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Separar el pueblo de sí mismo. Ernst Bloch y las contradicciones del populismo

Por Elia Zaru

Cajas chinas
Para comprender al populismo es necesario examinar el concepto de «pueblo», sobre qué sentido lleva este término del cual en su significado general emerge como preponderante la dicotomía revolución/reacción. En la historia europea, el concepto de «pueblo» tomó una u otra declinación dependiendo de dónde se orientan teoría y la práctica política en relación a estos dos términos. El pueblo, sin embargo, no funciona como un elemento en sí mismo, sino que se acompaña de otro factor: el Estado-nación. El hecho de que la referencia a la “patria” sea un elemento central en el discurso político tanto en la derecha como en la izquierda populista demuestra que el legado pueblo-nación existe, independientemente de la variación del primero en la dicotomía revolución/reacción[1].

La relación pueblo–Estado-nación se completa con la adopción de un tercer término capaz de contener los dos primeros: la soberanía. Elemento central de la modernidad, la soberanía se manifiesta como un campo de batalla en perpetua tensión: la lucha por la soberanía se denota como una batalla por las fronteras, más aún en un momento en que el ritmo del proceso de globalización en curso presiona precisamente en estas fronteras y en esta organización jurídico-política.

Frontera rima con identidad. En última instancia, por lo tanto, podemos llevar la forma política del populismo a la reivindicación de la identidad, la afirmación de la existencia y la oposición contra la alteridad. El pueblo se mueve en contra de algo que no es – o no tiene en cuenta – el pueblo; se siente amenazado en su interior (por sus representantes políticos, culpables de traicionarlo y de liquidar el poder popular a favor de las instituciones trans-estatales) y desde el exterior (por las migraciones que amenazan su identidad), ya no consigue definir los límites de su soberanía, para ver si esta todavía tiene valor y donde reside. Es en este punto que reivindica precisamente estas fronteras: la batalla populista se presenta, entonces, como lucha para la soberanía, por reconquistar, definir y defender.

Que la reivindicación soberanista se manifieste en Europa en esta coyuntura de crisis es bastante singular, y se ha convertido en el campo de batalla de la discusión teórica y política tanto de la derecha como de la izquierda (más o menos institucionalizadas o movimientistas). ¿Pero de qué campo se trata? ¿Dónde se ubican y qué posición asumen el populismo y la reivindicación soberanista en la forma contemporánea del modo de producción capitalista? La hipótesis que avanzamos aquí es que se trata de un campo «no contemporáneo».

La no contemporaneidad por Bloch
El concepto de «no contemporaneidad» ha sido tratado por Ernst Bloch para analizar la crisis en Europa entre las dos guerras mundiales. En el ensayo La no-contemporaneidad y el deber de hacerla dialéctica (1932), publicado en el 1935 en Herencia de nuestro tiempo, Bloch utiliza el concepto de «no-contemporaneidad» para analizar la formación y el ascenso del nacionalsocialismo en la Alemania de Weimar. Se trata de un concepto central en torno al cual el filósofo alemán articula todo su argumento. La sociedad alemana, dice Bloch, es atravesada por diferentes capas de la temporalidad: no es un espacio homogéneo y permeado por un único tiempo, sino de una serie de fallas superpuestas y con incrustaciones que dan lugar a una complicada trama.

En cada espacio, sigue Bloch, conviven temporalidades diferentes, tanto desde un punto de vista subjetivo, como de uno objetivo (volveremos a esta distinción): «la forma en que un hombre vive el tiempo depende de dónde se encuentra en carne y huesos y sobre todo de la clase a la que pertenece»[2]. En la sociedad alemana de los años treinta, Bloch observó, la contemporaneidad está representada por el obrero proletariado y por el gran capital, mientras que en la fila no contemporánea residen los jóvenes burgueses (incapaces de replicar las huellas sociales de sus padres a causa de la crisis económica), los campesinos (propietarios de los medios de producción y ajenos a la alienación productiva) y la clase media empobrecida (que desempeña un papel de intermediario en el proceso de producción). Los grupos sociales contemporáneos no se presentan como la columna vertebral de la subida de Hitler: «nada es más peligroso que esta capacidad de ser a la vez ardiente y miserable, contestatario y no contemporáneo»[3]. Demandan un superávit respecto a la contemporaneidad (también capitalista), pero la reivindican por reacción.

La no contemporaneidad puede ser a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente, toma la forma del rechazo sordo de la actualidad, y se manifiesta como ira contenida; objetivamente, implica un remanente de tiempos anteriores, y se encarna en la supervivencia de las relaciones y las formas de producción del pasado. La no contemporaneidad da lugar a dos tipos de contradicciones: la primera es entre la no contemporaneidad y el capital; la segunda, entre la no contemporaneidad y el marxismo. De hecho, a pesar de su pretensión de excedente, la no contemporaneidad no es peligrosa en sí misma para el capital, que en realidad, la utiliza para desplazar el enfoque de sus contradicciones actuales y contemporáneas: «por lo tanto, la contradicción no contemporánea es lo contrario de una contradicción impulsora y explosiva: no está en el lado del proletariado, la clase decisiva hoy, ni tampoco está en el campo de batalla entre el proletariado y el gran capital en la que hoy se juega la lucha decisiva»[4].

La no contemporaneidad (subjetiva y objetiva) llega a ser visible precisamente porque asume esta ubicación exacta y se pone en contraste con la contradicción contemporánea, que se expresa subjetivamente en el proletariado y objetivamente en lo que Bloch llama «el futuro impedido». Para resumir este esquema con las propias palabras de Bloch, diríamos que «la contradicción subjetivamente no contemporánea es la ira reprimida, la contradicción objetivamente no contemporánea es el pasado que todavía no se agota; la contradicción subjetivamente contemporánea es un acto revolucionario libre del proletariado, la contradicción objetiva contemporánea es el futuro impedido contenido en el presente, los beneficios de la técnica bloqueados, la nueva sociedad bloqueada de la cual la anterior está preñada en sus fuerzas productivas»[5].

¿Qué hacer, por lo tanto, en esta coyuntura? La respuesta de Bloch consiste en adoptar una dialéctica en múltiples niveles, pluriespacial y pluritemporal, que sea capaz de «separar los elementos de la contradicción no contemporánea susceptibles de aversión y de metamorfosis, es decir, aquellos que son hostiles al capitalismo y en él no son bienvenidos, y volver a ponerlos para darles otra función en un contexto diferente»[6]. La tarea del proletariado – es decir, de la contradicción contemporánea – es arrancar la no contemporaneidad a la reacción, trabajar en su excedencia para llevarla a la revolución, que se juega, eso sí, sobre un terreno necesariamente contemporáneo.

La no contemporaneidad para nosotras
¿Qué puede significar hoy en día, en Europa, no contemporaneidad? Intentamos asumir el esquema de Bloch y volvemos a la cuestión de la reivindicación soberanista y los populismos y nacionalismos europeos. Los elementos que necesitamos para definir una no contemporaneidad son esencialmente dos: a) la ira reprimida (no contemporaneidad sujetiva) y b) el pasado aún no acabado (no contemporaneidad objetiva). Que en Europa hay más y más grandes focos de cólera reprimida es casi indudable: los resultados de las elecciones de los partidos xenófobos y de extrema derecha, cuyas campañas electorales se centran en la construcción de un enemigo interno (los migrantes) y el exterior (las instituciones europeas) –a menudo considerados parte de la misma gran conspiración– están ahí para demostrarlo.

El segundo punto es, sin duda, el más interesante, aunque estrechamente relacionado con el primero. La idea de una persistencia en el presente de un pasado que todavía no se ha agotado puede tomar muchas facetas, incluyendo la teleológica que subyace a la concepción lineal del tiempo histórico, implícita en la idea de un «retorno del pasado». En realidad, aquí se quiere asumir este fenómeno de una manera muy diferente: no se trata tanto de un «retorno», sino de una superposición. Lo que persiste hoy y trata de superponerse a la contemporaneidad desde una posición no-contemporánea es la reivindicación de la soberanía del Estado-nación, tal como fue construida y diseñada en la modernidad. Los Estados-nación están insertados en una red de relaciones, ya sea políticas o económicas, que pueden provocar presión y mutaciones de su soberanía.

Reclamar la soberanía de los Estados-nación en un contexto en el que éstos son parte de las arquitecturas institucionales, jurídicas, económicas, políticas que exceden específicamente esa forma de organización significa constituirse a sí mismo en un plano no contemporáneo respecto al capital, que ha demostrado saber moverse ágilmente –y con mayor beneficio– en una escala global, mas allá de las arquitecturas nacionales. Si volvemos al esquema de Bloch, observamos que la no contemporaneidad es inofensiva para el capital, que, por lo contrario, la usa para sus propósitos. ¿Cuál es el mejor elemento de la soberanía moderna que puede cubrir esta función hoy en día? Pensamos en las fronteras –elementos centrales de la soberanía– y el papel que juegan en la contemporaneidad global: se han convertido flexibles, adaptables y permeables a la circulación mundial del capital, mientras que se han estratificado, multiplicado y fortalecido frente a los movimientos migratorios.

¿Cuál es, hoy en día, la contradicción contemporánea? Si «el elemento fundamental de la contradicción objetivamente contemporánea es el conflicto entre el carácter colectivo de las fuerzas productivas realizadas mediante el marco capitalista y el carácter privado de su apropiación»[7], entonces se desarrolla hoy como una contradicción entre las múltiples formas del trabajo vivo (incluso la vida en el sentido propio), su interconexión global y los procesos de subsunción al capital a la cual están sometidas. Y la contradicción subjetivamente contemporánea sigue siendo la libre acción revolucionaria del proletariado, a condición de ampliar la categoría de «proletariado» más allá de su definición sociológica para comprender la complejidad de los sujetos sobre los cuales se apoya la valorización del capital.

El discurso populista, entonces, en el momento en que asume como elemento central de su articulación la cuestión del Estado-nación y la soberanía sin operar una crítica a ellas, se coloca en un plano de no contemporaneidad tanto en relación al capital, como a la contradicción contemporánea. Hacia la última, de hecho, a través del concepto de «pueblo» que hace una reclamación de la identidad incapaz de tener plenamente en cuenta la multiplicidad de las diferenciaciones con las cuales se expresa hoy la contradicción contemporánea. De esta manera, su declinación en la dicotomía revolución/reacción cuelga totalmente del lado de la reacción.

Teniendo en cuenta carácter resbaladizo y la peligrosidad de la contradicción no contemporánea, no es recomendable perseguirla en su terreno, pero ignorarla tampoco. Siguiendo Bloch, ésta tiene que ser desmontada y remontada en un contexto distinto, ya que «la situación revolucionaria en la que la contradicción finalmente se concentra en un solo lugar y, mediante la realización de un salto, encuentra su disolución, es decir, sólo puede nacer como resultado de contradicciones contemporáneas»[8]. Mas allá de las reivindicaciones soberanistas y nacional-populistas: arrancar al pueblo de la reacción significa entonces romper el nexo entre pueblo y soberanía, es decir, separar el pueblo de sí mismo.

Fuente: Operaviva


NOTAS:

[1]           No es casualidad que, según Laclau, la principal referencia teórica del “populismo de izquierda”, el populismo puede trabajar políticamente en momentos en que desempeña su batalla por la toma (vertical) del poder dentro del Estado-nación.
[2]           E. Bloch, Erbschaft dieser Zeit, in Werkausgabe, Bd. 4, Suhrkamp, 1962; trad. it. L’Eredità del nostro tempo, Il Saggiatore, 1992, p. 82.
[3]           Ibidem.
[4]           Ivi, p. 95.
[5]           Ivi, p. 98.
[6]           Ivi, p. 99.
[7]           Ibidem.
[8]           Ivi, p. 95.

Por una nueva re/vuelta de la política

Cuando escribimos este texto no pensabamos que unos titiriteros podrían ser acusados de enaltecimiento del terrorismo por representar ironicamente la estigmatización que se hace desde arriba del los movimientos sociales asociandolos al terrorismo. La libertad de expresión bajo responsabilidad no es más que una operación de censura de estado. El ataque a los movimientos sociales no está dirigido sólo hacia las estructuras y a sus organizaciones como fue en el caso de la PAH, sino es una batalla cultural para la hegemonía y el mantenimiento de una mayoría. La debilidad de este posicionamiento es evidente a la hora de que hasta un espectaculo de titeres puede desestabilizar un gobierno, esto es suficientemente ilustrativo para imaginar lo que este gobierno puede hacer con respecto a las políticas de austeridad de la Troika. Quien habla de revolución democrática hoy no le queda nada mas que apelar a la buena voluntad de sus intenciones, la experiencia del referendum griego desvela su impotencia mientras que nadie ha asistido a algun cambio real. Los neodem pueden unicamente limitarse a señalar las insuficiencias de la nueva política apuntando a sus limites como si otro sujeto político pudiera obtener mejores resultados. En su lugar la situación nos pone frente a otra realidad, donde la política está cada vez mas espectacularizada y reducida a la pantomima de los medios de comunicación. Parafraseando a Mario Tronti “porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es”, gracias al endurecimiento de las leyes y la censura asistimos a la represión sistematica de los movimientos sociales, por esto es mas que necesario poner nuestras energías dentro de las luchas, empujar el razonamiento hacia adelante para conquistar nuevos espacios de libertad.

  1. La crítica es tachada de terrorismo y los marcos políticos para fortalecernos son cada vez más estrechos, atrapados entre la legalidad y la “nueva política”.
  1. Las plazas del 15M abrieron una brecha en la política enteramente subsumida por las elecciones. Si medios y fines concurren de igual manera, las plazas han fracasado por volver a los barrios e intentar reformar la democracia en lugar de inventar otras formas de vida. Donde se han dado estructuras e insurrecciones en los barrios, que sí bien cambian la forma de vida de algunas y refuerzan la solidaridad y el apoyo mutuo, estas quedan insuficientes en cuanto a canalizar energías hacia cambios estructurales.
  1. Hay un conformismo de masas, hasta dentro de los propios movimientos. A partir de 2011 hemos pasado de una política expansiva hacia volver a la reproducción de cada espacio, en algunos casos en forma de asistencialismo, en otros en forma de partido.
  1. Los nuevos fascismos y la derecha están creciendo. En momentos de crisis los nacionalismos y el proteccionismo se vuelven la moneda de cambio de la inmovilización social y el miedo. En la dialéctica nacionalista se difumina cualquier posibilidad emancipadora porque falta el sujeto que tendría que protagonizar el supuesto cambio y el contexto sociopolìtico, el pueblo y la soberanía nacional, que en la sociedad globalizada ya no existe ni volverá a existir.
  1. Europa es un contenedor vacío, o más bien existen solo las instituciones del euro y sus infraestructuras irreformables. Las fronteras europeas definen el volumen de la fuerza de trabajo y sirven para controlar el movimiento de ella.
  1. El desempleo es la otra cara de la precariedad. A más desempleo corresponden peores condiciones de trabajo. La precariedad indica la imposibilidad de garantías de continuidad con cualquier situación laboral y la tendencia al empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida. En estas condiciones no es posible una vuelta al pleno empleo, ni tampoco pedir un subsidio de pobreza a las instituciones existentes. Si no existen reformas posibles para salir de la precariedad y de la pobreza, habrá que inventar nuevas formas de mutualismo.
  1. La tecnología cumple la función de sustituir las relaciones con su simulacro, constituye una herramienta para el control y la manipulación de nuestras vidas. A la vez ordenadores y smartphones componen un entramado con el cual tenemos que aprender de qué manera podemos utilizarlos para coordinarnos y encontrarnos. Sin aislarnos en el gueto del decrecimiento voluntario, el decrecimiento ya está en marcha, es generalizado y está impuesto desde arriba.
  1. Las fórmulas políticas que hemos utilizado hasta ahora no son suficientes, ni para sumar las simpatías y participación a la movilización ni para identificar el problema y atacarlo.
  1. Las ciudades son espacios a la venta transitables y regulados exclusivamente para el consumo y la especulación, todo lo que queda afuera de esta función mercantil supone una amenaza.
  1. Las ideologías y las narraciónes del siglo pasado forman un obstáculo y una lección, encerrarse en ellas crea un bloqueo a la acción. De cada experiencia y acontecimiento podemos aprender algo sin perder de vista donde estamos y nuestra historia.
  1. El ataque sistemático a los movimientos sociales es una estrategia que intenta someternos a la resignación o la aceptación de nuestras condiciones de vida. Nuestra tarea es la de reformular la manera de resistir y atacar, crear empoderamiento colectivo, construir una perspectiva revolucionaria.