Etiquetado: método

El tren contra la historia – Prologo

Advertencia y prólogo del panfleto de Gigi Roggero (colección Input por DeriveApprodi, 2017)

Advertencia

Este no es un ensayo, uno de esos libros inflados con citas y bibliografías. No porque consideremos inútil leer libros, por el contrario, lo consideramos tan útil que no nos ocuparemos de dar a cada uno su propio trozo de reconocimiento. Las referencias se utilizan de forma parcial y arbitraria, porque pensar de forma revolucionaria significa ser parciales y arbitrarios. Quien quiera encontrará las huellas necesarias para profundizar y reutilizar, quien no quiera hacerlo es inútil que se plantee el problema de las citas para justificar su pereza.

Lo que tenéis en vuestras manos es un panfleto, de esta manera se llaman a esas escrituras cortadas con el hacha, directas al punto de la cuestión y lejos de rodeos, que toman el riesgo de la simplificación porque presuponen la complejidad. Para cada tema se tratará, parece ya escuchar un zumbido molesto de voces: pero no habéis hablado de esto y de esto y lo otro y eso, al desplazarse por la lista de compras de temas que los concienzudos izquierdistas deben mencionar. Al no ser de izquierdas, no nos importa. Uno de nuestros malos maestros, ante la objeción de aquellos que le recordaban las grandes injusticias que atormentan al mundo, respondió que estaba tan de acuerdo que no hablaba de eso, precisamente porque todos los demás ya lo estaban haciendo. Si decimos algo, es para romper, no para agradar. Desconfiemos radicalmente de aquellos pensadores sobre los cuales todos expresan juicios positivos, porque evidentemente no tienen nada realmente significativo que decir. Cada pensamiento que realmente dice algo es un pensamiento divisivo. Desde luego un revolucionario concibe la escritura como guerra, para dividir continuamente a los amigos de los enemigos.

Entonces este panfleto quisiera ser algo más. Un llamado a las armas. No para fundar un nuevo partido, porque el partido está en nuestras cabezas, es nuestra forma de razonar y actuar, será un proceso real darle una forma organizada. Ciertamente es un llamado a las armas para hundir a los partidos existentes: ya sea que se les llamen partido o no, formales o informales, grandes o pequeños. Llevar cañones y pólvora. Es un llamado a las armas para matar a los zombis políticos que capturan y chupan sangre a los vivos, especialmente a aquellos que no aceptan el estado de cosas actual. Llevad cruces y estacas. Es un llamado a las armas para despejar la tierra de los cadáveres que, con su arrogante podredumbre, impiden el nacimiento de los frutos. Llevad palas, herbicidas y luego distribuir sal en abundancia. Es un llamado a las armas para abrir una brecha en lo real y vislumbrar la apariencia de lo posible. Llevad cuchillos afilados, forjar lentes nuevos, incluso antes, llevad ojos dispuestos a mirar. Incluso lo que no nos gusta, incluso lo que nos desplaza. De hecho, sobre todo esto.

Habrá quienes dirán que este panfleto es demasiado teórico y le falta acción. Habrá quienes dirán que, en su tensión ante la acción, carece de teoría. No nos importa ni lo uno ni lo otro, porque ambos no entienden que una acción sin teoría es fatua, que una teoría sin acción es académica. Este folleto se coloca allí donde la acción cambia la teoría y la teoría dirige la acción. Allí es el espacio de los militantes políticos. No, nada que ver con políticos, aquellos de los partidos o grupos que se definen a sí mismos como movimiento en ausencia de movimiento, y cuando hay un movimiento lo sofocan si no pueden gobernarlo. Hablamos de militantes como aquellos que quieren hacer algo como la revolución, dispuestos a arriesgar sus vidas, sus deseos, sus habilidades para ese algo que es todo.

Por lo tanto les advertimos: este panfleto no está escrito con una pluma. Está escrito con el martillo. No porque tengamos tantas certezas, sino porque queremos ordenar muchas de nuestras dudas. No porque estemos satisfechos con lo que somos y pensamos, sino porque no lo somos en absoluto, porque queremos romper lo que somos. No porque nos sentimos poderosos, sino porque queremos buscar la potencia, construirla, expresarla. Para golpear contra el espíritu enemigo de nuestro tiempo. Para martillar contra el espíritu enemigo del tiempo que se ha encarnado en nosotros.

Almas hermosas, huid de aquí. Vosotras que estáis horrorizadas por la polémica de la de la política y la de los fines y no por la competencia individual, que confundís el mezquino rencor de los débiles, con la implacable determinación de los fuertes: o nunca habéis conocido a Marx, Lenin y la praxis revolucionaria, o – aún peor – los leísteis y no entendisteis nada. Con gusto dejaremos la filología a la academia y lo politically correct a la ideología posmoderna. Debemos defender el pensamiento fuerte del pensamiento débil porque este no es un texto para almas hermosas. Es un llamado a las armas para los espíritus libres.
Prólogo

Después de esta advertencia necesaria (no vayáis diciendo por ahí que no os lo dijimos), expliquemos brevemente por qué el título y el subtítulo.

El tren es notoriamente una imagen del progreso, la aceleración y la velocidad imparable del desarrollo. Es la máquina que corre para hacer circular el capital y la fuerza de trabajo y apresurar el cumplimiento de la modernidad y la civilización. En los últimos años de su vida Marx escribía a Vera Zasulič, ex revolucionaria populista temerosa de perder el potencial subversivo de las campañas y neomarxista temerosa de fallar a la doctrina de la necesidad del desarrollo del capitalismo, que lo que amenaza la vida de la comuna rusa no es ni una fatalidad histórica ni una teoría: es el “gran negocio” puesto en marcha en Rusia por la “conspiración de fuerzas e intereses poderosos”, es decir, Estado, bolsa, banco, comercio y por supuesto los ferrocarriles. Mientras escribía estas líneas, la batalla seguía abierta, tanto que en esos mismos días el Narodnaja Volja acabó con el zar Alejandro II. Marx no dejó de brindar por el evento, frente a los marxistas, y su santificación de la objetividad y las etapas de desarrollo. Luego las cosas fueron como sabemos, la batalla la ganó la conspiración de fuerzas e intereses, y el destino podría proceder temporalmente sobre los carriles del capital. Y sigue siendo un tren el símbolo material de una lucha, que durante veinte años se está luchando en Val di Susa. No el tren en general, sino un tren en particular: el que come vidas y caga ganancias. Estos son los trenes de la historia, aquellos en los que viaja la historia, aquellos que la historia hace viajar.

Aquí, nosotros hablamos de otro tren, un contra-tren. Un tren blindado. Un tren que partió de una capital, la suiza, y que llegó a otra capital, la rusa. Un tren que pasó por la Primera Guerra Mundial. Un tren que se usa en contra de sus propósitos capitalistas. Un tren que ha pasado por la historia. Un tren que se ha rebelado a la historia. Un tren que se ha vuelto contra la Historia. Un tren atado a un nombre maldito por todos, de derecha a izquierda, ¡malditos Lenin y su tren!

De la historia contada por el capital, ya sabemos. ¿Cuál fue la historia contada por los mencheviques y los socialistas de todo tipo? Que Rusia no era el lugar y que el ’17 no era el momento de hacer la revolución. Que era necesario tomar parte en el gobierno provisional, continuar la guerra contra las potencias centrales europeas, colaborar con los liberales y los progresistas. Que el proletariado tenía que esperar la etapa pacífica del desarrollo burgués para completar su evolución y luego recoger del barro la bandera de ese desarrollo, porque después del oscurantismo de los regímenes autoritarios luego surge la Ilustración de los regímenes democráticos. Esto es lo que dice la Historia, y si la seguimos, nos dará el socialismo y, en un futuro lejano, el comunismo.

Y luego está la Historia contada por los reaccionarios, cuya versión sostiene que Lenin hizo ese viaje en el tren con el dinero de Alemania, el infame “oro alemán”, para desestabilizar a Rusia, su enemigo en la guerra. Dejamos a otros la digna tarea de liquidar las calumnias escritas al servicio del oro de los gobiernos y universidades imperiales. A nosotros gusta pensar que los reaccionarios tenían razón. Esta sería otra pieza en el triunfo del genio de acero de Lenin: utilizar también las contradicciones del campo enemigo para hacer lo que nadie quería, lo que nadie hubiera esperado.

Ahora el subtitulo: ¿Por qué estas consideraciones son inactuales? Lo son – ¡está claro! – en el sentido nietzscheano, de actuar contra el tiempo, sobre el tiempo y a favor de un tiempo por venir. Era ciertamente un viaje inactual ese viaje de Lenin, esa curva misteriosa para recorrer la línea revolucionaria. Solo la empalagosa pedantería de los leninistas podría hacer que la curva desapareciera y regresar a la recta de la supuesta objetividad de la Historia. Es el leninismo de retrospectiva, exactamente lo contrario de Lenin. Cuando aterrizó en la Estación Finlandia de Petrogrado con sus Tesis de Abril, Lenin estaba en una minoría extrema, incluso entre los bolcheviques, y para muchos fue tomado por loco. Permanecería en la minoría hasta la víspera de octubre, cuando el lema de todo el poder para los soviets se había convertido en la urgencia de la insurrección.

Tenemos dos buenas metáforas para dibujar esa inactualidad. El primero lo ofrece el calendario juliano entonces vigente en Rusia, trece días detrás del calendario gregoriano vigente en el oeste. Por lo tanto, cuando los bolcheviques conquistaron el Palacio de Invierno, Occidente ya había vivido hasta octubre, sin hacer nada. Era solo un mes del calendario burgués, era un octubre cualquiera y no el Octubre. De la misma manera en que ya habían vivido el desarrollo del capitalismo, sin poder darle la vuelta en el campo de batalla decisivo. Trece días de diferencia, un retorno hacia atrás para saltar adelante. Trece días para hacer otra historia, rompiendo la del enemigo. La cadena de dominación no se rompe donde el capital es más débil, sino donde la clase trabajadora es más fuerte. Cuál es el punto más retrasado y el más avanzado no lo determina el capital, sino la lucha de clases. Esta es una lección que el operaismo hará suya, dando lecciones a todos.

La otra metáfora es la del tren sellado. Como se sabe, las autoridades alemanas impusieron que los revolucionarios rusos no entrarían en contacto con los soldados y trabajadores de los territorios cruzados, a fin de preservar a Alemania del contagio. Ese tren sellado puede al mismo tiempo ser reflejado en la imagen de una voluntad revolucionaria que se alza como una fortaleza con respecto a su propio tiempo. Lo atraviesa, es inflexiblemente contra, es irreductiblemente otro. Debemos estar en paz con nosotros mismos para ir a la guerra con el mundo, nos explicó recientemente Tronti. El tren sellado es aquel sobre el cual viaja el espíritu libre y revolucionario.

Solo a posteriori, convertir la guerra imperialista en una guerra civil, era un lema obvio. Entonces los socialistas se dividían entre los que votaban por los créditos de guerra y los que predicaban el pacifismo, entre la práctica del oportunismo y la apología de la impotencia. Solo en retrospectiva, el obrero masa se ha convertido en el obrero masa. Mientras se formaba, se lo consideraba pasivo, coludido con el amo, un daño a la clase trabajadora, o sino, el símbolo de su alienación definitiva. Que podía quererlo todo porque lo rechazaba todo, lo llegaron a entender cuatro gatos. Todavía una minoría, todavía en contra de la Historia. Perseguir la actualidad de la revolución, agarrar la inactualidad de la ruptura: esto es el quehacer del militante.

Una última pregunta: ¿Por qué los y no el ’17? No nos gusta el plural, por el contrario, el uso que se le ha dado en las últimas décadas es definitivamente molesto. Estamos a favor del singular, de la singularidad, de la recomposición y no de la fragmentación. De hecho, la recomposición ya contiene la multiplicidad, constituye su condensación y plan de potencia. Quien habla hoy de la belleza de las diferencias en abstracto, no las cultiva en lo concreto, es decir, acepta la fragmentación en el plano único del capital. Las diferencias hacen riqueza, se repitió como un eslogan en el Foro Social Antiglobalización; cuando en los años siguientes ese tipo de figuras ha acabado (o han intentado acabar) en el parlamento, todos entendieron que estaban hablando de su riqueza. Bueno, volvamos a la pregunta y damos una respuesta: porque en nuestro tren sellado nosotros volvemos a atravesar la historia, la nuestra historia, para volcarla contra el presente. Para acumular potencia y riqueza real, transformarlas en armas, conquistar nuestra tradición, vengar el pasado, derrocar el presente. Para ejecutar la Historia, hoy, en nuestro ’17.

Parece obvio – pero tal vez en nuestro tiempo no hay nada tan obvio, por desgracia – hacer la premisa de que los modelos de organización nunca son universales, están siempre situados radicalmente dentro y contra su tiempo. Para Lenin fue el siglo XX, el zarismo, la guerra, la clase obrera y esos campesinos; y fue Rusia, con su presente, su tradición, sus profundas sedimentaciones antropológicas. Las composiciones, los comportamientos, las contingencias son siempre irrepetibles; lo que es repetible, es decir, para repensar y mirar hacia adelante, es el método revolucionario.

¿Cómo? ¿Habláis en serio? Estáis hablando de hoy, en 2017, ¿estáis bromeando? Habrá quienes exclamen, despreocupados de lo que hemos demostrado hasta ahora sobre la inactualidad de la apuesta de entonces, así como de todas las apuestas revolucionarias: vale, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple ¡hoy la situación es extremadamente más compleja! La complejidad se ha convertido en la coartada de los militantes indolentes, la autojustificación de quienes han renunciado a la lucha, el mantra de los académicos que desprecian a quienes actúan dentro de las ambigüedades del comportamiento de clase porque, después de todo, desprecian a una clase que no se comporta como ellos quieren. No entienden, y nunca entenderán, que la complejidad es una relación de fuerza: los que son débiles ven todo complejo porque no tienen la simplificación, los que son fuertes lo simplifican todo porque tienen la complejidad. Quién sabe si dentro de medio siglo o un siglo entero, un futuro indolente o histórico de las luchas del porvenir no exclamará: ¡bueno, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple, hoy la situación es extremadamente más compleja!

Dado que nosotros, siguiendo las enseñanzas de Alquati, no queremos prever lo que sucederá sino organizarlo, estamos listos para volver a recorrer el viaje dentro y contra el tiempo siempre como si fuera la primera vez.
Última advertencia

Alquati nos explicó cómo se leían sus textos: no eran libros, eran como maquinitas. Ponía en guardia a los que se quejaban de la escritura difícil diciendo inmediatamente que él no escribía para todos, para luego decir que no era culpa suya si cada vez hubieran menos personas capaces de leer.

Aquí, en realidad no hay mucho más que añadir. Este panfleto-maquinita consta de dispositivos que no están montados al azar, sin embargo, tampoco en orden cronológico. El objetivo no es, de hecho, la reconstrucción historiográfica. El objetivo es contribuir a la construcción revolucionaria, es decir, a la destrucción del presente. Por lo tanto, iremos adelante y atrás, vamos a proceder aparentemente a saltos y por interrupciones, vamos a hacer irrumpir el presente en el pasado, y viceversa. Alguien puede encontrar cosas ya escritas o dichas, por nosotros y por el colectivo al que pertenecemos, puede captar en alguna de nuestras otras palabras la transformación o el cuestionamiento, puede apreciar o despreciar fragmentos y notas de un discurso que viene de lejos y que apunta a explotar en el presente, referencias implícitas o explícitas. Repetiremos lo que necesitemos, no repetiremos lo que damos por adquirido. La consecuencialidad rígida de la maquinita es alimentada por la usabilidad flexible de sus dispositivos.

No escribimos para todos, ciertamente no. Escribimos una vez más, y antes que nada, para los militantes políticos. Escribimos para aquellos que no aceptan el presente. Escribimos para aquellos que piensan que no es posible seguir así, incluso si aún no saben cómo seguir adelante. Escribimos para aquellos que son conscientes de nuestra crisis política y quieren aprovechar la ocasión para dar el salto a la práctica autónoma. A todos vosotros os decimos que no contempléis y que no citéis esta maquinita, sino que la utilicéis porque solo al usarla le daréis vida, la mejoraréis desmontándola y volviéndola a armar, convirtiendo los dispositivos en herramientas de investigación y en armas de ataque. Cuando esta maquinita haya expuesto todos sus límites, que son los límites de nuestro pequeño e insuficiente nosotros de hoy en día, estaremos listos para ir más allá. Y la maquinita, ahora desgastada, habrá logrado su propósito, allanar el camino a otras maquinitas con las que conducir a lo largo de esa misteriosa curva que está por inventar.

Fuente: Commonware

Volvemos a empezar por el método

por Commonware

Publicamos la traducción al español de un extracto de este editorial porque señala unos elementos para entender la fase y un análisis para salir del impasse del gueto y la “nueva política”.

0. Derrotar al pensamiento de la derrota: esto es la primera tarea política de la fase. ¿Qué es el pensamiento de la derrota? Es la asunción de la imposibilidad de transformar el estado de cosas presente, es la aceptación de un papel marginal, de hecho es levantar una bandera blanca mientras que ideológicamente se agita una bandera roja.
El pensamiento de la derrota puede asumir dos formas, opuestas y especulares: por un lado la guetización en el testimonio identitario, por el otro el oportunismo de quien dice “basta de perder” y entonces salta en el carro de los ganadores, o supuesto como tales. Cambiando el orden de los factores, el resultado no cambia: la impotencia. Un círculo vicioso, tal impotencia vuelve la justificación de la propia ritualidad sin acción, o de su propio interés institucional – cuando luego esto se traduce en los aficionados de los candidatos exóticos, en listas de pocos votos o en el enésimo anuncio de la “nueva izquierda, esta vez la de verdad”, definitivamente la farsa ha hecho olvidar la tragedia. En breve hay una convergencia paradoxal entre la práctica de la “micropolítica” y la aspiración a la “macropolítica”, es decir, la dialéctica entre islas marginales y marginalidad institucional.

Ambas tendencias, a continuación, coinciden en descargar la responsabilidad de las propias elecciones sobre la composición social: ¿qué más se puede hacer en esta situación, sino encerrarnos en nuestros pequeños espacios o seguir las quimeras institucionales? Tenemos uno de los muchos ejemplos en los últimos meses en Europa sobre la cuestión de los refugiados, con respecto al cual la política institucional está ocupada por la dialéctica entre una derecha neoliberal, fiel a la necesidad de hacer circular la fuerza de trabajo para aumentar la estratificación del chantaje y la explotación, y una derecha proto-fascista,  que erige muros y sopla sobre la guerra entre los pobres y los empobrecidos. Por un lado entonces hay quien retrocede en una opción frentista, sobre el malo menor que vuelve la defensa del status-quo, es decir nuestro verdadero enemigo; por el otro hay quien retrocede a una opción humanitaria, en la exaltación de la víctima, acabando de ser subalterno a la opinión pública democrática y a la iglesia católica. Entre otras cosas, en la misma asunción del término “refugiado” ya hay una caída hacia el léxico de la gobernanza, que utiliza esa categoría como instrumento de división entre los migrantes. En resumen, desde la perspectiva de las luchas con las lágrimas nunca se ha construido nada: todos en facebook se conmueven con la foto de Aylan, para luego consolarse a la hora del aperitivo. La izquierda prospera en las ganas de llorar, que necesita de la victimización e inferiorización de lo social, para reproducir su propia función de supuesta representación. Ese es el nombre del pensamiento de la derrota: se llama izquierda. Nosotras tenemos que ir hacia otra dirección, porque nosotras no somos de izquierdas. Porque el contrario de izquierda no es derecha, es revolución.

1. Ya lo hemos dicho y lo repetimos, las insuficiencias son sobre todo nuestras, no de la composición de clase. Este “nosotros”, aquí entendido genéricamente, se ha quedado blandamente sobre lo ya conocido, sobre la aceptación de lo que tenemos, exaltándolo como la única cosa que podemos tener. Así, reproduciendo a unos mismos, se puede insistir en una lectura escolástica de la composición técnica, esperando la explosión conflictual de los sujetos identificados como objetivamente centrales. O se puede renunciar al nudo de la composición de clase, persiguiendo las luchas cuando están y la opinión pública en su ausencia. Pero ni los apóstoles de la ideología ni los turistas de los movimientos de los demás sirven para mucho para vencer al pensamiento de la derrota, más bien son su parte integrante.

El punto de método, que el análisis de la composición de clase es en primer lugar el análisis de los comportamientos subjetivos que la inervan. A los centros de gravedad en el proceso de acumulación capitalista, es decir la posibilidad de golpear al amo colectivo donde le duele más, tienen que corresponder unos comportamientos potencialmente conflictuales, no de aceptación, de rechazo. Colocación y comportamientos constituyen la relación sobre la cual se basa la composición política de clase: ignorando uno de los dos términos, se acaba de resbalar en una presunta objetividad o en un subjetivismo malentendido. Luego hay quien usa la dureza del primer término para justificar la falta del segundo: por ejemplo, se dice que diversas figuras del precariado cognitivo no luchan porque sometidas a un chantaje estructural, olvidando que el chantaje es el fundamento de la relación de explotación y compraventa de la fuerza de trabajo. Y, sin embargo, si los precarios son débiles no tienen que ser objeto de compasión, tienen que ser regañados. Nuestra parte, de hecho, no es la de los oprimidos: está compuesta por quien se rebela a la condiciones de opresión.

El problema entonces es donde mirar: muchos de los lugares donde lo hemos hecho hasta ahora, aquellos donde es más sencillo, resultan inadecuados o sin embargo insuficientes. Tenemos que ir allí donde hay lo desconocido, más precisamente un desconocido potencialmente productor de conflicto. Movernos in partibus infidelium, porque las tierras de los creyentes son bastante áridas. Si el término ensuciarse las manos no os gusta, encontrad otro. Si la palabra encuesta está demasiado abusada, y ciertamente lo está, llamémosle estilo de la militancia, que está hecho de investigación y construcción de un proyecto.

Fuente: Commonware