Simone Weil a Atenas

por Gigi Roggero

Según Schmitt existe una mano invisible que te guía en elegir el libro justo en el momento justo. Nosotras, materialistas, sabemos que aquella mano a lo mejor es invisible pero no aleatoria, que se puede organizar y distribuir. No sirve leer muchos libros. Es necesario saber elegir los justos. Las bibliografías hinchadas son como los culturistas que se llenan de esteroides: detrás de una fuerza aparente, se esconde una profunda debilidad. También los músculos conceptuales, pues, se alimentan políticamente de calidad y selección.

Estas capacidades, que pertenecen a la inteligencia colectiva, resultan aún más importantes en fases como la actual, donde es difícil interpretar el presente, y aún más transformarlo. Entonces, como un reflejo condicionado, se tiende a la autocomplacencia de los propios pequeños espacios políticamente e intelectualmente marginales, o huir con el pensamiento a páramos autoreferenciales, en pequeñas comunidades de iguales en las que nos reconocemos y nos dan siempre la razón. Pero se puede seguir otro camino: cuestionar a quien ha sabido interpretar y tal vez transformar su tiempo, y a partir de allí extraer lecciones para el presente. Siempre que se sepa cómo traducir, sin imaginar encontrar recetas universales ya preparadas o aún peor algún dogma a seguir.

En esta época de crisis permanente una figura para interrogar es sin duda Simone Weil, quien ha interpretado a fondo su tiempo, aunque no haya sido capaz de transformarlo. De hecho, en un cierto momento rindiéndose a ello. Sin embargo, nos ha dado varias cosas, entre ellas la extraordinaria colección de artículos, cartas, y fragmentos de pensamientos incluidos en el libro Sulla Germania totalitaria (Adelphi, 1990). En la primera parte, para nosotras la más importante, están los textos escritos entre Berlín y París en 1932 y 1933, en contacto directo con el ascenso del nazismo y la incapacidad de los comunistas de oponerse a la vez al nazismo y el capitalismo. La segunda parte es un largo ensayo de reflexión histórica sobre los orígenes del hitlerismo, que tiene según Weil sus raíces en el Imperio Romano.

En el corto tiempo de permanencia en la capital alemana de la joven militante francesa, entonces ligada al sindicalismo revolucionario y el trotskismo, nos dice lo que ve. Lo hace sin caer en el victimismo, sin llorar los ataques asesinos de los nazis. Por el contrario nos dice que la crisis es una oportunidad. La situación alemana entre el 1932 y el 1933 responde plenamente a la definición de la situación revolucionaria. El problema es que en los hechos no se ven los signos precursores de la revolución. Aparentemente hay una gran calma, y es justo esta calma la que es, en un cierto sentido, “trágica”.

La crisis ha llevado a una politización total de la vida y de las relaciones, “ningún problema concerniente a lo que es más íntimo en la vida de cada persona puede formularse sólo a la luz del problema de la estructura social”. La crisis no se considera una interrupción temporal del desarrollo, ya que terminó con cualquier perspectiva de futuro. Sobre todo para los jóvenes, para los que la crisis constituye el estado normal de las cosas. El único plan de acción que se puede imaginar es entonces la política. Llevan un porvenir, que no será dado por las etapas de una vida ordenada por los demás, sinó que será conquistado de forma autónoma, o no será. De aquí viene la posibilidad revolucionaria: “En Francia sólo hay jóvenes y viejos; allí hay una juventud”. La crisis, por lo tanto, quita a los jóvenes toda perspectiva de confianza en el régimen existente, pero al mismo tiempo corre el riesgo de quitarles también las fuerzas para encontrar una solución. Posibilidad revolucionaria y alienación nihilista marchan codo a codo, a menudo entrelazadas, a veces incluso parecen confundirse. Estas son páginas que parecen estar escritas en los últimos años.

La crisis es a la vez la fragmentación. Divide la clase media desclasada de los obreros, los desempleados y las personas. En línea con el Lenin del ’17, también Weil señala que en los revolucionarios “las masas inconscientes, hasta que no son arrastradas a la acción por los obreros conscientes, absorben muy ávidamente los venenos contrarrevolucionarios”. El movimiento hitleriano es un ejemplo. Es un movimiento, no solo un partido. Reúne la mayoría de los intelectuales, grandes sectores de la pequeña burguesía urbana y del campo, muchos campesinos. La gran burguesía intenta utilizarlo, de manera contradictoria y sin conseguirlo nunca del todo. Leer al fascismo como simple expediente del capital, no permite comprender las profundas ambivalencias de aquella época y de la composición social y de clase. Porque de hecho hay obreros, que tienen sentimientos revolucionarios, que a menudo participan en huelgas con los comunistas y odian a los amos. Ellos son parte de los trabajadores descritos por Jünger, radicalmente ambivalentes, los obreros de la fábrica en la fase de taylorización y las tormentas de acero. Se mezclan y tienen conflictos con los obreros especializados, por cuya tendencia a la marginalización política se aflige la autora. Son, como los jóvenes, en busca de fuerza: parecen encontrarla en el nazismo, sin darse cuenta – Weil observa – que es la fuerza del enemigo.

La militante francesa tiene una profunda admiración por los obreros alemanes, página tras página cuenta de su resistencia en condiciones cada vez más duras; quitan una parte del dinero que queda para la comida para comprar libros, participan en las organizaciones deportivas en brigadas alegres a pesar de todo, se privan de lo necesario para obtener lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. E incluso cuando son pasivos, esta pasividad nunca es resignación. En la clase obrera alemana, la más madura, disciplinada y culta, y sobre todo en su juventud, es necesario poner las mayores esperanzas contra la ola reaccionaria. Y sin embargo, a ratos emerge en el texto como esta “conciencia” ordenada acaba siendo un límite, que a pesar de todo deja la mayor parte de los obreros anclados a la socialdemocracia, que a través de las cooperativas y las sociedades de apoyo mutuo los tiene encadenados a la legalidad. Quizás son demasiado educados para enfrentar la mutación antropológica de la Primera Guerra Mundial y el salto radical impuesto por la crisis, para combatir en una época en la cual importan sólo las brutales correlaciones de fuerzas. Incluso los obreros comunistas, por su parte, muchos de los cuales  se quedaron sin empleo, parecen no darse cuenta de atravesar un momento decisivo, aún piensan que tienen mucho tiempo por delante. Sin embargo, el tiempo apremia.

En noviembre de 1932, el 70% de los votantes alemanes se expresa en contra del gobierno de von Papen y contra la República de Weimar. La ocasión es extraordinaria. Se dividen en los tres partidos principales, que cada uno a su manera apela al socialismo. “Para el Partido Nacional Socialista como para la socialdemocracia, el socialismo se reduce a dirigir en el estado una parte más o menos considerable de la economía, sin una transformación previa del aparato de Estado, sin la organización de un control obrero efectivo”. Mientras el partido comunista alemán es simplemente una sección de la Tercera Internacional, que responde a los intereses de Moscú y no del proletariado. Esto, por supuesto, resultará ser un desastre. Weil critica también a Trotski la esperanza en un cambio de dirección de la Unión Soviética, y definirá como “supersticioso” el apego que conservó por el partido comunista. Definición espléndida, que arrojará luz sobre muchos de los problemas del movimiento obrero durante gran parte del sucesivo siglo XX.

Una vez más, pues, en aquellos meses, a los ojos de Weil se confirma que la situación es revolucionaria: pero si la situación no es atacada, decidida y resuelta, si los revolucionarios no sabrán llegar hasta el final, la situación se volverá en su contra. Ya se sabe lo que pasó, y, finalmente será el fascismo y no la revolución el que barra el “cadaver apestoso” de la socialdemocracia, que con las manos manchadas con la sangre de los espartaquistas durante quince años corrompió el ambiente político en Alemania.

Entonces Weil señala la derrota, con la justa lucidez y con la predicción equivocada de la imposibilidad de continuar la lucha. Incluso cuando abandona la militancia, sin embargo, elige con dignidad “compartir la derrota de los obreros en lugar de la victoria de los opresores”. Ve el ascenso, en un horizonte próximo, una nueva especie de opresión ejercida en nombre de la función. Es la era de la técnica, de la oposición entre los que tienen la máquina y de los que la máquina dispone. El obrero se reduce a un comportamiento “contemplativo”, decía Lukacs, en el que sólo debe controlar el funcionamiento del sistema automático. Se desarrolla el tema de la burocracia, en el cual se hace sentir la jaula de hierro weberiana y la influencia de Trotski. Una burocracia que en fragmentos está demasiado separada de la materialidad de las relaciones de producción, casi independiente del desarrollo del capitalismo. Hasta ver el régimen de la técnica como sucesor del capitalismo, donde hoy podemos observar el desarrollo pleno como su etapa suprema. La crisis contemporánea y el dominio del algoritmo financiero nos hablan exactamente de esto.

La segunda parte, decíamos, es para nosotras la menos interesante. Aquí el nazismo, tan cuidadosamente analizado antes en su determinación histórica, es ahora engullido por el concepto de totalitarismo, que termina comiéndose la relación de capital. Que es total por definición. De esta manera, se pierde la especificidad material de los procesos, la Alemania nazi se vuelve igual al Imperio Romano. Como si el dominio del capital estuviera basado en el puro terror y no también en la aceptación; no sólo en la necesidad coactiva de la fuente de nuestra explotación (o trabajas o no comes), sinó también en la mercantilización de su deseo. Se pierde sobre todo la oportunidad de comprender cómo estos procesos se pueden romper y subvertir. Así que la primera parte en la que estos elementos emergen con extraordinaria lucidez, parecen perderse en la segunda. Aquí traslucen puntos de nostalgia, en busca de un hombre y una mujer que no estén corrompidas por el poder. El totalitarismo, sobre todo, acaba oponiéndose a una mitificación de la democracia. ¿Cómo no ver, después de unas décadas, que esta abstracción técnica ha sido llevada a cabo no en contra, sinó con la democracia? Es la hegemonía del hombre-masa, el totalitarismo de la opinión pública, el dominio del mercado: desde Atenas a Atenas, la democracia nació con la esclavitud de los antiguos y muere con la esclavitud de los modernos.

En los años entre la primera y la segunda parte se consuma un cambio significativo en la biografía política de Weil. Una vez dejado el compromiso militante, continuará odiando justamente al estado, aunque amando demasiado al individuo. Permanecerá fiel a los obreros, y después de todo a la idea de que la emancipación de los obreros será obra de los propios obreros. Esa idea que la llevó a imaginar un papel del militante que debe simplemente ayudar a los obreros a hacer la revolución, no empujarlos. Es un operaísmo matizado en sentido populista, pero ciertamente no aquel populismo vaciado de todo contenido con el que el término se usa desde hace unos años. Populista por lo que significaba en la noble tradición de la Revolución Rusa, hombres y mujeres que fueron a la gente y estaban dispuestos a jugarse la vida. Lenin tenía un profundo respeto por los populistas revolucionarios, estudió las enseñanzas, contra quien –  los presuntos populistas contemporáneos a él – mancillaba su gran legado subversivo.

Necesitaríamos una Weil hoy en Atenas, más que un Syriza en Bruselas. Y una Weil en cada metrópoli afectada por la crisis. Porque aquí necesitamos de la capacidad de mirar y no sólo ver, de interpretar, y no sólo narrar, de hacer investigación y no sólo reportaje. Entender las ambivalencias, poner sobre la mesa los retos, explicar los problemas y limitaciones, presionar sobre los tiempos y las urgencias. Y no escribir para complacerse a sí mismos o sus comunidades de referencia. “Parece que los militantes temen las reflexiones desmoralizadoras”, escribe al comienzo de 1933. Ochenta años después, sigue siendo así. De esta Weil hoy nos gustaría quitar el sentido de la inevitabilidad de la derrota, sumergir el espíritu de sacrificio en la libertad de la organización colectiva, abrir sus perspectivas a la posibilidad de reversión. No por esperanza, sinó por necesidad. Sin olvidar nunca que nuestro ángel de la historia tiene la potencia del salto del tigre.

Fuente: Commonware

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