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Quien no lucha ya ha perdido

por Hobo – Laboratorio de los saberes comunes

“Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos.”
(Mao Tse-Tung)

0. Volvamos a los fundamentos, ya que en una época en la que se han perdido, restaurarlos no es una operación inútil, por desgracia. ¿Cuál es el ABC en este caso? Aquí está: el poder es una correlación de fuerzas. En el capitalismo, los amos recurren a la represión como respuesta a la iniciativa de clase, una amenaza eficaz, un ataque concreto. Los amos, sin embargo, no gobiernan a través de la represión, sino, principalmente, a través de la aceptación de su sistema. Y, cuando las luchas existen, no sólo piensan en reprimirlas: primero las estudian para encontrar la manera de usarlas, el cómo hacer de ellas un motor del desarrollo y fortalecimiento de su propio dominio.

En este punto, continuando con nuestro pequeño resumen, hay que responder a la pregunta: ¿qué significa correlación de fuerzas? Significa un proceso material, en constante cambio, reversible dado que se basa en el conflicto. Esta relación se compone de una multiplicidad de elementos, que para el capital van desde la producción de consenso al recurso a la represión, represión contra quien se opone desde la capacidad de construir conflicto y la necesidad de sedimentarlo en una relación de fuerzas invertida al propio favor.

Por último, preguntémonos: cuando hay luchas, nosotras militantes ¿qué debemos hacer? Conquistar nuevos puestos de avanzada, profundizar en los espacios de ruptura, utilizar la energía acumulada para dar un salto hacia adelante. Si no somos capaces de hacer eso, si nos limitamos a reflejarnos satisfechas en las movilizaciones, si pensamos que el objetivo es simplemente agregar alguna persona para nuestra estructurita o sacarnos un buen selfie para la siguiente sudadera, nuestra contraparte no sólo no saldrá de la lucha debilitada, sino que saldrá reforzada. Porque demostrará ser capaz de rechazar la amenaza y, en la mayor parte de los casos, de saber darle la vuelta para innovar sus propias instituciones. Los narcisos del movimiento hacen mucho daño, debido a que tienen una relación invertida entre medios y fines: para ellos el pequeño “nosotras” de la estructura no es una herramienta para desarrollar el gran “nosotras” de las luchas, sino más bien lo contrario.

Una vez recordado brevemente el ABC del materialismo revolucionario, tratemos de ejemplificar vía los casos concretos en los que declinar el método en la contingencia actual.

1. ¿Hoy en día podemos hablar de represión? Sí, en un sentido muy general. No, si cargamos esta palabra de un sentido político específico. Cuando hay luchas, la contraparte utiliza también medios represivos, eso es obvio. Sin embargo, en este momento histórico nuestro enemigo gobierna primero a través de la aceptación, la fragmentación, la mistificación. Estos son los dispositivos a derribar. Hablamos de la aceptación de las condiciones de vida y las expectativas impuestas por el gobierno de la crisis; la fragmentación de los conflictos y los sujetos sociales; la mistificación en el sentido marxista, en tanto a una realidad vinculada a las utilidades y los intereses materiales y, por lo tanto, a una posición de clase. No podemos simplemente mirar la porra de la policía y no ver los mecanismos sistémicos de producción y reproducción en los que estamos inmersos diariamente. O, para decirlo de otro modo: la porra es la continuación de los mecanismos de consenso por otros medios.

En Italia, sin duda debemos asumir un discurso particular especial. Después de las jornadas de Genoa 2001, nuestra contraparte ha entendido que Diaz y Bolzaneto corrían el riesgo de no poder ser gestionables políticamente. Muchas de nosotras no hemos entendido que aquellas matanzas eran la respuesta sangrienta de un poder nacional e internacional que empezaba por fin a saborear un poco de miedo. Ahí es donde debía desarrollarse nuestra fuerza, en lugar de compadecer nuestra sangre. Sin embargo, la llamada “europeización” de la policía italiana, invocada por la opinión pública de izquierda, deviene en realidad el principal problema, porque se traduce en lo que vemos con la afirmación de la lógica de prevención operada entre la policía y la fiscalía. Las detenciones y la pena de prisión hacen demasiado ruido y son caras para el estado, económica y políticamente. Mucho mejor adoptar, pues, medidas “alternativas”, que no cuestan nada y son prácticamente imperceptibles, y que pasan a convertirse en un dispositivo de control normalizado y de gestión del conflicto social, incluso cuando este conflicto es extremadamente pequeño o simplemente potencial. Y la sangre fluye normalmente cuando las cámaras están a una distancia de seguridad, cuando las bestias con uniforme necesitan desahogarse, o cuando no pueden contener la situación de otra manera – esto último es algo que por desgracia sucede muy pocas veces.

En resumen, la denominada jaula de acero hoy en día está hecha de paredes de caucho. Lo que llamamos “gobernabilidad suave” es políticamente de lo más “duro” que existe, porque es mimética, apenas visible, difícil de alcanzar y, al mismo tiempo, apunta directa al objetivo. Es la nueva economía política del castigo y la seguridad. Ellos no la aplican porque se han convertido en mejores personas, cómo piensan los izquierdistas, sino debido a que estudian cómo ser más eficaces. Toman las medidas, dan las medidas. Un ejemplo lo encontramos en el decreto Minniti, que vimos en acción el 25 de marzo en Roma en ocasión de la manifestación contra la cumbre de la UE con las detenciones preventivas de más de 150 compañeras. Por la noche, los medios de comunicación hablaron del gran éxito en la gestión del orden público, demostrando que es inútil e ilusorio pensar que este tipo de medidas se combaten con la apelación a la opinión pública, la sociedad civil y los verdaderos demócratas. El hecho constatable es que el público en general, la sociedad civil y la democracia son una parte integral de este modelo de gestión de crisis; mientras que la opinión pública es la opinión de las clases dominantes. Es este bloque del enemigo el que tenemos que atacar en los distintos planos y niveles para desarticularlo.

2. A partir de lo descrito anteriormente, ¿deberíamos concluir que entonces no hay que ocuparse de este tipo de medidas? A esta conclusión pueden llegar solamente pedantes dogmáticos y oportunistas hipócritas, o aquellos que son ambas cosas. De hecho, frente a las formas de control y ataque de la contraparte, el lamento y el silencio son las dos caras de una misma moneda: se refieren a la subordinación a nuestra contraparte, la aceptación de la marginación política y social para contentarse con gestionar la reproducción en pequeños espacios urbanos compatibles, intercambiando esta reproducción por el arraigo o bien exaltándola con cantidades numéricas de aspirantes contadores y cálculos de burócratas empedernidos. En resumen, nunca se debe apostar en dar el salto hacia adelante, para algunas de nosotras porque el enemigo es demasiado fuerte, para otras porque es probable que se pierda el nicho de identidad. Quien llora por la represión pinta una contraparte invencible e infalible, para terminar voluntaria o involuntariamente apelando a ella para que sea bondadosa y magnánima. ¿Y por qué lo debería ser si las relaciones de fuerza comportan que no lo sea? Quienes permanecen callados, para difundir una ideología de fuerza que oculta una realidad de debilidad o, peor, por miedo a perder lo poco que tienen, renuncian a atacar y dislocar la fuerza del enemigo, a veces a cambio de algo, tal vez una vida tranquila, quizá una salida individual.

Por lo tanto, el enemigo no es invencible ni infalible; por el contrario, es a menudo mucho menos potente y compacto de lo que pensamos. Al mismo tiempo, sin embargo, no será nuestro silencio y nuestra sumisión lo que lo derrotará, sino que así sólo se lo puede reforzar. Entonces, si no queremos ser aplastados por la dialéctica entre la queja inútil y el silencio temeroso, tenemos que convertir estos dispositivos en un campo de batalla. Eso significa que debemos atacarlos, desarticularlos, romperlos. Tal es la lección que en los últimos años hemos aprendido del movimiento NO TAV.

Si bien sabemos que en la guerra es importante defender las propias posiciones y el propio ejército cuando el enemigo ataca, ¿cómo hacerlo? No con las lágrimas o la auto-conciencia de los reprimidos, ya lo hemos dicho. Ni siquiera con el desempeño de las condiciones de víctimas sociales que apelan a los buenos sentimientos de la opinión pública que, una vez más, o no existe, o es parte del problema. A uno se le conmueve con el sufrimiento de los condenados de la tierra y de los niños migrantes en Facebook, y luego se alivia su conciencia herida con un buen aperitivo. Cuando los espacios de mediación están áridos, nuestra contraparte sabe que la gestión del orden público puede actuar libremente: donde no hay relaciones de fuerza, despliega el exceso de las fuerzas. Y no mira a nadie a la cara, ni siquiera a los que obstinadamente continúan buscando la mediación, tanto en el orden político como en la calle con la policía.

Para atacar al enemigo en este campo, tenemos entonces que hacerle pagar los costes de sus propios dispositivos.[…] Sólo desde el valor de la ruptura, los otros niveles que seamos capaces de desplegar pueden llegar a ser funcionales y eficientes. Una campaña de garantías radicales y la participación de diferentes sujetos puede así ponerse al servicio de un proceso de ataque. Si ésta no conlleva el valor de la ruptura, sin embargo, seguirá siendo sólo una débil expresión democrática, mendigando con la sociedad civil, o – peor aún, si cabe – una simulación de los medios de comunicación. Sabemos que las luchas, como las guerras, se componen de muchas cosas, que suceden en diferentes niveles y deben ser operadas de diversas maneras. Por cualquier medio necesario, dijo alguien. Tener bien claro que es la voluntad de atacar y de ruptura lo que vuelve a reunir estos diferentes niveles.[…]

3. Transformar la dificultad en oportunidad, he aquí nuestra tarea. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo se convierte la oportunidad en dificultad, sin impulsar las luchas cuando hay disponibilidad social y subjetiva de hacerlo, conformándonos con autoproclamaciones de victoria obedientes a una estructura simbólica que creíamos que pertenecía a las fases de un reciente pasado del que ya no sentimos nostalgia. Sólo a través del impulso de las luchas, de hecho, afirmando y profundizando la realidad de la amenaza – poniendo énfasis en la calidad por encima de la cantidad, la capacidad de golpear donde duele y no en la exposición de los números inofensivos – podemos desarticular los dispositivos de la contraparte. Las fases de dificultad de los enemigos son contingencias limitadas temporalmente: si no se aprovechan, se pierden para siempre. Y después seremos aún más débiles que antes.

Tal vez también hay que tener claro lo que significa ganar. La obtención de resultados concretos que mejoren las condiciones de vida de los sujetos sociales que luchan, por supuesto. Pero no son suficientes si estos resultados no acompañan la profundización de las contradicciones, o incluso si las resuelven y las vuelven compatibles. El capital mismo no necesariamente apunta al empeoramiento de las condiciones de vida; en realidad, a menudo las mejora, porque él es el amo de esas condiciones de vida, las utiliza, decide cómo deben ser. No sólo queremos mejorar las condiciones de vida, queremos transformar radicalmente lo que significa condiciones de vida. Así que la victoria no consiste en propagar algunos resultados inmediatos, aún menos cuando són más simbólicos que reales. La unidad de medida del revolucionario no es la del sindicato: se da por la forma en que se avanza y se fortalece en la construcción de contrasubjetivación y ruptura. Las disputas, el generar controversia, es una función del desarrollo de las luchas, no lo contrario. En Francia, por ejemplo, los movimientos no han ganado, si entendemos por victoria el bloqueo de Loi Travail (una ley formal que no cambia mucho de la realidad sustancial). Pero si se tiene en cuenta la Loi Travail como útil desencadenante de las luchas y no su objetivo, podemos decir que los movimientos han logrado buenos resultados en la medida en que fueron capaces de profundizar el marco del conflicto y ensanchar el espacio de ingobernabilidad en el cual se determina la batalla contra Macron.

Por otro lado, pensar que las relaciones de fuerza dependen exclusivamente de la cantidad y el consenso numérico, tal vez para seducir mostrándose buenos y cercanos a los más débiles, significa asumir el punto de vista electoralista de la democracia representativa. En consonancia con este enfoque, debemos decir que el PD tiene plena legitimidad social porque tiene muchos miembros dispuestos a amontonarse codo a codo para hacer salchichas (perdon, para el tofu!) a la fiesta del partido. Los números no son despreciables, eso es obvio. Sin embargo, lo que es políticamente decisivo es la capacidad de romper la reproducción de la mediocridad que nos quieren imponer para formar en conjunto una calidad subjetiva contra el empobrecimiento de nuestras capacidades, exasperar y hacer saltar las contradicciones de nuestra contraparte atacando intensamente los puntos centrales. Nosotras revolucionarias, somos y seremos siempre una minoría, pero hay que aspirar a ser una minoría no minoritaria. Lo contrario de minoría no es mayoría, sino voluntad hegemónica.

Así que cuando intentan reducirnos a la defensiva, tenemos que revertir la situación a la posibilidad de un ataque, articulando continuamente la guerra de movimientos con la guerra de trincheras, el salto del tigre y la paciencia de la mole. Por desgracia, demasiado a menudo hoy en día las enseñanzas de Mao citadas al principio se han perdido, y se acaba con batirse en retirada cuando el enemigo está cansado y con ser seguidos cuando el enemigo ataca. Sí, porque el arte de la lucha es muy similar al arte de la guerra: avance, mantenimiento, estocada, expansión, irrupción, consolidación – ésa es la máquina que hay que llegar a ser. Una máquina de guerra, de hecho. Para transformar la resistencia social en una fuerza política de ataque, este es el verdadero significado de autonomía.

Fuente: http://hobo-bologna.info/2017/06/22/chi-non-lotta-ha-gia-perso/

Volvemos a empezar por el método

por Commonware

Publicamos la traducción al español de un extracto de este editorial porque señala unos elementos para entender la fase y un análisis para salir del impasse del gueto y la “nueva política”.

0. Derrotar al pensamiento de la derrota: esto es la primera tarea política de la fase. ¿Qué es el pensamiento de la derrota? Es la asunción de la imposibilidad de transformar el estado de cosas presente, es la aceptación de un papel marginal, de hecho es levantar una bandera blanca mientras que ideológicamente se agita una bandera roja.
El pensamiento de la derrota puede asumir dos formas, opuestas y especulares: por un lado la guetización en el testimonio identitario, por el otro el oportunismo de quien dice “basta de perder” y entonces salta en el carro de los ganadores, o supuesto como tales. Cambiando el orden de los factores, el resultado no cambia: la impotencia. Un círculo vicioso, tal impotencia vuelve la justificación de la propia ritualidad sin acción, o de su propio interés institucional – cuando luego esto se traduce en los aficionados de los candidatos exóticos, en listas de pocos votos o en el enésimo anuncio de la “nueva izquierda, esta vez la de verdad”, definitivamente la farsa ha hecho olvidar la tragedia. En breve hay una convergencia paradoxal entre la práctica de la “micropolítica” y la aspiración a la “macropolítica”, es decir, la dialéctica entre islas marginales y marginalidad institucional.

Ambas tendencias, a continuación, coinciden en descargar la responsabilidad de las propias elecciones sobre la composición social: ¿qué más se puede hacer en esta situación, sino encerrarnos en nuestros pequeños espacios o seguir las quimeras institucionales? Tenemos uno de los muchos ejemplos en los últimos meses en Europa sobre la cuestión de los refugiados, con respecto al cual la política institucional está ocupada por la dialéctica entre una derecha neoliberal, fiel a la necesidad de hacer circular la fuerza de trabajo para aumentar la estratificación del chantaje y la explotación, y una derecha proto-fascista,  que erige muros y sopla sobre la guerra entre los pobres y los empobrecidos. Por un lado entonces hay quien retrocede en una opción frentista, sobre el malo menor que vuelve la defensa del status-quo, es decir nuestro verdadero enemigo; por el otro hay quien retrocede a una opción humanitaria, en la exaltación de la víctima, acabando de ser subalterno a la opinión pública democrática y a la iglesia católica. Entre otras cosas, en la misma asunción del término “refugiado” ya hay una caída hacia el léxico de la gobernanza, que utiliza esa categoría como instrumento de división entre los migrantes. En resumen, desde la perspectiva de las luchas con las lágrimas nunca se ha construido nada: todos en facebook se conmueven con la foto de Aylan, para luego consolarse a la hora del aperitivo. La izquierda prospera en las ganas de llorar, que necesita de la victimización e inferiorización de lo social, para reproducir su propia función de supuesta representación. Ese es el nombre del pensamiento de la derrota: se llama izquierda. Nosotras tenemos que ir hacia otra dirección, porque nosotras no somos de izquierdas. Porque el contrario de izquierda no es derecha, es revolución.

1. Ya lo hemos dicho y lo repetimos, las insuficiencias son sobre todo nuestras, no de la composición de clase. Este “nosotros”, aquí entendido genéricamente, se ha quedado blandamente sobre lo ya conocido, sobre la aceptación de lo que tenemos, exaltándolo como la única cosa que podemos tener. Así, reproduciendo a unos mismos, se puede insistir en una lectura escolástica de la composición técnica, esperando la explosión conflictual de los sujetos identificados como objetivamente centrales. O se puede renunciar al nudo de la composición de clase, persiguiendo las luchas cuando están y la opinión pública en su ausencia. Pero ni los apóstoles de la ideología ni los turistas de los movimientos de los demás sirven para mucho para vencer al pensamiento de la derrota, más bien son su parte integrante.

El punto de método, que el análisis de la composición de clase es en primer lugar el análisis de los comportamientos subjetivos que la inervan. A los centros de gravedad en el proceso de acumulación capitalista, es decir la posibilidad de golpear al amo colectivo donde le duele más, tienen que corresponder unos comportamientos potencialmente conflictuales, no de aceptación, de rechazo. Colocación y comportamientos constituyen la relación sobre la cual se basa la composición política de clase: ignorando uno de los dos términos, se acaba de resbalar en una presunta objetividad o en un subjetivismo malentendido. Luego hay quien usa la dureza del primer término para justificar la falta del segundo: por ejemplo, se dice que diversas figuras del precariado cognitivo no luchan porque sometidas a un chantaje estructural, olvidando que el chantaje es el fundamento de la relación de explotación y compraventa de la fuerza de trabajo. Y, sin embargo, si los precarios son débiles no tienen que ser objeto de compasión, tienen que ser regañados. Nuestra parte, de hecho, no es la de los oprimidos: está compuesta por quien se rebela a la condiciones de opresión.

El problema entonces es donde mirar: muchos de los lugares donde lo hemos hecho hasta ahora, aquellos donde es más sencillo, resultan inadecuados o sin embargo insuficientes. Tenemos que ir allí donde hay lo desconocido, más precisamente un desconocido potencialmente productor de conflicto. Movernos in partibus infidelium, porque las tierras de los creyentes son bastante áridas. Si el término ensuciarse las manos no os gusta, encontrad otro. Si la palabra encuesta está demasiado abusada, y ciertamente lo está, llamémosle estilo de la militancia, que está hecho de investigación y construcción de un proyecto.

Fuente: Commonware

Goodbye Mr. Left

Hemos querido traducir esta editorial del proyecto Commonware porque, a pesar de las diferencias históricas y culturales existentes entre Italia y el estado español, hemos encontrado varios puntos de conexión en el análisis de la coyuntura y en la crítica a la izquierda.

Mejor un gran reaccionario que un pequeño revolucionario, dijo una vez Tronti. Si bien la segunda categoría se mantiene bastante bien representada, la primera, decididamente, escasea. En estos tiempos, por tanto, es aconsejable conformarse con algún pequeño reaccionario que de vez en cuando logre acertar algo.

Este es el caso de Galli della Loggia, que en su editorial del Corriere della Sera del domingo 13 de abril analiza por qué, a pesar de la crisis económica y de un “malestar social” que ha alcanzado niveles insoportables, la izquierda no sabe aprovechar el momento. Los datos sobre el “malestar” en la Unión Europea facilitados por della Loggia están incluso azucarados: 25 millones de desempleados, una precariedad laboral galopante y salarios que no permiten llegar a fin de mes. Sabemos, sin embargo, que la realidad es aún más dura, que la precariedad es ahora un elemento permanente surgido de la crisis, que los working poors son la norma en las nuevas relaciones laborales. Pero lo más interesante son las tres razones que señala el columnista para “explicar las dificultades de la izquierda para traducir la crisis económica en consenso”.

En primer lugar, la nostalgia en la que está presa: la nostalgia por el compromiso social democrático, por la defensa del empleo (léase explotación) indefinido, por el estado del bienestar y el control sindical de la fuerza de trabajo. El ejemplo de esta atormentada nostalgia, ironiza Galli della Loggia, es la emoción que ha despertado entre la izquierda la película de Veltroni sobre Berlinguer. Todo ello impide a la izquierda tener representaciones y narraciones acordes con la realidad.

En segundo lugar, Galli della Loggia no entiende por qué, por ejemplo, es la derecha la que muchas veces canaliza –electoralmente– el “malestar”; y no entiende , sobre todo, que “no está escrito en ninguna parte que los ‘pobres’ tienen que pensar y ‘hacer cosas de izquierdas'”. Por último, pero no menos importante, la izquierda y sus miembros son percibidos —con razón, añade correctamente della Loggia— como una parte significativa de la élite del poder, no sólo en cuanto a las posiciones y espacios políticos que ocupan, sino también incluso por su forma de vestir y su estilo de vida.

“En el ámbito de la UE y sus políticas, la Izquierda parece diferenciarse poco o nada de sus adversarios, al tiempo que es propensa a la ideología vacía del “europeísmo a toda costa”, escribe Galli della Loggia: ¿Tal vez estudia nuestros materiales?

En la parte final el columnista demuestra ser no tanto reaccionario como pequeño, con una apología nauseabunda de Matteo Renzi, la supuesta novedad capaz de dar respuesta a los tres motivos que han llevado a la derrota de la izquierda, escapando de su nostalgia, de la ideología y del compromiso con la las élites tradicionales. Pero lo de Galli della Loggia no es un respaldo, sino más bien un vínculo político: la brecha donde el columnista del Corriere espera al jovencito es su capacidad para ir más allá del liderazgo personal y coagular dirigentes y dimensiones colectivas capaces de construir una perspectiva hegemónica. Un bloque social y del orden, capaz de gobernar la crisis permanente y las políticas de austeridad. Es aquí mismo donde Galli della Loggia, al igual que sus colegas de izquierda, está preso en una grotesca nostalgia.

Asedio al trabajo siniestro

La fecha en que se publicó la editorial no es casual, o al menos no para nosotros: en la misma página –como en todos los medios de comunicación– aparece de forma muy destacada la manifestación del día anterior [12 de abril], en línea con la senda abierta el pasado 19 de octubre, que reunió a 30.000 personas en las calles de Roma. La cobertura mediática se ha logrado por el asedio al Ministerio de Trabajo, propiedad de Legacoop, gracias al convencimiento en las prácticas utilizadas (por supuesto reducidas en los periódicos a los habituales centenares de radicales que arruinan una manifestación pacífica, es decir, una manifestación que no molesta) y las violentas y brutales cargas policiales (por supuesto corderos sacrificados en el altar de la heroica defensa del orden democrático). En este punto dejamos la lectura de los medios de comunicación, que no ofrecen otra cosa que la aburrida y pre-envasada repetición del mantra de costumbre, y volvemos a concentrarnos en lo que sucedió en la calle el 12 de abril. Aquí tenemos la confirmación de algunos elementos que habíamos detectado ya después del 19 de octubre: la centralidad de temáticas tales como la vivienda y la renta (que comienza a abandonar su connotación abstracta para traducirse en prácticas concretas de reapropiación) y la amplia participación migrante (algunos medios, alarmados, se dan cuenta de que ya no son solo migrantes que participan esporádicamente en las manifestaciones, sino ocupantes de casas, trabajadores en lucha o incluso militantes). Todo ello complementado por la presencia consolidada de los movimientos territoriales y de las luchas específicas, que fueron las promotoras del 19 de octubre.

Aquellos que permanezcan en el interior de una dialéctica totalmente institucional podrán intentar ver en esta composición y en sus formas de expresión lo que quieran ver según sus deseos: unos la vuelta a un estado-nación del cual apropiarse (cómo y cuándo, ahora, no se sabe), otros un europeísmo ahistórico vacío, que según las necesidades se puede pintar de jacobinismo, federalismo o incluso de independentismo; y es que en el plano de las retóricas desvinculadas de las correlaciones de fuerzas todo encaja de alguna manera.

Estas posiciones ponen de relieve una vez más la incapacidad de apartarse del concepto actual de izquierda, con su confusión entre idealismo y materialismo, entre cartas de principios y principios de papel mojado, con su trágica incapacidad de pensar a través de la composición de clase y no por alianzas entre clases políticas. Por el contrario, a nosotros nos parece que esta composición, y a lo que hace referencia por extensión, se distancia en gran medida o incluso se separa de la izquierda, desde luego de aquellas características que Galli della Loggia pro domo sua identifica y critica. Esta composición no siente nostalgia por un compromiso social democrático del que las nuevas generaciones ni siquiera han oído hablar. No hay espacio para las narrativas ideológicas, que se perciben como completamente abstractas y ajenas a la materialidad de los temas con los que hay que enfrentarse cotidianamente en un contexto de crisis. Hay un odio profundo, arraigado e incluso instintivo, con respecto de aquel bloque de poder político y social del cual la izquierda es corresponsable o protagonista. Así, es normal encontrar como principales enemigos al PD (Partido Democratico, el partido de centro izquierda) y a su gobierno. En Italia ha empezado por fin el post-antiberlusconismo. Y es exactamente en esta característica, y no en improbables recetas institucionales, donde esta composición puede revelarse europea y transnacional, porque traza en un espacio general los hilos comunes con las otras expresiones de la subjetividad colectiva.

No es casual, por otra parte, que lo que le guste a Galli della Loggia de Renzi sea su “sentido común populista”, sustituyendo los intereses de clase por una vaga imagen de “los pobres” que obviamente pueda adaptarse a diferentes figuras de acuerdo a lo que convenga en cada momento. Naturalmente, a condición de que “los pobres” estén siempre disponibles para ser representados y no molesten, es decir, que no se organicen de forma autónoma. Que la manifestación permaneciera compacta durante el asedio y frente a las cargas criminales de las fuerzas del orden y la existencia de una disposición o, como mínimo, de una simpatía por las prácticas concretas, simboliza de manera efectiva que se va en la dirección correcta. Se acabaron los tiempos del simbolismo malintencionado (a veces inventado por los grandes medios de comunicación y siempre subordinado a ellos) con el que se pretende sustituir, simular o representar a las luchas. Son las luchas las que producen símbolos, y no al revés.

El 12 de abril ha sido un día importante, sobre todo porque se enmarca en un proceso que viene de lejos y quiere ir muy lejos. La próxima etapa de este proceso, formado por la cotidianeidad de las luchas y los intentos de organización territorial, será el 11 de julio en Turín, con ocasión de la Cumbre Europea –bastante provocativa– sobre el desempleo juvenil. Hasta los pequeños reaccionarios del Corriere nos explican por qué sobre esta temática, en el marco de la crisis (económica y de representación), la revuelta es hoy un principio de realismo político.

Queremos la libertad inmediata para los compañeros detenidos el sábado pasado. Porque no nos cansaremos de repetir que no se puede detener el viento…

Fuente: Commonware