Etiquetado: capitalismo

A Nuestros Enemigos

Traducción al español de la introducción del libro Guerres et Capital (Edition Ámsterdam, 2016)

Por Éric Alliez y Maurizio Lazzarato

  1. Vivimos en los tiempos de la subjetivación de las guerras civiles. Nosotros no abandonamos el período del triunfo del mercado, de los automatismos de la gubernamentalidad y de la despolitización de la economía de la deuda para volver a la época de las «concepciones del mundo» y de sus luchas sino para entrar en la era de la construcción de las nuevas máquinas de guerra.
  1. El capitalismo y el liberalismo llevan las guerras en su seno como las nubes llevan la tempestad. Si la financiarización de fines del siglo XIX y del comienzo del XX ha conducido a la guerra total y a la Revolución Rusa, a la crisis de 1929 y a las guerras civiles europeas, la financiarización contemporánea conduce a la guerra civil global dirigiendo todas sus polarizaciones.
  1. Después de 2011, son las múltiples formas de subjetivación de las guerras civiles que modifican profundamente a la vez la semiología del capital y la pragmática de las luchas, las que se enfrentan a los miles de poderes de la guerra como marco permanente de la vida. Del lado de las experimentaciones de las máquinas anticapitalistas, Occupy Wall Street en Estados Unidos, los Indignados en España, las luchas estudiantiles en Chile y Quebec, en 2015 Grecia se pelea con armas desiguales contra la economía de la deuda y las políticas de austeridad. Las «primaveras árabes», las grandes manifestaciones de 2013 en Brasil y los enfrentamientos alrededor del parque Gezi en Turquía hicieron circular las mismas palabras de orden y de desorden en todo el sur. Nuit Debout en Francia es el último resurgimiento de un ciclo de luchas y ocupaciones que pudo haber comenzado en la plaza de Tiananmen en 1989. De parte del poder, el neoliberalismo, para avivar mejor el fuego de sus políticas económicas depredadoras, publicita una postdemocracia autoritaria y policial gestionada por los técnicos del mercado, mientras que los nuevos derechos (o «derechos fuertes») declaran la guerra al extranjero, al inmigrante, al musulmán y a los underclass beneficiando a la extrema derecha desdiabolizada. Es a éstos a quienes se regresa al instalarse abiertamente en el terreno de las guerras civiles y no a aquellos relanzando una guerra racial de clase. La hegemonía neofascista en los procesos de subjetivación está ahora confirmada por la reanudación de la guerra a la autonomía de las mujeres y a los que se han convertido en menores de edad de la sexualidad (en Francia, la «Manif pour tous») como extensión del dominio endocolonial de la guerra civil.
    A la era de la desterritorialización sin límites de Thatcher y Reagan le sigue la reterritorialización racista, nacionalista, sexista y xenófoba de Trump que, de ahora en adelante está al frente de todos los nuevos fascismos. El sueño americano se transforma en pesadilla de un planeta insomne.
  1. El desequilibrio entre las máquinas de guerra del Capital y de los nuevos fascismos, de una parte, las luchas multiformes contra el sistema-mundo del nuevo capitalismo, del otro, es flagrante. Desequilibrio político, pero también desequilibrio intelectual. Este libro se concentra en una vida, un blanco, un reprimido tanto teórico como práctico, que sin embargo está siempre en el corazón de los poderes e impoderes de los movimientos revolucionarios: el del concepto de «guerra» y el de «guerra civil».
  1. «Esto es como una guerra», se escuchó en Atenas durante el fin de semana del 11-12 de julio de 2015. Con razón. La población ha sido confrontada a una estrategia a gran escala de continuación de la guerra por los medios de la deuda: ha completado la destrucción de Grecia y, a la vez, ha iniciado la autodestrucción de la «construcción europea». El objetivo de la Comisión Europea, del BCE y del FMI nunca ha sido la negociación o la búsqueda de compromisos, sino la derrota completa del campo del adversario.
    El enunciado «esto es como una guerra» es una imagen que hay que rectificar enseguida: es una guerra. La reversibilidad de la guerra y de la economía está en el fundamento mismo del capitalismo. Y eso hace mucho tiempo que Carl Schmitt lo desveló en la hipocresía «pacifista» del liberalismo restableciendo la continuidad entre la economía y la guerra: la economía persigue los objetivos de la guerra con otros medios («el bloqueo del crédito, el embargo sobre las materias primas, la degradación de la moneda extranjera»).Dos oficiales superiores del ejército del aire chino, Qiao Liang y Wang Xiangsui, definen las ofensivas financieras como «guerras no sangrientas», aunque igual de crueles y eficaces que las «guerras sangrientas»: una violencia fría. El resultado de la globalización, explican, «es que todo se reduce al espacio de un campo de batalla en sentido estrecho, el mundo entero (ha sido transformado) en un campo de batalla en sentido amplio». La ampliación de la guerra y la multiplicación de sus nombres de dominio finito establecen el continuo entre guerra, economía y política. Pero esto desde el presupuesto de que el liberalismo es una filosofía de guerra total.
    (El papa Francisco parece predicar en el desierto cuando afirma, con una lucidez carente en los hombres políticos, en los expertos de toda índole y hasta en los críticos más aguerridos del capitalismo: «Cuando hablo de guerra, hablo de la verdadera guerra, no de la guerra de religión, sino de una guerra mundial en miles de fragmentos (…) Es la guerra por los intereses, por el dinero, por los recursos naturales, por la dominación de las gentes»).
  1. Durante el mismo año 2015, algunos meses después de la derrota de la «izquierda radical» griega, el Presidente de la República Francesa declara en la noche del 13 de noviembre a Francia «en guerra» y promulga el estado de excepción. La ley que lo autoriza, permitiendo la suspensión de las «libertades democráticas» para dar poderes «extraordinarios» a la administración de la seguridad pública, fue votada en 1955 durante la guerra colonial de Argelia.
    Aplicada en 1984 en Nueva Caledonia y durante los «disturbios de las banlieus» en 2005, el estado de excepción vuelve a poner en el centro de atención la guerra colonial y postcolonial.
    Aquello que ocurrió en París una desagradable noche de noviembre, es el teatro cotidiano de las ciudades del Medio Oriente. Es el mismo horror que hizo huir a millones de refugiados repartidos por Europa. De esta manera, vuelven a hacerse visible la más vieja de las tecnologías colonialistas de regulación de los movimientos migratorios por su prolongación «apocalíptica» en las «guerras sin fin» puestas en marcha por el fundamentalista cristiano George Bush y su equipo de neo-cons. La guerra neocolonial ya no se desarrolla solamente en las «periferias» del mundo, ella atraviesa de todas las maneras posibles el «centro», mediante la adopción de las figuras del «enemigo interior islamista», de los inmigrantes, de los refugiados, de los migrantes. Tampoco están excluidos los eternos últimos: los pobres y los trabajadores empobrecidos, los precarios, los parados de larga duración y los «endocolonizados» de las dos orillas del Atlántico…
  1. El «pacto de estabilidad» (el estado de excepción «financiero» en Grecia) y el «pacto de seguridad» (el estado de emergencia «política» en Francia) son las dos caras de la misma moneda. Desestructurando y reestructurando continuamente la economía mundial, el flujo de crédito y el flujo de la guerra son, junto con los estados que los integran, la condición de existencia, de producción y de reproducción del capitalismo contemporáneo.
    El dinero y la guerra constituyen la policía militar del mercado mundial, ahora llamada «gobernanza» de la economía mundo. En Europa, ella se encarna en el estado de emergencia financiero que reduce a la nada los derechos laborales y los derechos de la seguridad social (salud, educación, vivienda, etc.) mientras que el estado de emergencia antiterrorista suspende los derechos «democráticos» ya agotados.
  1. Nuestra primera tesis será que la guerra, el dinero y el estado son las fuerzas constitutivas o constituyentes, es decir, ontológicas, del capitalismo. La crítica de la economía política es insuficiente en la medida que la economía no sustituye a la guerra sino que la continúa por otros medios, que pasan necesariamente por el Estado: regulación de la moneda y monopolio legítimo de la fuerza por la guerra interna y externa. Para producir la genealogía y reconstruir el «desarrollo» del capitalismo, tendremos siempre que aceptar la responsabilidad y articular conjuntamente la crítica de la economía política, la crítica de la guerra y la crítica del estado.
    La acumulación y el monopolio de los títulos de propiedad por el Capital, y la acumulación y el monopolio de la fuerza por el estado se alimentan recíprocamente. Sin el ejercicio de la guerra en el exterior, y sin el ejercicio de la guerra civil por el estado en el interior de las fronteras, el capital nunca se habría podido constituir. Y al contrario: sin la captura y la valorización de la riqueza llevada a cabo por el capital, nunca el estado habría podido ejercer sus funciones administrativas, jurídicas, de gubernamentalidad, ni organizar los ejércitos de un poder siempre creciente. La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercer la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de la constitución del estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña la proletarización industrial.
  1. Pero, ¿de qué guerra se trata? ¿El concepto de «guerra civil mundial» adelantado al mismo tiempo (en 1961) por Carl Schmitt y Hannah Arendt se ha impuesto después del fin de la guerra fría como su forma más adecuada? ¿Las categorías de «guerra infinita», de «guerra justa» y de «guerra contra el terrorismo» corresponden a nuevos conflictos de la mundialización?
    ¿Y es posible repetir el sintagma de «la» guerra sin asumir inmediatamente el punto de vista del estado? La historia del capitalismo está, desde el origen (Ur-sprung), atravesada y constituida por una multiplicidad de guerras: guerras de clase(s), de raza(s), de sexo(s)[1], guerra de subjetividad(es), guerras de civilización (el singular ha regalado su capital a la historia). Las «guerras» y no la guerra, esta es nuestra segunda tesis. Las «guerras» como fundamento del orden interior y del orden exterior, como principio de organización de la sociedad. Las guerras, no solamente de clase, sino también militares, civiles, de sexo, de raza están tan integradas en una forma constitutiva en la definición del Capital que habrá que reescribir de principio a fin Das Kapital para rendir cuenta de su dinámica y su funcionamiento más real. En todos los grandes cambios del capitalismo, no se encontrará «la destrucción creativa» de Schumpeter producida por la innovación empresarial, sino siempre la iniciativa de las guerras civiles.
  1. Después de 1492, en el año 01 del Capital, la formación de capital se despliega a través de esa multiplicidad de guerras en las dos costas del Atlántico. La colonización interna (Europa) y la colonización externa (América) son paralelas, se refuerzan mutuamente y definen conjuntamente la economía mundo. Esa doble colonización define aquello que Marx denomina la acumulación primitiva (ursprüngliche Akkumulation). A diferencia de Marx, no limitamos la acumulación primitiva a una simple fase del desarrollo del capital, destinado a ser desbordado por y en el «modo de producción específico» del capitalismo. Consideramos que ella constituye una condición de existencia que acompaña sin cesar el desarrollo del capital, de forma que si la acumulación primitiva se persigue en todas las formas de expropiación de una acumulación continuada, entonces las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad son sin fin. La conjunción de estas dos últimas, y especialmente las guerras contra los pobres y las mujeres en la colonización interna de Europa, y las guerras contra los pueblos «primeros» en la colonización externa, que son completamente desplegadas en la acumulación «primitiva», precede y hace posibles las «luchas de clases» de los siglos XIX y XX proyectándoles en una guerra común contra la pacificación productiva. La pacificación obtenida por todos los medios («sangrientos» y «no sangrientos») es el objetivo de la guerra del capital como «relación social».
  1. «Al concentrarse exclusivamente en la conexión entre capitalismo e industrialismo, Marx acaba por no prestar atención alguna al vínculo estrecho que estos dos fenómenos mantienen con el militarismo». La guerra y la carrera armamentística son a la vez condiciones de desarrollo económico y de la innovación tecnológica y científica desde el comienzo del capitalismo. Cada etapa de desarrollo del capital inventa su propio «keynesianismo de guerra». Esta tesis de Giovanni Arrighi tiene el único defecto de limitarse a «la» guerra entre estados y de «no prestar ninguna atención al vínculo estrecho» que el Capital, la tecnología y la ciencia mantienen con «las» guerras civiles. Un coronel del ejército francés resume las funciones directamente económicas de la guerra de clase: «Nosotros somos tan productores como los otros». Descubre de esta forma uno de los aspectos más inquietantes del concepto de producción y de trabajo, aspecto que los economistas, los sindicatos y los marxistas integrados se encargan bien de tematizar.
  1. La fuerza estratégica de desestructuración/restructuración de la economía mundo es, desde la acumulación primitiva, el Capital bajo su forma más deterritorializada, es decir, el capital financiero (que puede ser definido así mucho antes de recibir sus cartas de acreditación balzaquianas). Foucault critica la concepción marxiana de Capital porque no habría nunca «el» capitalismo, sino siempre «un conjunto político-institucional» históricamente considerado (el argumento está destinado a causar furor). Aunque Marx efectivamente nunca utilice el concepto de capitalismo, sin embargo hay que conservar la distinción entre el último y «el» capital, ya que «su» lógica, aquella del Capital financiero (A-A’), es (siempre históricamente) la más operacional. Aquello que recibe el nombre de «crisis financiera» se muestra en la obra hasta en sus resultados postcríticos más «innovadores». La multiplicidad de formas estatales y de organizaciones transnacionales de poder, la pluralidad de conjuntos político-institucionales que definen la variedad de «capitalismos» nacionales son violentamente centralizados, subordinados y ordenados por el Capital financiero universalizado en su finalidad de «crecimiento». La multiplicidad de formaciones de poder se pliega, más o menos dócilmente (pero más que menos) a la lógica de la propiedad más abstracta, aquella de los acreedores. «El» Capital, con «su» lógica (A-A’) de reconfiguración planetaria del espacio por la aceleración constante del tiempo, es una categoría histórica, una «abstracción real» diría Marx, que produce los efectos más reales de privatización universal de la Tierra de los «humanos» y de los «no humanos», y de privación de los «comunes» del mundo. (Pensar aquí en el acaparamiento de las tierras – land grabbing– que es a la vez consecuencia directa de la «crisis alimentaria» de 2007-2008 y una de las estrategias de salida de la crisis de la «peor crisis financiera in Global History»). Es de esta manera que utilizamos el concepto «histórico-trascendental» de Capital como agente a largo plazo (con menos mayúsculas posibles) de la colonización sistemática del mundo.
  1. ¿Por qué el desarrollo del capitalismo no puede pasar más por las ciudades que han servido durante mucho tiempo de vectores, sino por el estado? Porque solo el estado, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII realizará directamente la expropiación/apropiación de la multiplicidad de las máquinas de guerra de la época feudal (dirigidas hacia las guerras «privadas») para concentrarlas e institucionalizarlas en una máquina de guerra transformada en arma que posee el monopolio legítimo de la fuerza pública. La división del trabajo no opera solamente en la producción, sino también con la especialización de la guerra y de la profesión de soldado. Si la centralización del ejercicio de la fuerza en un «ejército reglado» es la obra del estado, esta es también la condición de la acumulación de las «riquezas» por las naciones «civilizadas y opulentas» a costa de las naciones pobres (Adam Smith)- que, en verdad no son de todas las naciones sino de las waste lands (Locke in Wasteland).
  1. La constitución del estado en «megamáquina» de poder descansará entonces sobre la captura de los medios de ejercicio de la fuerza, sobre su centralización e institucionalización. Pero a partir de los años 1870, y especialmente bajo el golpe de una aceleración brutal impuesta por la «guerra total», el capital no se contenta ya con mantener un vínculo de alianza con el estado y su máquina de guerra. Comienza a apropiárselo directamente integrándolo en sus instrumentos de polarización. La construcción de esta nueva máquina de guerra capitalista va así a integrar el estado, su soberanía (política y militar) y el conjunto de sus funciones «administrativas» modificándolas profundamente bajo la dirección del capital financiero. A partir de la Primera Guerra Mundial, el modelo de la organización científica del trabajo y el modelo militar de organización y de conducción de la guerra penetran en profundidad el funcionamiento político del estado reconfigurando la división liberal de los poderes bajo la hegemonía del poder ejecutivo, mientras que, a la inversa, la política, ya no del estado sino del capital, se impone en la organización, la gestión y las finalidades de la guerra.
    Con el neoliberalismo, este proceso de captura de la máquina de guerra del estado está plenamente realizado en la axiomática del Capitalismo Mundial Integrado. Es de este modo que ponemos el CMI de Félix Guattari al servicio de nuestra tercera tesis: el Capitalismo Mundial Integrado es la axiomática de la máquina de guerra del capital que ha sabido someter la desterritorialización militar del estado a la desterritorialización superior del capital. La máquina de producción no se distingue ya más de la máquina de guerra que integra lo civil y lo militar, la paz y la guerra en el proceso único de un continuum de poder isomorfo en todas sus formas de valorización.
  1. En la larga duración de la relación capital/guerra, el estallido de la «guerra económica» entre imperialismos a finales del siglo XIX va a constituir un giro, el de un proceso de transformación irreversible de la guerra y de la economía, del estado y de la sociedad. El capital financiero transmite lo indefinido/ilimitado (de su valorización) a la guerra haciendo de esta última una potencia sin límites (guerra total). La conjunción de lo ilimitado del flujo de la guerra y de lo ilimitado del flujo del capital financiero en la Primera Guerra Mundial llevará más allá los límites tanto de la producción como de la guerra haciendo surgir el espectro terrorífico de la producción ilimitada por la guerra ilimitada. Ella llega durante las dos guerras mundiales a tener por primera vez la subordinación «total» (o «subsunción real») de la sociedad y de sus «fuerzas productivas» a la economía de guerra a través de la organización y la planificación de la producción, del trabajo y de la técnica, de la ciencia y del consumo, a una escala hasta ese momento desconocida. La implicación del conjunto de la población en la «producción» ha estado acompañada por la constitución de procesos de subjetivación de masas a través de la gestión de técnicas de comunicación y de fabricación de la opinión. De la creación de programas de investigación sin precedentes, orientados hacia la «destrucción», saldrán los descubrimientos científicos y tecnológicos que, transferidos a la producción de medios de producción de «bienes», van a constituir las nuevas generaciones de capital constante. Es todo este proceso que escapa al operaísmo (y al post-operaísmo) en el cortocircuito que él hace situar en los años 1960-1970 la Gran Bifurcación del capital, fusionada de esta forma con el momento crítico de la autoafirmación del operaísmo en la fábrica (todavía habrá que esperar al postfordismo para llegar a la «fábrica difusa»).
  1. El origen del welfare no debe ser buscado únicamente en el lado de la lógica asegurativa contra los peligros del «trabajo» y los peligros de la «vida» (la escuela foucaultiana bajo la influencia patronal), sino en primer lugar, y especialmente, en la lógica de la guerra. El warfare ha anticipado y preparado ampliamente el welfare. Desde los años 1930, el uno y el otro se han hecho indiscernibles.
    La enorme militarización de la guerra total, que ha transformado al obrero internacionalista en 60 millones de soldados nacionalistas, va a ser «democráticamente» reterritorializado por y sobre el welfare. La conversión de la economía de guerra en economía liberal, la conversión de la ciencia y de la tecnología de instrumentos de muerte en medios de producción de «bienes» y la conversión subjetiva de la población militarizada en «trabajadores» son realizadas gracias al enorme dispositivo de intervención estatal en el cual participan activamente las «empresas» (corporate capitalism). El warfare persigue por otros medios su lógica en el welfare. El mismo Keynes había reconocido que la política de la demanda efectiva no tenía otro modelo de realización que un régimen de guerra.
  1. Integrado en 1951 en su «Superación de la metafísica» (la superación en cuestión había sido pensado durante la Segunda Guerra Mundial), este desarrollo de Heidegger define precisamente aquello en lo que se han convertido los conceptos de «guerra» y de «paz» al final de dos guerras totales:

    Transformadas, habiendo perdido su esencia propia, la «guerra» y la «paz» son cogidos en el errar; habiendo llegado a ser irreconocibles, entre ellos no aparece diferencia alguna, ellos están desaparecidos en el transcurso puro y simple de las actividades que, siempre más intensamente, hacen las cosas realizables. Si no puede responder a la cuestión: ¿cuándo la paz volverá a ella? Esto no es porque no se pueda atisbar el fin de la guerra, sino porque la cuestión planteada apunta a una cosa que ya no existe, la guerra misma ya no es la que puede llevar a una paz. La guerra se ha convertido en una variedad del desgaste del ente, y ésta continúa en tiempos de paz (…). Esta larga guerra en su progreso largo y lento, no hacia una paz a la manera antigua, sino más bien hacia un estado de cosas donde el elemento «guerra» no será más en ningún caso percibido como tal y donde el elemento «paz» no será más ni sentido ni substancia.

    El pasaje será reescrito al final de Mil Mesetas para indicar cómo la «capitalización» tecno-científica (ella remite a lo que llamamos el «complejo militar-industrial científico-universitario») va a engendrar «una nueva concepción de la seguridad como guerra materializada, como inseguridad organizada o catástrofe programada, distribuida, molecularizada».

  1. La guerra fría es socialización y capitalización intensivas de la subsunción real de la sociedad y de la población en la economía de guerra de la primera mitad del siglo XX. Ella constituye un paso fundamental para la formación de la máquina de guerra del capital, que no se apropia del estado y de la guerra sin subordinar el «saber» a su proceso. La guerra fría va a aumentar el espacio de producción de innovaciones tecnológicas y científicas alumbrado por las guerras totales. Prácticamente todas las tecnologías contemporáneas, y especialmente la cibernética, las tecnologías computacionales e informáticas son, directa o indirectamente, los frutos de la guerra total retotalizada por la guerra fría. Aquello que Marx llama el «General Intellect» nació de/en la «producción por la destrucción» de las guerras totales antes de ser reorganizadas por las Investigaciones Operativas (OI) de la guerra fría en instrumento (R&D) de mando y de control de la economía mundo. Es a otro desplazamiento mayor por relación con el operaísmo y al post-operaísmo al que la historia guerrera del capital nos obliga. El orden del trabajo («Arbeit macht frei») establecido por las guerras totales se transforma en orden liberal-democrático de pleno empleo como instrumento de regulación social del «obrero masa» y de todo su entorno doméstico.
  1. El 68 se sitúa bajo el signo de la reemergencia política de la guerra de clases, de raza, de sexo y de subjetividad que la «clase obrera» no pudo subordinar a sus intereses y a sus formas de organización (partido-sindicatos). Si es en los Estados Unidos que la lucha obrera ha «tenido en su desarrollo su nivel absoluto más elevado» (»Marx en Detroit»), es allí también la que ha sido derrotada al final de las grandes huelgas después de la guerra. La destrucción del «orden del trabajo» como resultado de las guerras totales y continuado en y por la guerra fría como «orden del salariado» no será solamente el objetivo de una nueva clase obrera que redescubre su autonomía política, ella será igualmente el hecho de la multiplicidad de todas aquellas guerras que, un poco todas al mismo tiempo, son iniciadas reconstruyendo las experiencias singulares de los «grupos-sujeto» que llevaban consigo las condiciones comunes de ruptura subjetiva. Las guerras de descolonización y de todas las minorías raciales, de mujeres, estudiantes, de homosexuales, de alternativos y de antinucleares, etc., van definiendo de este modo las nuevas modalidades de lucha, de organización y especialmente de deslegitimación del conjunto de los «poderes-saberes» durante todos los años 1960 y 1970. No hemos leído solamente la historia del capital a través de la guerra, sino igualmente ésta última a través del 68 que solo vuelve posible el paso teórico y político de «la» guerra a las «guerras».
  1. La guerra y la estrategia ocupan un lugar central en la teoría y la práctica revolucionaria del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lenin, Mao y el general Giap han anotado concienzudamente De la guerra de Clausewitz. El pensamiento del 68 se ha abstenido de problematizar la guerra, a excepción notable de Foucault y de Deleuze-Guattari. Ellos no sólo no se han propuesto solamente invertir la célebre formula de Clausewitz («la guerra es la continuación de la política por otros medios») analizando las modalidades según las cuales la «política» puede ser entendida como la guerra continuada por otros medios: sobre todo han transformado radicalmente los conceptos de guerra y política. Su problematización de la guerra es estrictamente dependiente de las mutaciones del capitalismo y de las luchas que se le enfrentan en la mencionada posguerra, antes de cristalizarse en la extraña revolución de 1968: la «microfísica» del poder presentada por Foucault es una actualización crítica de la «guerra civil generalizada»; la «micropolítica» de Deleuze y Guattari es respecto a ella indisociable del concepto de «máquina de guerra» (su construcción no va sin la experiencia militante de uno entre ellos). Si se aísla el análisis de las relaciones de poder de la guerra civil generalizada, como lo hace la crítica foucaultiana, la teoría de la gubernamentalidad no es más que una variante de la «gobernanza» neoliberal; y si se destaja la micropolítica de la máquina de guerra, como lo hace la crítica deleuziana (del mismo modo ella ha comenzado a estetizar la máquina de guerra), no queda más que las «minorías» impotentes frente al capital que conserva la iniciativa.
  1. Siliconados por las nuevas tecnologías que han desarrollado la fuerza de ataque, los militares hacen colisionar la máquina tecnológica con la máquina de guerra. Las consecuencias políticas son terribles.
    Los Estados Unidos han planeado llevar la guerra a Afganistán (2001) y a Irak (2003) a partir del principio «Clausewitz out, computer in» (la misma operación es extrañamente repetida por los partidarios de un capitalismo cognitivo que disuelve la omnirrealidad de las guerras en los ordenadores y los «algoritmos» habiendo servido sin embargo, en primer lugar, para llevarlas a cabo). Creyendo disipar la «niebla» y la incertidumbre de la guerra por la acumulación, los estrategas de la guerra hipertecnológica digitalizada y «centrada en red» han desilusionado rápidamente: la victoria obtenida rápidamente se ha transformado en una debacle político-militar que ha desencadenado in situ el desastre del Medio-Oriente, sin ahorrar más al mundo libre de aportarle sus valores como en un remake del Docteur Folamour. La máquina técnica no explica nada y no es gran cosa sin movilizar a todas las otras «máquinas». Su eficacia y su existencia misma dependen de la máquina social y de la máquina de guerra que tendrán que dar forma generalmente a la transformación técnica bajo un modelo de sociedad fundado sobre las divisiones, las dominaciones, las explotaciones (Rouler plus vite, laver plus blanc, para repetir el título del bello libro de Kristin Ross).
  1. Si la caída del muro libera el acta de defunción de una momia de la cual el 68 ha hecho olvidar hasta la prehistoria comunista, y si ella debe entonces ser tenida por un no-acontecimiento (esto que dice en su forma melancólica la tesis del Fin de la Historia), el sangriento fracaso de las primeras guerras postcomunistas dirigidas por la máquina de guerra imperial sin embargo hizo historia. Y esto también debido al debate que se ha abierto entre los militares, donde se da hoy en día un nuevo paradigma de la guerra. Antítesis de las guerras industriales del siglo XX, el nuevo paradigma se define como una «guerra en el interior de la población». Este concepto que, literalmente, inspira un improbable «humanismo militar», nosotros lo hacemos nuestro retrotrayendo el sentido al origen y al terreno real de las guerras del capital, y reescribiendo esta «guerra en el seno de la población» al plural de nuestras guerras. La población es el campo de batalla en el interior del cual se ejercitan las operaciones contra-insurreccionales de todo tipo que son a la vez, y de manera indiscernible, militares y no militares porque ellas son también portadoras de la nueva identidad de las «guerras sangrientas» y de las «guerras no sangrientas».
    En el fordismo, el estado no garantiza solamente la territorialización estatal del capital, sino también de la guerra. De él resulta que la mundialización no liberará el capital de empresa del estado sin liberar igualmente la guerra cuya continuidad con la economía se mueve a un poder superior, integrando el plan del capital. La guerra desterritorializada ya no es en absoluto la guerra entre estados, sino una continuación ininterrumpida de guerras múltiples con las poblaciones, reenviando definitivamente la «gubernamentalidad» al lado de la gobernanza en una empresa común de negación de las guerras civiles globales. Lo que se gobierna y aquello que permite gobernar son las divisiones que proyectan las guerras en el seno de la población en la posición del contenido real de la biopolítica. Una gubernamentalidad biopolítica de guerra como distribución diferencial de la precariedad y norma de la «vida cotidiana». Justo lo contrario al Gran Relato del nacimiento liberal de la biopolítica que tuvo lugar en un famoso curso del Collège de France entre los años 1970 y 1980.
  1. Profundizando las divisiones, acentuando las polarizaciones de todas las sociedades capitalistas, la economía de la deuda transforma la «guerra civil mundial» (Schmitt, Arendt) en una imbricación de guerras civiles: guerras de clase, guerras neocoloniales contra las «minorías», guerras contra las mujeres, guerras de subjetividad. La matriz de estas guerras civiles es la guerra colonial. Esta última nunca ha sido una guerra entre estados, sino, en esencia, una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no combatientes, entre la economía, la política y los militares nunca son tenidas en cuenta. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de guerra que el capital financiero ha desencadenado a partir de los años 1970, en nombre de un neoliberalismo de combate. Su guerra será a la vez fractal y transversal: fractal, porque produce indefinidamente su invariancia por cambio constante de escala (su «irregularidad» y las «roturas» que introduce se ejercen en diversas escalas de la realidad); y transversal, porque se despliega simultáneamente al nivel macropolítico (jugando con todas las grandes oposiciones duales: clases sociales, blancos y no blancos, hombres y mujeres…) y micropolítica (por engineering molecular privilegiando las interacciones más elevadas/avanzadas). De esta forma puede conjugar los niveles civil y militar en el sur y en el norte del mundo, en los sur y norte de todo el mundo (o casi). Su primera característica es entonces de ser menos una guerra sin distinción que una guerra irregular.
    La máquina de guerra del capital que, al comienzo de los años 1970, ha integrado definitivamente al Estado, la guerra, la ciencia y la tecnología enuncia claramente la estrategia de la mundialización contemporánea: acelerar el final de la demasiado breve historia del reformismo del capital – Full Employment in a Free Society, según el título del libro-manifiesto de Lord Beveridge publicado en 1944 – atacando por todos lados y por todos los medios a las condiciones de realidad de la relación de fuerzas que le había impuesto. Una creatividad infernal será desarrollada por el proyecto político neoliberal para fingir el proporcionar el «mercado» de cualidades sobrehumanas de information processing: el mercado como cyborg final.
  1. La toma de consistencia de los neofascismos a partir de la «crisis» financiera de 2008 constituye un giro en el desarrollo de las guerras en el seno de la población. Sus dimensiones a la vez fractales y transversales asumen una nueva y temible eficacia de división y de polarización. Los nuevos fascismos ponen a prueba todos los recursos de la «máquina de guerra», porque si éste no se identifica necesariamente con el Estado, también puede escapar del control del capital. Mientras que la máquina de guerra de Capital gobierna a través de la diferenciación «inclusiva» de la propiedad y la riqueza, las nuevas máquinas de guerra fascistas funcionan por exclusión a partir de la identidad de raza, de sexo y de nacionalidad. Las dos lógicas parecen incompatibles. En realidad, convergen inexorablemente (cf. la «preferencia nacional») a medida que el estado de urgencia económica y política se instala en el tiempo coercitivo del global flow.
    Si la máquina capitalista continua desconfiando de los nuevos fascismos, no es en razón de sus principios democráticos (¡el capital es ontológicamente antidemocrático!) o de la rule of law, sino porque, a la manera del nazismo, el postfascismo puede tomar su «autonomía» en relación a la máquina de guerra del capital y escapar a su control. ¿No es exactamente esto lo que está surgiendo con los fascismos islamistas? Formados, armados, financiados por los Estados Unidos, están dirigiendo sus armas contra la superpotencia y sus aliados que les habían instrumentalizado. Desde el Occidente del califato y de vuelta, los neonazis de todas las obediencias encarnan la subjetivación suicida del «modo de destrucción» capitalista. Es también la escena final del regreso de lo reprimido colonial: los jihadistas de la generación 2.0 amenazan las metrópolis occidentales como su enemigo más interior. La endocolonización deviene de este modo el modo de conjugación generalizada de la violencia «típica» de la dominación más intensiva que pertenece al capitalismo sobre las poblaciones. En cuanto al proceso de convergencia o de divergencia entre máquinas de guerra capitalista y neofascista, dependerá de la evolución de las guerras civiles en curso, y de los peligros que un eventual proceso revolucionario podría hacer correr a la propiedad privada, y más generalmente al poder del capital.
  1. Prohibiendo reducir el capital y el capitalismo a un sistema o a una estructura, y la economía a una historia de ciclos que se cierran sobre sí mismos, etc., las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad cuestionan igualmente en la ciencia y en la tecnología todo principio de autonomía, toda vía real hacia la «complejidad» en una emancipación inventada por la concepción progresista (y hoy en día aceleracionista) del movimiento de la historia.
    Las guerras inyectan continuamente los vínculos estratégicos abiertos en la indeterminación del enfrentamiento, en la incertidumbre del combate vuelve inoperante todo mecanismo de autoregulación (de mercado) o toda regulación por feedback («sistemas hombres-máquinas» abriendo su «complejidad» sobre el futuro). La «apertura» estratégica de la guerra es radicalmente otra que la apertura sistemática de la cibernética, que no ha surgido sin razón de/en la guerra. El capital no es ni estructura, ni sistema, es «máquina», y máquina de guerra de la cual la economía, la política, la tecnología, el estado, los medios de comunicación, etc., no son más que las articulaciones informadas por las relaciones estratégicas. En la definición marxista/marxiana del General Intellect, la máquina de guerra, integrando en su funcionamiento la ciencia, la tecnología, es curiosamente olvidada en beneficio de un poco creíble «comunismo del capital».
  1. El capital no es un modo de producción sin ser al mismo tiempo un modo de destrucción. La acumulación infinita que desplaza continuamente sus límites para volverlos a crear de nuevo es al mismo tiempo destrucción ampliada ilimitada. Las ganancias de productividad y las ganancias de destructividad progresan paralelamente. Se manifiestan en la guerra generalizada que los científicos prefieren denominar más Antropoceno que Capitaloceno, aunque, con toda evidencia, la destrucción de los medio ambientes en y por los cuales vivimos no comienza con el «hombre» y sus necesidades crecientes, sino con el Capital. La «crisis ecológica» no es el resultado de una modernidad y de una humanidad ciega a los efectos negativos del desarrollo tecnológico, sino el «fruto de la voluntad» de ciertos hombres que ejercen una dominación absoluta sobre otros hombres a partir de una estrategia geopolítica mundial de explotación sin límites de todos los recursos humanos y no humanos.
    El capitalismo no es solamente la civilización más asesina de la historia de la humanidad, aquella que ha introducido en nosotros «la vergüenza de ser un hombre», es también la civilización por la cual el trabajo, la ciencia y la técnica han creado, otro privilegio (absoluto) en la historia de la humanidad, la posibilidad de la destrucción (absoluta) de todas las especies y del planeta que las contiene. Mientras tanto, la «complejidad» (del rescate) de la «naturaleza» promete todavía la perspectiva de un hermoso beneficio donde se mezclan la utopía tecno del geoengineering y la realidad de nuevos desarrollos de los «derechos a contaminar». En la confluencia de uno y de otro, el capitaloceno no manda al capitalismo a la luna (él lo devuelve), termina la mercantilización global del planeta haciendo valer sus derechos sobre la que ha sido nombrada con razón troposfera.
  1. La lógica del capital es logística de una valorización infinita. Ella implica la acumulación de un poder que no es simplemente económico por la simple razón que se complican los poderes y saberes estratégicos bajo la fuerza y la debilidad de las clases en lucha a las cuales se les aplica y con las cuales no cesa de explicarse. Foucault remarca que los marxistas ponen su atención sobre el concepto de «clase» en detrimento del concepto de «lucha». El saber sobre la estrategia es también expulsado en beneficio de un proyecto alternativo de pacificación (Tronti propone la versión más épica). ¿Qué es fuerte y qué es débil? ¿De qué manera los fuertes se han hecho débiles, por qué los débiles se han hecho fuertes? ¿Cómo se refuerza a sí mismo y debilita al otro para dominarlo y explotarlo? Es la pista anticapitalista del nietzscheanismo francés que nosotros nos proponemos seguir y reinventar.
  1. El capital sale vencedor de las guerras totales y de la confrontación con la revolución mundial, cuyo 1968 es para nosotros la clave. Desde entonces, no para de ir de victoria en victoria perfeccionando su motor en enfriamiento. Eso prueba que la primera función del poder es la de negar la existencia de guerras civiles borrando hasta su memoria (la pacificación es una política de tierra quemada). Walter Benjamin está ahí para recordarnos que la reactivación de la memoria de las victorias y de las derrotas, de donde los vencedores extraen su dominación, no puede venir de los «vencidos». Problema: los vencidos del 68 están arrojados al agua sucia de las guerras civiles con el viejo bebé leninista, con el fin del «otoño caliente» sellado por el fracaso de la dialéctica del «partido de la autonomía». Entrados en los «años de invierno» bajo el hilo de una segunda Guerra Fría que asegura el triunfo del «pueblo del capitalismo» («Peoples’s Capitalism – This IS America!»), el Fin de la Historia va a tomar el relevo sin detenerse en una guerra del Golfo que «no tiene lugar», excepto una constelación de nuevas guerras, de máquinas revolucionarias o militantes mutantes (Chiapas, Birmingham, Seattle, Washington, Gênes…) y de nuevas derrotas. Las nuevas generaciones de escritores declinan el «pueblo que falta» soñando con el insomnio de procesos destituyentes desgraciadamente reservados a sus amigos.
  1. Vamos al grano, dirigiéndonos a nuestros enemigos. El único objeto de este libro es de hacer entender que, bajo la economía y su «democracia», después de las revoluciones tecnológicas y la «intelectualidad de masas» del General Intellect, existe el «rugido» de las guerras reales en curso en toda su multiplicidad. Una multiplicidad que no está por hacer, sino para deshacer y rehacer para cargar de nuevas posibilidades las «masas en circulación» que son doblemente los sujetos. De lado de las relaciones de poder en tanto que sujetos en la guerra o/y de lado de las relaciones estratégicas que son susceptibles de proyectarlas al rango de sujetos de las guerras, con «sus mutaciones, su cantidad de desterritorialización, sus conexiones, sus precipitaciones». En suma, se tratará de extraer las lecciones de aquello que se nos ha aparecido como el fracaso del pensamiento del 68 del cual nosotros somos los herederos, hasta nuestra incapacidad de pensar y de construir una máquina de guerra colectiva a la altura de la guerra civil desencadenada en nombre del neoliberalismo y del primado absoluto de la economía como política exclusiva del capital. Todo transcurre como si el 68 no hubiera conseguido pensar hasta el final, no su fracaso (hay los Nuevos Filósofos, profesionales del asunto), sino también las razones del orden bélico que ha sabido romper su insistencia en una destrucción continuada, puesta en el infinito presente de las luchas de «resistencia».
  1. No se trata, y sobre todo no se tiene que tratar de terminar con la resistencia, sino con el «teoricismo» satisfecho de un discurso estratégicamente impotente ante lo que nos sucede. Y a aquello que nos sucedió. Porque si los dispositivos de poder son constituyentes a expensas de las relaciones estratégicas y de las guerras que se han llevado a cabo, no pueden ser más, en contra de aquellos, que fenómenos de «resistencia». Con el éxito que conocemos. Graecia docet.

  30 de Julio 2016

 

Post-Scriptum: Este libro está situado bajo el signo de un (imposible) «maestro en política» – o, más exactamente, del adagio althusseriano forjado en un materialismo histórico en el cual nosotros nos reconocemos: «Si queréis conocer un tema, hacedlo en la historia». 68, desviación mayor por relación a las leyes del althusserianismo (y de todo aquello que ellas representan), será el diagrama de escape de un segundo volumen, provisionalmente titulado Capital y guerras. Nos proponemos repetir la investigación sobre la extraña revolución del 68 y sobre sus desarrollos, donde el tren de «la» contra-revolución oculta muchos otros: toda una multiplicidad de contra-revoluciones en forma de restauraciones. Ellas serán analizadas desde el punto de vista de una práctica teórica políticamente «sobredeterminada» por las realidades bélicas del presente. Es en este espíritu que nos arriesgamos a una «lectura sintomática» del Nuevo Espíritu del Capitalismo (cuyas bendiciones descenderán de la «crítica artista» made in 68), del Aceleracionismo (la versión a la vez más up-to-date y la más regresiva del post-operaísmo) y del Realismo especulativo (por lo tanto hemos renunciado a incluirlo en nuestra lectura del Antropoceno).

 

NOTAS

[1] Utilizamos indistintamente «guerra contra las mujeres», «guerra de los sexos» y «guerra de género». Sin entrar en el debate que atraviesa el pensamiento feminista, los conceptos de «mujer», «sexo» y «género» (como «raza», por otro lado) no se refiere a ningún esencialismo sino a la construcción política de la heterosexualidad y el patriarcado como una norma social de control de la reproducción de fuerza de trabajo, la sexualidad y la reproducción de la población, de los cuales la célula familiar es el fundamento. Se trata de una verdadera guerra conducida contra las mujeres a someterse a un régimen de sumisión, dominación y explotación.

Vencer a la desafección

En los tiempos de la gobernanza neoliberal la democracia se reduce a una simple formalidad para la aplicación de medidas al servicio de organismos supranacionales como, por ejemplo, el FMI, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o el Eurogrupo. Lo que importa no es quien gobierna, lo ha confirmado el referendum griego de julio 2015 y lo confirma la mitad de la población del Estado español que no ha asistido a la cita electoral y ha preferido quedarse en casa o dedicarse a otra cosa – y también parcialmente la victoria del primer partido ganador de las dos últimas elecciones. Hoy quien no vota expresa el mismo rechazo que quien vota en contra, para nosotras éticamente hablando es lo mismo. Es más que evidente que la desafección no es, en sí, una amenaza para las clases dominantes. Prefieren democracias reducidas a la expresión de una pluralidad manejable de voces contrapuestas. Antes el voto se planteaba como sustituto de la lucha en los movimientos sociales. Hoy, con las calles prácticamente vacías, es una expresión del rechazo como otra.

No pretendemos dar explicaciones del porqué ha vuelto a ganar el verdadero partido de “clase”. Para nosotras, lo necesario es prepararse para lo que viene. Existe una distancia creciente entre la clase media con miedo al empobrecimiento y la clase pobre. Estos días, las redes sociales arden con expresiones de frustración alienada y autodestructiva. Frases como “país de mierda lleno de subnormales” o “somos unos pringaos ignorantes” que nos recuerdan a los apodos que se les ha dado a los votantes que apoyaron el Brexit en Inglaterra, que se articulan sobre la creencia en una clase iluminada y una plebe irracional incapaz de discutir civilizadamente los argumentos expuestos en los hilos de Facebook y los artículos publicados en los medios digitales progresistas.

Hoy más que nunca, en cada comicio europeo, asistimos a la multiplicación de las valoraciones morales de quien no se ve reflejado en la opción mayoritaria. La soberbia de algunos comentarios aumentan el aislamiento, relegando la alienación que acompaña a la pobreza a ocupar un lugar oscuro, donde fácilmente encuentra refugio en la alucinación colectiva del nacionalismo o incluso del odio. Desde esa oscuridad, el miedo a un ataque desde el exterior empuja hacia el nacional-socialismo, como está sucediendo en varios países del este de Europa, en Grecia o en Francia antes de las extraordinarias movilizaciones contra la Loi Travail et son monde.

No es casual que en la política contemporánea, donde los procesos de integración alejan los centros de control directo de las decisiones políticas de los votantes, las instancias soberanistas y referendarias se unan a las nacionalistas, como si para reclamar la soberanía “usurpada” fuera necesario ejercerla inmediatamente y volver a establecer el límite natural, el del Estado. Esta dinámica, que todavía está emergiendo en casi todas partes como una solución de compromiso entre la democracia y la integración, es especialmente explosiva en Europa no porque las instituciones europeas sean burocráticas e ineficientes, sino debido a que pretenden representar una forma de unión política supranacional. Quienes lamentan este déficit democrático de la UE son los federalistas, por lo que no puede haber una verdadera política común sin una soberanía común. Los nacionalistas, en su lugar, acusan a Bruselas exactamente de lo contrario: de transformar la UE en un superestado artificial, que los procesos (en realidad intermitentes) de integración política e institucional constituyen una amenaza para la libertad y la prosperidad de las naciones. Las dos posturas son los dos reflejos del mismo espejismo.

Entonces ni el Estado capitalista del libre mercado y la propiedad privada, ni el Estado socialista y el monopolio de la propiedad pública de un pasado que afortunadamente no volverá, ni tampoco el de otras ideologías producidas como reacción a la supuesta ausencia de democracia como el independentismo “a prescindir”: las tres opciones son proyectos institucionales al servicio de la propiedad mediante la expropiación y la explotación de lo común. No estamos en contra de la independencia por estar en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, sino porque no existen las condiciones materiales objetivas para producir una independencia política en este contexto. Tampoco se trata de estar o no en el euro o la UE, a pesar de que ninguna de estas decisiones pueden ser tomadas por vías democráticas o plebiscitarias. Si hay capitalismo no hay independencia y si queremos independencia hay que deshacerse del capitalismo.

Dejemos de quejarnos de la gente, de lo que hace o de lo que deja de hacer. Aunque resulte cómodo – incluso terapéutico – atribuir la responsabilidad a la composición social, no deja de ser efímero cuando no, contraproducente. Identifiquemos nuestras insuficiencias y asumamos nuestros límites. Habrá que repensar lo que abrió el 15M como un desbordamiento de la sociedad no traducible en la lógica de los partidos políticos, ni en la tristeza de un espectáculo forzado y la simplificación por defecto de toda la complejidad social. Pensemos cómo sonreír juntas de verdad, no para las cámaras de los platós de televisión, ni por la ridiculización de un líder en las redes sociales. Aprendamos como interpelar a la realidad, tomémonos en serio finalmente nuestra alegría y nuestra capacidad de acción y organicémonos para volver a sentirnos más felices que en las plazas del 15M. Porque no hay alegría sin lucha y no hay lucha sin organización.

Antes del próximo rescate, saboteemos las instituciones que están al servicio de la Troika bloqueando la economía.

Por una nueva re/vuelta de la política

Cuando escribimos este texto no pensabamos que unos titiriteros podrían ser acusados de enaltecimiento del terrorismo por representar ironicamente la estigmatización que se hace desde arriba del los movimientos sociales asociandolos al terrorismo. La libertad de expresión bajo responsabilidad no es más que una operación de censura de estado. El ataque a los movimientos sociales no está dirigido sólo hacia las estructuras y a sus organizaciones como fue en el caso de la PAH, sino es una batalla cultural para la hegemonía y el mantenimiento de una mayoría. La debilidad de este posicionamiento es evidente a la hora de que hasta un espectaculo de titeres puede desestabilizar un gobierno, esto es suficientemente ilustrativo para imaginar lo que este gobierno puede hacer con respecto a las políticas de austeridad de la Troika. Quien habla de revolución democrática hoy no le queda nada mas que apelar a la buena voluntad de sus intenciones, la experiencia del referendum griego desvela su impotencia mientras que nadie ha asistido a algun cambio real. Los neodem pueden unicamente limitarse a señalar las insuficiencias de la nueva política apuntando a sus limites como si otro sujeto político pudiera obtener mejores resultados. En su lugar la situación nos pone frente a otra realidad, donde la política está cada vez mas espectacularizada y reducida a la pantomima de los medios de comunicación. Parafraseando a Mario Tronti “porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es”, gracias al endurecimiento de las leyes y la censura asistimos a la represión sistematica de los movimientos sociales, por esto es mas que necesario poner nuestras energías dentro de las luchas, empujar el razonamiento hacia adelante para conquistar nuevos espacios de libertad.

  1. La crítica es tachada de terrorismo y los marcos políticos para fortalecernos son cada vez más estrechos, atrapados entre la legalidad y la “nueva política”.
  1. Las plazas del 15M abrieron una brecha en la política enteramente subsumida por las elecciones. Si medios y fines concurren de igual manera, las plazas han fracasado por volver a los barrios e intentar reformar la democracia en lugar de inventar otras formas de vida. Donde se han dado estructuras e insurrecciones en los barrios, que sí bien cambian la forma de vida de algunas y refuerzan la solidaridad y el apoyo mutuo, estas quedan insuficientes en cuanto a canalizar energías hacia cambios estructurales.
  1. Hay un conformismo de masas, hasta dentro de los propios movimientos. A partir de 2011 hemos pasado de una política expansiva hacia volver a la reproducción de cada espacio, en algunos casos en forma de asistencialismo, en otros en forma de partido.
  1. Los nuevos fascismos y la derecha están creciendo. En momentos de crisis los nacionalismos y el proteccionismo se vuelven la moneda de cambio de la inmovilización social y el miedo. En la dialéctica nacionalista se difumina cualquier posibilidad emancipadora porque falta el sujeto que tendría que protagonizar el supuesto cambio y el contexto sociopolìtico, el pueblo y la soberanía nacional, que en la sociedad globalizada ya no existe ni volverá a existir.
  1. Europa es un contenedor vacío, o más bien existen solo las instituciones del euro y sus infraestructuras irreformables. Las fronteras europeas definen el volumen de la fuerza de trabajo y sirven para controlar el movimiento de ella.
  1. El desempleo es la otra cara de la precariedad. A más desempleo corresponden peores condiciones de trabajo. La precariedad indica la imposibilidad de garantías de continuidad con cualquier situación laboral y la tendencia al empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida. En estas condiciones no es posible una vuelta al pleno empleo, ni tampoco pedir un subsidio de pobreza a las instituciones existentes. Si no existen reformas posibles para salir de la precariedad y de la pobreza, habrá que inventar nuevas formas de mutualismo.
  1. La tecnología cumple la función de sustituir las relaciones con su simulacro, constituye una herramienta para el control y la manipulación de nuestras vidas. A la vez ordenadores y smartphones componen un entramado con el cual tenemos que aprender de qué manera podemos utilizarlos para coordinarnos y encontrarnos. Sin aislarnos en el gueto del decrecimiento voluntario, el decrecimiento ya está en marcha, es generalizado y está impuesto desde arriba.
  1. Las fórmulas políticas que hemos utilizado hasta ahora no son suficientes, ni para sumar las simpatías y participación a la movilización ni para identificar el problema y atacarlo.
  1. Las ciudades son espacios a la venta transitables y regulados exclusivamente para el consumo y la especulación, todo lo que queda afuera de esta función mercantil supone una amenaza.
  1. Las ideologías y las narraciónes del siglo pasado forman un obstáculo y una lección, encerrarse en ellas crea un bloqueo a la acción. De cada experiencia y acontecimiento podemos aprender algo sin perder de vista donde estamos y nuestra historia.
  1. El ataque sistemático a los movimientos sociales es una estrategia que intenta someternos a la resignación o la aceptación de nuestras condiciones de vida. Nuestra tarea es la de reformular la manera de resistir y atacar, crear empoderamiento colectivo, construir una perspectiva revolucionaria.

 

 

Golpe de estado en Grecia

por Franco Berardi Bifo

Observando el día a día del FMI y del Banco Central Europeo, comenzamos a descifrar el escenario: el sistema financiero mundial está organizando un golpe de estado en Grecia, y para lograrlo humilla y condena a la miseria a millones de personas, empujándolas hacia un desastre humanitario hasta ahora inimaginable en Europa.

Cuando era joven, leí con horror cómo los habitantes de algunos pueblos polacos o alemanes pretendían no saber que a quinientos metros de sus casas se estaba enviando gente a los hornos crematorios. Hoy, en los pueblos italianos, franceses o alemanes hacemos como si no supiéramos que se está cometiendo un pogromo de dimensiones continentales contra el pueblo griego y, en otros lugares, contra la población migrante, forzada a la guerra por la locura beligerante de los franceses y ahora abocada al abismo.

La guerra que ya se intuía en las fronteras de Europa escala para estallar, en un futuro próximo, en cada ciudad. Los nacionalismos agresivos tienden a convertirse en mayoría en Italia, Francia y Austria, por no hablar de los Países Bajos y Hungría.

Las condiciones sociales derivan hacia la pobreza masiva y la precariedad generalizada. Es en este escenario donde planteo algunas preguntas.

Primera pregunta: ¿Puede la UE sobrevivir?
Respuesta: No puede sobrevivir por la sencilla razón de que la Unión no existe y nunca ha existido, aunque nos llevó demasiado tiempo averiguarlo. Desde Maastricht, la Unión no es más que un plan financiero para la depredación de la riqueza social y el empobrecimiento de los trabajadores. Lo demás son solo palabras; en eso hemos caído.

La agresión financiera y el intento de humillación del gobierno griego son una clara evidencia de la inexistencia de la Unión. El hecho de que no haya salido ningún movimiento de solidaridad con el pueblo griego es la prueba de que no hay ningún pueblo europeo. La agresión neoliberal ha destruido todas las dimensiones conscientes de la sociedad europea.

Pero a esto hay que añadir la estupidez de las políticas europeas hacia la población migrante. La capitulación del gobierno francés ante el chantaje nacionalista o la negativa generalizada a compartir cuotas de inmigración ponen de manifiesto que no existe tal Unión. La Unión Europea sólo es un conjunto de delitos financieros, cinismo político, ignorancia y cobardía.

Segunda pregunta: ¿Se puede reformar la Unión?
Respuesta: Mi respuesta es que no, porque el nacionalismo y el racismo son la fuerza dominante en todos los países europeos, con la excepción de España y Grecia. Nosotros —la izquierda, los intelectuales, la universidad, los que tendrían que haber impedido el regreso de la peste marrón en Europa— somos los responsables. Quien en 2005 invitó a holandeses y franceses a votar a favor de una Constitución Europea que suponía la consolidación de la violencia neoliberal tiene la responsabilidad de haber entregado a la derecha la hegemonía social que ahora emerge invencible. La “peste marrón” que asoló Europa en los años cuarenta del siglo pasado se extiende hoy unida por cada pueblo del continente.

Tercera pregunta: ¿Cómo se sale?
Respuesta: Los espíritus simples proponen una solución tonta: volvamos a la moneda nacional; como si el dracma o la lira pudieran resolver algo porque finalmente hemos podido devaluar la moneda y vender estufas en el desierto. Los espíritus simples como Bagnai no se dan cuenta de que el drama no se refiere a la importación y exportación, sino a la dicotomía entre una dictadura financiera global y la perspectiva de un renacimiento basado en el fin del régimen del trabajo asalariado. La mirada colectiva es incapaz de ver la posibilidad de este renacimiento, por lo que no habrá renacimiento. Y nadie sabe cómo se sale.

La clase financiera quería destruir Europa, y ahora Europa está destruida. Sin embargo, no hay manera de salir de una Unión que no existe. En el fin está el secreto del inicio. La política europea no ha sido más que un discurso hueco para necios. Mientras nosotros debatíamos sobre democracia, el poder financiero construía la única Europa que ha existido: un dispositivo de trasvase de ingresos de la ciudadanía a los bancos para reducir los salarios y precarizar el trabajo. La Unión no es nada más que esto, y no se sale por la vía política de una trampa que tiene una naturaleza puramente financiera.

Pregunta cuatro: ¿Cómo se transforma?
Respuesta: (que no tengo y que hay que encontrar) El desenlace más probable de esta historia parece ser la guerra. Y la guerra civil se deja entrever ahora no sólo en la frontera sur, donde los cadáveres flotan en el mar, y la frontera oriental, donde Putin ha anunciado el despliegue de cuarenta cabezas nucleares de nueva generación, sino también en la frontera franco-italiana, en la estación de Milán y por doquier en las ciudades europeas donde el odio nacionalista se está organizando.

Hay que prepararse para la guerra, entonces. Y aquí viene la pregunta más difícil de todas: ¿cómo se puede modernizar la vieja llamada a transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria?

Fuente: http://comune-info.net/2015/06/colpo-di-stato-in-grecia/

Lazzarato: el rechazo del trabajo

Entrevista a Maurizio Lazzarato de Davide Gangale

«Yo no he decidido ir al extranjero como lo hacen hoy muchos jóvenes de tu edad. Me he escapado al extranjero porque tenía una orden de arresto. Yo era militante de Autonomia Operaia (Autonomía Obrera, N.d.T.), una experiencia política extraordinaria, aunque minoritaria, acerca del proceso de traspaso de la antigua a la nueva composición de clase. Yo no estaba pensando en el futuro para nada. Cuando llegué a Francia, volví a estudiar, pero sigo siendo precario hasta ahora.»

Maurizio Lazzarato, filósofo y sociólogo independiente que vive en Francia desde 1982, no viene muy a menudo a Italia. El domingo 13 de abril estaba en Milán, en el centro social Macao, para asistir al seminario Fare Pubblici. En el intervalo entre el programa de la mañana y el de la tarde, entre un cigarrillo y otro, se deja entrevistar por Doppiozero partiendo de la base de su último libro Marcel Duchamp y el rechazo del trabajo (Marcel Duchamp e il rifiuto del lavoro, Edizioni Temporale, 2014).

En tu último libro escribes: para Duchamp, «el rechazo del trabajo artístico significa el rechazo a producir para el mercado». Pero al margen del mercado, ¿existe alguna forma de dar reconocimiento material al trabajo inmaterial?

La de Duchamp es sin duda una experiencia muy especial. En su época, el mercado del arte tal y como lo conocemos hoy en día todavía no existía, por así decirlo. Y él había optado por quedarse en los bordes. Quienes le introdujeron en el mercado fueron las vanguardias de los años 60, y fue Schwartz, un galerista milanés, quien cumplió esta misión. La obra de Duchamp no había pasado nunca antes por el mercado, era una obra escondida. Apenas era conocido en los Estados Unidos, y en Europa era totalmente desconocido; entró en el mercado del arte tardíamente. El ready-made, por ejemplo, nunca había sido expuesto; eran cosas suyas, privadas. Sólo una vez se llegó a exponer el… pissoir, ¿cómo se dice en italiano?

Urinario.*

Eso. La de Duchamp es una situación particular que hoy en día sería impracticable. Luego dice que el problema es estar en el umbral: estar dentro del arte, dentro del mercado del arte, y fuera de él. En una entrevista él mismo reconoce que si él hubiera abandonado por completo el arte, al igual que muchos artistas en los años 60 y 70, que abandonaron el mundo del arte de manera permanente, no sin fuertes críticas, habría sido completamente olvidado, como ellos. Duchamp se queda en el límite, a veces de manera ambigua. Al mismo tiempo, sin embargo, el rechazo al trabajo de Duchamp, el rechazo a trabajar en general y en particular hacia el trabajo artístico, me parece muy interesante. Claro que él tenía las condiciones materiales necesarias, puesto que disponía de una pequeña paga y fue ayudado por algunos burgueses ricos; incluso en los últimos años de su vida tenía algo de dinero en el bolsillo. Pero antes él se dedicó a vivir… y no estaba muy interesado en este aspecto. Me pareció que esta actitud era interesante en contraste con lo que está sucediendo hoy en día en el mundo del trabajo. Aunque, repito: una estrategia de rechazo al trabajo de este tipo es hoy en día, como tal, difícilmente practicable.

Me pregunto: rechazar el trabajo en un momento en el que el desempleo es alto a nivel europeo, en Italia del 12%, con un desempleo juvenil que ha alcanzado el 42%, ¿no corre el peligro de sonar, como poco, fuera de lugar?

Sí, pero hay que distinguir entre el trabajo y el empleo. No son la misma cosa. Desde mi punto de vista la cuestión es muy simple: se trabaja a menudo –como lo estás haciendo tú en este momento– ¡pero muy rara vez nos pagan! El problema no es trabajar, sino que te paguen por ello. Puede que incluso se trabaje en cosas que pueden ser más o menos interesantes, pero… de ahí a ser empleados, es decir, hacer coincidir con este trabajo un salario o un ingreso, bueno, eso es mucho más difícil. No falta trabajo, falta empleo. Hay demasiado trabajo; se hace demasiado trabajo no remunerado, como lo estás haciendo tú ahora [se ríe]. El problema es que cada vez hay más trabajo, pero cada vez se hace más de forma gratuita. Es la lógica del sistema, y es una cosa muy extraña, ya que en cierta manera estás como obligado a hacerlo. Es un trabajo que te interesa, que te gusta y, de algún modo, encuentras una justificación porque haces algo que te gusta. Pero, en sí mismo, es un tipo de explotación como otra, tal vez incluso más que otra, porque no hay nadie que realmente lo exija. Es todo un mecanismo el que lo impone, si quieres, el de la economía neoliberal. Sin embargo, es como si tú hubieses elegido esta situación. Se trata de un hecho muy complicado, ya que el cuestionamiento de este tipo de relación implica el cuestionamiento de uno mismo. La experiencia de Duchamp es interesante, porque él no tenía un maestro. Al igual que tú: tú no tienes un maestro, pero estás inmerso dentro de una serie de mecanismos que, de alguna manera, te obligan, aunque no seas completamente consciente…

Así que, según usted, dado que no cobro por hacer esta entrevista, me tendría que haber negado a hacerla, ¿correcto?

[Risas] No, no sé… probablemente no. El problema es que hace tiempo este tipo de trabajos eran los que se hacían durante uno, dos, máximo tres años. Pero ahora se han convertido en una perspectiva de vida. Es decir, hay que hacer trabajo precario, trabajar un montón, hacer cinco entrevistas, para que solo te paguen una.

¿Una característica que afecta en particular al trabajo cultural o al trabajo en general?

Al trabajo en general, y en particular al trabajo cultural, un sector que debería darse cuenta de que ha alcanzado un nivel de proletarización y de explotación importante. Las condiciones, los sistemas de competencia… Estos mecanismos han estado funcionando durante años, pero tarde o temprano los trabajadores de la cultura tendrán que decir “no” a esta situación. Tarde o temprano, las formas de rechazo se tendrán que expresar. Y luego hay otro problema: desde los años 70 y hasta hoy, la riqueza producida por los países occidentales en los que vivimos se ha duplicado. ¿Dónde hostias ha ido?

Crecimiento, la palabra mágica de nuestro tiempo. Se ha producido un crecimiento de las desigualdades: ¿es esto lo que quieres decir?

El crecimiento se da como un crecimiento desigual. Por lo tanto, volver a crecer no va a resolver las causas de la crisis; al contrario, las reproducirá de nuevo. No hay que olvidar que la crisis que estamos viviendo es, por definición, desigual: durante la crisis se ha producido una redistribución de la riqueza en beneficio de la renta.

Crisis y desigualdad parecen haber encontrado una justificación, citando el título de otro de tus libros, en la ideología del “hombre endeudado.” ¿En qué consiste?

Veamos: desde que se impuso en los últimos años 70, la economía neoliberal ha sido una economía basada en el crédito. Todo está organizado a través del mercado financiero. El crédito, si lo giras del revés, se convierte en deuda; pero lleva consigo una promesa de futuro. Porque aquél que puede acceder al crédito para llevar a cabo su proyecto, comprar alguna cosa, crear una empresa, tiene una puerta abierta a su futuro. Este sistema, sin embargo, ha dado efectivamente la vuelta: desde 2007/2008 el crédito se ha convertido en deuda. El crédito sólo funciona si el sistema está en continua expansión, si todo se amplía, se reproduce y prolifera. Si el sistema se detiene, el crédito se transforma en deuda y, de golpe, el horizonte se cierra. Esto es lo que ha ocurrido: las finanzas no han sido capaces de mantener esa promesa de futuro.

¿Qué son las finanzas para ti?

Al final, las finanzas y el crédito son un intento de controlar el futuro. La economía financiera es una economía completamente orientada en su totalidad al futuro, ya que está hecha de las inversiones que se deben materializar en el futuro. Sin embargo, el futuro es, por definición, indeterminado e impredecible. Por lo tanto, el problema se convierte en cómo neutralizar esta imprevisibilidad. En cierto modo, las finanzas son un intento de detener el tiempo, de quitarle la imprevisibilidad; además de para bloquear la creatividad. Hay que intentar anticiparse a los eventos futuros pero, paradójicamente, el efecto es que tenemos esa extraña sensación de vivir en una sociedad sin tiempo, sin una posibilidad real, sin futuro. Es una contradicción: el crédito está destinado a abrir posibilidades de futuro al tiempo que tiene que garantizar el retorno de la inversión, por lo cual es necesario neutralizar los riesgos. El riesgo se descarga sobre una multiplicidad de actores, pero no se elimina. La crisis de las hipotecas subprime lo demuestra: el reparto del riesgo se convirtió en una pandemia, y se descargó sobre la gente, es decir, sobre los que no fueron responsables de asumir ese riesgo. Es un mecanismo delirante, pero el capitalismo es así. El capitalismo es, según como se mire, es un delirio; no es racional.

¿Qué puede hacer el hombre endeudado para salir de este delirio?

La ideología del hombre endeudado es un intento de culpar a la gente, algo que, creo, no ha funcionado. La ideología del hombre endeudado dice: trabajáis muy poco, os jubiláis demasiado pronto, os cuidáis demasiado… pero es una ideología que no convence. La única salida posible es la vía política, pero por el momento no se ve cuál podría ser. Para empezar, se podría decir que el problema no es el coste del trabajo, sino el coste de la renta; pero nadie tiene el coraje de decirlo. La deuda es un mecanismo para capturar la riqueza social y trasladarla a la renta. Dicen que la deuda sirve para financiar los servicios sociales, la asistencia sanitaria, las pensiones… pero esto se podría haber financiado igualmente, porque desde los años 70 la riqueza se ha duplicado. ¿Qué ha pasado con ella?

Neutralizar la renta, realizar “la eutanasia del rentista”, escribió Keynes, ¿son soluciones viables hoy en día?

Hoy esto ya no se puede hacer, porque todas las formas actuales del capitalismo están financializadas. Mientras que en los años de Keynes el capitalismo era todavía una falta de identificación entre el capital industrial y el capital financiero, hoy en día ya no es así. Neutralizar las finanzas hoy en día significa neutralizar el capitalismo. El capitalismo no tiene más alternativa que continuar con las medidas de austeridad en Europa y la inyección continua de liquidez en EE.UU. y Japón. Pero si sigue así acabará creando más burbujas.

¿Y la renta ciudadana (renta básica)?

Estoy de acuerdo con la renta básica, pero para conseguirla son necesarias unas correlaciones de fuerzas que aún no se dan. Es necesario recrear unas correlaciones de fuerzas, unas formas de resistencia y auto-organización que recuerden el sistema de clases, y no hablo de la clase obrera. Si no se generan de nuevo este tipo de correlaciones de fuerza, no veo cómo se puede conseguir una renta básica. Si todo el mundo sigue trabajando de forma gratuita, ¿por qué alguien en algún momento querría pagar? Tienen que encontrarse las formas de organización necesarias, como lo hicieron los trabajadores hasta la generación de mi padre, que no eran “intelectuales”, pero que eran un poco más inteligentes [risas]. La generación de mi padre ganaba derechos, luchó por ellos. Y nosotras los estamos perdiendo uno a uno, aunque somos seres “cognitivos”, formados, etc. No es la “cognición” lo que determina la política, no sé cómo decirlo. ¿Cómo se hace para organizarse con los demás? Esta es la dificultad que hay que superar para imponer el equilibrio de poder y ganar el derecho a discutir, incluso el de la renta básica. Desde mi punto de vista, la salida de la crisis sólo se dará cuando exista la posibilidad de reconstruir y organizar un conflicto real. La situación en este momento es todavía demasiado asimétrica, la correlación de fuerza es demasiado desfavorable. A pesar de la crisis y, de hecho, incluso en la crisis. ¿Cómo organizar la variedad de sujetos explotados, trabajadores precarios, semi-precarios, semi-asegurados, en una lucha dual contra el capital? Este es el problema.

* traducido para facilitar la comprensión sin alterar el original, N.d.T.

Fuente: http://www.doppiozero.com/materiali/interviste/lazzarato-il-rifiuto-del-lavoro

Introducción al Manifiesto por una Política Aceleracionista

A propósito de esta publicación*

En el acto de traducir un texto, surge siempre la interrogante de cómo pueden las ideas viajar íntegras – no solo en términos lingüísticos sino también políticos. El Manifiesto Aceleracionista está particularmente expuesto a este problema de traslación, ya que fue escrito para una audiencia cuya coyuntura política difiere significativamente del vigente sistema político cubano. Escrito como una intervención en el mundo Occidental, con una democracia parlamentaria anquilosada y un voraz capitalismo de libre mercado, el Manifiesto Aceleracionista pretende hacer dos cosas. Primero: diagnosticar la incapacidad de la izquierda para cambiar el sistema político y económico. Segundo: el manifiesto propone un programa de rejuvenecimiento de la izquierda (futuro que propone el “aceleracionismo”) que pretende extender el marxismo hacia el siglo XXI.

Hay que recordar que para Marx sobrepasar el capitalismo es mucho más que superar y satisfacer las necesidades básicas. El capitalismo – y cualquier sistema que le suceda – debe propiciar el florecimiento de los deseos, intereses y subjetividades. La crítica de Marx al capitalismo iba de la mano con la emancipación colectiva de la humanidad, y con la construcción material y socioeconómica de la libertad. Una posición común entre las distintas vertientes del aceleracionismo –como proyecto para un sistema moderno de conocimiento, como una visión cosmicista del futuro, y como una planificación económica post-capitalista – es el objetivo de establecer las condiciones para la libertad. El Aceleracionismo, por tanto, busca construir el futuro. Busca recuperar la creencia, aparentemente perdida, de que hay una dirección que orienta la historia y esta, es la del progreso, la emancipación colectiva y la autodeterminación. Se trata de una recuperación de las ideas perdidas de la modernidad, liberadas de su enfoque capitalista y redefinidas por las críticas postcoloniales.

Cuba, bajo el mandato de Raúl Castro, se mueve lentamente hacia la reforma de un caduco sistema socialista centralizado. Pero aún existen significativos problemas con el estado cubano – esto hace que la valorización implícita en este manifiesto, sobre las capacidades del estado, parezca potencialmente retrógrada. Incluso, en Occidente, el problema radica en cómo eludir los sueños izquierdistas de localismo, gestión horizontal y autosuficiencia – para intentar rejuvenecer las luchas por los resortes del poder. Mientras que en Cuba, el problema puede ser visto como lo opuesto: cómo reducir el poder ilegítimo del Estado y recuperar la ayuda mutua y la auto-organización.

A pesar de las diferencias entre la coyuntura EuroAmericana y la de Cuba, esperamos que algunas de las sugerencias positivas del manifiesto para el futuro de la izquierda sean apropiadas. Con el neoliberalismo marcado por la inmanente crisis, con la decrepitud del tradicional socialismo de estado, y con el capitalismo de estado tipo chino, ofreciendo un camino alterno al mismo derrotero Occidental (acumulación por la acumulación), el manifiesto señala un nuevo camino a seguir. Con el desarrollo de la tecnología, la recuperación de una modernidad popular, y el rejuvenecimiento del objetivo de autodeterminación de la Ilustración, el aceleracionismo debe ser visto como un nuevo futuro para la izquierda, operando en los más altos niveles de ambición política. Es nuestra esperanza que las ideas de este manifiesto sean tomadas en cuenta en contextos particulares y modificadas para alcanzar la meta universal de emancipación colectiva.

Nick Srnicek y Alex Williams
London, January 2014
(Traducción: Gean Moreno y Ernesto Oroza)

*Esta introducción ha sido especialmente escrita por los autores para la publicación del Manifiesto en Carne Negra. Tanto ella como su traducción al español son producto de un gesto colaborativo totalmente desinteresado, inscrito en la lógica de libre circulación de información que caracteriza las dinámicas socioculturales de proyección progresista. Por ello queremos enfatizar nuestro agradecimiento a autores y traductores, por alcanzar con su actitud un contexto en el cual ejemplos como este comienzan a escasear.

Manifiesto Aceleracionista [parte 3]

03: MANIFIESTO: Sobre el futuro

1. Creemos que la división más importante que existe hoy en la izquierda se encuentra entre los que tienen una política popular de carácter local, de acción directa e incansable horizontalidad, y los que esbozan lo que debe empezar a llamarse una política aceleracionista, que se siente cómoda con una modernidad de abstracción, complejidad, globalidad y tecnología. Los primeros se dan por satisfechos con establecer pequeños espacios temporales de relaciones sociales no capitalistas, rehuyendo los problemas reales que conlleva el hecho de tener que luchar contra enemigos intrínsecamente no locales, abstractos y profundamente arraigados en nuestra infraestructura cotidiana. El fracaso de estas políticas es la crónica de una muerte anunciada. Por el contrario, una política aceleracionista busca preservar las conquistas del capitalismo tardío al tiempo que va más allá de lo que permite su sistema de valores, sus estructuras de poder y sus patologías de masa.

2. Todos queremos trabajar menos. Es intrigante saber por qué el economista más importante del mundo de la era de posguerra creía que un capitalismo ilustrado conllevaría inevitablemente con el tiempo una reducción radical de la jornada laboral. En “Perspectivas económicas para nuestros nietos” (escrito en 1930), Keynes predijo un futuro capitalista en el que las personas habrían reducido su jornada laboral a tres horas al día. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que se ha ido eliminando progresivamente la separación entre trabajo y vida privada y que el trabajo, con el tiempo, ha acabado por impregnar todos los aspectos de las relaciones sociales.

3. El capitalismo ha empezado a reprimir las fuerzas productivas de la tecnología o, por lo menos, a dirigirlas hacia fines absurdamente limitados. Las guerras de patentes y la monopolización de las ideas son fenómenos contemporáneos que ponen de relieve tanto la necesidad del capital de ir más allá de la competencia como su aproximación cada vez más retrógrada a la tecnología. Los logros aceleracionistas del neoliberalismo no han resultado en menos trabajo ni en menos estrés. Y en lugar de un mundo cargado de futuro, de viajes espaciales y potencial tecnológico revolucionario, vivimos en una época donde lo único que avanza es una parafernalia de cosas ligeramente mejoradas para los consumidores. Un sinfín de repeticiones de los mismos productos básicos sostienen la demanda marginal de consumo a expensas de la aceleración humana.

4. No queremos volver al modelo fordista. No es posible regresar al fordismo. La “edad de oro” capitalista partía del paradigma productivo de la fábrica como entorno industrial ordenado, donde los trabajadores (hombres) recibían seguridad y condiciones de vida básicas a cambio de una vida de aburrimiento anquilosante y de represión social. Este sistema se sustentaba en una jerarquía internacional de colonias e imperios y una periferia subdesarrollada, así como en una jerarquía nacional de racismo y sexismo y en una estricta jerarquía familiar de subyugación de la mujer. A pesar de la nostalgia que muchos pueden sentir, el regreso a este régimen es tan indeseable como imposible en la práctica.

5. Los aceleracionistas quieren liberar las fuerzas productivas latentes. En este proyecto, la base material del neoliberalismo no necesita ser destruida. necesita ser reformulada con el fin de alcanzar unos objetivos comunes. La infraestructura capitalista existente no es un escenario que tenga que ser demolido, sino una plataforma de lanzamiento del post-capitalismo.

6. El sometimiento de la tecnociencia a los objetivos capitalistas —especialmente desde finales de la década de los setenta— impide conocer a fecha de hoy lo que una maquinaria tecnosocial moderna sería capaz de lograr. ¿Quiénes de nosotros reconocen hoy los potenciales ocultos que se esconden detrás de las tecnologías actuales? Nosotros creemos que el auténtico potencial transformador de muchos de los avances tecnológicos y científicos de nuestro tiempo no se ha explotado aún, cargados de características redundantes (o pre-adaptaciones). De producirse un cambio más allá de la miopía de los aliados capitalistas, estos avances podrían resultar decisivos.

7. Queremos acelerar el desarrollo tecnológico sin caer por ello en el utopismo tecnológico. Sabemos que la tecnología nunca será suficiente para salvarnos. Necesaria sí, pero nunca suficiente sin la acción sociopolítica. Las esferas social y tecnológica van siempre de la mano, y los cambios en una de ellas propician y potencian los cambios en la otra. Mientras que los tecnoutopistas creen que la aceleración tecnológica permitirá superar automáticamente de por sí los conflictos sociales, nosotros pensamos que el desarrollo tecnológico tiene que acelerarse precisamente porque la tecnología es necesaria para ganar los conflictos sociales.

8. Creemos que cualquier post-capitalismo requiere una planificación post-capitalista. Querer creer que después de una revolución la gente construirá espontáneamente un nuevo sistema socioeconómico que no constituya un simple retorno al capitalismo es, en el mejor de los casos, ingenuo, y en el peor, ignorancia pura. Para planificar esta fase tenemos que desarrollar un mapa cognitivo del sistema existente y especular con una posible imagen del sistema económico futuro.

9. Para ello, la izquierda tiene que aprovechar todos y cada uno de los avances científicos y técnicos que hace posible la sociedad capitalista. La cuantificación no es un demonio que deba ser exterminado sino una herramienta que ha de ser utilizada de la forma más eficaz posible. Los modelos económicos son, en palabras simples, una herramienta necesaria para hacer inteligible un mundo complejo. La crisis financiera de 2008 pone de manifiesto los riesgos de aceptar a ciegas modelos matemáticos, aunque esto es más un problema de autoridad ilegítima que de matemáticas. Las herramientas que nos ofrecen las disciplinas de análisis de redes sociales, modelos basados en agentes, análisis de grandes conjuntos de datos y modelos económicos de no equilibrio son necesarias a nivel cognitivo para entender sistemas complejos como la economía moderna. La izquierda aceleracionista tiene que formarse bien en estos campos técnicos.

10. Cualquier transformación de la sociedad debe implicar la experimentación económica y social. El proyecto chileno Cybersyn es un paradigma de esta actitud experimental. En él se fusionan tecnologías cibernéticas avanzadas con técnicas de modelación económica sofisticadas y una plataforma democrática materializada en la infraestructura tecnológica. En los años cincuenta y sesenta también se realizaron experimentos similares en la economía soviética, empleando la cibernética y la programación lineal para intentar resolver los nuevos problemas a los que se enfrentaba la primera economía comunista del mundo. El fracaso de estos experimentos se debió en última instancia a las limitaciones tanto políticas como tecnológicas a las que estos pioneros cibernéticos estaban sometidos en esa época.

11. La izquierda tiene que desarrollar una hegemonía tecnosocial tanto en el ámbito de las ideas como en el ámbito de las plataformas materiales, que son la infraestructura de la sociedad globalizada. Las plataformas establecen los parámetros básicos de lo que es posible tanto a nivel conductual como ideológico, plasmando con ello la trascendencia material de la sociedad. Son las que hacen posible determinados grupos de acciones, relaciones y poderes. Las plataformas globales actuales presentan una desviación tendenciosa hacia las relaciones sociales capitalistas, pero no es algo que sea ni inevitable ni irreversible. Estas plataformas materiales de producción, finanzas, logística y consumo pueden ser y serán reprogramadas y reformateadas hacia parámetros post-capitalistas.

12. No creemos que la acción directa sea suficiente para alcanzar ninguno de estos objetivos. Las tácticas habituales de manifestación con pancartas y creación de espacios temporalmente autónomos conllevan el riesgo de convertirse en sustitutos cómodos de la acción realmente eficaz y exitosa. “Al menos hacemos algo”, es el grito unánime que lanzan aquellos que anteponen la autoestima a la acción realmente eficaz. El único criterio que define una buena táctica es si con ella se consigue o no el éxito. Tenemos que acabar con las formas de acción individuales fetichistas. La política tiene que ser tratada como un conjunto de sistemas dinámicos divididos por conflictos, adaptaciones y contraadaptaciones permanentes junto con carreras armamentísticas estratégicas. Esto significa que cualquier forma de acción política individual pierde su eficacia con el tiempo porque la otra parte se adapta. No hay ninguna forma de acción política históricamente inviolable. Es más: con el tiempo se hace cada vez más necesario abandonar algunas tácticas de lucha tradicionales porque las fuerzas y las entidades que se pretende derrotar con ellas aprenden a defenderse y a contrarrestarlas muy eficazmente. La incapacidad de la izquierda de hoy de hacer lo mismo es uno de los motivos principales del malestar actual.

13. Hay que poner fin a la priorización extrema que se hace de la democracia como proceso. La idolatría de la horizontalidad, la inclusión y la apertura que practica gran parte de la izquierda “radical” sienta las bases de la ineficacia. El secretismo, la verticalidad y la exclusión también tienen su lugar en la acción política efectiva (no como herramientas únicas, obviamente).

14. La democracia no puede ser definida simplemente por los medios que emplea: la votación, el debate o las asambleas generales. La democracia de verdad tiene que definirse por su objetivo: la emancipación y el autogobierno colectivo. Es un proyecto que debe aunar la política con el legado de la Ilustración, en la medida en la que sólo mediante nuestra habilidad para comprendernos mejor y entender mejor nuestro mundo (social, tecnológico, económico, psicológico) podremos llegar a gobernarnos a nosotros mismos. Tenemos que establecer una autoridad vertical legítima controlada colectivamente junto con modelos sociales horizontales y distribuidos para evitar convertirnos en esclavos de un centralismo totalitario y tiránico o, por contra, de un orden emergente caprichoso que escapa a nuestro control. La autoridad de El Plan tiene que casarse con el orden improvisado de La Red.

15. No presentamos ninguna organización en particular como el instrumento ideal para integrar estos vectores. Lo que se necesita —lo que siempre se ha necesitado— es un ecosistema de organizaciones, un pluralismo de fuerzas retroalimentándose sobre la base de sus ventajas comparativas. El sectarismo es la sentencia de muerte de la izquierda del mismo modo que lo es el centralismo, y en este sentido recalcamos de nuevo la importancia de experimentar con diferentes tácticas (incluso con aquellas con las que no estamos de acuerdo).

16. Tenemos tres objetivos concretos a medio plazo. En primer lugar, tenemos que construir una infraestructura intelectual. Imitando a la Sociedad Mont Pelerin de la revolución neoliberal, se trata de crear una nueva ideología y unos modelos económicos y sociales nuevos, así como una visión de lo que está bien para reemplazar y superar los paupérrimos ideales que rigen nuestro mundo actual. Estamos hablando de una infraestructura en el sentido de construir no solo ideas, sino instituciones y herramientas físicas que permitan materializar, inculcar y divulgar dichas ideas.

17. Tenemos que impulsar una reforma de los medios a gran escala. Porque, a pesar de la aparente democratización que ofrecen internet y las redes sociales, los medios de comunicación tradicionales siguen siendo claves para seleccionar y elaborar el discurso. Poseer los recursos necesarios para seguir impulsando el periodismo de investigación es también un factor determinante. Someter estos entes al máximo control popular es esencial para desmontar el discurso actual sobre el estado de las cosas.

18. Por último, tenemos que reconstruir las diversas formas del poder de clase. Esta reconstrucción debe ir más allá de la idea de que ya existe un proletariado global generado de forma orgánica. En lugar de ello, debemos buscar la manera de integrar una serie dispar de identidades proletarias fragmentadas, que a menudo se manifiestan bajo formas post-fordistas de trabajo precario.

19. Hay muchos grupos e individuos trabajando ya en estos tres objetivos, pero por separado sus esfuerzos son insuficientes. Lo que se necesita es que los tres se retroalimenten mutuamente, con cada uno modificando la conjunción contemporánea de tal manera que los otros sean más y más efectivos. Un bucle de feedback sobre la transformación ideológica, social, económica y de infraestructuras que genere una nueva hegemonía compleja, una nueva plataforma tecnosocial post-capitalista. La Historia demuestra que siempre ha sido una amplia amalgama de tácticas y de organizaciones la que ha provocado un cambio sistémico; debemos aprender de estas lecciones.

20. Para lograr cada uno de estos objetivos, en el plano más práctico, sostenemos que la izquierda aceleracionista debe pensar más seriamente en los flujos de recursos y de dinero necesarios para construir una nueva infraestructura política eficaz. Más allá del “poder del pueblo” que ostentan los agentes que actúan en la calle, necesitamos financiación, ya sea de gobiernos, instituciones, laboratorios de ideas, sindicatos o benefactores individuales. Consideramos que la localización y la gestión de tales flujos de financiación son esenciales para comenzar a reconstruir un ecosistema de organizaciones de izquierda aceleracionistas eficaces.

21. Sólo una política prometeica en la que se ostente un dominio absoluto de la idiosincrasia de la sociedad y su entorno será capaz de abordar los problemas globales o lograr una victoria sobre el capital. Es necesario diferenciar este tipo de dominio del tan querido por los pensadores de la Ilustración original. El universo mecánico de Laplace, tan fácilmente dominado con la suficiente información, ha desaparecido de la agenda de la cognición científica seria. Pero esto no es para alinearnos con lo que queda de la posmodernidad, condenando el dominio como algo proto-fascista o la autoridad como de por sí ilegítima. En su lugar, proponemos que los problemas que acechan nuestro planeta y nuestra especie nos sirvan para otorgar al autodominio un aspecto y una complejidad totalmente renovadas. Si bien no podemos predecir el resultado exacto de nuestras acciones, sí podemos determinar de forma probabilística rangos de resultados posibles. Lo que debe asociarse a estos análisis de sistemas complejos es una nueva forma de acción: improvisada y capaz de confeccionar un diseño a partir de un procedimiento práctico que aborda las contingencias con las que se encuentra únicamente a través de la acción, dentro de una política de maestría geosocial y astuta racionalidad. Una forma de experimentación abductiva que busca las mejores herramientas para actuar en un mundo complejo.

22. Necesitamos recuperar el argumento que tradicionalmente se ha hecho valer para el post-capitalismo: el capitalismo no sólo es un sistema injusto y perverso sino también un sistema que frena el progreso. Nuestro desarrollo tecnológico está siendo aniquilado por el capitalismo en la misma medida en la que fue impulsado. El aceleracionismo es el convencimiento de que estas capacidades se pueden y deben liberar superando las limitaciones que impone la sociedad capitalista. Superar nuestras limitaciones actuales implica mucho más que una simple lucha por una sociedad global más racional. Creemos que también debe incluir recuperar los sueños que embargaron a muchos desde mediados del siglo XIX hasta los albores de la era neoliberal, recuperar la búsqueda del Homo Sapiens y trascender los límites de la Tierra y de nuestras formas corporales inmediatas. Estas visiones son consideradas hoy reliquias de una época más inocente. Ambas ponen de relieve la asombrosa falta de imaginación que caracteriza nuestro tiempo y ofrecen la promesa de un futuro estimulante desde el punto de vista afectivo y vigorizante desde el punto de vista intelectual. Después de todo, sólo una sociedad post-capitalista hecha realidad gracias a una política aceleracionista será capaz de cumplir las expectativas que generaron los programas espaciales de mediados del siglo XX e ir más allá de un mundo de pequeñas mejoras técnicas para provocar un cambio integral. Esta sociedad nos permitirá avanzar hacia una era de emancipación y autogobierno colectivo, hacia el futuro alienígena propiamente dicho que resulta de ello. Hacia la culminación del proyecto ilustrado de la autocrítica y el dominio de sí, en lugar de hacia su eliminación.

23. La elección que tenemos que tomar es crítica: o un post-capitalismo globalizado o una fragmentación lenta hacia el primitivismo, la crisis perpetua y el colapso ecológico planetario.

24. Es necesario construir el futuro. Porque éste ha sido demolido por el capitalismo neoliberal y reducido a una promesa de mayor desigualdad, conflicto y caos; eso sí, una promesa en oferta. Este colapso de la idea de futuro es sintomático de la situación histórica regresiva en la que nos encontramos y no, como muchos cínicos de todo el espectro político nos quieren hacer creer, un signo de madurez escéptica. Lo que el aceleracionismo persigue es un futuro más moderno, una modernidad alternativa que el neoliberalismo es intrínsecamente incapaz de generar. El futuro tiene que partirse para abrirse de nuevo, liberando nuestros horizontes hacia las posibilidades universales que ofrece el Afuera.

Manifiesto Aceleracionista [parte 2]

02. INTERREGNUM: Sobre el aceleracionismo

1. Si hay algún sistema que se haya asociado con ideas de aceleración, ese es el capitalismo. El metabolismo esencial del capitalismo demanda un crecimiento económico constante, una competencia permanente entre entidades capitalistas individuales y un desarrollo continuo de las tecnologías para aumentar la ventaja competitiva, todo ello acompañado de una fractura social cada vez más grande. En su forma neoliberal, su proclama ideológica es la liberación de las fuerzas de destrucción creativa para despejar el camino a las innovaciones tecnológicas y sociales, en constante aceleración.

 

2. El filosofo Nick Land perfiló todavía más este fenómeno con la creencia miope, aunque hipnótica, de que la velocidad capitalista por sí sola podría generar una transición global hacia una singularidad tecnológica sin precedentes. En esta visión del capital, el ser humano podría acabar siendo una carga y un obstáculo para alcanzar esa inteligencia planetaria abstracta rápidamente construida juntando fragmentos de civilizaciones pasadas. El neoliberalismo de Land confunde, sin embargo, la velocidad con la aceleración. Puede que estemos avanzando rápidamente, pero sólo lo hacemos dentro de un conjunto de estrictos parámetros capitalistas que nunca oscilan. Lo que estamos experimentando es solo la percepción del aumento de velocidad de un horizonte local, un simple espasmo clínicamente muerto en lugar de una aceleración navegable, de un proceso experimental de descubrimiento dentro de un espacio universal de posibilidades. Es esta última forma de aceleración la que consideramos esencial.

 

3. Lo peor es que, tal y como ya detectaron Deleuze y Guattari, lo que la velocidad capitalista desterritorializa por un lado, lo territorializa por el otro; y esto ha sido así desde el principio. El progreso se ve limitado por un marco rígido de valor añadido, capital flotante y un ejército reservista de mano de obra. La modernidad se reduce a medidas estadísticas de crecimiento económico y la innovación social se encalla en los restos obsoletos de nuestro pasado colectivo. La desregulación impulsada por el tándem Tatcher-Reagan convive en armonía con los valores familiares y religiosos victorianos basados en el “retorno a los orígenes”.

 

4. Una de las tensiones fuertes que existen en el neoliberalismo hace referencia a la autoimagen que proyecta como instrumento de modernidad, de hecho, directamente como sinónimo de modernidad, prometiendo un futuro que es incapaz de proporcionar. Por el contrario, a medida que el neoliberalismo ha ido avanzando, en lugar de fomentar la creatividad individual ha tendido a eliminar la inventiva cognitiva en beneficio de una línea de producción afectiva de interacciones ajustadas a un guión preestablecido. Todo ello combinado con cadenas de suministro globales y una zona de producción neofordista al Este. El reducido y exclusivo cognitariado de trabajadores intelectuales se empequeñece cada año que pasa, y lo hace al ritmo en el que la automatización algorítmica se abre paso entre las esferas del trabajo afectivo e intelectual. A pesar de haberse posicionado a sí mismo como un acontecimiento histórico necesario, el neoliberalismo era en realidad un conjunto de medidas de contingencia para hacer frente a la crisis de valores que emergió en la década de los setenta. Inevitablemente, el neoliberalismo se convirtió en una sublimación de la crisis en lugar de en su derrota definitiva.

 

5. Marx, junto con Land, es el pensador por excelencia del aceleracionismo paradigmático. A pesar de las manidas críticas e incluso del comportamiento de algunos contemporáneos de Marx, cabe recordar que Marx utilizó los instrumentos teóricos más avanzados y los datos empíricos disponibles para intentar entender y transformar su mundo. No era un pensador contrario a la modernidad, sino un pensador que buscaba analizarla e intervenir en ella y que era consciente de que, a pesar de toda la explotación y corrupción que el capitalismo llevaba implícitas, era el sistema económico más avanzado del momento. Sus beneficios eran irreversibles, pero aceleró hasta límites insospechados el valor del modelo capitalista.

 

6. En 1918, en su obra titulada “”Izquierdismo: Una enfermedad infantil del comunismo”, Lenin escribió incluso:
El socialismo es inconcebible sin la gigantesca maquinaria capitalista basada en los últimos avances de la ciencia moderna. Es inconcebible sin una organización estatal planificada que someta a decenas de millones de personas al más estricto cumplimiento de una norma única de producción y distribución.
Nosotros, los marxistas, hemos hablado siempre de esto, y no merece la pena gastar siquiera dos segundos en conversar con gente que no comprende ni siquiera eso (los anarquistas y un parte considerable de los revolucionarios de la izquierda socialista).

 

7. Marx sabía muy bien que el capitalismo no puede ser identificado como el verdadero agente de la aceleración. De igual forma, afirmar que las políticas de izquierda son la antítesis de la aceleración tecnosocial es, al menos en parte, una grave tergiversación de los hechos. Si la izquierda política se quiere asegurar un futuro, tiene que ser uno en el que adopte al máximo esta tendencia aceleracionista reprimida.

Manifiesto Aceleracionista

Publicamos en tres entregas la traducción al castellano del Manifiesto Aceleracionista, lanzado el 13 de mayo de 2013 por Alex Williams y Nick Srniček, de la London School of Economics. La obra ha generado muchas críticas en las últimas semanas gracias a su contenido deliberadamente polémico. En contraposición a reducir la política radical a propuestas de horizontalidad, consenso, acción local y democracia directa, los autores proponen radicalizar las tendencias de liberación que el capitalismo precisa poseer y controlar en todo momento. Una alternativa dentro del marco de desarrollo y expansión del capitalismo, que acelera la velocidad de producción, circulación y consumo hasta llegar a un punto de ruptura. Así, una izquierda aceleracionista no puede prescindir de las últimas tecnologías ni de los métodos econométricos y de intervención sobre el entorno más sofisticados; es decir, de todo lo que el capitalismo coloniza con fines de acumulación y explotación del trabajo (el neoliberalismo). Es una propuesta diametralmente opuesta a las vertientes, muchas de ellas de izquierda, que atribuyen de entrada una connotación negativa al desarrollo, el crecimiento y/o a la productividad global y que se enmarcan dentro del discurso de los límites, del decrecimiento o, en simetría al discurso neoliberal, de la austeridad.

Publicamos aquí la primera parte de este texto. Los dos capítulos restantes los publicaremos en esta web a lo largo del verano para que en otoño podamos abrir un debate sobre el desarrollo y la transición al post-capitalismo, es decir, un análisis sobre la posibilidad de una ruptura revolucionaria y la reapropiación de nuestro tiempo. 

#ACELERA

MANIFIESTO POR UNA POLÍTICA ACELERACIONISTA (PARTE I)

Por Alex Williams y Nick Srnicek | Trad. Comité Disperso

descarga la versión en pdf desde aquí

01. INTRODUCCIÓN: Sobre la coyuntura

1. En el comienzo de la segunda década del siglo XXI, la civilización global se enfrenta a un nuevo tipo de cataclismo. Las apocalipsis que se avecinan dejan en ridículo las normas y las estructuras de organización política que se forjaron con el nacimiento de los estados-nación, el auge del capitalismo y un siglo XX marcado por guerras sin precedentes.

2. Lo más significativo es el colapso del sistema climático del planeta, que puede incluso poner en peligro la existencia de toda la población mundial. A pesar de que se trata de la amenaza más grave a la que se enfrenta la humanidad, hay una serie de problemas de menor envergadura pero potencialmente igual de desestabilizadores que coexisten e interactúan con el problema principal. El agotamiento irreversible de los recursos, especialmente de las reservas de agua y energía, puede provocar una hambruna masiva, el colapso de los paradigmas económicos y nuevas guerras, frías y calientes.  La crisis financiera continuada ha llevado a los gobiernos a adoptar la espiral mortal de las políticas de austeridad y a privatizar los servicios públicos del estado del bienestar y ha provocado un desempleo masivo así como el estancamiento de los salarios. La creciente automatización de los procesos productivos, incluido el “trabajo intelectual”, pone de manifiesto la crisis secular del capitalismo y su pronta incapacidad a la hora de mantener los niveles de vida actuales, incluso para las clases medias del hemisferio norte, ya en proceso de desaparición.

3. En contraste con estas catástrofes en aceleración continua, la política actual se caracteriza por un inmovilismo que la incapacita para generar las nuevas ideas y modelos de organización necesarios para transformar nuestras sociedades de modo que sean capaces de hacer frente a las amenazas de aniquilación que se perfilan. Mientras la crisis se acelera y refuerza, la política se ralentiza y debilita. En esta parálisis del imaginario político, el futuro queda anulado.

4. Desde 1979 la ideología política hegemónica a nivel mundial ha sido el neoliberalismo, omnipresente con algunas diferencias de matiz en todas las potencias económicas que actualmente dominan el mundo. A pesar de los desafíos profundamente estructurales que los nuevos problemas globales presentan a este sistema —los más acuciantes las crisis crediticias, financieras y fiscales que se están produciendo desde el año 2007/2008— los programas neoliberales no han hecho sino ahondar en sus dogmas. Esta continuación del proyecto neoliberal, o neoliberalismo 2.0, ha empezado a aplicar una nueva ronda de ajustes estructurales dirigidos, especialmente, a facilitar nuevas y agresivas incursiones del sector privado en lo que queda de las instituciones democráticas y los servicios sociales. Todo esto a pesar de los efectos económicos y sociales negativos inmediatos y de los obstáculos a más largo plazo que plantean las nuevas crisis globales.

5. Que los sectores de la derecha gubernamental y no gubernamental y del ámbito corporativo hayan sido capaces de impulsar de este modo el neoliberalismo es, al menos en parte, consecuencia de la parálisis y la incapacidad permanentes que azotan a gran parte de lo que queda de la izquierda. Treinta años de neoliberalismo han despojado a la mayoría de los partidos políticos de izquierda de pensamiento radical, contenidos y un mandato popular. En el mejor de los casos han respondido a la presente crisis con llamamientos para recuperar los principios económicos keynesianos, a pesar de la evidencia de que las condiciones de posguerra que permitieron el desarrollo de las socialdemocracias ya no existen. No podemos regresar así sin más a los postulados fordistas de producción en masa. Incluso los regímenes neosocialistas de la Revolución Bolivariana de América del Sur, a pesar de su alentadora resistencia a la hora de combatir los dogmas del capitalismo contemporáneo, siguen siendo incapaces lamentablemente de presentar una alternativa más allá del socialismo de mediados del siglo XX. El trabajo organizado, debilitado sistemáticamente por los cambios que trae aparejados el proyecto neoliberal, se fosiliza a nivel institucional y, en el mejor de los casos, sólo puede mitigar levemente los nuevos ajustes estructurales.  Sin un enfoque sistemático para construir un nuevo modelo económico ni la solidaridad estructural necesaria para promover cambios, las fuerzas laborales siguen siendo relativamente impotentes. Los nuevos movimientos sociales que han surgido desde el final de la Guerra Fría y que desde 2008 han experimentando un resurgimiento han sido igualmente incapaces de concebir una nueva visión ideológico-política. Por el contrario, estos movimientos consumen una gran cantidad de energía en los procesos internos de democracia directa y en la autocomplacencia afectiva por delante de la eficacia estratégica, y con frecuencia propugnan una variante de localismo neoprimitivista, como si para luchar contra la violencia abstracta del capital globalizado fuese suficiente la “autenticidad” frágil y efímera de la inmediatez comunal.

6. A falta de una visión social, política, organizativa y económica radicalmente nueva, los poderes hegemónicos de la derecha seguirán siendo capaces de impulsar su limitado imaginario a pesar de todas las evidencias en contra. En el mejor de los escenarios, puede que la izquierda sea capaz durante un tiempo de resistir parcialmente algunas de las peores incursiones. Pero esto poco podrá hacer contra la inexorable marea final que se avecina. Generar una nueva hegemonía global de la izquierda implica recuperar los futuros posibles perdidos, es más: implica recuperar el futuro como tal.

Traducción del Comité Disperso