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Vencer a la desafección

En los tiempos de la gobernanza neoliberal la democracia se reduce a una simple formalidad para la aplicación de medidas al servicio de organismos supranacionales como, por ejemplo, el FMI, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o el Eurogrupo. Lo que importa no es quien gobierna, lo ha confirmado el referendum griego de julio 2015 y lo confirma la mitad de la población del Estado español que no ha asistido a la cita electoral y ha preferido quedarse en casa o dedicarse a otra cosa – y también parcialmente la victoria del primer partido ganador de las dos últimas elecciones. Hoy quien no vota expresa el mismo rechazo que quien vota en contra, para nosotras éticamente hablando es lo mismo. Es más que evidente que la desafección no es, en sí, una amenaza para las clases dominantes. Prefieren democracias reducidas a la expresión de una pluralidad manejable de voces contrapuestas. Antes el voto se planteaba como sustituto de la lucha en los movimientos sociales. Hoy, con las calles prácticamente vacías, es una expresión del rechazo como otra.

No pretendemos dar explicaciones del porqué ha vuelto a ganar el verdadero partido de “clase”. Para nosotras, lo necesario es prepararse para lo que viene. Existe una distancia creciente entre la clase media con miedo al empobrecimiento y la clase pobre. Estos días, las redes sociales arden con expresiones de frustración alienada y autodestructiva. Frases como “país de mierda lleno de subnormales” o “somos unos pringaos ignorantes” que nos recuerdan a los apodos que se les ha dado a los votantes que apoyaron el Brexit en Inglaterra, que se articulan sobre la creencia en una clase iluminada y una plebe irracional incapaz de discutir civilizadamente los argumentos expuestos en los hilos de Facebook y los artículos publicados en los medios digitales progresistas.

Hoy más que nunca, en cada comicio europeo, asistimos a la multiplicación de las valoraciones morales de quien no se ve reflejado en la opción mayoritaria. La soberbia de algunos comentarios aumentan el aislamiento, relegando la alienación que acompaña a la pobreza a ocupar un lugar oscuro, donde fácilmente encuentra refugio en la alucinación colectiva del nacionalismo o incluso del odio. Desde esa oscuridad, el miedo a un ataque desde el exterior empuja hacia el nacional-socialismo, como está sucediendo en varios países del este de Europa, en Grecia o en Francia antes de las extraordinarias movilizaciones contra la Loi Travail et son monde.

No es casual que en la política contemporánea, donde los procesos de integración alejan los centros de control directo de las decisiones políticas de los votantes, las instancias soberanistas y referendarias se unan a las nacionalistas, como si para reclamar la soberanía “usurpada” fuera necesario ejercerla inmediatamente y volver a establecer el límite natural, el del Estado. Esta dinámica, que todavía está emergiendo en casi todas partes como una solución de compromiso entre la democracia y la integración, es especialmente explosiva en Europa no porque las instituciones europeas sean burocráticas e ineficientes, sino debido a que pretenden representar una forma de unión política supranacional. Quienes lamentan este déficit democrático de la UE son los federalistas, por lo que no puede haber una verdadera política común sin una soberanía común. Los nacionalistas, en su lugar, acusan a Bruselas exactamente de lo contrario: de transformar la UE en un superestado artificial, que los procesos (en realidad intermitentes) de integración política e institucional constituyen una amenaza para la libertad y la prosperidad de las naciones. Las dos posturas son los dos reflejos del mismo espejismo.

Entonces ni el Estado capitalista del libre mercado y la propiedad privada, ni el Estado socialista y el monopolio de la propiedad pública de un pasado que afortunadamente no volverá, ni tampoco el de otras ideologías producidas como reacción a la supuesta ausencia de democracia como el independentismo “a prescindir”: las tres opciones son proyectos institucionales al servicio de la propiedad mediante la expropiación y la explotación de lo común. No estamos en contra de la independencia por estar en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, sino porque no existen las condiciones materiales objetivas para producir una independencia política en este contexto. Tampoco se trata de estar o no en el euro o la UE, a pesar de que ninguna de estas decisiones pueden ser tomadas por vías democráticas o plebiscitarias. Si hay capitalismo no hay independencia y si queremos independencia hay que deshacerse del capitalismo.

Dejemos de quejarnos de la gente, de lo que hace o de lo que deja de hacer. Aunque resulte cómodo – incluso terapéutico – atribuir la responsabilidad a la composición social, no deja de ser efímero cuando no, contraproducente. Identifiquemos nuestras insuficiencias y asumamos nuestros límites. Habrá que repensar lo que abrió el 15M como un desbordamiento de la sociedad no traducible en la lógica de los partidos políticos, ni en la tristeza de un espectáculo forzado y la simplificación por defecto de toda la complejidad social. Pensemos cómo sonreír juntas de verdad, no para las cámaras de los platós de televisión, ni por la ridiculización de un líder en las redes sociales. Aprendamos como interpelar a la realidad, tomémonos en serio finalmente nuestra alegría y nuestra capacidad de acción y organicémonos para volver a sentirnos más felices que en las plazas del 15M. Porque no hay alegría sin lucha y no hay lucha sin organización.

Antes del próximo rescate, saboteemos las instituciones que están al servicio de la Troika bloqueando la economía.

No reivindicamos nada

por Frédéric Lordon

En el punto donde estamos hay que estar ciegos para no entender que en el movimiento social se juega mucho más que una simple ley y sus artículos. Pero la ceguera es precisamente la característica de nuestros gobernantes y de sus comentaristas embedded. Así todo, este pequeño mundo sigue agitándose como en un teatro de sombras y recitando una comedia cada día más absurda; unos ocupados en pesar en su balancita y sus concesiones de fachada, los otros en sus ganancias risibles, y los terceros intentando tejer los elogios de lo que es razonable u ocupados en preparar las futuras “primarias”. Y todos pidiendo cual puede ser el color más oportuno para volver a pintar las rejas del jardín que se han dedicado a cultivar, allí, al lado de un volcán tembloroso y humeante.

Como una paradoja típica, cuando se está en el fin de un ciclo, son estos mismos señores que aceleran los procesos de descomposición, del cual se percibe el progreso cuando los umbrales de corrupción del lenguaje se estrellan uno tras otro. En este sentido, hemos tomado la costumbre de utilizar a Orwell como medida de referencia. Pero Orwell era un jugador pequeño al cual le faltaba definitivamente la fantasía. Hay que ser honestos del todo: no estaba completamente privado de talento, se ha tenido que esperar un poco antes de verlo superado en las falsificaciones lingüísticas, pero este momento ha llegado. Y es Bruno Le Roux, presidente del grupo socialista en la Asamblea Nacional, quien se ha encargado de enseñarle a qué altura puede llegar el prodigio del giro de sentido de las palabras: “Se necesita que el contrato indefinido no se vuelva una jaula para los empresarios (1). Hay que reconocer que es difícil de comprender plenamente tanto genio y que debemos estar de pie para no tener vértigo. Quien recuerde pensará inmediatamente en un extracto de las Nouveaux chiens de garde (2) en el cual Bénédicte Tassart (RTL), queriendo deshonrar el secuestro de los propietarios (por parte de los sindicalistas), dijo que “es inaceptable obligar a la gente en contra de su voluntad en la oficina“, obviamente sin darse cuenta de que, al hacerlo, muy agudamente, representa simplemente la condición salarial (sin duda, limitada al sector terciario, pero fácilmente generalizable). La pobrecita no era consciente del hecho de que las analogías carcelarias de Bruno Le Roux están calibradas mejor. Tan bien calibradas que casi queda la duda de que sean intencionales.

Efectivamente se podría pensar que todo lo que pasa en este momento ruede precisamente alrededor de la conexión, poderosamente destacada por Bruno Le Roux, del contrato salarial y la prisión. ¿Quién es el prisionero de verdad? Es este el punto de la disputa residual, sobre la cual, afortunadamente, no se paran aquellos que con un bote de spray en mano y de manera bastante enérgica vuelven a elaborar por su cuenta la gran intuición de Le Roux.

Y no solo de él, porque es sin duda un gobierno al cual no le faltan filósofos y que se destaquen en el arte de “hacer pensar”. Recordemos a Emannuel Macron, que sugería, meditando sobre los últimos fines existenciales, que “se necesitan jóvenes que quieran volverse multimillonarios”. Pasar al artículo indefinido para hacerle decir que se necesita que “los jóvenes tengan ganas de volverse multimillonarios” sería violar un pensamiento que, visiblemente, ¿Se abstiene de sacar todas las consecuencias por temor a reacciones retrógradas? Del uno al otro, entonces –de Le Roux a Macron – y aunque por caminos distintos, se trata de una idea general de la existencia que nos viene propuesta.

Hay una invitación y tenemos que demostrar sensibilidad. Tomamos las cosas al mismo nivel de generalidad con la que nos vienen propuestas – la única manera de responder adecuadamente. Decimos por honestidad que esta respuesta ha necesitado tiempo para llegar a su maduración. Es verdad que tanto la brutalidad del asalto neoliberal como la caída de la “alternativa comunista” no han facilitado la toma de conciencia. Treinta años de experimentación sobre la piel no podían más que producir alguna incomprensión. Pero lo “real” hace su camino, y lo hace cada vez mayor cuando se desarrollan lugares para compartir (primer ejemplo entre otros la web #OnVautMieuxQueCa), donde la gente descubre lo que está obligada a vivir contra su propia voluntad y compartido por muchos.

Además, tenemos que agradecer a este gobierno que nunca ha dejado de estimular la reflexión: la denominada “Ley del Trabajo” llega como una especie de apoteosis que nos permite las últimas aclaraciones. La idea de vida que nos proponen estas personas ahora aparece en toda su claridad. Es por eso que, ahora que estamos dotados del conocimiento necesario y después de largas reflexiones, podemos decir “no”. Subrayamos, para los sordos– y siempre hay muchos del lado del poder -, que lo que se trata hoy va de esto. No de cuantas veces el contrato indefinido pueda ser renovado o de la oportunidad de los voucher, o de otra cosa: se trata, más bien, de la idea de la existencia.

Alguien se puede convencer recurriendo a los principios, se puede hacer aún mejor a través de las imágenes. Para aquellos que no tienen todavía bien claro el tipo de mundo que la filosofía del gobierno desea por nosotros – en los dos sentidos de la palabra: en lugar de nosotros y para imponerlo a nosotros – sería suficiente tener en consideración una cosa o dos que pueden representar un desafío al poder. Nos referimos, y han sido vistas por todos, a las imágenes de una controversia muy encendida entre tres policías antidisturbios y un peligroso estudiante de bachillerato, o las imágenes de la vuelta de los equipos especiales de policía en los bancos de la universidad de Tolbiac, que arrojan una luz distinta a las palabras de François Hollande de 2012 – “Me gustaría volver a dar la esperanza a las nuevas generaciones” – o el discurso más reciente de la ministra de la Educación Najat Vallaud-Belkacem (24 de marzo 2016) – “Educación: lo que hacemos para la juventud”. Excepto que no era exactamente lo que querían.

La realidad del orden social se hace de otro modo explícita en dos vídeos: el primero, de testigo puro, fue filmado por el diario Fakir y muestra a Henri (su apellido no se conoce) contar cómo él, asalariado de un subcontratista, ha sido denunciado por la Renault donde intervenía a su empleador por haber señalado la película Merci patrón ! a algunos sindicalistas del Technocentre (el centro de investigación de la Renault) fuera del horario de trabajo y a través de su correo electrónico personal…

Denunciado y, por supuesto, alejado del sitio donde desempeñaba su trabajo… ahora está luchando con un procedimiento de despido con su empleador. Aún más desconcertante, si se puede, es la escena grabada en una oficina de correos de Asnières: durante una asamblea frente a un grupo de robocop preparados y armados con flashball, llamados por la dirección. Sólo su cohesión y la reacción de un sindicalista cojonudo, blindado por sus derechos sindicales, pudo echarlos.

Quizás esta es la escena que resume el terror del poder: el encuentro entre estudiantes y asalariados. La vigilancia policial en última instancia, del asalariado ingobernable, es decir la fusión entre Estado y capital, paradójicamente aún más fuerte cuando se trata de capital público; la alternativa radical de la sumisión o de la lucha colectiva. Es más que evidente que frente a tal espectáculo, la claridad de la comprensión obtiene la ayuda de la imaginación. Y también una nueva mezcla de sentimientos y emociones. Y gracias a este buen impulso somos finalmente capaces de decir lo indecible: no reivindicamos nada. Entenderéis que después de décadas en las que nos habéis enseñado, vosotros y vuestros símiles, vuestras altas calidades y previsión, la idea de negociar con vosotros nos parece sencillamente sin sentido. El hecho es que “reivindicar” tiene sentido solo en un contexto en el cual se pueda reconocer como implícitamente legítimo. Llega el momento en el cual, a fuerza de negociar por unas migajas y también simplemente por reducir la reducción de las migajas, lo impensable vuelve a la mente. Ya no más como objeto de alguna “reivindicación”, sino como objeto de una transformación completa.

Es cierto, lo sabemos: para seguir manteniendo la ilusión podéis contar con el sindicalismo amarillo, el que ve “expectativas de progreso” (3) después de las peores regresiones, y que la ciencia heraldica ya tiene establecido tanto el escudo “de fregonas cruzadas” como el lema sempiterno “hundidos desde siempre”. Contra un cierto sindicalismo de rodillas, lo que nace ahora es un movimiento en pié. Como ya se sabe un movimiento entendido en este sentido, comienza por las asambleas y las reuniones. Entre la gente se extendió la idea de que simplemente manifestarse en las mismas rutas predeterminadas, en otras palabras “reivindicar”, ya no es suficiente. La consecuencia es que no volverán a casa después de la manifestación, se reunirán en algún lado para empezar algo distinto. “Nuit Debout” (Noche en pié) es el nombre de esta iniciativa, y su lema, copiado del mensaje de la película Merci patrón ! es indicativo de la relación con la contraparte: “aterrorizarlos”… Reunirse, no disolver las manifestaciones, no reivindicar: efectivamente, un concentrado de anomalías inquietantes para los sabios administradores de la contraparte.

Y es cierto que, incluso si no conocemos bien nuestra fuerza, lo que está emergiendo es una pesadilla para el Estado, que se ve sus miedos expresarse en una coyuntura astral de lo peor: la negación de la mediación, el abandono de la reivindicación y su reemplazo con la afirmación.

Podríamos decir, de hecho, que estamos a punto de experimentar uno de estos benditos momentos de la historia en la que los grupos fragmentados entre sí redescubren lo que tienen en común, este común macizo establecido por el propio capitalismo: la condición salarial. No solo los empleados maltratados de hoy en día, los universitarios y los estudiantes de la escuela secundaria maltratados mañana, la precariedad de todo tipo, sino también todas las demás víctimas indirectas, se diría secundarias, de la lógica general del capital, los migrantes en situación irregular y explotables hasta el infinito.

¿Qué puede hacer un ministro, o su subsecretario, con todas estas personas que no quieren saber más de reivindicar? Nada, absolutamente nada, y lo saben, entre otras cosas, y eso es lo que les asusta. Cuando abandonan la práctica infantil de la reivindicación, la ciudadanía encuentra el gusto de la afirmación – la ruptura del monopolio estatal sobre el derecho a la afirmación. Para su desgracia, la ley El Khomri habrá sido la prevaricación de más, la que va más allá del umbral del escándalo, y genera el impulso en los espíritus para el cambio radical de perspectiva de las cosas, posiciones, roles. No tenemos ningún deseo de luchar para cambiar dos párrafos: queremos afirmar nuevas formas de actividad política.

Hay que sentir el llamamiento conmovedor de Michel Wievorka por “rescatar la izquierda de gobierno” (6) para comprender el nivel de integración de los intelectuales en connivencia al “marco” general de las cosas, y de consecuencia, su incapacidad total para entender lo que se mueve en la sociedad, también y sobre todo si son sociólogos. En un intento de redefinición performativa de las categorías políticas que explicita plenamente el desplazamiento a la derecha de este personal acompañante (siguiendo a sus maestros, que no pueden abandonar), Wievorka nombra representantes de la “izquierda de la izquierda”… Benoit Hamon y Arnaud Montebourg (izquierda socialista)! Una manera de indicar a esta gente donde está situada la frontera extrema del mundo político – porque, por definición, a la izquierda de la izquierda de la izquierda, no hay nada. O más bien sí: hay los locos, la izquierda “loca”, es la expresión preferida de todos los sorprendidos que no comprenden que se puede no querer elegir entre “la izquierda liberal-marcial de Manuel Valls” (sic), “la izquierda social-liberal de Emmanuel Macron” y entonces “la izquierda de la izquierda de Benoit Hamon y Arnaud Montebourg”. Encerrados en sus certezas, redibujan las fronteras de este dominio de la locura cada vez más cerca de ellos. Entonces hay que decirles, a Wievorka y a todos sus símiles, a los Olivennes (7), a los Joffrin (8), etcétera… es cierto, estamos completamente locos. Y estamos llegando.

 

NOTAS

(1) LCP, 10 de marzo 2016.
(2) Les nouveaux chiens de garde, pelicula de Gilles Balbastre et Yannick Kergoat, Epicentre films éditions, 2011.
(3) Laurent Berger, « La loi Travail “peut répondre à une ambition de progrès” », L’Obs, 24 mars 2016.
(4) Convergence des luttes.
(5) « Pour la république sociale », Le Monde Diplomatique, mars 2016.
(6) Michel Wieviorka, « Il faut sauver la gauche de gouvernement », entretien, L’Obs, 27 mars 2016.
(7) Denis Olivennes, La maladie de la gauche folle, Plon, 2000.

Fuente: Le Monde Diplomatique

Por una nueva re/vuelta de la política

Cuando escribimos este texto no pensabamos que unos titiriteros podrían ser acusados de enaltecimiento del terrorismo por representar ironicamente la estigmatización que se hace desde arriba del los movimientos sociales asociandolos al terrorismo. La libertad de expresión bajo responsabilidad no es más que una operación de censura de estado. El ataque a los movimientos sociales no está dirigido sólo hacia las estructuras y a sus organizaciones como fue en el caso de la PAH, sino es una batalla cultural para la hegemonía y el mantenimiento de una mayoría. La debilidad de este posicionamiento es evidente a la hora de que hasta un espectaculo de titeres puede desestabilizar un gobierno, esto es suficientemente ilustrativo para imaginar lo que este gobierno puede hacer con respecto a las políticas de austeridad de la Troika. Quien habla de revolución democrática hoy no le queda nada mas que apelar a la buena voluntad de sus intenciones, la experiencia del referendum griego desvela su impotencia mientras que nadie ha asistido a algun cambio real. Los neodem pueden unicamente limitarse a señalar las insuficiencias de la nueva política apuntando a sus limites como si otro sujeto político pudiera obtener mejores resultados. En su lugar la situación nos pone frente a otra realidad, donde la política está cada vez mas espectacularizada y reducida a la pantomima de los medios de comunicación. Parafraseando a Mario Tronti “porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es”, gracias al endurecimiento de las leyes y la censura asistimos a la represión sistematica de los movimientos sociales, por esto es mas que necesario poner nuestras energías dentro de las luchas, empujar el razonamiento hacia adelante para conquistar nuevos espacios de libertad.

  1. La crítica es tachada de terrorismo y los marcos políticos para fortalecernos son cada vez más estrechos, atrapados entre la legalidad y la “nueva política”.
  1. Las plazas del 15M abrieron una brecha en la política enteramente subsumida por las elecciones. Si medios y fines concurren de igual manera, las plazas han fracasado por volver a los barrios e intentar reformar la democracia en lugar de inventar otras formas de vida. Donde se han dado estructuras e insurrecciones en los barrios, que sí bien cambian la forma de vida de algunas y refuerzan la solidaridad y el apoyo mutuo, estas quedan insuficientes en cuanto a canalizar energías hacia cambios estructurales.
  1. Hay un conformismo de masas, hasta dentro de los propios movimientos. A partir de 2011 hemos pasado de una política expansiva hacia volver a la reproducción de cada espacio, en algunos casos en forma de asistencialismo, en otros en forma de partido.
  1. Los nuevos fascismos y la derecha están creciendo. En momentos de crisis los nacionalismos y el proteccionismo se vuelven la moneda de cambio de la inmovilización social y el miedo. En la dialéctica nacionalista se difumina cualquier posibilidad emancipadora porque falta el sujeto que tendría que protagonizar el supuesto cambio y el contexto sociopolìtico, el pueblo y la soberanía nacional, que en la sociedad globalizada ya no existe ni volverá a existir.
  1. Europa es un contenedor vacío, o más bien existen solo las instituciones del euro y sus infraestructuras irreformables. Las fronteras europeas definen el volumen de la fuerza de trabajo y sirven para controlar el movimiento de ella.
  1. El desempleo es la otra cara de la precariedad. A más desempleo corresponden peores condiciones de trabajo. La precariedad indica la imposibilidad de garantías de continuidad con cualquier situación laboral y la tendencia al empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida. En estas condiciones no es posible una vuelta al pleno empleo, ni tampoco pedir un subsidio de pobreza a las instituciones existentes. Si no existen reformas posibles para salir de la precariedad y de la pobreza, habrá que inventar nuevas formas de mutualismo.
  1. La tecnología cumple la función de sustituir las relaciones con su simulacro, constituye una herramienta para el control y la manipulación de nuestras vidas. A la vez ordenadores y smartphones componen un entramado con el cual tenemos que aprender de qué manera podemos utilizarlos para coordinarnos y encontrarnos. Sin aislarnos en el gueto del decrecimiento voluntario, el decrecimiento ya está en marcha, es generalizado y está impuesto desde arriba.
  1. Las fórmulas políticas que hemos utilizado hasta ahora no son suficientes, ni para sumar las simpatías y participación a la movilización ni para identificar el problema y atacarlo.
  1. Las ciudades son espacios a la venta transitables y regulados exclusivamente para el consumo y la especulación, todo lo que queda afuera de esta función mercantil supone una amenaza.
  1. Las ideologías y las narraciónes del siglo pasado forman un obstáculo y una lección, encerrarse en ellas crea un bloqueo a la acción. De cada experiencia y acontecimiento podemos aprender algo sin perder de vista donde estamos y nuestra historia.
  1. El ataque sistemático a los movimientos sociales es una estrategia que intenta someternos a la resignación o la aceptación de nuestras condiciones de vida. Nuestra tarea es la de reformular la manera de resistir y atacar, crear empoderamiento colectivo, construir una perspectiva revolucionaria.

 

 

Simone Weil a Atenas

por Gigi Roggero

Según Schmitt existe una mano invisible que te guía en elegir el libro justo en el momento justo. Nosotras, materialistas, sabemos que aquella mano a lo mejor es invisible pero no aleatoria, que se puede organizar y distribuir. No sirve leer muchos libros. Es necesario saber elegir los justos. Las bibliografías hinchadas son como los culturistas que se llenan de esteroides: detrás de una fuerza aparente, se esconde una profunda debilidad. También los músculos conceptuales, pues, se alimentan políticamente de calidad y selección.

Estas capacidades, que pertenecen a la inteligencia colectiva, resultan aún más importantes en fases como la actual, donde es difícil interpretar el presente, y aún más transformarlo. Entonces, como un reflejo condicionado, se tiende a la autocomplacencia de los propios pequeños espacios políticamente e intelectualmente marginales, o huir con el pensamiento a páramos autoreferenciales, en pequeñas comunidades de iguales en las que nos reconocemos y nos dan siempre la razón. Pero se puede seguir otro camino: cuestionar a quien ha sabido interpretar y tal vez transformar su tiempo, y a partir de allí extraer lecciones para el presente. Siempre que se sepa cómo traducir, sin imaginar encontrar recetas universales ya preparadas o aún peor algún dogma a seguir.

En esta época de crisis permanente una figura para interrogar es sin duda Simone Weil, quien ha interpretado a fondo su tiempo, aunque no haya sido capaz de transformarlo. De hecho, en un cierto momento rindiéndose a ello. Sin embargo, nos ha dado varias cosas, entre ellas la extraordinaria colección de artículos, cartas, y fragmentos de pensamientos incluidos en el libro Sulla Germania totalitaria (Adelphi, 1990). En la primera parte, para nosotras la más importante, están los textos escritos entre Berlín y París en 1932 y 1933, en contacto directo con el ascenso del nazismo y la incapacidad de los comunistas de oponerse a la vez al nazismo y el capitalismo. La segunda parte es un largo ensayo de reflexión histórica sobre los orígenes del hitlerismo, que tiene según Weil sus raíces en el Imperio Romano.

En el corto tiempo de permanencia en la capital alemana de la joven militante francesa, entonces ligada al sindicalismo revolucionario y el trotskismo, nos dice lo que ve. Lo hace sin caer en el victimismo, sin llorar los ataques asesinos de los nazis. Por el contrario nos dice que la crisis es una oportunidad. La situación alemana entre el 1932 y el 1933 responde plenamente a la definición de la situación revolucionaria. El problema es que en los hechos no se ven los signos precursores de la revolución. Aparentemente hay una gran calma, y es justo esta calma la que es, en un cierto sentido, “trágica”.

La crisis ha llevado a una politización total de la vida y de las relaciones, “ningún problema concerniente a lo que es más íntimo en la vida de cada persona puede formularse sólo a la luz del problema de la estructura social”. La crisis no se considera una interrupción temporal del desarrollo, ya que terminó con cualquier perspectiva de futuro. Sobre todo para los jóvenes, para los que la crisis constituye el estado normal de las cosas. El único plan de acción que se puede imaginar es entonces la política. Llevan un porvenir, que no será dado por las etapas de una vida ordenada por los demás, sinó que será conquistado de forma autónoma, o no será. De aquí viene la posibilidad revolucionaria: “En Francia sólo hay jóvenes y viejos; allí hay una juventud”. La crisis, por lo tanto, quita a los jóvenes toda perspectiva de confianza en el régimen existente, pero al mismo tiempo corre el riesgo de quitarles también las fuerzas para encontrar una solución. Posibilidad revolucionaria y alienación nihilista marchan codo a codo, a menudo entrelazadas, a veces incluso parecen confundirse. Estas son páginas que parecen estar escritas en los últimos años.

La crisis es a la vez la fragmentación. Divide la clase media desclasada de los obreros, los desempleados y las personas. En línea con el Lenin del ’17, también Weil señala que en los revolucionarios “las masas inconscientes, hasta que no son arrastradas a la acción por los obreros conscientes, absorben muy ávidamente los venenos contrarrevolucionarios”. El movimiento hitleriano es un ejemplo. Es un movimiento, no solo un partido. Reúne la mayoría de los intelectuales, grandes sectores de la pequeña burguesía urbana y del campo, muchos campesinos. La gran burguesía intenta utilizarlo, de manera contradictoria y sin conseguirlo nunca del todo. Leer al fascismo como simple expediente del capital, no permite comprender las profundas ambivalencias de aquella época y de la composición social y de clase. Porque de hecho hay obreros, que tienen sentimientos revolucionarios, que a menudo participan en huelgas con los comunistas y odian a los amos. Ellos son parte de los trabajadores descritos por Jünger, radicalmente ambivalentes, los obreros de la fábrica en la fase de taylorización y las tormentas de acero. Se mezclan y tienen conflictos con los obreros especializados, por cuya tendencia a la marginalización política se aflige la autora. Son, como los jóvenes, en busca de fuerza: parecen encontrarla en el nazismo, sin darse cuenta – Weil observa – que es la fuerza del enemigo.

La militante francesa tiene una profunda admiración por los obreros alemanes, página tras página cuenta de su resistencia en condiciones cada vez más duras; quitan una parte del dinero que queda para la comida para comprar libros, participan en las organizaciones deportivas en brigadas alegres a pesar de todo, se privan de lo necesario para obtener lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. E incluso cuando son pasivos, esta pasividad nunca es resignación. En la clase obrera alemana, la más madura, disciplinada y culta, y sobre todo en su juventud, es necesario poner las mayores esperanzas contra la ola reaccionaria. Y sin embargo, a ratos emerge en el texto como esta “conciencia” ordenada acaba siendo un límite, que a pesar de todo deja la mayor parte de los obreros anclados a la socialdemocracia, que a través de las cooperativas y las sociedades de apoyo mutuo los tiene encadenados a la legalidad. Quizás son demasiado educados para enfrentar la mutación antropológica de la Primera Guerra Mundial y el salto radical impuesto por la crisis, para combatir en una época en la cual importan sólo las brutales correlaciones de fuerzas. Incluso los obreros comunistas, por su parte, muchos de los cuales  se quedaron sin empleo, parecen no darse cuenta de atravesar un momento decisivo, aún piensan que tienen mucho tiempo por delante. Sin embargo, el tiempo apremia.

En noviembre de 1932, el 70% de los votantes alemanes se expresa en contra del gobierno de von Papen y contra la República de Weimar. La ocasión es extraordinaria. Se dividen en los tres partidos principales, que cada uno a su manera apela al socialismo. “Para el Partido Nacional Socialista como para la socialdemocracia, el socialismo se reduce a dirigir en el estado una parte más o menos considerable de la economía, sin una transformación previa del aparato de Estado, sin la organización de un control obrero efectivo”. Mientras el partido comunista alemán es simplemente una sección de la Tercera Internacional, que responde a los intereses de Moscú y no del proletariado. Esto, por supuesto, resultará ser un desastre. Weil critica también a Trotski la esperanza en un cambio de dirección de la Unión Soviética, y definirá como “supersticioso” el apego que conservó por el partido comunista. Definición espléndida, que arrojará luz sobre muchos de los problemas del movimiento obrero durante gran parte del sucesivo siglo XX.

Una vez más, pues, en aquellos meses, a los ojos de Weil se confirma que la situación es revolucionaria: pero si la situación no es atacada, decidida y resuelta, si los revolucionarios no sabrán llegar hasta el final, la situación se volverá en su contra. Ya se sabe lo que pasó, y, finalmente será el fascismo y no la revolución el que barra el “cadaver apestoso” de la socialdemocracia, que con las manos manchadas con la sangre de los espartaquistas durante quince años corrompió el ambiente político en Alemania.

Entonces Weil señala la derrota, con la justa lucidez y con la predicción equivocada de la imposibilidad de continuar la lucha. Incluso cuando abandona la militancia, sin embargo, elige con dignidad “compartir la derrota de los obreros en lugar de la victoria de los opresores”. Ve el ascenso, en un horizonte próximo, una nueva especie de opresión ejercida en nombre de la función. Es la era de la técnica, de la oposición entre los que tienen la máquina y de los que la máquina dispone. El obrero se reduce a un comportamiento “contemplativo”, decía Lukacs, en el que sólo debe controlar el funcionamiento del sistema automático. Se desarrolla el tema de la burocracia, en el cual se hace sentir la jaula de hierro weberiana y la influencia de Trotski. Una burocracia que en fragmentos está demasiado separada de la materialidad de las relaciones de producción, casi independiente del desarrollo del capitalismo. Hasta ver el régimen de la técnica como sucesor del capitalismo, donde hoy podemos observar el desarrollo pleno como su etapa suprema. La crisis contemporánea y el dominio del algoritmo financiero nos hablan exactamente de esto.

La segunda parte, decíamos, es para nosotras la menos interesante. Aquí el nazismo, tan cuidadosamente analizado antes en su determinación histórica, es ahora engullido por el concepto de totalitarismo, que termina comiéndose la relación de capital. Que es total por definición. De esta manera, se pierde la especificidad material de los procesos, la Alemania nazi se vuelve igual al Imperio Romano. Como si el dominio del capital estuviera basado en el puro terror y no también en la aceptación; no sólo en la necesidad coactiva de la fuente de nuestra explotación (o trabajas o no comes), sinó también en la mercantilización de su deseo. Se pierde sobre todo la oportunidad de comprender cómo estos procesos se pueden romper y subvertir. Así que la primera parte en la que estos elementos emergen con extraordinaria lucidez, parecen perderse en la segunda. Aquí traslucen puntos de nostalgia, en busca de un hombre y una mujer que no estén corrompidas por el poder. El totalitarismo, sobre todo, acaba oponiéndose a una mitificación de la democracia. ¿Cómo no ver, después de unas décadas, que esta abstracción técnica ha sido llevada a cabo no en contra, sinó con la democracia? Es la hegemonía del hombre-masa, el totalitarismo de la opinión pública, el dominio del mercado: desde Atenas a Atenas, la democracia nació con la esclavitud de los antiguos y muere con la esclavitud de los modernos.

En los años entre la primera y la segunda parte se consuma un cambio significativo en la biografía política de Weil. Una vez dejado el compromiso militante, continuará odiando justamente al estado, aunque amando demasiado al individuo. Permanecerá fiel a los obreros, y después de todo a la idea de que la emancipación de los obreros será obra de los propios obreros. Esa idea que la llevó a imaginar un papel del militante que debe simplemente ayudar a los obreros a hacer la revolución, no empujarlos. Es un operaísmo matizado en sentido populista, pero ciertamente no aquel populismo vaciado de todo contenido con el que el término se usa desde hace unos años. Populista por lo que significaba en la noble tradición de la Revolución Rusa, hombres y mujeres que fueron a la gente y estaban dispuestos a jugarse la vida. Lenin tenía un profundo respeto por los populistas revolucionarios, estudió las enseñanzas, contra quien –  los presuntos populistas contemporáneos a él – mancillaba su gran legado subversivo.

Necesitaríamos una Weil hoy en Atenas, más que un Syriza en Bruselas. Y una Weil en cada metrópoli afectada por la crisis. Porque aquí necesitamos de la capacidad de mirar y no sólo ver, de interpretar, y no sólo narrar, de hacer investigación y no sólo reportaje. Entender las ambivalencias, poner sobre la mesa los retos, explicar los problemas y limitaciones, presionar sobre los tiempos y las urgencias. Y no escribir para complacerse a sí mismos o sus comunidades de referencia. “Parece que los militantes temen las reflexiones desmoralizadoras”, escribe al comienzo de 1933. Ochenta años después, sigue siendo así. De esta Weil hoy nos gustaría quitar el sentido de la inevitabilidad de la derrota, sumergir el espíritu de sacrificio en la libertad de la organización colectiva, abrir sus perspectivas a la posibilidad de reversión. No por esperanza, sinó por necesidad. Sin olvidar nunca que nuestro ángel de la historia tiene la potencia del salto del tigre.

Fuente: Commonware

Golpe de estado en Grecia

por Franco Berardi Bifo

Observando el día a día del FMI y del Banco Central Europeo, comenzamos a descifrar el escenario: el sistema financiero mundial está organizando un golpe de estado en Grecia, y para lograrlo humilla y condena a la miseria a millones de personas, empujándolas hacia un desastre humanitario hasta ahora inimaginable en Europa.

Cuando era joven, leí con horror cómo los habitantes de algunos pueblos polacos o alemanes pretendían no saber que a quinientos metros de sus casas se estaba enviando gente a los hornos crematorios. Hoy, en los pueblos italianos, franceses o alemanes hacemos como si no supiéramos que se está cometiendo un pogromo de dimensiones continentales contra el pueblo griego y, en otros lugares, contra la población migrante, forzada a la guerra por la locura beligerante de los franceses y ahora abocada al abismo.

La guerra que ya se intuía en las fronteras de Europa escala para estallar, en un futuro próximo, en cada ciudad. Los nacionalismos agresivos tienden a convertirse en mayoría en Italia, Francia y Austria, por no hablar de los Países Bajos y Hungría.

Las condiciones sociales derivan hacia la pobreza masiva y la precariedad generalizada. Es en este escenario donde planteo algunas preguntas.

Primera pregunta: ¿Puede la UE sobrevivir?
Respuesta: No puede sobrevivir por la sencilla razón de que la Unión no existe y nunca ha existido, aunque nos llevó demasiado tiempo averiguarlo. Desde Maastricht, la Unión no es más que un plan financiero para la depredación de la riqueza social y el empobrecimiento de los trabajadores. Lo demás son solo palabras; en eso hemos caído.

La agresión financiera y el intento de humillación del gobierno griego son una clara evidencia de la inexistencia de la Unión. El hecho de que no haya salido ningún movimiento de solidaridad con el pueblo griego es la prueba de que no hay ningún pueblo europeo. La agresión neoliberal ha destruido todas las dimensiones conscientes de la sociedad europea.

Pero a esto hay que añadir la estupidez de las políticas europeas hacia la población migrante. La capitulación del gobierno francés ante el chantaje nacionalista o la negativa generalizada a compartir cuotas de inmigración ponen de manifiesto que no existe tal Unión. La Unión Europea sólo es un conjunto de delitos financieros, cinismo político, ignorancia y cobardía.

Segunda pregunta: ¿Se puede reformar la Unión?
Respuesta: Mi respuesta es que no, porque el nacionalismo y el racismo son la fuerza dominante en todos los países europeos, con la excepción de España y Grecia. Nosotros —la izquierda, los intelectuales, la universidad, los que tendrían que haber impedido el regreso de la peste marrón en Europa— somos los responsables. Quien en 2005 invitó a holandeses y franceses a votar a favor de una Constitución Europea que suponía la consolidación de la violencia neoliberal tiene la responsabilidad de haber entregado a la derecha la hegemonía social que ahora emerge invencible. La “peste marrón” que asoló Europa en los años cuarenta del siglo pasado se extiende hoy unida por cada pueblo del continente.

Tercera pregunta: ¿Cómo se sale?
Respuesta: Los espíritus simples proponen una solución tonta: volvamos a la moneda nacional; como si el dracma o la lira pudieran resolver algo porque finalmente hemos podido devaluar la moneda y vender estufas en el desierto. Los espíritus simples como Bagnai no se dan cuenta de que el drama no se refiere a la importación y exportación, sino a la dicotomía entre una dictadura financiera global y la perspectiva de un renacimiento basado en el fin del régimen del trabajo asalariado. La mirada colectiva es incapaz de ver la posibilidad de este renacimiento, por lo que no habrá renacimiento. Y nadie sabe cómo se sale.

La clase financiera quería destruir Europa, y ahora Europa está destruida. Sin embargo, no hay manera de salir de una Unión que no existe. En el fin está el secreto del inicio. La política europea no ha sido más que un discurso hueco para necios. Mientras nosotros debatíamos sobre democracia, el poder financiero construía la única Europa que ha existido: un dispositivo de trasvase de ingresos de la ciudadanía a los bancos para reducir los salarios y precarizar el trabajo. La Unión no es nada más que esto, y no se sale por la vía política de una trampa que tiene una naturaleza puramente financiera.

Pregunta cuatro: ¿Cómo se transforma?
Respuesta: (que no tengo y que hay que encontrar) El desenlace más probable de esta historia parece ser la guerra. Y la guerra civil se deja entrever ahora no sólo en la frontera sur, donde los cadáveres flotan en el mar, y la frontera oriental, donde Putin ha anunciado el despliegue de cuarenta cabezas nucleares de nueva generación, sino también en la frontera franco-italiana, en la estación de Milán y por doquier en las ciudades europeas donde el odio nacionalista se está organizando.

Hay que prepararse para la guerra, entonces. Y aquí viene la pregunta más difícil de todas: ¿cómo se puede modernizar la vieja llamada a transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria?

Fuente: http://comune-info.net/2015/06/colpo-di-stato-in-grecia/

Syriza no te salvará

por Antonis Vradis

El 28 de diciembre, a sólo unas horas de la crucial votación que llevaría a Grecia a unas elecciones anticipadas, la policía antidisturbios golpeó y detuvo a enfurecidos huelguistas en el centro de Atenas. No es nada nuevo, ¿verdad? Como consecuencia de una austeridad insoportable, la tensión social ha aumentado astronómicamente el volumen de este tipo de estampas por todo el país. Estas imágenes se dan la mano junto con la de callejuelas empedradas de islas, románticas puestas de sol sobre el mar Egeo y todos los clichés imaginables antes de que Grecia aterrizara en el ojo de la última tormenta financiera de hace unos cuatro años y medio.
Pero hete aquí una noticia preocupante para todos aquellos convencidos e ilusionados con una victoria de Syriza: en esta ocasión, la policía antidisturbios fue llamada para proteger un evento co – organizado por la emisora de radio oficial del partido, Sto Kokkino Fm . La emisora había organizado el evento en una céntrica Librería-Ateneo un domingo, a pesar de que la reciente ley que permite el comercio los domingos sea una desregulación del mercado laboral. Hasta ahora Syriza había apoyado movilizaciones contra la medida bajo el argumento de que esta ley favorecería masivamente a las grandes superficies en detrimento de las pequeñas empresas. Esta vez no actuaron en consecuencia. El sindicato de libreros de Atenas convocó una huelga a las afueras de la librería. Sus dueños llamaron a la policía y el resto es historia.

Para un partido que aspira a ganar las elecciones del próximo mes y conseguir el primer gobierno de izquierda en el país y de la UE, este tipo de actos no muestran su mejor cara.
Es innegable la presión internacional a la que el partido ha sido sometido para armonizar sus políticas con la ideología dominante de austeridad en Europa. De todas maneras, el viento nunca ha soplado a favor de este partido que nació como un pequeño partido de izquierda, de perfil intelectual y cuya lucha era unicamente entrar en el Parlamento hace apenas cinco años. Ahora se ha catapultado a la primera posición en un momento donde las espadas están en alto. Todo es comprensible, las esperanzas son altas también.

La Victoria de Syriza supondría liberar al pueblo griego del gobierno más conservador desde el final de la junta militar en 1974. El mismo gobierno que ha establecido campos de detención para inmigrantes, ha desalojado los centros okupas del país y ha negociado bajo cuerda con el notorio Amanecer Dorado, solo por nombrar algunos ejemplos de las inclinaciones ideológicas del partido dominante, cuyos movimientos han ido mucho más allá de la lucha contra los problemas financieros del país.
Ahora bien, la pregunta es la siguiente, ¿puede Syriza llevar con éxito el peso de una alternativa tangible? No hay ninguna certeza de que exista una masa crítica dentro del país que pueda respaldar este cambio. Incluso si Syriza gana las elecciones de enero, el voto para el partido habrá sido impulsado principalmente por la rabia, la desesperación y el deseo de ver algo diferente a los gobiernos al servicio de la austeridad que han operado hasta el presente.

No existe una tabula rasa para Syriza, ni su existencia constituye necesariamente un cambio progresivo en la sociedad griega – el cambio hasta el momento ha sido dramáticamente hacia la derecha. El auge de Amanecer Dorado, la xenofobia y la apatía política nos muestran que hay algunos que simplemente no quieren ser salvados. Pero incluso para aquellos que sí que quieren, delegar todas nuestras esperanzas en la victoria electoral de un partido que opera bajo presión no es muy sabio. La estación de radio Syriza emitió un comunicado de disculpa sobre los sucesos del domingo, pero eso resulta escaso y demasiado tarde. Aunque también, por suerte fue un recordatorio muy prematuro de que posiblemente, ningún cambio a largo plazo podrá venir jamás de los partidos políticos que se alternan en el poder.

Para todos aquellos que estamos hartos de las reformas de austeridad y sus políticas adyacentes de extrema derecha que se extienden por nuestro continente, sería más sabio fortalecer y construir economías y estructuras de solidaridad que sobrevivan a los cambios dentro de la corriente principal de la escena política. Syriza puede salvarnos algún tiempo, pero no va a salvar a nadie – es lo que debemos asumir todxs y cada unx de nosotrxs.

Fuente: openDemocracy

La ilusión democrática

por Dario Lovaglio

Hace ya unos años que empezó a cuajar la idea de que el estado español era el laboratorio político del siglo XXI. Políticos, académicos, periodistas y activistas convenían en que un fenómeno como el 15M era la ruptura cultural que acabaría con el bipartidismo blindado de la constitución del 1978. La palabra ‘revolución’ fue evocada como un mantra de forma incesante, y su eco resonó por todo el mundo, pero de manera inversamente proporcional a su evocación, no vivimos ningún cambio radical sino un empeoramiento general de la realidad. Un discurso político populista basado en la recomposición de una clase media imaginaria ha sustituido a un análisis de las condiciones materiales de las relaciones sociales, por lo que sin un discurso que articule una organización de movimientos inclusivos sobre las transformaciones del capitalismo, la composición social y las correlaciones de fuerzas, muchas personas seguirán ilusionadas con los trending topics, la idea de una Europa que sólo existe en función de los intereses de la Troika y la esperanza en un retorno al socialismo.

Trending Topic
2011 inauguró un ciclo de luchas que coinciden con cambios culturales y económicos. Estos cambios y las letales condiciones laborales de corporaciones como Apple, Foxconn o Amazon, permitieron a una parte significativa de la población mundial poder comprar smartphones para conectarse a internet, y articular la organización de las nuevas luchas populares.
No pretendemos demonizar las redes sociales ni internet ya que pueden ser un medio para conseguir determinados objetivos, pero nunca un fin: el fin es invertir el poder capitalista, la distribución de la riqueza y la emancipación colectiva. Es necesario replantearse el uso de estas redes y la relación entre el lenguaje y la representación dada su intrínseca ambivalencia en los medios de comunicación de masas. Así por ejemplo, la radio retransmitió la propaganda de las dictaduras; la televisión y la prensa fueron la herramienta para la difusión del consumo masivo y la alfabetización de la clase obrera, e internet aporta la ilusión vendida a precios populares de una comunicación horizontal con determinados recintos y dispositivos de control.

El lenguaje no es autosuficiente para construir subjetivación. El lenguaje por sí mismo no puede sustituir ni crear una organización política, y en 140 caracteres aún menos: la construcción de lazos de confianza y solidaridad no se construyen sólo a través del lenguaje, es necesario construir espacios de encuentro autónomos donde el discurso esté vinculado a la acción política.
Resulta emocionante observar en las campañas de Twitter, cómo los hashtags se convierten rápidamente en trending topic, cómo ilusiona ver los lemas lanzados por la red hasta convertirse en cotidianos mainstream. Recientemente un grupo de investigadores en Barcelona trató de legitimar las teorías del contagio emocional en la red, con un estilo similar a la investigación que Facebook acaba de realizar, pero olvidó completamente las ambivalencias internas de la comunicación lingüística como por ejemplo la ironía… Aunque en realidad este proceso pasa necesariamente por un filtro que está relacionado por un lado con la propiedad del medio de comunicación, el canal de trasmisión y con el dispositivo de recepción porque existen unas correlaciones de fuerzas muy claras en la relación emisora-media-público. Nada será publicado fuera de los intereses de estos medios, a menos que los podamos ocupar y hacerlos nuestros.

Europa
Los países de la Unión Europea con fronteras en países no europeos son escenario de conflictos que demuestran que esta institución (la UE) defiende el dictado financiero de algunos de sus miembros a costa de la vida de las personas. En Ucrania hubo una guerra entre imperialismos mientras poco después en Ceuta unas veinte personas que querían cruzar la frontera fueron matadas por agentes de la Guardia Civil del estado español.
La Europa actual, gracias a la modificación de su constitución, ha dejado paso al neoliberalismo más salvaje para someter a los países miembros a políticas de austeridad para pagar los intereses de la deuda. Quien ha visto en la constitución de esta institución un campo de posibilidad para el desarrollo de las luchas ha cometido un doble error: por una parte, pensar que dentro de la dialéctica con el imperialismo democrático estadounidense cualquier institución más allá del estado fuese favorable para su propia superación y por otra, el de no considerar la importancia de que unos contrapoderes puedan romper con la perspectiva eurocéntrica de alguna manera. Por este motivo que la semana anterior a la fecha electoral, considerada como prioritaria en la agenda de un grupo europeísta radical, ha sido un fracaso completo. En el plan de la articulación política no ha conseguido construir ni organización ni movimiento (ni Trending Topic!), las correlaciones de fuerzas ha debilitado ulteriormente la posibilidad de organización de un movimiento autónomo transnacional relegando el protagonismo político a una minoría de intelectuales y activistas.

El desgaste de energías empleadas en la construcción de las campañas, en un apoyo político más o menos explícito a nuevos partidos, la burocratización de las organizaciones de movimiento han sido una causa de la descomposición y fragmentación de los discursos y de las organizaciones que, desde el ciclo de movimiento MayDay, habían ido más allá las fronteras europeas impulsando las luchas contra la precariedad y la necesidad de una distribución de la renta a escala global.

Democracia
La proliferación de formaciones electorales en el estado español es una manifestación de la distancia que separa a la izquierda del malestar social. La reutilización de palabras como “ilusión” o “esperanza” -la primera como proyección del deseo de la clase política, gente previamente politizada que participa ya dentro de colectivos u organizaciones- y la segunda como lo imprevisible de un proyecto político que trasciende la materialidad de las relaciones de explotación y las correlaciones de fuerza (lo que la autonomía italiana en los ’70 llamaba composición de clase). Se necesita hablar de un “nosotros” sesgado apelando a pertenencias identitarias como el de pueblo, patria, nación, etc. para defender esta postura. La construcción simbólico-discursiva se vuelve central respecto a la de la construcción de una subjetividad colectiva, por este motivo, para protagonizar este nuevo ciclo las caras más visibles son figuras mediáticas que a menudo encontramos en la televisión, el medio de comunicación de masas del poder constituido por excelencia. A la vez hay una profecía autocumplida de que las múltiples candidaturas vacíen las organizaciones de movimientos que serían necesarias como base para el respaldo de estas candidaturas animadas al grito de “si se puede”. Pero nadie considera que, en esta ilusión del pensamiento único de la (social) democracia, la abstención es una constante y que la híper-celebración de éxitos parciales sea el simple resultado de un trasvase interno entre vieja y nueva izquierda. Last but not least la temporalidad, en poco más de un año solo en Barcelona han nacido por lo menos cuatro partidos y/o agrupaciones con unos programas parecidos, que por cada cita electoral necesitan recomponer un tejido de alianzas y discursos que vuelvan a despertar la adicción a la ilusión de sus seguidores. Esta incapacidad de impulsar dinámicas que empoderen y respondan a las necesidades de las personas más afectadas por las políticas de austeridad, aumenta la distancia creciente entre profesionalismo político y la sociedad, hasta en su léxico y estilo de vida. Viviendo en la ilusión de creerse las futuras mayorías, se sirve a los intereses del mercado ya sea el del consumo, el laboral o electoral: la mayoría es el enemigo.

Nosotras
Hemos hablado del derecho a la ciudad en muchas ocasiones para señalar cómo el desarrollo capitalista se impone con violencia en la expulsión de los vecinos y generando espacios al servicio del negocio de unos pocos, aquellos que el movimiento Occupy llamó para simplificar, el 1%. Pero no sólo la ciudad neoliberal es el espacio de los intereses de lo privado, la administración controlada por la deuda y sometida al mando de las instituciones financieras también son parte de este desarrollo, un modelo que se pone como obstáculo no solo para los habitantes de la ciudad sino también para el progreso de la sociedad. Por un lado asistimos al desmantelamiento del tejido social para la construcción de mega eventos como las olimpiadas en Barcelona del 1992 o el mundial en Brasil, por el otro el decrecimiento, la privatización y la restricción al acceso de los servicios, la educación, la sanidad, el chantaje del empleo escaso y mayormente precario, la vivienda que, a pesar de la gran cantidad de vivienda vacía en todo el estado español, es un privilegio para unos pocos y el sacrificio de una vida para muchas otras. Desde México a Brasil con las luchas por el derecho a unos transportes asequibles, pasando por la plaza Taksim en Estambul y la lucha para bloquear la construcción de un centro comercial, la lucha en el barrio de Gamonal en Burgos para bloquear la construcción de un bulevar, la del barrio de Sants en Barcelona para parar el desalojo del centro social autogestionado Can Vies y la de la plataforma Aturem el Pla Paral·lel son síntomas de la misma resistencia al empobrecimiento generalizado para el beneficio de unos pocos y constituyen a la vez, la radicalidad de unas demandas innegociables de un cambio para un modelo de desarrollo y de ciudad orientado hacia todas las personas.
Por lo tanto impulsar unas estrategias que favorezcan la organización del conflicto en las ciudades significa también construir la posibilidad de atacar el enemigo desde múltiples direcciones e intensidades para derrotarlo. Sobre todo porque sabemos que no encontraremos el enemigo en el “Palacio de Invierno”, sino en todos los lugares donde nos han acostumbrado a la violencia cotidiana del capitalismo. El desafío es lo de organizarnos para que cada una pueda atravesar con sus prácticas y dentro de sus propias posibilidades un espacio inclusivo, un espacio que abra la posibilidad de impulsar las demandas de dignidad, autodeterminación y justicia social para que el eco de la revolución materialice su potencia.

fuente: Diagonal Periodico

Por la crítica de la democracia política

Relación del seminario de la Red para la Autoformación en Roma (Facultad de Ciencias Políticas, 12 de diciembre 2007)

por Mario Tronti

Habéis hecho muy bien en tomar el tema de la democracia a través de una larga reflexión, atravesándola desde el punto de vista teórico, y a través de los autores que la han profundizado. También estoy de acuerdo con la preocupación que hay en la elección de este tema a través de una fórmula así determinada: por la crítica de la democracia. Dijisteis sin adjetivos. De hecho, si tuviéramos que componer toda la definición deberíamos decir: por la crítica de la democracia política. Eso no es un adjunto como los demás, sino la especificación del tema. Y supongo que, en consonancia con otra fórmula que es muy importante para esto, muy similar, podemos decir que la original. Quiero insistir en la crítica, que es la jugada marxista que ha tomado la alternativa y la actitud antagónica hacia la sociedad capitalista. Esta similitud es, precisamente, la crítica de la economía política. Hablaré entonces sobre el vínculo entre la democracia y la economía, cómo ha crecido y se ha desarrollado hasta una especie de intercambio y al mismo tiempo de la identificación entre las dos dimensiones.

Decir crítica no es asumir la formula, sino también el método. Porque cuando Marx decía por la crítica de la economía política, como sabemos, asumía toda la tradición teorética de la economía política, cuando atravesaba y hacía también el gran trabajo de lectura de los textos de los economistas clásicos. En este doble sentido: sí que hacía la crítica de aquella elaboración, pero asumiendo después la sustancia del discurso. Por la crítica de la economía política para él quería decir formular la estructura de su obra mayor, El capital, así como todos los estudios que le precedieron, los Grundrisse. Se daba entonces un doble nivel: involucrarse en algo que viene de una larga historia moderna, que significa criticarla y asumirla como propia.

Las reflexiones que voy a tratar de hacer al final ponen en discusión también esta aproximación marxiana a la crítica de la economía política, sin conseguir salir de la propia economía política, como en algún momento es lo que parece haberle sucedido a Marx. Para dar la dimensión de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día, yo digo que para nosotros la crítica de la economía política significa que no puede haber una economía política alternativa. El hecho de que Marx hizo una búsqueda continua de otra economía política, ha sido al final una desventaja de la cual la tradición marxista y la tradición del movimiento obrero se hizo cargo.

Lo mismo puede decirse de una crítica de la democracia política. Parece que he llegado a una primera conclusión: decir por una crítica de la democracia política presupone la no posibilidad o imposibilidad de una democracia política alternativa. Entonces es una crítica total, de fondo. Hay un paso teórico que se ha hecho, lo que yo en parte he hecho,  me refiero a los ensayos, que no voy a tomarlos de nuevo ahora: el texto del libro Guerra e democrazia, un ensayo publicado en la revista Democrazia e libertà. Hoy me gustaría tratar el tema desde el punto de vista de la historia política, en lugar de la teoría política. Mientras tanto, digamos que nosotros nos encargamos de la democracia moderna. El discurso de la democracia de los antiguos no nos interesa, nos lleva por mal camino; el discurso se reaviva continuamente sobre la democracia de la polis griega, y así sucesivamente.

La democracia moderna es la que se encuentra dentro de la evolución del pensamiento político moderno, el paso que va desde el liberalismo a la democracia. Porque también hay un pasaje de origen teórico de la democracia desde el liberalismo, incluso si no podemos abordar en detalle porque debemos partir de autores como Montesquieu, Locke, Rousseau, y así sucesivamente. Asumiría propio del liberalismo a la democracia, desde el siglo XIX al siglo XX como un pasaje desde el cual iniciar: del capitalismo libre y competitivo al sistema del capital social que coincidió con la fórmula del Estado intervencionista en la economía, con el estado de bienestar y que ha registrado el mayor desarrollo de la democracia política.

Por lo tanto, la relación es entre la economía y la política, entre el individuo y el Estado, y esta relación se da en el siglo XX a través de experiencias políticas concretas. Hay dos pasos que son cruciales para comprender plenamente el estado de la democracia en la política actual. El paso del totalitarismo en el siglo XX, y el paso de la crisis del Estado liberal que se produce inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial; una especie de crisis general del Estado, una gran crisis que sucede a la Gran Guerra, de donde salen dos direcciones principales del problema de la democracia. Uno de ellos se produce dentro del totalitarismo y es aquello de la nacionalización de las masas, donde la democracia política tiene siempre que ver con el concepto histórico de la masa. La otra dirección es la socialización de las masas, que se inspiró después de la primera gran guerra de la revolución obrera en Rusia y luego de manera similar en el oeste, a través de la forma política del Estado de bienestar, que es también otra forma de socialización de las masas.

Incluso la gran guerra había hecho estas dos cosas al mismo tiempo, la nacionalización y socialización de las masas, pero entonces la declinación que le da la revolución obrera es una alternativa. Debido a que no había conseguido a fondo, o que fue sólo un éxito parcial en todo el movimiento obrero socialista, o sea organizar a los trabajadores y luego socializar la experiencia de trabajo, socializar y organizar a las masas trabajadoras a través de los principales temas no sólo ideológicos de la solidaridad de clase, sino también a través de las formas políticas de los partidos políticos y los sindicatos, lo que no se había conseguido hasta aquel momento se consiguió a través de la guerra. En el fondo los obreros y campesinos están socializados como soldados. Es un tema en sobre el cual no se ha reflexionado lo suficiente: en las trincheras de la Primera Guerra Mundial hay una gran forma de socialización, tiene algo en él que está arriba de ellos mismos, dentro de una forma de guerra que imponía la solidaridad entre los soldados y la puesta en juego entre enemigos. No es casual que a partir de aquí la revolución obrera en Rusia se de como la gran alianza entre soldados y trabajadores. Si usted toma los soviets se puede ver esta mezcla, soldados y obreros, soldados y campesinos. Es allí, en el fondo donde que se encuentra el germen de la democracia del siglo XX. En este caso un germen positivo.

La guerra es anti-liberal, (en el sentido de que) causa la gran crisis de la estructura liberal del Estado político y la sociedad política. A partir de entonces la solución del problema político se ensancha en dos direcciones principales: por un lado la dictadura (de aquí el totalitarismo en los años 20 y 30, incluso con la dictadura del proletariado, inmediatamente después de la revolución), y la democracia por el otro. Desde la guerra, y luego con la crisis, que también es un aporte de la gran guerra, inicia el proceso de las democracias occidentales. Pero también algo más. Después de la segunda guerra, estos dos sentidos se convierten en uno. En el sentido de que se derrotó a la solución totalitaria y triunfa la solución democrática. Aquí el destino de la democracia está marcado de manera ya decisiva. Debemos partir de la democracia que se produce de inmediato en la segunda posguerra – con la lucha contra el fascismo y el nazismo, con la resistencia – como la democracia de las masas y los partidos de masas. A través de esta herramienta se adquiere logros, en parte reformistas, las disposiciones constitucionales avanzadas, el estado del bienestar, el estado social, incluso algunas formas de nacionalización y la propiedad pública. Es aquí donde comienza una relación entre Europa y la democracia, que nunca había existido allí, ya que Europa fue el lugar de la gran tradición liberal. La cosa más europea no fue el Estado democrático, sino el Estado liberal. En el momento en que ganó el aspecto democrático, incluso en Europa comienza a ganar el modelo americano. Porque si Europa fue el lugar de la forma y el pensamiento liberal, los Estados Unidos son la cuna de la democracia moderna. No es casualidad que el trabajo más importante para la crítica de la democracia política siga siendo el clásico La Democracia en América de Tocqueville, en el que no es tanto el discurso de un Estado democrático, sino más bien una sociedad democrática, porque la democracia es especialmente la sociedad. La igualdad de los individuos, con todo lo que afectaría a la forma del sistema político. En resumen, si bien es cierto que surge de las necesidades relacionadas con los pasos de la Gran Guerra en la que Europa estaba involucrado, decir democracia en Europa, es decir de su americanización. Ojalá que lo entendáis, porque es un punto esencial. Es a través de la democracia que Europa se americaniza.

Y es a través de este pasaje que se puede resumir en la fórmula “de la masa a las masas”. Las masas eran un fondo social articulado en el que había componentes que definían las masas, o sea las clases sociales, y las expresiones de las clases sociales a través de formas políticas como los sindicatos y los partidos. En cambio es esta masa indistinta la que se convertirá en el lugar de formación de elección democrática. Se pasa entonces de la fase de nacionalización y socialización de las masas a una forma de masificación de la sociedad y del Estado. Un pasaje en el que la nacionalización o socialización, procesos separados antes, se convierten en algo único en la forma de masificación de la sociedad y el Estado.

Cuando decimos cual es la verdadera democracia, nos referimos a la democracia que nació en los Estados Unidos de América y que se exporta a través de la guerra. Porque la exportación de la democracia no es algo de hoy en día, es algo que Estados Unidos siempre ha hecho. Yo sostengo que exportaron la democracia en Europa a través de la Segunda Guerra Mundial, logrando su objetivo. A partir de ese momento, nos encontramos en frente a una especie de democracia real. Yo la llamo así, como el socialismo real; la democracia realizada y el socialismo realizado, se puede decir también de esta manera. Y este es el dato para empezar. Cuando el socialismo real existía en la Unión Soviética, existían también aquellos que criticaban esta forma de socialismo, y que siempre tenían en mente un socialismo ideal que podría realizarse de otra manera. Sin embargo, la realización de un ideal es siempre tan fuerte, tiene tal poder en sí mismo que no permite ninguna otra alternativa de carácter ideal. Hoy en día, se argumenta que ya no podemos hablar de socialismo, porque es una palabra que se ha consumido en una realización histórica que lo ha abolido efectivamente como una oportunidad ideal. La realización de la historia tiene un poder invencible que siempre debemos tener en cuenta. Y no podemos quedarnos sólo con una idea de su realización ya hecha. No se puede volver a reproducir el modelo de socialismo, por más esfuerzos de especificación que se hagan será un trabajo en vano. El socialismo ha sido eso. Para mí pasa lo mismo con la democracia real. El hecho es que la democracia es la estadounidense. Y también podemos decir mil cosas diferentes acerca de una democracia, pero no llegaremos a ningún lado, porque la llevar a cabo la idea de democracia tal como se encarna en ese país y luego se exporta a otros países, incluyendo Europa, es algo que definitivamente ha acabado con el juego. Y este es el tema del nombre y los nombres.

Por lo tanto la democracia no es un valor. A partir de la definición, “La democracia es un valor” señalo la idea del suicidio del movimiento obrero. Cuando el movimiento obrero dijo esto, en definitiva, se referían a cerrar la historia del movimiento obrero, éste era el significado de aquella declaración. Escribí una frase en La política al tramonto que no fue tomada muy en serio, porque hacerlo conducía a una reubicación teórica, cosa que a la pereza intelectual por lo general no le gusta mucho: se decía que el movimiento obrero no ha sido derrotado por el capitalismo, sino por la democracia. El movimiento obrero con el capitalismo ha tenido una relación de lucha en igualdad de condiciones. Dos han sido los poderes que se han enfrentado, una gran época de la lucha de clases, en ambos lados hubo victorias y derrotas, pero no ha habido una derrota del movimiento obrero en comparación con el capitalismo como el poder directo. Hubo en cambio una derrota a través de la democracia, del universalismo democrático que abolía las diferencias de clases. Cuando Carl Schmitt hablaba de la democracia, especialmente en las importantes páginas de la Doctrina de la Constitución, decía que la democracia es el principio de identidad. La democracia es, por naturaleza, de la identidad. La diferencia es el enemigo de la democracia. Esto es, por ejemplo, lo que el pensamiento feminista ha entendido muy bien y ha sido una de las ideas más avanzadas en la crítica de la democracia, sobre todo la parte del feminismo que se ha centrado en la idea y práctica de la diferencia. Porque la democracia es identidad; no son masas sino que es masa, es masificación.

La democracia tiene una fuerte dimensión cuantitativa. En esto  está muy cerca de la economía. Ambas tienen en común esta dimensión cuantitativa de la vida. De la vida real, de la existencia. Es el cuanto, donde el cual desaparece, ya no tiene presencia ni consistencia. Por lo tanto, la democracia en este caso es realmente orgánica al capitalismo, mucho más de lo que lo eran el liberalismo, la tradición liberal, o la tradición individualista del liberalismo. No es cierto que la cifra real del capitalismo sea el individuo. Puede decirse que hemos atravesado el siglo XX y hemos visto el fin del capitalismo maduro; quizás decir esto es algo que podrían decir aquellos que vivieron el capitalismo del siglo XIX. Pero para quienes vivieron durante el siglo XX y entendieron el resultado final, el capitalismo del siglo post-siglo XX, han entendido que no es el individuo el elemento central de la sociedad capitalista, sino justo las masas, la masificación, el individuo masificado. Que produce cuantitativamente, intercambia cuantitativamente y consume cuantitativamente. La cifra del capitalismo es la cantidad. Existe, pues, una relación muy estrecha entre la democracia y el capitalismo, tal vez la forma de capitalismo democrático es su forma madura y definitiva. Una vez más es justo aquella forma que va desde América a Europa. Por lo tanto la calidad es anticapitalista.

Pensando en cómo reproponer una lucha por la hegemonía, por la hegemonía cultural como lucha política, sostengo que tenemos que declinarla en la lucha entre calidad y cantidad. Tenemos que ser en definitiva los campeones del cuál contra el cuánto. ¿Cómo se declina hoy la hegemonía cultural capitalista? De dos maneras: cuánto dinero tienes, cuántos votos tienes. Estas dos cosas son extremadamente orgánicas entre sí. Se cuentan. El cálculo es la cifra de definición de la sociedad y de la sociedad donde vivimos. Fijaos en  este lugar que tendría que ser el lugar de la política por excelencia, el gobierno político de la nación: ¿Qué hacen estos señores todo el día? Están siempre allí sacando cuentas, con el tono de como si fueran los contables: estas son las entradas y estas las salidas, esta es la deuda, tenemos que pagar la deuda, entonces tenemos que poner impuestos sobre esto y aquello. Se pasan todo el día así. La Europa política no es más que un grupo de personas que dice: “cuidado, estáis afuera, tenéis que pagar la deuda…”. Esta es la primacía de la economía, la primacía de la cantidad.

¿Cómo hacer para separar la idea y la práctica de la democracia de este principio, que es un principio absoluto? A propósito de democracia absoluta, yo la entiendo como un principio de mayoría. Yo me pregunto a menudo: ¿Por qué este principio es tan absoluto? ¿Por qué si la mayoría decide algo, este algo sería lo correcto? No hay ninguna conexión entre estas dos cosas: la mayoría decide la cosa equivocada, como ocurre casi siempre, siendo una mayoría masificada dentro de un cierto orden, por lo tanto ordenada dentro de un sistema de consenso. En fin, hoy la democracia es un principio de mayoría, así como cuando decimos que el socialismo es la propiedad estatal de los medios de producción. Es por eso que hoy en día hablar de otra democracia, es como hablar de otro socialismo que ya no es posible. Es justo en esto que se ha perdido la lucha por la hegemonía que era la esencia de la lucha de clases, porque las clases luchaban en este terreno de la hegemonía, sobre quien tenía la mayor fuerza de convicción. Pero cuando las mayorías no se pueden ser movidas, ¿Qué hacer? ¿Cuál es de hecho el posible desplazamiento de la mayoría?

Por ejemplo, hay la ilusión de hacer una crítica del capitalismo a través la expansión de la democracia, opción que se ha revelado en un momento dado de gran tesis revisionista (el primero que la ha elaborado ha sido Bernstein), por lo cual la democracia política a medida que se fuese desarrollando hubiera tenido que ser incompatible con una forma capitalista de producción e intercambio. Esta perspectiva ha resultado del todo impracticable. El principio de la democracia “una cabeza un voto”, que se propone como piedra angular de la democracia política, ha sido lo que la experiencia obrera ha inmediatamente criticado. Lenin y los bolcheviques pensaban al inicio, a pesar de que no consiguieron ponerlo en práctica, que la cosa más correcta fuese eliminar el principio “una cabeza un voto”. De hecho, algunos experimentos decían que el voto del obrero vale tres y la del campesino vale uno. Este principio esencialmente antidemocrático correspondía más a la realidad de las cosas, y la capacidad de cambiar las cosas mismas. El momento en que aceptas “una persona, un voto”, la perspectiva revolucionaria cae. No sólo hoy, esto ha sucedido siempre en el pasado de los sistemas políticos capitalistas. Pensad en un referéndum que diga: “¿Queréis abolir la propiedad privada de los medios de producción?”, ¿Tendría la mayoría de los votos? Evidentemente no. Esto quiere decir que adquirir la práctica democrática es declarar cerrado el proceso revolucionario. Es lo mismo. No hay posibilidad, a menos que se considere la democracia como ha sido considerada en las partes más avanzadas del movimiento obrero, es decir como el terreno más avanzado de lucha para cambiar las leyes del sistema. Más favorable de la forma totalitaria, del sistema político donde la lucha política, no siendo practicable en modo abierto, se hizo más difícil. Pero entonces ¿Cuál es la solución? En algunas ocasiones se ha presentado en algunos partidos comunistas: ese es el tema de la duplicidad. Pensemos en el proceso democrático como un terreno más favorable; decimos que somos por los sistemas democráticos, pero no porque la democracia es un valor universal, sino  porque es el terreno más favorable para proponer el derrocamiento del capitalismo mediante la organización de las masas y de las luchas de masas. Fuera de la duplicidad la democracia no es utilizable.

Tenemos que pensar en un paso fundamental, que fue la transición de la clase al pueblo. Hay una etapa teórica que no sólo podemos mencionar, y que hay que profundizar. Este paso también implica aquello del pueblo a la clase: en el fondo la clase obrera tiene un origen en el pueblo. Nosotros durante la experiencia operaista hemos dicho que la clase obrera había tenido gran importancia porque se había emancipado del pueblo. Se había convertido en algo más que el pueblo, que era la clase social. A pesar de que después se ha dado todo lo contrario: la clase que se había emancipado del pueblo fue reinstalada y reincluida en el pueblo. Y lo que había sido la transición de pueblo a clase se ha redefinido como una transición de clase a pueblo. El pueblo que precedía la clase era una forma social aún de base, mientras que este pueblo que gana después de la lucha de clases es un pueblo político, propio de la soberanía popular.

Si consideramos justa la tesis de Carl Schmitt según la cual todos los conceptos políticos modernos son conceptos teológicos secularizados, entonces podemos preguntarnos: ¿qué seculariza la democracia? Este es un tema teórico específico. En mi opinión, la democracia política, seculariza el concepto de pueblo de Dios. Un concepto antiguo, del Antiguo Testamento, el pueblo elegido por Dios para una misión de salvación. Todas las cosas y las inflexiones que encontráis como muy orgánicas a la democracia estadounidense. No sólo la de hoy en día, de Bush y los neocon, sino en la democracia estadounidense así como surgió. No es casual que en los EE.UU. exista ese Dios que siempre está en el medio, tanto en la constitución como el discurso del presidente. Deriva de ahí la mezcla de religión y política que está implícita en la idea y práctica de la democracia estadounidense. Debido a que éste (el pueblo estadounidense) es el pueblo de Dios, quienes lo eligieron para que civilice el mundo y exporten esta civilización en todo el mundo. Es el pueblo elegido, que produce a través de las formas de democracia y las primarias. Esta es la relación directa que se establece entre los ciudadanos y el poder, una forma inmediatista, no directa pero inmediata: es en este proceso donde el pueblo habla, dando directamente la investidura a la cabeza, la cabeza, que luego se hace cargo de una misión que deriva del mandato popular. Así que todo vuelve, en el sentido de que el pueblo de Dios es el pueblo democrático.

Por último, ¿Qué significa esto? Una cosa por encima de todo. Debemos de una vez por todas abandonar el principio de mayoría. En esta forma social, en el criterio político que preferimos, es decir, en la relación amigo-enemigo, la mayoría es el enemigo. Debemos desarrollar un pensamiento que no quiero decir antidemocrático, porque sería cambiar peligrosamente el lado de las soluciones totalitarias que ya se han visto, pero un pensamiento no democrático, ademocrático. Un pensamiento que no es un pensamiento político democrático. Y tenemos que volver a proponer una gran teoría de la minoría: una teoría política de esta minoría agente, de una minoría central. Una minoría no marginal. ¿Es posible la centralidad política de una minoría? Creo que sí, porque lo deduzco de un modelo al interior de nuestra formación y del recorrido que hemos hecho: un viaje con saltos hacia adelante y pasos que han negado el anterior, pero siempre dentro de una lógica. Y aquí la lógica del pensamiento operaista entra del todo. Debido a que la clase obrera era una minoría. Hemos luchado contra la idea de que se trataba de clase general, la clase universal. Es la clase parcial. En el momento en que nos dábamos cuenta de la parcialidad de la clase obrera, estábamos reconociendo que era una minoría. Aunque se hubiese votado, en el momento en el cual la clase obrera era central desde el punto de vista social como era en aquel entonces, hasta en aquel momento en el contexto de las llamadas mayorías todo el voto obrero entendido de forma compacta hubiese sido un voto minoritario respecto al conjunto de la sociedad. La clase obrera era minoritaria desde el punto de vista cuantitativo, pero cualitativamente central. Esto es tan cierto que expresaba política, forma organizada y cultura, de hecho ejercía hegemonía en la sociedad aunque en una posición minoritaria. Por lo tanto clase no marginal, y mucho menos marginada. En la gran autoridad de presencia política.

Aquí hay un último pasaje teórico que sería necesario profundizar, y me lo digo sobre todo a mí mismo que aún no lo he elaborado a fondo. Por un lado, hoy necesitamos contraponer democracia y libertad. Tenemos que declinar la libertad en un sentido no democrático. Y es posible hacer esto de muchas maneras, porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es. Pero, por el otro lado, hay otro pasaje mucho más delicado que es el más tradicional del pensamiento político clásico: la relación entre legitimidad y legalidad. Esta minoría tiene una sustancia de legitimidad suya que no corresponde, que a veces es diferente del mismo concepto de legalidad. Tenemos que pensar en la revolución como en una cosa que es legitima aunque no es legal. Tenemos que reivindicar una legitimidad sin legalidad. Es una cosa que tiene que ver con el tema entre excepción y orden. La legalidad es siempre el terreno del orden, la legitimidad nace siempre dentro del estado de excepción, donde quien tiene más fuerza de reivindicar su propia legitimidad es quien decide en el estado de excepción, quien podrá declarar y hacer que todos acepten que su reivindicación es legitima aunque no sea legal dentro, de hecho, las leyes del orden existente. Pues estas son las cosas que busco.

Tenemos que superar en un salto la frontera de la democracia y la crítica de la democracia, un punto decisivo en el desarrollo de la relación con el mundo que tenemos en frente y en el que estamos. Considerémoslo como un lugar de paso estrecho, porque son discursos que no se pueden hacer en todas partes. Los hago con vosotros y no en otro lugar. Es justo hacerlo con vosotros,  a vuestro nivel: a este nivel de pensamiento que aún está libre. Más allá de esto hay una opacidad que no es que impida hacer este discurso: es un discurso que simplemente no se entiende, si vosotros lo hacéis en otros lugares te encuentras con ojos desorbitados. En resumen, recomiendo tratar este problema limpiando la cabeza de otras cosas. Creo que es un terreno muy fructífero, de posibles descubrimientos.  He hablado solo de algunas de las cosas que están más allá de esta frontera, pero hay muchos otras. Es un discurso que se abre a otras dimensiones, e animo a continuar.

Fuente: Commonware