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Quien no lucha ya ha perdido

por Hobo – Laboratorio de los saberes comunes

“Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos.”
(Mao Tse-Tung)

0. Volvamos a los fundamentos, ya que en una época en la que se han perdido, restaurarlos no es una operación inútil, por desgracia. ¿Cuál es el ABC en este caso? Aquí está: el poder es una correlación de fuerzas. En el capitalismo, los amos recurren a la represión como respuesta a la iniciativa de clase, una amenaza eficaz, un ataque concreto. Los amos, sin embargo, no gobiernan a través de la represión, sino, principalmente, a través de la aceptación de su sistema. Y, cuando las luchas existen, no sólo piensan en reprimirlas: primero las estudian para encontrar la manera de usarlas, el cómo hacer de ellas un motor del desarrollo y fortalecimiento de su propio dominio.

En este punto, continuando con nuestro pequeño resumen, hay que responder a la pregunta: ¿qué significa correlación de fuerzas? Significa un proceso material, en constante cambio, reversible dado que se basa en el conflicto. Esta relación se compone de una multiplicidad de elementos, que para el capital van desde la producción de consenso al recurso a la represión, represión contra quien se opone desde la capacidad de construir conflicto y la necesidad de sedimentarlo en una relación de fuerzas invertida al propio favor.

Por último, preguntémonos: cuando hay luchas, nosotras militantes ¿qué debemos hacer? Conquistar nuevos puestos de avanzada, profundizar en los espacios de ruptura, utilizar la energía acumulada para dar un salto hacia adelante. Si no somos capaces de hacer eso, si nos limitamos a reflejarnos satisfechas en las movilizaciones, si pensamos que el objetivo es simplemente agregar alguna persona para nuestra estructurita o sacarnos un buen selfie para la siguiente sudadera, nuestra contraparte no sólo no saldrá de la lucha debilitada, sino que saldrá reforzada. Porque demostrará ser capaz de rechazar la amenaza y, en la mayor parte de los casos, de saber darle la vuelta para innovar sus propias instituciones. Los narcisos del movimiento hacen mucho daño, debido a que tienen una relación invertida entre medios y fines: para ellos el pequeño “nosotras” de la estructura no es una herramienta para desarrollar el gran “nosotras” de las luchas, sino más bien lo contrario.

Una vez recordado brevemente el ABC del materialismo revolucionario, tratemos de ejemplificar vía los casos concretos en los que declinar el método en la contingencia actual.

1. ¿Hoy en día podemos hablar de represión? Sí, en un sentido muy general. No, si cargamos esta palabra de un sentido político específico. Cuando hay luchas, la contraparte utiliza también medios represivos, eso es obvio. Sin embargo, en este momento histórico nuestro enemigo gobierna primero a través de la aceptación, la fragmentación, la mistificación. Estos son los dispositivos a derribar. Hablamos de la aceptación de las condiciones de vida y las expectativas impuestas por el gobierno de la crisis; la fragmentación de los conflictos y los sujetos sociales; la mistificación en el sentido marxista, en tanto a una realidad vinculada a las utilidades y los intereses materiales y, por lo tanto, a una posición de clase. No podemos simplemente mirar la porra de la policía y no ver los mecanismos sistémicos de producción y reproducción en los que estamos inmersos diariamente. O, para decirlo de otro modo: la porra es la continuación de los mecanismos de consenso por otros medios.

En Italia, sin duda debemos asumir un discurso particular especial. Después de las jornadas de Genoa 2001, nuestra contraparte ha entendido que Diaz y Bolzaneto corrían el riesgo de no poder ser gestionables políticamente. Muchas de nosotras no hemos entendido que aquellas matanzas eran la respuesta sangrienta de un poder nacional e internacional que empezaba por fin a saborear un poco de miedo. Ahí es donde debía desarrollarse nuestra fuerza, en lugar de compadecer nuestra sangre. Sin embargo, la llamada “europeización” de la policía italiana, invocada por la opinión pública de izquierda, deviene en realidad el principal problema, porque se traduce en lo que vemos con la afirmación de la lógica de prevención operada entre la policía y la fiscalía. Las detenciones y la pena de prisión hacen demasiado ruido y son caras para el estado, económica y políticamente. Mucho mejor adoptar, pues, medidas “alternativas”, que no cuestan nada y son prácticamente imperceptibles, y que pasan a convertirse en un dispositivo de control normalizado y de gestión del conflicto social, incluso cuando este conflicto es extremadamente pequeño o simplemente potencial. Y la sangre fluye normalmente cuando las cámaras están a una distancia de seguridad, cuando las bestias con uniforme necesitan desahogarse, o cuando no pueden contener la situación de otra manera – esto último es algo que por desgracia sucede muy pocas veces.

En resumen, la denominada jaula de acero hoy en día está hecha de paredes de caucho. Lo que llamamos “gobernabilidad suave” es políticamente de lo más “duro” que existe, porque es mimética, apenas visible, difícil de alcanzar y, al mismo tiempo, apunta directa al objetivo. Es la nueva economía política del castigo y la seguridad. Ellos no la aplican porque se han convertido en mejores personas, cómo piensan los izquierdistas, sino debido a que estudian cómo ser más eficaces. Toman las medidas, dan las medidas. Un ejemplo lo encontramos en el decreto Minniti, que vimos en acción el 25 de marzo en Roma en ocasión de la manifestación contra la cumbre de la UE con las detenciones preventivas de más de 150 compañeras. Por la noche, los medios de comunicación hablaron del gran éxito en la gestión del orden público, demostrando que es inútil e ilusorio pensar que este tipo de medidas se combaten con la apelación a la opinión pública, la sociedad civil y los verdaderos demócratas. El hecho constatable es que el público en general, la sociedad civil y la democracia son una parte integral de este modelo de gestión de crisis; mientras que la opinión pública es la opinión de las clases dominantes. Es este bloque del enemigo el que tenemos que atacar en los distintos planos y niveles para desarticularlo.

2. A partir de lo descrito anteriormente, ¿deberíamos concluir que entonces no hay que ocuparse de este tipo de medidas? A esta conclusión pueden llegar solamente pedantes dogmáticos y oportunistas hipócritas, o aquellos que son ambas cosas. De hecho, frente a las formas de control y ataque de la contraparte, el lamento y el silencio son las dos caras de una misma moneda: se refieren a la subordinación a nuestra contraparte, la aceptación de la marginación política y social para contentarse con gestionar la reproducción en pequeños espacios urbanos compatibles, intercambiando esta reproducción por el arraigo o bien exaltándola con cantidades numéricas de aspirantes contadores y cálculos de burócratas empedernidos. En resumen, nunca se debe apostar en dar el salto hacia adelante, para algunas de nosotras porque el enemigo es demasiado fuerte, para otras porque es probable que se pierda el nicho de identidad. Quien llora por la represión pinta una contraparte invencible e infalible, para terminar voluntaria o involuntariamente apelando a ella para que sea bondadosa y magnánima. ¿Y por qué lo debería ser si las relaciones de fuerza comportan que no lo sea? Quienes permanecen callados, para difundir una ideología de fuerza que oculta una realidad de debilidad o, peor, por miedo a perder lo poco que tienen, renuncian a atacar y dislocar la fuerza del enemigo, a veces a cambio de algo, tal vez una vida tranquila, quizá una salida individual.

Por lo tanto, el enemigo no es invencible ni infalible; por el contrario, es a menudo mucho menos potente y compacto de lo que pensamos. Al mismo tiempo, sin embargo, no será nuestro silencio y nuestra sumisión lo que lo derrotará, sino que así sólo se lo puede reforzar. Entonces, si no queremos ser aplastados por la dialéctica entre la queja inútil y el silencio temeroso, tenemos que convertir estos dispositivos en un campo de batalla. Eso significa que debemos atacarlos, desarticularlos, romperlos. Tal es la lección que en los últimos años hemos aprendido del movimiento NO TAV.

Si bien sabemos que en la guerra es importante defender las propias posiciones y el propio ejército cuando el enemigo ataca, ¿cómo hacerlo? No con las lágrimas o la auto-conciencia de los reprimidos, ya lo hemos dicho. Ni siquiera con el desempeño de las condiciones de víctimas sociales que apelan a los buenos sentimientos de la opinión pública que, una vez más, o no existe, o es parte del problema. A uno se le conmueve con el sufrimiento de los condenados de la tierra y de los niños migrantes en Facebook, y luego se alivia su conciencia herida con un buen aperitivo. Cuando los espacios de mediación están áridos, nuestra contraparte sabe que la gestión del orden público puede actuar libremente: donde no hay relaciones de fuerza, despliega el exceso de las fuerzas. Y no mira a nadie a la cara, ni siquiera a los que obstinadamente continúan buscando la mediación, tanto en el orden político como en la calle con la policía.

Para atacar al enemigo en este campo, tenemos entonces que hacerle pagar los costes de sus propios dispositivos.[…] Sólo desde el valor de la ruptura, los otros niveles que seamos capaces de desplegar pueden llegar a ser funcionales y eficientes. Una campaña de garantías radicales y la participación de diferentes sujetos puede así ponerse al servicio de un proceso de ataque. Si ésta no conlleva el valor de la ruptura, sin embargo, seguirá siendo sólo una débil expresión democrática, mendigando con la sociedad civil, o – peor aún, si cabe – una simulación de los medios de comunicación. Sabemos que las luchas, como las guerras, se componen de muchas cosas, que suceden en diferentes niveles y deben ser operadas de diversas maneras. Por cualquier medio necesario, dijo alguien. Tener bien claro que es la voluntad de atacar y de ruptura lo que vuelve a reunir estos diferentes niveles.[…]

3. Transformar la dificultad en oportunidad, he aquí nuestra tarea. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo se convierte la oportunidad en dificultad, sin impulsar las luchas cuando hay disponibilidad social y subjetiva de hacerlo, conformándonos con autoproclamaciones de victoria obedientes a una estructura simbólica que creíamos que pertenecía a las fases de un reciente pasado del que ya no sentimos nostalgia. Sólo a través del impulso de las luchas, de hecho, afirmando y profundizando la realidad de la amenaza – poniendo énfasis en la calidad por encima de la cantidad, la capacidad de golpear donde duele y no en la exposición de los números inofensivos – podemos desarticular los dispositivos de la contraparte. Las fases de dificultad de los enemigos son contingencias limitadas temporalmente: si no se aprovechan, se pierden para siempre. Y después seremos aún más débiles que antes.

Tal vez también hay que tener claro lo que significa ganar. La obtención de resultados concretos que mejoren las condiciones de vida de los sujetos sociales que luchan, por supuesto. Pero no son suficientes si estos resultados no acompañan la profundización de las contradicciones, o incluso si las resuelven y las vuelven compatibles. El capital mismo no necesariamente apunta al empeoramiento de las condiciones de vida; en realidad, a menudo las mejora, porque él es el amo de esas condiciones de vida, las utiliza, decide cómo deben ser. No sólo queremos mejorar las condiciones de vida, queremos transformar radicalmente lo que significa condiciones de vida. Así que la victoria no consiste en propagar algunos resultados inmediatos, aún menos cuando són más simbólicos que reales. La unidad de medida del revolucionario no es la del sindicato: se da por la forma en que se avanza y se fortalece en la construcción de contrasubjetivación y ruptura. Las disputas, el generar controversia, es una función del desarrollo de las luchas, no lo contrario. En Francia, por ejemplo, los movimientos no han ganado, si entendemos por victoria el bloqueo de Loi Travail (una ley formal que no cambia mucho de la realidad sustancial). Pero si se tiene en cuenta la Loi Travail como útil desencadenante de las luchas y no su objetivo, podemos decir que los movimientos han logrado buenos resultados en la medida en que fueron capaces de profundizar el marco del conflicto y ensanchar el espacio de ingobernabilidad en el cual se determina la batalla contra Macron.

Por otro lado, pensar que las relaciones de fuerza dependen exclusivamente de la cantidad y el consenso numérico, tal vez para seducir mostrándose buenos y cercanos a los más débiles, significa asumir el punto de vista electoralista de la democracia representativa. En consonancia con este enfoque, debemos decir que el PD tiene plena legitimidad social porque tiene muchos miembros dispuestos a amontonarse codo a codo para hacer salchichas (perdon, para el tofu!) a la fiesta del partido. Los números no son despreciables, eso es obvio. Sin embargo, lo que es políticamente decisivo es la capacidad de romper la reproducción de la mediocridad que nos quieren imponer para formar en conjunto una calidad subjetiva contra el empobrecimiento de nuestras capacidades, exasperar y hacer saltar las contradicciones de nuestra contraparte atacando intensamente los puntos centrales. Nosotras revolucionarias, somos y seremos siempre una minoría, pero hay que aspirar a ser una minoría no minoritaria. Lo contrario de minoría no es mayoría, sino voluntad hegemónica.

Así que cuando intentan reducirnos a la defensiva, tenemos que revertir la situación a la posibilidad de un ataque, articulando continuamente la guerra de movimientos con la guerra de trincheras, el salto del tigre y la paciencia de la mole. Por desgracia, demasiado a menudo hoy en día las enseñanzas de Mao citadas al principio se han perdido, y se acaba con batirse en retirada cuando el enemigo está cansado y con ser seguidos cuando el enemigo ataca. Sí, porque el arte de la lucha es muy similar al arte de la guerra: avance, mantenimiento, estocada, expansión, irrupción, consolidación – ésa es la máquina que hay que llegar a ser. Una máquina de guerra, de hecho. Para transformar la resistencia social en una fuerza política de ataque, este es el verdadero significado de autonomía.

Fuente: http://hobo-bologna.info/2017/06/22/chi-non-lotta-ha-gia-perso/

A Nuestros Enemigos

Traducción al español de la introducción del libro Guerres et Capital (Edition Ámsterdam, 2016)

Por Éric Alliez y Maurizio Lazzarato

  1. Vivimos en los tiempos de la subjetivación de las guerras civiles. Nosotros no abandonamos el período del triunfo del mercado, de los automatismos de la gubernamentalidad y de la despolitización de la economía de la deuda para volver a la época de las «concepciones del mundo» y de sus luchas sino para entrar en la era de la construcción de las nuevas máquinas de guerra.
  1. El capitalismo y el liberalismo llevan las guerras en su seno como las nubes llevan la tempestad. Si la financiarización de fines del siglo XIX y del comienzo del XX ha conducido a la guerra total y a la Revolución Rusa, a la crisis de 1929 y a las guerras civiles europeas, la financiarización contemporánea conduce a la guerra civil global dirigiendo todas sus polarizaciones.
  1. Después de 2011, son las múltiples formas de subjetivación de las guerras civiles que modifican profundamente a la vez la semiología del capital y la pragmática de las luchas, las que se enfrentan a los miles de poderes de la guerra como marco permanente de la vida. Del lado de las experimentaciones de las máquinas anticapitalistas, Occupy Wall Street en Estados Unidos, los Indignados en España, las luchas estudiantiles en Chile y Quebec, en 2015 Grecia se pelea con armas desiguales contra la economía de la deuda y las políticas de austeridad. Las «primaveras árabes», las grandes manifestaciones de 2013 en Brasil y los enfrentamientos alrededor del parque Gezi en Turquía hicieron circular las mismas palabras de orden y de desorden en todo el sur. Nuit Debout en Francia es el último resurgimiento de un ciclo de luchas y ocupaciones que pudo haber comenzado en la plaza de Tiananmen en 1989. De parte del poder, el neoliberalismo, para avivar mejor el fuego de sus políticas económicas depredadoras, publicita una postdemocracia autoritaria y policial gestionada por los técnicos del mercado, mientras que los nuevos derechos (o «derechos fuertes») declaran la guerra al extranjero, al inmigrante, al musulmán y a los underclass beneficiando a la extrema derecha desdiabolizada. Es a éstos a quienes se regresa al instalarse abiertamente en el terreno de las guerras civiles y no a aquellos relanzando una guerra racial de clase. La hegemonía neofascista en los procesos de subjetivación está ahora confirmada por la reanudación de la guerra a la autonomía de las mujeres y a los que se han convertido en menores de edad de la sexualidad (en Francia, la «Manif pour tous») como extensión del dominio endocolonial de la guerra civil.
    A la era de la desterritorialización sin límites de Thatcher y Reagan le sigue la reterritorialización racista, nacionalista, sexista y xenófoba de Trump que, de ahora en adelante está al frente de todos los nuevos fascismos. El sueño americano se transforma en pesadilla de un planeta insomne.
  1. El desequilibrio entre las máquinas de guerra del Capital y de los nuevos fascismos, de una parte, las luchas multiformes contra el sistema-mundo del nuevo capitalismo, del otro, es flagrante. Desequilibrio político, pero también desequilibrio intelectual. Este libro se concentra en una vida, un blanco, un reprimido tanto teórico como práctico, que sin embargo está siempre en el corazón de los poderes e impoderes de los movimientos revolucionarios: el del concepto de «guerra» y el de «guerra civil».
  1. «Esto es como una guerra», se escuchó en Atenas durante el fin de semana del 11-12 de julio de 2015. Con razón. La población ha sido confrontada a una estrategia a gran escala de continuación de la guerra por los medios de la deuda: ha completado la destrucción de Grecia y, a la vez, ha iniciado la autodestrucción de la «construcción europea». El objetivo de la Comisión Europea, del BCE y del FMI nunca ha sido la negociación o la búsqueda de compromisos, sino la derrota completa del campo del adversario.
    El enunciado «esto es como una guerra» es una imagen que hay que rectificar enseguida: es una guerra. La reversibilidad de la guerra y de la economía está en el fundamento mismo del capitalismo. Y eso hace mucho tiempo que Carl Schmitt lo desveló en la hipocresía «pacifista» del liberalismo restableciendo la continuidad entre la economía y la guerra: la economía persigue los objetivos de la guerra con otros medios («el bloqueo del crédito, el embargo sobre las materias primas, la degradación de la moneda extranjera»).Dos oficiales superiores del ejército del aire chino, Qiao Liang y Wang Xiangsui, definen las ofensivas financieras como «guerras no sangrientas», aunque igual de crueles y eficaces que las «guerras sangrientas»: una violencia fría. El resultado de la globalización, explican, «es que todo se reduce al espacio de un campo de batalla en sentido estrecho, el mundo entero (ha sido transformado) en un campo de batalla en sentido amplio». La ampliación de la guerra y la multiplicación de sus nombres de dominio finito establecen el continuo entre guerra, economía y política. Pero esto desde el presupuesto de que el liberalismo es una filosofía de guerra total.
    (El papa Francisco parece predicar en el desierto cuando afirma, con una lucidez carente en los hombres políticos, en los expertos de toda índole y hasta en los críticos más aguerridos del capitalismo: «Cuando hablo de guerra, hablo de la verdadera guerra, no de la guerra de religión, sino de una guerra mundial en miles de fragmentos (…) Es la guerra por los intereses, por el dinero, por los recursos naturales, por la dominación de las gentes»).
  1. Durante el mismo año 2015, algunos meses después de la derrota de la «izquierda radical» griega, el Presidente de la República Francesa declara en la noche del 13 de noviembre a Francia «en guerra» y promulga el estado de excepción. La ley que lo autoriza, permitiendo la suspensión de las «libertades democráticas» para dar poderes «extraordinarios» a la administración de la seguridad pública, fue votada en 1955 durante la guerra colonial de Argelia.
    Aplicada en 1984 en Nueva Caledonia y durante los «disturbios de las banlieus» en 2005, el estado de excepción vuelve a poner en el centro de atención la guerra colonial y postcolonial.
    Aquello que ocurrió en París una desagradable noche de noviembre, es el teatro cotidiano de las ciudades del Medio Oriente. Es el mismo horror que hizo huir a millones de refugiados repartidos por Europa. De esta manera, vuelven a hacerse visible la más vieja de las tecnologías colonialistas de regulación de los movimientos migratorios por su prolongación «apocalíptica» en las «guerras sin fin» puestas en marcha por el fundamentalista cristiano George Bush y su equipo de neo-cons. La guerra neocolonial ya no se desarrolla solamente en las «periferias» del mundo, ella atraviesa de todas las maneras posibles el «centro», mediante la adopción de las figuras del «enemigo interior islamista», de los inmigrantes, de los refugiados, de los migrantes. Tampoco están excluidos los eternos últimos: los pobres y los trabajadores empobrecidos, los precarios, los parados de larga duración y los «endocolonizados» de las dos orillas del Atlántico…
  1. El «pacto de estabilidad» (el estado de excepción «financiero» en Grecia) y el «pacto de seguridad» (el estado de emergencia «política» en Francia) son las dos caras de la misma moneda. Desestructurando y reestructurando continuamente la economía mundial, el flujo de crédito y el flujo de la guerra son, junto con los estados que los integran, la condición de existencia, de producción y de reproducción del capitalismo contemporáneo.
    El dinero y la guerra constituyen la policía militar del mercado mundial, ahora llamada «gobernanza» de la economía mundo. En Europa, ella se encarna en el estado de emergencia financiero que reduce a la nada los derechos laborales y los derechos de la seguridad social (salud, educación, vivienda, etc.) mientras que el estado de emergencia antiterrorista suspende los derechos «democráticos» ya agotados.
  1. Nuestra primera tesis será que la guerra, el dinero y el estado son las fuerzas constitutivas o constituyentes, es decir, ontológicas, del capitalismo. La crítica de la economía política es insuficiente en la medida que la economía no sustituye a la guerra sino que la continúa por otros medios, que pasan necesariamente por el Estado: regulación de la moneda y monopolio legítimo de la fuerza por la guerra interna y externa. Para producir la genealogía y reconstruir el «desarrollo» del capitalismo, tendremos siempre que aceptar la responsabilidad y articular conjuntamente la crítica de la economía política, la crítica de la guerra y la crítica del estado.
    La acumulación y el monopolio de los títulos de propiedad por el Capital, y la acumulación y el monopolio de la fuerza por el estado se alimentan recíprocamente. Sin el ejercicio de la guerra en el exterior, y sin el ejercicio de la guerra civil por el estado en el interior de las fronteras, el capital nunca se habría podido constituir. Y al contrario: sin la captura y la valorización de la riqueza llevada a cabo por el capital, nunca el estado habría podido ejercer sus funciones administrativas, jurídicas, de gubernamentalidad, ni organizar los ejércitos de un poder siempre creciente. La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercer la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de la constitución del estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña la proletarización industrial.
  1. Pero, ¿de qué guerra se trata? ¿El concepto de «guerra civil mundial» adelantado al mismo tiempo (en 1961) por Carl Schmitt y Hannah Arendt se ha impuesto después del fin de la guerra fría como su forma más adecuada? ¿Las categorías de «guerra infinita», de «guerra justa» y de «guerra contra el terrorismo» corresponden a nuevos conflictos de la mundialización?
    ¿Y es posible repetir el sintagma de «la» guerra sin asumir inmediatamente el punto de vista del estado? La historia del capitalismo está, desde el origen (Ur-sprung), atravesada y constituida por una multiplicidad de guerras: guerras de clase(s), de raza(s), de sexo(s)[1], guerra de subjetividad(es), guerras de civilización (el singular ha regalado su capital a la historia). Las «guerras» y no la guerra, esta es nuestra segunda tesis. Las «guerras» como fundamento del orden interior y del orden exterior, como principio de organización de la sociedad. Las guerras, no solamente de clase, sino también militares, civiles, de sexo, de raza están tan integradas en una forma constitutiva en la definición del Capital que habrá que reescribir de principio a fin Das Kapital para rendir cuenta de su dinámica y su funcionamiento más real. En todos los grandes cambios del capitalismo, no se encontrará «la destrucción creativa» de Schumpeter producida por la innovación empresarial, sino siempre la iniciativa de las guerras civiles.
  1. Después de 1492, en el año 01 del Capital, la formación de capital se despliega a través de esa multiplicidad de guerras en las dos costas del Atlántico. La colonización interna (Europa) y la colonización externa (América) son paralelas, se refuerzan mutuamente y definen conjuntamente la economía mundo. Esa doble colonización define aquello que Marx denomina la acumulación primitiva (ursprüngliche Akkumulation). A diferencia de Marx, no limitamos la acumulación primitiva a una simple fase del desarrollo del capital, destinado a ser desbordado por y en el «modo de producción específico» del capitalismo. Consideramos que ella constituye una condición de existencia que acompaña sin cesar el desarrollo del capital, de forma que si la acumulación primitiva se persigue en todas las formas de expropiación de una acumulación continuada, entonces las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad son sin fin. La conjunción de estas dos últimas, y especialmente las guerras contra los pobres y las mujeres en la colonización interna de Europa, y las guerras contra los pueblos «primeros» en la colonización externa, que son completamente desplegadas en la acumulación «primitiva», precede y hace posibles las «luchas de clases» de los siglos XIX y XX proyectándoles en una guerra común contra la pacificación productiva. La pacificación obtenida por todos los medios («sangrientos» y «no sangrientos») es el objetivo de la guerra del capital como «relación social».
  1. «Al concentrarse exclusivamente en la conexión entre capitalismo e industrialismo, Marx acaba por no prestar atención alguna al vínculo estrecho que estos dos fenómenos mantienen con el militarismo». La guerra y la carrera armamentística son a la vez condiciones de desarrollo económico y de la innovación tecnológica y científica desde el comienzo del capitalismo. Cada etapa de desarrollo del capital inventa su propio «keynesianismo de guerra». Esta tesis de Giovanni Arrighi tiene el único defecto de limitarse a «la» guerra entre estados y de «no prestar ninguna atención al vínculo estrecho» que el Capital, la tecnología y la ciencia mantienen con «las» guerras civiles. Un coronel del ejército francés resume las funciones directamente económicas de la guerra de clase: «Nosotros somos tan productores como los otros». Descubre de esta forma uno de los aspectos más inquietantes del concepto de producción y de trabajo, aspecto que los economistas, los sindicatos y los marxistas integrados se encargan bien de tematizar.
  1. La fuerza estratégica de desestructuración/restructuración de la economía mundo es, desde la acumulación primitiva, el Capital bajo su forma más deterritorializada, es decir, el capital financiero (que puede ser definido así mucho antes de recibir sus cartas de acreditación balzaquianas). Foucault critica la concepción marxiana de Capital porque no habría nunca «el» capitalismo, sino siempre «un conjunto político-institucional» históricamente considerado (el argumento está destinado a causar furor). Aunque Marx efectivamente nunca utilice el concepto de capitalismo, sin embargo hay que conservar la distinción entre el último y «el» capital, ya que «su» lógica, aquella del Capital financiero (A-A’), es (siempre históricamente) la más operacional. Aquello que recibe el nombre de «crisis financiera» se muestra en la obra hasta en sus resultados postcríticos más «innovadores». La multiplicidad de formas estatales y de organizaciones transnacionales de poder, la pluralidad de conjuntos político-institucionales que definen la variedad de «capitalismos» nacionales son violentamente centralizados, subordinados y ordenados por el Capital financiero universalizado en su finalidad de «crecimiento». La multiplicidad de formaciones de poder se pliega, más o menos dócilmente (pero más que menos) a la lógica de la propiedad más abstracta, aquella de los acreedores. «El» Capital, con «su» lógica (A-A’) de reconfiguración planetaria del espacio por la aceleración constante del tiempo, es una categoría histórica, una «abstracción real» diría Marx, que produce los efectos más reales de privatización universal de la Tierra de los «humanos» y de los «no humanos», y de privación de los «comunes» del mundo. (Pensar aquí en el acaparamiento de las tierras – land grabbing– que es a la vez consecuencia directa de la «crisis alimentaria» de 2007-2008 y una de las estrategias de salida de la crisis de la «peor crisis financiera in Global History»). Es de esta manera que utilizamos el concepto «histórico-trascendental» de Capital como agente a largo plazo (con menos mayúsculas posibles) de la colonización sistemática del mundo.
  1. ¿Por qué el desarrollo del capitalismo no puede pasar más por las ciudades que han servido durante mucho tiempo de vectores, sino por el estado? Porque solo el estado, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII realizará directamente la expropiación/apropiación de la multiplicidad de las máquinas de guerra de la época feudal (dirigidas hacia las guerras «privadas») para concentrarlas e institucionalizarlas en una máquina de guerra transformada en arma que posee el monopolio legítimo de la fuerza pública. La división del trabajo no opera solamente en la producción, sino también con la especialización de la guerra y de la profesión de soldado. Si la centralización del ejercicio de la fuerza en un «ejército reglado» es la obra del estado, esta es también la condición de la acumulación de las «riquezas» por las naciones «civilizadas y opulentas» a costa de las naciones pobres (Adam Smith)- que, en verdad no son de todas las naciones sino de las waste lands (Locke in Wasteland).
  1. La constitución del estado en «megamáquina» de poder descansará entonces sobre la captura de los medios de ejercicio de la fuerza, sobre su centralización e institucionalización. Pero a partir de los años 1870, y especialmente bajo el golpe de una aceleración brutal impuesta por la «guerra total», el capital no se contenta ya con mantener un vínculo de alianza con el estado y su máquina de guerra. Comienza a apropiárselo directamente integrándolo en sus instrumentos de polarización. La construcción de esta nueva máquina de guerra capitalista va así a integrar el estado, su soberanía (política y militar) y el conjunto de sus funciones «administrativas» modificándolas profundamente bajo la dirección del capital financiero. A partir de la Primera Guerra Mundial, el modelo de la organización científica del trabajo y el modelo militar de organización y de conducción de la guerra penetran en profundidad el funcionamiento político del estado reconfigurando la división liberal de los poderes bajo la hegemonía del poder ejecutivo, mientras que, a la inversa, la política, ya no del estado sino del capital, se impone en la organización, la gestión y las finalidades de la guerra.
    Con el neoliberalismo, este proceso de captura de la máquina de guerra del estado está plenamente realizado en la axiomática del Capitalismo Mundial Integrado. Es de este modo que ponemos el CMI de Félix Guattari al servicio de nuestra tercera tesis: el Capitalismo Mundial Integrado es la axiomática de la máquina de guerra del capital que ha sabido someter la desterritorialización militar del estado a la desterritorialización superior del capital. La máquina de producción no se distingue ya más de la máquina de guerra que integra lo civil y lo militar, la paz y la guerra en el proceso único de un continuum de poder isomorfo en todas sus formas de valorización.
  1. En la larga duración de la relación capital/guerra, el estallido de la «guerra económica» entre imperialismos a finales del siglo XIX va a constituir un giro, el de un proceso de transformación irreversible de la guerra y de la economía, del estado y de la sociedad. El capital financiero transmite lo indefinido/ilimitado (de su valorización) a la guerra haciendo de esta última una potencia sin límites (guerra total). La conjunción de lo ilimitado del flujo de la guerra y de lo ilimitado del flujo del capital financiero en la Primera Guerra Mundial llevará más allá los límites tanto de la producción como de la guerra haciendo surgir el espectro terrorífico de la producción ilimitada por la guerra ilimitada. Ella llega durante las dos guerras mundiales a tener por primera vez la subordinación «total» (o «subsunción real») de la sociedad y de sus «fuerzas productivas» a la economía de guerra a través de la organización y la planificación de la producción, del trabajo y de la técnica, de la ciencia y del consumo, a una escala hasta ese momento desconocida. La implicación del conjunto de la población en la «producción» ha estado acompañada por la constitución de procesos de subjetivación de masas a través de la gestión de técnicas de comunicación y de fabricación de la opinión. De la creación de programas de investigación sin precedentes, orientados hacia la «destrucción», saldrán los descubrimientos científicos y tecnológicos que, transferidos a la producción de medios de producción de «bienes», van a constituir las nuevas generaciones de capital constante. Es todo este proceso que escapa al operaísmo (y al post-operaísmo) en el cortocircuito que él hace situar en los años 1960-1970 la Gran Bifurcación del capital, fusionada de esta forma con el momento crítico de la autoafirmación del operaísmo en la fábrica (todavía habrá que esperar al postfordismo para llegar a la «fábrica difusa»).
  1. El origen del welfare no debe ser buscado únicamente en el lado de la lógica asegurativa contra los peligros del «trabajo» y los peligros de la «vida» (la escuela foucaultiana bajo la influencia patronal), sino en primer lugar, y especialmente, en la lógica de la guerra. El warfare ha anticipado y preparado ampliamente el welfare. Desde los años 1930, el uno y el otro se han hecho indiscernibles.
    La enorme militarización de la guerra total, que ha transformado al obrero internacionalista en 60 millones de soldados nacionalistas, va a ser «democráticamente» reterritorializado por y sobre el welfare. La conversión de la economía de guerra en economía liberal, la conversión de la ciencia y de la tecnología de instrumentos de muerte en medios de producción de «bienes» y la conversión subjetiva de la población militarizada en «trabajadores» son realizadas gracias al enorme dispositivo de intervención estatal en el cual participan activamente las «empresas» (corporate capitalism). El warfare persigue por otros medios su lógica en el welfare. El mismo Keynes había reconocido que la política de la demanda efectiva no tenía otro modelo de realización que un régimen de guerra.
  1. Integrado en 1951 en su «Superación de la metafísica» (la superación en cuestión había sido pensado durante la Segunda Guerra Mundial), este desarrollo de Heidegger define precisamente aquello en lo que se han convertido los conceptos de «guerra» y de «paz» al final de dos guerras totales:

    Transformadas, habiendo perdido su esencia propia, la «guerra» y la «paz» son cogidos en el errar; habiendo llegado a ser irreconocibles, entre ellos no aparece diferencia alguna, ellos están desaparecidos en el transcurso puro y simple de las actividades que, siempre más intensamente, hacen las cosas realizables. Si no puede responder a la cuestión: ¿cuándo la paz volverá a ella? Esto no es porque no se pueda atisbar el fin de la guerra, sino porque la cuestión planteada apunta a una cosa que ya no existe, la guerra misma ya no es la que puede llevar a una paz. La guerra se ha convertido en una variedad del desgaste del ente, y ésta continúa en tiempos de paz (…). Esta larga guerra en su progreso largo y lento, no hacia una paz a la manera antigua, sino más bien hacia un estado de cosas donde el elemento «guerra» no será más en ningún caso percibido como tal y donde el elemento «paz» no será más ni sentido ni substancia.

    El pasaje será reescrito al final de Mil Mesetas para indicar cómo la «capitalización» tecno-científica (ella remite a lo que llamamos el «complejo militar-industrial científico-universitario») va a engendrar «una nueva concepción de la seguridad como guerra materializada, como inseguridad organizada o catástrofe programada, distribuida, molecularizada».

  1. La guerra fría es socialización y capitalización intensivas de la subsunción real de la sociedad y de la población en la economía de guerra de la primera mitad del siglo XX. Ella constituye un paso fundamental para la formación de la máquina de guerra del capital, que no se apropia del estado y de la guerra sin subordinar el «saber» a su proceso. La guerra fría va a aumentar el espacio de producción de innovaciones tecnológicas y científicas alumbrado por las guerras totales. Prácticamente todas las tecnologías contemporáneas, y especialmente la cibernética, las tecnologías computacionales e informáticas son, directa o indirectamente, los frutos de la guerra total retotalizada por la guerra fría. Aquello que Marx llama el «General Intellect» nació de/en la «producción por la destrucción» de las guerras totales antes de ser reorganizadas por las Investigaciones Operativas (OI) de la guerra fría en instrumento (R&D) de mando y de control de la economía mundo. Es a otro desplazamiento mayor por relación con el operaísmo y al post-operaísmo al que la historia guerrera del capital nos obliga. El orden del trabajo («Arbeit macht frei») establecido por las guerras totales se transforma en orden liberal-democrático de pleno empleo como instrumento de regulación social del «obrero masa» y de todo su entorno doméstico.
  1. El 68 se sitúa bajo el signo de la reemergencia política de la guerra de clases, de raza, de sexo y de subjetividad que la «clase obrera» no pudo subordinar a sus intereses y a sus formas de organización (partido-sindicatos). Si es en los Estados Unidos que la lucha obrera ha «tenido en su desarrollo su nivel absoluto más elevado» (»Marx en Detroit»), es allí también la que ha sido derrotada al final de las grandes huelgas después de la guerra. La destrucción del «orden del trabajo» como resultado de las guerras totales y continuado en y por la guerra fría como «orden del salariado» no será solamente el objetivo de una nueva clase obrera que redescubre su autonomía política, ella será igualmente el hecho de la multiplicidad de todas aquellas guerras que, un poco todas al mismo tiempo, son iniciadas reconstruyendo las experiencias singulares de los «grupos-sujeto» que llevaban consigo las condiciones comunes de ruptura subjetiva. Las guerras de descolonización y de todas las minorías raciales, de mujeres, estudiantes, de homosexuales, de alternativos y de antinucleares, etc., van definiendo de este modo las nuevas modalidades de lucha, de organización y especialmente de deslegitimación del conjunto de los «poderes-saberes» durante todos los años 1960 y 1970. No hemos leído solamente la historia del capital a través de la guerra, sino igualmente ésta última a través del 68 que solo vuelve posible el paso teórico y político de «la» guerra a las «guerras».
  1. La guerra y la estrategia ocupan un lugar central en la teoría y la práctica revolucionaria del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lenin, Mao y el general Giap han anotado concienzudamente De la guerra de Clausewitz. El pensamiento del 68 se ha abstenido de problematizar la guerra, a excepción notable de Foucault y de Deleuze-Guattari. Ellos no sólo no se han propuesto solamente invertir la célebre formula de Clausewitz («la guerra es la continuación de la política por otros medios») analizando las modalidades según las cuales la «política» puede ser entendida como la guerra continuada por otros medios: sobre todo han transformado radicalmente los conceptos de guerra y política. Su problematización de la guerra es estrictamente dependiente de las mutaciones del capitalismo y de las luchas que se le enfrentan en la mencionada posguerra, antes de cristalizarse en la extraña revolución de 1968: la «microfísica» del poder presentada por Foucault es una actualización crítica de la «guerra civil generalizada»; la «micropolítica» de Deleuze y Guattari es respecto a ella indisociable del concepto de «máquina de guerra» (su construcción no va sin la experiencia militante de uno entre ellos). Si se aísla el análisis de las relaciones de poder de la guerra civil generalizada, como lo hace la crítica foucaultiana, la teoría de la gubernamentalidad no es más que una variante de la «gobernanza» neoliberal; y si se destaja la micropolítica de la máquina de guerra, como lo hace la crítica deleuziana (del mismo modo ella ha comenzado a estetizar la máquina de guerra), no queda más que las «minorías» impotentes frente al capital que conserva la iniciativa.
  1. Siliconados por las nuevas tecnologías que han desarrollado la fuerza de ataque, los militares hacen colisionar la máquina tecnológica con la máquina de guerra. Las consecuencias políticas son terribles.
    Los Estados Unidos han planeado llevar la guerra a Afganistán (2001) y a Irak (2003) a partir del principio «Clausewitz out, computer in» (la misma operación es extrañamente repetida por los partidarios de un capitalismo cognitivo que disuelve la omnirrealidad de las guerras en los ordenadores y los «algoritmos» habiendo servido sin embargo, en primer lugar, para llevarlas a cabo). Creyendo disipar la «niebla» y la incertidumbre de la guerra por la acumulación, los estrategas de la guerra hipertecnológica digitalizada y «centrada en red» han desilusionado rápidamente: la victoria obtenida rápidamente se ha transformado en una debacle político-militar que ha desencadenado in situ el desastre del Medio-Oriente, sin ahorrar más al mundo libre de aportarle sus valores como en un remake del Docteur Folamour. La máquina técnica no explica nada y no es gran cosa sin movilizar a todas las otras «máquinas». Su eficacia y su existencia misma dependen de la máquina social y de la máquina de guerra que tendrán que dar forma generalmente a la transformación técnica bajo un modelo de sociedad fundado sobre las divisiones, las dominaciones, las explotaciones (Rouler plus vite, laver plus blanc, para repetir el título del bello libro de Kristin Ross).
  1. Si la caída del muro libera el acta de defunción de una momia de la cual el 68 ha hecho olvidar hasta la prehistoria comunista, y si ella debe entonces ser tenida por un no-acontecimiento (esto que dice en su forma melancólica la tesis del Fin de la Historia), el sangriento fracaso de las primeras guerras postcomunistas dirigidas por la máquina de guerra imperial sin embargo hizo historia. Y esto también debido al debate que se ha abierto entre los militares, donde se da hoy en día un nuevo paradigma de la guerra. Antítesis de las guerras industriales del siglo XX, el nuevo paradigma se define como una «guerra en el interior de la población». Este concepto que, literalmente, inspira un improbable «humanismo militar», nosotros lo hacemos nuestro retrotrayendo el sentido al origen y al terreno real de las guerras del capital, y reescribiendo esta «guerra en el seno de la población» al plural de nuestras guerras. La población es el campo de batalla en el interior del cual se ejercitan las operaciones contra-insurreccionales de todo tipo que son a la vez, y de manera indiscernible, militares y no militares porque ellas son también portadoras de la nueva identidad de las «guerras sangrientas» y de las «guerras no sangrientas».
    En el fordismo, el estado no garantiza solamente la territorialización estatal del capital, sino también de la guerra. De él resulta que la mundialización no liberará el capital de empresa del estado sin liberar igualmente la guerra cuya continuidad con la economía se mueve a un poder superior, integrando el plan del capital. La guerra desterritorializada ya no es en absoluto la guerra entre estados, sino una continuación ininterrumpida de guerras múltiples con las poblaciones, reenviando definitivamente la «gubernamentalidad» al lado de la gobernanza en una empresa común de negación de las guerras civiles globales. Lo que se gobierna y aquello que permite gobernar son las divisiones que proyectan las guerras en el seno de la población en la posición del contenido real de la biopolítica. Una gubernamentalidad biopolítica de guerra como distribución diferencial de la precariedad y norma de la «vida cotidiana». Justo lo contrario al Gran Relato del nacimiento liberal de la biopolítica que tuvo lugar en un famoso curso del Collège de France entre los años 1970 y 1980.
  1. Profundizando las divisiones, acentuando las polarizaciones de todas las sociedades capitalistas, la economía de la deuda transforma la «guerra civil mundial» (Schmitt, Arendt) en una imbricación de guerras civiles: guerras de clase, guerras neocoloniales contra las «minorías», guerras contra las mujeres, guerras de subjetividad. La matriz de estas guerras civiles es la guerra colonial. Esta última nunca ha sido una guerra entre estados, sino, en esencia, una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no combatientes, entre la economía, la política y los militares nunca son tenidas en cuenta. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de guerra que el capital financiero ha desencadenado a partir de los años 1970, en nombre de un neoliberalismo de combate. Su guerra será a la vez fractal y transversal: fractal, porque produce indefinidamente su invariancia por cambio constante de escala (su «irregularidad» y las «roturas» que introduce se ejercen en diversas escalas de la realidad); y transversal, porque se despliega simultáneamente al nivel macropolítico (jugando con todas las grandes oposiciones duales: clases sociales, blancos y no blancos, hombres y mujeres…) y micropolítica (por engineering molecular privilegiando las interacciones más elevadas/avanzadas). De esta forma puede conjugar los niveles civil y militar en el sur y en el norte del mundo, en los sur y norte de todo el mundo (o casi). Su primera característica es entonces de ser menos una guerra sin distinción que una guerra irregular.
    La máquina de guerra del capital que, al comienzo de los años 1970, ha integrado definitivamente al Estado, la guerra, la ciencia y la tecnología enuncia claramente la estrategia de la mundialización contemporánea: acelerar el final de la demasiado breve historia del reformismo del capital – Full Employment in a Free Society, según el título del libro-manifiesto de Lord Beveridge publicado en 1944 – atacando por todos lados y por todos los medios a las condiciones de realidad de la relación de fuerzas que le había impuesto. Una creatividad infernal será desarrollada por el proyecto político neoliberal para fingir el proporcionar el «mercado» de cualidades sobrehumanas de information processing: el mercado como cyborg final.
  1. La toma de consistencia de los neofascismos a partir de la «crisis» financiera de 2008 constituye un giro en el desarrollo de las guerras en el seno de la población. Sus dimensiones a la vez fractales y transversales asumen una nueva y temible eficacia de división y de polarización. Los nuevos fascismos ponen a prueba todos los recursos de la «máquina de guerra», porque si éste no se identifica necesariamente con el Estado, también puede escapar del control del capital. Mientras que la máquina de guerra de Capital gobierna a través de la diferenciación «inclusiva» de la propiedad y la riqueza, las nuevas máquinas de guerra fascistas funcionan por exclusión a partir de la identidad de raza, de sexo y de nacionalidad. Las dos lógicas parecen incompatibles. En realidad, convergen inexorablemente (cf. la «preferencia nacional») a medida que el estado de urgencia económica y política se instala en el tiempo coercitivo del global flow.
    Si la máquina capitalista continua desconfiando de los nuevos fascismos, no es en razón de sus principios democráticos (¡el capital es ontológicamente antidemocrático!) o de la rule of law, sino porque, a la manera del nazismo, el postfascismo puede tomar su «autonomía» en relación a la máquina de guerra del capital y escapar a su control. ¿No es exactamente esto lo que está surgiendo con los fascismos islamistas? Formados, armados, financiados por los Estados Unidos, están dirigiendo sus armas contra la superpotencia y sus aliados que les habían instrumentalizado. Desde el Occidente del califato y de vuelta, los neonazis de todas las obediencias encarnan la subjetivación suicida del «modo de destrucción» capitalista. Es también la escena final del regreso de lo reprimido colonial: los jihadistas de la generación 2.0 amenazan las metrópolis occidentales como su enemigo más interior. La endocolonización deviene de este modo el modo de conjugación generalizada de la violencia «típica» de la dominación más intensiva que pertenece al capitalismo sobre las poblaciones. En cuanto al proceso de convergencia o de divergencia entre máquinas de guerra capitalista y neofascista, dependerá de la evolución de las guerras civiles en curso, y de los peligros que un eventual proceso revolucionario podría hacer correr a la propiedad privada, y más generalmente al poder del capital.
  1. Prohibiendo reducir el capital y el capitalismo a un sistema o a una estructura, y la economía a una historia de ciclos que se cierran sobre sí mismos, etc., las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad cuestionan igualmente en la ciencia y en la tecnología todo principio de autonomía, toda vía real hacia la «complejidad» en una emancipación inventada por la concepción progresista (y hoy en día aceleracionista) del movimiento de la historia.
    Las guerras inyectan continuamente los vínculos estratégicos abiertos en la indeterminación del enfrentamiento, en la incertidumbre del combate vuelve inoperante todo mecanismo de autoregulación (de mercado) o toda regulación por feedback («sistemas hombres-máquinas» abriendo su «complejidad» sobre el futuro). La «apertura» estratégica de la guerra es radicalmente otra que la apertura sistemática de la cibernética, que no ha surgido sin razón de/en la guerra. El capital no es ni estructura, ni sistema, es «máquina», y máquina de guerra de la cual la economía, la política, la tecnología, el estado, los medios de comunicación, etc., no son más que las articulaciones informadas por las relaciones estratégicas. En la definición marxista/marxiana del General Intellect, la máquina de guerra, integrando en su funcionamiento la ciencia, la tecnología, es curiosamente olvidada en beneficio de un poco creíble «comunismo del capital».
  1. El capital no es un modo de producción sin ser al mismo tiempo un modo de destrucción. La acumulación infinita que desplaza continuamente sus límites para volverlos a crear de nuevo es al mismo tiempo destrucción ampliada ilimitada. Las ganancias de productividad y las ganancias de destructividad progresan paralelamente. Se manifiestan en la guerra generalizada que los científicos prefieren denominar más Antropoceno que Capitaloceno, aunque, con toda evidencia, la destrucción de los medio ambientes en y por los cuales vivimos no comienza con el «hombre» y sus necesidades crecientes, sino con el Capital. La «crisis ecológica» no es el resultado de una modernidad y de una humanidad ciega a los efectos negativos del desarrollo tecnológico, sino el «fruto de la voluntad» de ciertos hombres que ejercen una dominación absoluta sobre otros hombres a partir de una estrategia geopolítica mundial de explotación sin límites de todos los recursos humanos y no humanos.
    El capitalismo no es solamente la civilización más asesina de la historia de la humanidad, aquella que ha introducido en nosotros «la vergüenza de ser un hombre», es también la civilización por la cual el trabajo, la ciencia y la técnica han creado, otro privilegio (absoluto) en la historia de la humanidad, la posibilidad de la destrucción (absoluta) de todas las especies y del planeta que las contiene. Mientras tanto, la «complejidad» (del rescate) de la «naturaleza» promete todavía la perspectiva de un hermoso beneficio donde se mezclan la utopía tecno del geoengineering y la realidad de nuevos desarrollos de los «derechos a contaminar». En la confluencia de uno y de otro, el capitaloceno no manda al capitalismo a la luna (él lo devuelve), termina la mercantilización global del planeta haciendo valer sus derechos sobre la que ha sido nombrada con razón troposfera.
  1. La lógica del capital es logística de una valorización infinita. Ella implica la acumulación de un poder que no es simplemente económico por la simple razón que se complican los poderes y saberes estratégicos bajo la fuerza y la debilidad de las clases en lucha a las cuales se les aplica y con las cuales no cesa de explicarse. Foucault remarca que los marxistas ponen su atención sobre el concepto de «clase» en detrimento del concepto de «lucha». El saber sobre la estrategia es también expulsado en beneficio de un proyecto alternativo de pacificación (Tronti propone la versión más épica). ¿Qué es fuerte y qué es débil? ¿De qué manera los fuertes se han hecho débiles, por qué los débiles se han hecho fuertes? ¿Cómo se refuerza a sí mismo y debilita al otro para dominarlo y explotarlo? Es la pista anticapitalista del nietzscheanismo francés que nosotros nos proponemos seguir y reinventar.
  1. El capital sale vencedor de las guerras totales y de la confrontación con la revolución mundial, cuyo 1968 es para nosotros la clave. Desde entonces, no para de ir de victoria en victoria perfeccionando su motor en enfriamiento. Eso prueba que la primera función del poder es la de negar la existencia de guerras civiles borrando hasta su memoria (la pacificación es una política de tierra quemada). Walter Benjamin está ahí para recordarnos que la reactivación de la memoria de las victorias y de las derrotas, de donde los vencedores extraen su dominación, no puede venir de los «vencidos». Problema: los vencidos del 68 están arrojados al agua sucia de las guerras civiles con el viejo bebé leninista, con el fin del «otoño caliente» sellado por el fracaso de la dialéctica del «partido de la autonomía». Entrados en los «años de invierno» bajo el hilo de una segunda Guerra Fría que asegura el triunfo del «pueblo del capitalismo» («Peoples’s Capitalism – This IS America!»), el Fin de la Historia va a tomar el relevo sin detenerse en una guerra del Golfo que «no tiene lugar», excepto una constelación de nuevas guerras, de máquinas revolucionarias o militantes mutantes (Chiapas, Birmingham, Seattle, Washington, Gênes…) y de nuevas derrotas. Las nuevas generaciones de escritores declinan el «pueblo que falta» soñando con el insomnio de procesos destituyentes desgraciadamente reservados a sus amigos.
  1. Vamos al grano, dirigiéndonos a nuestros enemigos. El único objeto de este libro es de hacer entender que, bajo la economía y su «democracia», después de las revoluciones tecnológicas y la «intelectualidad de masas» del General Intellect, existe el «rugido» de las guerras reales en curso en toda su multiplicidad. Una multiplicidad que no está por hacer, sino para deshacer y rehacer para cargar de nuevas posibilidades las «masas en circulación» que son doblemente los sujetos. De lado de las relaciones de poder en tanto que sujetos en la guerra o/y de lado de las relaciones estratégicas que son susceptibles de proyectarlas al rango de sujetos de las guerras, con «sus mutaciones, su cantidad de desterritorialización, sus conexiones, sus precipitaciones». En suma, se tratará de extraer las lecciones de aquello que se nos ha aparecido como el fracaso del pensamiento del 68 del cual nosotros somos los herederos, hasta nuestra incapacidad de pensar y de construir una máquina de guerra colectiva a la altura de la guerra civil desencadenada en nombre del neoliberalismo y del primado absoluto de la economía como política exclusiva del capital. Todo transcurre como si el 68 no hubiera conseguido pensar hasta el final, no su fracaso (hay los Nuevos Filósofos, profesionales del asunto), sino también las razones del orden bélico que ha sabido romper su insistencia en una destrucción continuada, puesta en el infinito presente de las luchas de «resistencia».
  1. No se trata, y sobre todo no se tiene que tratar de terminar con la resistencia, sino con el «teoricismo» satisfecho de un discurso estratégicamente impotente ante lo que nos sucede. Y a aquello que nos sucedió. Porque si los dispositivos de poder son constituyentes a expensas de las relaciones estratégicas y de las guerras que se han llevado a cabo, no pueden ser más, en contra de aquellos, que fenómenos de «resistencia». Con el éxito que conocemos. Graecia docet.

  30 de Julio 2016

 

Post-Scriptum: Este libro está situado bajo el signo de un (imposible) «maestro en política» – o, más exactamente, del adagio althusseriano forjado en un materialismo histórico en el cual nosotros nos reconocemos: «Si queréis conocer un tema, hacedlo en la historia». 68, desviación mayor por relación a las leyes del althusserianismo (y de todo aquello que ellas representan), será el diagrama de escape de un segundo volumen, provisionalmente titulado Capital y guerras. Nos proponemos repetir la investigación sobre la extraña revolución del 68 y sobre sus desarrollos, donde el tren de «la» contra-revolución oculta muchos otros: toda una multiplicidad de contra-revoluciones en forma de restauraciones. Ellas serán analizadas desde el punto de vista de una práctica teórica políticamente «sobredeterminada» por las realidades bélicas del presente. Es en este espíritu que nos arriesgamos a una «lectura sintomática» del Nuevo Espíritu del Capitalismo (cuyas bendiciones descenderán de la «crítica artista» made in 68), del Aceleracionismo (la versión a la vez más up-to-date y la más regresiva del post-operaísmo) y del Realismo especulativo (por lo tanto hemos renunciado a incluirlo en nuestra lectura del Antropoceno).

 

NOTAS

[1] Utilizamos indistintamente «guerra contra las mujeres», «guerra de los sexos» y «guerra de género». Sin entrar en el debate que atraviesa el pensamiento feminista, los conceptos de «mujer», «sexo» y «género» (como «raza», por otro lado) no se refiere a ningún esencialismo sino a la construcción política de la heterosexualidad y el patriarcado como una norma social de control de la reproducción de fuerza de trabajo, la sexualidad y la reproducción de la población, de los cuales la célula familiar es el fundamento. Se trata de una verdadera guerra conducida contra las mujeres a someterse a un régimen de sumisión, dominación y explotación.