¡Todos somos Carola! Está bien, pero después de eso ¿qué hacemos?

por Giovanni Iozzoli

El Zelig de lo que queda de la izquierda, en ocasiones asume identidades ficticias, la mayoría de las veces la de un personaje de los medios o global, y trata de aferrarse desesperadamente a la personalidad o al evento, buscando algún contenido, un valor, una orientación. Todos somos Assange, todos somos Me too o también, todos somos Greta: hemos desechado la historia revolucionaria del siglo XX, la ausencia de la memoria teorizada como valor, la intromisión acrítica de la agenda liberal confundida con la modernidad y los derechos civiles, todo esto ha hecho que el ectoplasma de la izquierda tenga la necesidad de unirse a “algo más”, generalmente algo evanescente y muy temporal, para poder dar una definición efímera de sí misma.

A mí el asunto de Carola no me entusiasma. Aparte de la solidaridad humana por una chica valiente (objetivamente simpática, también debido al crimen hiperbólico de la que se la acusa: “resistencia a los buques de guerra”, un caso criminal más apropiado para Godzilla), esta pseudo-competencia entre Capitana y Capitano me parece que trae agua sólo al molino de Salvini. Simplemente no puedo adherirme a la cultura “me gusta” que prevalece: me gusta o no me gusta, esta historia en la que siempre somos el público de un espectáculo en el que, a lo sumo, podemos posicionarnos a favor o en contra de algo.

Más allá del hecho de que las ONG me causan una desconfianza instintiva porque han sido una herramienta gubernamental de guerra y golpe de estado en el mundo[1], ¿podemos seguir adelante apegándonos a este o ese pequeño bote y esperando que estas representaciones de los medios indignen y despierten alguna “opinión pública democrática”? ¿El hecho de que “Yo estoy con Carola” mientras que la gran mayoría de los italianos se quedan con Salvini no debería preocuparnos un poco? Es cierto que en ciertas batallas ideales, en ciertas fases históricas, la minoría es una condición inevitable: pero ni siquiera nos preguntamos el problema de cómo salir de ella, de cómo reconectarnos con las opiniones públicas con un posicionamiento fuerte y alternativo, que se opone a Salvini pero no ¿Nos confunde con Boldrini o la Open Society?

¿Qué pasó en estos años? Que la derecha ha estado muy determinada en la construcción de su propia narrativa de inmigración, con variaciones que van desde la “sustitución étnica” (la versión hard-demenzial) a la “inmigración favorecida por la izquierda de las cooperativas para especular”. Nada trascendental, como nivel de debate: después de todo, Bannon no es Evola, y si ese es su gurú, en el mejor de los casos pueden chapotear en esas aguas bajas y fangosas. Sin embargo, gracias a estas elaboraciones repetidas y consolidadas en el tiempo, cualquier persona promedio informada de derechas, incluso el charcutero local, puede articular su discurso sobre la inmigración y la economía mundial.

A la izquierda, en cambio, en el campo de los movimientos, de la resistencia de clase, ¿cuál es la lectura de los procesos migratorios? Si falta, tenemos algunos problemas: si es cierto que dentro de tres décadas en África habrá mil millones de personas más, ¿podemos salir adelante con el apoyar a Carola?

¿Cuáles son las palabras claves con las que enfrentamos esta histórica fase crucial, en los barrios, en la fábrica, en los lugares de trabajo? ¿Tenemos que decir, cuando hablamos de dinámica de migración, que “estoy con la Sea Watch“? Pero disculpen ¿qué argumento político es este? A lo sumo es un posicionamiento individual, incluso éticamente noble. Pero no constituye un posicionamiento estratégico, ni ayuda a construir una teoría sobre la migración. Y, sobre todo, no agrega ni quita valor a una narrativa de derechas que se vuelve más tetragonal y efectiva cada día.
¿Son las ONG nuestra contribución al debate? Carola, Casarini, Open Arms o Soros, ¿quién nos dará la línea política sobre el tema? Aquí está la maldita subcultura del “me gusta” (o estoy con esto o con aquello) que quita el esfuerzo de pensar, leer y anticipar la complejidad de los fenómenos, la planificación, las palabras clave, las alianzas en la sociedad, que no siempre son de “solidaridad” (una palabra que en política tal vez sea mejor comenzar a desconfiar, porque no hay que confiar en el buen corazón), sino una nueva lucha social. Lo que en los próximos meses y años significarán esencialmente: cómo evitar que los sectores del proletariado diferenciadas en función de la etnicidad y la jerarquía social, se maten entre sí para desgarrar los residuos del estado del bienestar, peleandose por los espacios urbanos en abandono y finalmente venderse a bajo coste en el mercado laboral al peor postor. Carola y las ONGs no pueden decirnos nada al respecto.

Necesitamos hablar nuevamente sobre estos temas, sin demasiadas inhibiciones políticamente correctas por parte de los científicos sociales, para aquellos que tienen el deseo y las habilidades: un hermoso análisis materialista sobre el imperialismo, la demografía, las contradicciones entre clases (y dentro de la clase), los problemas del continente africano (que siempre identificamos con el África subsahariana y su extrema fragilidad, sin pensar en las metrópolis de Egipto o Nigeria, como si hubiéramos eliminado incluso la posibilidad de la lucha socialista y la revolución panafricana y nuestra contribución se limitara a cómo aterrizar botes en Lampedusa). En resumen, encontrar la forma en que las vanguardias (o las autodenominadas tales) puedan relacionarse con este tema fundamental, de una manera que no siempre sea “a posteriori”, en busca de este o aquel desgarro inducido por la derecha o la dureza objetiva de estos tiempos.

Muchos hacen estas cosas, por amor de Dios; pero en algún lugar será necesario encontrar la inteligencia (colectiva) para resumir y consolidar los umbrales de discusión adquiridos, que se convertirán en patrimonio común e instrumento político de intervención para las nuevas generaciones que elijan el compromiso anticapitalista: no permitamos que busquen a tientas en la improvisación, en la solidaridad humanitaria, en vagas expectativas milenarias de una “humanidad futura” que se producirá por sí misma, cuando la bondad triunfe sobre el egoísmo. Si no tenemos las armas de la crítica, será fácil para Salvini y sus matones volcarnos la frustración masiva de los italianos sobre nosotros y los extranjeros.

Fuente: NapoliMONITOR

 

[1] Las ONG son una fuerza multiplicadora para nosotros, una parte muy importante de nuestro equipo de combate”: el discurso de Colin Powell a las ONG en la víspera de la campaña Libertad Duradera, citado en un informe por Maria Grazia Bruzzone La Stampa el 07/05 /2017.

Buscaba un mar en calma pero te encontré

Anticipamos un extracto de las “Nueve buenas razones para empezar de cero” publicadas en Kritik. Manual de supervivencia a la agonía del capital (DeriveApprodi 2019)

1. El Movimiento ya no existe. Tranquilos, no se preocupen: no nos referimos a movimientos sociales, que incluso en los últimos años han surgido a veces de manera fragmentaria y esporádica, sin constituir un ciclo, con lenguajes, prácticas y afirmaciones ambiguas y contradictorias. Pero es así y tal vez lo continúe siendo cada vez más, los movimientos dentro de la crisis permanente son criaturas monstruosas y bastardas. Nosotros, si este pronombre aún tiene sentido, donde el Movimiento ya no existe, entendemos muy poco a estas criaturas, porque no responden a nuestros deseos, nuestros códigos, nuestra retórica. De hecho, a menudo los rechazamos, los calificamos de reaccionarios, felicitándonos cuando la profecía se cumple. Raras veces, en cambio, tratamos de hacernos sorprender productivamente: sin duda es más fácil denunciar la fealdad del monstruo para absolvernos de nuestra insuficiencia, en lugar de preguntarnos concretamente sobre nuestras insuficiencias para ubicarnos proyectualmente en las entrañas de la criatura inquietante.

Entonces, el Movimiento del que hablamos y que ya no existe es el de la anomalía italiana de los años ‘60 y ‘70, del entrelazamiento de la organización autónoma y la autonomía de clase, entre proyecto y lucha, entre grupos y procesos de conflicto. Era realmente, en esa coyuntura específica, el movimiento que suprime el estado actual de las cosas. Es esa anomalía, en un sentido fuerte, lo que nos permitió llamarnos “militantes del movimiento” en los años ‘80 y ‘90 sin tener que dar más explicaciones. Esto no sucedió en otras partes del mundo, donde el movimiento es simplemente una movilización que comienza y termina, alrededor de un reclamo limitado, y donde el término militante duro es reemplazado por la figura líquida del activista. Ahora, y no solo a partir de hoy, está claro para todos que esta anomalía sobrevive solo como una identidad ideológica, o si queremos como una genealogía gloriosa. Sin embargo, dado que las revoluciones no se hacen con identidad, ideología o mera genealogía, es necesario avanzar. No por el bien de lo nuevo, una palabra en sí misma vacía y sin sentido; pero por la inutilidad de la nostalgia, es decir, llevar la ropa de los muertos para evitar el luto.

Después del final del Movimiento, ¿solo hay diluvio, soledad y desesperación? No, en absoluto. Hay una necesidad de empezar de nuevo. Porque básicamente los militantes revolucionarios siempre comienzan de nuevo. Y cuando dejan de empezar de nuevo, dejan de ser militantes revolucionarios.

[…]

4. El futuro está muerto. Ya escuchamos el zumbido del ruido de fondo: aquí están, los que halagan el extremismo nihilista. Relajaos y trated de razonar, si sois capaces. El nihilismo, especialmente en la composición juvenil, es un hecho. ¿Es un problema? Por supuesto, es un problema. Pero este problema está en las cosas, no en las palabras que describen las cosas. Es el nihilismo producido por el capital y la crisis. Es el nihilismo de las finanzas de Wall Street y sus lobos como modelo de vida. Es el nihilismo de expectativas que ya no están disminuyendo sino que ahora han disminuido. Compañeras y compañeros, si realmente os cuesta mucho hacer una investigación y no una ideología, al menos mientras vais hacia al centro social o la universidad, sintonizad la radio del coche para los éxitos de verano. “Solo por esta noche, amor y capoeira”, “mañana no habrá, un poco como las historias en instagram”, “esta noche no te diré que no”, y así sucesivamente. Atención, no es la alegre conquista del presente del joven proletariado, detrás de la cual se estableció la ética sacrificial del partido comunista. Y ni siquiera es el no futuro de los punks, en una mezcla de ira y rechazo, de desesperación y autoexclusión de una sociedad que fue en la dirección opuesta. Este presentismo es totalmente interno de la crisis permanente y de la asimetría radical de sus relaciones de poder, es la conciencia resignada de que no hay expectativas y es simplemente una cuestión de disfrutar de lo pequeño que uno tiene. Es un nihilismo pasivo, no activo.

El problema no es condenar a quienes queman todo. La izquierda hace esto, porque temen que tarde o temprano alguien también les prenda fuego. El problema es cómo organizamos la perspectiva desde las cenizas, que es completamente diferente del futuro, porque tiene sus raíces en la materialidad del presente, de lo que somos y en contra lo que intentamos ser. Cómo asumimos el fracaso de las perspectivas ofrecidas por el capital de manera activa y no pasiva, es una oportunidad para construir expectativas totalmente autónomas. Cómo asumimos que la ruptura es un proceso y no un evento, un deseo de todo y no estar satisfechos con los márgenes, la autonomía colectiva y no las comunidades intersticiales.

[…]

6. No somos extremistas, es la realidad la que es extrema. La idea típicamente democrática e izquierdista de que la moderación del tono corresponde a una ampliación del consenso siempre ha sido políticamente perjudicial. De hecho, se basa en una concepción cuantitativa de la política, por lo que uno mira los números y no el potencial subjetivo. Esta concepción puede ser útil para aquellos que deben tomar votos, es catastrófica para aquellas que las quieren destruir instituciones representativas. O es útil para aquellos que quieren reproducir su propia institución, por desafortunada y marginal que sea, y volvemos a la satisfacción de los dos compañeros agregados. Conflicto y consenso, dijeron hace veinte años a aquellos que estaban cortejando a la sociedad civil (¡brrrr!), lo que significaba: simular de hacer el conflicto para obtener el consenso por ellos mismos.

Sin embargo, hoy esa idea también es falsa, porque la crisis produce una polarización social a la que corresponde una polarización de comportamientos, pasiones, posibilidades. Siempre ha sucedido de esta manera, hay fases en las que el espacio de contención entre la revolución y la reacción se agota; y entre las posibilidades de movilización en un sentido o en el sentido opuesto, el límite es débil y reversible. Esta reversibilidad no dura para siempre: cuando se estabiliza, el borde deja de ser lábil. Hasta entonces, lo que dice el poeta es válido: donde el peligro es máximo, también crece lo que salva. Hoy es el conflicto que contiene el consenso en sí mismo. Los reaccionarios han entendido esto, “nosotros” no.

Cuando escucheis a alguien invocar el frentismo democrático hoy, sabed que él es un enemigo. Porque el frentismo es nuestro enemigo, lo que significa traer agua al molino de aquellos que quieren preservar el status quo. Y, sobre todo, la democracia es el enemigo, un dispositivo extraordinario para la despolitización y el agotamiento de la subjetividad. La democracia no niega la posibilidad de conflicto, sino que la anestesia y resuelve dentro de los límites del consenso, es decir, de las propias formas de autorreproducción. El poeta de hoy diría: donde se cuestiona la democracia, también crece lo que salva. Añadimos: donde hay izquierda y democracia, disparamos sin piedad. Sin lágrimas por las rosas.

[…]

8. Entonces, queridos y queridas camaradas, aferrados a las grotescas certezas de vuestra identidad vacía, nuestros caminos están inexorablemente separados. Sin polémica, sin odio, sin resentimiento. Ustedes no son nuestros enemigos o nuestros adversarios. Simplemente, sois inútiles. No sentimos enojo hacia vosotros. Probemos algo que quizás sea mucho peor: tristeza y dolor. Si tenemos tiempo nos despediremos rápidamente. Si decidís sobrevivir, reproduciendo lo que sois, nunca nos volveremos a encontrar. Si decidís morir para renacer, sabéis dónde encontrarnos: dentro y en contra de una realidad que solo necesitáis mirarla para sentir odio y querer destruirla.

9. No somos eternos: debemos morir para alcanzar la inmortalidad. Debemos ponernos continuamente en crisis para convertirnos en lo que siempre hemos sido. Se sabe que una de las definiciones más hermosas, aunque desconocidas, del militante revolucionario la dio San Pablo: somos hombres y mujeres en este mundo, no de este mundo. Hoy, muchos de los que nos rodean y a quienes hemos dicho adiós han optado por ser lo opuesto: hombres y mujeres de este mundo, no en este mundo, y por lo tanto en contra. El individuo está solo, decíamos; y añadimos que sola está también la organización entregada a la administración de lo existente. La conciencia de nuestras derrotas es lo que nos permite dar, de nuevo y siempre, el asalto al cielo. Detrás de su retórica triunfalista y satisfecha, vemos la aceptación de la peor derrota: la soledad de quienes finalmente han renunciado a ese asalto. Lo ponéis en vuestras páginas web y imprimís en vuestras sudaderas porque ya no está en vuestra cabeza ni en vuestras acciones.

Entonces, la soledad puede ser derrotada solo en la investigación militante dentro de la composición de clase, es decir, dentro del caos, las contradicciones y las ambigüedades que la animan y fragmentan. Dentro y en contra. Alimentar a la organización de forma espontánea y llevar a la organización a la espontaneidad. La autonomía siempre ha sido esto: es la organización que refleja la espontaneidad de uno, es la espontaneidad que refleja la propia organización. Es una apuesta que va a la raíz, poniendo en juego lo (pequeño) que tenemos, para poder conquistar (mucho) lo que deseamos.

Si estáis buscando un mar en calma para disfrutar de una identidad ideológica, manteneos alejados de estas olas. Estamos buscando la tormenta. Es inútil descargar nuestras insuficiencias hacia la subjetividad existente. Vosotros que veis la oscuridad en todas partes, preguntaros si sus lentes están oscurecidas o si miran en la dirección equivocada. Entonces, ¿no lo habéis descubierto todavía? Nadie duerme, hay sol incluso por la noche, lo he dicho mil veces, para que cualquier cosa pueda pasar. ¿Estamos listos para algo más que una noche especial?

Fuente: Commonware

El Enigma del Disforme – extracto del capitulo I

por Giuseppe Cocco y Bruno Cava Rodrigues

CAPÍTULO I
FOUCAULT Y EL NEOLIBERALISMO

1.1. La más provocativa lección

Nacimiento de la biopolítica fue uno de los cursos más discutidos, y que suscito más controversia, de los que Michel Foucault presento en el College de France. Aunque las lecciones habían sido dictadas entre finales de 1978 e inicios de 1979, el curso vendría a ser publicado recién el 2004, juntamente con el precedente (Seguridad, Territorio, Población de 1977-1978) . Estos dos cursos participan del mismo movimiento de inflexión del programa de investigación foucaultiano, que va de la concentración de la analítica del poder de las sociedades disciplinares hacia las sociedades de seguranza, algo bien próximo a lo que Gilles Deleuze denominara, aunque más tarde, en 1990, como “sociedades de control” . El sentido de oportunidad de las clases originales sobre el neoliberalismo no podría ser más precisas. El inicio del curso antecede en algunos meses la asunción de Margaret Thatcher como primera ministro del Reino Unido, en mayo de 1979, y, a casi un año de la elección de Ronald Reagan en la presidencia de los EUA, al año siguiente, 1980. Por otra parte, las lecciones de Foucault en Paris son contemporáneas a las prisiones de abril de 1979 en Italia, que pusieron un punto final a la década mirabile de los movimientos autonomistas en aquel país . Vale recordar que Italia fue el país donde Mayo del 1968 –epónimo no solo para una nueva era de revoluciones, sino que para un nuevo concepto de revolución –duro diez años, del Otoño Caliente de 1969 hasta el más alto grado de organización de las luchas sesentayochistas en el Movimento del ’77. Las lecciones de Foucault también fueron contemporáneas a la Revolución Iraní de 1979 –acontecimiento que el filósofo abordo en paralelo, en la columnas publicadas en el periódico italiano Corriere dela Sera .
Cuando la investigación sobre el neoliberalismo fue presentada al final de los años 1970, el tema aun gozaba de aires de novedad. “Neoliberalismo” podría ser entendido, entonces, como apenas una tentativa de denominar la gran transformación de aquella década, un conjunto de procesos de desplazamiento de la formación capitalista cuya aprehensión variaba en función del recorte adoptado por los autores para identificar el Zeitgeist: ingreso en la postmodernidad , viraje al modo de regulación del postfordismo, incluso la génesis sociocultural, con aires weberianos, de lo que más tarde sería presentado como un “nuevo espíritu del capitalismo” , la resultante de la larga marcha de recuperación que el capital hizo del asombroso espectro de 1968. Entonces, cuando la publicación del curso de Foucault 25 años después, la atmosfera dominante en los medios intelectuales habia cambiado radicalmente. La crítica al neoliberalismo constituía una mirada fundamental de la arena publica de debates, un tema teorico enervado en las disputas políticas y activistas, contando ya con una vasta literatura desarrollada alrededor de él. A esa altura, denunciar el pensamiento único –esto es, aquel que partiría de la premisa de que no existe alternative a la situación neoliberal, sobretodo una que no recaía en las pesadillas totalitarias del siglo XX- ya se habia consolidado como marca de agua para una panoplia de alternativas y síntesis teóricas del campo del progresismo y de la izquierda mundial. Entablar la batalla contra los representantes del pensamiento y de la formulación de las políticas neoliberales, en cuanto enemigos estratégicos y de larga duración de los programas emancipatórios, se habia sedimentado a lo largo de los años 1990 como un signo de pertenencia, un sello de participación en la comunidad anticapitalista y una señal para el posicionamiento del autor .
En 2004, cuando la publicación del Nacimiento de la biopolítica, la organización de los Foros Sociales Mundiales (FSM) –evento anual iniciado en una Porto Alegre petista después del auge del ciclo de luchas alter globalización y neozapatista –se contraponía ostensiblemente al Foro Económico Mundial de Davos, la reunión de la cúpula de las principales fuerzas del capitalismo globalizado y financiarizado en el siglo XXI. Lo que Félix Guattari llamaba Capitalismo Mundial Integrado (CMI) y Toni Negri, más provocativamente, como “comunismo del capital”. En las críticas que les eran dirigidas en tono de denuncia, los neoliberales fueron encasillados en una etiqueta en la que terminaran siendo arrojados todos aquellos que, de alguna manera, se proponían pensar la lógica económica más allá del marco jurídico de regulación de los estados nacionales, del marco de la soberanía para determinar las políticas monetarias y económicas. Es como si “neoliberal” se hubiese tornado un saco de gatos ideológicos, cuyas diferencias internas en la economia general de los discursos importasen poco ante el mismo sentido general del proyecto político del cual tales análisis eran cómplices o participes. Esto es, el proyecto neoliberal de desmantelamiento final del armazón del welfare state, el conjunto de instituciones de seguridad social, cuyo paradigma se erigió en el hemisferio norte en el auge del periodo del –fordismo-keynesianismo (durante los Treinta Gloriosos, 1945-75). En el lado Sur del mundo, además de aliados naturales de los gobiernos comprometidos con el imperialismo yankee, afiliados al consenso de Washington con sus recetas de políticas antisociales, los neoliberales se dedicaran a aliarse a fuerzas conservadoras internas para impedir la efectivación de un régimen de industrialización real. Principalmente una fuerza que fue capaz de modernizar la economia al mismo paso que construía una clase media proletarizada, de la cual, finalmente, debería brotar, el welfare state tan esperado, soñado por las literaturas de formacion nacional.
Los neoliberales caseros sabotearan sistemáticamente el desarrollo de la patria en favor del capital improductivo de las finanzas, de la extracción de plusvalía sin contraparte de produccion real, o sea, por el directo parasitismo. La posición anti neoliberal, en regla, atribuyo las finanzas a la esencia de un capital ficticio que tornaría los mercados financieros verdaderas sanguijuelas usureras de la economia real, la de la clase trabajadora y de los buenos patrones que, juntos, contribuyen al progreso de la nación. Concluido el experimento de toma del poder del socialismo real –y cerrado muy mal, con muchas cuentas a rendir- la cartilla de la lucha internacional por el socialismo que antes congregaba a las izquierdas nacionales en una unidad imaginaria fue, a lo largo de la década de 1990, substituida por la del anti neoliberalismo. Organizarse contra las ofensivas neoliberales se convirtió, entonces, en la plataforma de la formacion obligatoria para los nuevos críticos y militantes que pretendiesen matricularse en la Universidad de las luchas. El diagnostico general consistía en igualar la derrota del socialismo con base en Moscú, en 1991, a la victoria del capitalismo occidental con sede en Washington. Dos caras de la misma moneda. Como si las luchas contra las dictaduras rojas y la disfunción productiva de lo que prometía generar la sociedad de la super abundancia tuviese poco que ver con la debacle de aquel capitalism de estado soviético. La nueva trinchera anti neoliberal, por lo tanto, surgía como la reapertura, en condiciones reconocidamente peores, de frente amplio contra el capitalism globalizado. Su gesto inaugural fue, justamente, negar que la lucha de clases hubiese terminado en 1991, y el que el “fin de la historia” fukuyámica no era nada más que el grito de triunfo de los vencedores de la gran batalla del siglo XX. Pero la guerra aún no estaba perdida: debería proseguir por trincheras, barricadas, acciones tácticas.
Desde el principio, en verdad, la épica lucha anti neoliberal se colocó, por un lado, en una lectura particular del fin del bloque socialista (la derrota en la Guerra Fría) y, por otro, de una tentativa de rescatar el sentido geopolítico y macroeconómico de la lucha de clases, colocando en lugar de la Guerra Fría una nueva disputa entre capitalismo neoliberal y el que sería su mitigación por las luchas, un capitalismo progresista o social.
En ese escenario en que el neoliberalismo es erigido como el principal enemigo de la lucha a la izquierda, su archí rival, hay que citar: la nulidad de la biopolítica de teóricos “malditos”, como Von Hayek, Milton Friedman o Gary Becker, como las distinciones precisas que el filósofo francés teje entre liberales clásicos, británicos y franceses, o entre ordo neoliberales alemanes y anarco liberales austro-americanos, sin hablar en algunos puntos específicos de resonancia entre las críticas de los propios neoliberales al intervencionismo estatal y a la socialización del Estado a través de las tecnologías del welfare, y la analítica del poder tan marcado a lo largo de la trayectoria del propio Foucault en los años 1970. Todo eso no podría dejar de causar incomodidad, rechazo y hasta repudio por parte de varios lectores que concurrían a los cursos del College con la esperanza de encontrar aún más contenidos admonitorios, tal vez más sofisticados, para la misma tónica general de denuncia del neoliberalismo. Encontraban en el libro algo que los teóricos en la izquierda, en regla, estaban haciendo: análisis material. Foucault tomaba en serio cuánto de pensamiento existía implicado en el neoliberalismo, caracterizado no como una ideología para enmascarar las operaciones reales del poder en el modo capitalista de la época, sino como una gubernamentalidad . Y el filósofo todavía enmendaba que los neoliberales, con todos sus déficits epistémicos, fueron capaces de incorporar al menos parte de su pensamiento en una matriz de gubernamentalidad que, efectivamente, fue puesta en funcionamiento. Lo que no habia sucedido con el socialismo real en el Oriente, estéril en el plano de la subjetividad, de manera que la Unión Soviética, por ejemplo, tuvo que organizarse en medio de la subjetividad por veces más arcaicas. Tal cuidado con la arqueología de los saberes, tan característica señal en la obra de Foucault, tratándose de los aportes teóricos del neoliberalismo, seria inadmisible para aquellos más interesados en rechazar un pensamiento que en comprenderlo y matizarlo. Delenda est neoliberalism era el tono general de las teorías críticas: el ordo liberal alemán o los anarcos liberales de la Escuela de Chicago no deberían recibir ninguna “relativización” del carácter meramente ideológico o alusivamente deshonesto de sus investigaciones. El resto sería ser cómplice sutilmente con el enemigo, al conferirle un estatuto científico que no podía poseer, pues no pasaba de títere mal disfrazado del gran capital especulador o, en el mejor de los casos, emanación conformista de un funcionamiento espectacular y fetichista del casino financiero implicado en el modo capitalista tardío, de lo que el teórico no podía escapar por pura miopía.
Hasta hoy, 13 años después de la publicación del curso de 1978-79, colecciones de artículos son publicados alrededor del Nacimiento de la biopolítica, que, sin duda, es el más comentado de los cursos libres de Foucault, gracias a las polémicas que regularmente suscita. Las evaluaciones contemporáneas oscilan entre dos polos. De un lado, haciendo eco de la vieja tipología stalinista del intelectual que se desvía de la línea recta, la acusación de que el propio Foucault habia capitulado a la ideología liberal, momento de inflexión a partir del cual toda su obra habría derivado hacia tópicos peyorativamente llamados postmodernos, tales como las exigencias por auto creación individual, autenticidad y cuidado de si, reduciéndose a una aburguesada “estética de la existencia” . Del otro lado, evaluaciones que van a encontrar en el referido curso una piedra angular para un programa ineludible de renovación y reanudación de la crítica de la economía…

Traducción, Santiago de Arcos-Halyburton

La izquierda venezolana y Maduro

por Jeudiel Martinez

Muchos de ustedes percibirán mi “radicalización” de estos días como un giro al antichavismo. Si creen eso o están muy confundidos o son menos inteligentes de lo que creen (ambas son igual de probables). Por desgracia no estoy más allá del odio y entre la gente que odio están los antichavistas. Siempre me han parecido la hez del mundo y de hecho, no muy distintos a los chavistas de clase media. Entonces ¿qué ha pasado? que me he puesto claramente en una posición contra una aberración tiránica y me importa muy poco quien más comparte esa posición. Cuando apoyé a Chávez contra Carmona y el Golpe también estaba cerca de mucha gente corrupta, vil y contrahecha ¿la alternativa no era un militar con ínfulas de Jesucristo y una dictadura de la patronal? Todos sabemos lo que hicieron con el poder que recuperaron así que si es por “contaminación” tengo décadas contaminado considerando quienes fueron mis amigos y para quienes trabajé en la administración pública. Si hemos de ser honestos más cerca estuve de ellos de lo que estoy ahora de los antichavistas. Pero esa era la posición correcta como esta lo es ahora. Aunque no oculto esto los eunucos de El Libertario siempre están por ahí diciéndole a la gente que “yo fui chavista” tal vez con la intención de que alguien se decida iniciar un linchamiento. Suerte.

El que estuvo contra una usurpación de 48 horas ¿Cómo no puede estarlo contra una de tres años? Confusiones lamentables como esta de proponer un “Referéndum Consultivo” que lo que dan es risa, vienen de la evasión de la izquierda venezolana a combatir al chavismo. Por eso, y por su retórica de izquierda, el chavismo desmovilizó a la izquierda que se divide en dos campos: la que evade siempre tomar una posición definitiva contra la satrapía que nos gobierna y la que la diluye en una reivindicación de la lucha social genérica pero sin tomar postura ante las coyunturas concretas. Hay quien ha trascendido eso pero es muy poca gente.

La gente de izquierda no lo sabe pero son esclavos de la gente de derecha. Liberales, anticomunistas, toman las posiciones que les convienen más o menos libremente, los de izquierda, lo que más quieren en la vida es que no los confundan con los de derecha. Por eso terminan proponiendo payasadas como esta del consultivo (una elección para tener elecciones) para el que no hay tiempo, que Maduro no quiere y que solo expresa el interés del chavismo de condicionar unas Elecciones Generales.

Por eso es que todo el crédito de la lucha se lo está llevando y se lo llevará la derecha. Lo más cercano a la izquierda que se fajado a combatir de frente al chavismo son los sindicatos y eso fueron ellos los que lo decidieron independientemente de los partidos de izquierda. A diferencia de otros países aquí el Black Block está lleno de anticomunistas y si hay anarquistas o marxistas pues serán casos aislados. Hay veces que uno cree que les preocupa más que los “confundan con esa chusma” que tomar posición contra algo intolerable. Por eso verdaderos avatares de la corrupción como Juan Barreto y arquitectos de este desastre como Giordani han podido cooptar a gente honesta e inteligente para sus porquerías.
Respecto a la invasión americana no está en nuestras manos evitarla. Lo que tienen que entender es que una ocupación extranjera no es peor que una tiranía y que el tirano ya es un extranjero en el peor sentido del término porque es hostil a su propia gente. Que los EEUU invadan no nos obliga a ponernos del lado e Maduro. No se puede decidir entre una cosa y otra y no tenemos poder para impedir que ocurra.
Podemos tomar posición frente a las dos pero esas posturas tienen que ser realistas y no fantasiosas. Lo que define a Maduro es que cierra las posibilidades. Se aferra al poder pero no gobierna, no negocia, no dialoga, y es evidente que incluso para tener esas largas y complejas negociaciones que las buenas almas quieren alguien más tendría que estar en la presidencia.

Lo que está en nuestras manos no es clamar, ingenuamente, que debemos resolver este asunto solos porque este asunto tiene al menos 10 años fuera de nuestras manos e internacionalizado sino clamar porque los venezolanos sean actores en su propia historia y no capital político o masa de maniobra para los políticos de oposición con fuerzas autónomas, estructuradas, continuas en el tiempo… ¿eso es posible en este momento? Desgraciadamente no es así.

Ante cada situación uno puede reclamar algo tenga o no tenga los medios. A la tiranía que renuncie y deje un gobierno de coalición que convoque elecciones generales. A los invasores que hagan lo propio. A la clase política que ningún gobierno “de transición” tiene la autoridad para ejecutar plan alguno más allá de estabilizar la situación, solicitar ayuda e iniciar un proceso general de renovación de todos los poderes públicos que podría iniciar, sin problemas, en 6 o 9 meses. Que la salida de Maduro y la llamada “transición” no pueden ser más que parte de un dispositivo técnico-politico de regeneración nacional.

Más allá de eso lo que nos queda es preguntarnos, y no de manera melancólica, porque la gente que salió en 2017 y el 23 de enero y el 2 de Febrero no puede convocarse para salir a la calle y no volver hasta que recuperemos las posibilidades –el mundo- que nos han sido robadas. Así seríamos una fuerza beligerante de nuestro propio destino y no meros espectadores.

Primavera 2018: sobre los movimientos sociales y la defensa del servicio público

Durante casi treinta años en Francia, todo el conflicto social parece tener que expresarse a través de las luchas en el sector de la administración pública, con grandes huelgas organizadas por los sindicatos, que atraviesan lo que se llaman movimientos sociales. Lo que estaba en juego en la mayoría de estos movimientos consistía en oponerse a alguna reforma relacionada con el servicio público, o la administración por el Estado de los diversos aspectos relacionados con la reproducción global de la fuerza de trabajo (contribuciones al desempleo, seguridad social, pensiones , etc.)

Esto se debe a toda una serie de razones, analizadas mil veces, que van desde el peso real y el papel ideológico que ha adquirido el servicio público en este antiguo estado-nación desde la organización centralizada de la Edad Media, que es Francia, hasta el debilitamiento de los sindicatos del sector privado, resultado de las transformaciones sociales del capital en sus formas más recientes y que han convertido al sector público en el último baluarte de las luchas de masas de los trabajadores.

Pero, si la defensa del servicio público ha adquirido tal importancia ideológica en Francia, es esencialmente porque las grandes concentraciones de los trabajadores que existieron hasta los años 50 y 60 han sido derrotadas progresivamente por la reestructuración del capital, a partir de los años 70, y, de forma acelerada, a partir de los años 1999 y 2000. El fin de la identidad trabajadora, y con ella el fin de la capacidad de los trabajadores a movilizarse en masa, así como producir un discurso político específico, ha abierto espacio para una administración pública en la que los empleados todavía pueden hacer huelga sin incurrir en sanciones excesivas, y como consecuencia, pueden convertirse en representantes del interés común defendiendo sus propios intereses. Además, en Francia, la mitad del servicio público está compuesto por maestros, muchos de ellos profesores, es decir, personas que son extremadamente capaces de producir un discurso político. La capacidad de movilización y la capacidad de producción ideológica han hecho que las luchas de servicio público reemplazarían las luchas del pasado movimiento de los trabajadores, manteniendo algunas partes, imponiendo su ideología particular de una manera hegemónica a todas las luchas.

Entonces, habría muchas razones para pensar que, en 2018, este es solo otro movimiento social con sus grandes manifestaciones rituales, sus débordements-en-marge (los desbordamientos / enfrentamientos al lado de las manifestaciones oficiales), sus jornadas de huelga, sus entrevistas televisivas a pasajeros “tomados como rehenes” en estaciones ferroviarias o de servicio, la denuncia por los más radicales de la función colaboradora de los sindicatos, sus asambleas autónomas y su regreso a la calma declarado por sindicatos mismos después de un tiempo más o menos largo. Al mismo tiempo, todos se dan cuenta de que esta vez las cosas son un poco diferentes, y que, incluso si todos los elementos enumerados anteriormente no dejarán de estar presentes en el movimiento por venir, lo que está en juego no será lo mismo que siempre.

En primer lugar, el movimiento que se inicia llega después de una larga serie de derrotas, incluidas las notables de las luchas sobre la edad de jubilación de 2010, a pesar de una movilización masiva, y la de la lucha contra el loi travail en 2016. Las huelgas y manifestaciones que hasta finales de la década de los 90 lograron hacer retroceder a los gobiernos (que en cualquier caso solían tener éxito en sus propios intereses), parecen ser tratadas solo como problemas de orden público, y no como elementos de un diálogo que parece haber desaparecido, desde el momento en que las reformas son impuestas por el 49-3 (n. 49.3 es el artículo utilizado cuando las discusiones en la Asamblea Nacional se estancan o cuando el gobierno quiere aprobar una ley de urgencia) y por ordenanzas.

La larga serie de derrotas de los movimientos sociales que comenzó al menos desde 2003 (a excepción de la lucha contra CPE en 2006) no solo tuvo un efecto desmoralizador, sino también efectos muy concretos sobre la estructura del trabajo en Francia, distanciándola aún más del modelo basado en la defensa del servicio público. Así es como la defensa del servicio público se ha vuelto más y más omnipresente y urgente, a partir de su propio fracaso. Pero al mismo tiempo que nos hemos centrado en el servicio público y su defensa, todo el sector privado se ha adaptado cada vez más a las nuevas demandas del capitalismo. Paralelamente a estas transformaciones, la tendencia de las empresas públicas ha sido acercar sus estructuras operativas a las del sector privado, en su gestión y en sus necesidades de resultados concretos, o incluso de su desempeño financiero.

La brecha entre los servidores públicos y los asalariados privados no es solo ideológica sino real. No existe exclusivamente por razones psico-políticas de odio a los empleados públicos o por propaganda mediática, sino simplemente porque las dos realidades ya no se corresponden. Algunas reformas se han aplicado y se han luchado más o menos con fuerza y eficacia. Los asalariados del sector privado, que ahora están llamados a apoyar a los trabajadores de los ferrocarriles en nombre del interés general, podrían preguntar a los sindicatos qué hicieron en 2003 cuando se aprobó el aumento de la edad de jubilación, aunque Balladur había asegurado de que los regimenes especiales hubieran quedado seguros. Pero, sobre todo, las relaciones sociales se han transformado, con cambios que han sido seguidos o promovidos por las leyes, pero que responden a la transformación global del capital en su fase de reestructuración completa, en la que todos nos encontramos.

Incluso en el corazón de la administración pública, el uso de la subcontratación y la contratación, la lógica comercial en los servicios, los métodos de gestión (a veces incluso más estrictos que en el sector privado, véase Correos) tienden a garantizar el empleo, la protección social, así como las cadenas jerárquicas tradicionales una supervivencia del pasado. También es una forma de relacionarse con el trabajo heredado de la identidad trabajadora anterior (mezcla sútil de conciencia de su posición en las relaciones empresariales y de la horizontalidad en las relaciones individuales) que se ha combatido, como es evidente en el caso del correo, pero también del SNFC o EDF. Este es el efecto de más de veinte años de modernización.

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Por todos estos motivos, parece que las condiciones iniciales no son las mejores. Esta puede ser la razón por la cual, incluso antes de comenzar, miramos hacia atrás, en 1995, la última gran victoria sindical que enfrentó a una reforma del gobierno y un movimiento social, y también en mayo de 68, de la cual este año conmemoramos el medio siglo. Uno recordará – o a lo mejor no- que este movimiento comenzó el 22 de marzo.

El hecho de que casi el mismo espacio de tiempo separa estas dos fechas ’68 y ’95, debería hacernos comprender la ruptura que marca el 95 contra mayo de 1968 y los contenidos revolucionarios del viejo ciclo de lucha, y hacernos sospechar que el El ciclo abierto por el movimiento de diciembre de 1995 probablemente esté cerrado.

El movimiento de diciembre de 1995 fue el registro oficial de nacimiento de lo que podemos llamar ciudadanismo o democraticismo radical. Desde la crisis entre el 2007 y 2008, la derrota histórica de esta ideología se ha hecho evidente a través del abandono de cualquier posibilidad de retorno al keynesianismo social como solución a la crisis. Con la gestión de la crisis, es el mismo capital que ha reafirmado la producción de riqueza como resultado de la explotación y no como un objeto neutro que debería ser distribuido armoniosamente, y que a través de las políticas de austeridad aplicadas por los estados, ha hecho del disciplinamiento de los proletarios y la intensificación de la explotación, ya sea con la reducción de los salarios o con la reducción de las contribuciones, la afirmación del contenido objetivo de la relación entre las clases. Las luchas salariales se han vuelto ilegítimas, quizás tendencialmente ilegales, como lo demuestra el debate eterno sobre el “derecho” o no de bloquear el país durante una huelga.

El ciudadanismo, una ideología que se desarrolló en Francia sobre la base de la defensa del servicio público, por el contrario apoyó un renacimiento keynesiano con un modelo que data de los gloriosos años treinta. Pero con la crisis como el ápice de la reestructuración, como un momento en el que las características de esta reestructuración se afirman con mayor dureza, todos los elementos en la base de esta ideología son atacados y derrotados uno por uno. Así, el programa positivo de ciudadanía se refugia en la simple defensa de sus resultados (que de todos modos se han convertido en “conquistas”, para recordar que nada se gana) y la palabra clave se convierte en “resistencia”. El reformismo no tiene nada que proponer que no sea la oposición a las reformas llevadas a cabo por otros y que contradicen punto por punto todas sus aspiraciones. Simplemente se vuelven el negativo de lo que critican.

El movimiento de 1995 había podido formular la base del programa ciudadano sobre los elementos de esta resistencia, ciertos que era necesario preservar: la seguridad social, las pensiones, el desempleo, etc. en resumen, la reproducción de la fuerza de trabajo garantizada por el Estado dentro de un mercado regulado, es decir, un socialismo moderado que permitiría la preservación de las relaciones capitalistas fundamentales. Pero veinte años más tarde, si el Estado ha continuado desempeñando su función de disciplinar a la reproducción de la fuerza de trabajo lo ha hecho a sus condiciones de Estado del capital, en el momento actual del capitalismo, y no de acuerdo a cualquier ideología, sino a la ideología liberal, es decir, la ideología funcionalmente adecuada, para la clase dominante, a las relaciones de clase existentes. De hecho, el Estado interviene y reforma las prestaciones de desempleo para obligar a los desempleados a aceptar cualquier tipo de trabajo, extiende la edad de jubilación indefinidamente, disminuye las cotizaciones sociales y, por lo tanto, los salarios, etc. Todo esto, acompañado por el mantra de la “defensa del servicio público” que sale de nuestros oídos, lo sufrimos todos los días. Debido a que durante cientos de miles de personas en Francia hoy en día, el servicio público son también los profesores que humillan y clasifican socialmente, los inquisidores servicios sociales que cortan los beneficios sociales al más mínimo error en el llenado de documentos, controles mensuales a la oficina de empleo, las multas en los medios de transporte y los controles policiales.

En resumen, el Estado, hoy, hace lo que hizo el Estado keynesiano en los gloriosos años treinta erigido como modelo de ideología ciudadanista: enmarca la evolución del capital y hace los ajustes necesarios. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue necesario reconstruir y modernizar. Las fuerzas productivas integraron la fuerza de trabajo como un factor esencial en la producción de valor, el aparato productivo nacional fue la prioridad, el tema de la vivienda, la salud y la educación fueron las condiciones necesarias para proporcionar capital con una fuerza de trabajo masiva, calificada y válida. El Estado se ha aplicado a este objetivo, por el bien del capital, y sin duda, “globalmente”, como dijo Marchais, por el bien de los proletarios de la época, que han visto mejorar sus condiciones de vida considerablemente. Pero queda el hecho de que este período ha terminado: el Estado-providencia ha hecho su trabajo de reconstrucción, ha pasado las riendas al Estado liberal, que debe hacer lo suyo, deshacer lo que él construyó primero: cuando el cemento está vertido, ya es hora de derribar la estructura que lo contenía.

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Aquí estamos en 2018 y, por enésima vez, es necesario “defender el servicio público”. Esta vez para atacar es el estatuto de los trabajadores de los ferrocarriles, con el deseo de hacer de la SNCF una sociedad anónima de capital público, para abrir la posibilidad de la competencia. Cabe señalar que Correos se convirtió en una sociedad anónima en 2010, sin haber dado lugar a otra cosa que a “decididas protestas” sindicales.

El anuncio de esta reforma del estatuto de los trabajadores de los ferrocarriles (empleo garantizado, edad fija de jubilación – alargada de hecho ya en 2007 por alineación con el sector privado -, régimen especial de seguridad social) ha provocado, de una manera que ya está bien conocida pero con una intensidad particular, una oleada de odio mediático sobre los “privilegiados” y “vagos” de la SNCF. Frente a esta ola, los sindicatos y los políticos (en primera línea Besancenot, que con este tema logró formar un frente de la “izquierda de la izquierda”- que de hecho parece haberse convertido en la única izquierda) han construido, explotando el ‘arsenal ideológico a su disposición, una línea de defensa basada en el doble eje de defensa del servicio público y la solidaridad de clase. Apoyar a los trabajadores de los ferrocarriles sin duda será defender el servicio público, una garantía para el interés general y defender a nosotros mismos, en nombre del efecto dominó de las derrotas de los trabajadores.

Pero defender a los trabajadores de los ferrocarriles en nombre de los ferrocarriles, de la calidad del servicio o de su supuesto carácter ecológico, sería como incorporar al trabajador a su propio producto, convirtiendo al proletariado en algo perteneciente a su máquina. En este razonamiento, los trabajadores de los ferrocarriles se convierten en los “medios humanos” del ferrocarril. ¿Alguna vez ha habido una huelga de trabajadores en la industria del automóvil que enfatice el carácter ecológico de los vehículos o la calidad de sus motores? Pero aquí los trabajadores de los ferrocarriles ya no parecen pertenecer a la SNCF, como un servicio público, como si fueran parte de un bien común de la nación, un poco como los soldados en 1914. Se convierten en nuestros ferroviarios. En esta línea de nacionalismo productivo, nos gusta recordar que estos estatutos se remontan al final de la Primera Guerra Mundial por el servicio prestado a la nación.

Esto significa no quedarse lo suficiente en lo que realmente es la SNCF hoy en día, es decir, una empresa que tiene menos usuarios que clientes. ¿Cuál es el servicio de transporte público asegurado por sus trenes, cuando un billete entre París y Marsella cuesta 200 euros, por lo que la clase dominante toma el TGV a la Gare de Lyon, mientras que los proletarios el Ouigo (ndt. bajo coste en las rutas francesas) a Marne-la-vallèe, a Disneyland, a pesar de la noble idea de “igualdad en el acceso y tratamiento de todos los usuarios”? El hecho es que la transformación de SNCF en una empresa privada, ahora utilizada como espantapájaros, comenzó hace mucho tiempo, con la creación del TGV en los años 80 y la introducción del software Sócrates a principios de los 90 que ahora logran calcular el precio del boleto de acuerdo con la oferta y la demanda, siguiendo una lógica de mercado pura. Anteriormente, había una tarifa por kilómetro, la misma para todos, coherentemente con la idea republicana. Nadie ha ido a la huelga por la defensa de la tarifa única, ya que nadie en Renault va a trabajar cuando se produce un sedán de lujo, en nombre de “la igualdad que debe reinar entre los consumidores” por la simple razón de que todos reconocen que el pago de los salarios se justifican por las ganancias de la empresa.

Por lo tanto, el empleado de la SNCF debe ser un empleado como los demás. ¿Por qué, en nombre de la ideología del servicio público, es imposible para los trabajadores de los ferrocarriles afirmar su propia situación como proletarios? ¿Es corporativismo defender una situación particular, en la medida en que es la misma situación de todas? Los bajos salarios, los agotadores 3 × 8 (ndt i 3 × 8 o trois-huit es un sistema de organizaciones de tiempo de trabajo que consta de turnos de ocho horas para tres equipos de trabajo en el mismo lugar, a fin de garantizar el funcionamiento continuo de la producción, las 24 horas, excluidos los fines de semana), la naturaleza pesada del trabajo, todo les da el derecho a defender los escasos beneficios que poseen, que no son privilegios, sino compensaciones. Ademas, derecho o no, no hay que tener vergüenza en defender los propios intereses, cuando uno es proletario.

El hecho es que los trabajadores del ferrocarril están atascados en la defensa del servicio público, ya que están directamente amenazados por la apertura de la SNCF a la competencia. Pero al defender al SNFC como un servicio público, los trabajadores de los ferrocarriles se ven obligados a defender incluso su propio sistema reproductivo. Entonces, cuando, en su defensa, la reducción continua de la fuerza de trabajo desde 1950 se presenta en un folleto como una promesa de la modernidad de “su” empresa pública, lo que en realidad se ven obligados a reconocer, son las condiciones de ganancias y políticas llevadas a cabo por la empresa hasta el día de hoy. El problema sigue siendo el mismo, tanto para los trabajadores de los ferrocarriles como para el proletariado en general: cuando se reconocen por lo que son en el aparato productivo, también reconocen que sobran, que tienen un costo como “medio humano”, servicio público o no.

Es cierto que la apertura a la competencia conduce a una aceleración del proceso que pone en tela de juicio el estatuto, que se ha iniciado durante algún tiempo mediante “alineaciones” con los privados llevados adelante por los sindicatos. A pesar de las promesas de mantener las condiciones del estatuto actual para los trabajadores del ferrocarril que ya formaban parte de él, será la nueva mano de obra, tanto como la competencia y los métodos liberales de gestión, lo que ejercerá presión sobre el estatuto para que sea marginal. Con el paso del tiempo, en esta evolución, se hace evidente que las pensiones anticipadas serán necesarias para la “modernización” de la empresa. Los trabajadores de los ferrocarriles están justamente preocupados por su futuro en las líneas ferroviarias menores que estarán abiertas a la competencia, ya que es seguro que ningún operador privado considerará necesario retener al personal de quien es imposible separar: los capitalistas no son más filántropos del estado. Lo que están preparando a vivir los trabajadores de los ferrocarriles, y que ya han empezado a vivir, es la evolución de la sociedad francesa de los últimos treinta cuarenta años, acelerada hasta la marcha forzada. Esta evolución se ha realizado en el curso de los movimientos sociales, regulados por los sindicatos que han estado negociando para bien o para mal. Ciertamente, a partir de ahora, los sindicatos están negociando garantías con el ministro de transporte, para proteger lo que se puede proteger, y especialmente su presencia en cualquier negociación.

Los trabajadores de los ferrocarriles se enmarcan en la contradicción entre la defensa político-sindical del servicio público y la defensa inmediata de sus intereses como trabajadores de una empresa, es decir, como proletarios. Martínez también puede complacerlos al declarar que “Es suficiente incluir a todos en las reglas del estatuto ferroviario y todo saldrá bien”, nadie puede tomarlo como un reclamo real y ver cualquier otra cosa que no sea una broma, quizás con un contenido político, como el reclamo de la semana 32 horas, pero seguramente nunca será el objeto de una lucha real. Hablar como si fueramos en 1936, actuar como en 2018: es esta la lengua de madera de los sindicatos.

Si las ventajas de los trabajadores de los ferrocarriles, por pequeños que parezcan, aparecen como privilegios, es que representan en 2018 una anomalía en el mercado de trabajo tal como existe. El empleo garantizado de los trabajadores de los ferrocarriles en la sociedad de los años 50 y 60 fue solo una formalización de lo que ya existía para todos: en ese momento, la mayoría de los empleados firmaba un contrato indefinido y trabajaba durante 35 o 40 años. para la misma compañía antes de retirarse. Cuando nos declarabamos en huelga, luchabamos por salarios, no por “protección laboral”. En la actualidad, el mercado de trabajo se está desmoronando, es precario, las carreras están en zigzag cuando no caen en la ruina de la descalificación y el desempleo de larga duración, con o sin RSA. Y, de hecho, cada vez más, la principal diferencia entre las empresas públicas y las empresas privadas es el estatuto de los funcionarios. No es el “progreso” lo que quiere eso, es la marcha desastrosa del capitalismo.

Si hay que fomentar la solidaridad con los trabajadores de los ferrocariles, no es para defender el servicio público, sino para luchar al lado de los que son atacados por sus capitalistas, en este caso por el Estado, sin otro objeto que no sea una simple autodefensa de clase. La defensa del servicio público es, en realidad, lo que impide la solidaridad de clase, transformándola en “interés general”, algo de la burguesía y el Estado. Pero esto, la ideología del servicio público, atascada en su propio discurso, no puede decir, si no dando aparentemente razón al “neoliberalismo”, que lleva a cabo sus reformas de una manera completamente apolítica, por medio de administradores puros como Macron , como pasos de una actualización social cruel pero necesaria. El impasse de la defensa del servicio público radica en la imposibilidad de sostener este tipo de discurso pero, al mismo tiempo, no tener nada más tangible para proponer que el status quo.

Para salir de este punto muerto, sería necesario reconocer que, de hecho, la protección social heredada de los gloriosos Años Treinta, como los regímenes especiales, están destinados a desaparecer, que todo lo que uno tuvo que resistir ya ha sido prácticamente vencido y que lo que necesitaba ser defendido se perdió. Ya, durante las luchas contra las pensiones, en 2010, la CGT (ndt una importante confederación sindical francesa) se ha doblado ante la lógica contable reconociendo que el alargamiento de la esperanza de vida implica la de los años de trabajo, y declarando al unísono con el Estado que antes que nada era necesario “salvar el sistema de pensiones con su distribución” porque era una voluntad de “interés general”; está claro que los fondos de pensiones podrían haber ayudado a completar las pensiones, fondos que, además, son gestionados por los sindicatos a través de un Comité intersectorial de ahorro salarial, todo está dicho.

Por otro lado, la defensa del servicio público puede inicialmente parecer ser el servicio público en sí mismo, es decir, un gran número de personas, a menudo suficiente. Pero los llamamientos al sector privado que se hacen desde la defensa del servicio público se incluyen exclusivamente sobre la base del sector público / privado. Si en el sector privado existieran los medios para producir movilizaciones importantes, las prioridades de las luchas no se quedarían en la defensa del servicio público. De la división de la hegemonía aparece su reverso, el aislamiento.

Inevitablemente, con el paso del tiempo, el estatuto de los trabajadores ferroviarios alcanzará el pleno empleo, la jubilación a los 60 y trece mensilidades, abordadas a nivel de acuerdo sectorial en la tienda de antigüedades del capital reestructurado. Del mismo modo, los sindicatos mayoritarios solo serán instrumentos de cogestión, comprometidos a luchar entre sí para mantener su lugar entre las numerosas instituciones conjuntas, de las que derivan la mayor parte de sus ganancias. Su futuro también está garantizado “en la base”, cuando los utilizarán, caso por caso, para gestionar los acuerdos comerciales de la empresa, lo que posiblemente limitará el golpe. Esto no será el resultado de una deriva ideológica de los sindicatos o de algún tipo de traición, sino una adaptación real a la realidad del capitalismo contemporáneo, ya que el sindicalismo revolucionario fue adecuado a una situación completamente diferente. En la lenta y planificada disolución del servicio público en Francia, es todo el período de los movimientos sociales el que debe cerrarse gradualmente.

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Los movimientos sociales se basaban en un acuerdo tácito entre el Estado y “actores sociales”: el Estado avanzaba algunas reformas, medía la resistencia y la negociaba sobre la base de esta resistencia. Es lo que expresa el viejo eslogan “dos pasos adelante, tres pasos atrás”. Este sistema se refiere al período desde 1985 hasta el final de la década de 1990. Este período fue muy lejos de la violencia de los enfrentamientos de clase (incluyendo aquellos sindicales) de los años 60 y 70, de acuerdo con un aumento real de las tasas de ganancia de las cuales disfrutaron las políticas liberales impulsadas por el gobierno de Mitterrand, y la derrota de la ofensiva de clase post-1968. Desde 1998, la parte efectiva del valor añadido de los salarios comenzó a subir, sin que el nivel de los salarios hubíese cambiado en realidad, esto significa que la tasa de ganancia ha disminuido, poniendo fin a un breve embellecimiento capitalista, y endureciendo de hecho a las llamadas políticas neoliberales, es decir, las políticas del capital reestructurado.

La crisis económica de 2008 ha acelerado radicalmente esta tendencia. En todas partes de Europa, los Estados miembros han estado llevando a cabo políticas de austeridad bajo la presión de las instituciones internacionales, por lo que podría lograrse una salida de la crisis que generaría las mismas tendencias que llevaron a la crisis.

Diez años más tarde, se ha dado una salida relativa de la crisis, con la disminución general de los salarios y las ayudas sociales, con la creciente precariedad del empleo, con los recortes hechos por los Estados a todas esas formas de bienestar aún existentes, poniendo así en el mercado millones de proletarios dispuestos a aceptar trabajar bajo cualquier condición. Esta salida de la crisis renueva las condiciones de la crisis y prepara para una nueva caída que sin duda será aún más brutal, tanto en sus efectos como en su gestión.

En este nuevo contexto, el sistema de movimientos sociales tal como funcionó hasta la década de 2000 se ha vuelto obsoleto. Por un lado, la capacidad efectiva para la resistencia sindical se ha erosionado y, por otro lado, la reacción de los sucesivos gobiernos se ha vuelto cada vez más brutal y cerrada al “diálogo social”.

Cuando los sindicatos actuaban en un nivel casi simbólico y se contentaban con mostrar su capacidad de movilización llevando a la gente a las calles y organizando huelgas, el estado los toma literalmente, obligándolos a demostrar su imposibilidad de implementar sus amenazas, o practicar cualquier medio para prevenirlo. Desde entonces, hemos sido testigos de la criminalización de los movimientos sociales.

A la pregunta-trampa: “¿Tenemos derecho a bloquear el país? La respuesta obviamente puede ser no. Los sindicatos, que son instituciones válidas solo por el reconocimiento por parte del Estado de su carácter legítimo, no pueden colocarse fuera de la ley. En cualquier huelga y cualquier ocupación, hay desbordamientos. Los sindicatos pueden en cierta medida esconderse detrás de actos individuales (“los chicos quieren liarla”), encubrirlos o, a veces, “denunciar la violencia”. No se les puede pedir que organicen desbordamientos, porque esa no es su función. Su papel está en el límite y en el mejor de los casos para cubrir estos excesos gracias a la legitimidad que tienen. Esta legitimidad, cada vez más, es reconocida por el Estado solo en torno a la mesa de negociación, para ratificar lo que se ha decidido desde arriba, con posiblemente algunas concesiones a nivel cosmético para no hacerles perder la cara.

En cualquier caso, cuanto más se vuelve dura la política gubernamental, más se obligan los sindicatos a endurecer sus acciones. La cuestión sobre la práctica del “bloqueo” lo ha demostrado durante diez años. En 2010, cuando el bloqueo de las refinerías, lejos de ser el bloque de producción total es nada más que un descanso, por lo que las refinerías podrían volver a funcionar rápidamente, sucedió simplemente porque un bloque real y total de la producción se habría asimilado al sabotaje, severamente castigado por la ley. Los sindicalistas no son unos desperados. En 2016, durante otro movimiento de refinerías, el Estado fue a extraer de sus reservas estratégicas, como en tiempo de guerra, y el pánico en las estaciones de servicio fue causado más por la cola de los automovilistas que por un cese real del suministro. En 2018, la SNCF establece un co-manejo y ofrece un aumento mensual a los empleados para conducir los trenes. Intenta organizarse para asegurarse de que la huelga ilimitada utilizada por los sindicatos para hacer que el movimiento dure sin afectar los salarios se considera como una huelga única, y que todos los días se pierdan. Está bastante claro que el objetivo es, como dijo Sarkozy, cuando hay una huelga en Francia, para asegurarse de que nadie la note más, o mejor aún – en el respeto del derecho de huelga, por supuesto – no haya más huelgas por completo.

La realidad es que los sindicatos no tienen la capacidad, ni el deseo de bloquear el país. El hecho es que los sindicatos están hechos por trabajadores que sólo tienen su fuerza de trabajo para vivir y son, de hecho, unido a sus recursos productivos, como los ferroviarios que no existen nada más que dentro de la SNCF, y por eso defienden a los servicios públicos. A medida que el Estado los pone de nuevo en la pared y los empuja a implementar sus amenazas, los sindicatos y los trabajadores que representan deben reconocer que la función de los sindicatos no es conducir la insurrección, sino negociar. La negociación no se deriva solo de las directivas recibidas del ministerio, también existe a nivel de las fábricas y, a veces, en contradicción con las líneas decididas a nivel nacional. En 2013, por ejemplo, la CGT se ha negado a firmar los acuerdos sobre “flexiseguridad”, de manera que en el Aveyron, el sindicato local CGT salvó una empresa Bosch permitiendo gotas salariales y reducciones de la jornada laboral, en el más puro espíritu flexiseguridad. El hecho es que las secretarías hacen política y la base debe seguir. La vida cotidiana del sindicalismo consiste en estos ajustes diarios, lejos de las proyecciones de los grandes movimientos sociales.

Pero si el Estado, durante un movimiento, empuja a los sindicatos a declarar ilegales, y por lo tanto los vuelve a colocar en torno a la mesa de negociaciones en las condiciones que son más favorables para él, también dice más y más de lo que podemos hacer sin negociar. El 49-3 y las ordenanzas están ahí para eso, pero también los procedimientos democráticos: que el estatuto de los ferroviarios y la ley sobre la apertura de la competencia pasa ante la Asamblea Nacional, que constituirá solo una pequeña desaceleración en el procedimiento, y tal vez la duración de las huelgas, pero todos saben el resultado de los debates en una Asamblea que en su mayoría apoya a las reformas. Ahí es cuando el sistema de partido único instituido por Macron está en pleno apogeo.

El problema de los movimientos sociales, es precisamente que siguen siendo sociales, que a través de las luchas y las críticas que formulan de la sociedad, devuelven en negativo todas las categorías de esta sociedad que es entonces infinitamente criticable solo porque es infinitamente salvable. Así es como marcan críticamente, cada tres o cinco años, los cambios en el capital, caminando de la mano con él en el camino hacia su desarrollo. Por lo tanto, proletarios, caminamos de la mano con lo que simultáneamente nos mata y nos hace vivir.

En esta situación estancada, es el desbordamiento el que se afirma a sí mismo como la única solución posible. Los “movimientos sociales”, en su reclamo de hacerse cargo de todo el conflicto social, para encarnar la lucha de clases en sí, han tenido el efecto de invisibilizar cualquier otra forma de conflictividad, de designar lo que es una lucha legítima y lo que no es, para reducir cualquier conflicto al reclamo y el diálogo con el poder. Obviamente, estamos pensando en los disturbios de 2005 en los suburbios franceses, que podrían no haber sido considerados tan exclusivamente como una cuestión de desorden público si el modelo dominante de la lucha no hubiera sido el de los movimientos sociales. En 2016, durante la lucha contra la Loi Travail, los desbordes sistemáticos contribuyeron a reintroducir la conflictividad donde no había nada más que un ritual percibido como vacío y obsoleto: las famosas manifestaciónes de “globos y salchichas”.

En el movimiento del cual se habla, la violencia sufrida o practicada, la ausencia de reclamos como condición necesaria para la acción, la superación requerida por el problema de la legitimidad de la lucha para su deslegitimación efectiva, han hecho que el tema del desbordamiento parezca todo lo contrario a la convergencia de las luchas, como una fuerza centrífuga. El “cortège de tete” mismo, ahora institucionalizado y ritualizado, se convierte en un freno para este movimiento centrífugo, ya que designa a los individuos por su afiliación sociopolítica (túnicas rojas y k-way negras), y se ve que se reduce a una forma convergente, tomada por la dinámica del movimiento social. Esta observación ya ha sido hecha por varios de los que participaron en ello. El cortege de tete, en el momento en que se formalizó, se convirtió en un objeto político, un asunto militante, un discurso ideológico. Él ha llegado a negar lo que lo había constituido en su forma más vívida, y que existe en un nivel u otro de todas las luchas de clases de este ciclo; actuar y reunirse en una forma social indistinta y provisional que permite “romper todo”, significa no reclamar nada como propio en este mundo, no construir nada, no buscar lo “común” fuera del yo, des-subjetivizar el sujeto. Resaltar el desbordamiento de las procesiones en los cuales está contenido, establecerlo como una forma de relación entre los individuos y, más allá de los disturbios, llevarlo a diferentes lugares – en particular en los lugares de producción, pero no solo – a fin de determinar el uso inmediato al abolir su rol social, es lo que se postula el momento en que nos encontramos: el desafío del comunismo en acción.

Pero aún no hemos llegado en ese momento. Por ahora, solo podemos ver el declive de los movimientos sociales. Su incapacidad para oponerse a la evolución del capitalismo, porque desde el punto de vista del trabajo, no somos más que un polo de esta evolución, que nos lleva consigo. También podemos ver, a través de este declive, la derrota ideológica del ciudadanismo y su incapacidad para promover políticas efectivas, atrapado como está en una apología del Estado y la democracia. Evidentemente, estamos en un momento de ruptura, o al menos de dislocación. Entonces podemos preguntarnos la dirección que tomarán las luchas de clases, que nunca se han limitado a la forma de los movimientos sociales, en este debilitamiento. Nadie puede responder esta pregunta por el momento. Solo a partir de la comprensión de la situación tal como está ahora, siguiendo las hipótesis que hemos formulado aquí, podríamos, a partir de la observación de lo que sucede durante las luchas diarias, comprender de manera efectiva en qué dirección van las cosas. En este sentido, lo que está en juego en las luchas que están dando en la primavera de 2018, más allá de la victoria o la derrota del movimiento, será mostrarnos la dirección en la que nos dirigimos.

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Pero si el declive de los movimientos sociales se anuncia como inevitable en la situación actual, debemos prestar atención a las extrapolaciones arriesgadas y no elevarnos a lo que podríamos llamar “la teoría de la pureza” según la cual la lucha de clases real, deshacerse de sus atavíos sindicales y ciudadanos, eventualmente podría aparecer en toda su radicalidad e inmediatamente estallar en una insurrección generalizada que borraría el Estado y el capital.

No debemos olvidar que estamos tratando con procesos a largo plazo (es decir, sin prejuzgar los efectos de la interrupción que podría ser causada por una crisis de capital generalizada). Incluso Macron-Júpiter no puede romper ninguna oposición en tres semanas y privatizar todo en tres meses. En esta primavera de 2018 en particular, pudo haber pecado por presunción y haber lanzado demasiados proyectos simultáneos. Si el ataque de esta primavera es masivo y ha tenido un buen comienzo, probablemente ganaremos un poco más de tiempo. La empresa capitalista llamada Francia no puede trasladarse: tiene que tratar con su personal, y no puede reestructurarse a marchas forzadas, porque debe seguir funcionando como un marco capitalista global, es decir, como una sociedad. Todo esto tomará mucho tiempo y causará mucho debate y oposición. Además, como ya se ha señalado, mientras más obstinadas sean las derrotas, más uno se apega a la ideología. La ideología de la defensa del servicio público, si depende cada vez menos de los movimientos sociales en declive en su forma clásica y es bastante obsoleta en su versión ciudadana, tiene buenas posibilidades, debido a estos debates que existirán a largo plazo y fuera del movimiento social, para ser reconstituidos en un nivel estrictamente político.

Es precisamente este plan que los sucesivos gobiernos han abandonado deliberadamente, hasta la figura de Macron que es el emblema de este abandono. El modo de gobierno puramente gerencial promovido por Macron (y reclamado por una parte importante de la clase media), tiene el límite absoluto de no promover más la trascendencia, lo que deja la parte bella a todos los que ahora pretenden, dentro del capital, restablecer lo común. Este común, que puede tomar mil formas en la retórica alternativa, y expresar una aspiración a una dimensión más horizontal en el “todos juntos” de 1995, tiene buenas posibilidades, en el contexto actual, de encarnarse muy estrechamente en una forma populista y nacionalista, que la pareja Le Pen y Melenchon han encarnado recientemente, pero eso quizás también se haya constituido realmente. La reciente victoria electoral en Italia del M5S de Beppe Grillo nos da, entre otras cosas, una idea.

Esta constitución de un grupo nacional-populista tal vez se dará sobre el declive de los movimientos sociales, cuyo componente radical y componente institucional se dividirá en la definición que se dará a lo común, lo que hace una gran apuesta política en los próximos años. El común será entonces el otro lado, el lado social del desbordamiento, será, en su versión alternativa como en su versión nacional-populista, la forma del regreso al orden.

2 de abril 2018, AC.

 

Fuente: carburblog

El tren contra la historia – Prologo

Advertencia y prólogo del panfleto de Gigi Roggero (colección Input por DeriveApprodi, 2017)

Advertencia

Este no es un ensayo, uno de esos libros inflados con citas y bibliografías. No porque consideremos inútil leer libros, por el contrario, lo consideramos tan útil que no nos ocuparemos de dar a cada uno su propio trozo de reconocimiento. Las referencias se utilizan de forma parcial y arbitraria, porque pensar de forma revolucionaria significa ser parciales y arbitrarios. Quien quiera encontrará las huellas necesarias para profundizar y reutilizar, quien no quiera hacerlo es inútil que se plantee el problema de las citas para justificar su pereza.

Lo que tenéis en vuestras manos es un panfleto, de esta manera se llaman a esas escrituras cortadas con el hacha, directas al punto de la cuestión y lejos de rodeos, que toman el riesgo de la simplificación porque presuponen la complejidad. Para cada tema se tratará, parece ya escuchar un zumbido molesto de voces: pero no habéis hablado de esto y de esto y lo otro y eso, al desplazarse por la lista de compras de temas que los concienzudos izquierdistas deben mencionar. Al no ser de izquierdas, no nos importa. Uno de nuestros malos maestros, ante la objeción de aquellos que le recordaban las grandes injusticias que atormentan al mundo, respondió que estaba tan de acuerdo que no hablaba de eso, precisamente porque todos los demás ya lo estaban haciendo. Si decimos algo, es para romper, no para agradar. Desconfiemos radicalmente de aquellos pensadores sobre los cuales todos expresan juicios positivos, porque evidentemente no tienen nada realmente significativo que decir. Cada pensamiento que realmente dice algo es un pensamiento divisivo. Desde luego un revolucionario concibe la escritura como guerra, para dividir continuamente a los amigos de los enemigos.

Entonces este panfleto quisiera ser algo más. Un llamado a las armas. No para fundar un nuevo partido, porque el partido está en nuestras cabezas, es nuestra forma de razonar y actuar, será un proceso real darle una forma organizada. Ciertamente es un llamado a las armas para hundir a los partidos existentes: ya sea que se les llamen partido o no, formales o informales, grandes o pequeños. Llevar cañones y pólvora. Es un llamado a las armas para matar a los zombis políticos que capturan y chupan sangre a los vivos, especialmente a aquellos que no aceptan el estado de cosas actual. Llevad cruces y estacas. Es un llamado a las armas para despejar la tierra de los cadáveres que, con su arrogante podredumbre, impiden el nacimiento de los frutos. Llevad palas, herbicidas y luego distribuir sal en abundancia. Es un llamado a las armas para abrir una brecha en lo real y vislumbrar la apariencia de lo posible. Llevad cuchillos afilados, forjar lentes nuevos, incluso antes, llevad ojos dispuestos a mirar. Incluso lo que no nos gusta, incluso lo que nos desplaza. De hecho, sobre todo esto.

Habrá quienes dirán que este panfleto es demasiado teórico y le falta acción. Habrá quienes dirán que, en su tensión ante la acción, carece de teoría. No nos importa ni lo uno ni lo otro, porque ambos no entienden que una acción sin teoría es fatua, que una teoría sin acción es académica. Este folleto se coloca allí donde la acción cambia la teoría y la teoría dirige la acción. Allí es el espacio de los militantes políticos. No, nada que ver con políticos, aquellos de los partidos o grupos que se definen a sí mismos como movimiento en ausencia de movimiento, y cuando hay un movimiento lo sofocan si no pueden gobernarlo. Hablamos de militantes como aquellos que quieren hacer algo como la revolución, dispuestos a arriesgar sus vidas, sus deseos, sus habilidades para ese algo que es todo.

Por lo tanto les advertimos: este panfleto no está escrito con una pluma. Está escrito con el martillo. No porque tengamos tantas certezas, sino porque queremos ordenar muchas de nuestras dudas. No porque estemos satisfechos con lo que somos y pensamos, sino porque no lo somos en absoluto, porque queremos romper lo que somos. No porque nos sentimos poderosos, sino porque queremos buscar la potencia, construirla, expresarla. Para golpear contra el espíritu enemigo de nuestro tiempo. Para martillar contra el espíritu enemigo del tiempo que se ha encarnado en nosotros.

Almas hermosas, huid de aquí. Vosotras que estáis horrorizadas por la polémica de la de la política y la de los fines y no por la competencia individual, que confundís el mezquino rencor de los débiles, con la implacable determinación de los fuertes: o nunca habéis conocido a Marx, Lenin y la praxis revolucionaria, o – aún peor – los leísteis y no entendisteis nada. Con gusto dejaremos la filología a la academia y lo politically correct a la ideología posmoderna. Debemos defender el pensamiento fuerte del pensamiento débil porque este no es un texto para almas hermosas. Es un llamado a las armas para los espíritus libres.
Prólogo

Después de esta advertencia necesaria (no vayáis diciendo por ahí que no os lo dijimos), expliquemos brevemente por qué el título y el subtítulo.

El tren es notoriamente una imagen del progreso, la aceleración y la velocidad imparable del desarrollo. Es la máquina que corre para hacer circular el capital y la fuerza de trabajo y apresurar el cumplimiento de la modernidad y la civilización. En los últimos años de su vida Marx escribía a Vera Zasulič, ex revolucionaria populista temerosa de perder el potencial subversivo de las campañas y neomarxista temerosa de fallar a la doctrina de la necesidad del desarrollo del capitalismo, que lo que amenaza la vida de la comuna rusa no es ni una fatalidad histórica ni una teoría: es el “gran negocio” puesto en marcha en Rusia por la “conspiración de fuerzas e intereses poderosos”, es decir, Estado, bolsa, banco, comercio y por supuesto los ferrocarriles. Mientras escribía estas líneas, la batalla seguía abierta, tanto que en esos mismos días el Narodnaja Volja acabó con el zar Alejandro II. Marx no dejó de brindar por el evento, frente a los marxistas, y su santificación de la objetividad y las etapas de desarrollo. Luego las cosas fueron como sabemos, la batalla la ganó la conspiración de fuerzas e intereses, y el destino podría proceder temporalmente sobre los carriles del capital. Y sigue siendo un tren el símbolo material de una lucha, que durante veinte años se está luchando en Val di Susa. No el tren en general, sino un tren en particular: el que come vidas y caga ganancias. Estos son los trenes de la historia, aquellos en los que viaja la historia, aquellos que la historia hace viajar.

Aquí, nosotros hablamos de otro tren, un contra-tren. Un tren blindado. Un tren que partió de una capital, la suiza, y que llegó a otra capital, la rusa. Un tren que pasó por la Primera Guerra Mundial. Un tren que se usa en contra de sus propósitos capitalistas. Un tren que ha pasado por la historia. Un tren que se ha rebelado a la historia. Un tren que se ha vuelto contra la Historia. Un tren atado a un nombre maldito por todos, de derecha a izquierda, ¡malditos Lenin y su tren!

De la historia contada por el capital, ya sabemos. ¿Cuál fue la historia contada por los mencheviques y los socialistas de todo tipo? Que Rusia no era el lugar y que el ’17 no era el momento de hacer la revolución. Que era necesario tomar parte en el gobierno provisional, continuar la guerra contra las potencias centrales europeas, colaborar con los liberales y los progresistas. Que el proletariado tenía que esperar la etapa pacífica del desarrollo burgués para completar su evolución y luego recoger del barro la bandera de ese desarrollo, porque después del oscurantismo de los regímenes autoritarios luego surge la Ilustración de los regímenes democráticos. Esto es lo que dice la Historia, y si la seguimos, nos dará el socialismo y, en un futuro lejano, el comunismo.

Y luego está la Historia contada por los reaccionarios, cuya versión sostiene que Lenin hizo ese viaje en el tren con el dinero de Alemania, el infame “oro alemán”, para desestabilizar a Rusia, su enemigo en la guerra. Dejamos a otros la digna tarea de liquidar las calumnias escritas al servicio del oro de los gobiernos y universidades imperiales. A nosotros gusta pensar que los reaccionarios tenían razón. Esta sería otra pieza en el triunfo del genio de acero de Lenin: utilizar también las contradicciones del campo enemigo para hacer lo que nadie quería, lo que nadie hubiera esperado.

Ahora el subtitulo: ¿Por qué estas consideraciones son inactuales? Lo son – ¡está claro! – en el sentido nietzscheano, de actuar contra el tiempo, sobre el tiempo y a favor de un tiempo por venir. Era ciertamente un viaje inactual ese viaje de Lenin, esa curva misteriosa para recorrer la línea revolucionaria. Solo la empalagosa pedantería de los leninistas podría hacer que la curva desapareciera y regresar a la recta de la supuesta objetividad de la Historia. Es el leninismo de retrospectiva, exactamente lo contrario de Lenin. Cuando aterrizó en la Estación Finlandia de Petrogrado con sus Tesis de Abril, Lenin estaba en una minoría extrema, incluso entre los bolcheviques, y para muchos fue tomado por loco. Permanecería en la minoría hasta la víspera de octubre, cuando el lema de todo el poder para los soviets se había convertido en la urgencia de la insurrección.

Tenemos dos buenas metáforas para dibujar esa inactualidad. El primero lo ofrece el calendario juliano entonces vigente en Rusia, trece días detrás del calendario gregoriano vigente en el oeste. Por lo tanto, cuando los bolcheviques conquistaron el Palacio de Invierno, Occidente ya había vivido hasta octubre, sin hacer nada. Era solo un mes del calendario burgués, era un octubre cualquiera y no el Octubre. De la misma manera en que ya habían vivido el desarrollo del capitalismo, sin poder darle la vuelta en el campo de batalla decisivo. Trece días de diferencia, un retorno hacia atrás para saltar adelante. Trece días para hacer otra historia, rompiendo la del enemigo. La cadena de dominación no se rompe donde el capital es más débil, sino donde la clase trabajadora es más fuerte. Cuál es el punto más retrasado y el más avanzado no lo determina el capital, sino la lucha de clases. Esta es una lección que el operaismo hará suya, dando lecciones a todos.

La otra metáfora es la del tren sellado. Como se sabe, las autoridades alemanas impusieron que los revolucionarios rusos no entrarían en contacto con los soldados y trabajadores de los territorios cruzados, a fin de preservar a Alemania del contagio. Ese tren sellado puede al mismo tiempo ser reflejado en la imagen de una voluntad revolucionaria que se alza como una fortaleza con respecto a su propio tiempo. Lo atraviesa, es inflexiblemente contra, es irreductiblemente otro. Debemos estar en paz con nosotros mismos para ir a la guerra con el mundo, nos explicó recientemente Tronti. El tren sellado es aquel sobre el cual viaja el espíritu libre y revolucionario.

Solo a posteriori, convertir la guerra imperialista en una guerra civil, era un lema obvio. Entonces los socialistas se dividían entre los que votaban por los créditos de guerra y los que predicaban el pacifismo, entre la práctica del oportunismo y la apología de la impotencia. Solo en retrospectiva, el obrero masa se ha convertido en el obrero masa. Mientras se formaba, se lo consideraba pasivo, coludido con el amo, un daño a la clase trabajadora, o sino, el símbolo de su alienación definitiva. Que podía quererlo todo porque lo rechazaba todo, lo llegaron a entender cuatro gatos. Todavía una minoría, todavía en contra de la Historia. Perseguir la actualidad de la revolución, agarrar la inactualidad de la ruptura: esto es el quehacer del militante.

Una última pregunta: ¿Por qué los y no el ’17? No nos gusta el plural, por el contrario, el uso que se le ha dado en las últimas décadas es definitivamente molesto. Estamos a favor del singular, de la singularidad, de la recomposición y no de la fragmentación. De hecho, la recomposición ya contiene la multiplicidad, constituye su condensación y plan de potencia. Quien habla hoy de la belleza de las diferencias en abstracto, no las cultiva en lo concreto, es decir, acepta la fragmentación en el plano único del capital. Las diferencias hacen riqueza, se repitió como un eslogan en el Foro Social Antiglobalización; cuando en los años siguientes ese tipo de figuras ha acabado (o han intentado acabar) en el parlamento, todos entendieron que estaban hablando de su riqueza. Bueno, volvamos a la pregunta y damos una respuesta: porque en nuestro tren sellado nosotros volvemos a atravesar la historia, la nuestra historia, para volcarla contra el presente. Para acumular potencia y riqueza real, transformarlas en armas, conquistar nuestra tradición, vengar el pasado, derrocar el presente. Para ejecutar la Historia, hoy, en nuestro ’17.

Parece obvio – pero tal vez en nuestro tiempo no hay nada tan obvio, por desgracia – hacer la premisa de que los modelos de organización nunca son universales, están siempre situados radicalmente dentro y contra su tiempo. Para Lenin fue el siglo XX, el zarismo, la guerra, la clase obrera y esos campesinos; y fue Rusia, con su presente, su tradición, sus profundas sedimentaciones antropológicas. Las composiciones, los comportamientos, las contingencias son siempre irrepetibles; lo que es repetible, es decir, para repensar y mirar hacia adelante, es el método revolucionario.

¿Cómo? ¿Habláis en serio? Estáis hablando de hoy, en 2017, ¿estáis bromeando? Habrá quienes exclamen, despreocupados de lo que hemos demostrado hasta ahora sobre la inactualidad de la apuesta de entonces, así como de todas las apuestas revolucionarias: vale, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple ¡hoy la situación es extremadamente más compleja! La complejidad se ha convertido en la coartada de los militantes indolentes, la autojustificación de quienes han renunciado a la lucha, el mantra de los académicos que desprecian a quienes actúan dentro de las ambigüedades del comportamiento de clase porque, después de todo, desprecian a una clase que no se comporta como ellos quieren. No entienden, y nunca entenderán, que la complejidad es una relación de fuerza: los que son débiles ven todo complejo porque no tienen la simplificación, los que son fuertes lo simplifican todo porque tienen la complejidad. Quién sabe si dentro de medio siglo o un siglo entero, un futuro indolente o histórico de las luchas del porvenir no exclamará: ¡bueno, pero hace cien o cincuenta años todo era mucho más simple, hoy la situación es extremadamente más compleja!

Dado que nosotros, siguiendo las enseñanzas de Alquati, no queremos prever lo que sucederá sino organizarlo, estamos listos para volver a recorrer el viaje dentro y contra el tiempo siempre como si fuera la primera vez.
Última advertencia

Alquati nos explicó cómo se leían sus textos: no eran libros, eran como maquinitas. Ponía en guardia a los que se quejaban de la escritura difícil diciendo inmediatamente que él no escribía para todos, para luego decir que no era culpa suya si cada vez hubieran menos personas capaces de leer.

Aquí, en realidad no hay mucho más que añadir. Este panfleto-maquinita consta de dispositivos que no están montados al azar, sin embargo, tampoco en orden cronológico. El objetivo no es, de hecho, la reconstrucción historiográfica. El objetivo es contribuir a la construcción revolucionaria, es decir, a la destrucción del presente. Por lo tanto, iremos adelante y atrás, vamos a proceder aparentemente a saltos y por interrupciones, vamos a hacer irrumpir el presente en el pasado, y viceversa. Alguien puede encontrar cosas ya escritas o dichas, por nosotros y por el colectivo al que pertenecemos, puede captar en alguna de nuestras otras palabras la transformación o el cuestionamiento, puede apreciar o despreciar fragmentos y notas de un discurso que viene de lejos y que apunta a explotar en el presente, referencias implícitas o explícitas. Repetiremos lo que necesitemos, no repetiremos lo que damos por adquirido. La consecuencialidad rígida de la maquinita es alimentada por la usabilidad flexible de sus dispositivos.

No escribimos para todos, ciertamente no. Escribimos una vez más, y antes que nada, para los militantes políticos. Escribimos para aquellos que no aceptan el presente. Escribimos para aquellos que piensan que no es posible seguir así, incluso si aún no saben cómo seguir adelante. Escribimos para aquellos que son conscientes de nuestra crisis política y quieren aprovechar la ocasión para dar el salto a la práctica autónoma. A todos vosotros os decimos que no contempléis y que no citéis esta maquinita, sino que la utilicéis porque solo al usarla le daréis vida, la mejoraréis desmontándola y volviéndola a armar, convirtiendo los dispositivos en herramientas de investigación y en armas de ataque. Cuando esta maquinita haya expuesto todos sus límites, que son los límites de nuestro pequeño e insuficiente nosotros de hoy en día, estaremos listos para ir más allá. Y la maquinita, ahora desgastada, habrá logrado su propósito, allanar el camino a otras maquinitas con las que conducir a lo largo de esa misteriosa curva que está por inventar.

Fuente: Commonware

Cataluña como laboratorio político

por Santiago López Petit

Finalmente el Régimen del 78 tampoco ha muerto esta vez. Las luchas obreras autónomas de los setenta fueron derrotadas con muertos y mediante los Pactos de la Moncloa firmados por los mismos sindicatos de clase. El movimiento del 15-M que elaboró una crítica radical de la representación política, se lo calló empleando como armas efectivas el ridículo y el aislamiento. La rebelión catalanista que, por unos momentos, ha parecido arañar los fundamentos del Régimen, también ha sido derrotada. En realidad, este tercer intento no ha tenido eco en España donde ha predominado la perplejidad cuando no lo ha hecho una total incomprensión. El llamamiento al orden mediante la aplicación del artículo 155, ha bloqueado todo intento de cambio. El presidente Rajoy lo ha afirmado con su habitual capacidad argumentativa: “El Estado se defiende de los ataques de quienes lo quieren destruir”. Y ha añadido la pequeña puntualización que el artículo 155, aunque un día deje de aplicarse, nunca dejará de funcionar. Es el que se denomina “Hacer cumplir la Ley”. El aviso es inequívoco. La represión y la humillación contra la Cataluña que ha pretendido rebelarse serán grandes.

Pocas veces ha sido tan evidente que la defensa de la Ley (con mayúscula) suponía una declaración de guerra. Esto es una cosa que los juristas tertulianos tan presentes actualmente en los medios difícilmente pueden llegar a entender. La ley es una correlación de fuerzas. Ha ganado Foucault por goleada ante los Habermas y compañía. Un amigo jurista me dijo un día: “Pues si así son las cosas, ya podemos plegar”. El poder es, siempre y en última instancia, poder matar; el Estado de Derecho sirve para encubrirlo. Usualmente, y para afirmar lo mismo aunque de manera más sofisticada, se habla que el Estado posee el “monopolio de la violencia física legítima”. Esta verdad del Estado de Derecho es con la que se toparon los miembros del gobierno catalán. Cuando uno de ellos afirma que la Generalitat no estaba preparada para desarrollar la República “haciendo frente a un Estado autoritario sin límites para aplicar la violencia”. O cuando el portavoz de los republicanos nos dice que: “Ante las pruebas claras que esta violencia podría llegar a producirse, decidimos no traspasar esta línea roja” y acaba con una confesión estremecedora : “Nunca quisimos poner en riesgo a los ciudadanos de Cataluña”. La respuesta es de acuerdo. Muchas gracias. A nadie le gusta morir. Pero aquí hay gato encerrado. Dicho con otras palabras: ¿los miembros del Gobierno son unos ingenuos o son unos ineptos?

Spinoza tiene en su Ética una frase que se ha hecho muy conocida: “No sabemos lo que puede un cuerpo”. Sustituir “cuerpo” por “Estado” es útil para explicar los hechos. El gobierno no sabía qué puede hacer realmente un Estado. Pero el gobierno quería construir un Estado propio ¿verdad? Nadie puede negarles experiencia. Incluso una persona perdió un ojo debido a una bala de goma. Digámoslo claramente: lo que no creían es que la represión del Estado español pudiera llegar a la que denominan la “buena gente”. A los radicales sí… pero a personas pacíficas y cívicas! Es lo que el Consejero de Sanidad reconoce cuando asegura que “la hoja de ruta de Junts pel Sí no tuvo en cuenta la violencia del Estado”.
Efectivamente el gobierno acabó siendo un gobierno posmoderno. Prisionero de su propio aparato de comunicación, creaba la realidad, y la misma realidad retroalimentaba un aparato que veía así confirmada su apuesta.

La participación masiva en tantas efemérides no permitía ninguna duda y el camino hacia la independencia parecía abierto. Hasta que la crueldad y el sadismo de la maquinaria jurídico-represiva del Estado español ahogó en lágrimas el anhelo de libertad de algunos e hizo nacer una rabia inmensa en muchos. ¿Baño de realidad? Depende de para quien. Para el gobierno, ciertamente. Dentro de su burbuja autocomplaciente no podía comprender el asalto que se ponía en marcha y el desconcierto empezó a abrumarlos. Fueron incapaces de reaccionar ante dos hechos fundamentales: la fuga de empresas, que es una de las expresiones actuales de la lucha de clases, y la presencia de otra Cataluña que también expresa la lucha de clases aunque a menudo de una manera perversa. Fue, pero, la extraña proclamación de la DUI (Declaración Unilateral de Independencia), el acontecimiento que acabó por convertir al gobierno en un auténtico gobierno posmoderno obligado a emplear un lenguaje teológico para poder salvarse. Por esta razón la DUI tuvo un carácter inefable: ¿realidad o ficción?

Dejemos de lado las peripecias concretas (secretismo, aplazamientos, desaparición del gobierno, etc.). A partir del momento en que aparece la represión brutal del Estado Español, el único objetivo de los partidos independentistas se reduce a pensar la acción política exclusivamente en función de sus efectos penales. Seguramente es correcto actuar así. No queremos mártires y hay que evitar la prisión siempre que se pueda. A pesar de todo, surge una sombra de duda. Cuando una convicción, es decir, una verdad política, no se defiende hasta las últimas consecuencias por las razones que sean: ¿esta verdad se ve de alguna manera afectada en ella misma? Pongo un ejemplo. Cuando Galileo jura ante sus jueces y admite que la Tierra no gira alrededor del Sol, la verdad científica no se ve en absoluto afectada por su decisión. En cambio si la presidenta del Parlamento no va a la manifestación por la libertad de sus compañeros -porque así se lo aconseja su abogado- a pesar de no existir ninguna condición judicial explícita: ¿su retracción tiene el mismo valor que en el caso anterior? Se podrían traer a colación otros ejemplos de esta estrategia “preventiva” que va desde aceptar pagar multas elevadísimas hasta refugiarse en frases ambiguas. El problema es hasta qué punto una estrategia de este tipo no contamina finalmente el mismo discurso, y lo debilita al extender una sensación de confusión. El gobierno español y sus adlátares han aprovechado enseguida la ocasión para hablar de cobardía y de engaño. El gobierno catalán nos habría engañado a todos los catalanes y a todas las catalanas.

No hay que perder mucho tiempo a denunciar el cinismo asqueroso de quien ataca y después reprocha al atacado la falta de valentía. Vamos al esencial. No. No fuimos engañados. El gobierno, en cambio, sí que se va autoengañar. Creyó en la política. Se obstinó a jugar a ver quién era lo más demócrata cuando la democracia no existe. Existe aquello democrático. Aquello democrático es la forma como hoy el poder ejerce su dominio. Tiene dos caras: estado-guerra y fascismo posmoderno, heteronomia y autonomía, control y autocontrol. El diálogo y la tolerancia remiten a una pretensa dimensión horizontal. La existencia de un enemigo interior / exterior a eliminar, remite a una dimensión vertical. “Aquello democrático” vacía el espacio público de conflictividad, lo neutraliza política y militarmente. Aquéllo democrático es esta Europa, auténtico club de estados asesinos, que externaliza las fronteras para no ver el horror. No hubo fracaso de la política como a los bienpensantes les gusta decir ahora. La política democrática consiste en callar y acallar las disonancias que podrían amenazar la orden. El gobierno catalán incapaz de entender el funcionamiento real de aquello democrático, se vió abocado a un camino lleno de incoherencias. Por eso es de agradecer la honestidad de Clara Ponsatí cuando desde el exilio se atrevió a decir: “No estábamos preparados para dar continuidad política a lo que hizo el pueblo de Cataluña el 1-O”. Fue muy atacada, pero afirmó la verdad inevitable: el Gobierno no supo estar a la altura del coraje y de la dignidad de la gente que puso sus cuerpos para defender un espacio de libertad. Por supuesto, sin sacralizar las urnas, es evidente que lo que pasó aquel día marca un antes y un después. Pero ¿qué sucedió exactamente?

Por unos momentos la política con su juego de mayorías, con sus correlaciones de fuerza, etc. quedó relegada, y lo que tuvo lugar fue un auténtico desafío colectivo. Un desafío que se prolongó en la impresionante manifestación del 3 de octubre para rechazar la represión. Es difícil analizar la fuerza política inmensa, y a la vez, escondida que había en esta manifestación. Allá empezó a formarse un sujeto colectivo que desbordaba el paralizante “un solo pueblo”. ¿Cómo podemos denominar a este sujeto político? Eran unas singularidades que, habiendo dejado el miedo en casa, no estaban dispuestas a claudicar fácilmente. Un pueblo que estalla en miles de cabezas capaces de expulsar a los fascistas infiltrados con exquisita violencia. La sospecha que toma más fuerza es si el miedo del gobierno, no era tanto en cuanto a la acción del Estado, como respecto al que esta gente un día pudiera llegar a hacer. Gente que era una amalgama entre la irreducible consistencia del catalanismo popular y el malestar social existente. Por eso, resultan empalagosos tantos llamamientos al civismo, a la buena gente, y a las sonrisas en unos momentos de represión desbocada. Me sabe mal. Cuando siento la palabra “civismo” pienso automáticamente en las normativas cívicas que sirven para limpiar el espacio público de residuos sociales de todo tipos.

Sorprende, después de todo lo que ha pasado, la facilidad con que los partidos políticos independentistas han aceptado una convocatoria de elecciones directamente impuesta. Sorprende esta rápida adaptación a un nuevo escenario a pesar de existir presos políticos. El planteamiento es bastante ilusorio: las elecciones son ilegítimas pero con nuestra elevada participación conseguiremos legitimarlas (y, por lo tanto, legitimarnos ante el mundo). El discurso independentista o bien se hace necesariamente autocontradictorio, o bien tiene que aceptar explícitamente una renuncia a la independencia. “Seremos independientes si somos perseverantes y conseguimos una mayoría. ¿Cuándo? No lo sabemos. Antes de independentistas somos demócratas. Y antes de demócratas, somos buena gente”, asegura un importante político republicano.

¿Y si probáramos a ser, por una vez, “malos” y, en vez de aspirar a ser un país normal con su pequeño estado, quisiéramos ser una anomalía que no encaja? Liberar Cataluña de este horizonte independentista que siempre acaba por ahogarla -puesto que todo horizonte siempre encadena- quizás podría abrir una vía inédita. En una anomalía hacia todo el que el catalanismo hegemónico ocultaba. Desde la fuerza del dolor de la Cataluña interior pobre, hasta los silencios de las periferias. Nos querían presentables ante una Europa que, sin embargo, mira hacia otro lado. Por qué emperrarse a ser presentables? Los partidos políticos de cualquier color corren apresurados hacia las subvenciones. Pero ante estas elecciones impuestas, había la posibilidad de sabotear con una abstención masiva y organizada. Empezar a desocupar el Estado español, y extender la ingovernabilitad de la autoorganización. ¿También en España? Cataluña como esta anomalía irreducible que escapa, mientras en su fuga ensaya otras formas de vida.

El laboratorio político “Cataluña” momentáneamente se cierra. Esto está claro. Cuando aquello democrático es el marco de lo pensable y el que está permitido vivir: ¡qué difícil es cambiar algo! Desde una lógica de Estado (y de deseo de Estado) nunca se podrá cambiar la sociedad. Pero el que se ha vivido, el atrevimiento de transgredir juntos, la fuerza colectiva de un país que nadie puede representar y la alegría de resistir … No se olvidan nunca. La dignidad y la coherencia no se negocian.

Fuente: Crític

Endlösung (la solución final)

por Franco Berardi Bifo

Europa finalmente encuentra la unidad: un estalinista convertido al nazismo, llamado Marco Minniti, ha indicado la línea de la nueva Unión: la solución final se convierte en ley europea.

Pagaremos (poco) para que nuestros Gauleiter africanos impidan que los migrantes lleguen al mar. Cómo lo hagan no importará a los nazis europeos. Pero no se necesita mucha imaginación para imaginar ese cómo.

El plan de acción que se preparó ayer en el Elíseo prevé “una identificación en los países de tránsito” a través de “la cooperación con los países africanos con presencia militar sobre el terreno”, añadió Macron.

Proporcionaremos armas y calderilla para que las tropas de Libia, Chad, Mali y Níger impidan que millones de hombres y mujeres a los que la colonización y el calentamiento global han reducido al hambre puedan emigrar.

Desde 1940, el nacionalsocialismo usó el término “solución final” para definir el desplazamiento forzado y la deportación (“evacuaciones”) de la población judía que estaba entonces en los territorios controlados por la Wehrmacht. A partir de agosto de 1941, se tomó la decisión de cambiar la política a un exterminio sistemático de la población no deseada.

Lamento insistir, pero Europa ha vuelto exactamente al mismo punto, aunque, ahora, las víctimas de lo que Minniti llama gobierno de la migración son enormemente mayores. Pero, ¿sigue existiendo la Unión Europea?

No lo sé, díganmelo ustedes: Austria envía tropas a Brennero para bloquear las llegadas de refugiados desde Italia; el presidente francés que hace unos meses todos saludaban como anti-Trump nacionaliza las obras de Saint Nazaire para impedir que un país extranjero pueda convertirse en accionista mayoritario de una empresa de interés nacional, declarando con sus actos que la globalización de las finanzas casa perfectamente con el proteccionismo de la economía.

Mientras tanto, en Libia hay una guerra entre Haftar y Serraj que es de hecho una “proxy war” entre Italia y Francia por el control de los recursos petroleros del país.

Como unión, debemos decir, no es gran cosa.

Pero en algo Europa sí está unida. A lo largo de la última década, se han sumado medidas financieras para la transferencia de recursos de la sociedad al sistema bancario, lo que ha provocado un efecto devastador en la vida de la sociedad en muchos países, especialmente en los del sur.

La sociedad se ha emprobecido hasta tal punto que los ciudadanos europeos, incapaces de frenar la violencia de los que son más fuertes que ellos (el sistema financiero), buscan un chivo expiatorio, alguien más débil que ellos para perseguir, encerrar, exterminar.

¿No es eso exactamente lo mismo que sucedió en los años veinte y treinta en Alemania? Después de la Primera Guerra Mundial, Maynard Keynes lo había escrito en un libro titulado Las Consecuencias Económicas de la Guerra. A las potencias ganadoras reunidas en Versalles, les había dicho: “No debemos imponer a Alemania medidas punitivas que causen humillación y empobrecimiento, el pueblo alemán podría reaccionar violentamente”.

No le escucharon. Las decisiones del Congreso de Versalles condujeron a la ruina de la economía alemana y el pueblo alemán se reconoció en un hombre y un partido que propuso la eliminación de romaníes, comunistas y judíos.

Del mismo modo, en los últimos años, muchos han dicho: no se deben destruir los servicios sociales y la vida cuotidiana de los europeos, de lo contrario el pueblo europeo tratará de vengarse en contra de alguien que no pueda defenderse”.

Ha llegado el momento.

La Unión ha sido en los últimos años una herramienta para trasladar los recursos de la sociedad al sistema bancario y ahora la Unión se transforma en una máquina para el exterminio.

Los nazis la llamaron “solución final”.

La Cumbre Europea de París decidió ayer que el estalinista-nazi Minniti es su guía.

Financiaremos (poco pero bastante) a las fuerzas militares libias y africanas para encarcelar, afligir, violentar, torturar y exterminar a quienes deseen llegar desde el mar. Castigaremos a las ONGs que permiten salvar las vidas de quienes se atrevieron a superar el muro militar.
Creo que podemos llamarla solución final.

¿Hay alguna manera de detener este horror? No lo sé.

Lo que sí sé es que la guerra que los europeos han declarado contra la humanidad está destinada a extenderse a nuestras ciudades, que en los próximos años se convertirán cada vez más en el teatro del terror desatado. Esa guerra se convertirá en una guerra civil europea.

La Unión ha muerto desde hace tiempo.

Ahora la compasión también está muerta, la compasión está muerta y en los próximos años seremos testigos de la extinción de la civilización europea en todos los lugares de la vida colectiva.

Como en Piazza San Carlo en Turín, pronto tendremos miedo de cada golpe, cada grito y cada susurro, porque sabemos que somos criminales nazis, y sabemos que tarde o temprano los que siembran vientos recogen tempestades, como están aprendiendo en Texas en estas horas.

Requiem.

Quien no lucha ya ha perdido

por Hobo – Laboratorio de los saberes comunes

“Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos.”
(Mao Tse-Tung)

0. Volvamos a los fundamentos, ya que en una época en la que se han perdido, restaurarlos no es una operación inútil, por desgracia. ¿Cuál es el ABC en este caso? Aquí está: el poder es una correlación de fuerzas. En el capitalismo, los amos recurren a la represión como respuesta a la iniciativa de clase, una amenaza eficaz, un ataque concreto. Los amos, sin embargo, no gobiernan a través de la represión, sino, principalmente, a través de la aceptación de su sistema. Y, cuando las luchas existen, no sólo piensan en reprimirlas: primero las estudian para encontrar la manera de usarlas, el cómo hacer de ellas un motor del desarrollo y fortalecimiento de su propio dominio.

En este punto, continuando con nuestro pequeño resumen, hay que responder a la pregunta: ¿qué significa correlación de fuerzas? Significa un proceso material, en constante cambio, reversible dado que se basa en el conflicto. Esta relación se compone de una multiplicidad de elementos, que para el capital van desde la producción de consenso al recurso a la represión, represión contra quien se opone desde la capacidad de construir conflicto y la necesidad de sedimentarlo en una relación de fuerzas invertida al propio favor.

Por último, preguntémonos: cuando hay luchas, nosotras militantes ¿qué debemos hacer? Conquistar nuevos puestos de avanzada, profundizar en los espacios de ruptura, utilizar la energía acumulada para dar un salto hacia adelante. Si no somos capaces de hacer eso, si nos limitamos a reflejarnos satisfechas en las movilizaciones, si pensamos que el objetivo es simplemente agregar alguna persona para nuestra estructurita o sacarnos un buen selfie para la siguiente sudadera, nuestra contraparte no sólo no saldrá de la lucha debilitada, sino que saldrá reforzada. Porque demostrará ser capaz de rechazar la amenaza y, en la mayor parte de los casos, de saber darle la vuelta para innovar sus propias instituciones. Los narcisos del movimiento hacen mucho daño, debido a que tienen una relación invertida entre medios y fines: para ellos el pequeño “nosotras” de la estructura no es una herramienta para desarrollar el gran “nosotras” de las luchas, sino más bien lo contrario.

Una vez recordado brevemente el ABC del materialismo revolucionario, tratemos de ejemplificar vía los casos concretos en los que declinar el método en la contingencia actual.

1. ¿Hoy en día podemos hablar de represión? Sí, en un sentido muy general. No, si cargamos esta palabra de un sentido político específico. Cuando hay luchas, la contraparte utiliza también medios represivos, eso es obvio. Sin embargo, en este momento histórico nuestro enemigo gobierna primero a través de la aceptación, la fragmentación, la mistificación. Estos son los dispositivos a derribar. Hablamos de la aceptación de las condiciones de vida y las expectativas impuestas por el gobierno de la crisis; la fragmentación de los conflictos y los sujetos sociales; la mistificación en el sentido marxista, en tanto a una realidad vinculada a las utilidades y los intereses materiales y, por lo tanto, a una posición de clase. No podemos simplemente mirar la porra de la policía y no ver los mecanismos sistémicos de producción y reproducción en los que estamos inmersos diariamente. O, para decirlo de otro modo: la porra es la continuación de los mecanismos de consenso por otros medios.

En Italia, sin duda debemos asumir un discurso particular especial. Después de las jornadas de Genoa 2001, nuestra contraparte ha entendido que Diaz y Bolzaneto corrían el riesgo de no poder ser gestionables políticamente. Muchas de nosotras no hemos entendido que aquellas matanzas eran la respuesta sangrienta de un poder nacional e internacional que empezaba por fin a saborear un poco de miedo. Ahí es donde debía desarrollarse nuestra fuerza, en lugar de compadecer nuestra sangre. Sin embargo, la llamada “europeización” de la policía italiana, invocada por la opinión pública de izquierda, deviene en realidad el principal problema, porque se traduce en lo que vemos con la afirmación de la lógica de prevención operada entre la policía y la fiscalía. Las detenciones y la pena de prisión hacen demasiado ruido y son caras para el estado, económica y políticamente. Mucho mejor adoptar, pues, medidas “alternativas”, que no cuestan nada y son prácticamente imperceptibles, y que pasan a convertirse en un dispositivo de control normalizado y de gestión del conflicto social, incluso cuando este conflicto es extremadamente pequeño o simplemente potencial. Y la sangre fluye normalmente cuando las cámaras están a una distancia de seguridad, cuando las bestias con uniforme necesitan desahogarse, o cuando no pueden contener la situación de otra manera – esto último es algo que por desgracia sucede muy pocas veces.

En resumen, la denominada jaula de acero hoy en día está hecha de paredes de caucho. Lo que llamamos “gobernabilidad suave” es políticamente de lo más “duro” que existe, porque es mimética, apenas visible, difícil de alcanzar y, al mismo tiempo, apunta directa al objetivo. Es la nueva economía política del castigo y la seguridad. Ellos no la aplican porque se han convertido en mejores personas, cómo piensan los izquierdistas, sino debido a que estudian cómo ser más eficaces. Toman las medidas, dan las medidas. Un ejemplo lo encontramos en el decreto Minniti, que vimos en acción el 25 de marzo en Roma en ocasión de la manifestación contra la cumbre de la UE con las detenciones preventivas de más de 150 compañeras. Por la noche, los medios de comunicación hablaron del gran éxito en la gestión del orden público, demostrando que es inútil e ilusorio pensar que este tipo de medidas se combaten con la apelación a la opinión pública, la sociedad civil y los verdaderos demócratas. El hecho constatable es que el público en general, la sociedad civil y la democracia son una parte integral de este modelo de gestión de crisis; mientras que la opinión pública es la opinión de las clases dominantes. Es este bloque del enemigo el que tenemos que atacar en los distintos planos y niveles para desarticularlo.

2. A partir de lo descrito anteriormente, ¿deberíamos concluir que entonces no hay que ocuparse de este tipo de medidas? A esta conclusión pueden llegar solamente pedantes dogmáticos y oportunistas hipócritas, o aquellos que son ambas cosas. De hecho, frente a las formas de control y ataque de la contraparte, el lamento y el silencio son las dos caras de una misma moneda: se refieren a la subordinación a nuestra contraparte, la aceptación de la marginación política y social para contentarse con gestionar la reproducción en pequeños espacios urbanos compatibles, intercambiando esta reproducción por el arraigo o bien exaltándola con cantidades numéricas de aspirantes contadores y cálculos de burócratas empedernidos. En resumen, nunca se debe apostar en dar el salto hacia adelante, para algunas de nosotras porque el enemigo es demasiado fuerte, para otras porque es probable que se pierda el nicho de identidad. Quien llora por la represión pinta una contraparte invencible e infalible, para terminar voluntaria o involuntariamente apelando a ella para que sea bondadosa y magnánima. ¿Y por qué lo debería ser si las relaciones de fuerza comportan que no lo sea? Quienes permanecen callados, para difundir una ideología de fuerza que oculta una realidad de debilidad o, peor, por miedo a perder lo poco que tienen, renuncian a atacar y dislocar la fuerza del enemigo, a veces a cambio de algo, tal vez una vida tranquila, quizá una salida individual.

Por lo tanto, el enemigo no es invencible ni infalible; por el contrario, es a menudo mucho menos potente y compacto de lo que pensamos. Al mismo tiempo, sin embargo, no será nuestro silencio y nuestra sumisión lo que lo derrotará, sino que así sólo se lo puede reforzar. Entonces, si no queremos ser aplastados por la dialéctica entre la queja inútil y el silencio temeroso, tenemos que convertir estos dispositivos en un campo de batalla. Eso significa que debemos atacarlos, desarticularlos, romperlos. Tal es la lección que en los últimos años hemos aprendido del movimiento NO TAV.

Si bien sabemos que en la guerra es importante defender las propias posiciones y el propio ejército cuando el enemigo ataca, ¿cómo hacerlo? No con las lágrimas o la auto-conciencia de los reprimidos, ya lo hemos dicho. Ni siquiera con el desempeño de las condiciones de víctimas sociales que apelan a los buenos sentimientos de la opinión pública que, una vez más, o no existe, o es parte del problema. A uno se le conmueve con el sufrimiento de los condenados de la tierra y de los niños migrantes en Facebook, y luego se alivia su conciencia herida con un buen aperitivo. Cuando los espacios de mediación están áridos, nuestra contraparte sabe que la gestión del orden público puede actuar libremente: donde no hay relaciones de fuerza, despliega el exceso de las fuerzas. Y no mira a nadie a la cara, ni siquiera a los que obstinadamente continúan buscando la mediación, tanto en el orden político como en la calle con la policía.

Para atacar al enemigo en este campo, tenemos entonces que hacerle pagar los costes de sus propios dispositivos.[…] Sólo desde el valor de la ruptura, los otros niveles que seamos capaces de desplegar pueden llegar a ser funcionales y eficientes. Una campaña de garantías radicales y la participación de diferentes sujetos puede así ponerse al servicio de un proceso de ataque. Si ésta no conlleva el valor de la ruptura, sin embargo, seguirá siendo sólo una débil expresión democrática, mendigando con la sociedad civil, o – peor aún, si cabe – una simulación de los medios de comunicación. Sabemos que las luchas, como las guerras, se componen de muchas cosas, que suceden en diferentes niveles y deben ser operadas de diversas maneras. Por cualquier medio necesario, dijo alguien. Tener bien claro que es la voluntad de atacar y de ruptura lo que vuelve a reunir estos diferentes niveles.[…]

3. Transformar la dificultad en oportunidad, he aquí nuestra tarea. Sin embargo, por desgracia, demasiado a menudo se convierte la oportunidad en dificultad, sin impulsar las luchas cuando hay disponibilidad social y subjetiva de hacerlo, conformándonos con autoproclamaciones de victoria obedientes a una estructura simbólica que creíamos que pertenecía a las fases de un reciente pasado del que ya no sentimos nostalgia. Sólo a través del impulso de las luchas, de hecho, afirmando y profundizando la realidad de la amenaza – poniendo énfasis en la calidad por encima de la cantidad, la capacidad de golpear donde duele y no en la exposición de los números inofensivos – podemos desarticular los dispositivos de la contraparte. Las fases de dificultad de los enemigos son contingencias limitadas temporalmente: si no se aprovechan, se pierden para siempre. Y después seremos aún más débiles que antes.

Tal vez también hay que tener claro lo que significa ganar. La obtención de resultados concretos que mejoren las condiciones de vida de los sujetos sociales que luchan, por supuesto. Pero no son suficientes si estos resultados no acompañan la profundización de las contradicciones, o incluso si las resuelven y las vuelven compatibles. El capital mismo no necesariamente apunta al empeoramiento de las condiciones de vida; en realidad, a menudo las mejora, porque él es el amo de esas condiciones de vida, las utiliza, decide cómo deben ser. No sólo queremos mejorar las condiciones de vida, queremos transformar radicalmente lo que significa condiciones de vida. Así que la victoria no consiste en propagar algunos resultados inmediatos, aún menos cuando són más simbólicos que reales. La unidad de medida del revolucionario no es la del sindicato: se da por la forma en que se avanza y se fortalece en la construcción de contrasubjetivación y ruptura. Las disputas, el generar controversia, es una función del desarrollo de las luchas, no lo contrario. En Francia, por ejemplo, los movimientos no han ganado, si entendemos por victoria el bloqueo de Loi Travail (una ley formal que no cambia mucho de la realidad sustancial). Pero si se tiene en cuenta la Loi Travail como útil desencadenante de las luchas y no su objetivo, podemos decir que los movimientos han logrado buenos resultados en la medida en que fueron capaces de profundizar el marco del conflicto y ensanchar el espacio de ingobernabilidad en el cual se determina la batalla contra Macron.

Por otro lado, pensar que las relaciones de fuerza dependen exclusivamente de la cantidad y el consenso numérico, tal vez para seducir mostrándose buenos y cercanos a los más débiles, significa asumir el punto de vista electoralista de la democracia representativa. En consonancia con este enfoque, debemos decir que el PD tiene plena legitimidad social porque tiene muchos miembros dispuestos a amontonarse codo a codo para hacer salchichas (perdon, para el tofu!) a la fiesta del partido. Los números no son despreciables, eso es obvio. Sin embargo, lo que es políticamente decisivo es la capacidad de romper la reproducción de la mediocridad que nos quieren imponer para formar en conjunto una calidad subjetiva contra el empobrecimiento de nuestras capacidades, exasperar y hacer saltar las contradicciones de nuestra contraparte atacando intensamente los puntos centrales. Nosotras revolucionarias, somos y seremos siempre una minoría, pero hay que aspirar a ser una minoría no minoritaria. Lo contrario de minoría no es mayoría, sino voluntad hegemónica.

Así que cuando intentan reducirnos a la defensiva, tenemos que revertir la situación a la posibilidad de un ataque, articulando continuamente la guerra de movimientos con la guerra de trincheras, el salto del tigre y la paciencia de la mole. Por desgracia, demasiado a menudo hoy en día las enseñanzas de Mao citadas al principio se han perdido, y se acaba con batirse en retirada cuando el enemigo está cansado y con ser seguidos cuando el enemigo ataca. Sí, porque el arte de la lucha es muy similar al arte de la guerra: avance, mantenimiento, estocada, expansión, irrupción, consolidación – ésa es la máquina que hay que llegar a ser. Una máquina de guerra, de hecho. Para transformar la resistencia social en una fuerza política de ataque, este es el verdadero significado de autonomía.

Fuente: http://hobo-bologna.info/2017/06/22/chi-non-lotta-ha-gia-perso/

Separar el pueblo de sí mismo. Ernst Bloch y las contradicciones del populismo

Por Elia Zaru

Cajas chinas
Para comprender al populismo es necesario examinar el concepto de «pueblo», sobre qué sentido lleva este término del cual en su significado general emerge como preponderante la dicotomía revolución/reacción. En la historia europea, el concepto de «pueblo» tomó una u otra declinación dependiendo de dónde se orientan teoría y la práctica política en relación a estos dos términos. El pueblo, sin embargo, no funciona como un elemento en sí mismo, sino que se acompaña de otro factor: el Estado-nación. El hecho de que la referencia a la “patria” sea un elemento central en el discurso político tanto en la derecha como en la izquierda populista demuestra que el legado pueblo-nación existe, independientemente de la variación del primero en la dicotomía revolución/reacción[1].

La relación pueblo–Estado-nación se completa con la adopción de un tercer término capaz de contener los dos primeros: la soberanía. Elemento central de la modernidad, la soberanía se manifiesta como un campo de batalla en perpetua tensión: la lucha por la soberanía se denota como una batalla por las fronteras, más aún en un momento en que el ritmo del proceso de globalización en curso presiona precisamente en estas fronteras y en esta organización jurídico-política.

Frontera rima con identidad. En última instancia, por lo tanto, podemos llevar la forma política del populismo a la reivindicación de la identidad, la afirmación de la existencia y la oposición contra la alteridad. El pueblo se mueve en contra de algo que no es – o no tiene en cuenta – el pueblo; se siente amenazado en su interior (por sus representantes políticos, culpables de traicionarlo y de liquidar el poder popular a favor de las instituciones trans-estatales) y desde el exterior (por las migraciones que amenazan su identidad), ya no consigue definir los límites de su soberanía, para ver si esta todavía tiene valor y donde reside. Es en este punto que reivindica precisamente estas fronteras: la batalla populista se presenta, entonces, como lucha para la soberanía, por reconquistar, definir y defender.

Que la reivindicación soberanista se manifieste en Europa en esta coyuntura de crisis es bastante singular, y se ha convertido en el campo de batalla de la discusión teórica y política tanto de la derecha como de la izquierda (más o menos institucionalizadas o movimientistas). ¿Pero de qué campo se trata? ¿Dónde se ubican y qué posición asumen el populismo y la reivindicación soberanista en la forma contemporánea del modo de producción capitalista? La hipótesis que avanzamos aquí es que se trata de un campo «no contemporáneo».

La no contemporaneidad por Bloch
El concepto de «no contemporaneidad» ha sido tratado por Ernst Bloch para analizar la crisis en Europa entre las dos guerras mundiales. En el ensayo La no-contemporaneidad y el deber de hacerla dialéctica (1932), publicado en el 1935 en Herencia de nuestro tiempo, Bloch utiliza el concepto de «no-contemporaneidad» para analizar la formación y el ascenso del nacionalsocialismo en la Alemania de Weimar. Se trata de un concepto central en torno al cual el filósofo alemán articula todo su argumento. La sociedad alemana, dice Bloch, es atravesada por diferentes capas de la temporalidad: no es un espacio homogéneo y permeado por un único tiempo, sino de una serie de fallas superpuestas y con incrustaciones que dan lugar a una complicada trama.

En cada espacio, sigue Bloch, conviven temporalidades diferentes, tanto desde un punto de vista subjetivo, como de uno objetivo (volveremos a esta distinción): «la forma en que un hombre vive el tiempo depende de dónde se encuentra en carne y huesos y sobre todo de la clase a la que pertenece»[2]. En la sociedad alemana de los años treinta, Bloch observó, la contemporaneidad está representada por el obrero proletariado y por el gran capital, mientras que en la fila no contemporánea residen los jóvenes burgueses (incapaces de replicar las huellas sociales de sus padres a causa de la crisis económica), los campesinos (propietarios de los medios de producción y ajenos a la alienación productiva) y la clase media empobrecida (que desempeña un papel de intermediario en el proceso de producción). Los grupos sociales contemporáneos no se presentan como la columna vertebral de la subida de Hitler: «nada es más peligroso que esta capacidad de ser a la vez ardiente y miserable, contestatario y no contemporáneo»[3]. Demandan un superávit respecto a la contemporaneidad (también capitalista), pero la reivindican por reacción.

La no contemporaneidad puede ser a la vez subjetiva y objetiva. Subjetivamente, toma la forma del rechazo sordo de la actualidad, y se manifiesta como ira contenida; objetivamente, implica un remanente de tiempos anteriores, y se encarna en la supervivencia de las relaciones y las formas de producción del pasado. La no contemporaneidad da lugar a dos tipos de contradicciones: la primera es entre la no contemporaneidad y el capital; la segunda, entre la no contemporaneidad y el marxismo. De hecho, a pesar de su pretensión de excedente, la no contemporaneidad no es peligrosa en sí misma para el capital, que en realidad, la utiliza para desplazar el enfoque de sus contradicciones actuales y contemporáneas: «por lo tanto, la contradicción no contemporánea es lo contrario de una contradicción impulsora y explosiva: no está en el lado del proletariado, la clase decisiva hoy, ni tampoco está en el campo de batalla entre el proletariado y el gran capital en la que hoy se juega la lucha decisiva»[4].

La no contemporaneidad (subjetiva y objetiva) llega a ser visible precisamente porque asume esta ubicación exacta y se pone en contraste con la contradicción contemporánea, que se expresa subjetivamente en el proletariado y objetivamente en lo que Bloch llama «el futuro impedido». Para resumir este esquema con las propias palabras de Bloch, diríamos que «la contradicción subjetivamente no contemporánea es la ira reprimida, la contradicción objetivamente no contemporánea es el pasado que todavía no se agota; la contradicción subjetivamente contemporánea es un acto revolucionario libre del proletariado, la contradicción objetiva contemporánea es el futuro impedido contenido en el presente, los beneficios de la técnica bloqueados, la nueva sociedad bloqueada de la cual la anterior está preñada en sus fuerzas productivas»[5].

¿Qué hacer, por lo tanto, en esta coyuntura? La respuesta de Bloch consiste en adoptar una dialéctica en múltiples niveles, pluriespacial y pluritemporal, que sea capaz de «separar los elementos de la contradicción no contemporánea susceptibles de aversión y de metamorfosis, es decir, aquellos que son hostiles al capitalismo y en él no son bienvenidos, y volver a ponerlos para darles otra función en un contexto diferente»[6]. La tarea del proletariado – es decir, de la contradicción contemporánea – es arrancar la no contemporaneidad a la reacción, trabajar en su excedencia para llevarla a la revolución, que se juega, eso sí, sobre un terreno necesariamente contemporáneo.

La no contemporaneidad para nosotras
¿Qué puede significar hoy en día, en Europa, no contemporaneidad? Intentamos asumir el esquema de Bloch y volvemos a la cuestión de la reivindicación soberanista y los populismos y nacionalismos europeos. Los elementos que necesitamos para definir una no contemporaneidad son esencialmente dos: a) la ira reprimida (no contemporaneidad sujetiva) y b) el pasado aún no acabado (no contemporaneidad objetiva). Que en Europa hay más y más grandes focos de cólera reprimida es casi indudable: los resultados de las elecciones de los partidos xenófobos y de extrema derecha, cuyas campañas electorales se centran en la construcción de un enemigo interno (los migrantes) y el exterior (las instituciones europeas) –a menudo considerados parte de la misma gran conspiración– están ahí para demostrarlo.

El segundo punto es, sin duda, el más interesante, aunque estrechamente relacionado con el primero. La idea de una persistencia en el presente de un pasado que todavía no se ha agotado puede tomar muchas facetas, incluyendo la teleológica que subyace a la concepción lineal del tiempo histórico, implícita en la idea de un «retorno del pasado». En realidad, aquí se quiere asumir este fenómeno de una manera muy diferente: no se trata tanto de un «retorno», sino de una superposición. Lo que persiste hoy y trata de superponerse a la contemporaneidad desde una posición no-contemporánea es la reivindicación de la soberanía del Estado-nación, tal como fue construida y diseñada en la modernidad. Los Estados-nación están insertados en una red de relaciones, ya sea políticas o económicas, que pueden provocar presión y mutaciones de su soberanía.

Reclamar la soberanía de los Estados-nación en un contexto en el que éstos son parte de las arquitecturas institucionales, jurídicas, económicas, políticas que exceden específicamente esa forma de organización significa constituirse a sí mismo en un plano no contemporáneo respecto al capital, que ha demostrado saber moverse ágilmente –y con mayor beneficio– en una escala global, mas allá de las arquitecturas nacionales. Si volvemos al esquema de Bloch, observamos que la no contemporaneidad es inofensiva para el capital, que, por lo contrario, la usa para sus propósitos. ¿Cuál es el mejor elemento de la soberanía moderna que puede cubrir esta función hoy en día? Pensamos en las fronteras –elementos centrales de la soberanía– y el papel que juegan en la contemporaneidad global: se han convertido flexibles, adaptables y permeables a la circulación mundial del capital, mientras que se han estratificado, multiplicado y fortalecido frente a los movimientos migratorios.

¿Cuál es, hoy en día, la contradicción contemporánea? Si «el elemento fundamental de la contradicción objetivamente contemporánea es el conflicto entre el carácter colectivo de las fuerzas productivas realizadas mediante el marco capitalista y el carácter privado de su apropiación»[7], entonces se desarrolla hoy como una contradicción entre las múltiples formas del trabajo vivo (incluso la vida en el sentido propio), su interconexión global y los procesos de subsunción al capital a la cual están sometidas. Y la contradicción subjetivamente contemporánea sigue siendo la libre acción revolucionaria del proletariado, a condición de ampliar la categoría de «proletariado» más allá de su definición sociológica para comprender la complejidad de los sujetos sobre los cuales se apoya la valorización del capital.

El discurso populista, entonces, en el momento en que asume como elemento central de su articulación la cuestión del Estado-nación y la soberanía sin operar una crítica a ellas, se coloca en un plano de no contemporaneidad tanto en relación al capital, como a la contradicción contemporánea. Hacia la última, de hecho, a través del concepto de «pueblo» que hace una reclamación de la identidad incapaz de tener plenamente en cuenta la multiplicidad de las diferenciaciones con las cuales se expresa hoy la contradicción contemporánea. De esta manera, su declinación en la dicotomía revolución/reacción cuelga totalmente del lado de la reacción.

Teniendo en cuenta carácter resbaladizo y la peligrosidad de la contradicción no contemporánea, no es recomendable perseguirla en su terreno, pero ignorarla tampoco. Siguiendo Bloch, ésta tiene que ser desmontada y remontada en un contexto distinto, ya que «la situación revolucionaria en la que la contradicción finalmente se concentra en un solo lugar y, mediante la realización de un salto, encuentra su disolución, es decir, sólo puede nacer como resultado de contradicciones contemporáneas»[8]. Mas allá de las reivindicaciones soberanistas y nacional-populistas: arrancar al pueblo de la reacción significa entonces romper el nexo entre pueblo y soberanía, es decir, separar el pueblo de sí mismo.

Fuente: Operaviva


NOTAS:

[1]           No es casualidad que, según Laclau, la principal referencia teórica del “populismo de izquierda”, el populismo puede trabajar políticamente en momentos en que desempeña su batalla por la toma (vertical) del poder dentro del Estado-nación.
[2]           E. Bloch, Erbschaft dieser Zeit, in Werkausgabe, Bd. 4, Suhrkamp, 1962; trad. it. L’Eredità del nostro tempo, Il Saggiatore, 1992, p. 82.
[3]           Ibidem.
[4]           Ivi, p. 95.
[5]           Ivi, p. 98.
[6]           Ivi, p. 99.
[7]           Ibidem.
[8]           Ivi, p. 95.