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Volvemos a empezar por el método

por Commonware

Publicamos la traducción al español de un extracto de este editorial porque señala unos elementos para entender la fase y un análisis para salir del impasse del gueto y la “nueva política”.

0. Derrotar al pensamiento de la derrota: esto es la primera tarea política de la fase. ¿Qué es el pensamiento de la derrota? Es la asunción de la imposibilidad de transformar el estado de cosas presente, es la aceptación de un papel marginal, de hecho es levantar una bandera blanca mientras que ideológicamente se agita una bandera roja.
El pensamiento de la derrota puede asumir dos formas, opuestas y especulares: por un lado la guetización en el testimonio identitario, por el otro el oportunismo de quien dice “basta de perder” y entonces salta en el carro de los ganadores, o supuesto como tales. Cambiando el orden de los factores, el resultado no cambia: la impotencia. Un círculo vicioso, tal impotencia vuelve la justificación de la propia ritualidad sin acción, o de su propio interés institucional – cuando luego esto se traduce en los aficionados de los candidatos exóticos, en listas de pocos votos o en el enésimo anuncio de la “nueva izquierda, esta vez la de verdad”, definitivamente la farsa ha hecho olvidar la tragedia. En breve hay una convergencia paradoxal entre la práctica de la “micropolítica” y la aspiración a la “macropolítica”, es decir, la dialéctica entre islas marginales y marginalidad institucional.

Ambas tendencias, a continuación, coinciden en descargar la responsabilidad de las propias elecciones sobre la composición social: ¿qué más se puede hacer en esta situación, sino encerrarnos en nuestros pequeños espacios o seguir las quimeras institucionales? Tenemos uno de los muchos ejemplos en los últimos meses en Europa sobre la cuestión de los refugiados, con respecto al cual la política institucional está ocupada por la dialéctica entre una derecha neoliberal, fiel a la necesidad de hacer circular la fuerza de trabajo para aumentar la estratificación del chantaje y la explotación, y una derecha proto-fascista,  que erige muros y sopla sobre la guerra entre los pobres y los empobrecidos. Por un lado entonces hay quien retrocede en una opción frentista, sobre el malo menor que vuelve la defensa del status-quo, es decir nuestro verdadero enemigo; por el otro hay quien retrocede a una opción humanitaria, en la exaltación de la víctima, acabando de ser subalterno a la opinión pública democrática y a la iglesia católica. Entre otras cosas, en la misma asunción del término “refugiado” ya hay una caída hacia el léxico de la gobernanza, que utiliza esa categoría como instrumento de división entre los migrantes. En resumen, desde la perspectiva de las luchas con las lágrimas nunca se ha construido nada: todos en facebook se conmueven con la foto de Aylan, para luego consolarse a la hora del aperitivo. La izquierda prospera en las ganas de llorar, que necesita de la victimización e inferiorización de lo social, para reproducir su propia función de supuesta representación. Ese es el nombre del pensamiento de la derrota: se llama izquierda. Nosotras tenemos que ir hacia otra dirección, porque nosotras no somos de izquierdas. Porque el contrario de izquierda no es derecha, es revolución.

1. Ya lo hemos dicho y lo repetimos, las insuficiencias son sobre todo nuestras, no de la composición de clase. Este “nosotros”, aquí entendido genéricamente, se ha quedado blandamente sobre lo ya conocido, sobre la aceptación de lo que tenemos, exaltándolo como la única cosa que podemos tener. Así, reproduciendo a unos mismos, se puede insistir en una lectura escolástica de la composición técnica, esperando la explosión conflictual de los sujetos identificados como objetivamente centrales. O se puede renunciar al nudo de la composición de clase, persiguiendo las luchas cuando están y la opinión pública en su ausencia. Pero ni los apóstoles de la ideología ni los turistas de los movimientos de los demás sirven para mucho para vencer al pensamiento de la derrota, más bien son su parte integrante.

El punto de método, que el análisis de la composición de clase es en primer lugar el análisis de los comportamientos subjetivos que la inervan. A los centros de gravedad en el proceso de acumulación capitalista, es decir la posibilidad de golpear al amo colectivo donde le duele más, tienen que corresponder unos comportamientos potencialmente conflictuales, no de aceptación, de rechazo. Colocación y comportamientos constituyen la relación sobre la cual se basa la composición política de clase: ignorando uno de los dos términos, se acaba de resbalar en una presunta objetividad o en un subjetivismo malentendido. Luego hay quien usa la dureza del primer término para justificar la falta del segundo: por ejemplo, se dice que diversas figuras del precariado cognitivo no luchan porque sometidas a un chantaje estructural, olvidando que el chantaje es el fundamento de la relación de explotación y compraventa de la fuerza de trabajo. Y, sin embargo, si los precarios son débiles no tienen que ser objeto de compasión, tienen que ser regañados. Nuestra parte, de hecho, no es la de los oprimidos: está compuesta por quien se rebela a la condiciones de opresión.

El problema entonces es donde mirar: muchos de los lugares donde lo hemos hecho hasta ahora, aquellos donde es más sencillo, resultan inadecuados o sin embargo insuficientes. Tenemos que ir allí donde hay lo desconocido, más precisamente un desconocido potencialmente productor de conflicto. Movernos in partibus infidelium, porque las tierras de los creyentes son bastante áridas. Si el término ensuciarse las manos no os gusta, encontrad otro. Si la palabra encuesta está demasiado abusada, y ciertamente lo está, llamémosle estilo de la militancia, que está hecho de investigación y construcción de un proyecto.

Fuente: Commonware

Goodbye Mr. Left

Hemos querido traducir esta editorial del proyecto Commonware porque, a pesar de las diferencias históricas y culturales existentes entre Italia y el estado español, hemos encontrado varios puntos de conexión en el análisis de la coyuntura y en la crítica a la izquierda.

Mejor un gran reaccionario que un pequeño revolucionario, dijo una vez Tronti. Si bien la segunda categoría se mantiene bastante bien representada, la primera, decididamente, escasea. En estos tiempos, por tanto, es aconsejable conformarse con algún pequeño reaccionario que de vez en cuando logre acertar algo.

Este es el caso de Galli della Loggia, que en su editorial del Corriere della Sera del domingo 13 de abril analiza por qué, a pesar de la crisis económica y de un “malestar social” que ha alcanzado niveles insoportables, la izquierda no sabe aprovechar el momento. Los datos sobre el “malestar” en la Unión Europea facilitados por della Loggia están incluso azucarados: 25 millones de desempleados, una precariedad laboral galopante y salarios que no permiten llegar a fin de mes. Sabemos, sin embargo, que la realidad es aún más dura, que la precariedad es ahora un elemento permanente surgido de la crisis, que los working poors son la norma en las nuevas relaciones laborales. Pero lo más interesante son las tres razones que señala el columnista para “explicar las dificultades de la izquierda para traducir la crisis económica en consenso”.

En primer lugar, la nostalgia en la que está presa: la nostalgia por el compromiso social democrático, por la defensa del empleo (léase explotación) indefinido, por el estado del bienestar y el control sindical de la fuerza de trabajo. El ejemplo de esta atormentada nostalgia, ironiza Galli della Loggia, es la emoción que ha despertado entre la izquierda la película de Veltroni sobre Berlinguer. Todo ello impide a la izquierda tener representaciones y narraciones acordes con la realidad.

En segundo lugar, Galli della Loggia no entiende por qué, por ejemplo, es la derecha la que muchas veces canaliza –electoralmente– el “malestar”; y no entiende , sobre todo, que “no está escrito en ninguna parte que los ‘pobres’ tienen que pensar y ‘hacer cosas de izquierdas'”. Por último, pero no menos importante, la izquierda y sus miembros son percibidos —con razón, añade correctamente della Loggia— como una parte significativa de la élite del poder, no sólo en cuanto a las posiciones y espacios políticos que ocupan, sino también incluso por su forma de vestir y su estilo de vida.

“En el ámbito de la UE y sus políticas, la Izquierda parece diferenciarse poco o nada de sus adversarios, al tiempo que es propensa a la ideología vacía del “europeísmo a toda costa”, escribe Galli della Loggia: ¿Tal vez estudia nuestros materiales?

En la parte final el columnista demuestra ser no tanto reaccionario como pequeño, con una apología nauseabunda de Matteo Renzi, la supuesta novedad capaz de dar respuesta a los tres motivos que han llevado a la derrota de la izquierda, escapando de su nostalgia, de la ideología y del compromiso con la las élites tradicionales. Pero lo de Galli della Loggia no es un respaldo, sino más bien un vínculo político: la brecha donde el columnista del Corriere espera al jovencito es su capacidad para ir más allá del liderazgo personal y coagular dirigentes y dimensiones colectivas capaces de construir una perspectiva hegemónica. Un bloque social y del orden, capaz de gobernar la crisis permanente y las políticas de austeridad. Es aquí mismo donde Galli della Loggia, al igual que sus colegas de izquierda, está preso en una grotesca nostalgia.

Asedio al trabajo siniestro

La fecha en que se publicó la editorial no es casual, o al menos no para nosotros: en la misma página –como en todos los medios de comunicación– aparece de forma muy destacada la manifestación del día anterior [12 de abril], en línea con la senda abierta el pasado 19 de octubre, que reunió a 30.000 personas en las calles de Roma. La cobertura mediática se ha logrado por el asedio al Ministerio de Trabajo, propiedad de Legacoop, gracias al convencimiento en las prácticas utilizadas (por supuesto reducidas en los periódicos a los habituales centenares de radicales que arruinan una manifestación pacífica, es decir, una manifestación que no molesta) y las violentas y brutales cargas policiales (por supuesto corderos sacrificados en el altar de la heroica defensa del orden democrático). En este punto dejamos la lectura de los medios de comunicación, que no ofrecen otra cosa que la aburrida y pre-envasada repetición del mantra de costumbre, y volvemos a concentrarnos en lo que sucedió en la calle el 12 de abril. Aquí tenemos la confirmación de algunos elementos que habíamos detectado ya después del 19 de octubre: la centralidad de temáticas tales como la vivienda y la renta (que comienza a abandonar su connotación abstracta para traducirse en prácticas concretas de reapropiación) y la amplia participación migrante (algunos medios, alarmados, se dan cuenta de que ya no son solo migrantes que participan esporádicamente en las manifestaciones, sino ocupantes de casas, trabajadores en lucha o incluso militantes). Todo ello complementado por la presencia consolidada de los movimientos territoriales y de las luchas específicas, que fueron las promotoras del 19 de octubre.

Aquellos que permanezcan en el interior de una dialéctica totalmente institucional podrán intentar ver en esta composición y en sus formas de expresión lo que quieran ver según sus deseos: unos la vuelta a un estado-nación del cual apropiarse (cómo y cuándo, ahora, no se sabe), otros un europeísmo ahistórico vacío, que según las necesidades se puede pintar de jacobinismo, federalismo o incluso de independentismo; y es que en el plano de las retóricas desvinculadas de las correlaciones de fuerzas todo encaja de alguna manera.

Estas posiciones ponen de relieve una vez más la incapacidad de apartarse del concepto actual de izquierda, con su confusión entre idealismo y materialismo, entre cartas de principios y principios de papel mojado, con su trágica incapacidad de pensar a través de la composición de clase y no por alianzas entre clases políticas. Por el contrario, a nosotros nos parece que esta composición, y a lo que hace referencia por extensión, se distancia en gran medida o incluso se separa de la izquierda, desde luego de aquellas características que Galli della Loggia pro domo sua identifica y critica. Esta composición no siente nostalgia por un compromiso social democrático del que las nuevas generaciones ni siquiera han oído hablar. No hay espacio para las narrativas ideológicas, que se perciben como completamente abstractas y ajenas a la materialidad de los temas con los que hay que enfrentarse cotidianamente en un contexto de crisis. Hay un odio profundo, arraigado e incluso instintivo, con respecto de aquel bloque de poder político y social del cual la izquierda es corresponsable o protagonista. Así, es normal encontrar como principales enemigos al PD (Partido Democratico, el partido de centro izquierda) y a su gobierno. En Italia ha empezado por fin el post-antiberlusconismo. Y es exactamente en esta característica, y no en improbables recetas institucionales, donde esta composición puede revelarse europea y transnacional, porque traza en un espacio general los hilos comunes con las otras expresiones de la subjetividad colectiva.

No es casual, por otra parte, que lo que le guste a Galli della Loggia de Renzi sea su “sentido común populista”, sustituyendo los intereses de clase por una vaga imagen de “los pobres” que obviamente pueda adaptarse a diferentes figuras de acuerdo a lo que convenga en cada momento. Naturalmente, a condición de que “los pobres” estén siempre disponibles para ser representados y no molesten, es decir, que no se organicen de forma autónoma. Que la manifestación permaneciera compacta durante el asedio y frente a las cargas criminales de las fuerzas del orden y la existencia de una disposición o, como mínimo, de una simpatía por las prácticas concretas, simboliza de manera efectiva que se va en la dirección correcta. Se acabaron los tiempos del simbolismo malintencionado (a veces inventado por los grandes medios de comunicación y siempre subordinado a ellos) con el que se pretende sustituir, simular o representar a las luchas. Son las luchas las que producen símbolos, y no al revés.

El 12 de abril ha sido un día importante, sobre todo porque se enmarca en un proceso que viene de lejos y quiere ir muy lejos. La próxima etapa de este proceso, formado por la cotidianeidad de las luchas y los intentos de organización territorial, será el 11 de julio en Turín, con ocasión de la Cumbre Europea –bastante provocativa– sobre el desempleo juvenil. Hasta los pequeños reaccionarios del Corriere nos explican por qué sobre esta temática, en el marco de la crisis (económica y de representación), la revuelta es hoy un principio de realismo político.

Queremos la libertad inmediata para los compañeros detenidos el sábado pasado. Porque no nos cansaremos de repetir que no se puede detener el viento…

Fuente: Commonware