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Endlösung (la solución final)

por Franco Berardi Bifo

Europa finalmente encuentra la unidad: un estalinista convertido al nazismo, llamado Marco Minniti, ha indicado la línea de la nueva Unión: la solución final se convierte en ley europea.

Pagaremos (poco) para que nuestros Gauleiter africanos impidan que los migrantes lleguen al mar. Cómo lo hagan no importará a los nazis europeos. Pero no se necesita mucha imaginación para imaginar ese cómo.

El plan de acción que se preparó ayer en el Elíseo prevé “una identificación en los países de tránsito” a través de “la cooperación con los países africanos con presencia militar sobre el terreno”, añadió Macron.

Proporcionaremos armas y calderilla para que las tropas de Libia, Chad, Mali y Níger impidan que millones de hombres y mujeres a los que la colonización y el calentamiento global han reducido al hambre puedan emigrar.

Desde 1940, el nacionalsocialismo usó el término “solución final” para definir el desplazamiento forzado y la deportación (“evacuaciones”) de la población judía que estaba entonces en los territorios controlados por la Wehrmacht. A partir de agosto de 1941, se tomó la decisión de cambiar la política a un exterminio sistemático de la población no deseada.

Lamento insistir, pero Europa ha vuelto exactamente al mismo punto, aunque, ahora, las víctimas de lo que Minniti llama gobierno de la migración son enormemente mayores. Pero, ¿sigue existiendo la Unión Europea?

No lo sé, díganmelo ustedes: Austria envía tropas a Brennero para bloquear las llegadas de refugiados desde Italia; el presidente francés que hace unos meses todos saludaban como anti-Trump nacionaliza las obras de Saint Nazaire para impedir que un país extranjero pueda convertirse en accionista mayoritario de una empresa de interés nacional, declarando con sus actos que la globalización de las finanzas casa perfectamente con el proteccionismo de la economía.

Mientras tanto, en Libia hay una guerra entre Haftar y Serraj que es de hecho una “proxy war” entre Italia y Francia por el control de los recursos petroleros del país.

Como unión, debemos decir, no es gran cosa.

Pero en algo Europa sí está unida. A lo largo de la última década, se han sumado medidas financieras para la transferencia de recursos de la sociedad al sistema bancario, lo que ha provocado un efecto devastador en la vida de la sociedad en muchos países, especialmente en los del sur.

La sociedad se ha emprobecido hasta tal punto que los ciudadanos europeos, incapaces de frenar la violencia de los que son más fuertes que ellos (el sistema financiero), buscan un chivo expiatorio, alguien más débil que ellos para perseguir, encerrar, exterminar.

¿No es eso exactamente lo mismo que sucedió en los años veinte y treinta en Alemania? Después de la Primera Guerra Mundial, Maynard Keynes lo había escrito en un libro titulado Las Consecuencias Económicas de la Guerra. A las potencias ganadoras reunidas en Versalles, les había dicho: “No debemos imponer a Alemania medidas punitivas que causen humillación y empobrecimiento, el pueblo alemán podría reaccionar violentamente”.

No le escucharon. Las decisiones del Congreso de Versalles condujeron a la ruina de la economía alemana y el pueblo alemán se reconoció en un hombre y un partido que propuso la eliminación de romaníes, comunistas y judíos.

Del mismo modo, en los últimos años, muchos han dicho: no se deben destruir los servicios sociales y la vida cuotidiana de los europeos, de lo contrario el pueblo europeo tratará de vengarse en contra de alguien que no pueda defenderse”.

Ha llegado el momento.

La Unión ha sido en los últimos años una herramienta para trasladar los recursos de la sociedad al sistema bancario y ahora la Unión se transforma en una máquina para el exterminio.

Los nazis la llamaron “solución final”.

La Cumbre Europea de París decidió ayer que el estalinista-nazi Minniti es su guía.

Financiaremos (poco pero bastante) a las fuerzas militares libias y africanas para encarcelar, afligir, violentar, torturar y exterminar a quienes deseen llegar desde el mar. Castigaremos a las ONGs que permiten salvar las vidas de quienes se atrevieron a superar el muro militar.
Creo que podemos llamarla solución final.

¿Hay alguna manera de detener este horror? No lo sé.

Lo que sí sé es que la guerra que los europeos han declarado contra la humanidad está destinada a extenderse a nuestras ciudades, que en los próximos años se convertirán cada vez más en el teatro del terror desatado. Esa guerra se convertirá en una guerra civil europea.

La Unión ha muerto desde hace tiempo.

Ahora la compasión también está muerta, la compasión está muerta y en los próximos años seremos testigos de la extinción de la civilización europea en todos los lugares de la vida colectiva.

Como en Piazza San Carlo en Turín, pronto tendremos miedo de cada golpe, cada grito y cada susurro, porque sabemos que somos criminales nazis, y sabemos que tarde o temprano los que siembran vientos recogen tempestades, como están aprendiendo en Texas en estas horas.

Requiem.

Separar el pueblo de sí mismo. Ernst Bloch y las contradicciones del populismo

Por Elia Zaru

Cajas chinas
Para comprender al populismo es necesario examinar el concepto de «pueblo», sobre qué sentido lleva este término del cual en su significado general emerge como preponderante la dicotomía revolución/reacción. En la historia europea, el concepto de «pueblo» tomó una u otra declinación dependiendo de dónde se orientan teoría y la práctica política en relación a estos dos términos. El pueblo, sin embargo, no funciona como un elemento en sí mismo, sino que se acompaña de otro factor: el Estado-nación. El hecho de que la referencia a la “patria” sea un elemento central en el discurso político tanto en la derecha como en la izquierda populista demuestra que el legado pueblo-nación existe, independientemente de la variación del primero en la dicotomía revolución/reacción[1].

La relación pueblo–Estado-nación se completa con la adopción de un tercer término capaz de contener los dos primeros: la soberanía. Elemento central de la modernidad, la soberanía se manifiesta como un campo de batalla en perpetua tensión: la lucha por la soberanía se denota como una batalla por las fronteras, más aún en un momento en que el ritmo del proceso de globalización en curso presiona precisamente en estas fronteras y en esta organización jurídico-política.

Frontera rima con identidad. En última instancia, por lo tanto, podemos llevar la forma política del populismo a la reivindicación de la identidad, la afirmación de la existencia y la oposición contra la alteridad. El pueblo se mueve en contra de algo que no es – o no tiene en cuenta – el pueblo; se siente amenazado en su interior (por sus representantes políticos, culpables de traicionarlo y de liquidar el poder popular a favor de las instituciones trans-estatales) y desde el exterior (por las migraciones que amenazan su identidad), ya no consigue definir los límites de su soberanía, para ver si esta todavía tiene valor y donde reside. Es en este punto que reivindica precisamente estas fronteras: la batalla populista se presenta, entonces, como lucha para la soberanía, por reconquistar, definir y defender.

Que la reivindicación soberanista se manifieste en Europa en esta coyuntura de crisis es bastante singular, y se ha convertido en el campo de batalla de la discusión teórica y política tanto de la derecha como de la izquierda (más o menos institucionalizadas o movimientistas). ¿Pero de qué campo se trata? ¿Dónde se ubican y qué posición asumen el populismo y la reivindicación soberanista en la forma contemporánea del modo de producción capitalista? La hipótesis que avanzamos aquí es que se trata de un campo «no contemporáneo».

La no contemporaneidad por Bloch
El concepto de «no contemporaneidad» ha sido tratado por Ernst Bloch para analizar la crisis en Europa entre las dos guerras mundiales. En el ensayo La no-contemporaneidad y el deber de hacerla dialéctica (1932), publicado en el 1935 en Herencia de nuestro tiempo, Bloch utiliza el concepto de «no-contemporaneidad» para analizar la formación y el ascenso del nacionalsocialismo en la Alemania de Weimar. Se trata de un concepto central en torno al cual el filósofo alemán articula todo su argumento. La sociedad alemana, dice Bloch, es atravesada por diferentes capas de la temporalidad: no es un espacio homogéneo y permeado por un único tiempo, sino de una serie de fallas superpuestas y con incrustaciones que dan lugar a una complicada trama.

En cada espacio, sigue Bloch, conviven temporalidades diferentes, tanto desde un punto de vista subjetivo, como de uno objetivo (volveremos a esta distinción): «la forma en que un hombre vive el tiempo depende de dónde se encuentra en carne y huesos y sobre todo de la clase a la que pertenece»[2]. En la sociedad alemana de los años treinta, Bloch observó, la contemporaneidad está representada por el obrero proletariado y por el gran capital, mientras que en la fila no contemporánea residen los jóvenes burgueses (incapaces de replicar las huellas sociales de sus padres a causa de la crisis económica), los campesinos (propietarios de los medios de producción y ajenos a la alienación productiva) y la clase media empobrecida (que desempeña un papel de intermediario en el proceso de producción). Los grupos sociales contemporáneos no se presentan como la columna vertebral de la subida de Hitler: «nada es más peligroso que esta capacidad de ser a la vez ardiente y miserable, contestatario y no contemporáneo»[3]. Demandan un superávit respecto a la contemporaneidad (también capitalista), pero la reivindican por reacción.

La no contemporaneidad puede ser a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente, toma la forma del rechazo sordo de la actualidad, y se manifiesta como ira contenida; objetivamente, implica un remanente de tiempos anteriores, y se encarna en la supervivencia de las relaciones y las formas de producción del pasado. La no contemporaneidad da lugar a dos tipos de contradicciones: la primera es entre la no contemporaneidad y el capital; la segunda, entre la no contemporaneidad y el marxismo. De hecho, a pesar de su pretensión de excedente, la no contemporaneidad no es peligrosa en sí misma para el capital, que en realidad, la utiliza para desplazar el enfoque de sus contradicciones actuales y contemporáneas: «por lo tanto, la contradicción no contemporánea es lo contrario de una contradicción impulsora y explosiva: no está en el lado del proletariado, la clase decisiva hoy, ni tampoco está en el campo de batalla entre el proletariado y el gran capital en la que hoy se juega la lucha decisiva»[4].

La no contemporaneidad (subjetiva y objetiva) llega a ser visible precisamente porque asume esta ubicación exacta y se pone en contraste con la contradicción contemporánea, que se expresa subjetivamente en el proletariado y objetivamente en lo que Bloch llama «el futuro impedido». Para resumir este esquema con las propias palabras de Bloch, diríamos que «la contradicción subjetivamente no contemporánea es la ira reprimida, la contradicción objetivamente no contemporánea es el pasado que todavía no se agota; la contradicción subjetivamente contemporánea es un acto revolucionario libre del proletariado, la contradicción objetiva contemporánea es el futuro impedido contenido en el presente, los beneficios de la técnica bloqueados, la nueva sociedad bloqueada de la cual la anterior está preñada en sus fuerzas productivas»[5].

¿Qué hacer, por lo tanto, en esta coyuntura? La respuesta de Bloch consiste en adoptar una dialéctica en múltiples niveles, pluriespacial y pluritemporal, que sea capaz de «separar los elementos de la contradicción no contemporánea susceptibles de aversión y de metamorfosis, es decir, aquellos que son hostiles al capitalismo y en él no son bienvenidos, y volver a ponerlos para darles otra función en un contexto diferente»[6]. La tarea del proletariado – es decir, de la contradicción contemporánea – es arrancar la no contemporaneidad a la reacción, trabajar en su excedencia para llevarla a la revolución, que se juega, eso sí, sobre un terreno necesariamente contemporáneo.

La no contemporaneidad para nosotras
¿Qué puede significar hoy en día, en Europa, no contemporaneidad? Intentamos asumir el esquema de Bloch y volvemos a la cuestión de la reivindicación soberanista y los populismos y nacionalismos europeos. Los elementos que necesitamos para definir una no contemporaneidad son esencialmente dos: a) la ira reprimida (no contemporaneidad sujetiva) y b) el pasado aún no acabado (no contemporaneidad objetiva). Que en Europa hay más y más grandes focos de cólera reprimida es casi indudable: los resultados de las elecciones de los partidos xenófobos y de extrema derecha, cuyas campañas electorales se centran en la construcción de un enemigo interno (los migrantes) y el exterior (las instituciones europeas) –a menudo considerados parte de la misma gran conspiración– están ahí para demostrarlo.

El segundo punto es, sin duda, el más interesante, aunque estrechamente relacionado con el primero. La idea de una persistencia en el presente de un pasado que todavía no se ha agotado puede tomar muchas facetas, incluyendo la teleológica que subyace a la concepción lineal del tiempo histórico, implícita en la idea de un «retorno del pasado». En realidad, aquí se quiere asumir este fenómeno de una manera muy diferente: no se trata tanto de un «retorno», sino de una superposición. Lo que persiste hoy y trata de superponerse a la contemporaneidad desde una posición no-contemporánea es la reivindicación de la soberanía del Estado-nación, tal como fue construida y diseñada en la modernidad. Los Estados-nación están insertados en una red de relaciones, ya sea políticas o económicas, que pueden provocar presión y mutaciones de su soberanía.

Reclamar la soberanía de los Estados-nación en un contexto en el que éstos son parte de las arquitecturas institucionales, jurídicas, económicas, políticas que exceden específicamente esa forma de organización significa constituirse a sí mismo en un plano no contemporáneo respecto al capital, que ha demostrado saber moverse ágilmente –y con mayor beneficio– en una escala global, mas allá de las arquitecturas nacionales. Si volvemos al esquema de Bloch, observamos que la no contemporaneidad es inofensiva para el capital, que, por lo contrario, la usa para sus propósitos. ¿Cuál es el mejor elemento de la soberanía moderna que puede cubrir esta función hoy en día? Pensamos en las fronteras –elementos centrales de la soberanía– y el papel que juegan en la contemporaneidad global: se han convertido flexibles, adaptables y permeables a la circulación mundial del capital, mientras que se han estratificado, multiplicado y fortalecido frente a los movimientos migratorios.

¿Cuál es, hoy en día, la contradicción contemporánea? Si «el elemento fundamental de la contradicción objetivamente contemporánea es el conflicto entre el carácter colectivo de las fuerzas productivas realizadas mediante el marco capitalista y el carácter privado de su apropiación»[7], entonces se desarrolla hoy como una contradicción entre las múltiples formas del trabajo vivo (incluso la vida en el sentido propio), su interconexión global y los procesos de subsunción al capital a la cual están sometidas. Y la contradicción subjetivamente contemporánea sigue siendo la libre acción revolucionaria del proletariado, a condición de ampliar la categoría de «proletariado» más allá de su definición sociológica para comprender la complejidad de los sujetos sobre los cuales se apoya la valorización del capital.

El discurso populista, entonces, en el momento en que asume como elemento central de su articulación la cuestión del Estado-nación y la soberanía sin operar una crítica a ellas, se coloca en un plano de no contemporaneidad tanto en relación al capital, como a la contradicción contemporánea. Hacia la última, de hecho, a través del concepto de «pueblo» que hace una reclamación de la identidad incapaz de tener plenamente en cuenta la multiplicidad de las diferenciaciones con las cuales se expresa hoy la contradicción contemporánea. De esta manera, su declinación en la dicotomía revolución/reacción cuelga totalmente del lado de la reacción.

Teniendo en cuenta carácter resbaladizo y la peligrosidad de la contradicción no contemporánea, no es recomendable perseguirla en su terreno, pero ignorarla tampoco. Siguiendo Bloch, ésta tiene que ser desmontada y remontada en un contexto distinto, ya que «la situación revolucionaria en la que la contradicción finalmente se concentra en un solo lugar y, mediante la realización de un salto, encuentra su disolución, es decir, sólo puede nacer como resultado de contradicciones contemporáneas»[8]. Mas allá de las reivindicaciones soberanistas y nacional-populistas: arrancar al pueblo de la reacción significa entonces romper el nexo entre pueblo y soberanía, es decir, separar el pueblo de sí mismo.

Fuente: Operaviva


NOTAS:

[1]           No es casualidad que, según Laclau, la principal referencia teórica del “populismo de izquierda”, el populismo puede trabajar políticamente en momentos en que desempeña su batalla por la toma (vertical) del poder dentro del Estado-nación.
[2]           E. Bloch, Erbschaft dieser Zeit, in Werkausgabe, Bd. 4, Suhrkamp, 1962; trad. it. L’Eredità del nostro tempo, Il Saggiatore, 1992, p. 82.
[3]           Ibidem.
[4]           Ivi, p. 95.
[5]           Ivi, p. 98.
[6]           Ivi, p. 99.
[7]           Ibidem.
[8]           Ivi, p. 95.

El mal Inglés

por Franco Berardi Bifo*

No creía en el Brexit, pensaba que solo un pueblo de borrachos podría decidir una catástrofe autodestructiva de este tipo. Me olvidaba de que los ingleses son, de hecho, un pueblo de borrachos. Bromeo, naturalmente, ya que no creo en la existencia de los pueblos. Pero creo en la lucha de clases, y la decisión de los trabajadores ingleses de hundir definitivamente la Unión Europea es un acto de desesperación que sigue a la violencia del ataque financiero que hace años empobrece a los trabajadores de todo el continente y de esa isla del carajo.

Desgraciadamente los trabajadores ingleses que votaron masivamente por Brexit han cometido un error colosal, como suele sucederles a quienes, debido al empobrecimiento material y psíquico, han perdido el bien del intelecto. Es cierto que la Unión europea se ha vuelto en nuestro tiempo un monstruo neoliberal pero el origen de la demecia neoliberal, que ha destruido a Europa y que arrasa el mundo entero desde hace cuarenta años estuvo en el país de Margaret Thatcher. No es Inglaterra quien debe salir de la Unión Europea sino la Unión europea la que debería salir de Inglaterra. Lamentablemente, ya es tarde para hacerlo, porque la Unión europea, luego de haber contraído el mal inglés, está actualmente reducida a ser un dispositivo de empobrecimiento de la sociedad, precarización del trabajo y concentración del poder en las manos del sistema bancario. Gran parte de las motivaciones que han llevado a los trabajadores ingleses a votar por Brexit son comprensibles.

Pero el problema no está en las razones, el problema está en las consecuencias.
La Unión Europea hace tiempo que no existe, al menos desde julio de 2015, cuando Syriza fue humillada y el pueblo griego fue definitivamente sometido.
¿Necesitamos quizás una Europa más política, como repiten ritualmente las izquierdas al servicio de los bancos? Hace años que creemos en el cuento de hadas de una Europa que debe volverse más política y más democrática, pero desde Maastricht, contraído el mal Inglés, la Unión Europea se ha convertido en una trampa financista.

Un artículo de Paolo Rumiz (“Come i Balcani”) publicado el pasado 23 en La Repubblica dice algo que desde hace algún tiempo me parecía claro: el futuro de Europa es la Yugoslavia de 1992. Rumiz lo dice bien, solo que olvida el rol que el Deutsche Bank tuvo en el empujón que se le dio a los yugoslavos hacia la guerra civil (algo para lo que Wojtila también hizo su parte).

Ahora creo que debemos decirlo sin eufemismos: el futuro de Europa es la guerra. Su presente es la guerra contra los migrantes que ya ha costado decenas de miles de muertos y una cantidad incalculable de violencia. Quizás suene un poco antiguo, pero al menos para mí sigue siendo cierto que el capitalismo trae la guerra como la nube trae la tempestad.

¿Qué se hace en estos casos? ¿Se detiene la guerra imponiendo los intereses de la sociedad sobre los de las finanzas? Naturalmente que sí, cuando esto es posible. Pero hoy detener la guerra no es posible porque la guerra ya está en marcha, aunque hasta el momento los muertos sean decenas de miles de migrantes en un Mediterráneo en el que el agua salada ha sustituido al Zyklon B.

Los movimientos han sido destruidos uno tras otro. ¿Entonces? Entonces se pasa a la otra parte del adagio leniniano (señalo a quien le quede alguna duda que nunca he sido leninista y no pretendo ahora convertirme en uno).
Se transforma la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.

¿Qué quiere decir esto? No lo sé, y nadie puede hoy saberlo. Pero en los próximos años creo que vamos a tener que pensar únicamente en esto. No en cómo salvar la UE, que se la lleve el diablo. No en cómo salvar la democracia que jamás ha existido. Sino en cómo transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Pacífica y sin armas, si es posible. Guerra de los saberes autónomos contra el control y la privatización.

En conclusión, no llevo luto porque los ingleses se van. Llevé luto cuando los griegos han sido obligados a permanecer bajo las condiciones que se le han impuesto (¿y ahora qué será de ellos?).
Cien años después de Octubre, creo que nuestra tarea es preguntarnos ¿qué quiere decir Octubre en la era de Internet, del trabajo cognitivo y precario?
El precipicio que tenemos por delante es el lugar en el que tenemos que pensar en esto.

* Este articulo es la revisión del autor a un articulo anterior traducido por Lobo Suelto