A Nuestros Enemigos

Traducción al español de la introducción del libro Guerres et Capital (Edition Ámsterdam, 2016)

Por Éric Alliez y Maurizio Lazzarato

  1. Vivimos en los tiempos de la subjetivación de las guerras civiles. Nosotros no abandonamos el período del triunfo del mercado, de los automatismos de la gubernamentalidad y de la despolitización de la economía de la deuda para volver a la época de las «concepciones del mundo» y de sus luchas sino para entrar en la era de la construcción de las nuevas máquinas de guerra.
  1. El capitalismo y el liberalismo llevan las guerras en su seno como las nubes llevan la tempestad. Si la financiarización de fines del siglo XIX y del comienzo del XX ha conducido a la guerra total y a la Revolución Rusa, a la crisis de 1929 y a las guerras civiles europeas, la financiarización contemporánea conduce a la guerra civil global dirigiendo todas sus polarizaciones.
  1. Después de 2011, son las múltiples formas de subjetivación de las guerras civiles que modifican profundamente a la vez la semiología del capital y la pragmática de las luchas, las que se enfrentan a los miles de poderes de la guerra como marco permanente de la vida. Del lado de las experimentaciones de las máquinas anticapitalistas, Occupy Wall Street en Estados Unidos, los Indignados en España, las luchas estudiantiles en Chile y Quebec, en 2015 Grecia se pelea con armas desiguales contra la economía de la deuda y las políticas de austeridad. Las «primaveras árabes», las grandes manifestaciones de 2013 en Brasil y los enfrentamientos alrededor del parque Gezi en Turquía hicieron circular las mismas palabras de orden y de desorden en todo el sur. Nuit Debout en Francia es el último resurgimiento de un ciclo de luchas y ocupaciones que pudo haber comenzado en la plaza de Tiananmen en 1989. De parte del poder, el neoliberalismo, para avivar mejor el fuego de sus políticas económicas depredadoras, publicita una postdemocracia autoritaria y policial gestionada por los técnicos del mercado, mientras que los nuevos derechos (o «derechos fuertes») declaran la guerra al extranjero, al inmigrante, al musulmán y a los underclass beneficiando a la extrema derecha desdiabolizada. Es a éstos a quienes se regresa al instalarse abiertamente en el terreno de las guerras civiles y no a aquellos relanzando una guerra racial de clase. La hegemonía neofascista en los procesos de subjetivación está ahora confirmada por la reanudación de la guerra a la autonomía de las mujeres y a los que se han convertido en menores de edad de la sexualidad (en Francia, la «Manif pour tous») como extensión del dominio endocolonial de la guerra civil.
    A la era de la desterritorialización sin límites de Thatcher y Reagan le sigue la reterritorialización racista, nacionalista, sexista y xenófoba de Trump que, de ahora en adelante está al frente de todos los nuevos fascismos. El sueño americano se transforma en pesadilla de un planeta insomne.
  1. El desequilibrio entre las máquinas de guerra del Capital y de los nuevos fascismos, de una parte, las luchas multiformes contra el sistema-mundo del nuevo capitalismo, del otro, es flagrante. Desequilibrio político, pero también desequilibrio intelectual. Este libro se concentra en una vida, un blanco, un reprimido tanto teórico como práctico, que sin embargo está siempre en el corazón de los poderes e impoderes de los movimientos revolucionarios: el del concepto de «guerra» y el de «guerra civil».
  1. «Esto es como una guerra», se escuchó en Atenas durante el fin de semana del 11-12 de julio de 2015. Con razón. La población ha sido confrontada a una estrategia a gran escala de continuación de la guerra por los medios de la deuda: ha completado la destrucción de Grecia y, a la vez, ha iniciado la autodestrucción de la »construcción europea». El objetivo de la Comisión Europea, del BCE y del FMI nunca ha sido la negociación o la búsqueda de compromisos, sino la derrota completa del campo del adversario.
    El enunciado «esto es como una guerra» es una imagen que hay que rectificar enseguida: es una guerra. La reversibilidad de la guerra y de la economía está en el fundamento mismo del capitalismo. Y eso hace mucho tiempo que Carl Schmitt lo desveló en la hipocresía «pacifista» del liberalismo restableciendo la continuidad entre la economía y la guerra: la economía persigue los objetivos de la guerra con otros medios («el bloqueo del crédito, el embargo sobre las materias primas, la degradación de la moneda extranjera»).Dos oficiales superiores del ejército del aire chino, Qiao Liang y Wang Xiangsui, definen las ofensivas financieras como «guerras no sangrientas», aunque igual de crueles y eficaces que las «guerras sangrientas»: una violencia fría. El resultado de la globalización, explican, «es que todo se reduce al espacio de un campo de batalla en sentido estrecho, el mundo entero (ha sido transformado) en un campo de batalla en sentido amplio». La ampliación de la guerra y la multiplicación de sus nombres de dominio finito establecen el continuo entre guerra, economía y política. Pero esto desde el presupuesto de que el liberalismo es una filosofía de guerra total.
    (El papa Francisco parece predicar en el desierto cuando afirma, con una lucidez carente en los hombres políticos, en los expertos de toda índole y hasta en los críticos más aguerridos del capitalismo: «Cuando hablo de guerra, hablo de la verdadera guerra, no de la guerra de religión, sino de una guerra mundial en miles de fragmentos (…) Es la guerra por los intereses, por el dinero, por los recursos naturales, por la dominación de las gentes»).
  1. Durante el mismo año 2015, algunos meses después de la derrota de la «izquierda radical» griega, el Presidente de la República Francesa declara en la noche del 13 de noviembre a Francia «en guerra» y promulga el estado de excepción. La ley que lo autoriza, permitiendo la suspensión de las »libertades democráticas» para dar poderes »extraordinarios» a la administración de la seguridad pública, fue votada en 1955 durante la guerra colonial de Argelia.
    Aplicada en 1984 en Nueva Caledonia y durante los «disturbios de las banlieus» en 2005, el estado de excepción vuelve a poner en el centro de atención la guerra colonial y postcolonial.
    Aquello que ocurrió en París una desagradable noche de noviembre, es el teatro cotidiano de las ciudades del Medio Oriente. Es el mismo horror que hizo huir a millones de refugiados repartidos por Europa. De esta manera, vuelven a hacerse visible la más vieja de las tecnologías colonialistas de regulación de los movimientos migratorios por su prolongación «apocalíptica» en las «guerras sin fin» puestas en marcha por el fundamentalista cristiano George Bush y su equipo de neo-cons. La guerra neocolonial ya no se desarrolla solamente en las «periferias» del mundo, ella atraviesa de todas las maneras posibles el «centro», mediante la adopción de las figuras del «enemigo interior islamista», de los inmigrantes, de los refugiados, de los migrantes. Tampoco están excluidos los eternos últimos: los pobres y los trabajadores empobrecidos, los precarios, los parados de larga duración y los «endocolonizados» de las dos orillas del Atlántico…
  1. El «pacto de estabilidad» (el estado de excepción «financiero» en Grecia) y el «pacto de seguridad» (el estado de emergencia «política» en Francia) son las dos caras de la misma moneda. Desestructurando y reestructurando continuamente la economía mundial, el flujo de crédito y el flujo de la guerra son, junto con los estados que los integran, la condición de existencia, de producción y de reproducción del capitalismo contemporáneo.
    El dinero y la guerra constituyen la policía militar del mercado mundial, ahora llamada «gobernanza» de la economía mundo. En Europa, ella se encarna en el estado de emergencia financiero que reduce a la nada los derechos laborales y los derechos de la seguridad social (salud, educación, vivienda, etc.) mientras que el estado de emergencia antiterrorista suspende los derechos «democráticos» ya agotados.
  1. Nuestra primera tesis será que la guerra, el dinero y el estado son las fuerzas constitutivas o constituyentes, es decir, ontológicas, del capitalismo. La crítica de la economía política es insuficiente en la medida que la economía no sustituye a la guerra sino que la continúa por otros medios, que pasan necesariamente por el Estado: regulación de la moneda y monopolio legítimo de la fuerza por la guerra interna y externa. Para producir la genealogía y reconstruir el «desarrollo» del capitalismo, tendremos siempre que aceptar la responsabilidad y articular conjuntamente la crítica de la economía política, la crítica de la guerra y la crítica del estado.
    La acumulación y el monopolio de los títulos de propiedad por el Capital, y la acumulación y el monopolio de la fuerza por el estado se alimentan recíprocamente. Sin el ejercicio de la guerra en el exterior, y sin el ejercicio de la guerra civil por el estado en el interior de las fronteras, el capital nunca se habría podido constituir. Y al contrario: sin la captura y la valorización de la riqueza llevada a cabo por el capital, nunca el estado habría podido ejercer sus funciones administrativas, jurídicas, de gubernamentalidad, ni organizar los ejércitos de un poder siempre creciente. La expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de ejercer la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de la constitución del estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización militar acompaña la proletarización industrial.
  1. Pero, ¿de qué guerra se trata? ¿El concepto de «guerra civil mundial» adelantado al mismo tiempo (en 1961) por Carl Schmitt y Hannah Arendt se ha impuesto después del fin de la guerra fría como su forma más adecuada? ¿Las categorías de «guerra infinita», de «guerra justa» y de «guerra contra el terrorismo» corresponden a nuevos conflictos de la mundialización?
    ¿Y es posible repetir el sintagma de «la» guerra sin asumir inmediatamente el punto de vista del estado? La historia del capitalismo está, desde el origen (Ur-sprung), atravesada y constituida por una multiplicidad de guerras: guerras de clase(s), de raza(s), de sexo(s)[1], guerra de subjetividad(es), guerras de civilización (el singular ha regalado su capital a la historia). Las «guerras» y no la guerra, esta es nuestra segunda tesis. Las «guerras» como fundamento del orden interior y del orden exterior, como principio de organización de la sociedad. Las guerras, no solamente de clase, sino también militares, civiles, de sexo, de raza están tan integradas en una forma constitutiva en la definición del Capital que habrá que reescribir de principio a fin Das Kapital para rendir cuenta de su dinámica y su funcionamiento más real. En todos los grandes cambios del capitalismo, no se encontrará «la destrucción creativa» de Schumpeter producida por la innovación empresarial, sino siempre la iniciativa de las guerras civiles.
  1. Después de 1492, en el año 01 del Capital, la formación de capital se despliega a través de esa multiplicidad de guerras en las dos costas del Atlántico. La colonización interna (Europa) y la colonización externa (América) son paralelas, se refuerzan mutuamente y definen conjuntamente la economía mundo. Esa doble colonización define aquello que Marx denomina la acumulación primitiva (ursprüngliche Akkumulation). A diferencia de Marx, no limitamos la acumulación primitiva a una simple fase del desarrollo del capital, destinado a ser desbordado por y en el «modo de producción específico» del capitalismo. Consideramos que ella constituye una condición de existencia que acompaña sin cesar el desarrollo del capital, de forma que si la acumulación primitiva se persigue en todas las formas de expropiación de una acumulación continuada, entonces las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad son sin fin. La conjunción de estas dos últimas, y especialmente las guerras contra los pobres y las mujeres en la colonización interna de Europa, y las guerras contra los pueblos «primeros» en la colonización externa, que son completamente desplegadas en la acumulación «primitiva», precede y hace posibles las «luchas de clases» de los siglos XIX y XX proyectándoles en una guerra común contra la pacificación productiva. La pacificación obtenida por todos los medios («sangrientos» y «no sangrientos») es el objetivo de la guerra del capital como «relación social».
  1. «Al concentrarse exclusivamente en la conexión entre capitalismo e industrialismo, Marx acaba por no prestar atención alguna al vínculo estrecho que estos dos fenómenos mantienen con el militarismo». La guerra y la carrera armamentística son a la vez condiciones de desarrollo económico y de la innovación tecnológica y científica desde el comienzo del capitalismo. Cada etapa de desarrollo del capital inventa su propio «keynesianismo de guerra». Esta tesis de Giovanni Arrighi tiene el único defecto de limitarse a «la» guerra entre estados y de «no prestar ninguna atención al vínculo estrecho» que el Capital, la tecnología y la ciencia mantienen con «las» guerras civiles. Un coronel del ejército francés resume las funciones directamente económicas de la guerra de clase: «Nosotros somos tan productores como los otros». Descubre de esta forma uno de los aspectos más inquietantes del concepto de producción y de trabajo, aspecto que los economistas, los sindicatos y los marxistas integrados se encargan bien de tematizar.
  1. La fuerza estratégica de desestructuración/restructuración de la economía mundo es, desde la acumulación primitiva, el Capital bajo su forma más deterritorializada, es decir, el capital financiero (que puede ser definido así mucho antes de recibir sus cartas de acreditación balzaquianas). Foucault critica la concepción marxiana de Capital porque no habría nunca «el» capitalismo, sino siempre «un conjunto político-institucional» históricamente considerado (el argumento está destinado a causar furor). Aunque Marx efectivamente nunca utilice el concepto de capitalismo, sin embargo hay que conservar la distinción entre el último y «el» capital, ya que «su» lógica, aquella del Capital financiero (A-A’), es (siempre históricamente) la más operacional. Aquello que recibe el nombre de «crisis financiera» se muestra en la obra hasta en sus resultados postcríticos más «innovadores». La multiplicidad de formas estatales y de organizaciones transnacionales de poder, la pluralidad de conjuntos político-institucionales que definen la variedad de «capitalismos» nacionales son violentamente centralizados, subordinados y ordenados por el Capital financiero universalizado en su finalidad de «crecimiento». La multiplicidad de formaciones de poder se pliega, más o menos dócilmente (pero más que menos) a la lógica de la propiedad más abstracta, aquella de los acreedores. «El» Capital, con «su» lógica (A-A’) de reconfiguración planetaria del espacio por la aceleración constante del tiempo, es una categoría histórica, una «abstracción real» diría Marx, que produce los efectos más reales de privatización universal de la Tierra de los «humanos» y de los «no humanos», y de privación de los «comunes» del mundo. (Pensar aquí en el acaparamiento de las tierras – land grabbing– que es a la vez consecuencia directa de la «crisis alimentaria» de 2007-2008 y una de las estrategias de salida de la crisis de la «peor crisis financiera in Global History»). Es de esta manera que utilizamos el concepto «histórico-trascendental» de Capital como agente a largo plazo (con menos mayúsculas posibles) de la colonización sistemática del mundo.
  1. ¿Por qué el desarrollo del capitalismo no puede pasar más por las ciudades que han servido durante mucho tiempo de vectores, sino por el estado? Porque solo el estado, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII realizará directamente la expropiación/apropiación de la multiplicidad de las máquinas de guerra de la época feudal (dirigidas hacia las guerras «privadas») para concentrarlas e institucionalizarlas en una máquina de guerra transformada en arma que posee el monopolio legítimo de la fuerza pública. La división del trabajo no opera solamente en la producción, sino también con la especialización de la guerra y de la profesión de soldado. Si la centralización del ejercicio de la fuerza en un «ejército reglado» es la obra del estado, esta es también la condición de la acumulación de las «riquezas» por las naciones «civilizadas y opulentas» a costa de las naciones pobres (Adam Smith)- que, en verdad no son de todas las naciones sino de las waste lands (Locke in Wasteland).
  1. La constitución del estado en «megamáquina» de poder descansará entonces sobre la captura de los medios de ejercicio de la fuerza, sobre su centralización e institucionalización. Pero a partir de los años 1870, y especialmente bajo el golpe de una aceleración brutal impuesta por la «guerra total», el capital no se contenta ya con mantener un vínculo de alianza con el estado y su máquina de guerra. Comienza a apropiárselo directamente integrándolo en sus instrumentos de polarización. La construcción de esta nueva máquina de guerra capitalista va así a integrar el estado, su soberanía (política y militar) y el conjunto de sus funciones «administrativas» modificándolas profundamente bajo la dirección del capital financiero. A partir de la Primera Guerra Mundial, el modelo de la organización científica del trabajo y el modelo militar de organización y de conducción de la guerra penetran en profundidad el funcionamiento político del estado reconfigurando la división liberal de los poderes bajo la hegemonía del poder ejecutivo, mientras que, a la inversa, la política, ya no del estado sino del capital, se impone en la organización, la gestión y las finalidades de la guerra.
    Con el neoliberalismo, este proceso de captura de la máquina de guerra del estado está plenamente realizado en la axiomática del Capitalismo Mundial Integrado. Es de este modo que ponemos el CMI de Félix Guattari al servicio de nuestra tercera tesis: el Capitalismo Mundial Integrado es la axiomática de la máquina de guerra del capital que ha sabido someter la desterritorialización militar del estado a la desterritorialización superior del capital. La máquina de producción no se distingue ya más de la máquina de guerra que integra lo civil y lo militar, la paz y la guerra en el proceso único de un continuum de poder isomorfo en todas sus formas de valorización.
  1. En la larga duración de la relación capital/guerra, el estallido de la «guerra económica» entre imperialismos a finales del siglo XIX va a constituir un giro, el de un proceso de transformación irreversible de la guerra y de la economía, del estado y de la sociedad. El capital financiero transmite lo indefinido/ilimitado (de su valorización) a la guerra haciendo de esta última una potencia sin límites (guerra total). La conjunción de lo ilimitado del flujo de la guerra y de lo ilimitado del flujo del capital financiero en la Primera Guerra Mundial llevará más allá los límites tanto de la producción como de la guerra haciendo surgir el espectro terrorífico de la producción ilimitada por la guerra ilimitada. Ella llega durante las dos guerras mundiales a tener por primera vez la subordinación «total» (o «subsunción real») de la sociedad y de sus «fuerzas productivas» a la economía de guerra a través de la organización y la planificación de la producción, del trabajo y de la técnica, de la ciencia y del consumo, a una escala hasta ese momento desconocida. La implicación del conjunto de la población en la «producción» ha estado acompañada por la constitución de procesos de subjetivación de masas a través de la gestión de técnicas de comunicación y de fabricación de la opinión. De la creación de programas de investigación sin precedentes, orientados hacia la «destrucción», saldrán los descubrimientos científicos y tecnológicos que, transferidos a la producción de medios de producción de «bienes», van a constituir las nuevas generaciones de capital constante. Es todo este proceso que escapa al operaísmo (y al post-operaísmo) en el cortocircuito que él hace situar en los años 1960-1970 la Gran Bifurcación del capital, fusionada de esta forma con el momento crítico de la autoafirmación del operaísmo en la fábrica (todavía habrá que esperar al postfordismo para llegar a la «fábrica difusa»).
  1. El origen del welfare no debe ser buscado únicamente en el lado de la lógica asegurativa contra los peligros del «trabajo» y los peligros de la «vida» (la escuela foucaultiana bajo la influencia patronal), sino en primer lugar, y especialmente, en la lógica de la guerra. El warfare ha anticipado y preparado ampliamente el welfare. Desde los años 1930, el uno y el otro se han hecho indiscernibles.
    La enorme militarización de la guerra total, que ha transformado al obrero internacionalista en 60 millones de soldados nacionalistas, va a ser «democráticamente» reterritorializado por y sobre el welfare. La conversión de la economía de guerra en economía liberal, la conversión de la ciencia y de la tecnología de instrumentos de muerte en medios de producción de «bienes» y la conversión subjetiva de la población militarizada en «trabajadores» son realizadas gracias al enorme dispositivo de intervención estatal en el cual participan activamente las «empresas» (corporate capitalism). El warfare persigue por otros medios su lógica en el welfare. El mismo Keynes había reconocido que la política de la demanda efectiva no tenía otro modelo de realización que un régimen de guerra.
  1. Integrado en 1951 en su «Superación de la metafísica» (la superación en cuestión había sido pensado durante la Segunda Guerra Mundial), este desarrollo de Heidegger define precisamente aquello en lo que se han convertido los conceptos de «guerra» y de «paz» al final de dos guerras totales:

    Transformadas, habiendo perdido su esencia propia, la «guerra» y la «paz» son cogidos en el errar; habiendo llegado a ser irreconocibles, entre ellos no aparece diferencia alguna, ellos están desaparecidos en el transcurso puro y simple de las actividades que, siempre más intensamente, hacen las cosas realizables. Si no puede responder a la cuestión: ¿cuándo la paz volverá a ella? Esto no es porque no se pueda atisbar el fin de la guerra, sino porque la cuestión planteada apunta a una cosa que ya no existe, la guerra misma ya no es la que puede llevar a una paz. La guerra se ha convertido en una variedad del desgaste del ente, y ésta continúa en tiempos de paz (…). Esta larga guerra en su progreso largo y lento, no hacia una paz a la manera antigua, sino más bien hacia un estado de cosas donde el elemento «guerra» no será más en ningún caso percibido como tal y donde el elemento «paz» no será más ni sentido ni substancia.

    El pasaje será reescrito al final de Mil Mesetas para indicar cómo la «capitalización» tecno-científica (ella remite a lo que llamamos el «complejo militar-industrial científico-universitario») va a engendrar «una nueva concepción de la seguridad como guerra materializada, como inseguridad organizada o catástrofe programada, distribuida, molecularizada».

  1. La guerra fría es socialización y capitalización intensivas de la subsunción real de la sociedad y de la población en la economía de guerra de la primera mitad del siglo XX. Ella constituye un paso fundamental para la formación de la máquina de guerra del capital, que no se apropia del estado y de la guerra sin subordinar el «saber» a su proceso. La guerra fría va a aumentar el espacio de producción de innovaciones tecnológicas y científicas alumbrado por las guerras totales. Prácticamente todas las tecnologías contemporáneas, y especialmente la cibernética, las tecnologías computacionales e informáticas son, directa o indirectamente, los frutos de la guerra total retotalizada por la guerra fría. Aquello que Marx llama el «General Intellect» nació de/en la «producción por la destrucción» de las guerras totales antes de ser reorganizadas por las Investigaciones Operativas (OI) de la guerra fría en instrumento (R&D) de mando y de control de la economía mundo. Es a otro desplazamiento mayor por relación con el operaísmo y al post-operaísmo al que la historia guerrera del capital nos obliga. El orden del trabajo («Arbeit macht frei») establecido por las guerras totales se transforma en orden liberal-democrático de pleno empleo como instrumento de regulación social del «obrero masa» y de todo su entorno doméstico.
  1. El 68 se sitúa bajo el signo de la reemergencia política de la guerra de clases, de raza, de sexo y de subjetividad que la «clase obrera» no pudo subordinar a sus intereses y a sus formas de organización (partido-sindicatos). Si es en los Estados Unidos que la lucha obrera ha «tenido en su desarrollo su nivel absoluto más elevado» (»Marx en Detroit»), es allí también la que ha sido derrotada al final de las grandes huelgas después de la guerra. La destrucción del «orden del trabajo» como resultado de las guerras totales y continuado en y por la guerra fría como «orden del salariado» no será solamente el objetivo de una nueva clase obrera que redescubre su autonomía política, ella será igualmente el hecho de la multiplicidad de todas aquellas guerras que, un poco todas al mismo tiempo, son iniciadas reconstruyendo las experiencias singulares de los «grupos-sujeto» que llevaban consigo las condiciones comunes de ruptura subjetiva. Las guerras de descolonización y de todas las minorías raciales, de mujeres, estudiantes, de homosexuales, de alternativos y de antinucleares, etc., van definiendo de este modo las nuevas modalidades de lucha, de organización y especialmente de deslegitimación del conjunto de los «poderes-saberes» durante todos los años 1960 y 1970. No hemos leído solamente la historia del capital a través de la guerra, sino igualmente ésta última a través del 68 que solo vuelve posible el paso teórico y político de «la» guerra a las «guerras».
  1. La guerra y la estrategia ocupan un lugar central en la teoría y la práctica revolucionaria del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lenin, Mao y el general Giap han anotado concienzudamente De la guerra de Clausewitz. El pensamiento del 68 se ha abstenido de problematizar la guerra, a excepción notable de Foucault y de Deleuze-Guattari. Ellos no sólo no se han propuesto solamente invertir la célebre formula de Clausewitz («la guerra es la continuación de la política por otros medios») analizando las modalidades según las cuales la «política» puede ser entendida como la guerra continuada por otros medios: sobre todo han transformado radicalmente los conceptos de guerra y política. Su problematización de la guerra es estrictamente dependiente de las mutaciones del capitalismo y de las luchas que se le enfrentan en la mencionada posguerra, antes de cristalizarse en la extraña revolución de 1968: la «microfísica» del poder presentada por Foucault es una actualización crítica de la «guerra civil generalizada»; la «micropolítica» de Deleuze y Guattari es respecto a ella indisociable del concepto de «máquina de guerra» (su construcción no va sin la experiencia militante de uno entre ellos). Si se aísla el análisis de las relaciones de poder de la guerra civil generalizada, como lo hace la crítica foucaultiana, la teoría de la gubernamentalidad no es más que una variante de la «gobernanza» neoliberal; y si se destaja la micropolítica de la máquina de guerra, como lo hace la crítica deleuziana (del mismo modo ella ha comenzado a estetizar la máquina de guerra), no queda más que las «minorías» impotentes frente al capital que conserva la iniciativa.
  1. Siliconados por las nuevas tecnologías que han desarrollado la fuerza de ataque, los militares hacen colisionar la máquina tecnológica con la máquina de guerra. Las consecuencias políticas son terribles.
    Los Estados Unidos han planeado llevar la guerra a Afganistán (2001) y a Irak (2003) a partir del principio «Clausewitz out, computer in» (la misma operación es extrañamente repetida por los partidarios de un capitalismo cognitivo que disuelve la omnirrealidad de las guerras en los ordenadores y los «algoritmos» habiendo servido sin embargo, en primer lugar, para llevarlas a cabo). Creyendo disipar la «niebla» y la incertidumbre de la guerra por la acumulación, los estrategas de la guerra hipertecnológica digitalizada y «centrada en red» han desilusionado rápidamente: la victoria obtenida rápidamente se ha transformado en una debacle político-militar que ha desencadenado in situ el desastre del Medio-Oriente, sin ahorrar más al mundo libre de aportarle sus valores como en un remake del Docteur Folamour. La máquina técnica no explica nada y no es gran cosa sin movilizar a todas las otras «máquinas». Su eficacia y su existencia misma dependen de la máquina social y de la máquina de guerra que tendrán que dar forma generalmente a la transformación técnica bajo un modelo de sociedad fundado sobre las divisiones, las dominaciones, las explotaciones (Rouler plus vite, laver plus blanc, para repetir el título del bello libro de Kristin Ross).
  1. Si la caída del muro libera el acta de defunción de una momia de la cual el 68 ha hecho olvidar hasta la prehistoria comunista, y si ella debe entonces ser tenida por un no-acontecimiento (esto que dice en su forma melancólica la tesis del Fin de la Historia), el sangriento fracaso de las primeras guerras postcomunistas dirigidas por la máquina de guerra imperial sin embargo hizo historia. Y esto también debido al debate que se ha abierto entre los militares, donde se da hoy en día un nuevo paradigma de la guerra. Antítesis de las guerras industriales del siglo XX, el nuevo paradigma se define como una «guerra en el interior de la población». Este concepto que, literalmente, inspira un improbable «humanismo militar», nosotros lo hacemos nuestro retrotrayendo el sentido al origen y al terreno real de las guerras del capital, y reescribiendo esta «guerra en el seno de la población» al plural de nuestras guerras. La población es el campo de batalla en el interior del cual se ejercitan las operaciones contra-insurreccionales de todo tipo que son a la vez, y de manera indiscernible, militares y no militares porque ellas son también portadoras de la nueva identidad de las «guerras sangrientas» y de las «guerras no sangrientas».
    En el fordismo, el estado no garantiza solamente la territorialización estatal del capital, sino también de la guerra. De él resulta que la mundialización no liberará el capital de empresa del estado sin liberar igualmente la guerra cuya continuidad con la economía se mueve a un poder superior, integrando el plan del capital. La guerra desterritorializada ya no es en absoluto la guerra entre estados, sino una continuación ininterrumpida de guerras múltiples con las poblaciones, reenviando definitivamente la «gubernamentalidad» al lado de la gobernanza en una empresa común de negación de las guerras civiles globales. Lo que se gobierna y aquello que permite gobernar son las divisiones que proyectan las guerras en el seno de la población en la posición del contenido real de la biopolítica. Una gubernamentalidad biopolítica de guerra como distribución diferencial de la precariedad y norma de la «vida cotidiana». Justo lo contrario al Gran Relato del nacimiento liberal de la biopolítica que tuvo lugar en un famoso curso del Collège de France entre los años 1970 y 1980.
  1. Profundizando las divisiones, acentuando las polarizaciones de todas las sociedades capitalistas, la economía de la deuda transforma la «guerra civil mundial» (Schmitt, Arendt) en una imbricación de guerras civiles: guerras de clase, guerras neocoloniales contra las «minorías», guerras contra las mujeres, guerras de subjetividad. La matriz de estas guerras civiles es la guerra colonial. Esta última nunca ha sido una guerra entre estados, sino, en esencia, una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no combatientes, entre la economía, la política y los militares nunca son tenidas en cuenta. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de guerra que el capital financiero ha desencadenado a partir de los años 1970, en nombre de un neoliberalismo de combate. Su guerra será a la vez fractal y transversal: fractal, porque produce indefinidamente su invariancia por cambio constante de escala (su «irregularidad» y las «roturas» que introduce se ejercen en diversas escalas de la realidad); y transversal, porque se despliega simultáneamente al nivel macropolítico (jugando con todas las grandes oposiciones duales: clases sociales, blancos y no blancos, hombres y mujeres…) y micropolítica (por engineering molecular privilegiando las interacciones más elevadas/avanzadas). De esta forma puede conjugar los niveles civil y militar en el sur y en el norte del mundo, en los sur y norte de todo el mundo (o casi). Su primera característica es entonces de ser menos una guerra sin distinción que una guerra irregular.
    La máquina de guerra del capital que, al comienzo de los años 1970, ha integrado definitivamente al Estado, la guerra, la ciencia y la tecnología enuncia claramente la estrategia de la mundialización contemporánea: acelerar el final de la demasiado breve historia del reformismo del capital – Full Employment in a Free Society, según el título del libro-manifiesto de Lord Beveridge publicado en 1944 – atacando por todos lados y por todos los medios a las condiciones de realidad de la relación de fuerzas que le había impuesto. Una creatividad infernal será desarrollada por el proyecto político neoliberal para fingir el proporcionar el «mercado» de cualidades sobrehumanas de information processing: el mercado como cyborg final.
  1. La toma de consistencia de los neofascismos a partir de la «crisis» financiera de 2008 constituye un giro en el desarrollo de las guerras en el seno de la población. Sus dimensiones a la vez fractales y transversales asumen una nueva y temible eficacia de división y de polarización. Los nuevos fascismos ponen a prueba todos los recursos de la «máquina de guerra», porque si éste no se identifica necesariamente con el Estado, también puede escapar del control del capital. Mientras que la máquina de guerra de Capital gobierna a través de la diferenciación «inclusiva» de la propiedad y la riqueza, las nuevas máquinas de guerra fascistas funcionan por exclusión a partir de la identidad de raza, de sexo y de nacionalidad. Las dos lógicas parecen incompatibles. En realidad, convergen inexorablemente (cf. la «preferencia nacional») a medida que el estado de urgencia económica y política se instala en el tiempo coercitivo del global flow.
    Si la máquina capitalista continua desconfiando de los nuevos fascismos, no es en razón de sus principios democráticos (¡el capital es ontológicamente antidemocrático!) o de la rule of law, sino porque, a la manera del nazismo, el postfascismo puede tomar su «autonomía» en relación a la máquina de guerra del capital y escapar a su control. ¿No es exactamente esto lo que está surgiendo con los fascismos islamistas? Formados, armados, financiados por los Estados Unidos, están dirigiendo sus armas contra la superpotencia y sus aliados que les habían instrumentalizado. Desde el Occidente del califato y de vuelta, los neonazis de todas las obediencias encarnan la subjetivación suicida del «modo de destrucción» capitalista. Es también la escena final del regreso de lo reprimido colonial: los jihadistas de la generación 2.0 amenazan las metrópolis occidentales como su enemigo más interior. La endocolonización deviene de este modo el modo de conjugación generalizada de la violencia «típica» de la dominación más intensiva que pertenece al capitalismo sobre las poblaciones. En cuanto al proceso de convergencia o de divergencia entre máquinas de guerra capitalista y neofascista, dependerá de la evolución de las guerras civiles en curso, y de los peligros que un eventual proceso revolucionario podría hacer correr a la propiedad privada, y más generalmente al poder del capital.
  1. Prohibiendo reducir el capital y el capitalismo a un sistema o a una estructura, y la economía a una historia de ciclos que se cierran sobre sí mismos, etc., las guerras de clase, de raza, de sexo, de subjetividad cuestionan igualmente en la ciencia y en la tecnología todo principio de autonomía, toda vía real hacia la «complejidad» en una emancipación inventada por la concepción progresista (y hoy en día aceleracionista) del movimiento de la historia.
    Las guerras inyectan continuamente los vínculos estratégicos abiertos en la indeterminación del enfrentamiento, en la incertidumbre del combate vuelve inoperante todo mecanismo de autoregulación (de mercado) o toda regulación por feedback («sistemas hombres-máquinas» abriendo su «complejidad» sobre el futuro). La «apertura» estratégica de la guerra es radicalmente otra que la apertura sistemática de la cibernética, que no ha surgido sin razón de/en la guerra. El capital no es ni estructura, ni sistema, es «máquina», y máquina de guerra de la cual la economía, la política, la tecnología, el estado, los medios de comunicación, etc., no son más que las articulaciones informadas por las relaciones estratégicas. En la definición marxista/marxiana del General Intellect, la máquina de guerra, integrando en su funcionamiento la ciencia, la tecnología, es curiosamente olvidada en beneficio de un poco creíble «comunismo del capital».
  1. El capital no es un modo de producción sin ser al mismo tiempo un modo de destrucción. La acumulación infinita que desplaza continuamente sus límites para volverlos a crear de nuevo es al mismo tiempo destrucción ampliada ilimitada. Las ganancias de productividad y las ganancias de destructividad progresan paralelamente. Se manifiestan en la guerra generalizada que los científicos prefieren denominar más Antropoceno que Capitaloceno, aunque, con toda evidencia, la destrucción de los medio ambientes en y por los cuales vivimos no comienza con el «hombre» y sus necesidades crecientes, sino con el Capital. La «crisis ecológica» no es el resultado de una modernidad y de una humanidad ciega a los efectos negativos del desarrollo tecnológico, sino el «fruto de la voluntad» de ciertos hombres que ejercen una dominación absoluta sobre otros hombres a partir de una estrategia geopolítica mundial de explotación sin límites de todos los recursos humanos y no humanos.
    El capitalismo no es solamente la civilización más asesina de la historia de la humanidad, aquella que ha introducido en nosotros «la vergüenza de ser un hombre», es también la civilización por la cual el trabajo, la ciencia y la técnica han creado, otro privilegio (absoluto) en la historia de la humanidad, la posibilidad de la destrucción (absoluta) de todas las especies y del planeta que las contiene. Mientras tanto, la «complejidad» (del rescate) de la «naturaleza» promete todavía la perspectiva de un hermoso beneficio donde se mezclan la utopía tecno del geoengineering y la realidad de nuevos desarrollos de los «derechos a contaminar». En la confluencia de uno y de otro, el capitaloceno no manda al capitalismo a la luna (él lo devuelve), termina la mercantilización global del planeta haciendo valer sus derechos sobre la que ha sido nombrada con razón troposfera.
  1. La lógica del capital es logística de una valorización infinita. Ella implica la acumulación de un poder que no es simplemente económico por la simple razón que se complican los poderes y saberes estratégicos bajo la fuerza y la debilidad de las clases en lucha a las cuales se les aplica y con las cuales no cesa de explicarse. Foucault remarca que los marxistas ponen su atención sobre el concepto de «clase» en detrimento del concepto de «lucha». El saber sobre la estrategia es también expulsado en beneficio de un proyecto alternativo de pacificación (Tronti propone la versión más épica). ¿Qué es fuerte y qué es débil? ¿De qué manera los fuertes se han hecho débiles, por qué los débiles se han hecho fuertes? ¿Cómo se refuerza a sí mismo y debilita al otro para dominarlo y explotarlo? Es la pista anticapitalista del nietzscheanismo francés que nosotros nos proponemos seguir y reinventar.
  1. El capital sale vencedor de las guerras totales y de la confrontación con la revolución mundial, cuyo 1968 es para nosotros la clave. Desde entonces, no para de ir de victoria en victoria perfeccionando su motor en enfriamiento. Eso prueba que la primera función del poder es la de negar la existencia de guerras civiles borrando hasta su memoria (la pacificación es una política de tierra quemada). Walter Benjamin está ahí para recordarnos que la reactivación de la memoria de las victorias y de las derrotas, de donde los vencedores extraen su dominación, no puede venir de los «vencidos». Problema: los vencidos del 68 están arrojados al agua sucia de las guerras civiles con el viejo bebé leninista, con el fin del «otoño caliente» sellado por el fracaso de la dialéctica del «partido de la autonomía». Entrados en los «años de invierno» bajo el hilo de una segunda Guerra Fría que asegura el triunfo del «pueblo del capitalismo» («Peoples’s Capitalism – This IS America!»), el Fin de la Historia va a tomar el relevo sin detenerse en una guerra del Golfo que «no tiene lugar», excepto una constelación de nuevas guerras, de máquinas revolucionarias o militantes mutantes (Chiapas, Birmingham, Seattle, Washington, Gênes…) y de nuevas derrotas. Las nuevas generaciones de escritores declinan el «pueblo que falta» soñando con el insomnio de procesos destituyentes desgraciadamente reservados a sus amigos.
  1. Vamos al grano, dirigiéndonos a nuestros enemigos. El único objeto de este libro es de hacer entender que, bajo la economía y su «democracia», después de las revoluciones tecnológicas y la «intelectualidad de masas» del General Intellect, existe el «rugido» de las guerras reales en curso en toda su multiplicidad. Una multiplicidad que no está por hacer, sino para deshacer y rehacer para cargar de nuevas posibilidades las «masas en circulación» que son doblemente los sujetos. De lado de las relaciones de poder en tanto que sujetos en la guerra o/y de lado de las relaciones estratégicas que son susceptibles de proyectarlas al rango de sujetos de las guerras, con «sus mutaciones, su cantidad de desterritorialización, sus conexiones, sus precipitaciones». En suma, se tratará de extraer las lecciones de aquello que se nos ha aparecido como el fracaso del pensamiento del 68 del cual nosotros somos los herederos, hasta nuestra incapacidad de pensar y de construir una máquina de guerra colectiva a la altura de la guerra civil desencadenada en nombre del neoliberalismo y del primado absoluto de la economía como política exclusiva del capital. Todo transcurre como si el 68 no hubiera conseguido pensar hasta el final, no su fracaso (hay los Nuevos Filósofos, profesionales del asunto), sino también las razones del orden bélico que ha sabido romper su insistencia en una destrucción continuada, puesta en el infinito presente de las luchas de «resistencia».
  1. No se trata, y sobre todo no se tiene que tratar de terminar con la resistencia, sino con el «teoricismo» satisfecho de un discurso estratégicamente impotente ante lo que nos sucede. Y a aquello que nos sucedió. Porque si los dispositivos de poder son constituyentes a expensas de las relaciones estratégicas y de las guerras que se han llevado a cabo, no pueden ser más, en contra de aquellos, que fenómenos de «resistencia». Con el éxito que conocemos. Graecia docet.

  30 de Julio 2016

 

Post-Scriptum: Este libro está situado bajo el signo de un (imposible) «maestro en política» – o, más exactamente, del adagio althusseriano forjado en un materialismo histórico en el cual nosotros nos reconocemos: «Si queréis conocer un tema, hacedlo en la historia». 68, desviación mayor por relación a las leyes del althusserianismo (y de todo aquello que ellas representan), será el diagrama de escape de un segundo volumen, provisionalmente titulado Capital y guerras. Nos proponemos repetir la investigación sobre la extraña revolución del 68 y sobre sus desarrollos, donde el tren de «la» contra-revolución oculta muchos otros: toda una multiplicidad de contra-revoluciones en forma de restauraciones. Ellas serán analizadas desde el punto de vista de una práctica teórica políticamente «sobredeterminada» por las realidades bélicas del presente. Es en este espíritu que nos arriesgamos a una «lectura sintomática» del Nuevo Espíritu del Capitalismo (cuyas bendiciones descenderán de la «crítica artista» made in 68), del Aceleracionismo (la versión a la vez más up-to-date y la más regresiva del post-operaísmo) y del Realismo especulativo (por lo tanto hemos renunciado a incluirlo en nuestra lectura del Antropoceno).

 

NOTAS

[1] Utilizamos indistintamente «guerra contra las mujeres», «guerra de los sexos» y «guerra de género». Sin entrar en el debate que atraviesa el pensamiento feminista, los conceptos de «mujer», «sexo» y «género» (como «raza», por otro lado) no se refiere a ningún esencialismo sino a la construcción política de la heterosexualidad y el patriarcado como una norma social de control de la reproducción de fuerza de trabajo, la sexualidad y la reproducción de la población, de los cuales la célula familiar es el fundamento. Se trata de una verdadera guerra conducida contra las mujeres a someterse a un régimen de sumisión, dominación y explotación.

Aquellas urnas sumergidas por el sexismo y el racismo

por Judith Butler

Elecciones en EEUU. Un comentario inédito de la filósofa estadounidense sobre la elección a la presidencia de Donald Trump.

Dos son las preguntas que se están planteando los electores estadunidenses que se sitúan a la izquierda del centro. ¿Quiénes son estas personas que han votado por Trump? ¿Y porqué no hemos estado preparados para este epilogo? La palabra «devastación» apenas se acerca a lo que sienten, en este momento, muchas de las personas que conozco.
Evidentemente, no estaba muy claro como de grande sería la rabia contra las élites, o cuál sería el nivel de hastío de los machos blancos contra el feminismo y contra los diversos movimientos para los derechos civiles, cuanto desmoralizadas estarían las amplias capas de la población, a causa de las múltiples formas de desposesión económica, ni como de excitante podría parecer la idea de nuevas formas de aislamiento proteccionistico, de nuevos muros, o de nuevas formas de beligerancia nacionalista. Tal vez no estamos asistiendo a un backlash del fundamentalismo blanco? Debido a que no era bastante obvio?

Al igual que algunas de nuestras amigas inglesas, aquí también hemos adquirido un cierto grado de escepticismo hacia los sondeos. ¿A quién estaban dirigidos, y a quién han dejado? ¿Los entrevistados han dicho la verdad? Es verdad que la gran mayoría de los electores está compuesta por machos blancos y que muchas personas no blancas están excluidas del voto? ¿Por quién está compuesto este electorado enfadado y destructivo que preferiría ser gobernado por un hombre deplorable más que por una mujer? ¿Por quiénes está compuesto este electorado enojado y nihilista que responsabiliza exclusivamente a la candidata demócrata de las devastaciones del neoliberismo y del capitalismo mas desregulado?

Es determinante enfocar nuestra atención en el populismo, de derecha y de izquierda, y en la misoginia – sobre cuanto puede opera en profundidad.

Hillary está identificada como parte del establishment, obviamente. Sin embargo, no debe subestimarse la profunda rabia hacia ella, una rabia contra su persona, que sigue en parte la misoginia y la repulsión que ya resultaba grande para Obama, la cual estaba alimentada por una forma latente de racismo.

Trump ha catalizado la ira profunda contra el feminismo y ha sido considerado como un guardián del orden y la seguridad, en contra de la multiculturalidad – entendida como una amenaza al privilegio blanco – y la inmigración. Y la retórica vacía de una falsa potencia, finalmente ha triunfado, una señal de desesperación que es mucho más penetrante de lo que podemos imaginar.

Lo que estamos viendo es tal vez una reacción de disgusto hacia el primer presidente negro que va de la mano con la rabia, para muchos hombres y algunas mujeres, en cuanto a la posibilidad de que fuese realmente una mujer la que presidiera el país? Para un mundo que le gusta ser llamado cada vez más postracial y post-feminista, no debe ser fácil tomar nota de cómo el sexismo y el racismo presiden los criterios de evaluación y permitan tranquilamente pasar por alto cada objetivo democrático e inclusivo – y todo esto es evidencia de las pasiones sádicas, tristes y destructivas que guían a nuestro país.

Entonces, quienes son aquellas personas que han votado por Trump – pero, sobre todo, quien somos nosotras, que no hemos sido capaces de darnos cuenta de su poder, que no hemos sido capaces de evitarlo, que no queríamos creer que las personas hubiesen votado a un hombre que dice cosas abiertamente racistas y xenófobas, y que además posee un gran historial marcado por los abusos sexuales, por la explotación de quienes han trabajado con él,  por el desprecio hacia la Constitución (sic! ndT), por los migrantes, y que hoy está seriamente intencionado a militarizar, militarizar, militarizar? ¿Pensamos tal vez en estar seguras en nuestras islas de pensamiento de izquierda radical y libertario? ¿O tal vez tenemos una idea demasiado ingenua de la naturaleza humana?
¿Cuáles son las condiciones que hemos de tener en cuenta si el odio mas salvaje y el anhelo de militarización mas desenfrenado logran el consenso de la mayoría?

Claramente, no somos capaces de decir nada sobre esa porción de la población que acudió a las urnas y votaron por él. Pero hay una cosa, sin embargo, que debemos preguntarnos, y es cómo es posible que la democracia parlamentaria haya sido capaz de llevarnos a elegir a un presidente ajeno a la democracia. Hay que prepararse para ser un movimiento de resistencia en lugar de un partido político. Por otra parte, en su sede en Nueva York, esta noche, los partidarios de Trump revelaron, sin ningún tipo de pudor, sus gritos de odio exuberante «We hate Muslims, we hate blacks, we want to take our country back*».

*Odiamos a los musulmanes, odiamos a los negros, queremos recuperar nuestro país.

Fuente: Il Manifesto

#LoiTravail: las estudiantes hablan sobre la “juventud” del movimiento

El texto de las estudiantes de secundaria franceses apareció el 22 de marzo después de la movilización del 17 contra la reforma del mercado laboral del ministro El Khomri.

A fuerza de repetirlo nosotras mismas comenzamos a ser conscientes: juventud quiere decir precariedad. Para la escuela, el trabajo, el amor, la vivienda, la condición económica, la identidad, para cada cosa, en todos los sentidos, somos “precarias”. Es decir, no del todo terminadas, estabilizadas, tranquilas, seguras. Una especie de cerilla en una ventisca. Por lo tanto, es por esto que simpatizan con nosotras, es en nombre de esta decretada fragilidad que hablamos, que tomamos nuestras defensas: con un poco de suerte y esfuerzo, podremos tener un día, el privilegio de volver adultas, integradas, trabajadoras satisfechas.
Y es verdad que, en cierto modo, somos frágiles, manipuladas, explotadas. La escuela, en realidad, no nos han enseñado a defendernos, y aún menos a luchar a solas. Lo que nos ha enseñado es a prepararnos a recoger mierda toda la vida con la cucharita, una vida con sus pequeñas resignaciones, y sus kilos de sueños rotos, su falta cruel de destino. Es verdad que muchas quedan en condiciones precarias. Pero para ser honestas, la “vida normal” que nos hacen entrever es tan emocionante como una nueva versión de la serie V.

Cuando navegamos en las redes sociales o en las paginas de información, vemos fácilmente lo que los viejos piensan de nosotras: nos tienen compasión o nos desprecian. Todavía un “movimiento juvenil”! Se conmueven o se ríen, de todas maneras sería toda una película ya vista. Tal vez o tal vez no. Nosotras tenemos otra intuición, la intuición que la historia retorna, pero no se repite. La intuición de que este gobierno está particularmente asustado y que seguimos, no nos rendimos, no abandonamos las calles. Esta también es la única explicación de la brutalidad desenfrenada de los policías desplegados para evitar una asamblea general en Tolbiac. Y no, Valls no tiene miedo de la CGT* y de los trabajadores que marchan en silencio. Lo que teme son todos esas jóvenes a las que todos desprecian porque sabe que, al final, tal vez nos cansaremos pero no nos dejaremos comprar por falsas promesas o un futuro bajo anestésicos. No son completamente estúpidos en las oficinas ministeriales, saben bien que no tenemos mucho para perder y que no será fácil hacernos creer en su futuro brillante.

Estamos realmente en el corazón de esta paradoja: es porque no valemos mucho para esta sociedad que de alguna manera estamos liberadas de ella. No hemos apostado ni un duro en este mundo, entonces no es necesario hacer el avestruz, mientras que esto se hunde. Si lo pensáis no luchamos contra la precariedad, sino a partir de la precariedad.
Por lo tanto habrá que decir a todas estas personas que se preocupan de nosotras y por nosotras: no tenemos miedo del futuro, es vuestro futuro el que tiene miedo de nosotras. No tenemos miedo de la calle, del cambio, de la revuelta. No tenemos miedo de perder nuestro trabajo o nuestra referencias, nuestros privilegios y nuestro pequeño consuelo. Pasamos completamente de vuestro mundo, lo que queremos es intentar algo, algo nuevo, inaudito, inverosímil. Y vosotros no vais a hacernos creer que el resultado podría ser peor del mierdero que nos habéis dejado. “¿Pero que proponéis?” Meteros en el culo esta pregunta. Para vosotros, tendríamos que ser no solo jóvenes y estúpidas, sino también “jóvenes con propuestas”. La vida no es un vídeo para las presidenciales, no proponemos nada, invitamos a la agitación, la sublevación, la insurrección. Ideas tenemos y tendremos, y esto nos va genial porque moriréis mucho antes que nosotras.

La cuestión no es la de tener 16, 30 o 77 años. Tenemos que dejar de creer que la juventud es una fase de transición. No se es jóvenes y luego, más tarde, viejas. No se es viejas porque se ha sido jóvenes. La juventud es lo opuesto a dejarse ir: es partir al asalto del mundo, incluso cuando se trata de derrocarlo.

La ley El Khomri es quizás una excusa – una excusa que nos faltaba – para salir a la calle, ocupando los edificios públicos, encontrarse y decidir juntas. Sabemos todas que si no lo hacemos ahora, si carecemos de audacia y valentía, la vuelta a la normalidad será aún más brutal: la vida de mierda y las elecciones 2017 de mierda. Intentemos menos producir un movimiento de jóvenes que pensar en la juventud del movimiento. Es decir, darle la oportunidad de no ser lo que han sido los movimientos antecedentes. Permitirle de ser imprevisible. Démosle la oportunidad de no repetir lo que ha hecho la generación anterior. Miremos a la revuelta. De los 7 a los 77 años.

* https://es.wikipedia.org/wiki/Confederaci%C3%B3n_General_del_Trabajo_(Francia)

Fuente: lundi.am

Piel negra. Poder blanco. Dallas, Baton Rouge y las cenizas del mito “post-racial”

Por Miguel Mellino

Dallas y Baton Rouge están dando el golpe decisivo a la era Obama. La era del primer presidente negro de uno de los estados más racistas que el capitalismo y el colonialismo moderno han producido en la historia, está acabando de la única manera en la cual podía acabar. Difícil encontrar otro ejemplo en la historia reciente – a parte quizás el de J. F. Kennedy – en la cual los discursos a través de los que el poder tiende a legitimarse son tan distantes de su efectiva constitución material. Acogida en 2008 como la expresión de una necesidad colectiva de discontinuidad respecto a las previas administraciones teo-con, también desde buena parte de la izquierda radical global, la era Obama ha demostrado totalmente otro posicionamiento respecto a tal espera: a nivel tanto de política nacional que la política exterior.

El complejo “militar-financiario-neoliberal”

Desde el punto de vista económico, más que encorajar políticas anti-ciclicas frente a la crisis del 2007 – la cual lógica más perversamente depredadora tuvo como objeto  los negros pobres de EE.UU., ulteriormente expropiados por los créditos subprime – la era Obama ha sido caracterizada por la promoción de medidas finalizadas no solo a mantener, sino a reforzar la estructura neoliberal del actual orden financiero global. En la era Obama, lo que Peter Gowan ha llamado en su The Global Gamble (1999) el conjunto “FMI-Wall Street-Señoria del dolar” – es decir   la estructura material del neoliberalismo como dispositivo global de gobierno – seguramente se ha reforzado después de la crisis de 2007. También los últimos episodios de esta saga hablan claro: piense en la promoción activa y directa por parte de Obama mismo, en sus últimos viajes oficiales, del TTIP (Transatlantic Trade and Investement Partnership), un tratado que derrumbaría las última barrera para una entrega total del mundo a la soberanía de las multinacionales y la economía financiera, pero también en su apoyo explicito al Remain en el referéndum británico, es decir una elección proclamada sobre todo en la continuidad del actual poder financiero europeo basado en el papel estratégico de la City londinense en el interior del actual modo de acumulación neoliberal global.

Tampoco desde el punto de vista geopolítico no ha habido ninguna ruptura con las administraciones conservadoras anteriores. La “mitológica” retirada de EEUU en Iraq y Afghanistan, lanzada en 2008 como parte del proyecto “Obama Hope”, se ha vuelto en su contra, en la decisión de mantener los marines en estas zonas de guerra a “tiempo indefinido”. Los discursos de los inicios a favor de un “pacifismo multilateral” se han acompañado de intervenciones directas e indirectas a favor de nuevas “guerras permanentes” y nuevas balcanizaciones de estados no del todo “alineados”  al orden internacional, como en el caso de Libia, Ucraina y Siria. Pasando por la asfixia de los así llamados países emergentes (BRICS) efectuada a través de un acuerdo deliberado con los sauditas a favor de un fuerte aumento de la producción de petroleo, el  único objetivo del cual ha sido el de hacer caer el precio internacional del crudo. Se trata de una estrategia que ha metido en problemas no sólo a países como Rusia y China (tradicionales estados canallas), sino también la Bolivia de Morales, el Ecuador de Correa y la Venezuela de Maduro. Es en este contexto que se debe ubicar el apoyo de Obama – con una visita oficial en Marzo – al neoliberalismo despiadado de Macri en Argentina y la deriva reaccionaria y conservadora en Brasil después del impeachment del controvertido gobierno de Dilma Roussef. Mas allá de los juicios que se puedan tener sobre los diferentes gobiernos “post-neoliberales” de  América Latina, los cuales, los límites de clase, si se quiere, están claramente en la base de su progresivo debilitamiento interno, no se puede negar que la era Obama haya conspirado desde el inicio contra el así llamado “regreso a la izquierda” de esta parte del mundo: aquí es suficiente recordar el apoyo explicito al golpe contra Zelaya en Honduras de 2008 y contra Lugo en Paraguay de 2012.

El complejo “militar-penitenciario-racial”

Pero si es cierto que en la era Obama el conjunto “militar-financiero-neoliberal”global se ha  reforzado progresivamente, es además cierto que también a partir de Angela Davis lo que podemos llamar el conjunto “militar-penitenciario-racial” interno indudablemente no está más debilitado. Aquí también se puede observar la misma tipología perversa de “blackwashing”, por así decirlo: los discursos sobre el inicio de una condición finalmente “post-racial” en los EE.UU., de una democracia  finalmente libre de las jerarquías de la raza y de la “linea del color”, han funcionado como un siniestro contrapunto de la marcha inestancable del “estado penal” neoliberal. La celebración de una “condición post-racial” – sellada por la puesta en discurso de la elección de un presidente “negro” en el país de las plantaciones, del Ku Klux Klan, de los linchamientos de los negros, de las violaciones sistemáticas de las esclavas negras, de las leyes Jim Crow – ha sido la banda sonora de una singular “tecnología racista de gobierno” emergida junto al proceso de reestructuración neoliberal y basada en la represión militarizada de los territorios, el encarcelamiento y el abandono de masas, el recurso al racial profiling y el homicidio de estado entre negros pobres y excluidos.

No se dejen engañar los significados literales vehiculados por la palabra “post-racial”. Lo que muestran los hechos, es decir la continua producción institucional de los negros pobres como “grupo sujeto a muerte prematura”, por decirlo como Ruth Gilmore, es que el discurso “post-racial” a través el cual continua a interpelarnos todavía la era Obama, no es más que la condensación fetichista o el suplemento ideológico de una nueva y más perversa forma de racismo. Es cuanto afirma, por ejemplo, David Theo Goldberg, notable estudioso del racismo moderno, en su Are we all Post-racial yet? (2012). Según Goldberg, la especificidad del orden del discurso “post-racial” no está tanto en volver innombrable la raza en el lenguaje ordinario o en volverla “invisible” como fenómeno social, cuanto en su negar de manera continua y obsesiva la dimensión estructural-material del racismo en la sociedad americana. El discurso “post-racial” niega el racismo como “constitución material”, es decir como dispositivo (simbólico y material) a la base de la producción de la relaciones entre las clases y por lo tanto de la jerarquización de la ciudadanía. En términos marxistas, se puede decir que el discurso “post-racial”, construyendo las “razas” como fenómenos escindidos de las condiciones materiales de su producción, opera a través de una especie de fetichización de la raza y del racismo. Es en esta manera que, paradójicamente, el discurso “post-racial” acaba por ontologizar – esencializar – aquellas mismas “razas” de las cuales niega la existencia; es así que fenomenos sociales que son claramente el producto del racismo como dispositivo estructural de producción de la sociedad – por ejemplo, el alto porcentaje de negros entre pobres, excluidos, desempleados, población carcelaria, etc. – acaban por aparecer como el producto de una manera de vivir “equivocada”, de una cierta patología cultural, o de un simple déficit de “instrucción”, “educación” o “inteligencia” personal. El discurso “post-racial”, por decirlo en los términos de Fanon, pone el racismo del lado del ontogenesis en lugar de la sociogenesis.

Negando la dimensión público-material del racismo, por tanto, el discurso “post-racial” funciona como un dispositivo (racista) de naturalización de las desigualdades, cuyo efecto principal es justo aquel de convertir la raza y todo lo que ella implica un componente natural (o presocial) de la sociedad. Desde el interior de este discurso, los procesos de racialización, entendidos como la distribución de jerarquías y privilegios según la pertenencia a ciertos grupos y clases, no aparecen más como algo “adscriptivo”, como un producto activo de la interacción entre estado (instituciones) y capital, sino como un simple y neutral “amalgama” social originado por el libre juego entre sujetos, el desarrollo de lo que podemos llamar la “mano invisible” de la sociedad.

Desde este punto de vista, es sintomático que en los casos de Dallas y Baton Rouge se ha empezado a hablar de “odio racial” o de “guerra racial” sólo cuando los negros han disparado a los policias y no viceversa; movilizadas solamente en referencia al actuar de los negros, expresiones como “odio racial” o “guerra racial” acaban por poner “blancos” y “negros” al mismo nivel, como si las relaciones de poder fueran aun aquí “simétricas” y “equivalentes”; y como si el conflicto (racial) fuese generado por una especie de “natural” y reciproca intolerancia: más de esto que de un cierto sentido común entiende por “xenofobia” (fenómeno neutro, universal, inherente a la misma condición humana) que del racismo como sistema histórico de dominio de los blancos sobre los negros. Esta particular narración de los hechos además nos muestra que en el interior del discurso “post-racial” es a menudo el “negro” (o “latino”, o “musulmán”, y ciertamente no es ni el blanco ni tampoco el sistema) el portador del elemento “racial”, y últimamente, también del racismo, si como nos recuerda todavía Goldberg, uno de los aspectos más destacados de la condición o del discurso “post-racial” es que los que son acusados de “actitudes racistas” son cada vez más aquellos que históricamente han sufrido el racismo en lugar de sus verdaderos partidarios o promotores. En consecuencia, se puede decir que una de las finalidades fundamentales del discurso “post-racial” es volver “invisible” la whiteness (por que vuelve “neutra”) a través de la hiper visibilización de los otros – el “negro”, el “latino” – en clave “racial”.

De estas consideraciones se puede inferir otro de los efectos más perversos del discurso “post-racial”: en su negación de la raza y del racismo como dispositivos materiales aún a la obra en el ejercicio del poder en la sociedad americana, eso desata el pasado del presente dejando los sujetos “libres” de vender en el mercado, o de meter a trabajar, la propia “diferencia” (quizás racial, pero ciertamente no producida por el racismo). Dicho de otra manera, el discurso “post-racial” trabaja en el olvido de la historia, de aquellas mismas condiciones históricas – el capitalismo colonial, la esclavitud –  que han consentido la formación de las jerarquías y los privilegios raciales. Es el olvido de esta historia a consentir, de manera totalmente perversa, una proliferación “libre” y “sin culpas” de discursos y practicas racistas, porque, como es evidente, no vienen reconocidas como tales. Además, eliminando el racismo del discurso público sin la eliminación de estructuras materiales en las cuales se establece históricamente la supremacía de la whiteness, el discurso “post-racial” acaba por inscribir en la piel sólo las verdades producidas socialmente por el “capitalismo racial”, por usar la expresión conocida de Robinson Cedric en Black Marxism (1983). En resumen: la neutralización de la dimensión material de la historia y la privatización de las cuestiones de raza y racismo (atribuyéndole a la esfera privada y no pública), el discurso “post-racial” ha llegado cada vez más a ser visto como un elemento necesario y constitutivo de la razón del gobierno neoliberal. Más: el aumento significativo de la desigualdad entre las clases, la ruptura radical de raza y clase en el cuerpo social causada por el desarrollo del neoliberalismo ha encontrado en el discurso “post-racial” uno de sus elementos centrales de recomposición ideológica.

Piel negra. Poder blanco.

La era Obama, por lo tanto, propone de una manera infinitamente más perversa la famosa citación de Fanon: Piel Negra. Poder blanco. El discurso “post-racial”, la celebración de una supuesta condición social de “color blindness“, fue parte de la respuesta del capitalismo racial estadounidense a la lucha del movimiento por los derechos civiles y la radicalización de la cuestión negra expresada por el “black power” en los setenta. Este nuevo dispositivo racista osciló entre la negación del racismo como una dimensión histórico-material del capitalismo estadounidense y la mercantilización/poner a trabajar todas las expresiones tradicionales de la blackness. Alguien, sin embargo, sostiene que el aumento racista que está caracterizando el final de la era de Obama es parte de la respuesta del poder blanco a la elección de un presidente negro, un intento de dar una siniestra y definitiva marca histórica sobre este período singular en la historia de EE.UU. El hecho no cambia: Dallas y Baton Rouge quizá han demostrado que algunos de los negros – los más pobres y marginados – cansados de ser sometidos de forma pasiva el mito cada vez más grotesco de la integración “post-racial” en curso. Un mito que se vende en diferentes maneras, cabe recordar, incluso por parte de la élite negra. Esta reacción podría ser la única noticia real de lo que ha sucedido en los últimos días, aunque todavía es pronto para decirlo. En el movimiento Black Lives Matter la discusión sobre cómo reelaborar de manera efectiva su propuesta y como de organizar políticamente la rabia generalizada sigue y las interpretaciones de los eventos no son de ninguna manera homogéneas.Lo que es cierto es que la violencia es “post-racial” de la policía y las absoluciones comunes de los agentes imputados vuelven la situación cada vez más enervante.

Fuente: Commonware

¿Quiénes somos “nosotras” después de Orlando?

Por Jack Halberstam

En una reciente reacción a los tiroteos de gays latinos y otros en el local nocturno Pulse en Orlando, Florida, el 12 de junio, The Atlantic publicó un artículo afirmando que la violencia contra la gente LGBT en los Estados Unidos era demasiado común y que era incluso más común que la violencia dirigida contra otras minorías. El argumento principal de este artículo fue repetido cuatro días después en The New York Times bajo el titular “El colectivo L.G.B.T. tienen más probabilidades de ser objetivo de crímenes de odio que cualquier otro grupo minoritario”. Ambos artículos citaban la misma fuente, concretamente una investigación dirigida por el Southern Poverty Law Center, y ambos citaban al mismo investigador veterano, Mark Potok. En el artículo que aparecía en The Atlantic Potok es citado diciendo: “El colectivo LGBT tienen el doble de posibilidades de ser objeto de crímenes violentos de odio que los judíos o la gente de color”.

¡Esta es una declaración interesante en cuanto presupone que el colectivo LGBT no son ni judíos ni gente de color y que los asesinos eligen a sus víctimas sobre la base de un único aspecto de odio! También crea una jerarquía engañosa de violencia dentro de la cual la gente blanca dentro del colectivo LGBT son vistos como más vulnerables que otros grupos minoritarios. Este tipo de declaraciones que circulan ampliamente, apoyan una expresión generalizada de la vulnerabilidad del colectivo LGBT que aparece en plataformas de medios de comunicación, Facebook y Twitter, después de los asesinatos. Pero estas matanzas fueron muy específicas y en tanto nuevas expresiones materiales de la relación torturada que Omar Mateen tenía con su propia sexualidad, queremos desafiar este sentido de una amenaza homofóbica amorfa que separa violencia homófoba de las expresiones convulsas y particulares de odio racial.

Ambos artículos sobre los crímenes de odio esconden detalles demográficamente contradictorios hacia el final de sus reportajes sobre los ataques contra el colectivo LGBT. En The New York Times, por ejemplo, una gráfica que representa la distribución de la violencia contra el colectivo LGBT sobre la raza y la clase cuenta una historia diferente al titular sensacionalista. Si se ordena por raza, las gráficas revelan que, en palabras del reportero, “la gran mayoría de aquellos que fueron asesinados eran negros y transexuales”. Y las gráficas muestran que, incluso entre aquellos que no fueron asesinados, la gente LGBT que fueron víctimas más a menudo de crímenes de odio fueron gente de color.

Obviamente, el tiroteo de 49 personas en un club gay en una noche dirigida a los hombres gays latinos sacude a todas las comunidades LGBT hasta sus cimientos y nos recuerda otros ataques violentos y llenos de odio en otros clubes en las últimas décadas. En otros clubes gays, en otras noches, otros cuerpos han sido víctimas de las masculinidades tóxicas que imaginan la violencia como la solución a los movimientos en el status quo que podrían sacudir las jerarquías del sexo y el género. Pero esta noche, en este club, el objetivo de la masculinidad profundamente conflictiva, narcisista, militarista y alimentada de esteroides fue un grupo compuesto mayoritariamente por hombres gays y latinos.

Justin Torres evocó la escena en The Pulse aquella noche en un precioso ensayo ofrecido como tributo a los asesinados y titulado “En elogio a la noche latina en el club gay”:

Tal vez tu madre te bendijo mientras salías de casa. Tal vez te dejó comida en el frigorífico para que no le hicieras un desastre la cocina cuando llegaras a casa hambriento. Tal vez tu tía te llevó en coche y te dio dinero para volver a casa en taxi. Tal vez tuviste que buscar a una canguro. Tal vez, todavía no has salido del armario definitivamente para tu familia o tal vez tu familia te echó de casa hace algunos años. Olvídalo, sobreviviste… Tal vez tu culo medio latino ni siquiera habla español; tal vez apenas hablas inglés. Tal vez no tienes papeles.

Con cuidado y ternura, Torres sitúa a las víctimas de la masacre de Orlando no como un grupo unido de víctimas gays sino como un grupo felizmente desordenado de gays latinos con diferentes relaciones con la raza, el lenguaje, la clase, la ciudadanía, la familia y el parentesco. Usando la forma de segunda persona como destinatario -“tal vez no tienes papeles”- Torres habla a los muertos más que a los que están alrededor de ellos, sobre ellos, a través de ellos. Habla a los muertos, reconociendo las diferencias entre ellos y con respecto a la cultura que también a menudo les amenaza, les excluye, les explota o los ignora, y Torres sitúa a los asiduos al club en relación con la vida nocturna, con Orlando, en la relación entre ellos y las comunidades LGBT más grandes. En el párrafo siguiente, Torres describe lo que hay fuera del club -cristianos, Trump, exclusión, racismo- y entonces dibuja una línea mágica alrededor del club que lo señala como un lugar seguro para la gente que evidentemente no está segura en otro lugar en la cultura. De vuelta a la realidad, Torres recuerda la pérdida, la lucha continúa, pero aquí, en el club tú creces, bailas, vives: “No viniste aquí para ser un mártir, viniste a vivir, papi. A vivir, mamacita. A vivir, hijos. A vivir, mariposas”.

La preciosa canción de Torres a las mariposas caídas reconoce la belleza y la fragilidad de esta comunidad y sitúa esa fragilidad en relación a los múltiples vectores de violencia que existen fuera del club y que siempre amenazan con llevarla adentro. Algunos de esos violadores llegarán en forma de hombres inestables con armas, algunos vendrán en la forma de la policía de inmigración o de la seguridad nacional, algunos llegarán y llegaron en forma de policía y otros llegarán en forma de gente blanca LGBT que ve esta violación como propia e incorpora este crimen a una narrativa general de violencia anti gay.

Christina Hanhardt ha escrito extensamente sobre la especificidad de las manifestaciones en contra de la violencia en las comunidades LGBT y sobre los modos en los cuales algunas de esas reclamaciones llevan a aumentar la presencia policial en las comunidades LGBT y a incrementar la vigilancia de las comunidades de color. En un resumen de su posición en The Scholar and Feminist Online (S&F Online), Hanhardt identifica el rol de gentrificación de las comunidades de hombres gays dentro del panorama neoliberal y urbano posterior al estado del bienestar. Los gentrificadores gays y lesbianas, explica, a menudo “han sido saludados como el remedio a los problemas urbanos”. Y así, demasiado a menudo, las poblaciones urbanas de gays blancos sustituyen a las comunidades pobres y de color y se convierten en lugares de inversión. Escribe:

Un punto central en la historia del activismo LGBT, en la cual los temas de la violencia y la seguridad han sido tan importantes, ha sido el cálculo del riesgo: el riesgo de violencia asociado con la vulnerabilidad gay que pide iniciativas contra el crimen así como el riesgo de pérdida de beneficio relacionado con la especulación inmobiliaria. Un resultado ha sido redefinir la identidad gay normativa como identidad amenazada por aquellos considerados “criminales” (en particular, los pobres de color), mientras se buscan soluciones en negociaciones sobre el riesgo, incluyendo auto-regulación y mercados financieros abiertos.

En otras palabras, los proyectos de desarrollo urbano dependen de y estimulan a la clase gay creativa, y a menudo blanca, mientras que desplazan y amenazan a las comunidades pobres de color. Una por una, las comunidades blancas LGBT se pueden imaginar a sí mismas como parte de la nación y de su prosperidad mientras que las comunidades gays de color son situadas como lugares de crimen, ilegalidad y protestas culturales.

Dadas las diferentes historias de las poblaciones urbanas blancas LGBT y de las comunidades de color LGBT en relación al espacio, la propiedad, la vigilancia policial y el peligro, podríamos preguntarnos quienes somos “nosotras” después de Orlando. ¿El ataque a estos cuerpos marrones refleja una vulnerabilidad más generalizada experimentada por las comunidades LGBT en general? ¿Hay, de hecho, algún tipo de conexión entre la vulnerabilidad de las comunidades blancas LGBT y la homofobia y la violencia actual que las comunidades de color LGBT afrontan dentro del clima actual de caos anti-inmigrantes, anti-negros, pro-bancos, pro-negocios y de libre mercado?

Después de Orlando, podría ser el momento de romper la fantasía del monolito LGBT no en favor de unas cada vez más precisas calibraciones de la identidad sino en nombre de la necesidad urgente de confrontar la violencia estatal si es expresada a través de un régimen de seguridad que trabaja bien en nombre de los banqueros y políticos pero en absoluto en nombre de la gente pobre y de color, o si llega en la forma de estrategias de incorporación dirigidas a los gays privilegiados o el incremento de la vigilancia policial dirigida a los gays de color. Mientras que el matrimonio gay rápidamente está siendo presentado como la motivación para el incremento de la actividad de los crímenes de odio hacia homosexuales- el NYT sugirió que “irónicamente, parte de la razón de la violencia contra el colectivo L.G.B.T. podría tener que ver con una actitud de más aceptación hacia los gays y lesbianas durante las últimas décadas, según gente que estudia crímenes de odio”- un mejor modo de entender el matrimonio gay es como parte y parcela de una lógica de incorporación en la cual la oposición es engullida y convertida en más de lo mismo.

En tanto los LGBT blancos de clase media celebran su acceso a las formas sociales normativas y están de acuerdo en pagar el precio por tal aceptación consintiendo nuevas formas de exclusión violenta, ellos/nosotras no podemos declarar simultáneamente ser los más vulnerables de los vulnerables, las víctimas más victimizadas, los que más necesitan refugio, protección y asilo. Orlando me mostró al menos que el estado de seguridad en el que vivimos, con sus valores basados en la segunda enmienda y sus formulaciones crudas y estridentes de “nosotras” y “ellos”, necesita ser argumentado con conversaciones peligrosas, intrincadas y complejas sobre quienes somos “nosotras” y en qué queremos convertirnos “nosotras”.

Para Torres, Orlando nos pone frente a frente con el poder transformador de la noche latina en el club gay: “El único imperativo es ser transformada, transfigurada en la luz de la discoteca”. De un modo similar, Orlando nos trae a Jose Muñoz conjurando sobre la utopía gay como “un tipo de exceso afectivo que presenta la fuerza que posibilita el porvenir que mira hacia el mañana”. Orlando no es un “nosotras” generalizado y no específico. Es un “tú” claramente puesto en pie, bailando, viviendo y muriendo en la madrugada, en un espacio en el borde más alejado de la comunidad, en la orilla del porvenir que mira hacia el mañana en el que otros mundos podrán y llegarán a ser.

Fuente: Bully Bloggers

Vencer a la desafección

En los tiempos de la gobernanza neoliberal la democracia se reduce a una simple formalidad para la aplicación de medidas al servicio de organismos supranacionales como, por ejemplo, el FMI, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea o el Eurogrupo. Lo que importa no es quien gobierna, lo ha confirmado el referendum griego de julio 2015 y lo confirma la mitad de la población del Estado español que no ha asistido a la cita electoral y ha preferido quedarse en casa o dedicarse a otra cosa – y también parcialmente la victoria del primer partido ganador de las dos últimas elecciones. Hoy quien no vota expresa el mismo rechazo que quien vota en contra, para nosotras éticamente hablando es lo mismo. Es más que evidente que la desafección no es, en sí, una amenaza para las clases dominantes. Prefieren democracias reducidas a la expresión de una pluralidad manejable de voces contrapuestas. Antes el voto se planteaba como sustituto de la lucha en los movimientos sociales. Hoy, con las calles prácticamente vacías, es una expresión del rechazo como otra.

No pretendemos dar explicaciones del porqué ha vuelto a ganar el verdadero partido de “clase”. Para nosotras, lo necesario es prepararse para lo que viene. Existe una distancia creciente entre la clase media con miedo al empobrecimiento y la clase pobre. Estos días, las redes sociales arden con expresiones de frustración alienada y autodestructiva. Frases como “país de mierda lleno de subnormales” o “somos unos pringaos ignorantes” que nos recuerdan a los apodos que se les ha dado a los votantes que apoyaron el Brexit en Inglaterra, que se articulan sobre la creencia en una clase iluminada y una plebe irracional incapaz de discutir civilizadamente los argumentos expuestos en los hilos de Facebook y los artículos publicados en los medios digitales progresistas.

Hoy más que nunca, en cada comicio europeo, asistimos a la multiplicación de las valoraciones morales de quien no se ve reflejado en la opción mayoritaria. La soberbia de algunos comentarios aumentan el aislamiento, relegando la alienación que acompaña a la pobreza a ocupar un lugar oscuro, donde fácilmente encuentra refugio en la alucinación colectiva del nacionalismo o incluso del odio. Desde esa oscuridad, el miedo a un ataque desde el exterior empuja hacia el nacional-socialismo, como está sucediendo en varios países del este de Europa, en Grecia o en Francia antes de las extraordinarias movilizaciones contra la Loi Travail et son monde.

No es casual que en la política contemporánea, donde los procesos de integración alejan los centros de control directo de las decisiones políticas de los votantes, las instancias soberanistas y referendarias se unan a las nacionalistas, como si para reclamar la soberanía “usurpada” fuera necesario ejercerla inmediatamente y volver a establecer el límite natural, el del Estado. Esta dinámica, que todavía está emergiendo en casi todas partes como una solución de compromiso entre la democracia y la integración, es especialmente explosiva en Europa no porque las instituciones europeas sean burocráticas e ineficientes, sino debido a que pretenden representar una forma de unión política supranacional. Quienes lamentan este déficit democrático de la UE son los federalistas, por lo que no puede haber una verdadera política común sin una soberanía común. Los nacionalistas, en su lugar, acusan a Bruselas exactamente de lo contrario: de transformar la UE en un superestado artificial, que los procesos (en realidad intermitentes) de integración política e institucional constituyen una amenaza para la libertad y la prosperidad de las naciones. Las dos posturas son los dos reflejos del mismo espejismo.

Entonces ni el Estado capitalista del libre mercado y la propiedad privada, ni el Estado socialista y el monopolio de la propiedad pública de un pasado que afortunadamente no volverá, ni tampoco el de otras ideologías producidas como reacción a la supuesta ausencia de democracia como el independentismo “a prescindir”: las tres opciones son proyectos institucionales al servicio de la propiedad mediante la expropiación y la explotación de lo común. No estamos en contra de la independencia por estar en contra de la liberación de los pueblos oprimidos, sino porque no existen las condiciones materiales objetivas para producir una independencia política en este contexto. Tampoco se trata de estar o no en el euro o la UE, a pesar de que ninguna de estas decisiones pueden ser tomadas por vías democráticas o plebiscitarias. Si hay capitalismo no hay independencia y si queremos independencia hay que deshacerse del capitalismo.

Dejemos de quejarnos de la gente, de lo que hace o de lo que deja de hacer. Aunque resulte cómodo – incluso terapéutico – atribuir la responsabilidad a la composición social, no deja de ser efímero cuando no, contraproducente. Identifiquemos nuestras insuficiencias y asumamos nuestros límites. Habrá que repensar lo que abrió el 15M como un desbordamiento de la sociedad no traducible en la lógica de los partidos políticos, ni en la tristeza de un espectáculo forzado y la simplificación por defecto de toda la complejidad social. Pensemos cómo sonreír juntas de verdad, no para las cámaras de los platós de televisión, ni por la ridiculización de un líder en las redes sociales. Aprendamos como interpelar a la realidad, tomémonos en serio finalmente nuestra alegría y nuestra capacidad de acción y organicémonos para volver a sentirnos más felices que en las plazas del 15M. Porque no hay alegría sin lucha y no hay lucha sin organización.

Antes del próximo rescate, saboteemos las instituciones que están al servicio de la Troika bloqueando la economía.

El mal Inglés

por Franco Berardi Bifo*

No creía en el Brexit, pensaba que solo un pueblo de borrachos podría decidir una catástrofe autodestructiva de este tipo. Me olvidaba de que los ingleses son, de hecho, un pueblo de borrachos. Bromeo, naturalmente, ya que no creo en la existencia de los pueblos. Pero creo en la lucha de clases, y la decisión de los trabajadores ingleses de hundir definitivamente la Unión Europea es un acto de desesperación que sigue a la violencia del ataque financiero que hace años empobrece a los trabajadores de todo el continente y de esa isla del carajo.

Desgraciadamente los trabajadores ingleses que votaron masivamente por Brexit han cometido un error colosal, como suele sucederles a quienes, debido al empobrecimiento material y psíquico, han perdido el bien del intelecto. Es cierto que la Unión europea se ha vuelto en nuestro tiempo un monstruo neoliberal pero el origen de la demecia neoliberal, que ha destruido a Europa y que arrasa el mundo entero desde hace cuarenta años estuvo en el país de Margaret Thatcher. No es Inglaterra quien debe salir de la Unión Europea sino la Unión europea la que debería salir de Inglaterra. Lamentablemente, ya es tarde para hacerlo, porque la Unión europea, luego de haber contraído el mal inglés, está actualmente reducida a ser un dispositivo de empobrecimiento de la sociedad, precarización del trabajo y concentración del poder en las manos del sistema bancario. Gran parte de las motivaciones que han llevado a los trabajadores ingleses a votar por Brexit son comprensibles.

Pero el problema no está en las razones, el problema está en las consecuencias.
La Unión Europea hace tiempo que no existe, al menos desde julio de 2015, cuando Syriza fue humillada y el pueblo griego fue definitivamente sometido.
¿Necesitamos quizás una Europa más política, como repiten ritualmente las izquierdas al servicio de los bancos? Hace años que creemos en el cuento de hadas de una Europa que debe volverse más política y más democrática, pero desde Maastricht, contraído el mal Inglés, la Unión Europea se ha convertido en una trampa financista.

Un artículo de Paolo Rumiz (“Come i Balcani”) publicado el pasado 23 en La Repubblica dice algo que desde hace algún tiempo me parecía claro: el futuro de Europa es la Yugoslavia de 1992. Rumiz lo dice bien, solo que olvida el rol que el Deutsche Bank tuvo en el empujón que se le dio a los yugoslavos hacia la guerra civil (algo para lo que Wojtila también hizo su parte).

Ahora creo que debemos decirlo sin eufemismos: el futuro de Europa es la guerra. Su presente es la guerra contra los migrantes que ya ha costado decenas de miles de muertos y una cantidad incalculable de violencia. Quizás suene un poco antiguo, pero al menos para mí sigue siendo cierto que el capitalismo trae la guerra como la nube trae la tempestad.

¿Qué se hace en estos casos? ¿Se detiene la guerra imponiendo los intereses de la sociedad sobre los de las finanzas? Naturalmente que sí, cuando esto es posible. Pero hoy detener la guerra no es posible porque la guerra ya está en marcha, aunque hasta el momento los muertos sean decenas de miles de migrantes en un Mediterráneo en el que el agua salada ha sustituido al Zyklon B.

Los movimientos han sido destruidos uno tras otro. ¿Entonces? Entonces se pasa a la otra parte del adagio leniniano (señalo a quien le quede alguna duda que nunca he sido leninista y no pretendo ahora convertirme en uno).
Se transforma la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.

¿Qué quiere decir esto? No lo sé, y nadie puede hoy saberlo. Pero en los próximos años creo que vamos a tener que pensar únicamente en esto. No en cómo salvar la UE, que se la lleve el diablo. No en cómo salvar la democracia que jamás ha existido. Sino en cómo transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Pacífica y sin armas, si es posible. Guerra de los saberes autónomos contra el control y la privatización.

En conclusión, no llevo luto porque los ingleses se van. Llevé luto cuando los griegos han sido obligados a permanecer bajo las condiciones que se le han impuesto (¿y ahora qué será de ellos?).
Cien años después de Octubre, creo que nuestra tarea es preguntarnos ¿qué quiere decir Octubre en la era de Internet, del trabajo cognitivo y precario?
El precipicio que tenemos por delante es el lugar en el que tenemos que pensar en esto.

* Este articulo es la revisión del autor a un articulo anterior traducido por Lobo Suelto

Volvemos a empezar por el método

por Commonware

Publicamos la traducción al español de un extracto de este editorial porque señala unos elementos para entender la fase y un análisis para salir del impasse del gueto y la “nueva política”.

0. Derrotar al pensamiento de la derrota: esto es la primera tarea política de la fase. ¿Qué es el pensamiento de la derrota? Es la asunción de la imposibilidad de transformar el estado de cosas presente, es la aceptación de un papel marginal, de hecho es levantar una bandera blanca mientras que ideológicamente se agita una bandera roja.
El pensamiento de la derrota puede asumir dos formas, opuestas y especulares: por un lado la guetización en el testimonio identitario, por el otro el oportunismo de quien dice “basta de perder” y entonces salta en el carro de los ganadores, o supuesto como tales. Cambiando el orden de los factores, el resultado no cambia: la impotencia. Un círculo vicioso, tal impotencia vuelve la justificación de la propia ritualidad sin acción, o de su propio interés institucional – cuando luego esto se traduce en los aficionados de los candidatos exóticos, en listas de pocos votos o en el enésimo anuncio de la “nueva izquierda, esta vez la de verdad”, definitivamente la farsa ha hecho olvidar la tragedia. En breve hay una convergencia paradoxal entre la práctica de la “micropolítica” y la aspiración a la “macropolítica”, es decir, la dialéctica entre islas marginales y marginalidad institucional.

Ambas tendencias, a continuación, coinciden en descargar la responsabilidad de las propias elecciones sobre la composición social: ¿qué más se puede hacer en esta situación, sino encerrarnos en nuestros pequeños espacios o seguir las quimeras institucionales? Tenemos uno de los muchos ejemplos en los últimos meses en Europa sobre la cuestión de los refugiados, con respecto al cual la política institucional está ocupada por la dialéctica entre una derecha neoliberal, fiel a la necesidad de hacer circular la fuerza de trabajo para aumentar la estratificación del chantaje y la explotación, y una derecha proto-fascista,  que erige muros y sopla sobre la guerra entre los pobres y los empobrecidos. Por un lado entonces hay quien retrocede en una opción frentista, sobre el malo menor que vuelve la defensa del status-quo, es decir nuestro verdadero enemigo; por el otro hay quien retrocede a una opción humanitaria, en la exaltación de la víctima, acabando de ser subalterno a la opinión pública democrática y a la iglesia católica. Entre otras cosas, en la misma asunción del término “refugiado” ya hay una caída hacia el léxico de la gobernanza, que utiliza esa categoría como instrumento de división entre los migrantes. En resumen, desde la perspectiva de las luchas con las lágrimas nunca se ha construido nada: todos en facebook se conmueven con la foto de Aylan, para luego consolarse a la hora del aperitivo. La izquierda prospera en las ganas de llorar, que necesita de la victimización e inferiorización de lo social, para reproducir su propia función de supuesta representación. Ese es el nombre del pensamiento de la derrota: se llama izquierda. Nosotras tenemos que ir hacia otra dirección, porque nosotras no somos de izquierdas. Porque el contrario de izquierda no es derecha, es revolución.

1. Ya lo hemos dicho y lo repetimos, las insuficiencias son sobre todo nuestras, no de la composición de clase. Este “nosotros”, aquí entendido genéricamente, se ha quedado blandamente sobre lo ya conocido, sobre la aceptación de lo que tenemos, exaltándolo como la única cosa que podemos tener. Así, reproduciendo a unos mismos, se puede insistir en una lectura escolástica de la composición técnica, esperando la explosión conflictual de los sujetos identificados como objetivamente centrales. O se puede renunciar al nudo de la composición de clase, persiguiendo las luchas cuando están y la opinión pública en su ausencia. Pero ni los apóstoles de la ideología ni los turistas de los movimientos de los demás sirven para mucho para vencer al pensamiento de la derrota, más bien son su parte integrante.

El punto de método, que el análisis de la composición de clase es en primer lugar el análisis de los comportamientos subjetivos que la inervan. A los centros de gravedad en el proceso de acumulación capitalista, es decir la posibilidad de golpear al amo colectivo donde le duele más, tienen que corresponder unos comportamientos potencialmente conflictuales, no de aceptación, de rechazo. Colocación y comportamientos constituyen la relación sobre la cual se basa la composición política de clase: ignorando uno de los dos términos, se acaba de resbalar en una presunta objetividad o en un subjetivismo malentendido. Luego hay quien usa la dureza del primer término para justificar la falta del segundo: por ejemplo, se dice que diversas figuras del precariado cognitivo no luchan porque sometidas a un chantaje estructural, olvidando que el chantaje es el fundamento de la relación de explotación y compraventa de la fuerza de trabajo. Y, sin embargo, si los precarios son débiles no tienen que ser objeto de compasión, tienen que ser regañados. Nuestra parte, de hecho, no es la de los oprimidos: está compuesta por quien se rebela a la condiciones de opresión.

El problema entonces es donde mirar: muchos de los lugares donde lo hemos hecho hasta ahora, aquellos donde es más sencillo, resultan inadecuados o sin embargo insuficientes. Tenemos que ir allí donde hay lo desconocido, más precisamente un desconocido potencialmente productor de conflicto. Movernos in partibus infidelium, porque las tierras de los creyentes son bastante áridas. Si el término ensuciarse las manos no os gusta, encontrad otro. Si la palabra encuesta está demasiado abusada, y ciertamente lo está, llamémosle estilo de la militancia, que está hecho de investigación y construcción de un proyecto.

Fuente: Commonware

Elogio del conflicto

por Lea Melandri

Se trata de aprender a convivir con todo lo que hemos reprimido y abandonado como una anomalía inaceptable. Se trata de entender de qué manera el ser humano, el ser humano tal cual es, el ser humano con su fondo de oscuridad constitutiva, puede crear las condiciones para una vida en común ‘a pesar’ del conflicto y, de hecho, ‘a través’ del conflicto, poniendo fin al sueño o a la pesadilla de aquellos que quieren eliminar todo lo que hay en él de ingobernable.
Benasayag y Del Rey, “Elogio del conflicto” (2012).

Decir que se dan en la experiencia del individuo, centrados y confundidos, unas necesidades, identidades, lugares, relaciones, pasiones, fantasías, diferentes intereses y deseos. Reconocer que hay un “territorio” que se escapa o va más allá de los confines de la vida pública – y por lo tanto irreductible a lo social -, que es la vida psíquica, una zona fronteriza entre el inconsciente y lo consciente, entre el cuerpo y pensamiento, donde crecen raíces que todavía quedan en gran parte sin explorar.

Las “vísceras” racistas, xenófobas, misóginas, sobre las cuales la derecha anti política ha hecho una incursión para conseguir apoyo, es el sedimento de la barbarie, la ignorancia y los prejuicios antiguos pero también sueños y deseos mal situados, que la izquierda, anclada en la prioridad del trabajo y la clase obrera, siempre ha descuidado, como si después del gran salto operado por Marx no hubieran habido otros cambios igualmente radicales, como el psicoanálisis, el feminismo, la no violencia, la biopolítica, el ecologismo.

No debería ser difícil de reconocer que el “extranjero”, el”pobre”, el “fuera de la norma”, el migrante reducido a las necesidades vitales, encarna todo esto ahora mismo, llevando a la luz, lo “reprimido” originario de una civilización que, separando cuerpo y lenguaje, biología e historia, ha construido barreras, fronteras hasta dentro los cuerpos y la vida psíquica, y sentado las bases para que aquella separación fuera progresivamente desapareciendo.

El retorno de lo que fue excluido – los cuerpos, la vida de los individuos con su complejidad y totalidad, pasiones, fantasmas contradictorios – puede traducirse en una barbarie inevitable, pero también puede volver a abrir el camino hacia el deseo y el conflicto, la posibilidad de redefinir el lazo social sobre unas bases menos abstractas.

Fuente: comune-info.net

Este no es un movimiento

La nueva estructura estatal se caracteriza por el hecho de que la unidad política del pueblo y por lo tanto el orden de toda su vida pública se presenta ordenada en tres series diferentes. Las tres series no son paralelas entre si, más bien una de ellas, es decir el Movimiento que apoya al Estado y al Pueblo, penetra y conduce los otros dos.
Carl Shmitt, “Estado, Movimiento, Pueblo” (1933).

Como cada fin de semana, desde hace casi un mes, se especula sobre el estado del “movimiento contra la ley El Khomri” – media, sindicatos, militantes y esperanzados de todo tipo quieren creer que esta vez lo hemos conseguido: después de las manifestaciones “históricas” del 31 de marzo, que han visto una duplicación de los efectivos en las manifestaciones del 19 de marzo y ahora en las asambleas de “Nuit Debout”, el movimiento sobre la cual apuntaban sus esperanzas, pero que no acababa nunca de empezar, finalmente ha nacido.

Tal vez que se insista tanto en poner a lo que está sucediendo en Francia el nombre de “movimiento” es debido al hecho de que, en realidad, se trate de otra cosa, de algo inédito. Puesto que un “movimiento” en Francia – esto es lo que significa exactamente -, es aquello que se sabe gestionar, es decir derrotar. Las organizaciones, los gobiernos y los medios, son décadas en que los movimientos no conducen a ninguna inversión significativa, se han convertido en maestros en el arte de prevenir el peligro que cada evento de la calle lleva dentro de sí, es decir, que la situación se vuelva ingobernable. No debemos olvidar que el actual Primer Ministro no se ha vuelto tal en virtud de la licenciatura de historia que obtuvo en los años ’80 a Tolbiac, sino porque cumplió su adiestramiento como sindicalista del UNEF. En ese momento, cuando iba acompañado de Alain Bauer o Stéphane Fouks, era una de las bestias pardas del colectivo Autónomos de Tolbiac (el CAT), y viceversa.

Un “movimiento”, por todo el personal encuadramiento a lo que se reduce esta sociedad, es algo tranquilizador. Hay un objeto,  algunas reivindicaciones, un marco, por lo tanto unos portavoces con licencia y unas negociaciones posibles. Sobre esta base, nunca es difícil dividir el “movimiento” de los que “desbordan” el marco, de llamar a la orden a sus elementos más determinados, su fracción más consecuente. Allí se calificará oportunamente de “violentos”, “autónomos” o “nihilistas”, cuando está clarísimo que los que están aquí para romper sus dinámicas son justo los nihilistas, que no ven más que un trampolín para sus futuros puestos ministeriales – todos los Valls, los Dray, y los otros Julliards. Separar un “movimiento” de su punta más “violenta” es siempre una forma de castrarlo, de volverlo inofensivo y finalmente de tenerlo bajo control. Los movimientos están efectivamente hechos para morir, también cuando son victoriosos. La lucha contra el CPE es un caso de manual. Al gobierno le es suficiente una retirada táctica para quitar la tierra debajo de los pies de los que se han puesto en marcha. Algunos artículos en los periódicos y algún reportaje televisivo contra los “irreductibles” son ampliamente suficientes para arrebatar, a quien hasta ayer lo podía todo, la legitimación social sobre la cual se habían apoyado hasta aquel momento las salidas más intrépidas. Una vez que estos últimos estén aislados, los procedimientos policiales y judiciales a continuación más o menos inmediatos llegan oportunamente para drenar el mar del “movimiento”. La forma-movimiento es una herramienta útil para aquellos que tienen la intención de gobernar lo social, y nada más. El nerviosismo extremo de los servicios de orden, en particular el de CGT, de la BAC y de los antidisturbios durante las manifestaciones de las últimas semanas es el signo que delata su desesperado deseo de hacer entrar en la forma-movimiento lo que ha puesto en marcha y que se le escapa por todos lados.

Ahora todos están de acuerdo en decir: la Loi Travail es la “gota que ha colmado el vaso”, lo que se expresa en las calles, en los lemas o en los enfrentamientos es el “hartazgo general”, etc. Lo que está pasando es que no aguantamos más estar gobernados por esta gente ni tampoco de esta manera; tal vez, frente a un fracaso tan flagrante de esta sociedad en todos los campos, no aguantamos más ser gobernados de ninguna manera. Es algo que ha vuelto epidérmico y epidémico, ya que es cada vez más clara una cuestión de vida o muerte. Estamos hartos de la política; cada una de sus manifestaciones se ha convertido en obscena porque es obscena esta manera de agitarse de una manera tan impotente en una situación tan extrema a todos los niveles.

Dicho esto, nos faltan palabras para designar lo que se está despertando en Francia en este momento. Si no es un “movimiento”, ¿Entonces qué es? Nosotras diremos que se trata de una “meseta”. Antes de que Deleuze y Guattari la retomaran para hacer el titulo de su mejor trabajo, Mil Mesetas, esta noción ha sido elaborada por el antropólogo y cibernético Gregory Bateson. Estudiando, en los años ’30, el ethos balinés, a Bateson le llamó la atención por esta singularidad: mientras los Occidentales, en guerra o en amor, prefieren las intensidades exponenciales, las interacciones acumulativas, las excitaciones crecientes que llevan a un punto culminante – orgasmo o guerra total- seguido por una descarga de tensión, social, sexual o afectiva; los Balinenses, sea en la música, en el teatro, en las discusiones, en el amor o en el conflicto, huyen de esta carrera al paroxismo; ellos privilegian unos regímenes de intensidad continuos, variables, que duran, se metamorfosean, evolucionan, en pocas palabras: deviniendo. Bateson enlaza todo esto a una singularidad practica de las madres balinenses: «la madre inicia con el bebé una interacción lúdica, excitándole el pene, o de otro modo estimulándolo a una actividad interpersonal; esto excitará el bebé, y por un corto tiempo habrá lugar a una interacción acumulativa. Luego, justo cuando el bebé, acercándose a un pequeño acmé, tira los brazos al cuello de la madre, esta última se distrae; en este punto por lo general el bebé empieza otra interacción acumulativa, comenzando un capricho. La madre se quedará mirándolo, disfrutando con el estallido del bebé, o si la ataca, rechazará su ataque no mostrándose enojada en absoluto» (Hacia una ecología de la mente). Así la madre balinense enseña a su progenie la fuga de las intensidades paroxísticas. La fase política en la cual estamos entrando en Francia en este momento es – por lo menos hasta las ridículas elecciones presidenciales las cuales, esta vez, no es tan seguro que consigan imponerlas – no una fase orgásmica de “movimiento” a la que sigue el reflujo necesario, sino una fase de meseta:

«una región continua o de intensidad, que vibra sobre si misma y se desarrolla evitando cada orientación sobre un punto culminante o hacia un fin exterior»
(Deleuze-Guattari, Mil mesetas)

El nivel de desacredito del aparato gubernamental es tal que ahora encontrará en su camino, en cada de sus manifestaciones, una determinación constante, procedente de todas partes, para derribarlo.

La cuestión no es entonces la vieja historia trotskista de siempre de la “convergencia de las luchas” – luchas que por otro lado hoy son tan débiles que incluso haciéndolas converger no llegarían a nada serio, más allá de perder, en la habitual reducción política, la riqueza que pertenece a cada una de ellas -, más bien la de la actualización práctica del descrédito general de la política en cada ocasión, es decir de las libertades cada vez más audaces que vamos a tomar respecto al aparato gubernamental democrático. Lo que está en juego entonces no es en ningún caso una unificación del movimiento, incluso que fuera a través de una asamblea general de la raza humana, sino el cruzar el umbral, el desplazamiento, el agenciamiento, la metamorfosis, la puesta en contacto entre puntos distantes de intensidad de política. Es evidente que la proximidad con la ZAD produce sus efectos sobre el “movimiento” a Nantes. Cuando 3000 estudiantes cantan “todo el mundo odia la policía”, gritan contra el servicio de orden de la CGT, comienzan a manifestarse disfrazados, no huyen más frente a las provocaciones de la policía y se intercambian el suero fisiológico después de haber sido gaseados, se puede decir que en un mes de bloqueos unos cuantos umbrales han sido superados, han sido tomadas unas cuantas libertades. El desafío no es el de canalizar el conjunto de los devenires, los trastornos existenciales, los encuentros que son la trama del “movimiento” en un río poderoso y majestuoso, más bien de dejar vivir la nueva topología de esta meseta, y seguirla. La fase de meseta en la cual hemos entrado no mira a nada exterior de sí misma: «un rasgo desagradable del espíritu occidental consiste en relacionar las expresiones y las acciones a finalidades exteriores o trascendentes, en lugar de considerarlas en un plano de inmanencia, según su valor en sí»(Deleuze-Guattari, Mil mesetas). Lo importante es lo que se hace ya, y que no acaba nunca de hacerse, cada vez más: impedir paso a paso al gobierno de gobernar – y por “gobierno” no hay que entender solo el régimen político, sino todo el aparato tecnocrático público y privado en el cual los gobernantes son el espectáculo de títeres que se nos ofrece. No se trata entonces de saber si este “movimiento” consiga o menos a derrotar la ley El Khomri, sino de lo que ya está en marcha: la destitución de lo que nos gobierna.

Fuente: lundi.am