Por la crítica de la democracia política

Relación del seminario de la Red para la Autoformación en Roma (Facultad de Ciencias Políticas, 12 de diciembre 2007)

por Mario Tronti

Habéis hecho muy bien en tomar el tema de la democracia a través de una larga reflexión, atravesándola desde el punto de vista teórico, y a través de los autores que la han profundizado. También estoy de acuerdo con la preocupación que hay en la elección de este tema a través de una fórmula así determinada: por la crítica de la democracia. Dijisteis sin adjetivos. De hecho, si tuviéramos que componer toda la definición deberíamos decir: por la crítica de la democracia política. Eso no es un adjunto como los demás, sino la especificación del tema. Y supongo que, en consonancia con otra fórmula que es muy importante para esto, muy similar, podemos decir que la original. Quiero insistir en la crítica, que es la jugada marxista que ha tomado la alternativa y la actitud antagónica hacia la sociedad capitalista. Esta similitud es, precisamente, la crítica de la economía política. Hablaré entonces sobre el vínculo entre la democracia y la economía, cómo ha crecido y se ha desarrollado hasta una especie de intercambio y al mismo tiempo de la identificación entre las dos dimensiones.

Decir crítica no es asumir la formula, sino también el método. Porque cuando Marx decía por la crítica de la economía política, como sabemos, asumía toda la tradición teorética de la economía política, cuando atravesaba y hacía también el gran trabajo de lectura de los textos de los economistas clásicos. En este doble sentido: sí que hacía la crítica de aquella elaboración, pero asumiendo después la sustancia del discurso. Por la crítica de la economía política para él quería decir formular la estructura de su obra mayor, El capital, así como todos los estudios que le precedieron, los Grundrisse. Se daba entonces un doble nivel: involucrarse en algo que viene de una larga historia moderna, que significa criticarla y asumirla como propia.

Las reflexiones que voy a tratar de hacer al final ponen en discusión también esta aproximación marxiana a la crítica de la economía política, sin conseguir salir de la propia economía política, como en algún momento es lo que parece haberle sucedido a Marx. Para dar la dimensión de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día, yo digo que para nosotros la crítica de la economía política significa que no puede haber una economía política alternativa. El hecho de que Marx hizo una búsqueda continua de otra economía política, ha sido al final una desventaja de la cual la tradición marxista y la tradición del movimiento obrero se hizo cargo.

Lo mismo puede decirse de una crítica de la democracia política. Parece que he llegado a una primera conclusión: decir por una crítica de la democracia política presupone la no posibilidad o imposibilidad de una democracia política alternativa. Entonces es una crítica total, de fondo. Hay un paso teórico que se ha hecho, lo que yo en parte he hecho,  me refiero a los ensayos, que no voy a tomarlos de nuevo ahora: el texto del libro Guerra e democrazia, un ensayo publicado en la revista Democrazia e libertà. Hoy me gustaría tratar el tema desde el punto de vista de la historia política, en lugar de la teoría política. Mientras tanto, digamos que nosotros nos encargamos de la democracia moderna. El discurso de la democracia de los antiguos no nos interesa, nos lleva por mal camino; el discurso se reaviva continuamente sobre la democracia de la polis griega, y así sucesivamente.

La democracia moderna es la que se encuentra dentro de la evolución del pensamiento político moderno, el paso que va desde el liberalismo a la democracia. Porque también hay un pasaje de origen teórico de la democracia desde el liberalismo, incluso si no podemos abordar en detalle porque debemos partir de autores como Montesquieu, Locke, Rousseau, y así sucesivamente. Asumiría propio del liberalismo a la democracia, desde el siglo XIX al siglo XX como un pasaje desde el cual iniciar: del capitalismo libre y competitivo al sistema del capital social que coincidió con la fórmula del Estado intervencionista en la economía, con el estado de bienestar y que ha registrado el mayor desarrollo de la democracia política.

Por lo tanto, la relación es entre la economía y la política, entre el individuo y el Estado, y esta relación se da en el siglo XX a través de experiencias políticas concretas. Hay dos pasos que son cruciales para comprender plenamente el estado de la democracia en la política actual. El paso del totalitarismo en el siglo XX, y el paso de la crisis del Estado liberal que se produce inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial; una especie de crisis general del Estado, una gran crisis que sucede a la Gran Guerra, de donde salen dos direcciones principales del problema de la democracia. Uno de ellos se produce dentro del totalitarismo y es aquello de la nacionalización de las masas, donde la democracia política tiene siempre que ver con el concepto histórico de la masa. La otra dirección es la socialización de las masas, que se inspiró después de la primera gran guerra de la revolución obrera en Rusia y luego de manera similar en el oeste, a través de la forma política del Estado de bienestar, que es también otra forma de socialización de las masas.

Incluso la gran guerra había hecho estas dos cosas al mismo tiempo, la nacionalización y socialización de las masas, pero entonces la declinación que le da la revolución obrera es una alternativa. Debido a que no había conseguido a fondo, o que fue sólo un éxito parcial en todo el movimiento obrero socialista, o sea organizar a los trabajadores y luego socializar la experiencia de trabajo, socializar y organizar a las masas trabajadoras a través de los principales temas no sólo ideológicos de la solidaridad de clase, sino también a través de las formas políticas de los partidos políticos y los sindicatos, lo que no se había conseguido hasta aquel momento se consiguió a través de la guerra. En el fondo los obreros y campesinos están socializados como soldados. Es un tema en sobre el cual no se ha reflexionado lo suficiente: en las trincheras de la Primera Guerra Mundial hay una gran forma de socialización, tiene algo en él que está arriba de ellos mismos, dentro de una forma de guerra que imponía la solidaridad entre los soldados y la puesta en juego entre enemigos. No es casual que a partir de aquí la revolución obrera en Rusia se de como la gran alianza entre soldados y trabajadores. Si usted toma los soviets se puede ver esta mezcla, soldados y obreros, soldados y campesinos. Es allí, en el fondo donde que se encuentra el germen de la democracia del siglo XX. En este caso un germen positivo.

La guerra es anti-liberal, (en el sentido de que) causa la gran crisis de la estructura liberal del Estado político y la sociedad política. A partir de entonces la solución del problema político se ensancha en dos direcciones principales: por un lado la dictadura (de aquí el totalitarismo en los años 20 y 30, incluso con la dictadura del proletariado, inmediatamente después de la revolución), y la democracia por el otro. Desde la guerra, y luego con la crisis, que también es un aporte de la gran guerra, inicia el proceso de las democracias occidentales. Pero también algo más. Después de la segunda guerra, estos dos sentidos se convierten en uno. En el sentido de que se derrotó a la solución totalitaria y triunfa la solución democrática. Aquí el destino de la democracia está marcado de manera ya decisiva. Debemos partir de la democracia que se produce de inmediato en la segunda posguerra – con la lucha contra el fascismo y el nazismo, con la resistencia – como la democracia de las masas y los partidos de masas. A través de esta herramienta se adquiere logros, en parte reformistas, las disposiciones constitucionales avanzadas, el estado del bienestar, el estado social, incluso algunas formas de nacionalización y la propiedad pública. Es aquí donde comienza una relación entre Europa y la democracia, que nunca había existido allí, ya que Europa fue el lugar de la gran tradición liberal. La cosa más europea no fue el Estado democrático, sino el Estado liberal. En el momento en que ganó el aspecto democrático, incluso en Europa comienza a ganar el modelo americano. Porque si Europa fue el lugar de la forma y el pensamiento liberal, los Estados Unidos son la cuna de la democracia moderna. No es casualidad que el trabajo más importante para la crítica de la democracia política siga siendo el clásico La Democracia en América de Tocqueville, en el que no es tanto el discurso de un Estado democrático, sino más bien una sociedad democrática, porque la democracia es especialmente la sociedad. La igualdad de los individuos, con todo lo que afectaría a la forma del sistema político. En resumen, si bien es cierto que surge de las necesidades relacionadas con los pasos de la Gran Guerra en la que Europa estaba involucrado, decir democracia en Europa, es decir de su americanización. Ojalá que lo entendáis, porque es un punto esencial. Es a través de la democracia que Europa se americaniza.

Y es a través de este pasaje que se puede resumir en la fórmula “de la masa a las masas”. Las masas eran un fondo social articulado en el que había componentes que definían las masas, o sea las clases sociales, y las expresiones de las clases sociales a través de formas políticas como los sindicatos y los partidos. En cambio es esta masa indistinta la que se convertirá en el lugar de formación de elección democrática. Se pasa entonces de la fase de nacionalización y socialización de las masas a una forma de masificación de la sociedad y del Estado. Un pasaje en el que la nacionalización o socialización, procesos separados antes, se convierten en algo único en la forma de masificación de la sociedad y el Estado.

Cuando decimos cual es la verdadera democracia, nos referimos a la democracia que nació en los Estados Unidos de América y que se exporta a través de la guerra. Porque la exportación de la democracia no es algo de hoy en día, es algo que Estados Unidos siempre ha hecho. Yo sostengo que exportaron la democracia en Europa a través de la Segunda Guerra Mundial, logrando su objetivo. A partir de ese momento, nos encontramos en frente a una especie de democracia real. Yo la llamo así, como el socialismo real; la democracia realizada y el socialismo realizado, se puede decir también de esta manera. Y este es el dato para empezar. Cuando el socialismo real existía en la Unión Soviética, existían también aquellos que criticaban esta forma de socialismo, y que siempre tenían en mente un socialismo ideal que podría realizarse de otra manera. Sin embargo, la realización de un ideal es siempre tan fuerte, tiene tal poder en sí mismo que no permite ninguna otra alternativa de carácter ideal. Hoy en día, se argumenta que ya no podemos hablar de socialismo, porque es una palabra que se ha consumido en una realización histórica que lo ha abolido efectivamente como una oportunidad ideal. La realización de la historia tiene un poder invencible que siempre debemos tener en cuenta. Y no podemos quedarnos sólo con una idea de su realización ya hecha. No se puede volver a reproducir el modelo de socialismo, por más esfuerzos de especificación que se hagan será un trabajo en vano. El socialismo ha sido eso. Para mí pasa lo mismo con la democracia real. El hecho es que la democracia es la estadounidense. Y también podemos decir mil cosas diferentes acerca de una democracia, pero no llegaremos a ningún lado, porque la llevar a cabo la idea de democracia tal como se encarna en ese país y luego se exporta a otros países, incluyendo Europa, es algo que definitivamente ha acabado con el juego. Y este es el tema del nombre y los nombres.

Por lo tanto la democracia no es un valor. A partir de la definición, “La democracia es un valor” señalo la idea del suicidio del movimiento obrero. Cuando el movimiento obrero dijo esto, en definitiva, se referían a cerrar la historia del movimiento obrero, éste era el significado de aquella declaración. Escribí una frase en La política al tramonto que no fue tomada muy en serio, porque hacerlo conducía a una reubicación teórica, cosa que a la pereza intelectual por lo general no le gusta mucho: se decía que el movimiento obrero no ha sido derrotado por el capitalismo, sino por la democracia. El movimiento obrero con el capitalismo ha tenido una relación de lucha en igualdad de condiciones. Dos han sido los poderes que se han enfrentado, una gran época de la lucha de clases, en ambos lados hubo victorias y derrotas, pero no ha habido una derrota del movimiento obrero en comparación con el capitalismo como el poder directo. Hubo en cambio una derrota a través de la democracia, del universalismo democrático que abolía las diferencias de clases. Cuando Carl Schmitt hablaba de la democracia, especialmente en las importantes páginas de la Doctrina de la Constitución, decía que la democracia es el principio de identidad. La democracia es, por naturaleza, de la identidad. La diferencia es el enemigo de la democracia. Esto es, por ejemplo, lo que el pensamiento feminista ha entendido muy bien y ha sido una de las ideas más avanzadas en la crítica de la democracia, sobre todo la parte del feminismo que se ha centrado en la idea y práctica de la diferencia. Porque la democracia es identidad; no son masas sino que es masa, es masificación.

La democracia tiene una fuerte dimensión cuantitativa. En esto  está muy cerca de la economía. Ambas tienen en común esta dimensión cuantitativa de la vida. De la vida real, de la existencia. Es el cuanto, donde el cual desaparece, ya no tiene presencia ni consistencia. Por lo tanto, la democracia en este caso es realmente orgánica al capitalismo, mucho más de lo que lo eran el liberalismo, la tradición liberal, o la tradición individualista del liberalismo. No es cierto que la cifra real del capitalismo sea el individuo. Puede decirse que hemos atravesado el siglo XX y hemos visto el fin del capitalismo maduro; quizás decir esto es algo que podrían decir aquellos que vivieron el capitalismo del siglo XIX. Pero para quienes vivieron durante el siglo XX y entendieron el resultado final, el capitalismo del siglo post-siglo XX, han entendido que no es el individuo el elemento central de la sociedad capitalista, sino justo las masas, la masificación, el individuo masificado. Que produce cuantitativamente, intercambia cuantitativamente y consume cuantitativamente. La cifra del capitalismo es la cantidad. Existe, pues, una relación muy estrecha entre la democracia y el capitalismo, tal vez la forma de capitalismo democrático es su forma madura y definitiva. Una vez más es justo aquella forma que va desde América a Europa. Por lo tanto la calidad es anticapitalista.

Pensando en cómo reproponer una lucha por la hegemonía, por la hegemonía cultural como lucha política, sostengo que tenemos que declinarla en la lucha entre calidad y cantidad. Tenemos que ser en definitiva los campeones del cuál contra el cuánto. ¿Cómo se declina hoy la hegemonía cultural capitalista? De dos maneras: cuánto dinero tienes, cuántos votos tienes. Estas dos cosas son extremadamente orgánicas entre sí. Se cuentan. El cálculo es la cifra de definición de la sociedad y de la sociedad donde vivimos. Fijaos en  este lugar que tendría que ser el lugar de la política por excelencia, el gobierno político de la nación: ¿Qué hacen estos señores todo el día? Están siempre allí sacando cuentas, con el tono de como si fueran los contables: estas son las entradas y estas las salidas, esta es la deuda, tenemos que pagar la deuda, entonces tenemos que poner impuestos sobre esto y aquello. Se pasan todo el día así. La Europa política no es más que un grupo de personas que dice: “cuidado, estáis afuera, tenéis que pagar la deuda…”. Esta es la primacía de la economía, la primacía de la cantidad.

¿Cómo hacer para separar la idea y la práctica de la democracia de este principio, que es un principio absoluto? A propósito de democracia absoluta, yo la entiendo como un principio de mayoría. Yo me pregunto a menudo: ¿Por qué este principio es tan absoluto? ¿Por qué si la mayoría decide algo, este algo sería lo correcto? No hay ninguna conexión entre estas dos cosas: la mayoría decide la cosa equivocada, como ocurre casi siempre, siendo una mayoría masificada dentro de un cierto orden, por lo tanto ordenada dentro de un sistema de consenso. En fin, hoy la democracia es un principio de mayoría, así como cuando decimos que el socialismo es la propiedad estatal de los medios de producción. Es por eso que hoy en día hablar de otra democracia, es como hablar de otro socialismo que ya no es posible. Es justo en esto que se ha perdido la lucha por la hegemonía que era la esencia de la lucha de clases, porque las clases luchaban en este terreno de la hegemonía, sobre quien tenía la mayor fuerza de convicción. Pero cuando las mayorías no se pueden ser movidas, ¿Qué hacer? ¿Cuál es de hecho el posible desplazamiento de la mayoría?

Por ejemplo, hay la ilusión de hacer una crítica del capitalismo a través la expansión de la democracia, opción que se ha revelado en un momento dado de gran tesis revisionista (el primero que la ha elaborado ha sido Bernstein), por lo cual la democracia política a medida que se fuese desarrollando hubiera tenido que ser incompatible con una forma capitalista de producción e intercambio. Esta perspectiva ha resultado del todo impracticable. El principio de la democracia “una cabeza un voto”, que se propone como piedra angular de la democracia política, ha sido lo que la experiencia obrera ha inmediatamente criticado. Lenin y los bolcheviques pensaban al inicio, a pesar de que no consiguieron ponerlo en práctica, que la cosa más correcta fuese eliminar el principio “una cabeza un voto”. De hecho, algunos experimentos decían que el voto del obrero vale tres y la del campesino vale uno. Este principio esencialmente antidemocrático correspondía más a la realidad de las cosas, y la capacidad de cambiar las cosas mismas. El momento en que aceptas “una persona, un voto”, la perspectiva revolucionaria cae. No sólo hoy, esto ha sucedido siempre en el pasado de los sistemas políticos capitalistas. Pensad en un referéndum que diga: “¿Queréis abolir la propiedad privada de los medios de producción?”, ¿Tendría la mayoría de los votos? Evidentemente no. Esto quiere decir que adquirir la práctica democrática es declarar cerrado el proceso revolucionario. Es lo mismo. No hay posibilidad, a menos que se considere la democracia como ha sido considerada en las partes más avanzadas del movimiento obrero, es decir como el terreno más avanzado de lucha para cambiar las leyes del sistema. Más favorable de la forma totalitaria, del sistema político donde la lucha política, no siendo practicable en modo abierto, se hizo más difícil. Pero entonces ¿Cuál es la solución? En algunas ocasiones se ha presentado en algunos partidos comunistas: ese es el tema de la duplicidad. Pensemos en el proceso democrático como un terreno más favorable; decimos que somos por los sistemas democráticos, pero no porque la democracia es un valor universal, sino  porque es el terreno más favorable para proponer el derrocamiento del capitalismo mediante la organización de las masas y de las luchas de masas. Fuera de la duplicidad la democracia no es utilizable.

Tenemos que pensar en un paso fundamental, que fue la transición de la clase al pueblo. Hay una etapa teórica que no sólo podemos mencionar, y que hay que profundizar. Este paso también implica aquello del pueblo a la clase: en el fondo la clase obrera tiene un origen en el pueblo. Nosotros durante la experiencia operaista hemos dicho que la clase obrera había tenido gran importancia porque se había emancipado del pueblo. Se había convertido en algo más que el pueblo, que era la clase social. A pesar de que después se ha dado todo lo contrario: la clase que se había emancipado del pueblo fue reinstalada y reincluida en el pueblo. Y lo que había sido la transición de pueblo a clase se ha redefinido como una transición de clase a pueblo. El pueblo que precedía la clase era una forma social aún de base, mientras que este pueblo que gana después de la lucha de clases es un pueblo político, propio de la soberanía popular.

Si consideramos justa la tesis de Carl Schmitt según la cual todos los conceptos políticos modernos son conceptos teológicos secularizados, entonces podemos preguntarnos: ¿qué seculariza la democracia? Este es un tema teórico específico. En mi opinión, la democracia política, seculariza el concepto de pueblo de Dios. Un concepto antiguo, del Antiguo Testamento, el pueblo elegido por Dios para una misión de salvación. Todas las cosas y las inflexiones que encontráis como muy orgánicas a la democracia estadounidense. No sólo la de hoy en día, de Bush y los neocon, sino en la democracia estadounidense así como surgió. No es casual que en los EE.UU. exista ese Dios que siempre está en el medio, tanto en la constitución como el discurso del presidente. Deriva de ahí la mezcla de religión y política que está implícita en la idea y práctica de la democracia estadounidense. Debido a que éste (el pueblo estadounidense) es el pueblo de Dios, quienes lo eligieron para que civilice el mundo y exporten esta civilización en todo el mundo. Es el pueblo elegido, que produce a través de las formas de democracia y las primarias. Esta es la relación directa que se establece entre los ciudadanos y el poder, una forma inmediatista, no directa pero inmediata: es en este proceso donde el pueblo habla, dando directamente la investidura a la cabeza, la cabeza, que luego se hace cargo de una misión que deriva del mandato popular. Así que todo vuelve, en el sentido de que el pueblo de Dios es el pueblo democrático.

Por último, ¿Qué significa esto? Una cosa por encima de todo. Debemos de una vez por todas abandonar el principio de mayoría. En esta forma social, en el criterio político que preferimos, es decir, en la relación amigo-enemigo, la mayoría es el enemigo. Debemos desarrollar un pensamiento que no quiero decir antidemocrático, porque sería cambiar peligrosamente el lado de las soluciones totalitarias que ya se han visto, pero un pensamiento no democrático, ademocrático. Un pensamiento que no es un pensamiento político democrático. Y tenemos que volver a proponer una gran teoría de la minoría: una teoría política de esta minoría agente, de una minoría central. Una minoría no marginal. ¿Es posible la centralidad política de una minoría? Creo que sí, porque lo deduzco de un modelo al interior de nuestra formación y del recorrido que hemos hecho: un viaje con saltos hacia adelante y pasos que han negado el anterior, pero siempre dentro de una lógica. Y aquí la lógica del pensamiento operaista entra del todo. Debido a que la clase obrera era una minoría. Hemos luchado contra la idea de que se trataba de clase general, la clase universal. Es la clase parcial. En el momento en que nos dábamos cuenta de la parcialidad de la clase obrera, estábamos reconociendo que era una minoría. Aunque se hubiese votado, en el momento en el cual la clase obrera era central desde el punto de vista social como era en aquel entonces, hasta en aquel momento en el contexto de las llamadas mayorías todo el voto obrero entendido de forma compacta hubiese sido un voto minoritario respecto al conjunto de la sociedad. La clase obrera era minoritaria desde el punto de vista cuantitativo, pero cualitativamente central. Esto es tan cierto que expresaba política, forma organizada y cultura, de hecho ejercía hegemonía en la sociedad aunque en una posición minoritaria. Por lo tanto clase no marginal, y mucho menos marginada. En la gran autoridad de presencia política.

Aquí hay un último pasaje teórico que sería necesario profundizar, y me lo digo sobre todo a mí mismo que aún no lo he elaborado a fondo. Por un lado, hoy necesitamos contraponer democracia y libertad. Tenemos que declinar la libertad en un sentido no democrático. Y es posible hacer esto de muchas maneras, porque si la democracia es la opinión masificada, la libertad es la crítica de todo lo que es. Pero, por el otro lado, hay otro pasaje mucho más delicado que es el más tradicional del pensamiento político clásico: la relación entre legitimidad y legalidad. Esta minoría tiene una sustancia de legitimidad suya que no corresponde, que a veces es diferente del mismo concepto de legalidad. Tenemos que pensar en la revolución como en una cosa que es legitima aunque no es legal. Tenemos que reivindicar una legitimidad sin legalidad. Es una cosa que tiene que ver con el tema entre excepción y orden. La legalidad es siempre el terreno del orden, la legitimidad nace siempre dentro del estado de excepción, donde quien tiene más fuerza de reivindicar su propia legitimidad es quien decide en el estado de excepción, quien podrá declarar y hacer que todos acepten que su reivindicación es legitima aunque no sea legal dentro, de hecho, las leyes del orden existente. Pues estas son las cosas que busco.

Tenemos que superar en un salto la frontera de la democracia y la crítica de la democracia, un punto decisivo en el desarrollo de la relación con el mundo que tenemos en frente y en el que estamos. Considerémoslo como un lugar de paso estrecho, porque son discursos que no se pueden hacer en todas partes. Los hago con vosotros y no en otro lugar. Es justo hacerlo con vosotros,  a vuestro nivel: a este nivel de pensamiento que aún está libre. Más allá de esto hay una opacidad que no es que impida hacer este discurso: es un discurso que simplemente no se entiende, si vosotros lo hacéis en otros lugares te encuentras con ojos desorbitados. En resumen, recomiendo tratar este problema limpiando la cabeza de otras cosas. Creo que es un terreno muy fructífero, de posibles descubrimientos.  He hablado solo de algunas de las cosas que están más allá de esta frontera, pero hay muchos otras. Es un discurso que se abre a otras dimensiones, e animo a continuar.

Fuente: Commonware

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