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Vencer a la desafección

En los tiempos de la gobernanza neoliberal la democracia se reduce a una simple formalidad para la aplicación de medidas al servicio de organismos supranacionales como, por ejemplo, el FMI, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o el Eurogrupo. Lo que importa no es quien gobierna, lo ha confirmado el referendum griego de julio 2015 y lo confirma la mitad de la población del Estado español que no ha asistido a la cita electoral y ha preferido quedarse en casa o dedicarse a otra cosa – y también parcialmente la victoria del primer partido ganador de las dos últimas elecciones. Hoy quien no vota expresa el mismo rechazo que quien vota en contra, para nosotras éticamente hablando es lo mismo. Es más que evidente que la desafección no es, en sí, una amenaza para las clases dominantes. Prefieren democracias reducidas a la expresión de una pluralidad manejable de voces contrapuestas. Antes el voto se planteaba como sustituto de la lucha en los movimientos sociales. Hoy, con las calles prácticamente vacías, es una expresión del rechazo como otra.

No pretendemos dar explicaciones del porqué ha vuelto a ganar el verdadero partido de “clase”. Para nosotras, lo necesario es prepararse para lo que viene. Existe una distancia creciente entre la clase media con miedo al empobrecimiento y la clase pobre. Estos días, las redes sociales arden con expresiones de frustración alienada y autodestructiva. Frases como “país de mierda lleno de subnormales” o “somos unos pringaos ignorantes” que nos recuerdan a los apodos que se les ha dado a los votantes que apoyaron el Brexit en Inglaterra, que se articulan sobre la creencia en una clase iluminada y una plebe irracional incapaz de discutir civilizadamente los argumentos expuestos en los hilos de Facebook y los artículos publicados en los medios digitales progresistas.

Hoy más que nunca, en cada comicio europeo, asistimos a la multiplicación de las valoraciones morales de quien no se ve reflejado en la opción mayoritaria. La soberbia de algunos comentarios aumentan el aislamiento, relegando la alienación que acompaña a la pobreza a ocupar un lugar oscuro, donde fácilmente encuentra refugio en la alucinación colectiva del nacionalismo o incluso del odio. Desde esa oscuridad, el miedo a un ataque desde el exterior empuja hacia el nacional-socialismo, como está sucediendo en varios países del este de Europa, en Grecia o en Francia antes de las extraordinarias movilizaciones contra la Loi Travail et son monde.

No es casual que en la política contemporánea, donde los procesos de integración alejan los centros de control directo de las decisiones políticas de los votantes, las instancias soberanistas y referendarias se unan a las nacionalistas, como si para reclamar la soberanía “usurpada” fuera necesario ejercerla inmediatamente y volver a establecer el límite natural, el del Estado. Esta dinámica, que todavía está emergiendo en casi todas partes como una solución de compromiso entre la democracia y la integración, es especialmente explosiva en Europa no porque las instituciones europeas sean burocráticas e ineficientes, sino debido a que pretenden representar una forma de unión política supranacional. Quienes lamentan este déficit democrático de la UE son los federalistas, por lo que no puede haber una verdadera política común sin una soberanía común. Los nacionalistas, en su lugar, acusan a Bruselas exactamente de lo contrario: de transformar la UE en un superestado artificial, que los procesos (en realidad intermitentes) de integración política e institucional constituyen una amenaza para la libertad y la prosperidad de las naciones. Las dos posturas son los dos reflejos del mismo espejismo.

Entonces ni el Estado capitalista del libre mercado y la propiedad privada, ni el Estado socialista y el monopolio de la propiedad pública de un pasado que afortunadamente no volverá, ni tampoco el de otras ideologías producidas como reacción a la supuesta ausencia de democracia como el independentismo “a prescindir”: las tres opciones son proyectos institucionales al servicio de la propiedad mediante la expropiación y la explotación de lo común. No estamos en contra de la independencia por estar en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, sino porque no existen las condiciones materiales objetivas para producir una independencia política en este contexto. Tampoco se trata de estar o no en el euro o la UE, a pesar de que ninguna de estas decisiones pueden ser tomadas por vías democráticas o plebiscitarias. Si hay capitalismo no hay independencia y si queremos independencia hay que deshacerse del capitalismo.

Dejemos de quejarnos de la gente, de lo que hace o de lo que deja de hacer. Aunque resulte cómodo – incluso terapéutico – atribuir la responsabilidad a la composición social, no deja de ser efímero cuando no, contraproducente. Identifiquemos nuestras insuficiencias y asumamos nuestros límites. Habrá que repensar lo que abrió el 15M como un desbordamiento de la sociedad no traducible en la lógica de los partidos políticos, ni en la tristeza de un espectáculo forzado y la simplificación por defecto de toda la complejidad social. Pensemos cómo sonreír juntas de verdad, no para las cámaras de los platós de televisión, ni por la ridiculización de un líder en las redes sociales. Aprendamos como interpelar a la realidad, tomémonos en serio finalmente nuestra alegría y nuestra capacidad de acción y organicémonos para volver a sentirnos más felices que en las plazas del 15M. Porque no hay alegría sin lucha y no hay lucha sin organización.

Antes del próximo rescate, saboteemos las instituciones que están al servicio de la Troika bloqueando la economía.

Por la dignidad, hacia una huelga social indefinida

Bajo el lema dignidad, que expresa la insostenibilidad de una crisis y una austeridad que intensifican el control post-nacional de la gobernanza europea y del gobierno represivo de Rajoy, las marchas han multiplicado su participación inundando Madrid. Es evidente que la participación masiva en la movilización ha desbordado las categorías a las cuales se apelaba desde la convocatoria: protagonista es una multitud irrepresentable y heterogénea que desea autoconvocarse autónomamente no solo para decir “¡Ya Basta!” al sistema sino también para derrocar a su régimen de una vez.

El 22M ha sido una reacción explosiva a un trastorno generalizado que afecta a la vida en su totalidad y cuyos síntomas se presentan en cada territorio. Ya hay una multiplicidad dispersa de luchas sociales contra el mando capitalista: unas son más organizadas, otras menos; unas son más explícitamente políticas, otras más implícitas.

Lo cierto es que existe un enorme potencial, hasta ahora latente, de antagonismo al sistema y a sus estructuras de gobernanza. El reto es la actualización y la organización de este potencial más allá de las citas electorales y de los sindicatos de concertación. Las fórmulas del siglo XX se han acabado: hoy es necesario un salto en nuestra imaginación política. El ciclo de movimientos-red que empezó con las Primaveras Árabes, pasando por el 15M, Occupy, Gezi Park, etc., nos ayudan a abordar este reto. La capacidad de autoconvocatoria de estos movimientos consigue apelar a la ciudadanía en su conjunto sin ser reconducible a una identidad o a un liderazgo definido, que ahora es fluido y que se distribuye entre todas.

Estas movilizaciones trascienden las formas tradicionales de organización y se articulan y desarrollan en forma de red. Internet abre un nuevo ámbito desterritorializado de comunicación y organización basado en la inteligencia colectiva, el cual favorece la creación y proliferación de momentos y lugares de encuentro entre personas. Quien ve en la red la solución estratégica a los problemas políticos que tenemos enfrente, confundiendo los medios con el fin, obvia la importancia de la materialidad de las relaciones sociales. Las herramientas tecnopolíticas no pueden prescindir de la micro-politización distribuida del tejido social.

A pesar de las novedades que han aportado estas luchas interconectadas, reconocemos en ellas unos importantes límites estratégicos: ocupar las plazas es importante para permitir que los cuerpos en lucha se encuentren y para dar visibilidad a un problema, pero esto no es suficiente para aproximarse a su solución. Las ocupaciones de espacios urbanos, las acampadas, son útiles solo si se convierten en lugares de agregación y en centros logísticos para organizar e impulsar dinámicas de conflicto en la ciudad.

Creemos que es necesario un esfuerzo de coordinación para bloquear la economía y encontrar la forma de conseguir que las demandas de #Dignidad surgidas desde los movimientos sociales sean efectivas. Proponemos como ejemplo la coordinación de diferentes acciones que se pueden practicar simultáneamente para que el miedo cambie de bando:

  • Bloqueo simultáneo de autopistas y vías principales de tránsito
  • Bloqueo simultáneo de la red de metro y del transporte urbano
  • Bloqueo de enclaves logísticos importantes
  • Bloqueo y ocupación de sucursales bancarias y oficinas estatales
  • Ocupación de edificios propiedad de bancos, ayuntamiento y del 1%
  • Ocupación de las universidades y autoformación
  • Reapropiación en supermercados y grandes empresas
  • Hackeo de webs del gobierno y otras instituciones
  • Escraches a políticos e instituciones

Este catálogo de acciones, que no pretende ni mucho menos ser exhaustivo, se propone como una invitación al desborde y como un primer paso hacia una #HuelgaSocial indefinida que golpee el sistema con acciones de desobediencia y bloqueo distribuidas y sincronizadas.