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A Nuestros Enemigos

Traducción al español de la introducción del libro Guerres et Capital (Edition Ámsterdam, 2016)

Por Éric Alliez y Maurizio Lazzarato

  1. Vivimos en los tiempos de la subjetivación de las guerras civiles. Nosotros no abandonamos el período del triunfo del mercado, de los automatismos de la gubernamentalidad y de la despolitización de la economía de la deuda para volver a la época de las «concepciones del mundo» y de sus luchas sino para entrar en la era de la construcción de las nuevas máquinas de guerra.
  1. El capitalismo y el liberalismo llevan las guerras en su seno como las nubes llevan la tempestad. Si la financiarización de fines del siglo XIX y del comienzo del XX ha conducido a la guerra total y a la Revolución Rusa, a la crisis de 1929 y a las guerras civiles europeas, la financiarización contemporánea conduce a la guerra civil global dirigiendo todas sus polarizaciones.
  1. Después de 2011, son las múltiples formas de subjetivación de las guerras civiles que modifican profundamente a la vez la semiología del capital y la pragmática de las luchas, las que se enfrentan a los miles de poderes de la guerra como marco permanente de la vida. Del lado de las experimentaciones de las máquinas anticapitalistas, Occupy Wall Street en Estados Unidos, los Indignados en España, las luchas estudiantiles en Chile y Quebec, en 2015 Grecia se pelea con armas desiguales contra la economía de la deuda y las políticas de austeridad. Las «primaveras árabes», las grandes manifestaciones de 2013 en Brasil y los enfrentamientos alrededor del parque Gezi en Turquía hicieron circular las mismas palabras de orden y de desorden en todo el sur. Nuit Debout en Francia es el último resurgimiento de un ciclo de luchas y ocupaciones que pudo haber comenzado en la plaza de Tiananmen en 1989. De parte del poder, el neoliberalismo, para avivar mejor el fuego de sus políticas económicas depredadoras, publicita una postdemocracia autoritaria y policial gestionada por los técnicos del mercado, mientras que los nuevos derechos (o «derechos fuertes») declaran la guerra al extranjero, al inmigrante, al musulmán y a los underclass beneficiando a la extrema derecha desdiabolizada. Es a éstos a quienes se regresa al instalarse abiertamente en el terreno de las guerras civiles y no a aquellos relanzando una guerra racial de clase. La hegemonía neofascista en los procesos de subjetivación está ahora confirmada por la reanudación de la guerra a la autonomía de las mujeres y a los que se han convertido en menores de edad de la sexualidad (en Francia, la «Manif pour tous») como extensión del dominio endocolonial de la guerra civil.
    A la era de la desterritorialización sin límites de Thatcher y Reagan le sigue la reterritorialización racista, nacionalista, sexista y xenófoba de Trump que, de ahora en adelante está al frente de todos los nuevos fascismos. El sueño americano se transforma en pesadilla de un planeta insomne.
  1. El desequilibrio entre las máquinas de guerra del Capital y de los nuevos fascismos, de una parte, las luchas multiformes contra el sistema-mundo del nuevo capitalismo, del otro, es flagrante. Desequilibrio político, pero también desequilibrio intelectual. Este libro se concentra en una vida, un blanco, un reprimido tanto teórico como práctico, que sin embargo está siempre en el corazón de los poderes e impoderes de los movimientos revolucionarios: el del concepto de «guerra» y el de «guerra civil».
  1. «Esto es como una guerra», se escuchó en Atenas durante el fin de semana del 11-12 de julio de 2015. Con razón. La población ha sido confrontada a una estrategia a gran escala de continuación de la guerra por los medios de la deuda: ha completado la destrucción de Grecia y, a la vez, ha iniciado la autodestrucción de la »construcción europea». El objetivo de la Comisión Europea, del BCE y del FMI nunca ha sido la negociación o la búsqueda de compromisos, sino la derrota completa del campo del adversario.
    El enunciado «esto es como una guerra» es una imagen que hay que rectificar enseguida: es una guerra. La reversibilidad de la guerra y de la economía está en el fundamento mismo del capitalismo. Y eso hace mucho tiempo que Carl Schmitt lo desveló en la hipocresía «pacifista» del liberalismo restableciendo la continuidad entre la economía y la guerra: la economía persigue los objetivos de la guerra con otros medios («el bloqueo del crédito, el embargo sobre las materias primas, la degradación de la moneda extranjera»).Dos oficiales superiores del ejército del aire chino, Qiao Liang y Wang Xiangsui, definen las ofensivas financieras como «guerras no sangrientas», aunque igual de crueles y eficaces que las «guerras sangrientas»: una violencia fría. El resultado de la globalización, explican, «es que todo se reduce al espacio de un campo de batalla en sentido estrecho, el mundo entero (ha sido transformado) en un campo de batalla en sentido amplio». La ampliación de la guerra y la multiplicación de sus nombres de dominio finito establecen el continuo entre guerra, economía y política. Pero esto desde el presupuesto de que el liberalismo es una filosofía de guerra total.
    (El papa Francisco parece predicar en el desierto cuando afirma, con una lucidez carente en los hombres políticos, en los expertos de toda índole y hasta en los críticos más aguerridos del capitalismo: «Cuando hablo de guerra, hablo de la verdadera guerra, no de la guerra de religión, sino de una guerra mundial en miles de fragmentos (…) Es la guerra por los intereses, por el dinero, por los recursos naturales, por la dominación de las gentes»).
  1. Durante el mismo año 2015, algunos meses después de la derrota de la «izquierda radical» griega, el Presidente de la República Francesa declara en la noche del 13 de noviembre a Francia «en guerra» y promulga el estado de excepción. La ley que lo autoriza, permitiendo la suspensión de las «libertades democráticas» para dar poderes «extraordinarios» a la administración de la seguridad pública, fue votada en 1955 durante la guerra colonial de Argelia.
    Aplicada en 1984 en Nueva Caledonia y durante los «disturbios de las banlieus» en 2005, el estado de excepción vuelve a poner en el centro de atención la guerra colonial y postcolonial.
    Aquello que ocurrió en París una desagradable noche de noviembre, es el teatro cotidiano de las ciudades del Medio Oriente. Es el mismo horror que hizo huir a millones de refugiados repartidos por Europa. De esta manera, vuelven a hacerse visible la más vieja de las tecnologías colonialistas de regulación de los movimientos migratorios por su prolongación «apocalíptica» en las «guerras sin fin» puestas en marcha por el fundamentalista cristiano George Bush y su equipo de neo-cons. La guerra neocolonial ya no se desarrolla solamente en las «periferias» del mundo, ella atraviesa de todas las maneras posibles el «centro», mediante la adopción de las figuras del «enemigo interior islamista», de los inmigrantes, de los refugiados, de los migrantes. Tampoco están excluidos los eternos últimos: los pobres y los trabajadores empobrecidos, los precarios, los parados de larga duración y los «endocolonizados» de las dos orillas del Atlántico…
  1. El «pacto de estabilidad» (el estado de excepción «financiero» en Grecia) y el «pacto de seguridad» (el estado de emergencia «política» en Francia) son las dos caras de la misma moneda. Desestructurando y reestructurando continuamente la economía mundial, el flujo de crédito y el flujo de la guerra son, junto con los estados que los integran, la condición de existencia, de producción y de reproducción del capitalismo contemporáneo.
    El dinero y la guerra constituyen la policía militar del mercado mundial, ahora llamada «gobernanza» de la economía mundo. En Europa, ella se encarna en el estado de emergencia financiero que reduce a la nada los derechos laborales y los derechos de la seguridad social (salud, educación, vivienda, etc.) mientras que el estado de emergencia antiterrorista suspende los derechos «democráticos» ya agotados.
  1. Nuestra primera tesis será que la guerra, el dinero y el estado son las fuerzas constitutivas o constituyentes, es decir, ontológicas, del capitalismo. La crítica de la economía política es insuficiente en la medida que la economía no sustituye a la guerra sino que la continúa por otros medios, que pasan necesariamente por el Estado: regulación de la moneda y monopolio legítimo de la fuerza por la guerra interna y externa. Para producir la genealogía y reconstruir el «desarrollo» del capitalismo, tendremos siempre que aceptar la responsabilidad y articular conjuntamente la crítica de la economía política, la crítica de la guerra y la crítica del estado.
    La acumulación y el monopolio de los títulos de propiedad por el Capital, y la acumulación y el monopolio de la fuerza por el estado se alimentan recíprocamente. Sin el ejercicio de la guerra en el exterior, y sin el ejercicio de la guerra civil por el estado en el interior de las fronteras, el capital nunca se habría podido constituir. Y al contrario: sin la captura y la valorización de la riqueza llevada a cabo por el capital, nunca el estado habría podido ejercer sus funciones administrativas, jurídicas, de gubernamentalidad, ni organizar los ejércitos de un poder siempre creciente. La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercer la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de la constitución del estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña la proletarización industrial.
  1. Pero, ¿de qué guerra se trata? ¿El concepto de «guerra civil mundial» adelantado al mismo tiempo (en 1961) por Carl Schmitt y Hannah Arendt se ha impuesto después del fin de la guerra fría como su forma más adecuada? ¿Las categorías de «guerra infinita», de «guerra justa» y de «guerra contra el terrorismo» corresponden a nuevos conflictos de la mundialización?
    ¿Y es posible repetir el sintagma de «la» guerra sin asumir inmediatamente el punto de vista del estado? La historia del capitalismo está, desde el origen (Ur-sprung), atravesada y constituida por una multiplicidad de guerras: guerras de clase(s), de raza(s), de sexo(s)[1], guerra de subjetividad(es), guerras de civilización (el singular ha regalado su capital a la historia). Las «guerras» y no la guerra, esta es nuestra segunda tesis. Las «guerras» como fundamento del orden interior y del orden exterior, como principio de organización de la sociedad. Las guerras, no solamente de clase, sino también militares, civiles, de sexo, de raza están tan integradas en una forma constitutiva en la definición del Capital que habrá que reescribir de principio a fin Das Kapital para rendir cuenta de su dinámica y su funcionamiento más real. En todos los grandes cambios del capitalismo, no se encontrará «la destrucción creativa» de Schumpeter producida por la innovación empresarial, sino siempre la iniciativa de las guerras civiles.
  1. Después de 1492, en el año 01 del Capital, la formación de capital se despliega a través de esa multiplicidad de guerras en las dos costas del Atlántico. La colonización interna (Europa) y la colonización externa (América) son paralelas, se refuerzan mutuamente y definen conjuntamente la economía mundo. Esa doble colonización define aquello que Marx denomina la acumulación primitiva (ursprüngliche Akkumulation). A diferencia de Marx, no limitamos la acumulación primitiva a una simple fase del desarrollo del capital, destinado a ser desbordado por y en el «modo de producción específico» del capitalismo. Consideramos que ella constituye una condición de existencia que acompaña sin cesar el desarrollo del capital, de forma que si la acumulación primitiva se persigue en todas las formas de expropiación de una acumulación continuada, entonces las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad son sin fin. La conjunción de estas dos últimas, y especialmente las guerras contra los pobres y las mujeres en la colonización interna de Europa, y las guerras contra los pueblos «primeros» en la colonización externa, que son completamente desplegadas en la acumulación «primitiva», precede y hace posibles las «luchas de clases» de los siglos XIX y XX proyectándoles en una guerra común contra la pacificación productiva. La pacificación obtenida por todos los medios («sangrientos» y «no sangrientos») es el objetivo de la guerra del capital como «relación social».
  1. «Al concentrarse exclusivamente en la conexión entre capitalismo e industrialismo, Marx acaba por no prestar atención alguna al vínculo estrecho que estos dos fenómenos mantienen con el militarismo». La guerra y la carrera armamentística son a la vez condiciones de desarrollo económico y de la innovación tecnológica y científica desde el comienzo del capitalismo. Cada etapa de desarrollo del capital inventa su propio «keynesianismo de guerra». Esta tesis de Giovanni Arrighi tiene el único defecto de limitarse a «la» guerra entre estados y de «no prestar ninguna atención al vínculo estrecho» que el Capital, la tecnología y la ciencia mantienen con «las» guerras civiles. Un coronel del ejército francés resume las funciones directamente económicas de la guerra de clase: «Nosotros somos tan productores como los otros». Descubre de esta forma uno de los aspectos más inquietantes del concepto de producción y de trabajo, aspecto que los economistas, los sindicatos y los marxistas integrados se encargan bien de tematizar.
  1. La fuerza estratégica de desestructuración/restructuración de la economía mundo es, desde la acumulación primitiva, el Capital bajo su forma más deterritorializada, es decir, el capital financiero (que puede ser definido así mucho antes de recibir sus cartas de acreditación balzaquianas). Foucault critica la concepción marxiana de Capital porque no habría nunca «el» capitalismo, sino siempre «un conjunto político-institucional» históricamente considerado (el argumento está destinado a causar furor). Aunque Marx efectivamente nunca utilice el concepto de capitalismo, sin embargo hay que conservar la distinción entre el último y «el» capital, ya que «su» lógica, aquella del Capital financiero (A-A’), es (siempre históricamente) la más operacional. Aquello que recibe el nombre de «crisis financiera» se muestra en la obra hasta en sus resultados postcríticos más «innovadores». La multiplicidad de formas estatales y de organizaciones transnacionales de poder, la pluralidad de conjuntos político-institucionales que definen la variedad de «capitalismos» nacionales son violentamente centralizados, subordinados y ordenados por el Capital financiero universalizado en su finalidad de «crecimiento». La multiplicidad de formaciones de poder se pliega, más o menos dócilmente (pero más que menos) a la lógica de la propiedad más abstracta, aquella de los acreedores. «El» Capital, con «su» lógica (A-A’) de reconfiguración planetaria del espacio por la aceleración constante del tiempo, es una categoría histórica, una «abstracción real» diría Marx, que produce los efectos más reales de privatización universal de la Tierra de los «humanos» y de los «no humanos», y de privación de los «comunes» del mundo. (Pensar aquí en el acaparamiento de las tierras – land grabbing– que es a la vez consecuencia directa de la «crisis alimentaria» de 2007-2008 y una de las estrategias de salida de la crisis de la «peor crisis financiera in Global History»). Es de esta manera que utilizamos el concepto «histórico-trascendental» de Capital como agente a largo plazo (con menos mayúsculas posibles) de la colonización sistemática del mundo.
  1. ¿Por qué el desarrollo del capitalismo no puede pasar más por las ciudades que han servido durante mucho tiempo de vectores, sino por el estado? Porque solo el estado, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII realizará directamente la expropiación/apropiación de la multiplicidad de las máquinas de guerra de la época feudal (dirigidas hacia las guerras «privadas») para concentrarlas e institucionalizarlas en una máquina de guerra transformada en arma que posee el monopolio legítimo de la fuerza pública. La división del trabajo no opera solamente en la producción, sino también con la especialización de la guerra y de la profesión de soldado. Si la centralización del ejercicio de la fuerza en un «ejército reglado» es la obra del estado, esta es también la condición de la acumulación de las «riquezas» por las naciones «civilizadas y opulentas» a costa de las naciones pobres (Adam Smith)- que, en verdad no son de todas las naciones sino de las waste lands (Locke in Wasteland).
  1. La constitución del estado en «megamáquina» de poder descansará entonces sobre la captura de los medios de ejercicio de la fuerza, sobre su centralización e institucionalización. Pero a partir de los años 1870, y especialmente bajo el golpe de una aceleración brutal impuesta por la «guerra total», el capital no se contenta ya con mantener un vínculo de alianza con el estado y su máquina de guerra. Comienza a apropiárselo directamente integrándolo en sus instrumentos de polarización. La construcción de esta nueva máquina de guerra capitalista va así a integrar el estado, su soberanía (política y militar) y el conjunto de sus funciones «administrativas» modificándolas profundamente bajo la dirección del capital financiero. A partir de la Primera Guerra Mundial, el modelo de la organización científica del trabajo y el modelo militar de organización y de conducción de la guerra penetran en profundidad el funcionamiento político del estado reconfigurando la división liberal de los poderes bajo la hegemonía del poder ejecutivo, mientras que, a la inversa, la política, ya no del estado sino del capital, se impone en la organización, la gestión y las finalidades de la guerra.
    Con el neoliberalismo, este proceso de captura de la máquina de guerra del estado está plenamente realizado en la axiomática del Capitalismo Mundial Integrado. Es de este modo que ponemos el CMI de Félix Guattari al servicio de nuestra tercera tesis: el Capitalismo Mundial Integrado es la axiomática de la máquina de guerra del capital que ha sabido someter la desterritorialización militar del estado a la desterritorialización superior del capital. La máquina de producción no se distingue ya más de la máquina de guerra que integra lo civil y lo militar, la paz y la guerra en el proceso único de un continuum de poder isomorfo en todas sus formas de valorización.
  1. En la larga duración de la relación capital/guerra, el estallido de la «guerra económica» entre imperialismos a finales del siglo XIX va a constituir un giro, el de un proceso de transformación irreversible de la guerra y de la economía, del estado y de la sociedad. El capital financiero transmite lo indefinido/ilimitado (de su valorización) a la guerra haciendo de esta última una potencia sin límites (guerra total). La conjunción de lo ilimitado del flujo de la guerra y de lo ilimitado del flujo del capital financiero en la Primera Guerra Mundial llevará más allá los límites tanto de la producción como de la guerra haciendo surgir el espectro terrorífico de la producción ilimitada por la guerra ilimitada. Ella llega durante las dos guerras mundiales a tener por primera vez la subordinación «total» (o «subsunción real») de la sociedad y de sus «fuerzas productivas» a la economía de guerra a través de la organización y la planificación de la producción, del trabajo y de la técnica, de la ciencia y del consumo, a una escala hasta ese momento desconocida. La implicación del conjunto de la población en la «producción» ha estado acompañada por la constitución de procesos de subjetivación de masas a través de la gestión de técnicas de comunicación y de fabricación de la opinión. De la creación de programas de investigación sin precedentes, orientados hacia la «destrucción», saldrán los descubrimientos científicos y tecnológicos que, transferidos a la producción de medios de producción de «bienes», van a constituir las nuevas generaciones de capital constante. Es todo este proceso que escapa al operaísmo (y al post-operaísmo) en el cortocircuito que él hace situar en los años 1960-1970 la Gran Bifurcación del capital, fusionada de esta forma con el momento crítico de la autoafirmación del operaísmo en la fábrica (todavía habrá que esperar al postfordismo para llegar a la «fábrica difusa»).
  1. El origen del welfare no debe ser buscado únicamente en el lado de la lógica asegurativa contra los peligros del «trabajo» y los peligros de la «vida» (la escuela foucaultiana bajo la influencia patronal), sino en primer lugar, y especialmente, en la lógica de la guerra. El warfare ha anticipado y preparado ampliamente el welfare. Desde los años 1930, el uno y el otro se han hecho indiscernibles.
    La enorme militarización de la guerra total, que ha transformado al obrero internacionalista en 60 millones de soldados nacionalistas, va a ser «democráticamente» reterritorializado por y sobre el welfare. La conversión de la economía de guerra en economía liberal, la conversión de la ciencia y de la tecnología de instrumentos de muerte en medios de producción de «bienes» y la conversión subjetiva de la población militarizada en «trabajadores» son realizadas gracias al enorme dispositivo de intervención estatal en el cual participan activamente las «empresas» (corporate capitalism). El warfare persigue por otros medios su lógica en el welfare. El mismo Keynes había reconocido que la política de la demanda efectiva no tenía otro modelo de realización que un régimen de guerra.
  1. Integrado en 1951 en su «Superación de la metafísica» (la superación en cuestión había sido pensado durante la Segunda Guerra Mundial), este desarrollo de Heidegger define precisamente aquello en lo que se han convertido los conceptos de «guerra» y de «paz» al final de dos guerras totales:

    Transformadas, habiendo perdido su esencia propia, la «guerra» y la «paz» son cogidos en el errar; habiendo llegado a ser irreconocibles, entre ellos no aparece diferencia alguna, ellos están desaparecidos en el transcurso puro y simple de las actividades que, siempre más intensamente, hacen las cosas realizables. Si no puede responder a la cuestión: ¿cuándo la paz volverá a ella? Esto no es porque no se pueda atisbar el fin de la guerra, sino porque la cuestión planteada apunta a una cosa que ya no existe, la guerra misma ya no es la que puede llevar a una paz. La guerra se ha convertido en una variedad del desgaste del ente, y ésta continúa en tiempos de paz (…). Esta larga guerra en su progreso largo y lento, no hacia una paz a la manera antigua, sino más bien hacia un estado de cosas donde el elemento «guerra» no será más en ningún caso percibido como tal y donde el elemento «paz» no será más ni sentido ni substancia.

    El pasaje será reescrito al final de Mil Mesetas para indicar cómo la «capitalización» tecno-científica (ella remite a lo que llamamos el «complejo militar-industrial científico-universitario») va a engendrar «una nueva concepción de la seguridad como guerra materializada, como inseguridad organizada o catástrofe programada, distribuida, molecularizada».

  1. La guerra fría es socialización y capitalización intensivas de la subsunción real de la sociedad y de la población en la economía de guerra de la primera mitad del siglo XX. Ella constituye un paso fundamental para la formación de la máquina de guerra del capital, que no se apropia del estado y de la guerra sin subordinar el «saber» a su proceso. La guerra fría va a aumentar el espacio de producción de innovaciones tecnológicas y científicas alumbrado por las guerras totales. Prácticamente todas las tecnologías contemporáneas, y especialmente la cibernética, las tecnologías computacionales e informáticas son, directa o indirectamente, los frutos de la guerra total retotalizada por la guerra fría. Aquello que Marx llama el «General Intellect» nació de/en la «producción por la destrucción» de las guerras totales antes de ser reorganizadas por las Investigaciones Operativas (OI) de la guerra fría en instrumento (R&D) de mando y de control de la economía mundo. Es a otro desplazamiento mayor por relación con el operaísmo y al post-operaísmo al que la historia guerrera del capital nos obliga. El orden del trabajo («Arbeit macht frei») establecido por las guerras totales se transforma en orden liberal-democrático de pleno empleo como instrumento de regulación social del «obrero masa» y de todo su entorno doméstico.
  1. El 68 se sitúa bajo el signo de la reemergencia política de la guerra de clases, de raza, de sexo y de subjetividad que la «clase obrera» no pudo subordinar a sus intereses y a sus formas de organización (partido-sindicatos). Si es en los Estados Unidos que la lucha obrera ha «tenido en su desarrollo su nivel absoluto más elevado» (»Marx en Detroit»), es allí también la que ha sido derrotada al final de las grandes huelgas después de la guerra. La destrucción del «orden del trabajo» como resultado de las guerras totales y continuado en y por la guerra fría como «orden del salariado» no será solamente el objetivo de una nueva clase obrera que redescubre su autonomía política, ella será igualmente el hecho de la multiplicidad de todas aquellas guerras que, un poco todas al mismo tiempo, son iniciadas reconstruyendo las experiencias singulares de los «grupos-sujeto» que llevaban consigo las condiciones comunes de ruptura subjetiva. Las guerras de descolonización y de todas las minorías raciales, de mujeres, estudiantes, de homosexuales, de alternativos y de antinucleares, etc., van definiendo de este modo las nuevas modalidades de lucha, de organización y especialmente de deslegitimación del conjunto de los «poderes-saberes» durante todos los años 1960 y 1970. No hemos leído solamente la historia del capital a través de la guerra, sino igualmente ésta última a través del 68 que solo vuelve posible el paso teórico y político de «la» guerra a las «guerras».
  1. La guerra y la estrategia ocupan un lugar central en la teoría y la práctica revolucionaria del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lenin, Mao y el general Giap han anotado concienzudamente De la guerra de Clausewitz. El pensamiento del 68 se ha abstenido de problematizar la guerra, a excepción notable de Foucault y de Deleuze-Guattari. Ellos no sólo no se han propuesto solamente invertir la célebre formula de Clausewitz («la guerra es la continuación de la política por otros medios») analizando las modalidades según las cuales la «política» puede ser entendida como la guerra continuada por otros medios: sobre todo han transformado radicalmente los conceptos de guerra y política. Su problematización de la guerra es estrictamente dependiente de las mutaciones del capitalismo y de las luchas que se le enfrentan en la mencionada posguerra, antes de cristalizarse en la extraña revolución de 1968: la «microfísica» del poder presentada por Foucault es una actualización crítica de la «guerra civil generalizada»; la «micropolítica» de Deleuze y Guattari es respecto a ella indisociable del concepto de «máquina de guerra» (su construcción no va sin la experiencia militante de uno entre ellos). Si se aísla el análisis de las relaciones de poder de la guerra civil generalizada, como lo hace la crítica foucaultiana, la teoría de la gubernamentalidad no es más que una variante de la «gobernanza» neoliberal; y si se destaja la micropolítica de la máquina de guerra, como lo hace la crítica deleuziana (del mismo modo ella ha comenzado a estetizar la máquina de guerra), no queda más que las «minorías» impotentes frente al capital que conserva la iniciativa.
  1. Siliconados por las nuevas tecnologías que han desarrollado la fuerza de ataque, los militares hacen colisionar la máquina tecnológica con la máquina de guerra. Las consecuencias políticas son terribles.
    Los Estados Unidos han planeado llevar la guerra a Afganistán (2001) y a Irak (2003) a partir del principio «Clausewitz out, computer in» (la misma operación es extrañamente repetida por los partidarios de un capitalismo cognitivo que disuelve la omnirrealidad de las guerras en los ordenadores y los «algoritmos» habiendo servido sin embargo, en primer lugar, para llevarlas a cabo). Creyendo disipar la «niebla» y la incertidumbre de la guerra por la acumulación, los estrategas de la guerra hipertecnológica digitalizada y «centrada en red» han desilusionado rápidamente: la victoria obtenida rápidamente se ha transformado en una debacle político-militar que ha desencadenado in situ el desastre del Medio-Oriente, sin ahorrar más al mundo libre de aportarle sus valores como en un remake del Docteur Folamour. La máquina técnica no explica nada y no es gran cosa sin movilizar a todas las otras «máquinas». Su eficacia y su existencia misma dependen de la máquina social y de la máquina de guerra que tendrán que dar forma generalmente a la transformación técnica bajo un modelo de sociedad fundado sobre las divisiones, las dominaciones, las explotaciones (Rouler plus vite, laver plus blanc, para repetir el título del bello libro de Kristin Ross).
  1. Si la caída del muro libera el acta de defunción de una momia de la cual el 68 ha hecho olvidar hasta la prehistoria comunista, y si ella debe entonces ser tenida por un no-acontecimiento (esto que dice en su forma melancólica la tesis del Fin de la Historia), el sangriento fracaso de las primeras guerras postcomunistas dirigidas por la máquina de guerra imperial sin embargo hizo historia. Y esto también debido al debate que se ha abierto entre los militares, donde se da hoy en día un nuevo paradigma de la guerra. Antítesis de las guerras industriales del siglo XX, el nuevo paradigma se define como una «guerra en el interior de la población». Este concepto que, literalmente, inspira un improbable «humanismo militar», nosotros lo hacemos nuestro retrotrayendo el sentido al origen y al terreno real de las guerras del capital, y reescribiendo esta «guerra en el seno de la población» al plural de nuestras guerras. La población es el campo de batalla en el interior del cual se ejercitan las operaciones contra-insurreccionales de todo tipo que son a la vez, y de manera indiscernible, militares y no militares porque ellas son también portadoras de la nueva identidad de las «guerras sangrientas» y de las «guerras no sangrientas».
    En el fordismo, el estado no garantiza solamente la territorialización estatal del capital, sino también de la guerra. De él resulta que la mundialización no liberará el capital de empresa del estado sin liberar igualmente la guerra cuya continuidad con la economía se mueve a un poder superior, integrando el plan del capital. La guerra desterritorializada ya no es en absoluto la guerra entre estados, sino una continuación ininterrumpida de guerras múltiples con las poblaciones, reenviando definitivamente la «gubernamentalidad» al lado de la gobernanza en una empresa común de negación de las guerras civiles globales. Lo que se gobierna y aquello que permite gobernar son las divisiones que proyectan las guerras en el seno de la población en la posición del contenido real de la biopolítica. Una gubernamentalidad biopolítica de guerra como distribución diferencial de la precariedad y norma de la «vida cotidiana». Justo lo contrario al Gran Relato del nacimiento liberal de la biopolítica que tuvo lugar en un famoso curso del Collège de France entre los años 1970 y 1980.
  1. Profundizando las divisiones, acentuando las polarizaciones de todas las sociedades capitalistas, la economía de la deuda transforma la «guerra civil mundial» (Schmitt, Arendt) en una imbricación de guerras civiles: guerras de clase, guerras neocoloniales contra las «minorías», guerras contra las mujeres, guerras de subjetividad. La matriz de estas guerras civiles es la guerra colonial. Esta última nunca ha sido una guerra entre estados, sino, en esencia, una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no combatientes, entre la economía, la política y los militares nunca son tenidas en cuenta. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de guerra que el capital financiero ha desencadenado a partir de los años 1970, en nombre de un neoliberalismo de combate. Su guerra será a la vez fractal y transversal: fractal, porque produce indefinidamente su invariancia por cambio constante de escala (su «irregularidad» y las «roturas» que introduce se ejercen en diversas escalas de la realidad); y transversal, porque se despliega simultáneamente al nivel macropolítico (jugando con todas las grandes oposiciones duales: clases sociales, blancos y no blancos, hombres y mujeres…) y micropolítica (por engineering molecular privilegiando las interacciones más elevadas/avanzadas). De esta forma puede conjugar los niveles civil y militar en el sur y en el norte del mundo, en los sur y norte de todo el mundo (o casi). Su primera característica es entonces de ser menos una guerra sin distinción que una guerra irregular.
    La máquina de guerra del capital que, al comienzo de los años 1970, ha integrado definitivamente al Estado, la guerra, la ciencia y la tecnología enuncia claramente la estrategia de la mundialización contemporánea: acelerar el final de la demasiado breve historia del reformismo del capital – Full Employment in a Free Society, según el título del libro-manifiesto de Lord Beveridge publicado en 1944 – atacando por todos lados y por todos los medios a las condiciones de realidad de la relación de fuerzas que le había impuesto. Una creatividad infernal será desarrollada por el proyecto político neoliberal para fingir el proporcionar el «mercado» de cualidades sobrehumanas de information processing: el mercado como cyborg final.
  1. La toma de consistencia de los neofascismos a partir de la «crisis» financiera de 2008 constituye un giro en el desarrollo de las guerras en el seno de la población. Sus dimensiones a la vez fractales y transversales asumen una nueva y temible eficacia de división y de polarización. Los nuevos fascismos ponen a prueba todos los recursos de la «máquina de guerra», porque si éste no se identifica necesariamente con el Estado, también puede escapar del control del capital. Mientras que la máquina de guerra de Capital gobierna a través de la diferenciación «inclusiva» de la propiedad y la riqueza, las nuevas máquinas de guerra fascistas funcionan por exclusión a partir de la identidad de raza, de sexo y de nacionalidad. Las dos lógicas parecen incompatibles. En realidad, convergen inexorablemente (cf. la «preferencia nacional») a medida que el estado de urgencia económica y política se instala en el tiempo coercitivo del global flow.
    Si la máquina capitalista continua desconfiando de los nuevos fascismos, no es en razón de sus principios democráticos (¡el capital es ontológicamente antidemocrático!) o de la rule of law, sino porque, a la manera del nazismo, el postfascismo puede tomar su «autonomía» en relación a la máquina de guerra del capital y escapar a su control. ¿No es exactamente esto lo que está surgiendo con los fascismos islamistas? Formados, armados, financiados por los Estados Unidos, están dirigiendo sus armas contra la superpotencia y sus aliados que les habían instrumentalizado. Desde el Occidente del califato y de vuelta, los neonazis de todas las obediencias encarnan la subjetivación suicida del «modo de destrucción» capitalista. Es también la escena final del regreso de lo reprimido colonial: los jihadistas de la generación 2.0 amenazan las metrópolis occidentales como su enemigo más interior. La endocolonización deviene de este modo el modo de conjugación generalizada de la violencia «típica» de la dominación más intensiva que pertenece al capitalismo sobre las poblaciones. En cuanto al proceso de convergencia o de divergencia entre máquinas de guerra capitalista y neofascista, dependerá de la evolución de las guerras civiles en curso, y de los peligros que un eventual proceso revolucionario podría hacer correr a la propiedad privada, y más generalmente al poder del capital.
  1. Prohibiendo reducir el capital y el capitalismo a un sistema o a una estructura, y la economía a una historia de ciclos que se cierran sobre sí mismos, etc., las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad cuestionan igualmente en la ciencia y en la tecnología todo principio de autonomía, toda vía real hacia la «complejidad» en una emancipación inventada por la concepción progresista (y hoy en día aceleracionista) del movimiento de la historia.
    Las guerras inyectan continuamente los vínculos estratégicos abiertos en la indeterminación del enfrentamiento, en la incertidumbre del combate vuelve inoperante todo mecanismo de autoregulación (de mercado) o toda regulación por feedback («sistemas hombres-máquinas» abriendo su «complejidad» sobre el futuro). La «apertura» estratégica de la guerra es radicalmente otra que la apertura sistemática de la cibernética, que no ha surgido sin razón de/en la guerra. El capital no es ni estructura, ni sistema, es «máquina», y máquina de guerra de la cual la economía, la política, la tecnología, el estado, los medios de comunicación, etc., no son más que las articulaciones informadas por las relaciones estratégicas. En la definición marxista/marxiana del General Intellect, la máquina de guerra, integrando en su funcionamiento la ciencia, la tecnología, es curiosamente olvidada en beneficio de un poco creíble «comunismo del capital».
  1. El capital no es un modo de producción sin ser al mismo tiempo un modo de destrucción. La acumulación infinita que desplaza continuamente sus límites para volverlos a crear de nuevo es al mismo tiempo destrucción ampliada ilimitada. Las ganancias de productividad y las ganancias de destructividad progresan paralelamente. Se manifiestan en la guerra generalizada que los científicos prefieren denominar más Antropoceno que Capitaloceno, aunque, con toda evidencia, la destrucción de los medio ambientes en y por los cuales vivimos no comienza con el «hombre» y sus necesidades crecientes, sino con el Capital. La «crisis ecológica» no es el resultado de una modernidad y de una humanidad ciega a los efectos negativos del desarrollo tecnológico, sino el «fruto de la voluntad» de ciertos hombres que ejercen una dominación absoluta sobre otros hombres a partir de una estrategia geopolítica mundial de explotación sin límites de todos los recursos humanos y no humanos.
    El capitalismo no es solamente la civilización más asesina de la historia de la humanidad, aquella que ha introducido en nosotros «la vergüenza de ser un hombre», es también la civilización por la cual el trabajo, la ciencia y la técnica han creado, otro privilegio (absoluto) en la historia de la humanidad, la posibilidad de la destrucción (absoluta) de todas las especies y del planeta que las contiene. Mientras tanto, la «complejidad» (del rescate) de la «naturaleza» promete todavía la perspectiva de un hermoso beneficio donde se mezclan la utopía tecno del geoengineering y la realidad de nuevos desarrollos de los «derechos a contaminar». En la confluencia de uno y de otro, el capitaloceno no manda al capitalismo a la luna (él lo devuelve), termina la mercantilización global del planeta haciendo valer sus derechos sobre la que ha sido nombrada con razón troposfera.
  1. La lógica del capital es logística de una valorización infinita. Ella implica la acumulación de un poder que no es simplemente económico por la simple razón que se complican los poderes y saberes estratégicos bajo la fuerza y la debilidad de las clases en lucha a las cuales se les aplica y con las cuales no cesa de explicarse. Foucault remarca que los marxistas ponen su atención sobre el concepto de «clase» en detrimento del concepto de «lucha». El saber sobre la estrategia es también expulsado en beneficio de un proyecto alternativo de pacificación (Tronti propone la versión más épica). ¿Qué es fuerte y qué es débil? ¿De qué manera los fuertes se han hecho débiles, por qué los débiles se han hecho fuertes? ¿Cómo se refuerza a sí mismo y debilita al otro para dominarlo y explotarlo? Es la pista anticapitalista del nietzscheanismo francés que nosotros nos proponemos seguir y reinventar.
  1. El capital sale vencedor de las guerras totales y de la confrontación con la revolución mundial, cuyo 1968 es para nosotros la clave. Desde entonces, no para de ir de victoria en victoria perfeccionando su motor en enfriamiento. Eso prueba que la primera función del poder es la de negar la existencia de guerras civiles borrando hasta su memoria (la pacificación es una política de tierra quemada). Walter Benjamin está ahí para recordarnos que la reactivación de la memoria de las victorias y de las derrotas, de donde los vencedores extraen su dominación, no puede venir de los «vencidos». Problema: los vencidos del 68 están arrojados al agua sucia de las guerras civiles con el viejo bebé leninista, con el fin del «otoño caliente» sellado por el fracaso de la dialéctica del «partido de la autonomía». Entrados en los «años de invierno» bajo el hilo de una segunda Guerra Fría que asegura el triunfo del «pueblo del capitalismo» («Peoples’s Capitalism – This IS America!»), el Fin de la Historia va a tomar el relevo sin detenerse en una guerra del Golfo que «no tiene lugar», excepto una constelación de nuevas guerras, de máquinas revolucionarias o militantes mutantes (Chiapas, Birmingham, Seattle, Washington, Gênes…) y de nuevas derrotas. Las nuevas generaciones de escritores declinan el «pueblo que falta» soñando con el insomnio de procesos destituyentes desgraciadamente reservados a sus amigos.
  1. Vamos al grano, dirigiéndonos a nuestros enemigos. El único objeto de este libro es de hacer entender que, bajo la economía y su «democracia», después de las revoluciones tecnológicas y la «intelectualidad de masas» del General Intellect, existe el «rugido» de las guerras reales en curso en toda su multiplicidad. Una multiplicidad que no está por hacer, sino para deshacer y rehacer para cargar de nuevas posibilidades las «masas en circulación» que son doblemente los sujetos. De lado de las relaciones de poder en tanto que sujetos en la guerra o/y de lado de las relaciones estratégicas que son susceptibles de proyectarlas al rango de sujetos de las guerras, con «sus mutaciones, su cantidad de desterritorialización, sus conexiones, sus precipitaciones». En suma, se tratará de extraer las lecciones de aquello que se nos ha aparecido como el fracaso del pensamiento del 68 del cual nosotros somos los herederos, hasta nuestra incapacidad de pensar y de construir una máquina de guerra colectiva a la altura de la guerra civil desencadenada en nombre del neoliberalismo y del primado absoluto de la economía como política exclusiva del capital. Todo transcurre como si el 68 no hubiera conseguido pensar hasta el final, no su fracaso (hay los Nuevos Filósofos, profesionales del asunto), sino también las razones del orden bélico que ha sabido romper su insistencia en una destrucción continuada, puesta en el infinito presente de las luchas de «resistencia».
  1. No se trata, y sobre todo no se tiene que tratar de terminar con la resistencia, sino con el «teoricismo» satisfecho de un discurso estratégicamente impotente ante lo que nos sucede. Y a aquello que nos sucedió. Porque si los dispositivos de poder son constituyentes a expensas de las relaciones estratégicas y de las guerras que se han llevado a cabo, no pueden ser más, en contra de aquellos, que fenómenos de «resistencia». Con el éxito que conocemos. Graecia docet.

  30 de Julio 2016

 

Post-Scriptum: Este libro está situado bajo el signo de un (imposible) «maestro en política» – o, más exactamente, del adagio althusseriano forjado en un materialismo histórico en el cual nosotros nos reconocemos: «Si queréis conocer un tema, hacedlo en la historia». 68, desviación mayor por relación a las leyes del althusserianismo (y de todo aquello que ellas representan), será el diagrama de escape de un segundo volumen, provisionalmente titulado Capital y guerras. Nos proponemos repetir la investigación sobre la extraña revolución del 68 y sobre sus desarrollos, donde el tren de «la» contra-revolución oculta muchos otros: toda una multiplicidad de contra-revoluciones en forma de restauraciones. Ellas serán analizadas desde el punto de vista de una práctica teórica políticamente «sobredeterminada» por las realidades bélicas del presente. Es en este espíritu que nos arriesgamos a una «lectura sintomática» del Nuevo Espíritu del Capitalismo (cuyas bendiciones descenderán de la «crítica artista» made in 68), del Aceleracionismo (la versión a la vez más up-to-date y la más regresiva del post-operaísmo) y del Realismo especulativo (por lo tanto hemos renunciado a incluirlo en nuestra lectura del Antropoceno).

 

NOTAS

[1] Utilizamos indistintamente «guerra contra las mujeres», «guerra de los sexos» y «guerra de género». Sin entrar en el debate que atraviesa el pensamiento feminista, los conceptos de «mujer», «sexo» y «género» (como «raza», por otro lado) no se refiere a ningún esencialismo sino a la construcción política de la heterosexualidad y el patriarcado como una norma social de control de la reproducción de fuerza de trabajo, la sexualidad y la reproducción de la población, de los cuales la célula familiar es el fundamento. Se trata de una verdadera guerra conducida contra las mujeres a someterse a un régimen de sumisión, dominación y explotación.

#LoiTravail: las estudiantes hablan sobre la “juventud” del movimiento

El texto de las estudiantes de secundaria franceses apareció el 22 de marzo después de la movilización del 17 contra la reforma del mercado laboral del ministro El Khomri.

A fuerza de repetirlo nosotras mismas comenzamos a ser conscientes: juventud quiere decir precariedad. Para la escuela, el trabajo, el amor, la vivienda, la condición económica, la identidad, para cada cosa, en todos los sentidos, somos “precarias”. Es decir, no del todo terminadas, estabilizadas, tranquilas, seguras. Una especie de cerilla en una ventisca. Por lo tanto, es por esto que simpatizan con nosotras, es en nombre de esta decretada fragilidad que hablamos, que tomamos nuestras defensas: con un poco de suerte y esfuerzo, podremos tener un día, el privilegio de volver adultas, integradas, trabajadoras satisfechas.
Y es verdad que, en cierto modo, somos frágiles, manipuladas, explotadas. La escuela, en realidad, no nos han enseñado a defendernos, y aún menos a luchar a solas. Lo que nos ha enseñado es a prepararnos a recoger mierda toda la vida con la cucharita, una vida con sus pequeñas resignaciones, y sus kilos de sueños rotos, su falta cruel de destino. Es verdad que muchas quedan en condiciones precarias. Pero para ser honestas, la “vida normal” que nos hacen entrever es tan emocionante como una nueva versión de la serie V.

Cuando navegamos en las redes sociales o en las paginas de información, vemos fácilmente lo que los viejos piensan de nosotras: nos tienen compasión o nos desprecian. Todavía un “movimiento juvenil”! Se conmueven o se ríen, de todas maneras sería toda una película ya vista. Tal vez o tal vez no. Nosotras tenemos otra intuición, la intuición que la historia retorna, pero no se repite. La intuición de que este gobierno está particularmente asustado y que seguimos, no nos rendimos, no abandonamos las calles. Esta también es la única explicación de la brutalidad desenfrenada de los policías desplegados para evitar una asamblea general en Tolbiac. Y no, Valls no tiene miedo de la CGT* y de los trabajadores que marchan en silencio. Lo que teme son todos esas jóvenes a las que todos desprecian porque sabe que, al final, tal vez nos cansaremos pero no nos dejaremos comprar por falsas promesas o un futuro bajo anestésicos. No son completamente estúpidos en las oficinas ministeriales, saben bien que no tenemos mucho para perder y que no será fácil hacernos creer en su futuro brillante.

Estamos realmente en el corazón de esta paradoja: es porque no valemos mucho para esta sociedad que de alguna manera estamos liberadas de ella. No hemos apostado ni un duro en este mundo, entonces no es necesario hacer el avestruz, mientras que esto se hunde. Si lo pensáis no luchamos contra la precariedad, sino a partir de la precariedad.
Por lo tanto habrá que decir a todas estas personas que se preocupan de nosotras y por nosotras: no tenemos miedo del futuro, es vuestro futuro el que tiene miedo de nosotras. No tenemos miedo de la calle, del cambio, de la revuelta. No tenemos miedo de perder nuestro trabajo o nuestra referencias, nuestros privilegios y nuestro pequeño consuelo. Pasamos completamente de vuestro mundo, lo que queremos es intentar algo, algo nuevo, inaudito, inverosímil. Y vosotros no vais a hacernos creer que el resultado podría ser peor del mierdero que nos habéis dejado. “¿Pero que proponéis?” Meteros en el culo esta pregunta. Para vosotros, tendríamos que ser no solo jóvenes y estúpidas, sino también “jóvenes con propuestas”. La vida no es un vídeo para las presidenciales, no proponemos nada, invitamos a la agitación, la sublevación, la insurrección. Ideas tenemos y tendremos, y esto nos va genial porque moriréis mucho antes que nosotras.

La cuestión no es la de tener 16, 30 o 77 años. Tenemos que dejar de creer que la juventud es una fase de transición. No se es jóvenes y luego, más tarde, viejas. No se es viejas porque se ha sido jóvenes. La juventud es lo opuesto a dejarse ir: es partir al asalto del mundo, incluso cuando se trata de derrocarlo.

La ley El Khomri es quizás una excusa – una excusa que nos faltaba – para salir a la calle, ocupando los edificios públicos, encontrarse y decidir juntas. Sabemos todas que si no lo hacemos ahora, si carecemos de audacia y valentía, la vuelta a la normalidad será aún más brutal: la vida de mierda y las elecciones 2017 de mierda. Intentemos menos producir un movimiento de jóvenes que pensar en la juventud del movimiento. Es decir, darle la oportunidad de no ser lo que han sido los movimientos antecedentes. Permitirle de ser imprevisible. Démosle la oportunidad de no repetir lo que ha hecho la generación anterior. Miremos a la revuelta. De los 7 a los 77 años.

* https://es.wikipedia.org/wiki/Confederaci%C3%B3n_General_del_Trabajo_(Francia)

Fuente: lundi.am

El mundo o nada. Comité de acción 16 de marzo 2016

Clases anuladas, manifestaciones salvajes, pintadas, daños, lacrimógenos, gobierno bajo estrés, fucultades en huelga. Algo está naciendo. “Nosotrxs” estamos naciendo. Nombrar lo que está naciendo a partir del nombre que lo ha precedido significa intentar matarlo. Reportar lo que el pasado miércoles hemos vivido en las calles, lo que se cuece desde hace semanas, reconducir la rabia que ruge por todas partes a la “sombra del CPE” y toda la arenga que hemos escuchado la semana pasada es una operación, una operación de neutralización.

¿Qué relación hay entre el discurso sindical y lxs compañerxs estudiantes que escribían en las paredes el pasado miércoles “el mundo o nada”, antes de atacar metódicamente a los bancos? Ninguna. O simplemente un lamentable intento de recuperación liderada por zombies. Nunca los sindicatos, ni los políticos han seguido tan visiblemente un movimiento. Si son tan febriles en su deseo de supervisar todo, es precisamente porque todo se le podría escapar de las manos.

Lo que ha pasado es simple: una banda de youtubers han añadido sus me gusta, han hablado fuera de cualquier marco, de cualquier “representatividad”, han llamado a la calle; una mujer que se representaba a sí misma ha lanzado una petición contra la ley del trabajo (reforma laboral); y como lo que decía sonaba justo, ha encontrado un sentimiento generalizado, una náusea general, bajamos a la calle y éramos numerosos. Las organizaciones siguieron.

El riesgo de no seguir era demasiado grande para ellos. Si no lo hacían su mandato caducaba. Aquellos a los que pretenden representar habrían cogido el camino sin ellos, sin que ellos pudieran meter delante, a la cabeza, sus pancartas, sin que ellos hubieran podido llevar sus enormes globos rojos, sin que ellos pudieran recubrir nuestras voces con sus horrendos sistemas de sonido, sus lemas vulgares, sus discursos de funeral. Estaban desnudos. Por tanto, los líderes siguieron; como siempre.

No hay una ley que pone un problema, sino una entera sociedad que está exhausta.

Nosotrxs somos la juventud. Pero la juventud no es la juventud, ella es más de ella misma. En cualquier sociedad la juventud es la imagen del elemento disponible. La juventud es símbolo de la disponibilidad general. Los jóvenes, no significan nada. Quiere decir aquellos que non están todavía obligados. Obligados por un jefe, por los créditos, por un CV. Obligados y por lo tanto encadenados, al menos hasta que la máquina social continúe funcionando.

Los discursos mediáticos sobre la amenaza de un “movimiento de la juventud” miran a desconjurar la amenaza real y ésta es que el conjunto de lo que está disponible en esta sociedad, el conjunto de quienes no pueden más de la vida que se les hace vivir, el conjunto de aquellos que ven muy bien que no es la justicia de esta ley la que crea un problema, sino que la entera sociedad está exhausta, y se agrega. Se agrega y se junta en masa. Porque en nuestros días es innumerable la masa de incrédulos. La mentira social, la farsa política, no convencen más. Y es este el gran problema que tiene este gobierno. Y no solo él: ¿Quién es todavía tan estupido para querer aún votar a la izquierda, a la izquierda de la izquierda, a la izquierda de la izquierda de la izquierda, cuándo se ha visto lo que esto ha producido en Grecia el verano pasado? Un gobierno de izquierda radical sobretodo en la aplicación de la austeridad.

Eh, ¡Los viejos! Vosotros no habéis sido traicionados, solo os habéis dejado engañar.

¡Ay, los viejos! Ay, nuestros viejos. Vosotros decís que os sentís traicionados. Que habeís votado a un partido de izquierdas pero que la política que hacen no corresponde con vuestras espectativas.

Vosotros hablais de “negación”. ¿Pero dónde estabáis en el 1983? Los años 80, los años del dinero fácil, de Tapie en el gobierno, Libé que titula “¡Viva la crisis!”, ¿No os dice nada todo esto? Nosotrxs no estábamos, pero mientras tanto, vuestras “batallitas” se han convertido en nuestros cursos de historia.

Y cuando las escuchamos, estas clases, se nos dice que Macron sólo termina el trabajo comenzado en 1983. Desde entonces, es el mismo programa. No ha cambiado. Vosotros no habéis sido traicionados. Vosotros sólo os habéis dejado engañar. Habéis preferido cultivar vuestras ilusiones. No son los actos de los socialistas los que han traicionado su discurso. Son precisamente aquellos discursos que, en cada período de elecciones, han servido para engañaros y así poder continuar poniendo en marcha el mismo programa, para seguir con la misma ofensiva. Una ofensiva de 35 años, llevada con constancia a todos los niveles y al mismo tiempo – económico, seguridad, social, cultual, existencial, etc.

Esta ley, no se discutirá.

Lo que esta naciendo tiene poco que ver con la ley del trabajo. Esa ley es solo el punto de inflexión. La gota que colma el vaso. Demasiado arrogante, demasiado flagrante, demasiado humillante. La ley sobre las investigaciones, la ley Macron, la decadencia de la nacionalidad, la ley antiterrorista, el proyecto de la reforma penal, la ley del trabajo, todo esto forma el sistema. Es una sóla empresa la que pone de rodillas a la población. La ley El Khomri es solo la guinda del pastel.

Es por eso que se reacciona ahora, y es por esto que no se ha reaccionado a la ley Macron. Al máximo, si se sale a la calle contra la ley del trabajo, no es porqué concierna al trabajo. Es porque la cuestión del trabajo es la cuestión del empeño de la vida; y el trabajo, como lo vemos en torno a nosotrxs, es precisamente la negación de la vida, la vida en version de mierda.

Ya no estamos en los años 60, vuestros Gloriosos Treinta, recuperaos, no se han conocido nunca. Nadie entre nosotrxs piensa que se “realizará” en el trabajo. De lo que nos defendemos ahora es el hecho de que lo poco que se nos deja de vida después del trabajo, más allá del trabajo, no se reduzca a nada.

El jueguecito de las organizaciones sindicales y de los partidos para limitar el terreno de conflicto a la cuestión de la ley trabajo, a la negociación con el gobierno, es sólo una manera de contener nuestro deseo de vivir, de bloquear todo aquello que excede la esfera sofocante de sus pequeña artimañas.

Sindicatos y partidos, no hay necesidad de ser vidente para ver, desde ya, que nos dejarán con el culo al aire en el momento decisivo. No tenemos nada contra ellos. Es su función. Pero, no nos pidáis que confiemos en ellos.

No es que por ser jóvenes seamos ingenuos. Y luego, dejad de darnos la lata con vuestras viejas consignas que no funcionan: la “masificación”, la “convergencia de las luchas” che no existen, el hablar por turnos y el pseudo-feminismo que os sirven solo para controlar las asambleas, para monopolizar la palabra, para repetir siempre el mismo discurso. Francamente, ya es suficiente.

La cuestión no es la de la masificación, es la de la justicia y la determinación. Todos saben que lo que hace retrasar un gobierno no es el número de personas en la calle, sino su determinación. La única cosa que tira para atrás un gobierno es el espectro de la sublevación, la posibilidad de una perdida total del control.

Aunque se quisiera sólo la retirada de la ley del trabajo, se necesita de todas maneras apuntar a la insurrección: golpear fuerte, dotarse de los medios para tener a la policía en su sitio, bloquear el funcionamiento normal de esta sociedad, atacar los objetivos que hacen temblar el gobierno. La cuestión de la “violencia” es una cuestión falsa. Lo que desde los medios es descrito como “violencia” se vive en la calle como determinación, como rabia, como seriedad y como juego.

Esto es lo que hemos sentido el pasado miércoles, y que tiene alguna razón para hacer flipar a los gobernantes: había valor entre nosotrxs, el miedo se había ido, estábamos segurxs de nosotrxs. Segurxs de querer marchar sobre las cabezas de aquellos que gobiernan. Sobre la cabeza de aquellos que, durante todo el año, marchan sobre nuestras caras.

¡Golpear fuerte! ¡Golpear justamente!
#BATTAILLEDESOLFERINO

Al contrario de lo que nos dicen los aprendices burócratas de la UNEF o del NPA, golpear fuerte no significa “aislarnos de las masas”, si los objetivos son justos. Al contrario, quiere decir que todos aquellos que estan agotados se pueden unir; y todo el mundo.

La cuestión que pone la ley laboral es la cuestión de la política del PS desde hace 35 años, la cuestión es saber si sí o no sobre el hecho que podrán llevar a cabo su campaña pluridecenal. Y es también la cuestión de la política en general. Que un movimiento se levante a un año de la campaña por la presidencia, que generalmente impone el silencio y la espera a todos, dice mucho sobre la profunda indiferencia, o sea sobre la hostilidad, que la misma ya suscita.

Todos sabemos que las próximas elecciones no son la solución, pero forman parte del problema. No es casualidad que espontaneamente, el pasado miércoles, los estudientes de Lyon han buscado alcanzar la sede del PS y se han enfrentado a la policia para golpear este objetivo. Y no es casualidad que la sede de PS en París y Ruan hayan sido destrozadas. Y es a esto a lo que, espontaneamente, apunta el movimiento. En lugar de enredarse en negociaciones-trampa por gilipollas, lo que hace falta atacar, en todas partes en Francia, a partir del próximo jueves, son entonces las sedes del PS. En París, hace falta que esto se transforme en la batalla de Solferino. Lo de después, pues bueno, se verá. Hará falta jugarsela bien. Pero la apuesta que se juega es colosal.

Ellos retroceden, ¡ataquemos!

Fuente: lundi.am

Simone Weil a Atenas

por Gigi Roggero

Según Schmitt existe una mano invisible que te guía en elegir el libro justo en el momento justo. Nosotras, materialistas, sabemos que aquella mano a lo mejor es invisible pero no aleatoria, que se puede organizar y distribuir. No sirve leer muchos libros. Es necesario saber elegir los justos. Las bibliografías hinchadas son como los culturistas que se llenan de esteroides: detrás de una fuerza aparente, se esconde una profunda debilidad. También los músculos conceptuales, pues, se alimentan políticamente de calidad y selección.

Estas capacidades, que pertenecen a la inteligencia colectiva, resultan aún más importantes en fases como la actual, donde es difícil interpretar el presente, y aún más transformarlo. Entonces, como un reflejo condicionado, se tiende a la autocomplacencia de los propios pequeños espacios políticamente e intelectualmente marginales, o huir con el pensamiento a páramos autoreferenciales, en pequeñas comunidades de iguales en las que nos reconocemos y nos dan siempre la razón. Pero se puede seguir otro camino: cuestionar a quien ha sabido interpretar y tal vez transformar su tiempo, y a partir de allí extraer lecciones para el presente. Siempre que se sepa cómo traducir, sin imaginar encontrar recetas universales ya preparadas o aún peor algún dogma a seguir.

En esta época de crisis permanente una figura para interrogar es sin duda Simone Weil, quien ha interpretado a fondo su tiempo, aunque no haya sido capaz de transformarlo. De hecho, en un cierto momento rindiéndose a ello. Sin embargo, nos ha dado varias cosas, entre ellas la extraordinaria colección de artículos, cartas, y fragmentos de pensamientos incluidos en el libro Sulla Germania totalitaria (Adelphi, 1990). En la primera parte, para nosotras la más importante, están los textos escritos entre Berlín y París en 1932 y 1933, en contacto directo con el ascenso del nazismo y la incapacidad de los comunistas de oponerse a la vez al nazismo y el capitalismo. La segunda parte es un largo ensayo de reflexión histórica sobre los orígenes del hitlerismo, que tiene según Weil sus raíces en el Imperio Romano.

En el corto tiempo de permanencia en la capital alemana de la joven militante francesa, entonces ligada al sindicalismo revolucionario y el trotskismo, nos dice lo que ve. Lo hace sin caer en el victimismo, sin llorar los ataques asesinos de los nazis. Por el contrario nos dice que la crisis es una oportunidad. La situación alemana entre el 1932 y el 1933 responde plenamente a la definición de la situación revolucionaria. El problema es que en los hechos no se ven los signos precursores de la revolución. Aparentemente hay una gran calma, y es justo esta calma la que es, en un cierto sentido, “trágica”.

La crisis ha llevado a una politización total de la vida y de las relaciones, “ningún problema concerniente a lo que es más íntimo en la vida de cada persona puede formularse sólo a la luz del problema de la estructura social”. La crisis no se considera una interrupción temporal del desarrollo, ya que terminó con cualquier perspectiva de futuro. Sobre todo para los jóvenes, para los que la crisis constituye el estado normal de las cosas. El único plan de acción que se puede imaginar es entonces la política. Llevan un porvenir, que no será dado por las etapas de una vida ordenada por los demás, sinó que será conquistado de forma autónoma, o no será. De aquí viene la posibilidad revolucionaria: “En Francia sólo hay jóvenes y viejos; allí hay una juventud”. La crisis, por lo tanto, quita a los jóvenes toda perspectiva de confianza en el régimen existente, pero al mismo tiempo corre el riesgo de quitarles también las fuerzas para encontrar una solución. Posibilidad revolucionaria y alienación nihilista marchan codo a codo, a menudo entrelazadas, a veces incluso parecen confundirse. Estas son páginas que parecen estar escritas en los últimos años.

La crisis es a la vez la fragmentación. Divide la clase media desclasada de los obreros, los desempleados y las personas. En línea con el Lenin del ’17, también Weil señala que en los revolucionarios “las masas inconscientes, hasta que no son arrastradas a la acción por los obreros conscientes, absorben muy ávidamente los venenos contrarrevolucionarios”. El movimiento hitleriano es un ejemplo. Es un movimiento, no solo un partido. Reúne la mayoría de los intelectuales, grandes sectores de la pequeña burguesía urbana y del campo, muchos campesinos. La gran burguesía intenta utilizarlo, de manera contradictoria y sin conseguirlo nunca del todo. Leer al fascismo como simple expediente del capital, no permite comprender las profundas ambivalencias de aquella época y de la composición social y de clase. Porque de hecho hay obreros, que tienen sentimientos revolucionarios, que a menudo participan en huelgas con los comunistas y odian a los amos. Ellos son parte de los trabajadores descritos por Jünger, radicalmente ambivalentes, los obreros de la fábrica en la fase de taylorización y las tormentas de acero. Se mezclan y tienen conflictos con los obreros especializados, por cuya tendencia a la marginalización política se aflige la autora. Son, como los jóvenes, en busca de fuerza: parecen encontrarla en el nazismo, sin darse cuenta – Weil observa – que es la fuerza del enemigo.

La militante francesa tiene una profunda admiración por los obreros alemanes, página tras página cuenta de su resistencia en condiciones cada vez más duras; quitan una parte del dinero que queda para la comida para comprar libros, participan en las organizaciones deportivas en brigadas alegres a pesar de todo, se privan de lo necesario para obtener lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. E incluso cuando son pasivos, esta pasividad nunca es resignación. En la clase obrera alemana, la más madura, disciplinada y culta, y sobre todo en su juventud, es necesario poner las mayores esperanzas contra la ola reaccionaria. Y sin embargo, a ratos emerge en el texto como esta “conciencia” ordenada acaba siendo un límite, que a pesar de todo deja la mayor parte de los obreros anclados a la socialdemocracia, que a través de las cooperativas y las sociedades de apoyo mutuo los tiene encadenados a la legalidad. Quizás son demasiado educados para enfrentar la mutación antropológica de la Primera Guerra Mundial y el salto radical impuesto por la crisis, para combatir en una época en la cual importan sólo las brutales correlaciones de fuerzas. Incluso los obreros comunistas, por su parte, muchos de los cuales  se quedaron sin empleo, parecen no darse cuenta de atravesar un momento decisivo, aún piensan que tienen mucho tiempo por delante. Sin embargo, el tiempo apremia.

En noviembre de 1932, el 70% de los votantes alemanes se expresa en contra del gobierno de von Papen y contra la República de Weimar. La ocasión es extraordinaria. Se dividen en los tres partidos principales, que cada uno a su manera apela al socialismo. “Para el Partido Nacional Socialista como para la socialdemocracia, el socialismo se reduce a dirigir en el estado una parte más o menos considerable de la economía, sin una transformación previa del aparato de Estado, sin la organización de un control obrero efectivo”. Mientras el partido comunista alemán es simplemente una sección de la Tercera Internacional, que responde a los intereses de Moscú y no del proletariado. Esto, por supuesto, resultará ser un desastre. Weil critica también a Trotski la esperanza en un cambio de dirección de la Unión Soviética, y definirá como “supersticioso” el apego que conservó por el partido comunista. Definición espléndida, que arrojará luz sobre muchos de los problemas del movimiento obrero durante gran parte del sucesivo siglo XX.

Una vez más, pues, en aquellos meses, a los ojos de Weil se confirma que la situación es revolucionaria: pero si la situación no es atacada, decidida y resuelta, si los revolucionarios no sabrán llegar hasta el final, la situación se volverá en su contra. Ya se sabe lo que pasó, y, finalmente será el fascismo y no la revolución el que barra el “cadaver apestoso” de la socialdemocracia, que con las manos manchadas con la sangre de los espartaquistas durante quince años corrompió el ambiente político en Alemania.

Entonces Weil señala la derrota, con la justa lucidez y con la predicción equivocada de la imposibilidad de continuar la lucha. Incluso cuando abandona la militancia, sin embargo, elige con dignidad “compartir la derrota de los obreros en lugar de la victoria de los opresores”. Ve el ascenso, en un horizonte próximo, una nueva especie de opresión ejercida en nombre de la función. Es la era de la técnica, de la oposición entre los que tienen la máquina y de los que la máquina dispone. El obrero se reduce a un comportamiento “contemplativo”, decía Lukacs, en el que sólo debe controlar el funcionamiento del sistema automático. Se desarrolla el tema de la burocracia, en el cual se hace sentir la jaula de hierro weberiana y la influencia de Trotski. Una burocracia que en fragmentos está demasiado separada de la materialidad de las relaciones de producción, casi independiente del desarrollo del capitalismo. Hasta ver el régimen de la técnica como sucesor del capitalismo, donde hoy podemos observar el desarrollo pleno como su etapa suprema. La crisis contemporánea y el dominio del algoritmo financiero nos hablan exactamente de esto.

La segunda parte, decíamos, es para nosotras la menos interesante. Aquí el nazismo, tan cuidadosamente analizado antes en su determinación histórica, es ahora engullido por el concepto de totalitarismo, que termina comiéndose la relación de capital. Que es total por definición. De esta manera, se pierde la especificidad material de los procesos, la Alemania nazi se vuelve igual al Imperio Romano. Como si el dominio del capital estuviera basado en el puro terror y no también en la aceptación; no sólo en la necesidad coactiva de la fuente de nuestra explotación (o trabajas o no comes), sinó también en la mercantilización de su deseo. Se pierde sobre todo la oportunidad de comprender cómo estos procesos se pueden romper y subvertir. Así que la primera parte en la que estos elementos emergen con extraordinaria lucidez, parecen perderse en la segunda. Aquí traslucen puntos de nostalgia, en busca de un hombre y una mujer que no estén corrompidas por el poder. El totalitarismo, sobre todo, acaba oponiéndose a una mitificación de la democracia. ¿Cómo no ver, después de unas décadas, que esta abstracción técnica ha sido llevada a cabo no en contra, sinó con la democracia? Es la hegemonía del hombre-masa, el totalitarismo de la opinión pública, el dominio del mercado: desde Atenas a Atenas, la democracia nació con la esclavitud de los antiguos y muere con la esclavitud de los modernos.

En los años entre la primera y la segunda parte se consuma un cambio significativo en la biografía política de Weil. Una vez dejado el compromiso militante, continuará odiando justamente al estado, aunque amando demasiado al individuo. Permanecerá fiel a los obreros, y después de todo a la idea de que la emancipación de los obreros será obra de los propios obreros. Esa idea que la llevó a imaginar un papel del militante que debe simplemente ayudar a los obreros a hacer la revolución, no empujarlos. Es un operaísmo matizado en sentido populista, pero ciertamente no aquel populismo vaciado de todo contenido con el que el término se usa desde hace unos años. Populista por lo que significaba en la noble tradición de la Revolución Rusa, hombres y mujeres que fueron a la gente y estaban dispuestos a jugarse la vida. Lenin tenía un profundo respeto por los populistas revolucionarios, estudió las enseñanzas, contra quien –  los presuntos populistas contemporáneos a él – mancillaba su gran legado subversivo.

Necesitaríamos una Weil hoy en Atenas, más que un Syriza en Bruselas. Y una Weil en cada metrópoli afectada por la crisis. Porque aquí necesitamos de la capacidad de mirar y no sólo ver, de interpretar, y no sólo narrar, de hacer investigación y no sólo reportaje. Entender las ambivalencias, poner sobre la mesa los retos, explicar los problemas y limitaciones, presionar sobre los tiempos y las urgencias. Y no escribir para complacerse a sí mismos o sus comunidades de referencia. “Parece que los militantes temen las reflexiones desmoralizadoras”, escribe al comienzo de 1933. Ochenta años después, sigue siendo así. De esta Weil hoy nos gustaría quitar el sentido de la inevitabilidad de la derrota, sumergir el espíritu de sacrificio en la libertad de la organización colectiva, abrir sus perspectivas a la posibilidad de reversión. No por esperanza, sinó por necesidad. Sin olvidar nunca que nuestro ángel de la historia tiene la potencia del salto del tigre.

Fuente: Commonware

Lazzarato: el rechazo del trabajo

Entrevista a Maurizio Lazzarato de Davide Gangale

«Yo no he decidido ir al extranjero como lo hacen hoy muchos jóvenes de tu edad. Me he escapado al extranjero porque tenía una orden de arresto. Yo era militante de Autonomia Operaia (Autonomía Obrera, N.d.T.), una experiencia política extraordinaria, aunque minoritaria, acerca del proceso de traspaso de la antigua a la nueva composición de clase. Yo no estaba pensando en el futuro para nada. Cuando llegué a Francia, volví a estudiar, pero sigo siendo precario hasta ahora.»

Maurizio Lazzarato, filósofo y sociólogo independiente que vive en Francia desde 1982, no viene muy a menudo a Italia. El domingo 13 de abril estaba en Milán, en el centro social Macao, para asistir al seminario Fare Pubblici. En el intervalo entre el programa de la mañana y el de la tarde, entre un cigarrillo y otro, se deja entrevistar por Doppiozero partiendo de la base de su último libro Marcel Duchamp y el rechazo del trabajo (Marcel Duchamp e il rifiuto del lavoro, Edizioni Temporale, 2014).

En tu último libro escribes: para Duchamp, «el rechazo del trabajo artístico significa el rechazo a producir para el mercado». Pero al margen del mercado, ¿existe alguna forma de dar reconocimiento material al trabajo inmaterial?

La de Duchamp es sin duda una experiencia muy especial. En su época, el mercado del arte tal y como lo conocemos hoy en día todavía no existía, por así decirlo. Y él había optado por quedarse en los bordes. Quienes le introdujeron en el mercado fueron las vanguardias de los años 60, y fue Schwartz, un galerista milanés, quien cumplió esta misión. La obra de Duchamp no había pasado nunca antes por el mercado, era una obra escondida. Apenas era conocido en los Estados Unidos, y en Europa era totalmente desconocido; entró en el mercado del arte tardíamente. El ready-made, por ejemplo, nunca había sido expuesto; eran cosas suyas, privadas. Sólo una vez se llegó a exponer el… pissoir, ¿cómo se dice en italiano?

Urinario.*

Eso. La de Duchamp es una situación particular que hoy en día sería impracticable. Luego dice que el problema es estar en el umbral: estar dentro del arte, dentro del mercado del arte, y fuera de él. En una entrevista él mismo reconoce que si él hubiera abandonado por completo el arte, al igual que muchos artistas en los años 60 y 70, que abandonaron el mundo del arte de manera permanente, no sin fuertes críticas, habría sido completamente olvidado, como ellos. Duchamp se queda en el límite, a veces de manera ambigua. Al mismo tiempo, sin embargo, el rechazo al trabajo de Duchamp, el rechazo a trabajar en general y en particular hacia el trabajo artístico, me parece muy interesante. Claro que él tenía las condiciones materiales necesarias, puesto que disponía de una pequeña paga y fue ayudado por algunos burgueses ricos; incluso en los últimos años de su vida tenía algo de dinero en el bolsillo. Pero antes él se dedicó a vivir… y no estaba muy interesado en este aspecto. Me pareció que esta actitud era interesante en contraste con lo que está sucediendo hoy en día en el mundo del trabajo. Aunque, repito: una estrategia de rechazo al trabajo de este tipo es hoy en día, como tal, difícilmente practicable.

Me pregunto: rechazar el trabajo en un momento en el que el desempleo es alto a nivel europeo, en Italia del 12%, con un desempleo juvenil que ha alcanzado el 42%, ¿no corre el peligro de sonar, como poco, fuera de lugar?

Sí, pero hay que distinguir entre el trabajo y el empleo. No son la misma cosa. Desde mi punto de vista la cuestión es muy simple: se trabaja a menudo –como lo estás haciendo tú en este momento– ¡pero muy rara vez nos pagan! El problema no es trabajar, sino que te paguen por ello. Puede que incluso se trabaje en cosas que pueden ser más o menos interesantes, pero… de ahí a ser empleados, es decir, hacer coincidir con este trabajo un salario o un ingreso, bueno, eso es mucho más difícil. No falta trabajo, falta empleo. Hay demasiado trabajo; se hace demasiado trabajo no remunerado, como lo estás haciendo tú ahora [se ríe]. El problema es que cada vez hay más trabajo, pero cada vez se hace más de forma gratuita. Es la lógica del sistema, y es una cosa muy extraña, ya que en cierta manera estás como obligado a hacerlo. Es un trabajo que te interesa, que te gusta y, de algún modo, encuentras una justificación porque haces algo que te gusta. Pero, en sí mismo, es un tipo de explotación como otra, tal vez incluso más que otra, porque no hay nadie que realmente lo exija. Es todo un mecanismo el que lo impone, si quieres, el de la economía neoliberal. Sin embargo, es como si tú hubieses elegido esta situación. Se trata de un hecho muy complicado, ya que el cuestionamiento de este tipo de relación implica el cuestionamiento de uno mismo. La experiencia de Duchamp es interesante, porque él no tenía un maestro. Al igual que tú: tú no tienes un maestro, pero estás inmerso dentro de una serie de mecanismos que, de alguna manera, te obligan, aunque no seas completamente consciente…

Así que, según usted, dado que no cobro por hacer esta entrevista, me tendría que haber negado a hacerla, ¿correcto?

[Risas] No, no sé… probablemente no. El problema es que hace tiempo este tipo de trabajos eran los que se hacían durante uno, dos, máximo tres años. Pero ahora se han convertido en una perspectiva de vida. Es decir, hay que hacer trabajo precario, trabajar un montón, hacer cinco entrevistas, para que solo te paguen una.

¿Una característica que afecta en particular al trabajo cultural o al trabajo en general?

Al trabajo en general, y en particular al trabajo cultural, un sector que debería darse cuenta de que ha alcanzado un nivel de proletarización y de explotación importante. Las condiciones, los sistemas de competencia… Estos mecanismos han estado funcionando durante años, pero tarde o temprano los trabajadores de la cultura tendrán que decir “no” a esta situación. Tarde o temprano, las formas de rechazo se tendrán que expresar. Y luego hay otro problema: desde los años 70 y hasta hoy, la riqueza producida por los países occidentales en los que vivimos se ha duplicado. ¿Dónde hostias ha ido?

Crecimiento, la palabra mágica de nuestro tiempo. Se ha producido un crecimiento de las desigualdades: ¿es esto lo que quieres decir?

El crecimiento se da como un crecimiento desigual. Por lo tanto, volver a crecer no va a resolver las causas de la crisis; al contrario, las reproducirá de nuevo. No hay que olvidar que la crisis que estamos viviendo es, por definición, desigual: durante la crisis se ha producido una redistribución de la riqueza en beneficio de la renta.

Crisis y desigualdad parecen haber encontrado una justificación, citando el título de otro de tus libros, en la ideología del “hombre endeudado.” ¿En qué consiste?

Veamos: desde que se impuso en los últimos años 70, la economía neoliberal ha sido una economía basada en el crédito. Todo está organizado a través del mercado financiero. El crédito, si lo giras del revés, se convierte en deuda; pero lleva consigo una promesa de futuro. Porque aquél que puede acceder al crédito para llevar a cabo su proyecto, comprar alguna cosa, crear una empresa, tiene una puerta abierta a su futuro. Este sistema, sin embargo, ha dado efectivamente la vuelta: desde 2007/2008 el crédito se ha convertido en deuda. El crédito sólo funciona si el sistema está en continua expansión, si todo se amplía, se reproduce y prolifera. Si el sistema se detiene, el crédito se transforma en deuda y, de golpe, el horizonte se cierra. Esto es lo que ha ocurrido: las finanzas no han sido capaces de mantener esa promesa de futuro.

¿Qué son las finanzas para ti?

Al final, las finanzas y el crédito son un intento de controlar el futuro. La economía financiera es una economía completamente orientada en su totalidad al futuro, ya que está hecha de las inversiones que se deben materializar en el futuro. Sin embargo, el futuro es, por definición, indeterminado e impredecible. Por lo tanto, el problema se convierte en cómo neutralizar esta imprevisibilidad. En cierto modo, las finanzas son un intento de detener el tiempo, de quitarle la imprevisibilidad; además de para bloquear la creatividad. Hay que intentar anticiparse a los eventos futuros pero, paradójicamente, el efecto es que tenemos esa extraña sensación de vivir en una sociedad sin tiempo, sin una posibilidad real, sin futuro. Es una contradicción: el crédito está destinado a abrir posibilidades de futuro al tiempo que tiene que garantizar el retorno de la inversión, por lo cual es necesario neutralizar los riesgos. El riesgo se descarga sobre una multiplicidad de actores, pero no se elimina. La crisis de las hipotecas subprime lo demuestra: el reparto del riesgo se convirtió en una pandemia, y se descargó sobre la gente, es decir, sobre los que no fueron responsables de asumir ese riesgo. Es un mecanismo delirante, pero el capitalismo es así. El capitalismo es, según como se mire, es un delirio; no es racional.

¿Qué puede hacer el hombre endeudado para salir de este delirio?

La ideología del hombre endeudado es un intento de culpar a la gente, algo que, creo, no ha funcionado. La ideología del hombre endeudado dice: trabajáis muy poco, os jubiláis demasiado pronto, os cuidáis demasiado… pero es una ideología que no convence. La única salida posible es la vía política, pero por el momento no se ve cuál podría ser. Para empezar, se podría decir que el problema no es el coste del trabajo, sino el coste de la renta; pero nadie tiene el coraje de decirlo. La deuda es un mecanismo para capturar la riqueza social y trasladarla a la renta. Dicen que la deuda sirve para financiar los servicios sociales, la asistencia sanitaria, las pensiones… pero esto se podría haber financiado igualmente, porque desde los años 70 la riqueza se ha duplicado. ¿Qué ha pasado con ella?

Neutralizar la renta, realizar “la eutanasia del rentista”, escribió Keynes, ¿son soluciones viables hoy en día?

Hoy esto ya no se puede hacer, porque todas las formas actuales del capitalismo están financializadas. Mientras que en los años de Keynes el capitalismo era todavía una falta de identificación entre el capital industrial y el capital financiero, hoy en día ya no es así. Neutralizar las finanzas hoy en día significa neutralizar el capitalismo. El capitalismo no tiene más alternativa que continuar con las medidas de austeridad en Europa y la inyección continua de liquidez en EE.UU. y Japón. Pero si sigue así acabará creando más burbujas.

¿Y la renta ciudadana (renta básica)?

Estoy de acuerdo con la renta básica, pero para conseguirla son necesarias unas correlaciones de fuerzas que aún no se dan. Es necesario recrear unas correlaciones de fuerzas, unas formas de resistencia y auto-organización que recuerden el sistema de clases, y no hablo de la clase obrera. Si no se generan de nuevo este tipo de correlaciones de fuerza, no veo cómo se puede conseguir una renta básica. Si todo el mundo sigue trabajando de forma gratuita, ¿por qué alguien en algún momento querría pagar? Tienen que encontrarse las formas de organización necesarias, como lo hicieron los trabajadores hasta la generación de mi padre, que no eran “intelectuales”, pero que eran un poco más inteligentes [risas]. La generación de mi padre ganaba derechos, luchó por ellos. Y nosotras los estamos perdiendo uno a uno, aunque somos seres “cognitivos”, formados, etc. No es la “cognición” lo que determina la política, no sé cómo decirlo. ¿Cómo se hace para organizarse con los demás? Esta es la dificultad que hay que superar para imponer el equilibrio de poder y ganar el derecho a discutir, incluso el de la renta básica. Desde mi punto de vista, la salida de la crisis sólo se dará cuando exista la posibilidad de reconstruir y organizar un conflicto real. La situación en este momento es todavía demasiado asimétrica, la correlación de fuerza es demasiado desfavorable. A pesar de la crisis y, de hecho, incluso en la crisis. ¿Cómo organizar la variedad de sujetos explotados, trabajadores precarios, semi-precarios, semi-asegurados, en una lucha dual contra el capital? Este es el problema.

* traducido para facilitar la comprensión sin alterar el original, N.d.T.

Fuente: http://www.doppiozero.com/materiali/interviste/lazzarato-il-rifiuto-del-lavoro

Commons contra y más allá del capitalismo

Informe de un debate con Silvia Federici y George Caffentzis

por NC

El tema de los commons, generalmente traducidos al italiano -y al español, ndt.- como bienes comunes, evoca un imaginario potente, una idea atractiva de un vínculo activo contra el aislamiento y el individualismo cada vez más exasperados en la actualidad. Sin embargo, ahora ha llegado a una peligrosa transversalidad, y representa un terreno muy resbaladizo, en el que se han afirmado perspectivas muy diferentes (hasta llegar a Italia a formar parte de las campañas de la CGIL y el Pd -el sindicato mayoritario y el partido de centro-izquierda en Italia respectivamente, ndt.- que hablaron del Trabajo y de Italia como bienes comunes…). Si está claro que el uso de este tema por parte del movimiento anti-capitalista no pueda basarse en una resta preliminar de los bienes comunes de la temática del bien común (una afinidad lingüística producida por el italiano -y del español, ndt.), es interesante reconstruir una genealogía de cómo el discurso sobre los commons se está consolidando a escala planetaria en las últimas dos décadas. Para ello se propone el informe de un encuentro celebrado en ’16 Beaver’, un espacio del movimiento situado en el sur de Manhattan. Un lugar creado como sede de grupos artísticos en 1998, y transformado tras Occupy. La cercanía con Zuccotti Park hizo que este espacio fuese muy atravesado por los activistas del movimiento, y ahora alberga un completo calendario de iniciativas y debates. El 26 de marzo, se celebró una reunión con Silvia Federici [militante histórica del feminismo autónomo y autora de “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria” y el reciente “Revolución en punto cero“, traducido al español y publicado por Traficantes de Sueños] y George Caffentzis [filósofo del llamado marxismo autonomista] cuyos textos se publican en los EE.UU. por la editorial independiente Autonomedia. Los dos autores, que son también parte del colectivo Midnight Notes [cuya última obra “Promossory Notes – From Crisis to Commons” en 2009 es sin duda uno de los mejores textos para una lectura política de la crisis actual], han entrado en una discusión de su reciente publicación, “Commons against and beyond capitalism“, que saldrá este otoño en la revista radical canadiense Upping the anti.

“… sin la práctica de la reapropiación de los recursos, los commons terminan siendo sólo una forma de redistribución de la pobreza…”

Caffentzis abrió el debate con un breve fondo histórico. En 1989, en Nueva York, se pueden encontrar una serie de compañeras y compañeros que diez años antes había dado a luz al proyecto colectivo Midnight Notes. Durante los años ochenta, muchos de ellos habían viajado por el mundo, pudiendo tocar con la mano la aparición de los efectos del establecimiento del neoliberalismo global. La comparación entre estas experiencias realizadas principalmente en Asia, África y América del Sur, produjo una importante publicación, en 1990, “The new enclosures“.

En este documento colectivo se preguntaba cómo dar una lectura de los Planes de las políticas de ajuste estructural y la liquidación de la deuda (que hoy en día, vueltas de la historia, conocemos bien en Europa), a través de los cuales el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional estaban saqueando grandes áreas del planeta. Una lectura que pudiese proporcionar una descripción alternativa a las vigentes, capaz de mostrar las luchas en curso. Esto se desarrolló a través del uso de las páginas de El Capital de Marx, en el que se describe la “llamada acumulación primitiva.” Un proceso que los autores encontraron apto y oportuno para comprender los procesos que tienen lugar a escala global, que se definen en términos generales como una repetición de la dinámica descrita por Marx como un ataque a los commons. Estos, entendidos como formas de producción comunitaria, eran el verdadero objetivo de las políticas de las instituciones y del renovado capital global.

En el mismo año, sin embargo, sale otro libro que trata el tema de los commons, elaborado por la economista estadounidense Elinor Ostrom: “Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action”. Esta producción teórica de corte académico, que ha tenido un cierto éxito hasta hoy en día (al facilitar la formación de “The International Association for the Study of the Commons – The leading professional association dedicated to the commons”), presenta un análisis extremadamente diferente y en contraste con la que ha sido desarrollada por Midnight Notes. Mientras que éstos últimos ven a los commons no sólo como objetos bajo ataque sino también como posibles elementos para la lucha anticapitalista, Ostrom los enmarca sustancialmente en un marco de transformación legal, presentándolos como una especie de tercera vía entre los sectores público y privado interna al sistema capitalista. En sus estudios sobre África, por ejemplo, ella afirma que el common management funciona mejor económicamente que la vía privada indicada por el Banco Mundial.

Federici entra en la discusión al mostrar cómo, incluso dentro de un lenguaje similar, sin embargo se injertan dos perspectivas radicalmente diferentes. En la actualidad además, señalan los autores, el capitalismo requiere de algún tipo de commonism como un freno a sus problemas internos de reproducción. Es decir, que los dos ven como necesario relanzar un discurso sobre los commons que en su lugar, los mire como base por la resistencia y transformación del presente. Se habló también de cómo, incluso cuando el tema de los commons está practicado dentro de contextos anti-capitalistas, a menudo se ha determinado una dimensión problemática cuando estos se viven como embriones ya constituidos de una sociedad por venir. De hecho, esto lleva a tematizar la posibilidad de islas felices ilusorias, una especie de reverso especular de las gated community (comunidad cerrada, ndt.), mientras por desgracia en nuestro presente la mejora individual es difícil si no se hace a costa de los demás.

Actualizando los análisis de los primeros años noventa, Caffentzis retoma el hilo y muchas hipótesis de entonces parecen confirmarse. Por un lado, el hecho que por el capital los lugares son cada vez más indiferentes, por el otro este nuevo y continuo repetirse de la dinámica de la acumulación primitiva. Se puntualiza como ésta no tenga que ser leída de manera superficial como la apropiación de las tierras comunales. El objetivo de esta forma de acumulación son de hecho las personas, o más bien la separación de ellas de la tierra (pero lo mismo pasa con los océanos, los bosques, hasta llegar hoy en día a la información). De hecho, esta dinámica produce una enorme masa de fuerza de trabajo, lo que no por casualidad ha determinado un enorme aumento del mercado del trabajo a escala global en los últimos años. Entonces, el fin es la producción de fuerza de trabajo, no de la apropiación privada de la tierra.

Federici interviene argumentando que la crisis actual ha mostrado como respecto al Mercado y al Estado exista la creciente determinación a no conceder más recursos a nadie, como se manifiesta en los continuos recortes a la educación, a la salud, etc… Esto lleva a la necesidad de reconstruir las formas de solidaridad, un tejido social, un poder de base que pueda funcionar efectivamente como un contrapoder respecto a este ataque muy violento a las condiciones de vida. Esto se refiere a las formas de organización social, de solidaridad generalizada, que después de los años setenta (en los EE.UU.) han sido totalmente destruidas. La referencia son los barrios obreros extirpados por los desalojos y la gentrificación, donde las formas comunitarias de apoyo mutuo garantizaban una base de poder, una condición previa necesaria para repensar hoy. En este contexto, el tema de los commons debe ser visto como una forma de nueva colectivización contra la individualización radical de la producción. Y dentro de la completa crisis de los servicios sociales, se abren espacios de posibilidad para pensar los commons como un poder trasformador, como una forma de conexión social y creación de nuevos modos de producción y reproducción.

Caffentzis señala que su teoría de los commons implica verlos como una multiplicidad, es decir, pensar juntos la necesidad de recursos, prácticas de resistencia y la experimentación y anticipación de las nuevas formas sociales. Si no se hace esto, el riesgo es que el discurso sobre los commons se convierta en una retórica del gobierno que apunta a reducir aún más las prestaciones del sector público. Algo que de alguna manera se produjo en Inglaterra, donde la propuesta de Cameron de la Big Society se basa esencialmente en la idea de la capacidad de las comunidades de satisfacer de manera autónoma a sus propias necesidades con el fin de restar recursos adicionales. Federici hace hincapié, por lo tanto, ya que los bienes comunes deben ser necesariamente una base para la reivindicación de los recursos. El mutualismo sin duda puede ser una base, pero sin la práctica de la reapropiación de los recursos los commons terminan siendo sólo una forma de redistribución de la pobreza.

Después de una serie de preguntas e intervenciones toma la palabra Caffentzis, señalando que el tema de los commons ha tenido, mucho antes que los escritos de Midnight Notes, un ataque radical. Este fue producido por James Garret Hardin, ecologista estadunidense para un famoso ensayo en 1968 llamado “La tragedia de los commons“. Basado en el famoso “dilema del prisionero”, una paradoja desarrollada por Albert Tucker en el contexto de la teoría de juegos [para explicaciones se puede buscar en Wikipedia], el artículo quería mostrar cómo los commons estaban inevitablemente condenados al fracaso. Caffentzis elabora una crítica tanto empírica y teórica al texto de Hardin, a través de una deconstrucción que muestra cómo el error de fondo de este enfoque esté en la coincidencia de la idea de commons con la de open access. Este último concepto prevé esencialmente un “espacio” vacío de acceso del cual todos pueden servirse libremente. En cambio, los commons son el producto de mundos históricos y culturales, implican también una práctica de commoning, o sea de una red de relaciones, las formas de intercomunicación [mientras que la paradoja de Ticker está basada en la incomunicabilidad], las normas de gestión, etc., que no se definen exactamente como áreas de libre acceso en cuanto vacías, sino como un terreno denso de relaciones en el cual están implícitas las formas de reciprocidad. Es decir, que no son objetos que pueden ser apropiados. Por lo tanto, también en este aspecto se hace evidente lo resbaladizo de la temática de los commons y su posible uso ideológico en diferentes direcciones. No es extraño que Ostrom también critique a Hardin, sin embargo lo hace dentro de una perspectiva que tiende a conducir a una defensa en forma de cierre de los commons, enmarcarlos como dimensiones que a menudo llevan a las gated communites o incluso a la idea aplicada en Europa de la restricción de las migraciones.

Federici se conecta a este debate mediante la articulación de un razonamiento sobre el espacio (público). Si por un lado su constante y progresiva sustracción/erosión (ejemplar en Nueva York, pero por ejemplo también se encuentran en las playas de Italia) es evidente, hay que tener cuidado de no superponer simplistamente el tema del espacio público (y el público más en general) a los commons. Estos, en cuanto multidimensionales, también incluyen el espacio, pero una relación inextricable a las relaciones sociales que se desarrollan en él, que son las más importantes. De hecho, a la pregunta si el planeta Tierra puede ser considerada como un commons, la respuesta es un no categórico. Sin formas de lucha, la fuente misma de la creación de los commons y la conexión entre las personas y factor determinante de nuevas relaciones, un enfoque que enmarca el planeta como un commons, termina inevitablemente en hacer de puente con el tipo de discurso a las Naciones Unidas. Caffentzis subraya que donde se definieran procesos de world wide struggle (conflicto a escala mundial, ndt.), que condujeran a una comunidad de la humanidad, se podría pensar en estos términos. No caben dudas que esto no se corresponde con el panorama actual. Los dos ponentes aclaran como es evidente que en el agón político el tema es delicado de tratar.  Toman el ejemplo de algunos economistas californianos que han hecho recientemente una estimación del valor total de la Tierra (47 billones de dólares), y de cómo evidentemente en frente a estos enfoques, o a la voluntad general capitalista de querer privatizar el planeta, se pondría responder con el argumento de que la Tierra pertenece a todos. Y sin embargo en este contra-argumento se encuentra un gran riesgo. Si, de hecho, el tema de los commons no se sitúa en lugares y contextos específicos, en relaciones determinadas, eso termina involuntariamente por legitimar las retóricas a través del cuales las instituciones globales expropian las poblaciones de todo el mundo. Se toma el ejemplo de la Amazonia. Si somos todas dueñas del Mundo y los bosques amazónicos son un bien común de la humanidad, una propiedad en la que cada uno puede decidir, entonces se convierte en legítimo que se echen a las poblaciones que en este momento habitan estos lugares para evitar que consuman los recursos. En esta aparente paradoja, se muestra como una lógica de la propiedad colectiva de la tierra por parte de una supuesta humanidad conduzca a la expropiación directa de las comunidades concretas que habitan el planeta. La idea misma de la humanidad es hoy en realidad una herramienta en las manos del enemigo.

El encuentro concluye con una discusión sobre la importancia y los límites de Occupy por entender el vivir en la plaza ocupada como una experimentación de una práctica de commoning, en la necesidad de pensar a una capacidad de reproducción de los movimientos que, por lo tanto, más allá de las formas molares (como por ejemplo las marchas) puedan tener dimensiones moleculares de reproducción de la vida. Finalmente se sugiere la lectura del libro: http://zinelibrary.info/files/p.m.__bolo’bolo.pdf, en el cual el autor anticipa, en clave de novela, una sociedad de los commons y en la que discute cómo ésta debe ser considerada no como un conjunto de comunidades cerradas (un poco como las Naciones Unidas), sino como una circulación continua e intercambio.

Fuente: http://www.infoaut.org/index.php/blog/culture/item/11284-commons-contro-e-oltre-il-capitalismo-report-di-un-dibattito-con-silvia-federici-e-george-caffentzis

http://commonware.org/index.php/cartografia/317-commons-contro-e-oltre-il-capitalismo

Por la dignidad, hacia una huelga social indefinida

Bajo el lema dignidad, que expresa la insostenibilidad de una crisis y una austeridad que intensifican el control post-nacional de la gobernanza europea y del gobierno represivo de Rajoy, las marchas han multiplicado su participación inundando Madrid. Es evidente que la participación masiva en la movilización ha desbordado las categorías a las cuales se apelaba desde la convocatoria: protagonista es una multitud irrepresentable y heterogénea que desea autoconvocarse autónomamente no solo para decir “¡Ya Basta!” al sistema sino también para derrocar a su régimen de una vez.

El 22M ha sido una reacción explosiva a un trastorno generalizado que afecta a la vida en su totalidad y cuyos síntomas se presentan en cada territorio. Ya hay una multiplicidad dispersa de luchas sociales contra el mando capitalista: unas son más organizadas, otras menos; unas son más explícitamente políticas, otras más implícitas.

Lo cierto es que existe un enorme potencial, hasta ahora latente, de antagonismo al sistema y a sus estructuras de gobernanza. El reto es la actualización y la organización de este potencial más allá de las citas electorales y de los sindicatos de concertación. Las fórmulas del siglo XX se han acabado: hoy es necesario un salto en nuestra imaginación política. El ciclo de movimientos-red que empezó con las Primaveras Árabes, pasando por el 15M, Occupy, Gezi Park, etc., nos ayudan a abordar este reto. La capacidad de autoconvocatoria de estos movimientos consigue apelar a la ciudadanía en su conjunto sin ser reconducible a una identidad o a un liderazgo definido, que ahora es fluido y que se distribuye entre todas.

Estas movilizaciones trascienden las formas tradicionales de organización y se articulan y desarrollan en forma de red. Internet abre un nuevo ámbito desterritorializado de comunicación y organización basado en la inteligencia colectiva, el cual favorece la creación y proliferación de momentos y lugares de encuentro entre personas. Quien ve en la red la solución estratégica a los problemas políticos que tenemos enfrente, confundiendo los medios con el fin, obvia la importancia de la materialidad de las relaciones sociales. Las herramientas tecnopolíticas no pueden prescindir de la micro-politización distribuida del tejido social.

A pesar de las novedades que han aportado estas luchas interconectadas, reconocemos en ellas unos importantes límites estratégicos: ocupar las plazas es importante para permitir que los cuerpos en lucha se encuentren y para dar visibilidad a un problema, pero esto no es suficiente para aproximarse a su solución. Las ocupaciones de espacios urbanos, las acampadas, son útiles solo si se convierten en lugares de agregación y en centros logísticos para organizar e impulsar dinámicas de conflicto en la ciudad.

Creemos que es necesario un esfuerzo de coordinación para bloquear la economía y encontrar la forma de conseguir que las demandas de #Dignidad surgidas desde los movimientos sociales sean efectivas. Proponemos como ejemplo la coordinación de diferentes acciones que se pueden practicar simultáneamente para que el miedo cambie de bando:

  • Bloqueo simultáneo de autopistas y vías principales de tránsito
  • Bloqueo simultáneo de la red de metro y del transporte urbano
  • Bloqueo de enclaves logísticos importantes
  • Bloqueo y ocupación de sucursales bancarias y oficinas estatales
  • Ocupación de edificios propiedad de bancos, ayuntamiento y del 1%
  • Ocupación de las universidades y autoformación
  • Reapropiación en supermercados y grandes empresas
  • Hackeo de webs del gobierno y otras instituciones
  • Escraches a políticos e instituciones

Este catálogo de acciones, que no pretende ni mucho menos ser exhaustivo, se propone como una invitación al desborde y como un primer paso hacia una #HuelgaSocial indefinida que golpee el sistema con acciones de desobediencia y bloqueo distribuidas y sincronizadas.