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Separar el pueblo de sí mismo. Ernst Bloch y las contradicciones del populismo

Por Elia Zaru

Cajas chinas
Para comprender al populismo es necesario examinar el concepto de «pueblo», sobre qué sentido lleva este término del cual en su significado general emerge como preponderante la dicotomía revolución/reacción. En la historia europea, el concepto de «pueblo» tomó una u otra declinación dependiendo de dónde se orientan teoría y la práctica política en relación a estos dos términos. El pueblo, sin embargo, no funciona como un elemento en sí mismo, sino que se acompaña de otro factor: el Estado-nación. El hecho de que la referencia a la “patria” sea un elemento central en el discurso político tanto en la derecha como en la izquierda populista demuestra que el legado pueblo-nación existe, independientemente de la variación del primero en la dicotomía revolución/reacción[1].

La relación pueblo–Estado-nación se completa con la adopción de un tercer término capaz de contener los dos primeros: la soberanía. Elemento central de la modernidad, la soberanía se manifiesta como un campo de batalla en perpetua tensión: la lucha por la soberanía se denota como una batalla por las fronteras, más aún en un momento en que el ritmo del proceso de globalización en curso presiona precisamente en estas fronteras y en esta organización jurídico-política.

Frontera rima con identidad. En última instancia, por lo tanto, podemos llevar la forma política del populismo a la reivindicación de la identidad, la afirmación de la existencia y la oposición contra la alteridad. El pueblo se mueve en contra de algo que no es – o no tiene en cuenta – el pueblo; se siente amenazado en su interior (por sus representantes políticos, culpables de traicionarlo y de liquidar el poder popular a favor de las instituciones trans-estatales) y desde el exterior (por las migraciones que amenazan su identidad), ya no consigue definir los límites de su soberanía, para ver si esta todavía tiene valor y donde reside. Es en este punto que reivindica precisamente estas fronteras: la batalla populista se presenta, entonces, como lucha para la soberanía, por reconquistar, definir y defender.

Que la reivindicación soberanista se manifieste en Europa en esta coyuntura de crisis es bastante singular, y se ha convertido en el campo de batalla de la discusión teórica y política tanto de la derecha como de la izquierda (más o menos institucionalizadas o movimientistas). ¿Pero de qué campo se trata? ¿Dónde se ubican y qué posición asumen el populismo y la reivindicación soberanista en la forma contemporánea del modo de producción capitalista? La hipótesis que avanzamos aquí es que se trata de un campo «no contemporáneo».

La no contemporaneidad por Bloch
El concepto de «no contemporaneidad» ha sido tratado por Ernst Bloch para analizar la crisis en Europa entre las dos guerras mundiales. En el ensayo La no-contemporaneidad y el deber de hacerla dialéctica (1932), publicado en el 1935 en Herencia de nuestro tiempo, Bloch utiliza el concepto de «no-contemporaneidad» para analizar la formación y el ascenso del nacionalsocialismo en la Alemania de Weimar. Se trata de un concepto central en torno al cual el filósofo alemán articula todo su argumento. La sociedad alemana, dice Bloch, es atravesada por diferentes capas de la temporalidad: no es un espacio homogéneo y permeado por un único tiempo, sino de una serie de fallas superpuestas y con incrustaciones que dan lugar a una complicada trama.

En cada espacio, sigue Bloch, conviven temporalidades diferentes, tanto desde un punto de vista subjetivo, como de uno objetivo (volveremos a esta distinción): «la forma en que un hombre vive el tiempo depende de dónde se encuentra en carne y huesos y sobre todo de la clase a la que pertenece»[2]. En la sociedad alemana de los años treinta, Bloch observó, la contemporaneidad está representada por el obrero proletariado y por el gran capital, mientras que en la fila no contemporánea residen los jóvenes burgueses (incapaces de replicar las huellas sociales de sus padres a causa de la crisis económica), los campesinos (propietarios de los medios de producción y ajenos a la alienación productiva) y la clase media empobrecida (que desempeña un papel de intermediario en el proceso de producción). Los grupos sociales contemporáneos no se presentan como la columna vertebral de la subida de Hitler: «nada es más peligroso que esta capacidad de ser a la vez ardiente y miserable, contestatario y no contemporáneo»[3]. Demandan un superávit respecto a la contemporaneidad (también capitalista), pero la reivindican por reacción.

La no contemporaneidad puede ser a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente, toma la forma del rechazo sordo de la actualidad, y se manifiesta como ira contenida; objetivamente, implica un remanente de tiempos anteriores, y se encarna en la supervivencia de las relaciones y las formas de producción del pasado. La no contemporaneidad da lugar a dos tipos de contradicciones: la primera es entre la no contemporaneidad y el capital; la segunda, entre la no contemporaneidad y el marxismo. De hecho, a pesar de su pretensión de excedente, la no contemporaneidad no es peligrosa en sí misma para el capital, que en realidad, la utiliza para desplazar el enfoque de sus contradicciones actuales y contemporáneas: «por lo tanto, la contradicción no contemporánea es lo contrario de una contradicción impulsora y explosiva: no está en el lado del proletariado, la clase decisiva hoy, ni tampoco está en el campo de batalla entre el proletariado y el gran capital en la que hoy se juega la lucha decisiva»[4].

La no contemporaneidad (subjetiva y objetiva) llega a ser visible precisamente porque asume esta ubicación exacta y se pone en contraste con la contradicción contemporánea, que se expresa subjetivamente en el proletariado y objetivamente en lo que Bloch llama «el futuro impedido». Para resumir este esquema con las propias palabras de Bloch, diríamos que «la contradicción subjetivamente no contemporánea es la ira reprimida, la contradicción objetivamente no contemporánea es el pasado que todavía no se agota; la contradicción subjetivamente contemporánea es un acto revolucionario libre del proletariado, la contradicción objetiva contemporánea es el futuro impedido contenido en el presente, los beneficios de la técnica bloqueados, la nueva sociedad bloqueada de la cual la anterior está preñada en sus fuerzas productivas»[5].

¿Qué hacer, por lo tanto, en esta coyuntura? La respuesta de Bloch consiste en adoptar una dialéctica en múltiples niveles, pluriespacial y pluritemporal, que sea capaz de «separar los elementos de la contradicción no contemporánea susceptibles de aversión y de metamorfosis, es decir, aquellos que son hostiles al capitalismo y en él no son bienvenidos, y volver a ponerlos para darles otra función en un contexto diferente»[6]. La tarea del proletariado – es decir, de la contradicción contemporánea – es arrancar la no contemporaneidad a la reacción, trabajar en su excedencia para llevarla a la revolución, que se juega, eso sí, sobre un terreno necesariamente contemporáneo.

La no contemporaneidad para nosotras
¿Qué puede significar hoy en día, en Europa, no contemporaneidad? Intentamos asumir el esquema de Bloch y volvemos a la cuestión de la reivindicación soberanista y los populismos y nacionalismos europeos. Los elementos que necesitamos para definir una no contemporaneidad son esencialmente dos: a) la ira reprimida (no contemporaneidad sujetiva) y b) el pasado aún no acabado (no contemporaneidad objetiva). Que en Europa hay más y más grandes focos de cólera reprimida es casi indudable: los resultados de las elecciones de los partidos xenófobos y de extrema derecha, cuyas campañas electorales se centran en la construcción de un enemigo interno (los migrantes) y el exterior (las instituciones europeas) –a menudo considerados parte de la misma gran conspiración– están ahí para demostrarlo.

El segundo punto es, sin duda, el más interesante, aunque estrechamente relacionado con el primero. La idea de una persistencia en el presente de un pasado que todavía no se ha agotado puede tomar muchas facetas, incluyendo la teleológica que subyace a la concepción lineal del tiempo histórico, implícita en la idea de un «retorno del pasado». En realidad, aquí se quiere asumir este fenómeno de una manera muy diferente: no se trata tanto de un «retorno», sino de una superposición. Lo que persiste hoy y trata de superponerse a la contemporaneidad desde una posición no-contemporánea es la reivindicación de la soberanía del Estado-nación, tal como fue construida y diseñada en la modernidad. Los Estados-nación están insertados en una red de relaciones, ya sea políticas o económicas, que pueden provocar presión y mutaciones de su soberanía.

Reclamar la soberanía de los Estados-nación en un contexto en el que éstos son parte de las arquitecturas institucionales, jurídicas, económicas, políticas que exceden específicamente esa forma de organización significa constituirse a sí mismo en un plano no contemporáneo respecto al capital, que ha demostrado saber moverse ágilmente –y con mayor beneficio– en una escala global, mas allá de las arquitecturas nacionales. Si volvemos al esquema de Bloch, observamos que la no contemporaneidad es inofensiva para el capital, que, por lo contrario, la usa para sus propósitos. ¿Cuál es el mejor elemento de la soberanía moderna que puede cubrir esta función hoy en día? Pensamos en las fronteras –elementos centrales de la soberanía– y el papel que juegan en la contemporaneidad global: se han convertido flexibles, adaptables y permeables a la circulación mundial del capital, mientras que se han estratificado, multiplicado y fortalecido frente a los movimientos migratorios.

¿Cuál es, hoy en día, la contradicción contemporánea? Si «el elemento fundamental de la contradicción objetivamente contemporánea es el conflicto entre el carácter colectivo de las fuerzas productivas realizadas mediante el marco capitalista y el carácter privado de su apropiación»[7], entonces se desarrolla hoy como una contradicción entre las múltiples formas del trabajo vivo (incluso la vida en el sentido propio), su interconexión global y los procesos de subsunción al capital a la cual están sometidas. Y la contradicción subjetivamente contemporánea sigue siendo la libre acción revolucionaria del proletariado, a condición de ampliar la categoría de «proletariado» más allá de su definición sociológica para comprender la complejidad de los sujetos sobre los cuales se apoya la valorización del capital.

El discurso populista, entonces, en el momento en que asume como elemento central de su articulación la cuestión del Estado-nación y la soberanía sin operar una crítica a ellas, se coloca en un plano de no contemporaneidad tanto en relación al capital, como a la contradicción contemporánea. Hacia la última, de hecho, a través del concepto de «pueblo» que hace una reclamación de la identidad incapaz de tener plenamente en cuenta la multiplicidad de las diferenciaciones con las cuales se expresa hoy la contradicción contemporánea. De esta manera, su declinación en la dicotomía revolución/reacción cuelga totalmente del lado de la reacción.

Teniendo en cuenta carácter resbaladizo y la peligrosidad de la contradicción no contemporánea, no es recomendable perseguirla en su terreno, pero ignorarla tampoco. Siguiendo Bloch, ésta tiene que ser desmontada y remontada en un contexto distinto, ya que «la situación revolucionaria en la que la contradicción finalmente se concentra en un solo lugar y, mediante la realización de un salto, encuentra su disolución, es decir, sólo puede nacer como resultado de contradicciones contemporáneas»[8]. Mas allá de las reivindicaciones soberanistas y nacional-populistas: arrancar al pueblo de la reacción significa entonces romper el nexo entre pueblo y soberanía, es decir, separar el pueblo de sí mismo.

Fuente: Operaviva


NOTAS:

[1]           No es casualidad que, según Laclau, la principal referencia teórica del “populismo de izquierda”, el populismo puede trabajar políticamente en momentos en que desempeña su batalla por la toma (vertical) del poder dentro del Estado-nación.
[2]           E. Bloch, Erbschaft dieser Zeit, in Werkausgabe, Bd. 4, Suhrkamp, 1962; trad. it. L’Eredità del nostro tempo, Il Saggiatore, 1992, p. 82.
[3]           Ibidem.
[4]           Ivi, p. 95.
[5]           Ivi, p. 98.
[6]           Ivi, p. 99.
[7]           Ibidem.
[8]           Ivi, p. 95.

Piel negra. Poder blanco. Dallas, Baton Rouge y las cenizas del mito “post-racial”

Por Miguel Mellino

Dallas y Baton Rouge están dando el golpe decisivo a la era Obama. La era del primer presidente negro de uno de los estados más racistas que el capitalismo y el colonialismo moderno han producido en la historia, está acabando de la única manera en la cual podía acabar. Difícil encontrar otro ejemplo en la historia reciente – a parte quizás el de J. F. Kennedy – en la cual los discursos a través de los que el poder tiende a legitimarse son tan distantes de su efectiva constitución material. Acogida en 2008 como la expresión de una necesidad colectiva de discontinuidad respecto a las previas administraciones teo-con, también desde buena parte de la izquierda radical global, la era Obama ha demostrado totalmente otro posicionamiento respecto a tal espera: a nivel tanto de política nacional que la política exterior.

El complejo “militar-financiario-neoliberal”

Desde el punto de vista económico, más que encorajar políticas anti-ciclicas frente a la crisis del 2007 – la cual lógica más perversamente depredadora tuvo como objeto  los negros pobres de EE.UU., ulteriormente expropiados por los créditos subprime – la era Obama ha sido caracterizada por la promoción de medidas finalizadas no solo a mantener, sino a reforzar la estructura neoliberal del actual orden financiero global. En la era Obama, lo que Peter Gowan ha llamado en su The Global Gamble (1999) el conjunto “FMI-Wall Street-Señoria del dolar” – es decir   la estructura material del neoliberalismo como dispositivo global de gobierno – seguramente se ha reforzado después de la crisis de 2007. También los últimos episodios de esta saga hablan claro: piense en la promoción activa y directa por parte de Obama mismo, en sus últimos viajes oficiales, del TTIP (Transatlantic Trade and Investement Partnership), un tratado que derrumbaría las última barrera para una entrega total del mundo a la soberanía de las multinacionales y la economía financiera, pero también en su apoyo explicito al Remain en el referéndum británico, es decir una elección proclamada sobre todo en la continuidad del actual poder financiero europeo basado en el papel estratégico de la City londinense en el interior del actual modo de acumulación neoliberal global.

Tampoco desde el punto de vista geopolítico no ha habido ninguna ruptura con las administraciones conservadoras anteriores. La “mitológica” retirada de EEUU en Iraq y Afghanistan, lanzada en 2008 como parte del proyecto “Obama Hope”, se ha vuelto en su contra, en la decisión de mantener los marines en estas zonas de guerra a “tiempo indefinido”. Los discursos de los inicios a favor de un “pacifismo multilateral” se han acompañado de intervenciones directas e indirectas a favor de nuevas “guerras permanentes” y nuevas balcanizaciones de estados no del todo “alineados”  al orden internacional, como en el caso de Libia, Ucraina y Siria. Pasando por la asfixia de los así llamados países emergentes (BRICS) efectuada a través de un acuerdo deliberado con los sauditas a favor de un fuerte aumento de la producción de petroleo, el  único objetivo del cual ha sido el de hacer caer el precio internacional del crudo. Se trata de una estrategia que ha metido en problemas no sólo a países como Rusia y China (tradicionales estados canallas), sino también la Bolivia de Morales, el Ecuador de Correa y la Venezuela de Maduro. Es en este contexto que se debe ubicar el apoyo de Obama – con una visita oficial en Marzo – al neoliberalismo despiadado de Macri en Argentina y la deriva reaccionaria y conservadora en Brasil después del impeachment del controvertido gobierno de Dilma Roussef. Mas allá de los juicios que se puedan tener sobre los diferentes gobiernos “post-neoliberales” de  América Latina, los cuales, los límites de clase, si se quiere, están claramente en la base de su progresivo debilitamiento interno, no se puede negar que la era Obama haya conspirado desde el inicio contra el así llamado “regreso a la izquierda” de esta parte del mundo: aquí es suficiente recordar el apoyo explicito al golpe contra Zelaya en Honduras de 2008 y contra Lugo en Paraguay de 2012.

El complejo “militar-penitenciario-racial”

Pero si es cierto que en la era Obama el conjunto “militar-financiero-neoliberal”global se ha  reforzado progresivamente, es además cierto que también a partir de Angela Davis lo que podemos llamar el conjunto “militar-penitenciario-racial” interno indudablemente no está más debilitado. Aquí también se puede observar la misma tipología perversa de “blackwashing”, por así decirlo: los discursos sobre el inicio de una condición finalmente “post-racial” en los EE.UU., de una democracia  finalmente libre de las jerarquías de la raza y de la “linea del color”, han funcionado como un siniestro contrapunto de la marcha inestancable del “estado penal” neoliberal. La celebración de una “condición post-racial” – sellada por la puesta en discurso de la elección de un presidente “negro” en el país de las plantaciones, del Ku Klux Klan, de los linchamientos de los negros, de las violaciones sistemáticas de las esclavas negras, de las leyes Jim Crow – ha sido la banda sonora de una singular “tecnología racista de gobierno” emergida junto al proceso de reestructuración neoliberal y basada en la represión militarizada de los territorios, el encarcelamiento y el abandono de masas, el recurso al racial profiling y el homicidio de estado entre negros pobres y excluidos.

No se dejen engañar los significados literales vehiculados por la palabra “post-racial”. Lo que muestran los hechos, es decir la continua producción institucional de los negros pobres como “grupo sujeto a muerte prematura”, por decirlo como Ruth Gilmore, es que el discurso “post-racial” a través el cual continua a interpelarnos todavía la era Obama, no es más que la condensación fetichista o el suplemento ideológico de una nueva y más perversa forma de racismo. Es cuanto afirma, por ejemplo, David Theo Goldberg, notable estudioso del racismo moderno, en su Are we all Post-racial yet? (2012). Según Goldberg, la especificidad del orden del discurso “post-racial” no está tanto en volver innombrable la raza en el lenguaje ordinario o en volverla “invisible” como fenómeno social, cuanto en su negar de manera continua y obsesiva la dimensión estructural-material del racismo en la sociedad americana. El discurso “post-racial” niega el racismo como “constitución material”, es decir como dispositivo (simbólico y material) a la base de la producción de la relaciones entre las clases y por lo tanto de la jerarquización de la ciudadanía. En términos marxistas, se puede decir que el discurso “post-racial”, construyendo las “razas” como fenómenos escindidos de las condiciones materiales de su producción, opera a través de una especie de fetichización de la raza y del racismo. Es en esta manera que, paradójicamente, el discurso “post-racial” acaba por ontologizar – esencializar – aquellas mismas “razas” de las cuales niega la existencia; es así que fenomenos sociales que son claramente el producto del racismo como dispositivo estructural de producción de la sociedad – por ejemplo, el alto porcentaje de negros entre pobres, excluidos, desempleados, población carcelaria, etc. – acaban por aparecer como el producto de una manera de vivir “equivocada”, de una cierta patología cultural, o de un simple déficit de “instrucción”, “educación” o “inteligencia” personal. El discurso “post-racial”, por decirlo en los términos de Fanon, pone el racismo del lado del ontogenesis en lugar de la sociogenesis.

Negando la dimensión público-material del racismo, por tanto, el discurso “post-racial” funciona como un dispositivo (racista) de naturalización de las desigualdades, cuyo efecto principal es justo aquel de convertir la raza y todo lo que ella implica un componente natural (o presocial) de la sociedad. Desde el interior de este discurso, los procesos de racialización, entendidos como la distribución de jerarquías y privilegios según la pertenencia a ciertos grupos y clases, no aparecen más como algo “adscriptivo”, como un producto activo de la interacción entre estado (instituciones) y capital, sino como un simple y neutral “amalgama” social originado por el libre juego entre sujetos, el desarrollo de lo que podemos llamar la “mano invisible” de la sociedad.

Desde este punto de vista, es sintomático que en los casos de Dallas y Baton Rouge se ha empezado a hablar de “odio racial” o de “guerra racial” sólo cuando los negros han disparado a los policias y no viceversa; movilizadas solamente en referencia al actuar de los negros, expresiones como “odio racial” o “guerra racial” acaban por poner “blancos” y “negros” al mismo nivel, como si las relaciones de poder fueran aun aquí “simétricas” y “equivalentes”; y como si el conflicto (racial) fuese generado por una especie de “natural” y reciproca intolerancia: más de esto que de un cierto sentido común entiende por “xenofobia” (fenómeno neutro, universal, inherente a la misma condición humana) que del racismo como sistema histórico de dominio de los blancos sobre los negros. Esta particular narración de los hechos además nos muestra que en el interior del discurso “post-racial” es a menudo el “negro” (o “latino”, o “musulmán”, y ciertamente no es ni el blanco ni tampoco el sistema) el portador del elemento “racial”, y últimamente, también del racismo, si como nos recuerda todavía Goldberg, uno de los aspectos más destacados de la condición o del discurso “post-racial” es que los que son acusados de “actitudes racistas” son cada vez más aquellos que históricamente han sufrido el racismo en lugar de sus verdaderos partidarios o promotores. En consecuencia, se puede decir que una de las finalidades fundamentales del discurso “post-racial” es volver “invisible” la whiteness (por que vuelve “neutra”) a través de la hiper visibilización de los otros – el “negro”, el “latino” – en clave “racial”.

De estas consideraciones se puede inferir otro de los efectos más perversos del discurso “post-racial”: en su negación de la raza y del racismo como dispositivos materiales aún a la obra en el ejercicio del poder en la sociedad americana, eso desata el pasado del presente dejando los sujetos “libres” de vender en el mercado, o de meter a trabajar, la propia “diferencia” (quizás racial, pero ciertamente no producida por el racismo). Dicho de otra manera, el discurso “post-racial” trabaja en el olvido de la historia, de aquellas mismas condiciones históricas – el capitalismo colonial, la esclavitud –  que han consentido la formación de las jerarquías y los privilegios raciales. Es el olvido de esta historia a consentir, de manera totalmente perversa, una proliferación “libre” y “sin culpas” de discursos y practicas racistas, porque, como es evidente, no vienen reconocidas como tales. Además, eliminando el racismo del discurso público sin la eliminación de estructuras materiales en las cuales se establece históricamente la supremacía de la whiteness, el discurso “post-racial” acaba por inscribir en la piel sólo las verdades producidas socialmente por el “capitalismo racial”, por usar la expresión conocida de Robinson Cedric en Black Marxism (1983). En resumen: la neutralización de la dimensión material de la historia y la privatización de las cuestiones de raza y racismo (atribuyéndole a la esfera privada y no pública), el discurso “post-racial” ha llegado cada vez más a ser visto como un elemento necesario y constitutivo de la razón del gobierno neoliberal. Más: el aumento significativo de la desigualdad entre las clases, la ruptura radical de raza y clase en el cuerpo social causada por el desarrollo del neoliberalismo ha encontrado en el discurso “post-racial” uno de sus elementos centrales de recomposición ideológica.

Piel negra. Poder blanco.

La era Obama, por lo tanto, propone de una manera infinitamente más perversa la famosa citación de Fanon: Piel Negra. Poder blanco. El discurso “post-racial”, la celebración de una supuesta condición social de “color blindness“, fue parte de la respuesta del capitalismo racial estadounidense a la lucha del movimiento por los derechos civiles y la radicalización de la cuestión negra expresada por el “black power” en los setenta. Este nuevo dispositivo racista osciló entre la negación del racismo como una dimensión histórico-material del capitalismo estadounidense y la mercantilización/poner a trabajar todas las expresiones tradicionales de la blackness. Alguien, sin embargo, sostiene que el aumento racista que está caracterizando el final de la era de Obama es parte de la respuesta del poder blanco a la elección de un presidente negro, un intento de dar una siniestra y definitiva marca histórica sobre este período singular en la historia de EE.UU. El hecho no cambia: Dallas y Baton Rouge quizá han demostrado que algunos de los negros – los más pobres y marginados – cansados de ser sometidos de forma pasiva el mito cada vez más grotesco de la integración “post-racial” en curso. Un mito que se vende en diferentes maneras, cabe recordar, incluso por parte de la élite negra. Esta reacción podría ser la única noticia real de lo que ha sucedido en los últimos días, aunque todavía es pronto para decirlo. En el movimiento Black Lives Matter la discusión sobre cómo reelaborar de manera efectiva su propuesta y como de organizar políticamente la rabia generalizada sigue y las interpretaciones de los eventos no son de ninguna manera homogéneas.Lo que es cierto es que la violencia es “post-racial” de la policía y las absoluciones comunes de los agentes imputados vuelven la situación cada vez más enervante.

Fuente: Commonware

Vencer a la desafección

En los tiempos de la gobernanza neoliberal la democracia se reduce a una simple formalidad para la aplicación de medidas al servicio de organismos supranacionales como, por ejemplo, el FMI, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o el Eurogrupo. Lo que importa no es quien gobierna, lo ha confirmado el referendum griego de julio 2015 y lo confirma la mitad de la población del Estado español que no ha asistido a la cita electoral y ha preferido quedarse en casa o dedicarse a otra cosa – y también parcialmente la victoria del primer partido ganador de las dos últimas elecciones. Hoy quien no vota expresa el mismo rechazo que quien vota en contra, para nosotras éticamente hablando es lo mismo. Es más que evidente que la desafección no es, en sí, una amenaza para las clases dominantes. Prefieren democracias reducidas a la expresión de una pluralidad manejable de voces contrapuestas. Antes el voto se planteaba como sustituto de la lucha en los movimientos sociales. Hoy, con las calles prácticamente vacías, es una expresión del rechazo como otra.

No pretendemos dar explicaciones del porqué ha vuelto a ganar el verdadero partido de “clase”. Para nosotras, lo necesario es prepararse para lo que viene. Existe una distancia creciente entre la clase media con miedo al empobrecimiento y la clase pobre. Estos días, las redes sociales arden con expresiones de frustración alienada y autodestructiva. Frases como “país de mierda lleno de subnormales” o “somos unos pringaos ignorantes” que nos recuerdan a los apodos que se les ha dado a los votantes que apoyaron el Brexit en Inglaterra, que se articulan sobre la creencia en una clase iluminada y una plebe irracional incapaz de discutir civilizadamente los argumentos expuestos en los hilos de Facebook y los artículos publicados en los medios digitales progresistas.

Hoy más que nunca, en cada comicio europeo, asistimos a la multiplicación de las valoraciones morales de quien no se ve reflejado en la opción mayoritaria. La soberbia de algunos comentarios aumentan el aislamiento, relegando la alienación que acompaña a la pobreza a ocupar un lugar oscuro, donde fácilmente encuentra refugio en la alucinación colectiva del nacionalismo o incluso del odio. Desde esa oscuridad, el miedo a un ataque desde el exterior empuja hacia el nacional-socialismo, como está sucediendo en varios países del este de Europa, en Grecia o en Francia antes de las extraordinarias movilizaciones contra la Loi Travail et son monde.

No es casual que en la política contemporánea, donde los procesos de integración alejan los centros de control directo de las decisiones políticas de los votantes, las instancias soberanistas y referendarias se unan a las nacionalistas, como si para reclamar la soberanía “usurpada” fuera necesario ejercerla inmediatamente y volver a establecer el límite natural, el del Estado. Esta dinámica, que todavía está emergiendo en casi todas partes como una solución de compromiso entre la democracia y la integración, es especialmente explosiva en Europa no porque las instituciones europeas sean burocráticas e ineficientes, sino debido a que pretenden representar una forma de unión política supranacional. Quienes lamentan este déficit democrático de la UE son los federalistas, por lo que no puede haber una verdadera política común sin una soberanía común. Los nacionalistas, en su lugar, acusan a Bruselas exactamente de lo contrario: de transformar la UE en un superestado artificial, que los procesos (en realidad intermitentes) de integración política e institucional constituyen una amenaza para la libertad y la prosperidad de las naciones. Las dos posturas son los dos reflejos del mismo espejismo.

Entonces ni el Estado capitalista del libre mercado y la propiedad privada, ni el Estado socialista y el monopolio de la propiedad pública de un pasado que afortunadamente no volverá, ni tampoco el de otras ideologías producidas como reacción a la supuesta ausencia de democracia como el independentismo “a prescindir”: las tres opciones son proyectos institucionales al servicio de la propiedad mediante la expropiación y la explotación de lo común. No estamos en contra de la independencia por estar en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, sino porque no existen las condiciones materiales objetivas para producir una independencia política en este contexto. Tampoco se trata de estar o no en el euro o la UE, a pesar de que ninguna de estas decisiones pueden ser tomadas por vías democráticas o plebiscitarias. Si hay capitalismo no hay independencia y si queremos independencia hay que deshacerse del capitalismo.

Dejemos de quejarnos de la gente, de lo que hace o de lo que deja de hacer. Aunque resulte cómodo – incluso terapéutico – atribuir la responsabilidad a la composición social, no deja de ser efímero cuando no, contraproducente. Identifiquemos nuestras insuficiencias y asumamos nuestros límites. Habrá que repensar lo que abrió el 15M como un desbordamiento de la sociedad no traducible en la lógica de los partidos políticos, ni en la tristeza de un espectáculo forzado y la simplificación por defecto de toda la complejidad social. Pensemos cómo sonreír juntas de verdad, no para las cámaras de los platós de televisión, ni por la ridiculización de un líder en las redes sociales. Aprendamos como interpelar a la realidad, tomémonos en serio finalmente nuestra alegría y nuestra capacidad de acción y organicémonos para volver a sentirnos más felices que en las plazas del 15M. Porque no hay alegría sin lucha y no hay lucha sin organización.

Antes del próximo rescate, saboteemos las instituciones que están al servicio de la Troika bloqueando la economía.

Evo Morales y los límites del socialismo del siglo XXI

por Angus McNelly

2 de marzo 2016

El referéndum constitucional celebrado la semana pasada en Bolivia puso al descubierto las contradicciones y tensiones que residen en el fondo de la política boliviana, después de diez años de poder del Movimiento al Socialismo (MAS).

El pasado 21 de febrero se llevó a cabo en Bolivia un referéndum constitucional para decidir si el presidente Evo Morales y el vicepresidente Álvaro García Linera deben seguir gobernando otro mandato o no.

La propuesta de modificar el artículo 168 de la constitución que permitiría al presidente y al vicepresidente seguir en el gobierno durante tres mandatos consecutivos fue rechazada con un 51,3% de los votos. Ahora que después de una larga y batallante campaña la situación se ha empezado a calmar, es importante reflexionar acerca de las lecciones aprendidas de dicho referéndum. El resultado es una clara expresión de algunas de las contradicciones que yacen en el corazón de la presidencia de Evo Morales.

El referéndum ha puesto en evidencia las tensiones que hay en la economía política  de Bolivia entre los estilos de vida indígenas —el Buen Vivir— y el modelo neoextractivista del Estado por un lado, y entre el gobierno de los movimientos sociales y los movimientos sociales en sí mismos, por el otro lado.

El gobierno del MAS se caracteriza por la continuidad con los gobiernos anteriores más que por su ruptura; parece ser incapaz de cortar con la lógica del periodo neoliberal anterior a él. La economía sigue dependiendo de las exportaciones primarias, y la informalidad y la precariedad son una realidad persistente para muchos bolivianos. El Estado tuvo la oportunidad, en su momento, de alterar radicalmente la naturaleza de la economía política de Bolivia pero, por el contrario, siguió tapando las grietas del sistema económico predominante.

LA PROMESA INICIAL DE EVO MORALES

Para muchos en la izquierda, Bolivia es un lugar de esperanza. Es un ejemplo del poder de los movimientos, de lo que sucede cuando los oprimidos y excluidos se sublevan y luchan en contra de las narrativas políticas dominantes y rígidas, en contra de los modelos económicos.

Durante los primeros años después de su victoria electoral, el MAS gozó de la buena voluntad residual que se desprendió de las victorias de los movimientos sociales de los 2000-2005.  Este fue el periodo que presenció las protestas masivas que impidieron los intentos de privatización, el derrumbe de los gobiernos neoliberales y la proliferación y articulación de ideas radicales en una sociedad muy movilizada.

El apogeo de estos movimientos sin duda se enmarca en las tan conocidas Guerras del Gas de octubre de 2003 y junio de 2005, donde cientos de miles de personas se movilizaron para exigir la renacionalización de los hidrocarburos y la dimisión del presidente. Evo Morales fue la representación de este momento dentro del Estado ya que lideró, supuestamente, un gobierno de movimientos sociales. Aunque inicialmente el MAS consiguió un apoyo significativo por parte de la mayoría de los sectores populares, las tensiones de esta configuración no se contuvieron por mucho tiempo.

Una de las características principales dentro la coyuntura de la cual emergió esta inmensa movilización social fue la crisis fiscal del Estado. La privatización de la principal fuente de ingresos del estado boliviano —la empresa estatal de hidrocarburos Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, YFPB— y el lento crecimiento del PIB durante finales de los noventa debido a las contradicciones del capitalismo neoliberal limitó seriamente la habilidad del Estado de funcionar correctamente, en muchos sentidos.

En primer lugar, los ingresos públicos extraídos de los hidrocarburos que se destinaban a las localidades municipales desaparecieron, hecho que desató un amplio descontento especialmente entre los municipios pobres y rurales. En segundo lugar, la creciente deuda situó a Bolivia cada vez más bajo el control de las instituciones financieras internacionales (incluyendo el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) restringiendo la capacidad del Estado de responder a la crisis. El FMI exigió que el déficit presupuestario (en gran parte resultado de los programas de privatización apoyados por el mismo) se maquillara, fulminando el gasto social y los impuestos regresivos.

Por eso, los movimientos sociales exigieron una restructuración de la economía política neoliberal de Bolivia. Durante los enfrentamientos violentos del impuestazo en febrero de 2003, estos rechazaron los impuestos regresivos y en las protestas populares de las dos Guerras del Gas pidieron la renacionalización de los hidrocarburos y el fin del neoliberalismo en Bolivia.

Evo Morales fue llevado al palacio presidencial bajo una ola de optimismo, con el respaldo de estos movimientos. No solo fue el primer presidente indígena de Bolivia sino que representó un desafío al orden neoliberal que había dominado en este país desde 1985. Trajo un nuevo periodo de esperanza y la expectativa de que la economía política de Bolivia iba a ser reorganizada bajo principios radicalmente distintos para el beneficio de la mayoría de bolivianos. Sin embargo, en los últimos años el proceso de cambio parece haber perdido su rumbo, la esperanza que radiaba durante los inicios del gobierno de Morales está siendo remplazada por las crecientes contradicciones del Estado.

El gobierno se ha arruinado debido a los numerosos escándalos de corrupción de los últimos meses, de los que Morales no ha salido ileso. El referéndum constitucional es pues la última expresión de las tensiones que se encuentran en el centro del socialismo del siglo XXI.

¿UNA “NUEVA” ECONOMÍA POLÍTICA DE BOLIVIA?

Al contrario de lo que indican los resultados del referéndum del pasado 21 de febrero, Evo Morales sigue siendo popular entre la población boliviana. En enero, el índice de aprobación aun estaba entre el 60 y el 70 %.

Evo y su partido, el MAS, fueron el primer partido en ganar por mayoría en unas elecciones presidenciales desde el retorno de la democracia en 1982, y fueron el primer gobierno en funciones en ser reelegido, algo que ahora han conseguido por segunda vez. Detrás de este éxito electoral se encuentran un crecimiento de la economía y una imagen del gobierno como impulsor de la redistribución y la reducción de la pobreza; imagen que se utilizó para la campaña del “sí”, con eslóganes que destacaban los cambios que ha habido en Bolivia bajo el mandato del MAS.

Sin embargo, dentro de la economía política de Bolivia hay grietas visibles, problemas que los protagonistas de la campaña del “no” realzaron.

En primera instancia, el gobierno ha querido fomentar una imagen de redistribución , introduciendo programas de transferencia condicionada de recursos (TCR) dirigidos a los pensionistas, niños y madres jóvenes. La dramática operación militar encargada de reapropiarse de los campos de hidrocarburo, que en 2006 pertenecieron al YPFB, fue diseñada para el mismo efecto. Sin embargo, esto se realizó únicamente de cara a la galería, una inteligente estrategia de las relaciones públicas que mostraba al gobierno como un ente que actuaba bajo las demandas de los movimientos sociales.

En realidad, más que nacionalizar la industria lo que hizo el gobierno fue firmar cuarenta y cuatro contratos nuevos con las doce compañías petroleras más grandes. También acordó contratos de exportación con Argentina y Brasil, medida que en combinación con el auge global de bienes básicos entre 2008 y 2013 incrementó la tasa media de crecimiento del PIB del 3,3% por año entre 1996 y 2006 al 5% entre 2006 y 2014.

El Estado ha centrado sus esfuerzos no en la redistribución de su riqueza sino en un programa de lo que el Washington Post ha etiquetado de “prudencia fiscal”, construyendo reservas extranjeras para asegurar la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, aun con un insignificante 1,6% del PIB gastado en programas de transferencia condicionada de recursos, el auge global de bienes básicos ha ayudado a reducir de forma significativa la pobreza bajo el mandato del MAS. La pobreza disminuyó del 59,6% al 39,1% entre 2005 y 2013, y la pobreza extrema se redujo del 36,7% al 18,8% durante el mismo periodo.

Sin embargo, los centros de acumulación de capital en Bolivia siguen en la misma situación ya que el MAS ha sido incapaz de transformar (o no ha querido)  la estructura de la economía política de Bolivia. Las decisiones tomadas por este gobierno durante su primer mandato tuvieron un gran impacto en la reciente trayectoria de Bolivia. Morales tenía la clara responsabilidad de nacionalizar los hidrocarburos, un mandato que aparentemente ignoró. El capital multinacional de las agroindustrias de tierras bajas, los hidrocarburos y la minería complementados por la burguesía naciente de las cooperativas mineras, las operaciones comerciales, el contrabando y los narcóticos siguen siendo los principales sectores de la acumulación capitalista.

Hasta ahora, Bolivia ha podido mantener su tasa de crecimiento del PIB, con un promedio del 5,2% en enero y febrero de este año. Pero, lo que preocupa particularmente dentro de este contexto de continuo silencio respecto a la economía boliviana es el mantenimiento de los precios de los productos básicos (especialmente el de los hidrocarburos).

Pese al contrato bilateral de proveer gas natural a Brasil hasta 2019, el contrato con Argentina está en proceso de renovación, y el precio del gas boliviano ha caído un 43% en Argentina y un 53% en Brasil en el último año.

Con predicciones negativas respecto al crecimiento global del PIB en 2016 y con la ausencia de señales de crecimiento del precio del petróleo en el futuro próximo, el modelo neoextractivista pasará por un periodo de alto nivel de estrés.

Aun con los recientes descubrimientos de gas en Boicobo, Ipaguazu y Boyuy, que han supuesto el crecimiento de un 40% de las conocidas reservas bolivianas, el gobierno tendrá que luchar contra el débil rendimiento económico, y es probable que fomente nuevos modelos de acumulación para mantener las recientes tasas de crecimiento del PIB en Bolivia. De hecho, ya hemos percibido signos de ello con la acogida por parte de Morales de la feria de inversión patrocinada por el Financial Times en octubre del pasado año en Nueva York.

PRINCIPIOS INGÉNUOS Y EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Las tensiones dentro del régimen de Morales no se limitan ni de lejos únicamente a la economía política. El modelo neoextractivista descrito anteriormente es completamente opuesto al principio indígena del Buen Vivir que Evo Morales supuestamente defiende.

En el epicentro de este principio reside el respeto a la pachamama ­— la Madre Tierra— y la convicción de que el ser humano y el mundo natural existen en estable harmonía; un balance delicado donde los humanos son parte de un ecosistema más grande y de un mundo espiritual. Esta cosmología se caracteriza por una concepción cíclica del tiempo y por la presencia del pasado en el presente: la topología de los Andes cuenta historias de acontecimientos de eras pasadas. Las comunidades indígenas creen que los protagonistas de estos cuentos (sus ancestros) son las laderas coloridas y los picos nevados de los Andes.

Esto contrasta radicalmente con las ideas que apoya el extractivismo: la dominación del mundo natural a través del uso de la tecnología y de la maquinaria. Los humanos conquistan las vicisitudes del mundo natural (su temperatura extrema y clima, su cambio de estación y los ciclos anuales) arrasando con la Madre Tierra, que existe para los humanos como algo a lo que explotar.

Así, estos son posicionados por encima de los ecosistemas del mundo natural, con las sociedades modernas capitalistas separadas de los ecosistemas naturales y no como dos esferas inseparables. La esperanza de vida de la extracción de recursos es teleológica, una progresión lineal dirigida hacia un final definido puesto que el recurso finito se agota, algo que no concuerda mucho con la concepción cíclica apoyada por las comunidades indígenas.

El reciente escándalo en el que Evo Morales se ha visto implicado captura estas contradicciones del MAS. En 2007 Morales fue padre de un niño junto a Gabriela Zapata, una cruceña blanca que trabaja para la compañía china CAMC y que negocia contratos con el estado de Bolivia. Bajo el mandato de Morales, la CAMC ha sido premiada con 500 millones de dólares con contratos estatales de desarrollo; la firma multinacional responsable de la construcción de infraestructuras (incluyendo un tren eléctrico) es un apoyo para la economía extractiva de Bolivia. Corre la noticia de que los intereses de una descendiente blanca europea, junto a aquellos con capital multinacional, se han situado por encima de los intereses de la mayoría indígena boliviana.

Así pues, no es sorprendente que el descubrimiento de este escándalo a principios de febrero seguramente haya inclinado la balanza a favor del “no” (el “sí” estuvo, acorde a algunos encuestadores, por delante del “no” por cinco puntos justo un mes antes del referéndum). El gobierno de Morales no sólo se está pareciendo cada vez más a sus predecesores, incapaces de parar la corrupción que ha estado omnipresente en el estado boliviano en sus distintas facetas, sino que el escándalo subraya también la continua subordinación de los intereses indígenas a los del capital.

Hay otra seria contradicción en el MAS, una tensión que se encuentra en la misma esencia del referéndum constitucional. La unidad social Aymara de los ayllu no está organizada alrededor de los ideales liberales de “derechos” y “responsabilidades” sino de los principios de “rotación” y “obligación”. Se espera que todo aquel que forma parte de una comunidad lleve a cabo ciertas tareas en momentos determinados, y después ceda la responsabilidad a su sucesor. Los movimientos sociales tomaron estos principios (especialmente en El Alto, donde la población es mayoritariamente Aymara) y las familias fueron obligadas a enviar a uno de sus miembros a las barricadas, los encuentros o las marchas.

En los ayllus la “obligación” es sustituida por la “rotación”: una vez un miembro de la comunidad ha llevado a cabo su rol, es cuando se le pasa el turno a otro. Evo Morales, al demandar un cuarto mandato, entra en conflicto directo con la idea de “rotación” del liderato, un ideal que él supuestamente representa.

Muchos de los defensores principales de la campaña del “no”, incluyendo el gobernador de La Paz Felix Patzi, han captado este desacuerdo entre la retórica de los principios indígenas y las acciones del gobierno. El referéndum constitucional representa un rechazo a la tradición y los principios indígenas, y muestra de forma clara la brecha entre el Estado y la mayoría indígena que forma las base de soporte del MAS.

¿UN “GOBIERNO DE MOVIMIENTOS SOCIALES”?

El MAS es, acorde al vicepresidente García Linera, un gobierno de movimientos sociales. Evo Morales es el líder de las seis federaciones de producción de coco del Chapare, y antes de convertirse en presidente fue un activista social. Las consecuencias de haberse establecido como un gobierno de movimientos sociales han resultado en cierto modo inesperadas.  A muchos de los protagonistas de las luchas de los 2000-2005 se les adjudicaron posiciones dentro del gobierno, decapitando el liderazgo de la sociedad civil local y cimentando los canales oficiales del gobierno como ruta legítima del cambio.

Esto cerró las vías alternativas para promulgar el cambio desde abajo. Los movimientos sociales fuera del control estatal fueron etiquetados de contrarrevolucionarios por ser conducidos por líderes egoístas que superponían sus propias necesidades a las de la nación. Es interesante notar cómo esta polémica (que se dirigió principalmente a los líderes de la Confederación de los Pueblos Indígenas de Bolivia en el conflicto que empezó en el 2011 sobre la construcción de una carretera en el parque nacional del TIPNIS) se contradice con el plurinacionalismo que supuestamente respalda el estado boliviano.

Situar las necesidades de la nación por debajo de las de un grupo particular no es compatible con un plurinacionalismo verdadero, ya que las necesidades de todos los grupos, todos en su propio derecho de “nación”, deben ser consideradas iguales. La represión violenta a los movimientos sociales no estatales desafía esta idea de gobierno de movimientos sociales.

Además, la integración de algunas comunidades y líderes dentro del Estado les ha ofrecido el acceso a recursos estatales, promoviendo estatus individuales y propiciando el desarrollo de algunas comunidades por encima de otras. Esto ha tenido numerosos efectos en la sociedad boliviana. En primer lugar, ha fomentado una lucha intercomunitaria ya que los grupos de las tierras bajas del TPNIS desconfían de las naciones indígenas del altiplano y viceversa. Además, los ayllus del Potosí llevaron a cabo una protesta masiva en el 2011 ya que se sentían agraviados porque el Estado no había destinado recursos a su departamento.

En segundo lugar, y quizás más gravemente, ha creado un conflicto intracomunitario entre aquellos que tienen acceso a los canales oficiales del Estado y aquellos que quieren radicalizar el proceso de cambio. Así pues, algunos de los líderes de los ayllus ven el régimen de Morales peor respecto a los gobiernos neoliberales de los años ochenta y noventa ya que han presenciado como sus comunidades se han ido dividiendo cada vez más durante estos últimos diez años.  El referéndum constitucional sacó a la luz estas tensiones intracomunitarias, con comunidades (incluso familias) divididas entre el “sí” y el “no”.

¿UN PASO EN LA DIRECCIÓN CORRECTA?

El referéndum constitucional nos ha enseñado mucho acerca de la situación actual en Bolivia: acerca de la economía política de la Bolivia de Evo Morales; acerca de la relación entre comunidades indígenas, el Estado y la acumulación del capital; y acerca del impacto del MAS, con la pretensión de ser un “gobierno de movimientos sociales”.

La conclusión a la que podemos llegar es que hay un problema con respecto a las bases del socialismo del siglo XXI. Ha habido demasiada continuidad y poca ruptura, y las viejas instituciones del Estado y la acumulación del capital no han sido ni  desafiadas ni transformadas. El capital transnacional aun domina el paisaje económico, a menudo a expensas de las comunidades indígenas y de los movimientos sociales que forman el apoyo de base del gobierno de Morales.

El referéndum constitucional simplemente resalta el exceso de las contradicciones que contiene esta continuidad con las viejas formas políticas y la economía política. Nos recuerda no cuán lejos ha llegado Bolivia sino todo el camino que le falta por recorrer. Esta es una oportunidad para reflexionar acerca de los errores del pasado, y para contemplar lo que podría haber sido en el surgimiento de un momento de oportunidad radical.

La victoria del “no” ofrece una nueva oportunidad, pero si el régimen de Evo Morales nos ha enseñado algo es que una transformación social seria solo puede venir de una ruptura radical con el pasado.

Fuente: ROAR Magazine

La destitución de Dilma y el debate en las calles

por Salvador Schavelzon

Fuera de Brasil se impone la visión de que hay un golpe conservador en marcha contra un gobierno progresista o popular. Rápidamente se alinean elementos para cerrar un análisis: Estados Unidos, los medios, la justicia parcializada y la oposición a los gobiernos progresistas. Pero en momentos en que el ciclo político estatal de los últimos años en la región y también los relatos y narrativas en que se apoyaron los mismos se muestran agotados, de lo que se trata no es de cerrar sino de abrir un análisis; de agregar elementos para entender dónde estamos. Abrir y conectar para buscar nuevos lugares desde donde podamos actuar frente a una lógica de gobierno que se muestra mucho más allá de sus presidentes y partidos.

La destitución de Dilma tiene la participación crucial del PMDB, partido que formó por 12 años parte de la base de gobierno en el congreso, y también fue socio del PT en el poder ejecutivo. Cómo se leía claramente en las protestas de junio de 2013 y contra la copa del mundo en 2014, la situación política en Brasil es la de un frente transversal conservador en el que las coincidencias resaltan más que las diferencias entre gobierno y oposición. La forma en que circula la idea de golpe mantiene en pie la narrativa de la polarización, desde donde se construyó la reelección de Dilma, pero que quedó suspendida desde el día 1 de gobierno en que volverían a primar los consensos de Estado.

Cuando para tanta gente es tan notorio que en lo cotidiano la existencia de la ley y la constitución es insignificante, es difícil discutir si está en marcha una interrupción del régimen democrático. Hay en marcha un golpe político por vías institucionales, manipuladas como siempre, en este caso por la oposición. Pero lo cierto es que no habría golpe si la gente se arrojara masivamente a las calles y si un gobierno de reformas se hubiera fortalecido cumpliendo lo que prometió en la última elección.

Si vemos el sentido de las políticas de gobierno de Dilma, es claro que la actual situación no fue generada por las políticas que impulsó, a las que medios y jueces conservadores se opondrían. El gobierno reprimió protestas, se alió y benefició en todo lo que pudo al agronegocio desforestador y etnocida, aprobó leyes de flexibilización neoliberal (proponiendo subir edad de jubilación y aplicando recortes de derechos laborales), no defendió el para muchos sagrado patrimonio de recursos naturales (cediéndolo a transnacionales en alianza con la oposición), protegió a la empresa que causó el reciente crimen ambiental de Mariana, y aplicó un ajuste de austeridad con impacto mayor en salud, educación y los sectores más pobres. No buscó crear las condiciones para aprobar ninguna reforma progresista. Políticas sociales de inclusión social marcaron el apoyo de las regiones más pobres al PT. Pero tampoco puede verse en estas la motivación de un golpe. La transferencia de recursos para el empresariado y sector financiero fue en escala y proporción siempre mayor.

Por eso mucha gente no está hoy en la calle para defender el gobierno e impedir el golpe. ¿Cómo pedir solidaridad a pueblos indígenas y gente sensible al acoso militar y judicial que estos viven, o a Mães de Maio y familiares de víctimas de la violencia policial y genocidio de la juventud negra de las periferias, que el gobierno nunca escuchó ni se dignó a recibir?. ¿Cómo esperar que salgan a la calle los jóvenes que se movilizaron en junio de 2013 contra el aumento del transporte o hace poco por mejor educación, si nunca encontraron eco desde el gobierno que ahora cae?

Se destruyó sistemáticamente la base de apoyo que debería ser la fuente vital de cualquier gobierno de izquierda, optando por gobernar por un camino que nadie votó y atendiendo lobbies, sectores de presión conservadores, bancos y mercados que ni siquiera retribuyen políticamente los servicios prestados. El PT no hizo nada para romper con las lógicas más perversas de un sistema político y económico cuya misión histórica era modificar. Las mantuvo en vigor, cerrando todo tipo de debate político en la sociedad y el proprio partido.

Sin ese vacío generado por errores propios y convicciones conservadoras presentes en un progresismo ya extenuado, las menciones al poder judicial y mediático golpista como única explicación de lo que está ocurriendo tienen un carácter desproporcionado. No debe olvidarse, por ejemplo, que el gobierno financió con pauta oficial a los grandes medios y que propuso a la mayoría de los jueces del tribunal supremo de justicia. La polarización que resurge en tiempos de crisis y que funcionó en las elecciones no es lo que marca la política en el día a día.
Se da la compleja situación de que los sectores que impulsan la destitución hayan sido también los más beneficiados. Incluso la copa del mundo, proyectada como gran legado de la anterior gestión de Dilma, interpelaba directamente el lenguaje ufanista de la ola fascistoide verde y amarilla que hoy pide la cabeza del gobierno y se moviliza por las causas de corrupción. Tampoco se sostiene que la destitución sea movilizada por el proyecto lulista de inclusión por el consumo, neodesarrollismo y prosperidad derivada de un pacto interclasista que nunca dejó de beneficiar antes que nada a los tradicionales dueños del país, el gran capital extranjero y nacional, en una sociedad que sigue definiéndose por su racismo y desigualdad.

El argumento de que la corrupción de los otros partidos no es juzgada con la misma celeridad ni visibilidad es real, pero no puede considerarse una defensa seria o convincente para un proyecto que nació para el cambio. También es real que los beneficiarios directos de la destitución se sentirían envalentonados para imponer un retroceso en varias áreas. Geopolíticamente la salida del PT, y de sus límites para generar de hecho una región más democrática, no parece abrir en el corto plazo caminos prometedores. Pero entonces es necesario oponerse a estos escenarios con nuevas herramientas. Las actuales se mostraron incapaces de hacerlo.

Aunque la situación es la de un gobierno que creó las condiciones de su caída y de la falta de apoyo de los que lo votaron, la amenaza de una indignación conservadora que nació en las redes sociales y avanza hacia las instituciones es real. El Impeachment daría aún más espacio para una derecha homofóbica, machista, autoritaria y racista que es minoritaria pero quedaría en primer plano defendiendo abiertamente una agenda de profundización de las injusticias actuales.
Más que centrar el debate en el gobierno y líderes que no tienen nada para ofrecer, entonces, es necesario volver a Junio de 2013. Ni apoyar un gobierno que no ha podido defender ninguna causa justa, ni dar lugar al fascismo del odio racista con bandera liberal y búsqueda de más privilegios para los poderosos que hablan de libre mercado pero siguen viviendo del Estado. Tampoco entrar en la versión tranquilizadora del progresismo latinoamericano, en que se revive un ataque imperialista contra gobiernos revolucionarios, como caricatura opuesta a la de los medios conservadores y que no hace más que bloquear la posibilidad de conexiones necesarias entre nuevas resistencias y búsquedas políticas hoy en marcha.

Junio de 2013 es la posibilidad de resistir, de crear y de desactivar el golpe que comenzó con las medidas aprobadas durante el gobierno del PT, pero que sin duda podrá avanzar hacia nuevas fases. Esa es la disputa que se vivirá en las calles.

El desierto y la izquierda

por Bruno Cava

El discurso del golpe y el golpismo están a la orden del día en el Gobierno brasileño desde 2005. Está tan manido, tan trillado, que solo cuela con los ya evangelizados. Ha perdido su valor nominal. Si pensamos en el 64, 73 ó 76 en América Latina, en los grandes arquetipos del imaginario de izquierdas, nada sugiere un golpe de estado en curso en el Brasil de hoy. A menos que entendamos golpe en sentido amplio y generalizable a la política y a la vida, como Bruce Lee dijo: “todo es golpe”. Y fueron muchos los golpes del gobierno en ese período. Pero si miramos alrededor, en todo el país y el continente, lo que hay a simple vista es un desmoronamiento irreversible de un largo ciclo que se ha agotado principalmente por errores propios, decisiones, alianzas y estrategias, desde el punto de vista político, económico, social e incluso electoral.

¿Por qué entonces tanto rumor y tanto empeño en restaurar la falsa polarización de octubre de 2014? ¿No está claro que se acabó, que solo hay “salida hacia dentro”? El hecho es que hay un deseo de gobierno que viste de rojo. Las personas que se polarizan hacia la izquierda para defender el gobierno realmente creen en ello. No solo son aparatos y estructuras sostenidas con fondos del estado. Eso sería una explicación moral. Tener fe consiste en nutrir un vínculo íntimo con el mundo que nos da fuerza. Aquello en lo que se cree podría incluso no existir, pero la acción basada en la creencia existe y produce efectos.

Pero, después de todo esto, ¿puede ser que realmente crean? Creen, a pesar de las reticencias, de las reservas, de las contorsiones retóricas. Y cuando se cree, no ayuda, el problema pasa a ser simplemente encontrar la narrativa, la polarización, la historia que pueda, a pesar de todo, otorgar una conciencia tranquila para la creencia primaria. Es por ello que existe un malestar en la izquierda sobre el que es necesario pensar. En la medida en que, llegados a este punto, el gobierno aún se las arregla para conducirla, a su pesar, a la marcha de los lemmings a la orilla del fiordo.

Ser de izquierdas parece haberse convertido en un bien en sí mismo. Lenin habló de la colina hacia la que el izquierdismo se dirige. Desde la cima de la colina, mirando el bullicio de la multitud, de aquellos que no han alcanzado sus valores. Es como si, por efecto del poder de la fe, fuera suficiente creer en los símbolos, en las banderas, en un recuerdo fugaz y vago de tiempos mejores. La fe de esta manera se vacía de potencia y el vínculo con el mundo se disuelve en un plano moral, en la justicia de la Historia. Cuanto más débil es el vínculo, más drástico y desesperado el apego a los propios símbolos. De ahí manifestaciones cuya única pauta es la defensa de un color, fraseología, una sigla.

En contra de todas las enseñanzas materialistas: contra Marx y el método de Einleitung, donde la ida a lo abstracto solo funciona con el retorno a lo concreto, como el necesario descenso antropofágico, contra Spinoza, como si un conjunto de creencias compartidas fueran lo primero y luego se realizasen prácticas basadas en ellas, en lugar de ser las prácticas las que determinan creencias que solo pueden existir en la implicación práctica, como una cuestión corporalmente vital (los afectos). Es el clima del nihilismo de fin de ciclo, una espiral de recesión del deseo hasta el agotamiento final. La salida a la izquierda no es más que un “ábrete sésamo”. Una auto-referencia en círculo vicioso. Igual que el Barón de Münchhausen, la izquierda quiere salir del atolladero tirándose del propio cabello. Mientras tanto, el mundo a su alrededor se desmorona, ininteligible e intangible. Decaemos en una especie de simbolismo místico-romántico, aferrándonos al final. ¿Lula hoy no es sobretodo eso: un símbolo?

Hay otros caminos. Por ejemplo, la alegoría, el tensionamiento de lo real hasta el punto de la paradoja, del punto muerto, a partir del cual tenemos que decidir. Asumir el callejón sin salida, asumir el campo de problematización sin colores predefinidos, sin principios trascendentes, sin sebastianismo. Asumir el desierto, no tener miedo a la soledad. Es lo que Glauber contaba en la alegoría de “Tierra en trance”, o Walter Benjamin sobre el drama barroco. Hacer como Kafka: renunciar a la verdad simbólica para rescatar la transmisibilidad. Una nueva fe, una nueva tierra. Abandonar la izquierda para rescatar lo que importa.

fuente: Uninomade.net

El mundo o nada. Comité de acción 16 de marzo 2016

Clases anuladas, manifestaciones salvajes, pintadas, daños, lacrimógenos, gobierno bajo estrés, fucultades en huelga. Algo está naciendo. “Nosotrxs” estamos naciendo. Nombrar lo que está naciendo a partir del nombre que lo ha precedido significa intentar matarlo. Reportar lo que el pasado miércoles hemos vivido en las calles, lo que se cuece desde hace semanas, reconducir la rabia que ruge por todas partes a la “sombra del CPE” y toda la arenga que hemos escuchado la semana pasada es una operación, una operación de neutralización.

¿Qué relación hay entre el discurso sindical y lxs compañerxs estudiantes que escribían en las paredes el pasado miércoles “el mundo o nada”, antes de atacar metódicamente a los bancos? Ninguna. O simplemente un lamentable intento de recuperación liderada por zombies. Nunca los sindicatos, ni los políticos han seguido tan visiblemente un movimiento. Si son tan febriles en su deseo de supervisar todo, es precisamente porque todo se le podría escapar de las manos.

Lo que ha pasado es simple: una banda de youtubers han añadido sus me gusta, han hablado fuera de cualquier marco, de cualquier “representatividad”, han llamado a la calle; una mujer que se representaba a sí misma ha lanzado una petición contra la ley del trabajo (reforma laboral); y como lo que decía sonaba justo, ha encontrado un sentimiento generalizado, una náusea general, bajamos a la calle y éramos numerosos. Las organizaciones siguieron.

El riesgo de no seguir era demasiado grande para ellos. Si no lo hacían su mandato caducaba. Aquellos a los que pretenden representar habrían cogido el camino sin ellos, sin que ellos pudieran meter delante, a la cabeza, sus pancartas, sin que ellos hubieran podido llevar sus enormes globos rojos, sin que ellos pudieran recubrir nuestras voces con sus horrendos sistemas de sonido, sus lemas vulgares, sus discursos de funeral. Estaban desnudos. Por tanto, los líderes siguieron; como siempre.

No hay una ley que pone un problema, sino una entera sociedad que está exhausta.

Nosotrxs somos la juventud. Pero la juventud no es la juventud, ella es más de ella misma. En cualquier sociedad la juventud es la imagen del elemento disponible. La juventud es símbolo de la disponibilidad general. Los jóvenes, no significan nada. Quiere decir aquellos que non están todavía obligados. Obligados por un jefe, por los créditos, por un CV. Obligados y por lo tanto encadenados, al menos hasta que la máquina social continúe funcionando.

Los discursos mediáticos sobre la amenaza de un “movimiento de la juventud” miran a desconjurar la amenaza real y ésta es que el conjunto de lo que está disponible en esta sociedad, el conjunto de quienes no pueden más de la vida que se les hace vivir, el conjunto de aquellos que ven muy bien que no es la justicia de esta ley la que crea un problema, sino que la entera sociedad está exhausta, y se agrega. Se agrega y se junta en masa. Porque en nuestros días es innumerable la masa de incrédulos. La mentira social, la farsa política, no convencen más. Y es este el gran problema que tiene este gobierno. Y no solo él: ¿Quién es todavía tan estupido para querer aún votar a la izquierda, a la izquierda de la izquierda, a la izquierda de la izquierda de la izquierda, cuándo se ha visto lo que esto ha producido en Grecia el verano pasado? Un gobierno de izquierda radical sobretodo en la aplicación de la austeridad.

Eh, ¡Los viejos! Vosotros no habéis sido traicionados, solo os habéis dejado engañar.

¡Ay, los viejos! Ay, nuestros viejos. Vosotros decís que os sentís traicionados. Que habeís votado a un partido de izquierdas pero que la política que hacen no corresponde con vuestras espectativas.

Vosotros hablais de “negación”. ¿Pero dónde estabáis en el 1983? Los años 80, los años del dinero fácil, de Tapie en el gobierno, Libé que titula “¡Viva la crisis!”, ¿No os dice nada todo esto? Nosotrxs no estábamos, pero mientras tanto, vuestras “batallitas” se han convertido en nuestros cursos de historia.

Y cuando las escuchamos, estas clases, se nos dice que Macron sólo termina el trabajo comenzado en 1983. Desde entonces, es el mismo programa. No ha cambiado. Vosotros no habéis sido traicionados. Vosotros sólo os habéis dejado engañar. Habéis preferido cultivar vuestras ilusiones. No son los actos de los socialistas los que han traicionado su discurso. Son precisamente aquellos discursos que, en cada período de elecciones, han servido para engañaros y así poder continuar poniendo en marcha el mismo programa, para seguir con la misma ofensiva. Una ofensiva de 35 años, llevada con constancia a todos los niveles y al mismo tiempo – económico, seguridad, social, cultual, existencial, etc.

Esta ley, no se discutirá.

Lo que esta naciendo tiene poco que ver con la ley del trabajo. Esa ley es solo el punto de inflexión. La gota que colma el vaso. Demasiado arrogante, demasiado flagrante, demasiado humillante. La ley sobre las investigaciones, la ley Macron, la decadencia de la nacionalidad, la ley antiterrorista, el proyecto de la reforma penal, la ley del trabajo, todo esto forma el sistema. Es una sóla empresa la que pone de rodillas a la población. La ley El Khomri es solo la guinda del pastel.

Es por eso que se reacciona ahora, y es por esto que no se ha reaccionado a la ley Macron. Al máximo, si se sale a la calle contra la ley del trabajo, no es porqué concierna al trabajo. Es porque la cuestión del trabajo es la cuestión del empeño de la vida; y el trabajo, como lo vemos en torno a nosotrxs, es precisamente la negación de la vida, la vida en version de mierda.

Ya no estamos en los años 60, vuestros Gloriosos Treinta, recuperaos, no se han conocido nunca. Nadie entre nosotrxs piensa que se “realizará” en el trabajo. De lo que nos defendemos ahora es el hecho de que lo poco que se nos deja de vida después del trabajo, más allá del trabajo, no se reduzca a nada.

El jueguecito de las organizaciones sindicales y de los partidos para limitar el terreno de conflicto a la cuestión de la ley trabajo, a la negociación con el gobierno, es sólo una manera de contener nuestro deseo de vivir, de bloquear todo aquello que excede la esfera sofocante de sus pequeña artimañas.

Sindicatos y partidos, no hay necesidad de ser vidente para ver, desde ya, que nos dejarán con el culo al aire en el momento decisivo. No tenemos nada contra ellos. Es su función. Pero, no nos pidáis que confiemos en ellos.

No es que por ser jóvenes seamos ingenuos. Y luego, dejad de darnos la lata con vuestras viejas consignas que no funcionan: la “masificación”, la “convergencia de las luchas” che no existen, el hablar por turnos y el pseudo-feminismo que os sirven sola para controlar las asambleas, para monopolizar la palabra, para repetir siempre el mismo discurso. Francamente, ya es suficiente.

La cuestión no es la de la masificación, es la de la justicia y la determinación. Todos saben que lo que hace retrasar un gobierno no es el número de personas en la calle, sino su determinación. La única cosa que tira para atrás un gobierno es el espectro de la sublevación, la posibilidad de una perdida total del control.

Aunque se quisiera sólo la retirada de la ley del trabajo, se necesita de todas maneras apuntar a la insurrección: golpear fuerte, dotarse de los medios para tener a la policía en su sitio, bloquear el funcionamiento normal de esta sociedad, atacar los objetivos que hacen temblar el gobierno. La cuestión de la “violencia” es una cuestión falsa. Lo que desde los medios es descrito como “violencia” se vive en la calle como determinación, como rabia, como seriedad y como juego.

Esto es lo que hemos sentido el pasado miércoles, y que tiene alguna razón para hacer flipar a los gobernantes: había valor entre nosotrxs, el miedo se había ido, estábamos segurxs de nosotrxs. Segurxs de querer marchar sobre las cabezas de aquellos que gobiernan. Sobre la cabeza de aquellos que, durante todo el año, marchan sobre nuestras caras.

¡Golpear fuerte! ¡Golpear justamente!
#BATTAILLEDESOLFERINO

Al contrario de lo que nos dicen los aprendices burócratas de la UNEF o del NPA, golpear fuerte no significa “aislarnos de las masas”, si los objetivos son justos. Al contrario, quiere decir que todos aquellos que estan agotados se pueden unir; y todo el mundo.

La cuestión que pone la ley laboral es la cuestión de la política del PS desde hace 35 años, la cuestión es saber si sí o no sobre el hecho que podrán llevar a cabo su campaña pluridecenal. Y es también la cuestión de la política en general. Que un movimiento se levante a un año de la campaña por la presidencia, que generalmente impone el silencio y la espera a todos, dice mucho sobre la profunda indiferencia, o sea sobre la hostilidad, que la misma ya suscita.

Todos sabemos que las próximas elecciones no son la solución, pero forman parte del problema. No es casualidad que espontaneamente, el pasado miércoles, los estudientes de Lyon han buscado alcanzar la sede del PS y se han enfrentado a la policia para golpear este objetivo. Y no es casualidad que la sede de PS en París y Ruan hayan sido destrozadas. Y es a esto a lo que, espontaneamente, apunta el movimiento. En lugar de enredarse en negociaciones-trampa por gilipollas, lo que hace falta atacar, en todas partes en Francia, a partir del próximo jueves, son entonces las sedes del PS. En París, hace falta que esto se transforme en la batalla de Solferino. Lo de después, pues bueno, se verá. Hará falta jugarsela bien. Pero la apuesta que se juega es colosal.

Ellos retroceden, ¡ataquemos!

Fuente: lundi.am

Por una nueva re/vuelta de la política

Cuando escribimos este texto no pensabamos que unos titiriteros podrían ser acusados de enaltecimiento del terrorismo por representar ironicamente la estigmatización que se hace desde arriba del los movimientos sociales asociandolos al terrorismo. La libertad de expresión bajo responsabilidad no es más que una operación de censura de estado. El ataque a los movimientos sociales no está dirigido sólo hacia las estructuras y a sus organizaciones como fue en el caso de la PAH, sino es una batalla cultural para la hegemonía y el mantenimiento de una mayoría. La debilidad de este posicionamiento es evidente a la hora de que hasta un espectaculo de titeres puede desestabilizar un gobierno, esto es suficientemente ilustrativo para imaginar lo que este gobierno puede hacer con respecto a las políticas de austeridad de la Troika. Quien habla de revolución democrática hoy no le queda nada mas que apelar a la buena voluntad de sus intenciones, la experiencia del referendum griego desvela su impotencia mientras que nadie ha asistido a algun cambio real. Los neodem pueden unicamente limitarse a señalar las insuficiencias de la nueva política apuntando a sus limites como si otro sujeto político pudiera obtener mejores resultados. En su lugar la situación nos pone frente a otra realidad, donde la política está cada vez mas espectacularizada y reducida a la pantomima de los medios de comunicación. Parafraseando a Mario Tronti “porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es”, gracias al endurecimiento de las leyes y la censura asistimos a la represión sistematica de los movimientos sociales, por esto es mas que necesario poner nuestras energías dentro de las luchas, empujar el razonamiento hacia adelante para conquistar nuevos espacios de libertad.

  1. La crítica es tachada de terrorismo y los marcos políticos para fortalecernos son cada vez más estrechos, atrapados entre la legalidad y la “nueva política”.
  1. Las plazas del 15M abrieron una brecha en la política enteramente subsumida por las elecciones. Si medios y fines concurren de igual manera, las plazas han fracasado por volver a los barrios e intentar reformar la democracia en lugar de inventar otras formas de vida. Donde se han dado estructuras e insurrecciones en los barrios, que sí bien cambian la forma de vida de algunas y refuerzan la solidaridad y el apoyo mutuo, estas quedan insuficientes en cuanto a canalizar energías hacia cambios estructurales.
  1. Hay un conformismo de masas, hasta dentro de los propios movimientos. A partir de 2011 hemos pasado de una política expansiva hacia volver a la reproducción de cada espacio, en algunos casos en forma de asistencialismo, en otros en forma de partido.
  1. Los nuevos fascismos y la derecha están creciendo. En momentos de crisis los nacionalismos y el proteccionismo se vuelven la moneda de cambio de la inmovilización social y el miedo. En la dialéctica nacionalista se difumina cualquier posibilidad emancipadora porque falta el sujeto que tendría que protagonizar el supuesto cambio y el contexto sociopolìtico, el pueblo y la soberanía nacional, que en la sociedad globalizada ya no existe ni volverá a existir.
  1. Europa es un contenedor vacío, o más bien existen solo las instituciones del euro y sus infraestructuras irreformables. Las fronteras europeas definen el volumen de la fuerza de trabajo y sirven para controlar el movimiento de ella.
  1. El desempleo es la otra cara de la precariedad. A más desempleo corresponden peores condiciones de trabajo. La precariedad indica la imposibilidad de garantías de continuidad con cualquier situación laboral y la tendencia al empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida. En estas condiciones no es posible una vuelta al pleno empleo, ni tampoco pedir un subsidio de pobreza a las instituciones existentes. Si no existen reformas posibles para salir de la precariedad y de la pobreza, habrá que inventar nuevas formas de mutualismo.
  1. La tecnología cumple la función de sustituir las relaciones con su simulacro, constituye una herramienta para el control y la manipulación de nuestras vidas. A la vez ordenadores y smartphones componen un entramado con el cual tenemos que aprender de qué manera podemos utilizarlos para coordinarnos y encontrarnos. Sin aislarnos en el gueto del decrecimiento voluntario, el decrecimiento ya está en marcha, es generalizado y está impuesto desde arriba.
  1. Las fórmulas políticas que hemos utilizado hasta ahora no son suficientes, ni para sumar las simpatías y participación a la movilización ni para identificar el problema y atacarlo.
  1. Las ciudades son espacios a la venta transitables y regulados exclusivamente para el consumo y la especulación, todo lo que queda afuera de esta función mercantil supone una amenaza.
  1. Las ideologías y las narraciónes del siglo pasado forman un obstáculo y una lección, encerrarse en ellas crea un bloqueo a la acción. De cada experiencia y acontecimiento podemos aprender algo sin perder de vista donde estamos y nuestra historia.
  1. El ataque sistemático a los movimientos sociales es una estrategia que intenta someternos a la resignación o la aceptación de nuestras condiciones de vida. Nuestra tarea es la de reformular la manera de resistir y atacar, crear empoderamiento colectivo, construir una perspectiva revolucionaria.

 

 

Simone Weil a Atenas

por Gigi Roggero

Según Schmitt existe una mano invisible que te guía en elegir el libro justo en el momento justo. Nosotras, materialistas, sabemos que aquella mano a lo mejor es invisible pero no aleatoria, que se puede organizar y distribuir. No sirve leer muchos libros. Es necesario saber elegir los justos. Las bibliografías hinchadas son como los culturistas que se llenan de esteroides: detrás de una fuerza aparente, se esconde una profunda debilidad. También los músculos conceptuales, pues, se alimentan políticamente de calidad y selección.

Estas capacidades, que pertenecen a la inteligencia colectiva, resultan aún más importantes en fases como la actual, donde es difícil interpretar el presente, y aún más transformarlo. Entonces, como un reflejo condicionado, se tiende a la autocomplacencia de los propios pequeños espacios políticamente e intelectualmente marginales, o huir con el pensamiento a páramos autoreferenciales, en pequeñas comunidades de iguales en las que nos reconocemos y nos dan siempre la razón. Pero se puede seguir otro camino: cuestionar a quien ha sabido interpretar y tal vez transformar su tiempo, y a partir de allí extraer lecciones para el presente. Siempre que se sepa cómo traducir, sin imaginar encontrar recetas universales ya preparadas o aún peor algún dogma a seguir.

En esta época de crisis permanente una figura para interrogar es sin duda Simone Weil, quien ha interpretado a fondo su tiempo, aunque no haya sido capaz de transformarlo. De hecho, en un cierto momento rindiéndose a ello. Sin embargo, nos ha dado varias cosas, entre ellas la extraordinaria colección de artículos, cartas, y fragmentos de pensamientos incluidos en el libro Sulla Germania totalitaria (Adelphi, 1990). En la primera parte, para nosotras la más importante, están los textos escritos entre Berlín y París en 1932 y 1933, en contacto directo con el ascenso del nazismo y la incapacidad de los comunistas de oponerse a la vez al nazismo y el capitalismo. La segunda parte es un largo ensayo de reflexión histórica sobre los orígenes del hitlerismo, que tiene según Weil sus raíces en el Imperio Romano.

En el corto tiempo de permanencia en la capital alemana de la joven militante francesa, entonces ligada al sindicalismo revolucionario y el trotskismo, nos dice lo que ve. Lo hace sin caer en el victimismo, sin llorar los ataques asesinos de los nazis. Por el contrario nos dice que la crisis es una oportunidad. La situación alemana entre el 1932 y el 1933 responde plenamente a la definición de la situación revolucionaria. El problema es que en los hechos no se ven los signos precursores de la revolución. Aparentemente hay una gran calma, y es justo esta calma la que es, en un cierto sentido, “trágica”.

La crisis ha llevado a una politización total de la vida y de las relaciones, “ningún problema concerniente a lo que es más íntimo en la vida de cada persona puede formularse sólo a la luz del problema de la estructura social”. La crisis no se considera una interrupción temporal del desarrollo, ya que terminó con cualquier perspectiva de futuro. Sobre todo para los jóvenes, para los que la crisis constituye el estado normal de las cosas. El único plan de acción que se puede imaginar es entonces la política. Llevan un porvenir, que no será dado por las etapas de una vida ordenada por los demás, sinó que será conquistado de forma autónoma, o no será. De aquí viene la posibilidad revolucionaria: “En Francia sólo hay jóvenes y viejos; allí hay una juventud”. La crisis, por lo tanto, quita a los jóvenes toda perspectiva de confianza en el régimen existente, pero al mismo tiempo corre el riesgo de quitarles también las fuerzas para encontrar una solución. Posibilidad revolucionaria y alienación nihilista marchan codo a codo, a menudo entrelazadas, a veces incluso parecen confundirse. Estas son páginas que parecen estar escritas en los últimos años.

La crisis es a la vez la fragmentación. Divide la clase media desclasada de los obreros, los desempleados y las personas. En línea con el Lenin del ’17, también Weil señala que en los revolucionarios “las masas inconscientes, hasta que no son arrastradas a la acción por los obreros conscientes, absorben muy ávidamente los venenos contrarrevolucionarios”. El movimiento hitleriano es un ejemplo. Es un movimiento, no solo un partido. Reúne la mayoría de los intelectuales, grandes sectores de la pequeña burguesía urbana y del campo, muchos campesinos. La gran burguesía intenta utilizarlo, de manera contradictoria y sin conseguirlo nunca del todo. Leer al fascismo como simple expediente del capital, no permite comprender las profundas ambivalencias de aquella época y de la composición social y de clase. Porque de hecho hay obreros, que tienen sentimientos revolucionarios, que a menudo participan en huelgas con los comunistas y odian a los amos. Ellos son parte de los trabajadores descritos por Jünger, radicalmente ambivalentes, los obreros de la fábrica en la fase de taylorización y las tormentas de acero. Se mezclan y tienen conflictos con los obreros especializados, por cuya tendencia a la marginalización política se aflige la autora. Son, como los jóvenes, en busca de fuerza: parecen encontrarla en el nazismo, sin darse cuenta – Weil observa – que es la fuerza del enemigo.

La militante francesa tiene una profunda admiración por los obreros alemanes, página tras página cuenta de su resistencia en condiciones cada vez más duras; quitan una parte del dinero que queda para la comida para comprar libros, participan en las organizaciones deportivas en brigadas alegres a pesar de todo, se privan de lo necesario para obtener lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. E incluso cuando son pasivos, esta pasividad nunca es resignación. En la clase obrera alemana, la más madura, disciplinada y culta, y sobre todo en su juventud, es necesario poner las mayores esperanzas contra la ola reaccionaria. Y sin embargo, a ratos emerge en el texto como esta “conciencia” ordenada acaba siendo un límite, que a pesar de todo deja la mayor parte de los obreros anclados a la socialdemocracia, que a través de las cooperativas y las sociedades de apoyo mutuo los tiene encadenados a la legalidad. Quizás son demasiado educados para enfrentar la mutación antropológica de la Primera Guerra Mundial y el salto radical impuesto por la crisis, para combatir en una época en la cual importan sólo las brutales correlaciones de fuerzas. Incluso los obreros comunistas, por su parte, muchos de los cuales  se quedaron sin empleo, parecen no darse cuenta de atravesar un momento decisivo, aún piensan que tienen mucho tiempo por delante. Sin embargo, el tiempo apremia.

En noviembre de 1932, el 70% de los votantes alemanes se expresa en contra del gobierno de von Papen y contra la República de Weimar. La ocasión es extraordinaria. Se dividen en los tres partidos principales, que cada uno a su manera apela al socialismo. “Para el Partido Nacional Socialista como para la socialdemocracia, el socialismo se reduce a dirigir en el estado una parte más o menos considerable de la economía, sin una transformación previa del aparato de Estado, sin la organización de un control obrero efectivo”. Mientras el partido comunista alemán es simplemente una sección de la Tercera Internacional, que responde a los intereses de Moscú y no del proletariado. Esto, por supuesto, resultará ser un desastre. Weil critica también a Trotski la esperanza en un cambio de dirección de la Unión Soviética, y definirá como “supersticioso” el apego que conservó por el partido comunista. Definición espléndida, que arrojará luz sobre muchos de los problemas del movimiento obrero durante gran parte del sucesivo siglo XX.

Una vez más, pues, en aquellos meses, a los ojos de Weil se confirma que la situación es revolucionaria: pero si la situación no es atacada, decidida y resuelta, si los revolucionarios no sabrán llegar hasta el final, la situación se volverá en su contra. Ya se sabe lo que pasó, y, finalmente será el fascismo y no la revolución el que barra el “cadaver apestoso” de la socialdemocracia, que con las manos manchadas con la sangre de los espartaquistas durante quince años corrompió el ambiente político en Alemania.

Entonces Weil señala la derrota, con la justa lucidez y con la predicción equivocada de la imposibilidad de continuar la lucha. Incluso cuando abandona la militancia, sin embargo, elige con dignidad “compartir la derrota de los obreros en lugar de la victoria de los opresores”. Ve el ascenso, en un horizonte próximo, una nueva especie de opresión ejercida en nombre de la función. Es la era de la técnica, de la oposición entre los que tienen la máquina y de los que la máquina dispone. El obrero se reduce a un comportamiento “contemplativo”, decía Lukacs, en el que sólo debe controlar el funcionamiento del sistema automático. Se desarrolla el tema de la burocracia, en el cual se hace sentir la jaula de hierro weberiana y la influencia de Trotski. Una burocracia que en fragmentos está demasiado separada de la materialidad de las relaciones de producción, casi independiente del desarrollo del capitalismo. Hasta ver el régimen de la técnica como sucesor del capitalismo, donde hoy podemos observar el desarrollo pleno como su etapa suprema. La crisis contemporánea y el dominio del algoritmo financiero nos hablan exactamente de esto.

La segunda parte, decíamos, es para nosotras la menos interesante. Aquí el nazismo, tan cuidadosamente analizado antes en su determinación histórica, es ahora engullido por el concepto de totalitarismo, que termina comiéndose la relación de capital. Que es total por definición. De esta manera, se pierde la especificidad material de los procesos, la Alemania nazi se vuelve igual al Imperio Romano. Como si el dominio del capital estuviera basado en el puro terror y no también en la aceptación; no sólo en la necesidad coactiva de la fuente de nuestra explotación (o trabajas o no comes), sinó también en la mercantilización de su deseo. Se pierde sobre todo la oportunidad de comprender cómo estos procesos se pueden romper y subvertir. Así que la primera parte en la que estos elementos emergen con extraordinaria lucidez, parecen perderse en la segunda. Aquí traslucen puntos de nostalgia, en busca de un hombre y una mujer que no estén corrompidas por el poder. El totalitarismo, sobre todo, acaba oponiéndose a una mitificación de la democracia. ¿Cómo no ver, después de unas décadas, que esta abstracción técnica ha sido llevada a cabo no en contra, sinó con la democracia? Es la hegemonía del hombre-masa, el totalitarismo de la opinión pública, el dominio del mercado: desde Atenas a Atenas, la democracia nació con la esclavitud de los antiguos y muere con la esclavitud de los modernos.

En los años entre la primera y la segunda parte se consuma un cambio significativo en la biografía política de Weil. Una vez dejado el compromiso militante, continuará odiando justamente al estado, aunque amando demasiado al individuo. Permanecerá fiel a los obreros, y después de todo a la idea de que la emancipación de los obreros será obra de los propios obreros. Esa idea que la llevó a imaginar un papel del militante que debe simplemente ayudar a los obreros a hacer la revolución, no empujarlos. Es un operaísmo matizado en sentido populista, pero ciertamente no aquel populismo vaciado de todo contenido con el que el término se usa desde hace unos años. Populista por lo que significaba en la noble tradición de la Revolución Rusa, hombres y mujeres que fueron a la gente y estaban dispuestos a jugarse la vida. Lenin tenía un profundo respeto por los populistas revolucionarios, estudió las enseñanzas, contra quien –  los presuntos populistas contemporáneos a él – mancillaba su gran legado subversivo.

Necesitaríamos una Weil hoy en Atenas, más que un Syriza en Bruselas. Y una Weil en cada metrópoli afectada por la crisis. Porque aquí necesitamos de la capacidad de mirar y no sólo ver, de interpretar, y no sólo narrar, de hacer investigación y no sólo reportaje. Entender las ambivalencias, poner sobre la mesa los retos, explicar los problemas y limitaciones, presionar sobre los tiempos y las urgencias. Y no escribir para complacerse a sí mismos o sus comunidades de referencia. “Parece que los militantes temen las reflexiones desmoralizadoras”, escribe al comienzo de 1933. Ochenta años después, sigue siendo así. De esta Weil hoy nos gustaría quitar el sentido de la inevitabilidad de la derrota, sumergir el espíritu de sacrificio en la libertad de la organización colectiva, abrir sus perspectivas a la posibilidad de reversión. No por esperanza, sinó por necesidad. Sin olvidar nunca que nuestro ángel de la historia tiene la potencia del salto del tigre.

Fuente: Commonware

El coraje de ser una misma

por Beatriz Preciado

Cuando recibí esta invitación para hablar del coraje de ser yo misma, al principio mi ego ronroneó. Como si le hubieran ofrecido una página publicitaria en la cual fuese el objeto a la vez que usuario. Yo ya me veía con una medalla en el pecho, heroica. Después la memoria de los oprimidos me atacó y ha borrado cualquier complacencia.

Hoy me concederéis el privilegio de evocar “mi” valor de ser yo misma, después de haberme hecho llevar la carga de la exclusión y de la vergüenza durante toda mi infancia. Me ofrecéis este privilegio como regaláis una copita a un enfermo de cirrosis, negando al mismo tiempo mis derechos fundamentales en el nombre de la nación, confiscando mis células y mis órganos para vuestra política delirante. Me concedéis este coraje como si regalarais una moneda a un ludópata, siguiendo con el rechazo a llamarme con un nombre masculino o de asociar mi nombre con adjetivos masculinos, sólo porque no tengo los documentos oficiales necesarios ni la barba.

Nos reunís aquí como un grupo de esclavos que han sabido alargar sus cadenas pero que quedan más o menos disponibles, han obtenido sus diplomas y aceptan hablar el idioma de los maestros. Estamos aquí, frente a vosotros, todos nacidos en cuerpos femeninos, Catherine Millet, Cécile Guibert, Hélèn Cixous, guarras, bisexuales, mujeres con la voz ronca, argelinas, judías, virago, españolas. ¿Pero cuando os cansareis de asistir a nuestro “coraje” como si fuera una diversión? ¿Cuándo os cansareis de diferenciarnos para identificaros a vosotros mismos?

Me atribuís el valor, supongo, porque he luchado al lado de las putas, los enfermos de SIDA y los discapacitados. En mis libros he hablado de mis prácticas sexuales con vibradores y prótesis. He hablado de mi relación con la testosterona. Este es mi mundo, mi vida y no la he vivido con coraje, sino con entusiasmo y alegría. Pero vosotros no sabéis nada de mi alegría. Preferís compadecerme y me asignáis la valentía porque en nuestro régimen político sexual, el imperante del capitalismo farmacológico, negar la diferencia del sexo es como negar la encarnación de Cristo en el medioevo. Me achacáis un gran coraje porque hoy, frente a los teoremas genéticos y a los documentos administrativos, negar la diferencia de género es como escupir en la cara de un rey en el siglo quince.

Y me decís: “Háblanos del coraje de ser tu misma”, como los jueces del tribunal de la inquisición le dijeron a Giordano Bruno durante ocho años: “Háblanos del heliocentrismo, de la imposibilidad de la Santa Trinidad”, mientras recogían la leña para la hoguera. Pero a pesar de que pueda ver ya las llamas, pienso como Giordano Bruno que no será suficiente un pequeño cambio de rumbo, que se tendrá que cambiar todo, estallar el campo semántico y el dominio pragmático. Salir del sueño colectivo de la verdad del género, tal como se salió de la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Para hablar del sexo, género y sexualidad es necesario comenzar con un acto de ruptura epistemológica, un rechazo categórico, una fractura de la columna conceptual que haga florecer una emancipación cognitiva. Tenemos que abandonar por completo el lenguaje de la diferencia de género y la identidad (también el lenguaje de la identidad estratégica de Spivak, o la identidad nómada de Rosi Braidotti). El género o la sexualidad no son una propiedad esencial de la materia, sino el producto de diversas tecnologías sociales y discursivas, de prácticas políticas de gestión de la verdad y de la vida. El producto de su valentía.

No existen los géneros y sexualidades, sino los usos del cuerpo reconocidos como naturales o castigados por desviados. Y no sirve jugar vuestra última carta trascendental, la maternidad como diferencia clave. La maternidad es sólo uno entre los varios usos posibles del cuerpo, no es la garantía de la diferencia de género o la feminidad.

Entonces quedaros con vuestro valor. Mantenedlo para vuestros matrimonios y divorcios, vuestros engaños y vuestras mentiras, vuestras familias, vuestra maternidad, vuestros hijos y nietos. Quedaros con el coraje que necesitáis para seguir la norma. La sangre fría para prestar vuestro cuerpo al imparable proceso de repetición regulada. El valor, como la violencia y el silencio, como la fuerza y el orden, están de vuestro lado. Por el contrario, yo hoy reivindico la legendaria falta de coraje de Virginia Woolf y de Klaus Mann, de Audre Lorde y di Adrienne Rich, de Angela Davis y de Fred Moten, de Kathy Acker y de Annie Sprinkle, de June Jordan y de Pedro Lemebel, de Eve K. Sedgwick y de Gregg Bordowitz, de Guillaume Dustan y de Amelia Baggs, de Judith Butler y de Dean Spade.

Pero porque os amo, mis valientes símiles, os deseo que perdáis el valor vosotros también. Os deseo que no tengáis más la fuerza de repetir la norma ni de fabricar la identidad, que perdáis la fe en lo que dicen sobre vosotros los documentos. Y una vez que hayáis perdido vuestro valor, cansados de la alegría, os deseo que inventéis una manera para usar vuestro cuerpo. Justamente porque os amo, quiero que seáis débiles y despreciables. Porque es a través de la fragilidad que opera la revolución.

Fuente: internazionale.it