de intermediario en el proceso de producción). Los grupos sociales contemporáneos no se presentan como la columna vertebral de la subida de Hitler: «nada es más peligroso que esta capacidad de ser a la vez ardiente y miserable, contestatario y no contemporáneo»[3]. Demandan un superávit respecto a la contemporaneidad (también capitalista), pero la reivindican por reacción.

La no contemporaneidad puede ser a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente, toma la forma del rechazo sordo de la actualidad, y se manifiesta como ira contenida; objetivamente, implica un remanente de tiempos anteriores, y se encarna en la supervivencia de las relaciones y las formas de producción del pasado. La no contemporaneidad da lugar a dos tipos de contradicciones: la primera es entre la no contemporaneidad y el capital; la segunda, entre la no contemporaneidad y el marxismo. De hecho, a pesar de su pretensión de excedente, la no contemporaneidad no es peligrosa en sí misma para el capital, que en realidad, la utiliza para desplazar el enfoque de sus contradicciones actuales y contemporáneas: «por lo tanto, la contradicción no contemporánea es lo contrario de una contradicción impulsora y explosiva: no está en el lado del proletariado, la clase decisiva hoy, ni tampoco está en el campo de batalla entre el proletariado y el gran capital en la que hoy se juega la lucha decisiva»[4].

La no contemporaneidad (subjetiva y objetiva) llega a ser visible precisamente porque asume esta ubicación exacta y se pone en contraste con la contradicción contemporánea, que se expresa subjetivamente en el proletariado y objetivamente en lo que Bloch llama «el futuro impedido». Para resumir este esquema con las propias palabras de Bloch, diríamos que «la contradicción subjetivamente no contemporánea es la ira reprimida, la contradicción objetivamente no contemporánea es el pasado que todavía no se agota; la contradicción subjetivamente contemporánea es un acto revolucionario libre del proletariado, la contradicción objetiva contemporánea es el futuro impedido contenido en el presente, los beneficios de la técnica bloqueados, la nueva sociedad bloqueada de la cual la anterior está preñada en sus fuerzas productivas»[5].

¿Qué hacer, por lo tanto, en esta coyuntura? La respuesta de Bloch consiste en adoptar una dialéctica en múltiples niveles, pluriespacial y pluritemporal, que sea capaz de «separar los elementos de la contradicción no contemporánea susceptibles de aversión y de metamorfosis, es decir, aquellos que son hostiles al capitalismo y en él no son bienvenidos, y volver a ponerlos para darles otra función en un contexto diferente»[6]. La tarea del proletariado – es decir, de la contradicción contemporánea – es arrancar la no contemporaneidad a la reacción, trabajar en su excedencia para llevarla a la revolución, que se juega, eso sí, sobre un terreno necesariamente contemporáneo.

La no contemporaneidad para nosotras
¿Qué puede significar hoy en día, en Europa, no contemporaneidad? Intentamos asumir el esquema de Bloch y volvemos a la cuestión de la reivindicación soberanista y los populismos y nacionalismos europeos. Los elementos que necesitamos para definir una no contemporaneidad son esencialmente dos: a) la ira reprimida (no contemporaneidad sujetiva) y b) el pasado aún no acabado (no contemporaneidad objetiva). Que en Europa hay más y más grandes focos de cólera reprimida es casi indudable: los resultados de las elecciones de los partidos xenófobos y de extrema derecha, cuyas campañas electorales se centran en la construcción de un enemigo interno (los migrantes) y el exterior (las instituciones europeas) –a menudo considerados parte de la misma gran conspiración– están ahí para demostrarlo.

El segundo punto es, sin duda, el más interesante, aunque estrechamente relacionado con el primero. La idea de una persistencia en el presente de un pasado que todavía no se ha agotado puede tomar muchas facetas, incluyendo la teleológica que subyace a la concepción lineal del tiempo histórico, implícita en la idea de un «retorno del pasado». En realidad, aquí se quiere asumir este fenómeno de una manera muy diferente: no se trata tanto de un «retorno», sino de una superposición. Lo que persiste hoy y trata de superponerse a la contemporaneidad desde una posición no-contemporánea es la reivindicación de la soberanía del Estado-nación, tal como fue construida y diseñada en la modernidad. Los Estados-nación están insertados en una red de relaciones, ya sea políticas o económicas, que pueden provocar presión y mutaciones de su soberanía.

Reclamar la soberanía de los Estados-nación en un contexto en el que éstos son parte de las arquitecturas institucionales, jurídicas, económicas, políticas que exceden específicamente esa forma de organización significa constituirse a sí mismo en un plano no contemporáneo respecto al capital, que ha demostrado saber moverse ágilmente –y con mayor beneficio– en una escala global, mas allá de las arquitecturas nacionales. Si volvemos al esquema de Bloch, observamos que la no contemporaneidad es inofensiva para el capital, que, por lo contrario, la usa para sus propósitos. ¿Cuál es el mejor elemento de la soberanía moderna que puede cubrir esta función hoy en día? Pensamos en las fronteras –elementos centrales de la soberanía– y el papel que juegan en la contemporaneidad global: se han convertido flexibles, adaptables y permeables a la circulación mundial del capital, mientras que se han estratificado, multiplicado y fortalecido frente a los movimientos migratorios.

¿Cuál es, hoy en día, la contradicción contemporánea? Si «el elemento fundamental de la contradicción objetivamente contemporánea es el conflicto entre el carácter colectivo de las fuerzas productivas realizadas mediante el marco capitalista y el carácter privado de su apropiación»[7], entonces se desarrolla hoy como una contradicción entre las múltiples formas del trabajo vivo (incluso la vida en el sentido propio), su interconexión global y los procesos de subsunción al capital a la cual están sometidas. Y la contradicción subjetivamente contemporánea sigue siendo la libre acción revolucionaria del proletariado, a condición de ampliar la categoría de «proletariado» más allá de su definición sociológica para comprender la complejidad de los sujetos sobre los cuales se apoya la valorización del capital.

El discurso populista, entonces, en el momento en que asume como elemento central de su articulación la cuestión del Estado-nación y la soberanía sin operar una crítica a ellas, se coloca en un plano de no contemporaneidad tanto en relación al capital, como a la contradicción contemporánea. Hacia la última, de hecho, a través del concepto de «pueblo» que hace una reclamación de la identidad incapaz de tener plenamente en cuenta la multiplicidad de las diferenciaciones con las cuales se expresa hoy la contradicción contemporánea. De esta manera, su declinación en la dicotomía revolución/reacción cuelga totalmente del lado de la reacción.

Teniendo en cuenta carácter resbaladizo y la peligrosidad de la contradicción no contemporánea, no es recomendable perseguirla en su terreno, pero ignorarla tampoco. Siguiendo Bloch, ésta tiene que ser desmontada y remontada en un contexto distinto, ya que «la situación revolucionaria en la que la contradicción finalmente se concentra en un solo lugar y, mediante la realización de un salto, encuentra su disolución, es decir, sólo puede nacer como resultado de contradicciones contemporáneas»[8]. Mas allá de las reivindicaciones soberanistas y nacional-populistas: arrancar al pueblo de la reacción significa entonces romper el nexo entre pueblo y soberanía, es decir, separar el pueblo de sí mismo.

Fuente: Operaviva


NOTAS:

[1]           No es casualidad que, según Laclau, la principal referencia teórica del “populismo de izquierda”, el populismo puede trabajar políticamente en momentos en que desempeña su batalla por la toma (vertical) del poder dentro del Estado-nación.
[2]           E. Bloch, Erbschaft dieser Zeit, in Werkausgabe, Bd. 4, Suhrkamp, 1962; trad. it. L’Eredità del nostro tempo, Il Saggiatore, 1992, p. 82.
[3]           Ibidem.
[4]           Ivi, p. 95.
[5]           Ivi, p. 98.
[6]           Ivi, p. 99.
[7]           Ibidem.
[8]           Ivi, p. 95.

Noches despierto

por Paul B. Preciado

Vosotros pasáis la noche de pie en la plaza de la République de París y yo paso la noche con vosotros despierto en las calles de Atenas. Anochece una hora antes aquí y el cielo rojo se curva detrás del Partenón como en un salvapantallas de un MacBook Air que cae después sobre París.

La revolución (la vuestra, la nuestra) exige siempre despertar en medio de la noche: activar la conciencia justo cuando ésta debería apagarse. La revolución (la nuestra, la vuestra) es siempre un devenir-trans: movilizar un estado de cosas existente hacia otro que sólo el deseo conoce.

Vosotros pasáis la noche de pie (Nuit Debout) en la plaza de la République de París mientras un grupo de refugiados se reúnen en una casa ocupada de Exarchia para iniciar la Silent University en Atenas. En la sala hay casi tantas lenguas como personas. Una cadena de traducción explica el funcionamiento de esta universidad creada en Londres en 2012 por el artista Ahmet Ögüt y que sigue activándose desde entonces, entre otros lugares, en Estocolmo, Hamburgo y Amman. La frase “todo el mundo tiene derecho a enseñar” resuena una docena de veces en urdu, farsi, árabe, francés, kurdo, inglés, español, griego… Pensada como una plataforma autónoma de intercambio de conocimiento entre los migrantes, esta universidad permite que aquellos que saben algo puedan encontrarse con aquellos que quieren aprenderlo, independientemente de la validación académica y del reconocimiento institucional de los títulos, de la lengua hablada y de los procesos de adquisición de la residencia o la nacionalidad. Alguien dice: “Desde que espero a obtener asilo no tengo nada. Lo único que tengo es tiempo y en ese tiempo puedo aprender y puedo enseñar.” Es en ese tiempo aparentemente muerto de la espera administrativa en el que artista iraquí exiliado Hiwa K aprendió a tocar la guitarra clásica de la mano de Paco Peña en Inglaterra; la respuesta del gobierno inglés para acceder a la nacionalidad nunca llegó, pero Hiwa K toca flamenco como si él también fuera de Córdoba. He aquí algunos de los títulos de los cursos impartidos hoy en la Silent University: Historia iraquí, Literatura kurda, Herodoto y la civilización del Medés, Fundamentos del asilo político según la convención de 1951, Cómo empezar tu propio negocio, Historia de la comida a través de las artes visuales, Caligrafía árabe… Si la experiencia del exilio reduce al migrante a la pasividad y al “silencio” expropiando su estatuto de ciudadano político, la Silent University busca hacer proliferar los procesos de enunciación que pueden activar una nueva ciudanía mundial.

Vosotros pasáis la noche de pie en la plaza de la République de París y el colectivo de cineastas anónimos sirios Abunaddara, emite cada viernes, desde el principio de la revolución siria, un video en el que narra, a través del documental o desde la ficción, la vida del pueblo sirio más allá de las representaciones mediáticas tanto del occidente cristiano como del mundo musulmán. ¿Cómo se produce y se distribuye la imagen? ¿Por qué nadie vio a las víctimas del 11-S y sin embargo los cuerpos destrozados en Alepo están en la primera página de todos los periódicos? ¿Se puede fotografiar a un migrante que llega a las costas de Leros después de una travesía con su hijo muerto en brazos? Frente a la captura mediática y administrativa de la imagen, Abunaddara propone añadir una enmienda a la Declaración Universal de Derechos Humanos que reconozca el derecho a la imagen como un derecho fundamental.

Vosotros pasáis la noche en la place de la République de París mientras que otros cuerpos se despiertan también en Amman, en Damasco o en Atenas. Vendrán el experto y su diagnóstico, vendrán el historiador y su memoria, vendrá el profesor y su título, vendrán los políticos y sus partidos. Os dirán que estáis locos o que sois ingenuos. Os dirán que no es posible que los que no saben enseñen. Os dirán que todo periodista tiene derecho a hacer su trabajo de información. Os dirán que esto ya ha sucedido y que no sirvió de nada. Os dirán que lo importante es traducir la fuerza de las plazas en las urnas. Pero la revolución no tiene una finalidad fuera del proceso mismo de transformación que ésta propicia. Se trata, como apunta Bifo, de erotizar la vida cotidiana, desplazando el deseo que ha sido capturado por el capital, la nación o la guerra, para volver a distribuirlo en el tiempo y en el espacio, hacia todo y hacia todos. Os dirán que no es posible. Pero vosotros, nosotros, ya estamos ahí.

Despertemos durante el día como si el día entero fuera la noche. Aprendamos de aquellos a los que no les es permitido enseñar. Ocupemos la ciudad entera como si la ciudad entera fuera la place de la République.

Fuente: El Estado Mental