El coraje de ser una misma

por Beatriz Preciado

Cuando recibí esta invitación para hablar del coraje de ser yo misma, al principio mi ego ronroneó. Como si le hubieran ofrecido una página publicitaria en la cual fuese el objeto a la vez que usuario. Yo ya me veía con una medalla en el pecho, heroica. Después la memoria de los oprimidos me atacó y ha borrado cualquier complacencia.

Hoy me concederéis el privilegio de evocar “mi” valor de ser yo misma, después de haberme hecho llevar la carga de la exclusión y de la vergüenza durante toda mi infancia. Me ofrecéis este privilegio como regaláis una copita a un enfermo de cirrosis, negando al mismo tiempo mis derechos fundamentales en el nombre de la nación, confiscando mis células y mis órganos para vuestra política delirante. Me concedéis este coraje como si regalarais una moneda a un ludópata, siguiendo con el rechazo a llamarme con un nombre masculino o de asociar mi nombre con adjetivos masculinos, sólo porque no tengo los documentos oficiales necesarios ni la barba.

Nos reunís aquí como un grupo de esclavos que han sabido alargar sus cadenas pero que quedan más o menos disponibles, han obtenido sus diplomas y aceptan hablar el idioma de los maestros. Estamos aquí, frente a vosotros, todos nacidos en cuerpos femeninos, Catherine Millet, Cécile Guibert, Hélèn Cixous, guarras, bisexuales, mujeres con la voz ronca, argelinas, judías, virago, españolas. ¿Pero cuando os cansareis de asistir a nuestro “coraje” como si fuera una diversión? ¿Cuándo os cansareis de diferenciarnos para identificaros a vosotros mismos?

Me atribuís el valor, supongo, porque he luchado al lado de las putas, los enfermos de SIDA y los discapacitados. En mis libros he hablado de mis prácticas sexuales con vibradores y prótesis. He hablado de mi relación con la testosterona. Este es mi mundo, mi vida y no la he vivido con coraje, sino con entusiasmo y alegría. Pero vosotros no sabéis nada de mi alegría. Preferís compadecerme y me asignáis la valentía porque en nuestro régimen político sexual, el imperante del capitalismo farmacológico, negar la diferencia del sexo es como negar la encarnación de Cristo en el medioevo. Me achacáis un gran coraje porque hoy, frente a los teoremas genéticos y a los documentos administrativos, negar la diferencia de género es como escupir en la cara de un rey en el siglo quince.

Y me decís: “Háblanos del coraje de ser tu misma”, como los jueces del tribunal de la inquisición le dijeron a Giordano Bruno durante ocho años: “Háblanos del heliocentrismo, de la imposibilidad de la Santa Trinidad”, mientras recogían la leña para la hoguera. Pero a pesar de que pueda ver ya las llamas, pienso como Giordano Bruno que no será suficiente un pequeño cambio de rumbo, que se tendrá que cambiar todo, estallar el campo semántico y el dominio pragmático. Salir del sueño colectivo de la verdad del género, tal como se salió de la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Para hablar del sexo, género y sexualidad es necesario comenzar con un acto de ruptura epistemológica, un rechazo categórico, una fractura de la columna conceptual que haga florecer una emancipación cognitiva. Tenemos que abandonar por completo el lenguaje de la diferencia de género y la identidad (también el lenguaje de la identidad estratégica de Spivak, o la identidad nómada de Rosi Braidotti). El género o la sexualidad no son una propiedad esencial de la materia, sino el producto de diversas tecnologías sociales y discursivas, de prácticas políticas de gestión de la verdad y de la vida. El producto de su valentía.

No existen los géneros y sexualidades, sino los usos del cuerpo reconocidos como naturales o castigados por desviados. Y no sirve jugar vuestra última carta trascendental, la maternidad como diferencia clave. La maternidad es sólo uno entre los varios usos posibles del cuerpo, no es la garantía de la diferencia de género o la feminidad.

Entonces quedaros con vuestro valor. Mantenedlo para vuestros matrimonios y divorcios, vuestros engaños y vuestras mentiras, vuestras familias, vuestra maternidad, vuestros hijos y nietos. Quedaros con el coraje que necesitáis para seguir la norma. La sangre fría para prestar vuestro cuerpo al imparable proceso de repetición regulada. El valor, como la violencia y el silencio, como la fuerza y el orden, están de vuestro lado. Por el contrario, yo hoy reivindico la legendaria falta de coraje de Virginia Woolf y de Klaus Mann, de Audre Lorde y di Adrienne Rich, de Angela Davis y de Fred Moten, de Kathy Acker y de Annie Sprinkle, de June Jordan y de Pedro Lemebel, de Eve K. Sedgwick y de Gregg Bordowitz, de Guillaume Dustan y de Amelia Baggs, de Judith Butler y de Dean Spade.

Pero porque os amo, mis valientes símiles, os deseo que perdáis el valor vosotros también. Os deseo que no tengáis más la fuerza de repetir la norma ni de fabricar la identidad, que perdáis la fe en lo que dicen sobre vosotros los documentos. Y una vez que hayáis perdido vuestro valor, cansados de la alegría, os deseo que inventéis una manera para usar vuestro cuerpo. Justamente porque os amo, quiero que seáis débiles y despreciables. Porque es a través de la fragilidad que opera la revolución.

Fuente: internazionale.it

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s