El desierto y la izquierda

por Bruno Cava

El discurso del golpe y el golpismo están a la orden del día en el Gobierno brasileño desde 2005. Está tan manido, tan trillado, que solo cuela con los ya evangelizados. Ha perdido su valor nominal. Si pensamos en el 64, 73 ó 76 en América Latina, en los grandes arquetipos del imaginario de izquierdas, nada sugiere un golpe de estado en curso en el Brasil de hoy. A menos que entendamos golpe en sentido amplio y generalizable a la política y a la vida, como Bruce Lee dijo: “todo es golpe”. Y fueron muchos los golpes del gobierno en ese período. Pero si miramos alrededor, en todo el país y el continente, lo que hay a simple vista es un desmoronamiento irreversible de un largo ciclo que se ha agotado principalmente por errores propios, decisiones, alianzas y estrategias, desde el punto de vista político, económico, social e incluso electoral.

¿Por qué entonces tanto rumor y tanto empeño en restaurar la falsa polarización de octubre de 2014? ¿No está claro que se acabó, que solo hay “salida hacia dentro”? El hecho es que hay un deseo de gobierno que viste de rojo. Las personas que se polarizan hacia la izquierda para defender el gobierno realmente creen en ello. No solo son aparatos y estructuras sostenidas con fondos del estado. Eso sería una explicación moral. Tener fe consiste en nutrir un vínculo íntimo con el mundo que nos da fuerza. Aquello en lo que se cree podría incluso no existir, pero la acción basada en la creencia existe y produce efectos.

Pero, después de todo esto, ¿puede ser que realmente crean? Creen, a pesar de las reticencias, de las reservas, de las contorsiones retóricas. Y cuando se cree, no ayuda, el problema pasa a ser simplemente encontrar la narrativa, la polarización, la historia que pueda, a pesar de todo, otorgar una conciencia tranquila para la creencia primaria. Es por ello que existe un malestar en la izquierda sobre el que es necesario pensar. En la medida en que, llegados a este punto, el gobierno aún se las arregla para conducirla, a su pesar, a la marcha de los lemmings a la orilla del fiordo.

Ser de izquierdas parece haberse convertido en un bien en sí mismo. Lenin habló de la colina hacia la que el izquierdismo se dirige. Desde la cima de la colina, mirando el bullicio de la multitud, de aquellos que no han alcanzado sus valores. Es como si, por efecto del poder de la fe, fuera suficiente creer en los símbolos, en las banderas, en un recuerdo fugaz y vago de tiempos mejores. La fe de esta manera se vacía de potencia y el vínculo con el mundo se disuelve en un plano moral, en la justicia de la Historia. Cuanto más débil es el vínculo, más drástico y desesperado el apego a los propios símbolos. De ahí manifestaciones cuya única pauta es la defensa de un color, fraseología, una sigla.

En contra de todas las enseñanzas materialistas: contra Marx y el método de Einleitung, donde la ida a lo abstracto solo funciona con el retorno a lo concreto, como el necesario descenso antropofágico, contra Spinoza, como si un conjunto de creencias compartidas fueran lo primero y luego se realizasen prácticas basadas en ellas, en lugar de ser las prácticas las que determinan creencias que solo pueden existir en la implicación práctica, como una cuestión corporalmente vital (los afectos). Es el clima del nihilismo de fin de ciclo, una espiral de recesión del deseo hasta el agotamiento final. La salida a la izquierda no es más que un “ábrete sésamo”. Una auto-referencia en círculo vicioso. Igual que el Barón de Münchhausen, la izquierda quiere salir del atolladero tirándose del propio cabello. Mientras tanto, el mundo a su alrededor se desmorona, ininteligible e intangible. Decaemos en una especie de simbolismo místico-romántico, aferrándonos al final. ¿Lula hoy no es sobretodo eso: un símbolo?

Hay otros caminos. Por ejemplo, la alegoría, el tensionamiento de lo real hasta el punto de la paradoja, del punto muerto, a partir del cual tenemos que decidir. Asumir el callejón sin salida, asumir el campo de problematización sin colores predefinidos, sin principios trascendentes, sin sebastianismo. Asumir el desierto, no tener miedo a la soledad. Es lo que Glauber contaba en la alegoría de “Tierra en trance”, o Walter Benjamin sobre el drama barroco. Hacer como Kafka: renunciar a la verdad simbólica para rescatar la transmisibilidad. Una nueva fe, una nueva tierra. Abandonar la izquierda para rescatar lo que importa.

fuente: Uninomade.net

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