Etiquetado: género

¿Quiénes somos “nosotras” después de Orlando?

Por Jack Halberstam

En una reciente reacción a los tiroteos de gays latinos y otros en el local nocturno Pulse en Orlando, Florida, el 12 de junio, The Atlantic publicó un artículo afirmando que la violencia contra la gente LGBT en los Estados Unidos era demasiado común y que era incluso más común que la violencia dirigida contra otras minorías. El argumento principal de este artículo fue repetido cuatro días después en The New York Times bajo el titular “El colectivo L.G.B.T. tienen más probabilidades de ser objetivo de crímenes de odio que cualquier otro grupo minoritario”. Ambos artículos citaban la misma fuente, concretamente una investigación dirigida por el Southern Poverty Law Center, y ambos citaban al mismo investigador veterano, Mark Potok. En el artículo que aparecía en The Atlantic Potok es citado diciendo: “El colectivo LGBT tienen el doble de posibilidades de ser objeto de crímenes violentos de odio que los judíos o la gente de color”.

¡Esta es una declaración interesante en cuanto presupone que el colectivo LGBT no son ni judíos ni gente de color y que los asesinos eligen a sus víctimas sobre la base de un único aspecto de odio! También crea una jerarquía engañosa de violencia dentro de la cual la gente blanca dentro del colectivo LGBT son vistos como más vulnerables que otros grupos minoritarios. Este tipo de declaraciones que circulan ampliamente, apoyan una expresión generalizada de la vulnerabilidad del colectivo LGBT que aparece en plataformas de medios de comunicación, Facebook y Twitter, después de los asesinatos. Pero estas matanzas fueron muy específicas y en tanto nuevas expresiones materiales de la relación torturada que Omar Mateen tenía con su propia sexualidad, queremos desafiar este sentido de una amenaza homofóbica amorfa que separa violencia homófoba de las expresiones convulsas y particulares de odio racial.

Ambos artículos sobre los crímenes de odio esconden detalles demográficamente contradictorios hacia el final de sus reportajes sobre los ataques contra el colectivo LGBT. En The New York Times, por ejemplo, una gráfica que representa la distribución de la violencia contra el colectivo LGBT sobre la raza y la clase cuenta una historia diferente al titular sensacionalista. Si se ordena por raza, las gráficas revelan que, en palabras del reportero, “la gran mayoría de aquellos que fueron asesinados eran negros y transexuales”. Y las gráficas muestran que, incluso entre aquellos que no fueron asesinados, la gente LGBT que fueron víctimas más a menudo de crímenes de odio fueron gente de color.

Obviamente, el tiroteo de 49 personas en un club gay en una noche dirigida a los hombres gays latinos sacude a todas las comunidades LGBT hasta sus cimientos y nos recuerda otros ataques violentos y llenos de odio en otros clubes en las últimas décadas. En otros clubes gays, en otras noches, otros cuerpos han sido víctimas de las masculinidades tóxicas que imaginan la violencia como la solución a los movimientos en el status quo que podrían sacudir las jerarquías del sexo y el género. Pero esta noche, en este club, el objetivo de la masculinidad profundamente conflictiva, narcisista, militarista y alimentada de esteroides fue un grupo compuesto mayoritariamente por hombres gays y latinos.

Justin Torres evocó la escena en The Pulse aquella noche en un precioso ensayo ofrecido como tributo a los asesinados y titulado “En elogio a la noche latina en el club gay”:

Tal vez tu madre te bendijo mientras salías de casa. Tal vez te dejó comida en el frigorífico para que no le hicieras un desastre la cocina cuando llegaras a casa hambriento. Tal vez tu tía te llevó en coche y te dio dinero para volver a casa en taxi. Tal vez tuviste que buscar a una canguro. Tal vez, todavía no has salido del armario definitivamente para tu familia o tal vez tu familia te echó de casa hace algunos años. Olvídalo, sobreviviste… Tal vez tu culo medio latino ni siquiera habla español; tal vez apenas hablas inglés. Tal vez no tienes papeles.

Con cuidado y ternura, Torres sitúa a las víctimas de la masacre de Orlando no como un grupo unido de víctimas gays sino como un grupo felizmente desordenado de gays latinos con diferentes relaciones con la raza, el lenguaje, la clase, la ciudadanía, la familia y el parentesco. Usando la forma de segunda persona como destinatario -“tal vez no tienes papeles”- Torres habla a los muertos más que a los que están alrededor de ellos, sobre ellos, a través de ellos. Habla a los muertos, reconociendo las diferencias entre ellos y con respecto a la cultura que también a menudo les amenaza, les excluye, les explota o los ignora, y Torres sitúa a los asiduos al club en relación con la vida nocturna, con Orlando, en la relación entre ellos y las comunidades LGBT más grandes. En el párrafo siguiente, Torres describe lo que hay fuera del club -cristianos, Trump, exclusión, racismo- y entonces dibuja una línea mágica alrededor del club que lo señala como un lugar seguro para la gente que evidentemente no está segura en otro lugar en la cultura. De vuelta a la realidad, Torres recuerda la pérdida, la lucha continúa, pero aquí, en el club tú creces, bailas, vives: “No viniste aquí para ser un mártir, viniste a vivir, papi. A vivir, mamacita. A vivir, hijos. A vivir, mariposas”.

La preciosa canción de Torres a las mariposas caídas reconoce la belleza y la fragilidad de esta comunidad y sitúa esa fragilidad en relación a los múltiples vectores de violencia que existen fuera del club y que siempre amenazan con llevarla adentro. Algunos de esos violadores llegarán en forma de hombres inestables con armas, algunos vendrán en la forma de la policía de inmigración o de la seguridad nacional, algunos llegarán y llegaron en forma de policía y otros llegarán en forma de gente blanca LGBT que ve esta violación como propia e incorpora este crimen a una narrativa general de violencia anti gay.

Christina Hanhardt ha escrito extensamente sobre la especificidad de las manifestaciones en contra de la violencia en las comunidades LGBT y sobre los modos en los cuales algunas de esas reclamaciones llevan a aumentar la presencia policial en las comunidades LGBT y a incrementar la vigilancia de las comunidades de color. En un resumen de su posición en The Scholar and Feminist Online (S&F Online), Hanhardt identifica el rol de gentrificación de las comunidades de hombres gays dentro del panorama neoliberal y urbano posterior al estado del bienestar. Los gentrificadores gays y lesbianas, explica, a menudo “han sido saludados como el remedio a los problemas urbanos”. Y así, demasiado a menudo, las poblaciones urbanas de gays blancos sustituyen a las comunidades pobres y de color y se convierten en lugares de inversión. Escribe:

Un punto central en la historia del activismo LGBT, en la cual los temas de la violencia y la seguridad han sido tan importantes, ha sido el cálculo del riesgo: el riesgo de violencia asociado con la vulnerabilidad gay que pide iniciativas contra el crimen así como el riesgo de pérdida de beneficio relacionado con la especulación inmobiliaria. Un resultado ha sido redefinir la identidad gay normativa como identidad amenazada por aquellos considerados “criminales” (en particular, los pobres de color), mientras se buscan soluciones en negociaciones sobre el riesgo, incluyendo auto-regulación y mercados financieros abiertos.

En otras palabras, los proyectos de desarrollo urbano dependen de y estimulan a la clase gay creativa, y a menudo blanca, mientras que desplazan y amenazan a las comunidades pobres de color. Una por una, las comunidades blancas LGBT se pueden imaginar a sí mismas como parte de la nación y de su prosperidad mientras que las comunidades gays de color son situadas como lugares de crimen, ilegalidad y protestas culturales.

Dadas las diferentes historias de las poblaciones urbanas blancas LGBT y de las comunidades de color LGBT en relación al espacio, la propiedad, la vigilancia policial y el peligro, podríamos preguntarnos quienes somos “nosotras” después de Orlando. ¿El ataque a estos cuerpos marrones refleja una vulnerabilidad más generalizada experimentada por las comunidades LGBT en general? ¿Hay, de hecho, algún tipo de conexión entre la vulnerabilidad de las comunidades blancas LGBT y la homofobia y la violencia actual que las comunidades de color LGBT afrontan dentro del clima actual de caos anti-inmigrantes, anti-negros, pro-bancos, pro-negocios y de libre mercado?

Después de Orlando, podría ser el momento de romper la fantasía del monolito LGBT no en favor de unas cada vez más precisas calibraciones de la identidad sino en nombre de la necesidad urgente de confrontar la violencia estatal si es expresada a través de un régimen de seguridad que trabaja bien en nombre de los banqueros y políticos pero en absoluto en nombre de la gente pobre y de color, o si llega en la forma de estrategias de incorporación dirigidas a los gays privilegiados o el incremento de la vigilancia policial dirigida a los gays de color. Mientras que el matrimonio gay rápidamente está siendo presentado como la motivación para el incremento de la actividad de los crímenes de odio hacia homosexuales- el NYT sugirió que “irónicamente, parte de la razón de la violencia contra el colectivo L.G.B.T. podría tener que ver con una actitud de más aceptación hacia los gays y lesbianas durante las últimas décadas, según gente que estudia crímenes de odio”- un mejor modo de entender el matrimonio gay es como parte y parcela de una lógica de incorporación en la cual la oposición es engullida y convertida en más de lo mismo.

En tanto los LGBT blancos de clase media celebran su acceso a las formas sociales normativas y están de acuerdo en pagar el precio por tal aceptación consintiendo nuevas formas de exclusión violenta, ellos/nosotras no podemos declarar simultáneamente ser los más vulnerables de los vulnerables, las víctimas más victimizadas, los que más necesitan refugio, protección y asilo. Orlando me mostró al menos que el estado de seguridad en el que vivimos, con sus valores basados en la segunda enmienda y sus formulaciones crudas y estridentes de “nosotras” y “ellos”, necesita ser argumentado con conversaciones peligrosas, intrincadas y complejas sobre quienes somos “nosotras” y en qué queremos convertirnos “nosotras”.

Para Torres, Orlando nos pone frente a frente con el poder transformador de la noche latina en el club gay: “El único imperativo es ser transformada, transfigurada en la luz de la discoteca”. De un modo similar, Orlando nos trae a Jose Muñoz conjurando sobre la utopía gay como “un tipo de exceso afectivo que presenta la fuerza que posibilita el porvenir que mira hacia el mañana”. Orlando no es un “nosotras” generalizado y no específico. Es un “tú” claramente puesto en pie, bailando, viviendo y muriendo en la madrugada, en un espacio en el borde más alejado de la comunidad, en la orilla del porvenir que mira hacia el mañana en el que otros mundos podrán y llegarán a ser.

Fuente: Bully Bloggers

El coraje de ser una misma

por Beatriz Preciado

Cuando recibí esta invitación para hablar del coraje de ser yo misma, al principio mi ego ronroneó. Como si le hubieran ofrecido una página publicitaria en la cual fuese el objeto a la vez que usuario. Yo ya me veía con una medalla en el pecho, heroica. Después la memoria de los oprimidos me atacó y ha borrado cualquier complacencia.

Hoy me concederéis el privilegio de evocar “mi” valor de ser yo misma, después de haberme hecho llevar la carga de la exclusión y de la vergüenza durante toda mi infancia. Me ofrecéis este privilegio como regaláis una copita a un enfermo de cirrosis, negando al mismo tiempo mis derechos fundamentales en el nombre de la nación, confiscando mis células y mis órganos para vuestra política delirante. Me concedéis este coraje como si regalarais una moneda a un ludópata, siguiendo con el rechazo a llamarme con un nombre masculino o de asociar mi nombre con adjetivos masculinos, sólo porque no tengo los documentos oficiales necesarios ni la barba.

Nos reunís aquí como un grupo de esclavos que han sabido alargar sus cadenas pero que quedan más o menos disponibles, han obtenido sus diplomas y aceptan hablar el idioma de los maestros. Estamos aquí, frente a vosotros, todos nacidos en cuerpos femeninos, Catherine Millet, Cécile Guibert, Hélèn Cixous, guarras, bisexuales, mujeres con la voz ronca, argelinas, judías, virago, españolas. ¿Pero cuando os cansareis de asistir a nuestro “coraje” como si fuera una diversión? ¿Cuándo os cansareis de diferenciarnos para identificaros a vosotros mismos?

Me atribuís el valor, supongo, porque he luchado al lado de las putas, los enfermos de SIDA y los discapacitados. En mis libros he hablado de mis prácticas sexuales con vibradores y prótesis. He hablado de mi relación con la testosterona. Este es mi mundo, mi vida y no la he vivido con coraje, sino con entusiasmo y alegría. Pero vosotros no sabéis nada de mi alegría. Preferís compadecerme y me asignáis la valentía porque en nuestro régimen político sexual, el imperante del capitalismo farmacológico, negar la diferencia del sexo es como negar la encarnación de Cristo en el medioevo. Me achacáis un gran coraje porque hoy, frente a los teoremas genéticos y a los documentos administrativos, negar la diferencia de género es como escupir en la cara de un rey en el siglo quince.

Y me decís: “Háblanos del coraje de ser tu misma”, como los jueces del tribunal de la inquisición le dijeron a Giordano Bruno durante ocho años: “Háblanos del heliocentrismo, de la imposibilidad de la Santa Trinidad”, mientras recogían la leña para la hoguera. Pero a pesar de que pueda ver ya las llamas, pienso como Giordano Bruno que no será suficiente un pequeño cambio de rumbo, que se tendrá que cambiar todo, estallar el campo semántico y el dominio pragmático. Salir del sueño colectivo de la verdad del género, tal como se salió de la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Para hablar del sexo, género y sexualidad es necesario comenzar con un acto de ruptura epistemológica, un rechazo categórico, una fractura de la columna conceptual que haga florecer una emancipación cognitiva. Tenemos que abandonar por completo el lenguaje de la diferencia de género y la identidad (también el lenguaje de la identidad estratégica de Spivak, o la identidad nómada de Rosi Braidotti). El género o la sexualidad no son una propiedad esencial de la materia, sino el producto de diversas tecnologías sociales y discursivas, de prácticas políticas de gestión de la verdad y de la vida. El producto de su valentía.

No existen los géneros y sexualidades, sino los usos del cuerpo reconocidos como naturales o castigados por desviados. Y no sirve jugar vuestra última carta trascendental, la maternidad como diferencia clave. La maternidad es sólo uno entre los varios usos posibles del cuerpo, no es la garantía de la diferencia de género o la feminidad.

Entonces quedaros con vuestro valor. Mantenedlo para vuestros matrimonios y divorcios, vuestros engaños y vuestras mentiras, vuestras familias, vuestra maternidad, vuestros hijos y nietos. Quedaros con el coraje que necesitáis para seguir la norma. La sangre fría para prestar vuestro cuerpo al imparable proceso de repetición regulada. El valor, como la violencia y el silencio, como la fuerza y el orden, están de vuestro lado. Por el contrario, yo hoy reivindico la legendaria falta de coraje de Virginia Woolf y de Klaus Mann, de Audre Lorde y di Adrienne Rich, de Angela Davis y de Fred Moten, de Kathy Acker y de Annie Sprinkle, de June Jordan y de Pedro Lemebel, de Eve K. Sedgwick y de Gregg Bordowitz, de Guillaume Dustan y de Amelia Baggs, de Judith Butler y de Dean Spade.

Pero porque os amo, mis valientes símiles, os deseo que perdáis el valor vosotros también. Os deseo que no tengáis más la fuerza de repetir la norma ni de fabricar la identidad, que perdáis la fe en lo que dicen sobre vosotros los documentos. Y una vez que hayáis perdido vuestro valor, cansados de la alegría, os deseo que inventéis una manera para usar vuestro cuerpo. Justamente porque os amo, quiero que seáis débiles y despreciables. Porque es a través de la fragilidad que opera la revolución.

Fuente: internazionale.it