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Aquellas urnas sumergidas por el sexismo y el racismo

por Judith Butler

Elecciones en EEUU. Un comentario inédito de la filósofa estadounidense sobre la elección a la presidencia de Donald Trump.

Dos son las preguntas que se están planteando los electores estadunidenses que se sitúan a la izquierda del centro. ¿Quiénes son estas personas que han votado por Trump? ¿Y porqué no hemos estado preparados para este epilogo? La palabra «devastación» apenas se acerca a lo que sienten, en este momento, muchas de las personas que conozco.
Evidentemente, no estaba muy claro como de grande sería la rabia contra las élites, o cuál sería el nivel de hastío de los machos blancos contra el feminismo y contra los diversos movimientos para los derechos civiles, cuanto desmoralizadas estarían las amplias capas de la población, a causa de las múltiples formas de desposesión económica, ni como de excitante podría parecer la idea de nuevas formas de aislamiento proteccionistico, de nuevos muros, o de nuevas formas de beligerancia nacionalista. Tal vez no estamos asistiendo a un backlash del fundamentalismo blanco? Debido a que no era bastante obvio?

Al igual que algunas de nuestras amigas inglesas, aquí también hemos adquirido un cierto grado de escepticismo hacia los sondeos. ¿A quién estaban dirigidos, y a quién han dejado? ¿Los entrevistados han dicho la verdad? Es verdad que la gran mayoría de los electores está compuesta por machos blancos y que muchas personas no blancas están excluidas del voto? ¿Por quién está compuesto este electorado enfadado y destructivo que preferiría ser gobernado por un hombre deplorable más que por una mujer? ¿Por quiénes está compuesto este electorado enojado y nihilista que responsabiliza exclusivamente a la candidata demócrata de las devastaciones del neoliberismo y del capitalismo mas desregulado?

Es determinante enfocar nuestra atención en el populismo, de derecha y de izquierda, y en la misoginia – sobre cuanto puede opera en profundidad.

Hillary está identificada como parte del establishment, obviamente. Sin embargo, no debe subestimarse la profunda rabia hacia ella, una rabia contra su persona, que sigue en parte la misoginia y la repulsión que ya resultaba grande para Obama, la cual estaba alimentada por una forma latente de racismo.

Trump ha catalizado la ira profunda contra el feminismo y ha sido considerado como un guardián del orden y la seguridad, en contra de la multiculturalidad – entendida como una amenaza al privilegio blanco – y la inmigración. Y la retórica vacía de una falsa potencia, finalmente ha triunfado, una señal de desesperación que es mucho más penetrante de lo que podemos imaginar.

Lo que estamos viendo es tal vez una reacción de disgusto hacia el primer presidente negro que va de la mano con la rabia, para muchos hombres y algunas mujeres, en cuanto a la posibilidad de que fuese realmente una mujer la que presidiera el país? Para un mundo que le gusta ser llamado cada vez más postracial y post-feminista, no debe ser fácil tomar nota de cómo el sexismo y el racismo presiden los criterios de evaluación y permitan tranquilamente pasar por alto cada objetivo democrático e inclusivo – y todo esto es evidencia de las pasiones sádicas, tristes y destructivas que guían a nuestro país.

Entonces, quienes son aquellas personas que han votado por Trump – pero, sobre todo, quien somos nosotras, que no hemos sido capaces de darnos cuenta de su poder, que no hemos sido capaces de evitarlo, que no queríamos creer que las personas hubiesen votado a un hombre que dice cosas abiertamente racistas y xenófobas, y que además posee un gran historial marcado por los abusos sexuales, por la explotación de quienes han trabajado con él,  por el desprecio hacia la Constitución (sic! ndT), por los migrantes, y que hoy está seriamente intencionado a militarizar, militarizar, militarizar? ¿Pensamos tal vez en estar seguras en nuestras islas de pensamiento de izquierda radical y libertario? ¿O tal vez tenemos una idea demasiado ingenua de la naturaleza humana?
¿Cuáles son las condiciones que hemos de tener en cuenta si el odio mas salvaje y el anhelo de militarización mas desenfrenado logran el consenso de la mayoría?

Claramente, no somos capaces de decir nada sobre esa porción de la población que acudió a las urnas y votaron por él. Pero hay una cosa, sin embargo, que debemos preguntarnos, y es cómo es posible que la democracia parlamentaria haya sido capaz de llevarnos a elegir a un presidente ajeno a la democracia. Hay que prepararse para ser un movimiento de resistencia en lugar de un partido político. Por otra parte, en su sede en Nueva York, esta noche, los partidarios de Trump revelaron, sin ningún tipo de pudor, sus gritos de odio exuberante «We hate Muslims, we hate blacks, we want to take our country back*».

*Odiamos a los musulmanes, odiamos a los negros, queremos recuperar nuestro país.

Fuente: Il Manifesto

Piel negra. Poder blanco. Dallas, Baton Rouge y las cenizas del mito “post-racial”

Por Miguel Mellino

Dallas y Baton Rouge están dando el golpe decisivo a la era Obama. La era del primer presidente negro de uno de los estados más racistas que el capitalismo y el colonialismo moderno han producido en la historia, está acabando de la única manera en la cual podía acabar. Difícil encontrar otro ejemplo en la historia reciente – a parte quizás el de J. F. Kennedy – en la cual los discursos a través de los que el poder tiende a legitimarse son tan distantes de su efectiva constitución material. Acogida en 2008 como la expresión de una necesidad colectiva de discontinuidad respecto a las previas administraciones teo-con, también desde buena parte de la izquierda radical global, la era Obama ha demostrado totalmente otro posicionamiento respecto a tal espera: a nivel tanto de política nacional que la política exterior.

El complejo “militar-financiario-neoliberal”

Desde el punto de vista económico, más que encorajar políticas anti-ciclicas frente a la crisis del 2007 – la cual lógica más perversamente depredadora tuvo como objeto  los negros pobres de EE.UU., ulteriormente expropiados por los créditos subprime – la era Obama ha sido caracterizada por la promoción de medidas finalizadas no solo a mantener, sino a reforzar la estructura neoliberal del actual orden financiero global. En la era Obama, lo que Peter Gowan ha llamado en su The Global Gamble (1999) el conjunto “FMI-Wall Street-Señoria del dolar” – es decir   la estructura material del neoliberalismo como dispositivo global de gobierno – seguramente se ha reforzado después de la crisis de 2007. También los últimos episodios de esta saga hablan claro: piense en la promoción activa y directa por parte de Obama mismo, en sus últimos viajes oficiales, del TTIP (Transatlantic Trade and Investement Partnership), un tratado que derrumbaría las última barrera para una entrega total del mundo a la soberanía de las multinacionales y la economía financiera, pero también en su apoyo explicito al Remain en el referéndum británico, es decir una elección proclamada sobre todo en la continuidad del actual poder financiero europeo basado en el papel estratégico de la City londinense en el interior del actual modo de acumulación neoliberal global.

Tampoco desde el punto de vista geopolítico no ha habido ninguna ruptura con las administraciones conservadoras anteriores. La “mitológica” retirada de EEUU en Iraq y Afghanistan, lanzada en 2008 como parte del proyecto “Obama Hope”, se ha vuelto en su contra, en la decisión de mantener los marines en estas zonas de guerra a “tiempo indefinido”. Los discursos de los inicios a favor de un “pacifismo multilateral” se han acompañado de intervenciones directas e indirectas a favor de nuevas “guerras permanentes” y nuevas balcanizaciones de estados no del todo “alineados”  al orden internacional, como en el caso de Libia, Ucraina y Siria. Pasando por la asfixia de los así llamados países emergentes (BRICS) efectuada a través de un acuerdo deliberado con los sauditas a favor de un fuerte aumento de la producción de petroleo, el  único objetivo del cual ha sido el de hacer caer el precio internacional del crudo. Se trata de una estrategia que ha metido en problemas no sólo a países como Rusia y China (tradicionales estados canallas), sino también la Bolivia de Morales, el Ecuador de Correa y la Venezuela de Maduro. Es en este contexto que se debe ubicar el apoyo de Obama – con una visita oficial en Marzo – al neoliberalismo despiadado de Macri en Argentina y la deriva reaccionaria y conservadora en Brasil después del impeachment del controvertido gobierno de Dilma Roussef. Mas allá de los juicios que se puedan tener sobre los diferentes gobiernos “post-neoliberales” de  América Latina, los cuales, los límites de clase, si se quiere, están claramente en la base de su progresivo debilitamiento interno, no se puede negar que la era Obama haya conspirado desde el inicio contra el así llamado “regreso a la izquierda” de esta parte del mundo: aquí es suficiente recordar el apoyo explicito al golpe contra Zelaya en Honduras de 2008 y contra Lugo en Paraguay de 2012.

El complejo “militar-penitenciario-racial”

Pero si es cierto que en la era Obama el conjunto “militar-financiero-neoliberal”global se ha  reforzado progresivamente, es además cierto que también a partir de Angela Davis lo que podemos llamar el conjunto “militar-penitenciario-racial” interno indudablemente no está más debilitado. Aquí también se puede observar la misma tipología perversa de “blackwashing”, por así decirlo: los discursos sobre el inicio de una condición finalmente “post-racial” en los EE.UU., de una democracia  finalmente libre de las jerarquías de la raza y de la “linea del color”, han funcionado como un siniestro contrapunto de la marcha inestancable del “estado penal” neoliberal. La celebración de una “condición post-racial” – sellada por la puesta en discurso de la elección de un presidente “negro” en el país de las plantaciones, del Ku Klux Klan, de los linchamientos de los negros, de las violaciones sistemáticas de las esclavas negras, de las leyes Jim Crow – ha sido la banda sonora de una singular “tecnología racista de gobierno” emergida junto al proceso de reestructuración neoliberal y basada en la represión militarizada de los territorios, el encarcelamiento y el abandono de masas, el recurso al racial profiling y el homicidio de estado entre negros pobres y excluidos.

No se dejen engañar los significados literales vehiculados por la palabra “post-racial”. Lo que muestran los hechos, es decir la continua producción institucional de los negros pobres como “grupo sujeto a muerte prematura”, por decirlo como Ruth Gilmore, es que el discurso “post-racial” a través el cual continua a interpelarnos todavía la era Obama, no es más que la condensación fetichista o el suplemento ideológico de una nueva y más perversa forma de racismo. Es cuanto afirma, por ejemplo, David Theo Goldberg, notable estudioso del racismo moderno, en su Are we all Post-racial yet? (2012). Según Goldberg, la especificidad del orden del discurso “post-racial” no está tanto en volver innombrable la raza en el lenguaje ordinario o en volverla “invisible” como fenómeno social, cuanto en su negar de manera continua y obsesiva la dimensión estructural-material del racismo en la sociedad americana. El discurso “post-racial” niega el racismo como “constitución material”, es decir como dispositivo (simbólico y material) a la base de la producción de la relaciones entre las clases y por lo tanto de la jerarquización de la ciudadanía. En términos marxistas, se puede decir que el discurso “post-racial”, construyendo las “razas” como fenómenos escindidos de las condiciones materiales de su producción, opera a través de una especie de fetichización de la raza y del racismo. Es en esta manera que, paradójicamente, el discurso “post-racial” acaba por ontologizar – esencializar – aquellas mismas “razas” de las cuales niega la existencia; es así que fenomenos sociales que son claramente el producto del racismo como dispositivo estructural de producción de la sociedad – por ejemplo, el alto porcentaje de negros entre pobres, excluidos, desempleados, población carcelaria, etc. – acaban por aparecer como el producto de una manera de vivir “equivocada”, de una cierta patología cultural, o de un simple déficit de “instrucción”, “educación” o “inteligencia” personal. El discurso “post-racial”, por decirlo en los términos de Fanon, pone el racismo del lado del ontogenesis en lugar de la sociogenesis.

Negando la dimensión público-material del racismo, por tanto, el discurso “post-racial” funciona como un dispositivo (racista) de naturalización de las desigualdades, cuyo efecto principal es justo aquel de convertir la raza y todo lo que ella implica un componente natural (o presocial) de la sociedad. Desde el interior de este discurso, los procesos de racialización, entendidos como la distribución de jerarquías y privilegios según la pertenencia a ciertos grupos y clases, no aparecen más como algo “adscriptivo”, como un producto activo de la interacción entre estado (instituciones) y capital, sino como un simple y neutral “amalgama” social originado por el libre juego entre sujetos, el desarrollo de lo que podemos llamar la “mano invisible” de la sociedad.

Desde este punto de vista, es sintomático que en los casos de Dallas y Baton Rouge se ha empezado a hablar de “odio racial” o de “guerra racial” sólo cuando los negros han disparado a los policias y no viceversa; movilizadas solamente en referencia al actuar de los negros, expresiones como “odio racial” o “guerra racial” acaban por poner “blancos” y “negros” al mismo nivel, como si las relaciones de poder fueran aun aquí “simétricas” y “equivalentes”; y como si el conflicto (racial) fuese generado por una especie de “natural” y reciproca intolerancia: más de esto que de un cierto sentido común entiende por “xenofobia” (fenómeno neutro, universal, inherente a la misma condición humana) que del racismo como sistema histórico de dominio de los blancos sobre los negros. Esta particular narración de los hechos además nos muestra que en el interior del discurso “post-racial” es a menudo el “negro” (o “latino”, o “musulmán”, y ciertamente no es ni el blanco ni tampoco el sistema) el portador del elemento “racial”, y últimamente, también del racismo, si como nos recuerda todavía Goldberg, uno de los aspectos más destacados de la condición o del discurso “post-racial” es que los que son acusados de “actitudes racistas” son cada vez más aquellos que históricamente han sufrido el racismo en lugar de sus verdaderos partidarios o promotores. En consecuencia, se puede decir que una de las finalidades fundamentales del discurso “post-racial” es volver “invisible” la whiteness (por que vuelve “neutra”) a través de la hiper visibilización de los otros – el “negro”, el “latino” – en clave “racial”.

De estas consideraciones se puede inferir otro de los efectos más perversos del discurso “post-racial”: en su negación de la raza y del racismo como dispositivos materiales aún a la obra en el ejercicio del poder en la sociedad americana, eso desata el pasado del presente dejando los sujetos “libres” de vender en el mercado, o de meter a trabajar, la propia “diferencia” (quizás racial, pero ciertamente no producida por el racismo). Dicho de otra manera, el discurso “post-racial” trabaja en el olvido de la historia, de aquellas mismas condiciones históricas – el capitalismo colonial, la esclavitud –  que han consentido la formación de las jerarquías y los privilegios raciales. Es el olvido de esta historia a consentir, de manera totalmente perversa, una proliferación “libre” y “sin culpas” de discursos y practicas racistas, porque, como es evidente, no vienen reconocidas como tales. Además, eliminando el racismo del discurso público sin la eliminación de estructuras materiales en las cuales se establece históricamente la supremacía de la whiteness, el discurso “post-racial” acaba por inscribir en la piel sólo las verdades producidas socialmente por el “capitalismo racial”, por usar la expresión conocida de Robinson Cedric en Black Marxism (1983). En resumen: la neutralización de la dimensión material de la historia y la privatización de las cuestiones de raza y racismo (atribuyéndole a la esfera privada y no pública), el discurso “post-racial” ha llegado cada vez más a ser visto como un elemento necesario y constitutivo de la razón del gobierno neoliberal. Más: el aumento significativo de la desigualdad entre las clases, la ruptura radical de raza y clase en el cuerpo social causada por el desarrollo del neoliberalismo ha encontrado en el discurso “post-racial” uno de sus elementos centrales de recomposición ideológica.

Piel negra. Poder blanco.

La era Obama, por lo tanto, propone de una manera infinitamente más perversa la famosa citación de Fanon: Piel Negra. Poder blanco. El discurso “post-racial”, la celebración de una supuesta condición social de “color blindness“, fue parte de la respuesta del capitalismo racial estadounidense a la lucha del movimiento por los derechos civiles y la radicalización de la cuestión negra expresada por el “black power” en los setenta. Este nuevo dispositivo racista osciló entre la negación del racismo como una dimensión histórico-material del capitalismo estadounidense y la mercantilización/poner a trabajar todas las expresiones tradicionales de la blackness. Alguien, sin embargo, sostiene que el aumento racista que está caracterizando el final de la era de Obama es parte de la respuesta del poder blanco a la elección de un presidente negro, un intento de dar una siniestra y definitiva marca histórica sobre este período singular en la historia de EE.UU. El hecho no cambia: Dallas y Baton Rouge quizá han demostrado que algunos de los negros – los más pobres y marginados – cansados de ser sometidos de forma pasiva el mito cada vez más grotesco de la integración “post-racial” en curso. Un mito que se vende en diferentes maneras, cabe recordar, incluso por parte de la élite negra. Esta reacción podría ser la única noticia real de lo que ha sucedido en los últimos días, aunque todavía es pronto para decirlo. En el movimiento Black Lives Matter la discusión sobre cómo reelaborar de manera efectiva su propuesta y como de organizar políticamente la rabia generalizada sigue y las interpretaciones de los eventos no son de ninguna manera homogéneas.Lo que es cierto es que la violencia es “post-racial” de la policía y las absoluciones comunes de los agentes imputados vuelven la situación cada vez más enervante.

Fuente: Commonware

¿Quiénes somos “nosotras” después de Orlando?

Por Jack Halberstam

En una reciente reacción a los tiroteos de gays latinos y otros en el local nocturno Pulse en Orlando, Florida, el 12 de junio, The Atlantic publicó un artículo afirmando que la violencia contra la gente LGBT en los Estados Unidos era demasiado común y que era incluso más común que la violencia dirigida contra otras minorías. El argumento principal de este artículo fue repetido cuatro días después en The New York Times bajo el titular “El colectivo L.G.B.T. tienen más probabilidades de ser objetivo de crímenes de odio que cualquier otro grupo minoritario”. Ambos artículos citaban la misma fuente, concretamente una investigación dirigida por el Southern Poverty Law Center, y ambos citaban al mismo investigador veterano, Mark Potok. En el artículo que aparecía en The Atlantic Potok es citado diciendo: “El colectivo LGBT tienen el doble de posibilidades de ser objeto de crímenes violentos de odio que los judíos o la gente de color”.

¡Esta es una declaración interesante en cuanto presupone que el colectivo LGBT no son ni judíos ni gente de color y que los asesinos eligen a sus víctimas sobre la base de un único aspecto de odio! También crea una jerarquía engañosa de violencia dentro de la cual la gente blanca dentro del colectivo LGBT son vistos como más vulnerables que otros grupos minoritarios. Este tipo de declaraciones que circulan ampliamente, apoyan una expresión generalizada de la vulnerabilidad del colectivo LGBT que aparece en plataformas de medios de comunicación, Facebook y Twitter, después de los asesinatos. Pero estas matanzas fueron muy específicas y en tanto nuevas expresiones materiales de la relación torturada que Omar Mateen tenía con su propia sexualidad, queremos desafiar este sentido de una amenaza homofóbica amorfa que separa violencia homófoba de las expresiones convulsas y particulares de odio racial.

Ambos artículos sobre los crímenes de odio esconden detalles demográficamente contradictorios hacia el final de sus reportajes sobre los ataques contra el colectivo LGBT. En The New York Times, por ejemplo, una gráfica que representa la distribución de la violencia contra el colectivo LGBT sobre la raza y la clase cuenta una historia diferente al titular sensacionalista. Si se ordena por raza, las gráficas revelan que, en palabras del reportero, “la gran mayoría de aquellos que fueron asesinados eran negros y transexuales”. Y las gráficas muestran que, incluso entre aquellos que no fueron asesinados, la gente LGBT que fueron víctimas más a menudo de crímenes de odio fueron gente de color.

Obviamente, el tiroteo de 49 personas en un club gay en una noche dirigida a los hombres gays latinos sacude a todas las comunidades LGBT hasta sus cimientos y nos recuerda otros ataques violentos y llenos de odio en otros clubes en las últimas décadas. En otros clubes gays, en otras noches, otros cuerpos han sido víctimas de las masculinidades tóxicas que imaginan la violencia como la solución a los movimientos en el status quo que podrían sacudir las jerarquías del sexo y el género. Pero esta noche, en este club, el objetivo de la masculinidad profundamente conflictiva, narcisista, militarista y alimentada de esteroides fue un grupo compuesto mayoritariamente por hombres gays y latinos.

Justin Torres evocó la escena en The Pulse aquella noche en un precioso ensayo ofrecido como tributo a los asesinados y titulado “En elogio a la noche latina en el club gay”:

Tal vez tu madre te bendijo mientras salías de casa. Tal vez te dejó comida en el frigorífico para que no le hicieras un desastre la cocina cuando llegaras a casa hambriento. Tal vez tu tía te llevó en coche y te dio dinero para volver a casa en taxi. Tal vez tuviste que buscar a una canguro. Tal vez, todavía no has salido del armario definitivamente para tu familia o tal vez tu familia te echó de casa hace algunos años. Olvídalo, sobreviviste… Tal vez tu culo medio latino ni siquiera habla español; tal vez apenas hablas inglés. Tal vez no tienes papeles.

Con cuidado y ternura, Torres sitúa a las víctimas de la masacre de Orlando no como un grupo unido de víctimas gays sino como un grupo felizmente desordenado de gays latinos con diferentes relaciones con la raza, el lenguaje, la clase, la ciudadanía, la familia y el parentesco. Usando la forma de segunda persona como destinatario -“tal vez no tienes papeles”- Torres habla a los muertos más que a los que están alrededor de ellos, sobre ellos, a través de ellos. Habla a los muertos, reconociendo las diferencias entre ellos y con respecto a la cultura que también a menudo les amenaza, les excluye, les explota o los ignora, y Torres sitúa a los asiduos al club en relación con la vida nocturna, con Orlando, en la relación entre ellos y las comunidades LGBT más grandes. En el párrafo siguiente, Torres describe lo que hay fuera del club -cristianos, Trump, exclusión, racismo- y entonces dibuja una línea mágica alrededor del club que lo señala como un lugar seguro para la gente que evidentemente no está segura en otro lugar en la cultura. De vuelta a la realidad, Torres recuerda la pérdida, la lucha continúa, pero aquí, en el club tú creces, bailas, vives: “No viniste aquí para ser un mártir, viniste a vivir, papi. A vivir, mamacita. A vivir, hijos. A vivir, mariposas”.

La preciosa canción de Torres a las mariposas caídas reconoce la belleza y la fragilidad de esta comunidad y sitúa esa fragilidad en relación a los múltiples vectores de violencia que existen fuera del club y que siempre amenazan con llevarla adentro. Algunos de esos violadores llegarán en forma de hombres inestables con armas, algunos vendrán en la forma de la policía de inmigración o de la seguridad nacional, algunos llegarán y llegaron en forma de policía y otros llegarán en forma de gente blanca LGBT que ve esta violación como propia e incorpora este crimen a una narrativa general de violencia anti gay.

Christina Hanhardt ha escrito extensamente sobre la especificidad de las manifestaciones en contra de la violencia en las comunidades LGBT y sobre los modos en los cuales algunas de esas reclamaciones llevan a aumentar la presencia policial en las comunidades LGBT y a incrementar la vigilancia de las comunidades de color. En un resumen de su posición en The Scholar and Feminist Online (S&F Online), Hanhardt identifica el rol de gentrificación de las comunidades de hombres gays dentro del panorama neoliberal y urbano posterior al estado del bienestar. Los gentrificadores gays y lesbianas, explica, a menudo “han sido saludados como el remedio a los problemas urbanos”. Y así, demasiado a menudo, las poblaciones urbanas de gays blancos sustituyen a las comunidades pobres y de color y se convierten en lugares de inversión. Escribe:

Un punto central en la historia del activismo LGBT, en la cual los temas de la violencia y la seguridad han sido tan importantes, ha sido el cálculo del riesgo: el riesgo de violencia asociado con la vulnerabilidad gay que pide iniciativas contra el crimen así como el riesgo de pérdida de beneficio relacionado con la especulación inmobiliaria. Un resultado ha sido redefinir la identidad gay normativa como identidad amenazada por aquellos considerados “criminales” (en particular, los pobres de color), mientras se buscan soluciones en negociaciones sobre el riesgo, incluyendo auto-regulación y mercados financieros abiertos.

En otras palabras, los proyectos de desarrollo urbano dependen de y estimulan a la clase gay creativa, y a menudo blanca, mientras que desplazan y amenazan a las comunidades pobres de color. Una por una, las comunidades blancas LGBT se pueden imaginar a sí mismas como parte de la nación y de su prosperidad mientras que las comunidades gays de color son situadas como lugares de crimen, ilegalidad y protestas culturales.

Dadas las diferentes historias de las poblaciones urbanas blancas LGBT y de las comunidades de color LGBT en relación al espacio, la propiedad, la vigilancia policial y el peligro, podríamos preguntarnos quienes somos “nosotras” después de Orlando. ¿El ataque a estos cuerpos marrones refleja una vulnerabilidad más generalizada experimentada por las comunidades LGBT en general? ¿Hay, de hecho, algún tipo de conexión entre la vulnerabilidad de las comunidades blancas LGBT y la homofobia y la violencia actual que las comunidades de color LGBT afrontan dentro del clima actual de caos anti-inmigrantes, anti-negros, pro-bancos, pro-negocios y de libre mercado?

Después de Orlando, podría ser el momento de romper la fantasía del monolito LGBT no en favor de unas cada vez más precisas calibraciones de la identidad sino en nombre de la necesidad urgente de confrontar la violencia estatal si es expresada a través de un régimen de seguridad que trabaja bien en nombre de los banqueros y políticos pero en absoluto en nombre de la gente pobre y de color, o si llega en la forma de estrategias de incorporación dirigidas a los gays privilegiados o el incremento de la vigilancia policial dirigida a los gays de color. Mientras que el matrimonio gay rápidamente está siendo presentado como la motivación para el incremento de la actividad de los crímenes de odio hacia homosexuales- el NYT sugirió que “irónicamente, parte de la razón de la violencia contra el colectivo L.G.B.T. podría tener que ver con una actitud de más aceptación hacia los gays y lesbianas durante las últimas décadas, según gente que estudia crímenes de odio”- un mejor modo de entender el matrimonio gay es como parte y parcela de una lógica de incorporación en la cual la oposición es engullida y convertida en más de lo mismo.

En tanto los LGBT blancos de clase media celebran su acceso a las formas sociales normativas y están de acuerdo en pagar el precio por tal aceptación consintiendo nuevas formas de exclusión violenta, ellos/nosotras no podemos declarar simultáneamente ser los más vulnerables de los vulnerables, las víctimas más victimizadas, los que más necesitan refugio, protección y asilo. Orlando me mostró al menos que el estado de seguridad en el que vivimos, con sus valores basados en la segunda enmienda y sus formulaciones crudas y estridentes de “nosotras” y “ellos”, necesita ser argumentado con conversaciones peligrosas, intrincadas y complejas sobre quienes somos “nosotras” y en qué queremos convertirnos “nosotras”.

Para Torres, Orlando nos pone frente a frente con el poder transformador de la noche latina en el club gay: “El único imperativo es ser transformada, transfigurada en la luz de la discoteca”. De un modo similar, Orlando nos trae a Jose Muñoz conjurando sobre la utopía gay como “un tipo de exceso afectivo que presenta la fuerza que posibilita el porvenir que mira hacia el mañana”. Orlando no es un “nosotras” generalizado y no específico. Es un “tú” claramente puesto en pie, bailando, viviendo y muriendo en la madrugada, en un espacio en el borde más alejado de la comunidad, en la orilla del porvenir que mira hacia el mañana en el que otros mundos podrán y llegarán a ser.

Fuente: Bully Bloggers