El coronavirus como declaración de guerra

por Santiago López Petit

Por la mañana me lavo las manos a conciencia. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, Francia o Irak. Antes de comer, me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar a los migrantes amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que, en Yemen, cada diez minutos, muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre. Así puedo conciliar el sueño. Lo que sucede es que no recuerdo por qué me lavo las manos tan a menudo ni cuando empecé a hacerlo. La radio y la televisión insisten en que se trata de una medida de autoprotección. Protegiéndome a mí mismo, protejo a los demás. Por la ventana entra el silencio de la calle desierta. Todo aquello que parecía imposible e inimaginable sucede en estos momentos. Escuelas cerradas, prohibición de salir de casa sin razón justificada, países enteros aislados. La vida cuotidiana ha volado por los aires y ya sólo queda el tiempo de la espera. Fue bonito oír ayer por la noche los aplausos que la gente dedicaba al personal sanitario desde sus balcones.

Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento. “La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos”, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: “Recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir”, mientras le comentaba a un compañero: “el miedo consigue lo que no consigue nadie más”. Pero la gente muere, ¿verdad? Sí, claro. Sucede, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma: “Este virus lo pararemos juntos”. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente.

Cada sociedad tiene sus propias enfermedades, y dichas enfermedades dicen la verdad acerca de esta sociedad. Se conoce demasiado bien la interrelación entre la agroindustria capitalista y la etiología de las epidemias recientes: el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza más tarde para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, reestructuraciones, despidos, muertes, etc.) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino, y esta afirmación no es consecuencia de ninguna afirmación conspiranoica. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento. Drones y controles policiales en las calles. El lenguaje militarizado recuerda el de los manuales de la contrainsurgencia: “En la guerra moderna, el enemigo es difícil de definir. El límite entre amigos y enemigos se halla en el interior mismo de la nación, en una misma ciudad, y en ocasiones dentro de la misma familia” (Biblioteca del Ejército de Colombia, Bogotá, 1963). Recuerden: la mejor vacuna es uno mismo. Esta coincidencia no es extraña, ya que la movilización total es sobre todo una guerra, y la mejor guerra —porque permanece invisible— es aquella que se libra en nombre de la vida. He aquí el engaño.

Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan. La “mano invisible” del mercado ponía cada cosa en su sitio: asignaba recursos, determinaba precios y beneficios. Humillaba. Ahora es la Vida, pero la Vida entendida como un algoritmo formado por secuencias ordenadas de pasos lógicos, la que se encarga de organizar la sociedad. Las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser un buen ciudadano se han unificado. Éste es el auténtico confinamiento en que estamos recluidos. Somos terminales del algoritmo de la Vida que organiza el mundo. Este confinamiento hace factible el Gran Confinamiento de las poblaciones que ya tiene lugar en China, Italia, etc. y que, poco a poco, se convertirá en una práctica habitual a causa de una naturaleza incontrolable. El Gobierno se reestataliza y la decisión política regresa a un primer plano. El neoliberalismo se pone descaradamente el vestido del Estado guerra. El capital tiene miedo. La incerteza y la inseguridad impugnan la necesidad del mismo Estado. La vida oscura y paroxística, aquello incalculable en su ambivalencia, escapa al algoritmo.

Fuente: Crític

Crónica de la psicodeflación

por Franco Berardi Bifo

You are the crown of creation
And you’ve got no place to go
[Eres la corona de la creación
y no tenés adónde ir.]
Jefferson Airplane, 1968

«La palabra es un virus. Quizás el virus de la gripe fue una vez una célula sana. Ahora es un organismo parasitario que invade y daña el sistema nervioso central. El hombre moderno ya no conoce el silencio. Intenta detener el discurso subvocal. Experimenta diez segundos de silencio interior. Te encontrarás con un organismo resistente te impone hablar. Ese organismo es la palabra.»
William Burroughs, El boleto que explotó

21 de febrero

Al regresar de Lisboa, una escena inesperada en el aeropuerto de Bolonia. En la entrada hay dos humanos completamente cubiertos con un traje blanco, con un casco luminiscente y un aparato extraño en sus manos. El aparato es una pistola termómetro de altísima precisión que emite luces violetas por todas partes.

Se acercan a cada pasajero, lo detienen, apuntan la luz violeta a su frente, controlan la temperatura y luego lo dejan ir.

Un presentimiento: ¿estamos atravesando un nuevo umbral en el proceso de mutación tecnopsicótica?

28 de febrero

Desde que volví de Lisboa, no puedo hacer otra cosa: compré unos veinte lienzos de pequeñas proporciones, y los pinto con pintura de colores, fragmentos fotográficos, lápices, carbonilla. No soy pintor, pero cuando estoy nervioso, cuando siento que está sucediendo algo que pone a mi cuerpo en vibración dolorosa, me pongo a garabatear para relajarme.

La ciudad está silenciosa como si fuera Ferragosto. Las escuelas cerradas, los cines cerrados. No hay estudiantes alrededor, no hay turistas. Las agencias de viajes cancelan regiones enteras del mapa. Las convulsiones recientes del cuerpo planetario quizás estén provocando un colapso que obligue al organismo a detenerse, a ralentizar sus movimientos, a abandonar los lugares abarrotados y las frenéticas negociaciones cotidianas. ¿Y si esta fuera la vía de salida que no conseguíamos encontrar, y que ahora se nos presenta en forma de una epidemia psíquica, de un virus lingüístico generado por un biovirus?

La Tierra ha alcanzado un grado de irritación extremo, y ​​el cuerpo colectivo de la sociedad padece desde hace tiempo un estado de stress intolerable: la enfermedad se manifiesta en este punto, modestamente letal, pero devastadora en el plano social y psíquico, como una reacción de autodefensa de la Tierra y del cuerpo planetario. Para las personas más jóvenes, es solo una gripe fastidiosa.

Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina. Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía, porque sustrae de ella los cuerpos. ¿Quieren verlo?

2 de marzo

Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la máquina, porque los cuerpos ralentizan sus movimientos, renuncian finalmente a la acción, interrumpen la pretensión de gobierno sobre el mundo y dejan que el tiempo retome su flujo en el que nadamos pasivamente, según la técnica de natación llamada «hacerse el muerto». La nada se traga una cosa tras otra, pero mientras tanto la ansiedad de mantener unido el mundo que mantenía unido al mundo se ha disuelto.

No hay pánico, no hay miedo, sino silencio. Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos.

¿Cuánto está destinado a durar el efecto de esta fijación psicótica que ha tomado el nombre de coronavirus? Dicen que la primavera matará al virus, pero por el contrario podría exaltarlo. No sabemos nada al respecto, ¿cómo podemos saber qué temperatura prefiere? Poco importa cuán letal sea la enfermedad: parece serlo modestamente, y esperamos que se disipe pronto.

Pero el efecto del virus no es tanto el número de personas que debilita o el pequeñísimo número de personas que mata. El efecto del virus radica en la parálisis relacional que propaga. Hace tiempo que la economía mundial ha concluido su parábola expansiva, pero no conseguíamos aceptar la idea del estancamiento como un nuevo régimen de largo plazo. Ahora el virus semiótico nos está ayudando a la transición hacia la inmovilidad.

¿Quieren verlo?

3 de marzo

¿Cómo reacciona el organismo colectivo, el cuerpo planetario, la mente hiperconectada sometida durante tres décadas a la tensión ininterrumpida de la competencia y de la hiperestimulación nerviosa, a la guerra por la supervivencia, a la soledad metropolitana y a la tristeza, incapaz de liberarse de la resaca que roba la vida y la transforma en estrés permanente, como un drogadicto que nunca consigue alcanzar a la heroína que sin embargo baila ante sus ojos, sometido a la humillación de la desigualdad y de la impotencia?

En la segunda mitad de 2019, el cuerpo planetario entró en convulsión. De Santiago a Barcelona, ​​de París a Hong Kong, de Quito a Beirut, multitudes de muy jóvenes salieron a la calle, por millones, rabiosamente. La revuelta no tenía objetivos específicos, o más bien tenía objetivos contradictorios. El cuerpo planetario estaba preso de espasmos que la mente no sabía guiar. La fiebre creció hasta el final del año Diecinueve.

Entonces Trump asesina a Soleimani, en la celebración de su pueblo. Millones de iraníes desesperados salen a las calles, lloran, prometen una venganza estrepitosa. No pasa nada, bombardean un patio. En medio del pánico, derriban un avión civil. Y entonces Trump gana todo, su popularidad aumenta: los estadounidenses se excitan cuando ven la sangre, los asesinos siempre han sido sus favoritos. Mientras tanto, los demócratas comienzan las elecciones primarias en un estado de división tal que solo un milagro podría conducir a la nominación del buen anciano Sanders, única esperanza de una victoria improbable.

Entonces, nazismo trumpista y miseria para todos y sobreestimulación creciente del sistema nervioso planetario. ¿Es esta la moraleja de la fábula?

Pero he aquí la sorpresa, el giro, lo imprevisto que frustra cualquier discurso sobre lo inevitable. Lo imprevisto que hemos estado esperando: la implosión. El organismo sobreexcitado del género humano, después de décadas de aceleración y de frenesí, después de algunos meses de convulsiones sin perspectivas, encerrado en un túnel lleno de rabia, de gritos y de humo, finalmente se ve afectado por el colapso: se difunde una gerontomaquia que mata principalmente a los octogenarios, pero bloquea, pieza por pieza, la máquina global de la excitación, del frenesí, del crecimiento, de la economía…

El capitalismo es una axiomática, es decir, funciona sobre la base de una premisa no comprobada (la necesidad del crecimiento ilimitado que hace posible la acumulación de capital). Todas las concatenaciones lógicas y económicas son coherentes con ese axioma, y ​​nada puede concebirse o intentarse por fuera de ese axioma. No existe una salida política de la axiomática del Capital, no existe un lenguaje capaz de enunciar el exterior del lenguaje, no hay ninguna posibilidad de destruir el sistema, porque todo proceso lingüístico tiene lugar dentro de esa axiomática que no permite la posibilidad de enunciados eficaces extrasistémicos. La única salida es la muerte, como aprendimos de Baudrillard.

Solo después de la muerte se podrá comenzar a vivir. Después de la muerte del sistema, los organismos extrasistémicos podrán comenzar a vivir. Siempre que sobrevivan, por supuesto, y no hay certeza al respecto.

La recesión económica que se está preparando podrá matarnos, podrá provocar conflictos violentos, podrá desencadenar epidemias de racismo y de guerra. Es bueno saberlo. No estamos preparados culturalmente para pensar el estancamiento como condición de largo plazo, no estamos preparados para pensar la frugalidad, el compartir. No estamos preparados para disociar el placer del consumo.

4 de marzo

¿Esta es la vencida? No sabíamos cómo deshacernos del pulpo, no sabíamos cómo salir del cadáver del Capital; vivir en ese cadáver apestaba la existencia de todos, pero ahora el shock es el preludio de la deflación psíquica definitiva. En el cadáver del Capital estábamos obligados a la sobreestimulación, a la aceleración constante, a la competencia generalizada y a la sobreexplotación con salarios decrecientes. Ahora el virus desinfla la burbuja de la aceleración.

Hace tiempo que el capitalismo se encontraba en un estado de estancamiento irremediable. Pero seguía fustigando a los animales de carga que somos, para obligarnos a seguir corriendo, aunque el crecimiento se había convertido en un espejismo triste e imposible.

La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación. Resignémonos. De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva. Basta con la agitación inútil que debería mejorar y en cambio solo produce un empeoramiento de la calidad de la vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.

Es difícil que el organismo colectivo se recupere de este shock psicótico-viral y que la economía capitalista, ahora reducida a un estancamiento irremediable, retome su glorioso camino. Podemos hundirnos en el infierno de una detención tecno-militar de la que solo Amazon y el Pentágono tienen las llaves. O bien podemos olvidarnos de la deuda, el crédito, el dinero y la acumulación.

Lo que no ha podido hacer la voluntad política podría hacerlo la potencia mutágena del virus. Pero esta fuga debe prepararse imaginando lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.

5 de marzo

Se manifiestan los primeros signos de hundimiento del sistema bursátil y de la economía, los expertos en temas económicos observan que esta vez, a diferencia de 2008, las intervenciones de los bancos centrales u otros organismos financieros no serán de mucha utilidad.

Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.

Es el cuerpo el que ha decidido bajar el ritmo. La desmovilización general del coronavirus es un síntoma del estancamiento, incluso antes de ser una causa del mismo.

Cuando hablo de cuerpo me refiero a la función biológica en su conjunto, me refiero al cuerpo físico que se enferma, aunque de una manera bastante leve –pero también y sobre todo me refiero a la mente, que por razones que no tienen nada que ver con el razonamiento, con la crítica, con la voluntad, con la decisión política, ha entrado en una fase de pasivización profunda.

Cansada de procesar señales demasiado complejas, deprimida después de la excesiva sobreexcitación, humillada por la impotencia de sus decisiones frente a la omnipotencia del autómata tecnofinanciero, la mente ha disminuido la tensión. No es que la mente haya decidido algo: es la caída repentina de la tensión que decide por todos. Psicodeflación.

6 de marzo

Naturalmente, se puede argumentar exactamente lo contrario de lo que dije: el neoliberalismo, en su matrimonio con el etnonacionalismo, debe dar un salto en el proceso de abstracción total de la vida. He aquí, entonces, el virus que obliga a todos a quedarse en casa, pero no bloquea la circulación de las mercancías. Aquí estamos en el umbral de una forma tecnototalitaria en la que los cuerpos serán para siempre repartidos, controlados, mandados a distancia.

En Internazionale se publica un artículo de Srecko Horvat (traducción de New Statesman).

Según Horvat, «el coronavirus no es una amenaza para la economía neoliberal, sino que crea el ambiente perfecto para esa ideología. Pero desde un punto de vista político el virus es un peligro, porque una crisis sanitaria podría favorecer el objetivo etnonacionalista de reforzar las fornteras y esgrimir la exclusividad racial, de interrumpir la libre circulación de personas (especialmente si provienen de países en vías de desarrollo) pero asegurando una circulación incontrolada de bienes y capitales.

«El miedo a una pandemia es más peligroso que el propio virus. Las imágenes apocalípticas de los medios de comunicación ocultan un vínculo profundo entre la extrema derecha y la economía capitalista. Como un virus que necesita una célula viva para reproducirse, el capitalismo también se adaptará a la nueva biopolítica del siglo XXI.

«El nuevo coronavirus ya ha afectado a la economía global, pero no detendrá la circulación y la acumulación de capital. En todo caso, pronto nacerá una forma más peligrosa de capitalismo, que contará con un mayor control y una mayor purificación de las poblaciones».

Naturalmente, la hipótesis formulada por Horvat es realista.

Pero creo que esta hipótesis más realista no sería realista, porque subestima la dimensión subjetiva del colapso y los efectos a largo plazo de la deflación psíquica sobre el estancamiento económico.

El capitalismo pudo sobrevivir al colapso financiero de 2008 porque las condiciones del colapso eran todas internas a la dimensión abstracta de la relación entre lenguaje, finanzas y economía. No podrá sobrevivir al colapso de la epidemia porque aquí entra en juego un factor extrasistémico.

7 de marzo

Me escribe Alex, mi amigo matemático: «Todos los recursos superinformáticos están comprometidos para encontrar el antídoto al corona. Esta noche soñé con la batalla final entre el biovirus y los virus simulados. En cualquier caso, el humano ya está fuera, me parece».

La red informática mundial está dando caza a la fórmula capaz de enfrentar el infovirus contra el biovirus. Es necesario decodificar, simular matemáticamente, construir técnicamente el corona-killer, para luego difundirlo.

Mientras tanto, la energía se retira del cuerpo social, y la política muestra su impotencia constitutiva. La política es cada vez más el lugar del no poder, porque la voluntad no tiene control sobre el infovirus.

El biovirus prolifera en el cuerpo estresado de la humanidad global.

Los pulmones son el punto más débil, al parecer. Las enfermedades respiratorias se han propagado durante años en proporción a la propagación en la atmósfera de sustancias irrespirables. Pero el colapso ocurre cuando, al encontrarse con el sistema mediático, entrelazándose con la red semiótica, el biovirus ha transferido su potencia debilitante al sistema nervioso, al cerebro colectivo, obligado a ralentizar sus ritmos.

8 de marzo

Durante la noche, el Primer Ministro Conte ha comunicado la decisión de poner en cuarentena a una cuarta parte de la población italiana. Piacenza, Parma, Reggio y Modena están en cuarentena. Bolonia no. Por el momento.

En los últimos días hablé con Fabio, hablé con Lucia, y habíamos decidido reunirnos esta noche para cenar. Lo hacemos de vez en cuando, nos vemos en algún restaurante o en casa de Fabio. Son cenas un poco tristes incluso si no nos lo decimos, porque los tres sabemos que se trata del residuo artificial de lo que antes sucedía de manera completamente natural varias veces a la semana, cuando nos reuníamos con mamá.

Ese hábito de encontrarnos a almorzar (o, más raramente, a cenar) de mamá había permanecido, a pesar de todos los eventos, los movimientos, los cambios, después de la muerte de papá: nos encontrábamos a almorzar con mamá cada vez que era posible.

Cuando mi madre se encontró incapaz de preparar el almuerzo, ese hábito terminó. Y poco a poco, la relación entre nosotros tres ha cambiado. Hasta entonces, a pesar de que teníamos sesenta años, habíamos seguido viéndonos casi todos los días de una manera natural, habíamos seguido ocupando el mismo lugar en la mesa que ocupábamos cuando teníamos diez años. Alrededor de la mesa se daban los mismos rituales. Mamá estaba sentada junto a la estufa porque esto le permitía seguir ocupándose de la cocina mientras comía. Lucía y yo hablábamos de política, más o menos como hace cincuenta años, cuando ella era maoísta y yo era obrerista.

Este hábito terminó cuando mi madre entró en su larga agonía.

Desde entonces tenemos que organizarnos para cenar. A veces vamos a un restaurante asiático ubicado colinas abajo, cerca del teleférico en el camino que lleva a Casalecchio, a veces vamos al departamento de Fabio, en el séptimo piso de un edificio popular pasando el puente largo, entre Casteldebole y Borgo Panigale. Desde la ventana se pueden ver los prados que bordean el río, y a lo lejos se ve el cerro de San Luca y a la izquierda se ve la ciudad.

Entonces, en los últimos días habíamos decidido vernos esta noche para cenar. Yo tenía que llevar el queso y el helado, Cristina, la esposa de Fabio, había preparado la lasaña.

Todo cambió esta mañana, y por primera vez –ahora me doy cuenta– el coronavirus entró en nuestra vida, ya no como un objeto de reflexión filosófica, política, médica o psicoanalítica, sino como un peligro personal.

Primero fue una llamada de Tania, la hija de Lucía que desde hace un tiempo vive en Sasso Marconi con Rita.

Tania me telefoneó para decirme: escuché que vos, mamá y Fabio quieren cenar juntos, no lo hagas. Estoy en cuarentena porque una de mis alumnas (Tania enseña yoga) es doctora en Sant’Orsola y hace unos días el hisopado le dio positivo. Tengo un poco de bronquitis, por lo que decidieron hacerme el análisis también, a la espera del informe no puedo moverme de casa. Yo le respondí haciéndome el escéptico, pero ella fue implacable y me dijo algo bastante impresionante, que todavía no había pensado.

Me dijo que la tasa de transmisibilidad de una gripe común es de cero punto veintiuno, mientras que la tasa de transmisibilidad del coronavirus es de cero punto ochenta. Para ser claros: en el caso de una gripe normal, hay que encontrarse con quinientas personas para contraer el virus, en el caso del corona basta con encontrarse con ciento veinte. Interesante.

Luego, ella, que parece estar informadísima porque fue a hacerse el hisopado y por lo tanto habló con los que están en la primera línea del frente de contagio, me dice que la edad promedio de los muertos es de ochenta y un años.

Bueno, ya lo sospechaba, pero ahora lo sé. El coronavirus mata a los viejos, y en particular mata a los viejos asmáticos (como yo).

En su última comunicación, Giuseppe Conte, quien me parece una buena persona, un presidente un poco por casualidad que nunca ha dejado de tener el aire de alguien que tiene poco que ver con la política, dijo: «pensemos en salud de nuestros abuelos». Conmovedor, dado que me encuentro en el papel incómodo del abuelo a proteger.

Habiendo abandonado el traje del escéptico, le dije a Tania que le agradecía y que seguiría sus recomendaciones. Llamé a Lucia, hablamos un poco y decidimos posponer la cena.

Me doy cuenta de que me metí en un clásico doble vínculo batesoniano. Si no llamo por teléfono para cancelar la cena, me pongo en posición de ser un huésped físico, de poder ser portador de un virus que podría matar a mi hermano. Si, por otro lado, llamo, como estoy haciendo, para cancelar la cena, me pongo en la posición de ser un huésped psíquico, es decir, de propagar el virus del miedo, el virus del aislamiento.

¿Y si esta historia dura mucho tiempo?

9 de marzo

El problema más grave es el de la sobrecarga a la que está sometido el sistema de salud: las unidades de terapia intensiva están al borde del colapso. Existe el peligro de no poder curar a todos los que necesitan una intervención urgente, se habla de la posibilidad de elegir entre pacientes que pueden ser curados y pacientes que no pueden ser curados.

En los últimos diez años, se recortaron 37 mil millones del sistema de salud pública, redujeron las unidades de cuidados intensivos y el número de médicos generales disminuyó drásticamente.

Según el sitio quotidianosanità.it, «en 2007 el Servicio Sanitario Nacional público podía contar con 334 Departamentos de emergencia-urgencia (Dea) y 530 de primeros auxilios. Pues bien, diez años después la dieta ha sido drástica: 49 Dea fueron cerrados (-14%) y 116 primeros auxilios ya no existen (-22%). Pero el recorte más evidente está en las ambulancias, tanto las del Tipo A (emergencia) como las del Tipo B (transporte sanitario). En 2017 tenemos que las Tipo A fueron reducidas un 4% en comparación con diez años antes, mientras que las de Tipo B fueron reducidas a la mitad (-52%). También es para tener en cuenta cómo han disminuido drásticamente las ambulancias con médico a bordo: en 2007, el médico estaba presente en el 22% de los vehículos, mientras que en 2017 solo en el 14,7%. Las unidades móviles de reanimación también se redujeron en un 37% (eran 329 en 2007, son 205 en 2017). El ajuste también ha afectado a los hogares de ancianos privados que, en cualquier caso, tienen muchas menos estructuras y ambulancias que los hospitales públicos.

«A partir de los datos se puede ver cómo ha habido una contracción progresiva de las camas a escala nacional, mucho más evidente y relevante en el número de camas públicas en comparación con la proporción de camas administradas de forma privada: el recorte de 32.717 camas totales en siete años remite principalmente al servicio público, con 28.832 camas menos que en 2010 (-16,2%), en comparación con 4.335 camas menos que el servicio privado (-6,3%)».

10 de marzo

«Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín».

Esto está escrito en las docenas de cajas que contienen barbijos que llegan de China. Estos mismos barbijos que Europa nos ha rechazado.

11 de marzo

No fui a via Mascarella, como generalmente hago el 11 de marzo de cada año. Nos reencontramos frente a la lápida que conmemora la muerte de Francesco Lorusso, alguien pronuncia un breve discurso, se deposita una corona de flores o bien una bandera de Lotta Continua que alguien ha guardado en el sótano, y nos abrazamos, nos besamos abrazándonos fuerte.

Esta vez no tenía ganas de ir, porque no me gustaría decirle a ninguno de mis viejos compañeros que no podemos abrazarnos.

Llegan de Wuhan fotos de personas celebrando, todas rigurosamente con el barbijo verde. El último paciente con coronavirus fue dado de alta de los hospitales construidos rápidamente para contener la afluencia.

En el hospital de Huoshenshan, la primera parada de su visita, Xi elogió a médicos y enfermeras llamándolos «los ángeles más bellos» y «los mensajeros de la luz y la esperanza». Los trabajadores de salud de primera línea han asumido las misiones más arduas, dijo Xi, llamándolos «las personas más admirables de la nueva era, que merecen los mayores elogios».

Hemos entrado oficialmente en la era biopolítica, en la que los presidentes no pueden hacer nada, y solo los médicos pueden hacer algo, aunque no todo.

12 de marzo

Italia. Todo el país entra en cuarentena. El virus corre más rápido que las medidas de contención.

Billi y yo nos ponemos el barbijo, tomamos la bicicleta y vamos de compras. Solo las farmacias y los mercados de alimentos pueden permanecer abiertos. Y también los quioscos, compramos los diarios. Y las tabaquerías. Compro papel de seda, pero el hachís escasea en su caja de madera. Pronto estaré sin droga, y en Piazza Verdi ya no está ninguno de los muchachos africanos que venden a los estudiantes.

Trump usó la expresión «foreign virus» [virus extrajero].

All viruses are foreign by definition, but the President has not read William Burroughs [Todos los virus son extranjeros por definición, pero el presidente no ha leído a William Burroughs].

13 de marzo

En Facebook hay un tipo ingenioso que posteó en mi perfil la frase: «hola Bifo, abolieron el trabajo».

En realidad, el trabajo es abolido solo para unos pocos. Los obreros de las industrias están en pie de guerra porque tienen que ir a la fábrica como siempre, sin máscaras u otras protecciones, a medio metro de distancia uno del otro.

El colapso, luego las largas vacaciones. Nadie puede decir cómo saldremos de esta.

Podríamos salir, como alguno predice, bajo las condiciones de un estado tecno-totalitario perfecto. En el libro Black Earth, Timothy Snyder explica que no hay mejor condición para la formación de regímenes totalitarios que las situaciones de emergencia extrema, donde la supervivencia de todos está en juego.

El SIDA creó la condición para un adelgazamiento del contacto físico y para el lanzamiento de plataformas de comunicación sin contacto: Internet fue preparada por la mutación psíquica denominada SIDA.

Ahora podríamos muy bien pasar a una condición de aislamiento permanente de los individuos, y la nueva generación podría internalizar el terror del cuerpo de los otros.

¿Pero qué es el terror?

El terror es una condición en la cual lo imaginario domina completamente la imaginación. Lo imaginario es la energía fósil de la mente colectiva, las imágenes que en ella la experiencia ha depositado, la limitación de lo imaginable. La imaginación es la energía renovable y desprejuiciada. No utopía, sino recombinación de los posibles.

Existe una divergencia en el tiempo que viene: podríamos salir de esta situación imaginando una posibilidad que hasta ayer parecía impensable: redistribución del ingreso, reducción del tiempo de trabajo. Igualdad, frugalidad, abandono del paradigma del crecimiento, inversión de energías sociales en investigación, en educación, en salud.

No podemos saber cómo saldremos de la pandemia cuyas condiciones fueron creadas por el neoliberalismo, por los recortes a la salud pública, por la hiperexplotación nerviosa. Podríamos salir de ella definitivamente solos, agresivos, competitivos.

Pero, por el contrario, podríamos salir de ella con un gran deseo de abrazar: solidaridad social, contacto, igualdad.

El virus es la condición de un salto mental que ninguna prédica política habría podido producir. La igualdad ha vuelto al centro de la escena. Imaginémosla como el punto de partida para el tiempo que vendrá.

 

Original en: Not
Traducción: Emilio Sadier

Fuente: SANGRRE

Democracia Biopolítica

por Bruno Cava Rodriguez

Cualquiera que haya seguido los últimos textos de Giorgio Agamben debe haber notado cómo inscribe las respuestas de los gobiernos a la pandemia como una intensificación del paradigma biopolítico totalitario. Siguiendo la línea de su investigación desde la trilogía «Homo sacer», el filósofo italiano diagnostica un avance del estado de excepción, es decir, un cambio en las formas de gobernar: lo que antes se entendía como una excepción se convierte en la nueva normalidad. El control sobre los cuerpos individuales y colectivos se generaliza y comienza a abarcar a toda la población dentro de una red de conocimiento médico, psicológico, policial criminal y laboral. De ahí sus últimos artículos que, frente a una epidemia «inventada», indican un conjunto de acciones «irracionales» y «desmotivadas» para reforzar la inversión del soberano en el poder de vida y muerte de la población.

De mis estudios en filosofía del derecho, noto cómo el trabajo agambeniano se presta a una verdadera cuarentena mental en manos de epígonos e intérpretes autorizados. Digo esto después de haber escrito un libro con Alexandre Mendes, en 2008, en el que incurrí en este tono catastrofista. Esto se debe principalmente a los artículos periodísticos de Agamben. Por ejemplo, introdujo el concepto schmittiano de «estado de excepción», con gran éxito público y crítico, para explicar la redirección estratégica de la geopolícia después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la llamada «Guerra contra el Terror». Posteriormente, se habría producido un giro biopolítico en el que la excepción del superterrorismo fue capturada (forcluida, ex-capere) por el terrorismo de estado, que ahora se ha convertido en la norma.

El concepto de biopolítica, sin embargo, fue creado por Michel Foucault para describir una cartografía dinámica de estrategias y contraestrategias, conductas y contraconductas, en las que más que el avance del poder soberano totalitario, hay una mutación en la forma en que el poder se ejerce, circula y promueve nuevas relaciones. En el análisis del biopoder de Foucault, en la gran transformación de las sociedades de soberanía en sociedades biopolíticas, no hay una disminución en la libertad o el alcance para la acción, ni un aumento. De hecho, el problema de la libertad en su conjunto cambia sus coordenadas y su régimen operativo: lo que antes se presentaba como una relación externa entre soberanía y no soberanía, entre adentro y afuera, ahora vuelve a una relación interna, en la que las tecnologías de poder se involucran en la constitución de los sujetos. En lugar de prácticas de liberación en relación con un poder represivo, para Foucault, ahora tenemos prácticas de libertad que, en el campo estratégico de los umbrales, envían la libertad *al interior* del paradigma biopolítico.

Esta ambivalencia constitutiva del concepto de biopolítica se materializa cuando la excepción/captura del exterior (forclusión, ex-capere) se entiende agambenianamente como un nuevo totalitarismo, de hecho, una categoría que es muy poco utilizada por Foucault. Estrictamente hablando, el movimiento del concepto sufre un estancamiento y se pierde, dando lugar a una categoría escatológica que simplemente comienza a indicar signos del avance inexorable de una totalidad. Y como categoría, se prestará a detectar un lado bueno de un mal, con el aspecto agravante del lado malvado de vencer al bien, capturarlo, neutralizarlo. Así entendido, el estado de excepción no es más que metafísica dogmática, en el sentido negativo que Kant le da. Es por eso que el catastrofismo del estado de excepción tiende a encajar tan bien con las lecturas en que el neoliberalismo es un juego del gato y el ratón, en el que los mercados capitalistas siempre están capturando y totalizando una libertad preexistente mistificada, antes de la llegada del biopoder.

Digo esto porque, en medio de la pandemia, una serie de estrategias y multivalencias emergen del paradigma biopolítico que reelabora la vida en medio del miedo, las privaciones y el sufrimiento. Hay varias acciones vinculadas a la difusión de información, articulaciones de prevención locales y globales, y una difícil reorganización de la vida cotidiana metropolitana y laboral, con la cual las poblaciones, estratégicamente, se combinan con las tecnologías gubernamentales existentes. Es dentro de estos umbrales y áreas grises donde se juega el juego de la libertad: lo que mañana se considerará aceptable o no, vivible o no, los términos de lo que será normal.

Vale la pena señalar cómo dos medidas recientes también se incluyen en el panel de estas estrategias. Me refiero, en primer lugar, a la anticipación inmediata de los salarios de los pensionistas y, en segundo lugar, al reajuste del valor de los beneficios sociales para el próximo año. Dichas medidas, que podrían incluir anticipar el retiro del fondo de garantía y otros avances, no tienen precedentes y tienden a acompañar las calamidades, dirigidas a los grupos más afectados. En la pandemia actual, el grupo de mayor riesgo incluye ancianos, enfermos y personas con vulnerabilidad crónica. Pero podríamos agregar: personas más pobres, que tienden a habitar territorios más vulnerables al contagio, con menos condiciones para obtener activos biopolíticos (medicamentos, información, asistencia, etc.). Estas medidas de compensación salarial también son biopolíticas, ya que permiten el acoplamiento de contraconductas y estrategias para vivir mejor en la pandemia o sus consecuencias.

A lo largo del siglo XIX, los economistas hicieron un esfuerzo por eliminar el dinero como una variable real en las ecuaciones económicas. El dinero no sería más que una variable nominal, desconectada de los fundamentos sustantivos de la economía de facto, como la producción, el empleo y el consumo. La moneda neutral no sería más que aceite lubricante para intercambios, permaneciendo en el vestíbulo de lo que realmente generaría riqueza: el sector productivo. Esta tendencia clásica en el pensamiento monetario se vino abajo en la primera mitad del siglo XX, cuando las dos escuelas principales, la keynesiana y la monetarista, reinsertaron la moneda como un elemento esencial de la vida económica.

En el keynesianismo, por ejemplo, las variaciones monetarias absorben presiones sociales de diversos tipos: conflictos distributivos, relaciones de clase, dinámicas políticas y eventos extraordinarios, como guerras, revoluciones y catástrofes. El salario, en particular, se convierte en una variable rígida, es decir, directamente dependiente de situaciones extraeconómicas. Sin embargo, hay más que eso en el giro keynesiano. No es que estas presiones desequilibren una dinámica de mercado naturalmente equilibrada, perturbando las leyes económicas que determinan la formación de precios. En realidad, en el siglo XX, el desequilibrio es constitutivo, la formación de precios es irreductible para el modelo racional-mecanicista tributario de la Ilustración, y es esencial que el economista internalice en el «cálculo» una miríada de preguntas de los más diversos campos, comenzando por la historia.

En el siglo XX, la moneda ya no es una mediación de lo que serían los factores reales o productivos de la economía (o de la guerra), convirtiéndose en sí misma en el principal motivo de conductas y contraconductas. Existe toda una literatura supercrítica sobre las finanzas, como avance del totalitarismo neoliberal y, en particular, cómo se desarrolla el estado de excepción dentro de la financiarización de la vida. En el libro que Giuseppe Cocco y yo escribimos, aún en prensa, y continuando nuestro «Enigma do disforme» (2018), exponemos cómo estas teorías catastrófistas realmente nos ponen, epígonos e intérpretes, en cuarentena mental. Después de Foucault, tomamos la biopolítica en su polivalencia estratégica, para mostrar cómo la moneda también se convierte en el terreno de las prácticas de libertad y la reinvención de formas de gobierno. No se trata de dinero en la economía: el dinero es el problema económico por excelencia en el paradigma biopolítico. Es por eso que, en este libro, hablamos de la moneda en vivo, las biomonedas, que ya están entre nosotros, injertadas en el «cálculo».

En este sentido, las biomonedas acompañan las transformaciones de las tecnologías gubernamentales, especialmente en la gubernamentalidad neoliberal. Si los teóricos de la inspiración agambeniana no se cansaron de señalar en las políticas de expansión salarial de 1990-2000 (subsidio familiar, salario mínimo, BPC, crédito, etc.) un avance del estado de excepción, es decir, una intensificación del totalitarismo biopolítico, de ahí en adelante socializado a través de la inclusión, notamos cómo estas políticas salariales proporcionaron acoplamientos inmediatos para las prácticas de libertad, un nuevo paradigma de libertad que acompaña a las biomonedas. Vemos, por lo tanto, que la estabilización de la inflación, la transferencia de ingresos o, más tácticamente, las anticipaciones gubernamentales de ingresos son ajustes biopolíticos que son inmediatamente parte de la lucha por la democracia.

La propagación del coronavirus nos pandemiza a todos, exponiendo los supuestos que definen nuestra vida cotidiana. Nos obliga a pensar, fuera de las cuarentenas mentales y el aislamiento que causa el pánico. Si podemos ver claramente cómo dependemos de las condiciones biopolíticas para ser libres y vivir bien, quién sabe, podemos imaginar la reapropiación de estas condiciones para una democracia renovada.

 

Fuente: Uninomadasur

Final de partida

por Santiago López Petit

El Estado español nunca concederá la independencia en Cataluña. Y si no hay negociación, si no se produce una separación negociada, la historia nos enseña que la única opción posible es la guerra. Por razones económicas evidentes, pero sobre todo porque supondría su propio suicidio político, el Estado español nunca podrá acordar un auténtico referéndum de independencia. A la idea de España, y a su materialización en el Estado español, corresponde un concepto de unidad que subsume completamente las diferencias. Todas. Las que habitan a la periferia, tanto como las que habitan en el centro. Durante el franquismo, en la escuela nos explicaban que España era “una unidad de destino en lo universal”.

Final de partida, pues? La guerra como hora de la verdad. La determinación del enemigo nos determina a nosotros mismos en el que somos y podemos llegar a ser. Nos devuelve, sin ningún engaño, a aquello que realmente nos constituye. Por esta razón, la guerra es un combate a vida o muerte. Uno de los políticos exiliados en Bélgica, en un arranque de sinceridad y posiblemente a causa de su situación personal, habló en plata: “Si consideramos que la república catalana es la condición de una ciudadanía llena, que no eres libre si no eres plenamente ciudadano, la pregunta —injusta y desagradable, pero inevitable— es qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestra libertad. No habrá independencia sin sacrificios”. Su declaración cayó como una bomba y la reacción unánime fue de absoluto rechazo. Una consejera respondió enseguida: “Perjudicar la economía española nos perjudica a nosotros también. Estamos en un mundo global”. Artur Mas, el mesías resucitado, declaraba que la respuesta a la sentencia del “proceso” no tenía que alterar el orden público: “Una cosa es defender la resistencia pacífica y otra defender una alteración del orden público que llevaría a consecuencias que no serían buenas para todos”. Una pregunta me rodea la cabeza: si no estamos dispuestos a hacer daño y a hacernos daño: entonces a qué estamos jugando? Quizás todo no ha estado más que un cuento que ha acabado mal. Muy mal. Con detenidos, exiliados y heridos. Los políticos independentistas: fueron unos ineptos o bien fueron unos ingenuos? Creo que estos adjetivos ya no son suficientes para calificarlos. El Presidente de la Generalitat, impertérrito, anima a seguir adelante y, a la vez, manda que su lugarteniente reprima. Sin duda, cumplen con diligencia. Lejos se sienten los gritos de: “La policía española y la policía catalana unidas jamás serán vencidas”. Pelotas de goma y pelotas de foam juntas siempre lo aciertan!

Solo es un cubo de basura

Beckett en estado puro. El Estado español vive protegido en el interior de un cubo de basura. No tiene piernas y saca la mano para cazar todo aquel que se le acerca. Yo añadiría que tampoco tiene cerebro. El movimiento independentista, de su banda, esperando Godot, y mientras tanto para entretenernos, organiza coreografías, algunas de las cuales son brutalmente atacadas. Eso sí, la violencia no nos representa. Somos gente de paz. Los políticos independentistas afirman que, si perseveramos como la gota de agua que cae ahincadamente, algún día venceremos. El cambio climático seguro que cooperará en esta ímproba tarea. “Lo volveremos a hacer”. Más allá de la admirable dignidad personal de quién pronunció esta frase, se trata de una frase infantil dirigida al Padre que está enfadado. Y si mataremos el Padre? Tranquilos, no os preocupéis. Construiremos un Estado-Nación nuevo, mucho más amplio y soleado. Tranquilos, seremos capaces de pasar de “la Ley a la Ley”. Incluso ya tenemos estructuras de Estado. Además toda Europa nos apoyará. El mundo nos mira que bonitos somos. Todo mentira. En la prisión se pudren los presos políticos. Libertad ya para ellos y ellas. Pero cuando vuelvan a casa, por favor, qué lean Marx. También C. Schmitt. Era un nazi empedernido, pero inteligente. Estudiar un poco la historia de España no iría tampoco mal. Por cierto, se agradece la dedicación de estos juristas que, si bien nunca han defendido ningún movimiento social, participan en tertulias por desvelarnos los secretos de la sentencia. Basta de marear la perdiz. Precisamente este alemán reaccionario ya lo dejó muy claro: “No se necesita derecho para hacer el derecho”.

El cubo de basura en que reside el Estado español tiene una grieta por la cual vigila una calle cada vez más exaltada. Parece que una piedra ha abollado su orgullo. El nacionalismo catalán, de su banda, empieza a temer un cierto descontrol social. En realidad no sabemos cual de los dos gobiernos —el que se escribe con “b” o el que se escribe con “v”— teme más aquello que pasa. Son personas de orden. El diputado con nombre de ladrón, y que une ignorancia y cinismo como nadie nunca antes ha estado capaz, fue expulsado de la manifestación convocada el día de la huelga general.

La vida da muchas vueltas

Cuando la policía golpea y vacía ojos, muchos sabemos inmediatamente junto al lado de quién hay que posicionarse. No lo dudamos ni por un instante. Del mismo modo que el 1 de octubre, el día que tuvo lugar el referéndum, acudimos a votar cuando no vamos nunca a votar. En aquella ocasión, pero, había que ir aunque fuera sencillamente para introducir en la urna un papel donde estaba escrito “No le deseo un Estado a nadie”. Porque ciertamente son dos nacionalismos enfrentados —el independentismo es una forma más de nacionalismo, puesto que no hay una diferencia pura y libre—, pero no son iguales. Creer que son intercambiables es demasiado fácil y cómodo. Lo cual, por supuesto, no quiere decir engañarse. Mediante el Estado, el nacionalismo español aplica un único programa: “transformar la fuerza en derecho y la obediencia en deber”. Es su manera concreta de defender el capitalismo. No hay más. De hecho esta deriva fascista del capitalismo siempre le ha estado inherente, la novedad son las diferentes formas que adopta en la actualidad. En nuestro caso, esta involución que pasa a nivel mundial, no se plasma como populismo sino como política democrática. En este sentido hay que interpretar la sentencia contra los políticos independentistas. Evidentemente, se trata de una venganza del Estado español, pero la represión apunta a todo tipo de disidencia. A partir de ahora, cualquier alteración del orden público, cualquier protesta o crítica puede ser juzgada como sedición y castigada con muchos años de prisión. También una pelea de bar con las personas equivocadas en un lugar en el cual son poco estimadas.

El nacionalismo catalán, aunque a pequeña escala, participa también de esta política democrática que ha permitido la aplicación de las conocidas mesuras neoliberales: recortes, privatizaciones, políticas de concertación público-privadas en los servicios, etc. Business friendly, le decían. Es más, su fuga adelante subiendo al carro del independentismo le ha servido maravillosamente para ocultar la corrupción y arrinconar la expresión política del malestar social. La Generalitat llevó a juicio veinte manifestantes del 15-M por haber rodeado Parlamento y la condena de ocho de ellos a tres años de prisión satisfizo especialmente uno de los abogados defensores de los presos políticos. Este abogado y político aseguró que “la sentencia concuerda muy bien con el sentimiento mayoritario del pueblo de Cataluña”. El futuro y anhelado Estado catalán ya se entrenaba también en la venganza aunque fuera hipócritamente diferida a la Audiencia Nacional.

La inmanencia desmonta la ficción

Las razones de la eclosión del independentismo son muchas e indudablemente van más allá del que hemos dicho. El Estado español es un Estado-guerra. El sistema de partidos catalán, de su banda, es un escarabajo pelotero incapaz de autocrítica. La pelota que con sus patas delanteras empuja es una gran mentira hecha de múltiples pequeñas mentiras. La gran mentira que, paradójicamente, supone el punto débil del independentismo, consiste a pretender construir el pueblo catalán como una unidad política. La ficción de un pueblo homogéneo, es decir, de una demasiada moldeable mediante ritos y referencias a montañas sagradas constituye el cimiento sobre el cual se sustenta la legitimidad del futuro Estado. Hay que reconocer que el Gobierno ha sido un maestro en el manejo de la trascendencia. Nosotros, vuestros representantes. Arriba. Vosotros, nuestro pueblo. Abajo. Ahora cantamos juntos. Por eso es fundamental analizar cómo en cada ocasión en que este pueblo —en el fondo despreciado por las élites del poder— quería tomar la palabra, era acallado. Acallar significa una cosa muy concreta: la desactivación de cualquier acto o manifestación que se escape del redil y pueda desbordar la negociación que nunca llega. Empezando por el 1 de octubre, a punto de ser anulado ya de buena mañana, pasando por la manifestación histórica del 3 de octubre, desconvocada porque se acercaban unos temibles grupos fascistas (o esto decían). Para no hablar del simulacro de Declaración Unilateral de Independencia. O de la participación entusiasta en las elecciones convocadas por el mismo Estado español que acababa de reprimir la gente. Al instante. Cuando el pueblo agrieta el corsé impuesto de la unidad política, cuando se transforma en un cuerpo opaco en que se recoge tanto el catalanismo histórico insobornable como el malestar de los que no tienen futuro, entonces la ficción maleable desaparece y la inmanencia da miedo. Ahora toca limpiar el pueblo de violentos infiltrados.

Se afirma que el independentismo catalán está dividido entre los pragmáticos y los que siguen defendiendo la unilateralidad. A estas alturas —solo hay que ver la desafección política y el enojo de la gente— ya nadie se cree que esta división sea realmente una cuestión importante. Se trata de una simple pugna para ver quién acapara más escaños en las próximas elecciones. En el fondo, el que se plantea realmente es la famosa pregunta nietzscheana: cuánta verdad es capaz de soportar el movimiento independentista? O aquel que es lo mismo traducido en términos monetarios: quién gestionará la decepción? Es decir, quién pagará el precio por haber empujado la bola de mierda hacia ninguna parte?

Se acaba la función

Final de partida. Después de la huelga general del día 18 de octubre, la situación ha cambiado mucho. La función teatral continúa en marcha, pero el cubo de basura donde el Estado español se esconde ha estado fuertemente sacudido. Algunos de sus ministros han tenido que salir a dar la cara. Hay separación de poderes y os aseguramos que el cubo de basura está limpia. España es una democracia consolidada. El escarabajo pelotero corre por el escenario sin saber mucho qué hacer. Está perdido. El sistema de partidos catalán no tiene hoja de ruta. Hay gente muy enfurecida que quiere aplastarlo. Creen que les han tomado el pelo. Otros, hartos, simplemente han decidido bajar del mundo de la representación. Ya no esperan ni el inesperado. Ahora la fuerza de la gente se ha transformado en fuerza de dolor. “Padre y madre: nos habéis vuelto a decepcionar”. Y algún hijo o hija con algo más de mala leche añadirá seguramente: “Ya solo os falta posar en el cordón de seguridad entre la policía y nosotros cantando La Estaca”. Los nacionalismos o se abrazan o se matan entre ellos. Creer que el nacionalismo y el anticapitalismo pueden conjugarse es una quimera. Solo hay que ver la desorientación de la izquierda independentista y sentir su retórica vacía. Despreciados en los momentos clave, utilizados cuando convenía. En este campo de juego no hay otra salida. Se buscan “traidores” capaces de firmar un pacto de rendición. La buena gente que estima el orden venga de donde venga, esta mayoría silenciosa tan apreciada por el poder, los considerará “unos valientes” y los dirá “hombres de Estado”.

La independencia no va (solo) de independencia

Desde una lógica de Estado (y de deseo de Estado) no se puede esperar ninguna otra salida. El nacionalismo hegemónico —empezando por el actual presidente de la Generalitat— ha querido siempre cerrar el movimiento independentista en el interior de una reivindicación identitaria. Sin obviar, está claro, la cuestión de Cataluña y todo lo que su historia comporta, esta estrategia interesada ha provocado silencio e incomprensión en España. Sin embargo, las manifestaciones de estos días han resignificado completamente la palabra “independencia”. El grito de independencia, cada vez más, es escuchado aquí, pero también a Madrid, Granada… como un grito de rabia colectiva. ¿Quién nos impide entonces pensar y defender una salida distinta? Imaginamos que los que están hartos de mentiras y de precariedad, los que ven cada día como su vida no vale nada, deciden ocupar el Parlamento y declarar una República de repúblicas. Imaginamos que la fuerza de dolor se organiza estratégicamente para gritar “Que se vayan todos” y continúa el “procés”, aunque ahora como un proceso destituyente. La lucha de clases posada de nuevo en un primero plano y quien quiera seguir ondeando la bandera estelada, que lo haga pero sin engañarse. Una bandera no es más que una bandera, y el odio contra esta sociedad injusta y miserable no necesita ninguno para expresarse. Pero hay que ir hasta el final.

Fuente: Crític

Acerca de los últimos acontecimientos en Chile

por Nicolás Slachevsky Aguilera

El jueves 17 de octubre, entrevistado por el Financial Times, Sebastián Piñera declaraba con arrogancia que, ante una América Latina convulsa y económicamente rezagada, Chile podía ser considerado un verdadero “oasis”. El domingo 20, rodeado de militares, sus palabras en la prensa han sido que el país se encuentra sumido en una guerra. En los últimos tres días, en efecto, el horizonte de sentido en Chile se ha desplazado radicalmente. Si hasta el viernes Piñera aún podía jactarse de la eficacia de la gobernabilidad neoliberal, impuesta a fuego y sangre por la dictadura cívico-militar y dogmáticamente administrada desde el regreso a la democracia, hoy parece evidente que algo en Chile ha llegado a su fin. La contestación masiva y el clima insurreccional que iniciándose en Santiago se ha extendido ya por todo el país parecen signar un punto de no retorno para el modelo económico y político en Chile.

Los hechos se precipitaron y no han dejado de escalar desde el inicio de la semana del 14 de octubre, luego de que el gobierno decretara un alza del precio del transporte público en la capital. El valor alcanzaba así el de los sistemas de transporte europeos (1,1 €), pero en un país donde casi tres tercios de la población recibe un salario inferior a los 500 €. Según estudios de la Fundación Sol, el transporte representa en efecto el segundo gasto más significativo de los hogares chilenos, alcanzando en promedio los 200 € por hogar. Esta medida, destinada a mantener las enormes tazas de ganancias de las empresas privadas que tienen concesionado el transporte público, venía así a sumarse a las políticas de gobernanza neoliberal que tienen a la población precarizada y endeudada para acceder a servicios tan básicos como la educación, la salud y la vivienda.

La respuesta comenzó a articularse desde los estudiantes secundarios, uno de los sectores más combativos del movimiento estudiantil chileno, quienes desde principio de año se han visto en un agudo conflicto con el gobierno. Ante los llamados a evadir masivamente el pago del metro a la entrada de las estaciones, el gobierno respondió acudiendo a las fuerzas represivas y, en un segundo momento, cerrando algunas de las principales estaciones de metro. Para el día viernes, a los estudiantes se sumaban trabajadores y amplios sectores de la población civil que se veían impedidos de regresar a sus hogares. Así, al anochecer, ante la masividad de las protestas y los disturbios que ya empezaban a propagarse, el gobierno decretaba el Estado de Emergencia. Pero la desobediencia civil que había comenzado a fraguarse en los subterráneos del metro ya había salido entonces a la calle convertida en rebelión popular, y se expandía como tal por todo el resto del país.

Este último fin de semana se han visto en Chile escenas que no se veían desde la dictadura militar. Toque de queda, militares en las calles, disparos a mansalva contra la población civil. Si bien el sábado, junto a un paquete de medidas represivas destinadas a restablecer el orden, el gobierno decidió anular el alza del precio del pasaje, el horizonte de posibilidades que se había abierto en el seno de la revuelta popular ya había superado toda pertinencia de una solución restringida. A nadie le cabe duda de que aquello que hoy está en disputa es las calles es la estructura completa del sistema neoliberal chileno.

La velocidad con la que han evolucionado los hechos, la violencia extrema que se vive en las calles y el bloqueo informativo que la prensa ha tratado de imponer en complicidad con el Estado hacen difícil al día de hoy llevar a cabo un análisis exhaustivo de los últimos acontecimientos. No cabe duda de que la situación es compleja. Los militares en la calle no son solo un símbolo, un doloroso recuerdo de los horrores de la dictadura; son la evidencia misma de la violencia con la que la clase capitalista chilena está dispuesta a defender sus enormes privilegios. Sin informaciones oficiales precisas sobre la cantidad de muertos y lesionados durante las últimas jornadas de protestas, son varios los videos que circulan en redes sociales donde se puede ver cómo policías y militares asesinan civiles a sangre fría. Aquello que a primera vista puede aparecer como ineptitud política del gobierno actual, la rapidez con la que la revuelta social ha superado su capacidad de dar una respuesta política, podría ser sin embargo el efecto de una calculada estrategia de Shock. La magnitud de los saqueos en los barrios populares frente a los cuales la policía ha dejado actuar (si es que no los ha provocado ella misma), los montajes mediáticos y el terrorismo informativo de los medios de comunicación que no se han referido a la revuelta más que como el producto de hordas vandálicas, podría ser un intento por disponer a una parte de la población en contra del movimiento social, justificando así el uso de una represión más generalizada y despiadada. El mismo presidente ha hablado ante los medios de comunicación diciendo que el país se encuentra sumido en “una guerra contra un enemigo poderoso, implacable”, atribuyendo el movimiento social a una “escalada que sin duda es organizada”.

La revuelta sin embargo no se ha detenido ante la represión, manifestándose en cada uno de los territorios contra las fuerzas del orden y los símbolos de la violencia estructural del modelo chileno. El toque de queda no está siendo acatado por la población que con valentía y rebeldía ha salido a la calle a manifestarse sin retroceder ante policías y militares.

Decíamos más arriba que los acontecimientos de los últimos días han desplazado el horizonte de sentido así como la relación de fuerzas de la lucha de clases en Chile. La rebelión que ha estallado espontáneamente, sin la conducción de ningún líder ni partido, ha venido a poner de manifiesto los efectos de la acumulación de agravios en la población chilena, uno de los países más desiguales del mundo, donde un 1% de la población concentra más del 25% de las riquezas y donde casi la totalidad de los derechos sociales han sido secuestrados por el capital privado. Esta revuelta ha permitido también visibilizar el trabajo político de organizaciones sociales y ciudadanas que, sin tranzar con el establishment neoliberal, ha venido trabajando desde el regreso a la democracia por la reconquista de los derechos sociales básicos: movimientos antiextractivistas, movimientos por la defensa de las aguas, movimiento contra el sistema privado de pensiones, movimiento por la educación, etc…

El año 2011, luego del enorme movimiento social por la educación pública, se vio resplandecer la semilla de la rebelión popular en intensas jornadas de protestas que terminaron sin embargo siendo restringidas al sector estudiantil y finalmente ahogadas por el gobierno. La magnitud de las movilizaciones de hoy, su transversalidad y su violencia aparecen en este minuto como algo inédito, sólo comparable en el país a la “batalla de Santiago”: un movimiento popular espontáneo producido también por un alza en el precio del transporte que, el año 1957, abrió duraderamente el horizonte político de la izquierda revolucionaria en Chile. El eco de las rebeliones en Ecuador el mes pasado ha sido también decisivo e inspirador.

Para hoy, lunes 21 de octubre, luego de una segunda noche con toque de queda en las principales ciudades del país, las organizaciones sociales, territoriales y sindicales más importantes del país han llamado a una huelga general en todo Chile. Mientras el estado y las clases gobernantes han vuelto a mostrar su cara más oscura y represiva, el pueblo chileno vuelve a salir a la calle decidido a escrutar el nuevo horizonte que se ha abierto ante sus ojos. El llamado es a cuidarse y a seguir luchando.

Hay que estar sumamente atento a lo que pueda suceder en las próximas horas y días en Chile.

 

21-10-2019
Nicolás Slachevsky Aguilera

¡Todos somos Carola! Está bien, pero después de eso ¿qué hacemos?

por Giovanni Iozzoli

El Zelig de lo que queda de la izquierda, en ocasiones asume identidades ficticias, la mayoría de las veces la de un personaje de los medios o global, y trata de aferrarse desesperadamente a la personalidad o al evento, buscando algún contenido, un valor, una orientación. Todos somos Assange, todos somos Me too o también, todos somos Greta: hemos desechado la historia revolucionaria del siglo XX, la ausencia de la memoria teorizada como valor, la intromisión acrítica de la agenda liberal confundida con la modernidad y los derechos civiles, todo esto ha hecho que el ectoplasma de la izquierda tenga la necesidad de unirse a “algo más”, generalmente algo evanescente y muy temporal, para poder dar una definición efímera de sí misma.

A mí el asunto de Carola no me entusiasma. Aparte de la solidaridad humana por una chica valiente (objetivamente simpática, también debido al crimen hiperbólico de la que se la acusa: “resistencia a los buques de guerra”, un caso criminal más apropiado para Godzilla), esta pseudo-competencia entre Capitana y Capitano me parece que trae agua sólo al molino de Salvini. Simplemente no puedo adherirme a la cultura “me gusta” que prevalece: me gusta o no me gusta, esta historia en la que siempre somos el público de un espectáculo en el que, a lo sumo, podemos posicionarnos a favor o en contra de algo.

Más allá del hecho de que las ONG me causan una desconfianza instintiva porque han sido una herramienta gubernamental de guerra y golpe de estado en el mundo[1], ¿podemos seguir adelante apegándonos a este o ese pequeño bote y esperando que estas representaciones de los medios indignen y despierten alguna “opinión pública democrática”? ¿El hecho de que “Yo estoy con Carola” mientras que la gran mayoría de los italianos se quedan con Salvini no debería preocuparnos un poco? Es cierto que en ciertas batallas ideales, en ciertas fases históricas, la minoría es una condición inevitable: pero ni siquiera nos preguntamos el problema de cómo salir de ella, de cómo reconectarnos con las opiniones públicas con un posicionamiento fuerte y alternativo, que se opone a Salvini pero no ¿Nos confunde con Boldrini o la Open Society?

¿Qué pasó en estos años? Que la derecha ha estado muy determinada en la construcción de su propia narrativa de inmigración, con variaciones que van desde la “sustitución étnica” (la versión hard-demenzial) a la “inmigración favorecida por la izquierda de las cooperativas para especular”. Nada trascendental, como nivel de debate: después de todo, Bannon no es Evola, y si ese es su gurú, en el mejor de los casos pueden chapotear en esas aguas bajas y fangosas. Sin embargo, gracias a estas elaboraciones repetidas y consolidadas en el tiempo, cualquier persona promedio informada de derechas, incluso el charcutero local, puede articular su discurso sobre la inmigración y la economía mundial.

A la izquierda, en cambio, en el campo de los movimientos, de la resistencia de clase, ¿cuál es la lectura de los procesos migratorios? Si falta, tenemos algunos problemas: si es cierto que dentro de tres décadas en África habrá mil millones de personas más, ¿podemos salir adelante con el apoyar a Carola?

¿Cuáles son las palabras claves con las que enfrentamos esta histórica fase crucial, en los barrios, en la fábrica, en los lugares de trabajo? ¿Tenemos que decir, cuando hablamos de dinámica de migración, que “estoy con la Sea Watch“? Pero disculpen ¿qué argumento político es este? A lo sumo es un posicionamiento individual, incluso éticamente noble. Pero no constituye un posicionamiento estratégico, ni ayuda a construir una teoría sobre la migración. Y, sobre todo, no agrega ni quita valor a una narrativa de derechas que se vuelve más tetragonal y efectiva cada día.
¿Son las ONG nuestra contribución al debate? Carola, Casarini, Open Arms o Soros, ¿quién nos dará la línea política sobre el tema? Aquí está la maldita subcultura del “me gusta” (o estoy con esto o con aquello) que quita el esfuerzo de pensar, leer y anticipar la complejidad de los fenómenos, la planificación, las palabras clave, las alianzas en la sociedad, que no siempre son de “solidaridad” (una palabra que en política tal vez sea mejor comenzar a desconfiar, porque no hay que confiar en el buen corazón), sino una nueva lucha social. Lo que en los próximos meses y años significarán esencialmente: cómo evitar que los sectores del proletariado diferenciadas en función de la etnicidad y la jerarquía social, se maten entre sí para desgarrar los residuos del estado del bienestar, peleandose por los espacios urbanos en abandono y finalmente venderse a bajo coste en el mercado laboral al peor postor. Carola y las ONGs no pueden decirnos nada al respecto.

Necesitamos hablar nuevamente sobre estos temas, sin demasiadas inhibiciones políticamente correctas por parte de los científicos sociales, para aquellos que tienen el deseo y las habilidades: un hermoso análisis materialista sobre el imperialismo, la demografía, las contradicciones entre clases (y dentro de la clase), los problemas del continente africano (que siempre identificamos con el África subsahariana y su extrema fragilidad, sin pensar en las metrópolis de Egipto o Nigeria, como si hubiéramos eliminado incluso la posibilidad de la lucha socialista y la revolución panafricana y nuestra contribución se limitara a cómo aterrizar botes en Lampedusa). En resumen, encontrar la forma en que las vanguardias (o las autodenominadas tales) puedan relacionarse con este tema fundamental, de una manera que no siempre sea “a posteriori”, en busca de este o aquel desgarro inducido por la derecha o la dureza objetiva de estos tiempos.

Muchos hacen estas cosas, por amor de Dios; pero en algún lugar será necesario encontrar la inteligencia (colectiva) para resumir y consolidar los umbrales de discusión adquiridos, que se convertirán en patrimonio común e instrumento político de intervención para las nuevas generaciones que elijan el compromiso anticapitalista: no permitamos que busquen a tientas en la improvisación, en la solidaridad humanitaria, en vagas expectativas milenarias de una “humanidad futura” que se producirá por sí misma, cuando la bondad triunfe sobre el egoísmo. Si no tenemos las armas de la crítica, será fácil para Salvini y sus matones volcarnos la frustración masiva de los italianos sobre nosotros y los extranjeros.

Fuente: NapoliMONITOR

 

[1] Las ONG son una fuerza multiplicadora para nosotros, una parte muy importante de nuestro equipo de combate”: el discurso de Colin Powell a las ONG en la víspera de la campaña Libertad Duradera, citado en un informe por Maria Grazia Bruzzone La Stampa el 07/05 /2017.

Buscaba un mar en calma pero te encontré

Anticipamos un extracto de las “Nueve buenas razones para empezar de cero” publicadas en Kritik. Manual de supervivencia a la agonía del capital (DeriveApprodi 2019)

1. El Movimiento ya no existe. Tranquilos, no se preocupen: no nos referimos a movimientos sociales, que incluso en los últimos años han surgido a veces de manera fragmentaria y esporádica, sin constituir un ciclo, con lenguajes, prácticas y afirmaciones ambiguas y contradictorias. Pero es así y tal vez lo continúe siendo cada vez más, los movimientos dentro de la crisis permanente son criaturas monstruosas y bastardas. Nosotros, si este pronombre aún tiene sentido, donde el Movimiento ya no existe, entendemos muy poco a estas criaturas, porque no responden a nuestros deseos, nuestros códigos, nuestra retórica. De hecho, a menudo los rechazamos, los calificamos de reaccionarios, felicitándonos cuando la profecía se cumple. Raras veces, en cambio, tratamos de hacernos sorprender productivamente: sin duda es más fácil denunciar la fealdad del monstruo para absolvernos de nuestra insuficiencia, en lugar de preguntarnos concretamente sobre nuestras insuficiencias para ubicarnos proyectualmente en las entrañas de la criatura inquietante.

Entonces, el Movimiento del que hablamos y que ya no existe es el de la anomalía italiana de los años ‘60 y ‘70, del entrelazamiento de la organización autónoma y la autonomía de clase, entre proyecto y lucha, entre grupos y procesos de conflicto. Era realmente, en esa coyuntura específica, el movimiento que suprime el estado actual de las cosas. Es esa anomalía, en un sentido fuerte, lo que nos permitió llamarnos “militantes del movimiento” en los años ‘80 y ‘90 sin tener que dar más explicaciones. Esto no sucedió en otras partes del mundo, donde el movimiento es simplemente una movilización que comienza y termina, alrededor de un reclamo limitado, y donde el término militante duro es reemplazado por la figura líquida del activista. Ahora, y no solo a partir de hoy, está claro para todos que esta anomalía sobrevive solo como una identidad ideológica, o si queremos como una genealogía gloriosa. Sin embargo, dado que las revoluciones no se hacen con identidad, ideología o mera genealogía, es necesario avanzar. No por el bien de lo nuevo, una palabra en sí misma vacía y sin sentido; pero por la inutilidad de la nostalgia, es decir, llevar la ropa de los muertos para evitar el luto.

Después del final del Movimiento, ¿solo hay diluvio, soledad y desesperación? No, en absoluto. Hay una necesidad de empezar de nuevo. Porque básicamente los militantes revolucionarios siempre comienzan de nuevo. Y cuando dejan de empezar de nuevo, dejan de ser militantes revolucionarios.

[…]

4. El futuro está muerto. Ya escuchamos el zumbido del ruido de fondo: aquí están, los que halagan el extremismo nihilista. Relajaos y trated de razonar, si sois capaces. El nihilismo, especialmente en la composición juvenil, es un hecho. ¿Es un problema? Por supuesto, es un problema. Pero este problema está en las cosas, no en las palabras que describen las cosas. Es el nihilismo producido por el capital y la crisis. Es el nihilismo de las finanzas de Wall Street y sus lobos como modelo de vida. Es el nihilismo de expectativas que ya no están disminuyendo sino que ahora han disminuido. Compañeras y compañeros, si realmente os cuesta mucho hacer una investigación y no una ideología, al menos mientras vais hacia al centro social o la universidad, sintonizad la radio del coche para los éxitos de verano. “Solo por esta noche, amor y capoeira”, “mañana no habrá, un poco como las historias en instagram”, “esta noche no te diré que no”, y así sucesivamente. Atención, no es la alegre conquista del presente del joven proletariado, detrás de la cual se estableció la ética sacrificial del partido comunista. Y ni siquiera es el no futuro de los punks, en una mezcla de ira y rechazo, de desesperación y autoexclusión de una sociedad que fue en la dirección opuesta. Este presentismo es totalmente interno de la crisis permanente y de la asimetría radical de sus relaciones de poder, es la conciencia resignada de que no hay expectativas y es simplemente una cuestión de disfrutar de lo pequeño que uno tiene. Es un nihilismo pasivo, no activo.

El problema no es condenar a quienes queman todo. La izquierda hace esto, porque temen que tarde o temprano alguien también les prenda fuego. El problema es cómo organizamos la perspectiva desde las cenizas, que es completamente diferente del futuro, porque tiene sus raíces en la materialidad del presente, de lo que somos y en contra lo que intentamos ser. Cómo asumimos el fracaso de las perspectivas ofrecidas por el capital de manera activa y no pasiva, es una oportunidad para construir expectativas totalmente autónomas. Cómo asumimos que la ruptura es un proceso y no un evento, un deseo de todo y no estar satisfechos con los márgenes, la autonomía colectiva y no las comunidades intersticiales.

[…]

6. No somos extremistas, es la realidad la que es extrema. La idea típicamente democrática e izquierdista de que la moderación del tono corresponde a una ampliación del consenso siempre ha sido políticamente perjudicial. De hecho, se basa en una concepción cuantitativa de la política, por lo que uno mira los números y no el potencial subjetivo. Esta concepción puede ser útil para aquellos que deben tomar votos, es catastrófica para aquellas que las quieren destruir instituciones representativas. O es útil para aquellos que quieren reproducir su propia institución, por desafortunada y marginal que sea, y volvemos a la satisfacción de los dos compañeros agregados. Conflicto y consenso, dijeron hace veinte años a aquellos que estaban cortejando a la sociedad civil (¡brrrr!), lo que significaba: simular de hacer el conflicto para obtener el consenso por ellos mismos.

Sin embargo, hoy esa idea también es falsa, porque la crisis produce una polarización social a la que corresponde una polarización de comportamientos, pasiones, posibilidades. Siempre ha sucedido de esta manera, hay fases en las que el espacio de contención entre la revolución y la reacción se agota; y entre las posibilidades de movilización en un sentido o en el sentido opuesto, el límite es débil y reversible. Esta reversibilidad no dura para siempre: cuando se estabiliza, el borde deja de ser lábil. Hasta entonces, lo que dice el poeta es válido: donde el peligro es máximo, también crece lo que salva. Hoy es el conflicto que contiene el consenso en sí mismo. Los reaccionarios han entendido esto, “nosotros” no.

Cuando escucheis a alguien invocar el frentismo democrático hoy, sabed que él es un enemigo. Porque el frentismo es nuestro enemigo, lo que significa traer agua al molino de aquellos que quieren preservar el status quo. Y, sobre todo, la democracia es el enemigo, un dispositivo extraordinario para la despolitización y el agotamiento de la subjetividad. La democracia no niega la posibilidad de conflicto, sino que la anestesia y resuelve dentro de los límites del consenso, es decir, de las propias formas de autorreproducción. El poeta de hoy diría: donde se cuestiona la democracia, también crece lo que salva. Añadimos: donde hay izquierda y democracia, disparamos sin piedad. Sin lágrimas por las rosas.

[…]

8. Entonces, queridos y queridas camaradas, aferrados a las grotescas certezas de vuestra identidad vacía, nuestros caminos están inexorablemente separados. Sin polémica, sin odio, sin resentimiento. Ustedes no son nuestros enemigos o nuestros adversarios. Simplemente, sois inútiles. No sentimos enojo hacia vosotros. Probemos algo que quizás sea mucho peor: tristeza y dolor. Si tenemos tiempo nos despediremos rápidamente. Si decidís sobrevivir, reproduciendo lo que sois, nunca nos volveremos a encontrar. Si decidís morir para renacer, sabéis dónde encontrarnos: dentro y en contra de una realidad que solo necesitáis mirarla para sentir odio y querer destruirla.

9. No somos eternos: debemos morir para alcanzar la inmortalidad. Debemos ponernos continuamente en crisis para convertirnos en lo que siempre hemos sido. Se sabe que una de las definiciones más hermosas, aunque desconocidas, del militante revolucionario la dio San Pablo: somos hombres y mujeres en este mundo, no de este mundo. Hoy, muchos de los que nos rodean y a quienes hemos dicho adiós han optado por ser lo opuesto: hombres y mujeres de este mundo, no en este mundo, y por lo tanto en contra. El individuo está solo, decíamos; y añadimos que sola está también la organización entregada a la administración de lo existente. La conciencia de nuestras derrotas es lo que nos permite dar, de nuevo y siempre, el asalto al cielo. Detrás de su retórica triunfalista y satisfecha, vemos la aceptación de la peor derrota: la soledad de quienes finalmente han renunciado a ese asalto. Lo ponéis en vuestras páginas web y imprimís en vuestras sudaderas porque ya no está en vuestra cabeza ni en vuestras acciones.

Entonces, la soledad puede ser derrotada solo en la investigación militante dentro de la composición de clase, es decir, dentro del caos, las contradicciones y las ambigüedades que la animan y fragmentan. Dentro y en contra. Alimentar a la organización de forma espontánea y llevar a la organización a la espontaneidad. La autonomía siempre ha sido esto: es la organización que refleja la espontaneidad de uno, es la espontaneidad que refleja la propia organización. Es una apuesta que va a la raíz, poniendo en juego lo (pequeño) que tenemos, para poder conquistar (mucho) lo que deseamos.

Si estáis buscando un mar en calma para disfrutar de una identidad ideológica, manteneos alejados de estas olas. Estamos buscando la tormenta. Es inútil descargar nuestras insuficiencias hacia la subjetividad existente. Vosotros que veis la oscuridad en todas partes, preguntaros si sus lentes están oscurecidas o si miran en la dirección equivocada. Entonces, ¿no lo habéis descubierto todavía? Nadie duerme, hay sol incluso por la noche, lo he dicho mil veces, para que cualquier cosa pueda pasar. ¿Estamos listos para algo más que una noche especial?

Fuente: Commonware

El Enigma del Disforme – extracto del capitulo I

por Giuseppe Cocco y Bruno Cava Rodrigues

CAPÍTULO I
FOUCAULT Y EL NEOLIBERALISMO

1.1. La más provocativa lección

Nacimiento de la biopolítica fue uno de los cursos más discutidos, y que suscito más controversia, de los que Michel Foucault presento en el College de France. Aunque las lecciones habían sido dictadas entre finales de 1978 e inicios de 1979, el curso vendría a ser publicado recién el 2004, juntamente con el precedente (Seguridad, Territorio, Población de 1977-1978) . Estos dos cursos participan del mismo movimiento de inflexión del programa de investigación foucaultiano, que va de la concentración de la analítica del poder de las sociedades disciplinares hacia las sociedades de seguranza, algo bien próximo a lo que Gilles Deleuze denominara, aunque más tarde, en 1990, como “sociedades de control” . El sentido de oportunidad de las clases originales sobre el neoliberalismo no podría ser más precisas. El inicio del curso antecede en algunos meses la asunción de Margaret Thatcher como primera ministro del Reino Unido, en mayo de 1979, y, a casi un año de la elección de Ronald Reagan en la presidencia de los EUA, al año siguiente, 1980. Por otra parte, las lecciones de Foucault en Paris son contemporáneas a las prisiones de abril de 1979 en Italia, que pusieron un punto final a la década mirabile de los movimientos autonomistas en aquel país . Vale recordar que Italia fue el país donde Mayo del 1968 –epónimo no solo para una nueva era de revoluciones, sino que para un nuevo concepto de revolución –duro diez años, del Otoño Caliente de 1969 hasta el más alto grado de organización de las luchas sesentayochistas en el Movimento del ’77. Las lecciones de Foucault también fueron contemporáneas a la Revolución Iraní de 1979 –acontecimiento que el filósofo abordo en paralelo, en la columnas publicadas en el periódico italiano Corriere dela Sera .
Cuando la investigación sobre el neoliberalismo fue presentada al final de los años 1970, el tema aun gozaba de aires de novedad. “Neoliberalismo” podría ser entendido, entonces, como apenas una tentativa de denominar la gran transformación de aquella década, un conjunto de procesos de desplazamiento de la formación capitalista cuya aprehensión variaba en función del recorte adoptado por los autores para identificar el Zeitgeist: ingreso en la postmodernidad , viraje al modo de regulación del postfordismo, incluso la génesis sociocultural, con aires weberianos, de lo que más tarde sería presentado como un “nuevo espíritu del capitalismo” , la resultante de la larga marcha de recuperación que el capital hizo del asombroso espectro de 1968. Entonces, cuando la publicación del curso de Foucault 25 años después, la atmosfera dominante en los medios intelectuales habia cambiado radicalmente. La crítica al neoliberalismo constituía una mirada fundamental de la arena publica de debates, un tema teorico enervado en las disputas políticas y activistas, contando ya con una vasta literatura desarrollada alrededor de él. A esa altura, denunciar el pensamiento único –esto es, aquel que partiría de la premisa de que no existe alternative a la situación neoliberal, sobretodo una que no recaía en las pesadillas totalitarias del siglo XX- ya se habia consolidado como marca de agua para una panoplia de alternativas y síntesis teóricas del campo del progresismo y de la izquierda mundial. Entablar la batalla contra los representantes del pensamiento y de la formulación de las políticas neoliberales, en cuanto enemigos estratégicos y de larga duración de los programas emancipatórios, se habia sedimentado a lo largo de los años 1990 como un signo de pertenencia, un sello de participación en la comunidad anticapitalista y una señal para el posicionamiento del autor .
En 2004, cuando la publicación del Nacimiento de la biopolítica, la organización de los Foros Sociales Mundiales (FSM) –evento anual iniciado en una Porto Alegre petista después del auge del ciclo de luchas alter globalización y neozapatista –se contraponía ostensiblemente al Foro Económico Mundial de Davos, la reunión de la cúpula de las principales fuerzas del capitalismo globalizado y financiarizado en el siglo XXI. Lo que Félix Guattari llamaba Capitalismo Mundial Integrado (CMI) y Toni Negri, más provocativamente, como “comunismo del capital”. En las críticas que les eran dirigidas en tono de denuncia, los neoliberales fueron encasillados en una etiqueta en la que terminaran siendo arrojados todos aquellos que, de alguna manera, se proponían pensar la lógica económica más allá del marco jurídico de regulación de los estados nacionales, del marco de la soberanía para determinar las políticas monetarias y económicas. Es como si “neoliberal” se hubiese tornado un saco de gatos ideológicos, cuyas diferencias internas en la economia general de los discursos importasen poco ante el mismo sentido general del proyecto político del cual tales análisis eran cómplices o participes. Esto es, el proyecto neoliberal de desmantelamiento final del armazón del welfare state, el conjunto de instituciones de seguridad social, cuyo paradigma se erigió en el hemisferio norte en el auge del periodo del –fordismo-keynesianismo (durante los Treinta Gloriosos, 1945-75). En el lado Sur del mundo, además de aliados naturales de los gobiernos comprometidos con el imperialismo yankee, afiliados al consenso de Washington con sus recetas de políticas antisociales, los neoliberales se dedicaran a aliarse a fuerzas conservadoras internas para impedir la efectivación de un régimen de industrialización real. Principalmente una fuerza que fue capaz de modernizar la economia al mismo paso que construía una clase media proletarizada, de la cual, finalmente, debería brotar, el welfare state tan esperado, soñado por las literaturas de formacion nacional.
Los neoliberales caseros sabotearan sistemáticamente el desarrollo de la patria en favor del capital improductivo de las finanzas, de la extracción de plusvalía sin contraparte de produccion real, o sea, por el directo parasitismo. La posición anti neoliberal, en regla, atribuyo las finanzas a la esencia de un capital ficticio que tornaría los mercados financieros verdaderas sanguijuelas usureras de la economia real, la de la clase trabajadora y de los buenos patrones que, juntos, contribuyen al progreso de la nación. Concluido el experimento de toma del poder del socialismo real –y cerrado muy mal, con muchas cuentas a rendir- la cartilla de la lucha internacional por el socialismo que antes congregaba a las izquierdas nacionales en una unidad imaginaria fue, a lo largo de la década de 1990, substituida por la del anti neoliberalismo. Organizarse contra las ofensivas neoliberales se convirtió, entonces, en la plataforma de la formacion obligatoria para los nuevos críticos y militantes que pretendiesen matricularse en la Universidad de las luchas. El diagnostico general consistía en igualar la derrota del socialismo con base en Moscú, en 1991, a la victoria del capitalismo occidental con sede en Washington. Dos caras de la misma moneda. Como si las luchas contra las dictaduras rojas y la disfunción productiva de lo que prometía generar la sociedad de la super abundancia tuviese poco que ver con la debacle de aquel capitalism de estado soviético. La nueva trinchera anti neoliberal, por lo tanto, surgía como la reapertura, en condiciones reconocidamente peores, de frente amplio contra el capitalism globalizado. Su gesto inaugural fue, justamente, negar que la lucha de clases hubiese terminado en 1991, y el que el “fin de la historia” fukuyámica no era nada más que el grito de triunfo de los vencedores de la gran batalla del siglo XX. Pero la guerra aún no estaba perdida: debería proseguir por trincheras, barricadas, acciones tácticas.
Desde el principio, en verdad, la épica lucha anti neoliberal se colocó, por un lado, en una lectura particular del fin del bloque socialista (la derrota en la Guerra Fría) y, por otro, de una tentativa de rescatar el sentido geopolítico y macroeconómico de la lucha de clases, colocando en lugar de la Guerra Fría una nueva disputa entre capitalismo neoliberal y el que sería su mitigación por las luchas, un capitalismo progresista o social.
En ese escenario en que el neoliberalismo es erigido como el principal enemigo de la lucha a la izquierda, su archí rival, hay que citar: la nulidad de la biopolítica de teóricos “malditos”, como Von Hayek, Milton Friedman o Gary Becker, como las distinciones precisas que el filósofo francés teje entre liberales clásicos, británicos y franceses, o entre ordo neoliberales alemanes y anarco liberales austro-americanos, sin hablar en algunos puntos específicos de resonancia entre las críticas de los propios neoliberales al intervencionismo estatal y a la socialización del Estado a través de las tecnologías del welfare, y la analítica del poder tan marcado a lo largo de la trayectoria del propio Foucault en los años 1970. Todo eso no podría dejar de causar incomodidad, rechazo y hasta repudio por parte de varios lectores que concurrían a los cursos del College con la esperanza de encontrar aún más contenidos admonitorios, tal vez más sofisticados, para la misma tónica general de denuncia del neoliberalismo. Encontraban en el libro algo que los teóricos en la izquierda, en regla, estaban haciendo: análisis material. Foucault tomaba en serio cuánto de pensamiento existía implicado en el neoliberalismo, caracterizado no como una ideología para enmascarar las operaciones reales del poder en el modo capitalista de la época, sino como una gubernamentalidad . Y el filósofo todavía enmendaba que los neoliberales, con todos sus déficits epistémicos, fueron capaces de incorporar al menos parte de su pensamiento en una matriz de gubernamentalidad que, efectivamente, fue puesta en funcionamiento. Lo que no habia sucedido con el socialismo real en el Oriente, estéril en el plano de la subjetividad, de manera que la Unión Soviética, por ejemplo, tuvo que organizarse en medio de la subjetividad por veces más arcaicas. Tal cuidado con la arqueología de los saberes, tan característica señal en la obra de Foucault, tratándose de los aportes teóricos del neoliberalismo, seria inadmisible para aquellos más interesados en rechazar un pensamiento que en comprenderlo y matizarlo. Delenda est neoliberalism era el tono general de las teorías críticas: el ordo liberal alemán o los anarcos liberales de la Escuela de Chicago no deberían recibir ninguna “relativización” del carácter meramente ideológico o alusivamente deshonesto de sus investigaciones. El resto sería ser cómplice sutilmente con el enemigo, al conferirle un estatuto científico que no podía poseer, pues no pasaba de títere mal disfrazado del gran capital especulador o, en el mejor de los casos, emanación conformista de un funcionamiento espectacular y fetichista del casino financiero implicado en el modo capitalista tardío, de lo que el teórico no podía escapar por pura miopía.
Hasta hoy, 13 años después de la publicación del curso de 1978-79, colecciones de artículos son publicados alrededor del Nacimiento de la biopolítica, que, sin duda, es el más comentado de los cursos libres de Foucault, gracias a las polémicas que regularmente suscita. Las evaluaciones contemporáneas oscilan entre dos polos. De un lado, haciendo eco de la vieja tipología stalinista del intelectual que se desvía de la línea recta, la acusación de que el propio Foucault habia capitulado a la ideología liberal, momento de inflexión a partir del cual toda su obra habría derivado hacia tópicos peyorativamente llamados postmodernos, tales como las exigencias por auto creación individual, autenticidad y cuidado de si, reduciéndose a una aburguesada “estética de la existencia” . Del otro lado, evaluaciones que van a encontrar en el referido curso una piedra angular para un programa ineludible de renovación y reanudación de la crítica de la economía…

Traducción, Santiago de Arcos-Halyburton

La izquierda venezolana y Maduro

por Jeudiel Martinez

Muchos de ustedes percibirán mi “radicalización” de estos días como un giro al antichavismo. Si creen eso o están muy confundidos o son menos inteligentes de lo que creen (ambas son igual de probables). Por desgracia no estoy más allá del odio y entre la gente que odio están los antichavistas. Siempre me han parecido la hez del mundo y de hecho, no muy distintos a los chavistas de clase media. Entonces ¿qué ha pasado? que me he puesto claramente en una posición contra una aberración tiránica y me importa muy poco quien más comparte esa posición. Cuando apoyé a Chávez contra Carmona y el Golpe también estaba cerca de mucha gente corrupta, vil y contrahecha ¿la alternativa no era un militar con ínfulas de Jesucristo y una dictadura de la patronal? Todos sabemos lo que hicieron con el poder que recuperaron así que si es por “contaminación” tengo décadas contaminado considerando quienes fueron mis amigos y para quienes trabajé en la administración pública. Si hemos de ser honestos más cerca estuve de ellos de lo que estoy ahora de los antichavistas. Pero esa era la posición correcta como esta lo es ahora. Aunque no oculto esto los eunucos de El Libertario siempre están por ahí diciéndole a la gente que “yo fui chavista” tal vez con la intención de que alguien se decida iniciar un linchamiento. Suerte.

El que estuvo contra una usurpación de 48 horas ¿Cómo no puede estarlo contra una de tres años? Confusiones lamentables como esta de proponer un “Referéndum Consultivo” que lo que dan es risa, vienen de la evasión de la izquierda venezolana a combatir al chavismo. Por eso, y por su retórica de izquierda, el chavismo desmovilizó a la izquierda que se divide en dos campos: la que evade siempre tomar una posición definitiva contra la satrapía que nos gobierna y la que la diluye en una reivindicación de la lucha social genérica pero sin tomar postura ante las coyunturas concretas. Hay quien ha trascendido eso pero es muy poca gente.

La gente de izquierda no lo sabe pero son esclavos de la gente de derecha. Liberales, anticomunistas, toman las posiciones que les convienen más o menos libremente, los de izquierda, lo que más quieren en la vida es que no los confundan con los de derecha. Por eso terminan proponiendo payasadas como esta del consultivo (una elección para tener elecciones) para el que no hay tiempo, que Maduro no quiere y que solo expresa el interés del chavismo de condicionar unas Elecciones Generales.

Por eso es que todo el crédito de la lucha se lo está llevando y se lo llevará la derecha. Lo más cercano a la izquierda que se fajado a combatir de frente al chavismo son los sindicatos y eso fueron ellos los que lo decidieron independientemente de los partidos de izquierda. A diferencia de otros países aquí el Black Block está lleno de anticomunistas y si hay anarquistas o marxistas pues serán casos aislados. Hay veces que uno cree que les preocupa más que los “confundan con esa chusma” que tomar posición contra algo intolerable. Por eso verdaderos avatares de la corrupción como Juan Barreto y arquitectos de este desastre como Giordani han podido cooptar a gente honesta e inteligente para sus porquerías.
Respecto a la invasión americana no está en nuestras manos evitarla. Lo que tienen que entender es que una ocupación extranjera no es peor que una tiranía y que el tirano ya es un extranjero en el peor sentido del término porque es hostil a su propia gente. Que los EEUU invadan no nos obliga a ponernos del lado e Maduro. No se puede decidir entre una cosa y otra y no tenemos poder para impedir que ocurra.
Podemos tomar posición frente a las dos pero esas posturas tienen que ser realistas y no fantasiosas. Lo que define a Maduro es que cierra las posibilidades. Se aferra al poder pero no gobierna, no negocia, no dialoga, y es evidente que incluso para tener esas largas y complejas negociaciones que las buenas almas quieren alguien más tendría que estar en la presidencia.

Lo que está en nuestras manos no es clamar, ingenuamente, que debemos resolver este asunto solos porque este asunto tiene al menos 10 años fuera de nuestras manos e internacionalizado sino clamar porque los venezolanos sean actores en su propia historia y no capital político o masa de maniobra para los políticos de oposición con fuerzas autónomas, estructuradas, continuas en el tiempo… ¿eso es posible en este momento? Desgraciadamente no es así.

Ante cada situación uno puede reclamar algo tenga o no tenga los medios. A la tiranía que renuncie y deje un gobierno de coalición que convoque elecciones generales. A los invasores que hagan lo propio. A la clase política que ningún gobierno “de transición” tiene la autoridad para ejecutar plan alguno más allá de estabilizar la situación, solicitar ayuda e iniciar un proceso general de renovación de todos los poderes públicos que podría iniciar, sin problemas, en 6 o 9 meses. Que la salida de Maduro y la llamada “transición” no pueden ser más que parte de un dispositivo técnico-politico de regeneración nacional.

Más allá de eso lo que nos queda es preguntarnos, y no de manera melancólica, porque la gente que salió en 2017 y el 23 de enero y el 2 de Febrero no puede convocarse para salir a la calle y no volver hasta que recuperemos las posibilidades –el mundo- que nos han sido robadas. Así seríamos una fuerza beligerante de nuestro propio destino y no meros espectadores.

Primavera 2018: sobre los movimientos sociales y la defensa del servicio público

Durante casi treinta años en Francia, todo el conflicto social parece tener que expresarse a través de las luchas en el sector de la administración pública, con grandes huelgas organizadas por los sindicatos, que atraviesan lo que se llaman movimientos sociales. Lo que estaba en juego en la mayoría de estos movimientos consistía en oponerse a alguna reforma relacionada con el servicio público, o la administración por el Estado de los diversos aspectos relacionados con la reproducción global de la fuerza de trabajo (contribuciones al desempleo, seguridad social, pensiones , etc.)

Esto se debe a toda una serie de razones, analizadas mil veces, que van desde el peso real y el papel ideológico que ha adquirido el servicio público en este antiguo estado-nación desde la organización centralizada de la Edad Media, que es Francia, hasta el debilitamiento de los sindicatos del sector privado, resultado de las transformaciones sociales del capital en sus formas más recientes y que han convertido al sector público en el último baluarte de las luchas de masas de los trabajadores.

Pero, si la defensa del servicio público ha adquirido tal importancia ideológica en Francia, es esencialmente porque las grandes concentraciones de los trabajadores que existieron hasta los años 50 y 60 han sido derrotadas progresivamente por la reestructuración del capital, a partir de los años 70, y, de forma acelerada, a partir de los años 1999 y 2000. El fin de la identidad trabajadora, y con ella el fin de la capacidad de los trabajadores a movilizarse en masa, así como producir un discurso político específico, ha abierto espacio para una administración pública en la que los empleados todavía pueden hacer huelga sin incurrir en sanciones excesivas, y como consecuencia, pueden convertirse en representantes del interés común defendiendo sus propios intereses. Además, en Francia, la mitad del servicio público está compuesto por maestros, muchos de ellos profesores, es decir, personas que son extremadamente capaces de producir un discurso político. La capacidad de movilización y la capacidad de producción ideológica han hecho que las luchas de servicio público reemplazarían las luchas del pasado movimiento de los trabajadores, manteniendo algunas partes, imponiendo su ideología particular de una manera hegemónica a todas las luchas.

Entonces, habría muchas razones para pensar que, en 2018, este es solo otro movimiento social con sus grandes manifestaciones rituales, sus débordements-en-marge (los desbordamientos / enfrentamientos al lado de las manifestaciones oficiales), sus jornadas de huelga, sus entrevistas televisivas a pasajeros “tomados como rehenes” en estaciones ferroviarias o de servicio, la denuncia por los más radicales de la función colaboradora de los sindicatos, sus asambleas autónomas y su regreso a la calma declarado por sindicatos mismos después de un tiempo más o menos largo. Al mismo tiempo, todos se dan cuenta de que esta vez las cosas son un poco diferentes, y que, incluso si todos los elementos enumerados anteriormente no dejarán de estar presentes en el movimiento por venir, lo que está en juego no será lo mismo que siempre.

En primer lugar, el movimiento que se inicia llega después de una larga serie de derrotas, incluidas las notables de las luchas sobre la edad de jubilación de 2010, a pesar de una movilización masiva, y la de la lucha contra el loi travail en 2016. Las huelgas y manifestaciones que hasta finales de la década de los 90 lograron hacer retroceder a los gobiernos (que en cualquier caso solían tener éxito en sus propios intereses), parecen ser tratadas solo como problemas de orden público, y no como elementos de un diálogo que parece haber desaparecido, desde el momento en que las reformas son impuestas por el 49-3 (n. 49.3 es el artículo utilizado cuando las discusiones en la Asamblea Nacional se estancan o cuando el gobierno quiere aprobar una ley de urgencia) y por ordenanzas.

La larga serie de derrotas de los movimientos sociales que comenzó al menos desde 2003 (a excepción de la lucha contra CPE en 2006) no solo tuvo un efecto desmoralizador, sino también efectos muy concretos sobre la estructura del trabajo en Francia, distanciándola aún más del modelo basado en la defensa del servicio público. Así es como la defensa del servicio público se ha vuelto más y más omnipresente y urgente, a partir de su propio fracaso. Pero al mismo tiempo que nos hemos centrado en el servicio público y su defensa, todo el sector privado se ha adaptado cada vez más a las nuevas demandas del capitalismo. Paralelamente a estas transformaciones, la tendencia de las empresas públicas ha sido acercar sus estructuras operativas a las del sector privado, en su gestión y en sus necesidades de resultados concretos, o incluso de su desempeño financiero.

La brecha entre los servidores públicos y los asalariados privados no es solo ideológica sino real. No existe exclusivamente por razones psico-políticas de odio a los empleados públicos o por propaganda mediática, sino simplemente porque las dos realidades ya no se corresponden. Algunas reformas se han aplicado y se han luchado más o menos con fuerza y eficacia. Los asalariados del sector privado, que ahora están llamados a apoyar a los trabajadores de los ferrocarriles en nombre del interés general, podrían preguntar a los sindicatos qué hicieron en 2003 cuando se aprobó el aumento de la edad de jubilación, aunque Balladur había asegurado de que los regimenes especiales hubieran quedado seguros. Pero, sobre todo, las relaciones sociales se han transformado, con cambios que han sido seguidos o promovidos por las leyes, pero que responden a la transformación global del capital en su fase de reestructuración completa, en la que todos nos encontramos.

Incluso en el corazón de la administración pública, el uso de la subcontratación y la contratación, la lógica comercial en los servicios, los métodos de gestión (a veces incluso más estrictos que en el sector privado, véase Correos) tienden a garantizar el empleo, la protección social, así como las cadenas jerárquicas tradicionales una supervivencia del pasado. También es una forma de relacionarse con el trabajo heredado de la identidad trabajadora anterior (mezcla sútil de conciencia de su posición en las relaciones empresariales y de la horizontalidad en las relaciones individuales) que se ha combatido, como es evidente en el caso del correo, pero también del SNFC o EDF. Este es el efecto de más de veinte años de modernización.

***

Por todos estos motivos, parece que las condiciones iniciales no son las mejores. Esta puede ser la razón por la cual, incluso antes de comenzar, miramos hacia atrás, en 1995, la última gran victoria sindical que enfrentó a una reforma del gobierno y un movimiento social, y también en mayo de 68, de la cual este año conmemoramos el medio siglo. Uno recordará – o a lo mejor no- que este movimiento comenzó el 22 de marzo.

El hecho de que casi el mismo espacio de tiempo separa estas dos fechas ’68 y ’95, debería hacernos comprender la ruptura que marca el 95 contra mayo de 1968 y los contenidos revolucionarios del viejo ciclo de lucha, y hacernos sospechar que el El ciclo abierto por el movimiento de diciembre de 1995 probablemente esté cerrado.

El movimiento de diciembre de 1995 fue el registro oficial de nacimiento de lo que podemos llamar ciudadanismo o democraticismo radical. Desde la crisis entre el 2007 y 2008, la derrota histórica de esta ideología se ha hecho evidente a través del abandono de cualquier posibilidad de retorno al keynesianismo social como solución a la crisis. Con la gestión de la crisis, es el mismo capital que ha reafirmado la producción de riqueza como resultado de la explotación y no como un objeto neutro que debería ser distribuido armoniosamente, y que a través de las políticas de austeridad aplicadas por los estados, ha hecho del disciplinamiento de los proletarios y la intensificación de la explotación, ya sea con la reducción de los salarios o con la reducción de las contribuciones, la afirmación del contenido objetivo de la relación entre las clases. Las luchas salariales se han vuelto ilegítimas, quizás tendencialmente ilegales, como lo demuestra el debate eterno sobre el “derecho” o no de bloquear el país durante una huelga.

El ciudadanismo, una ideología que se desarrolló en Francia sobre la base de la defensa del servicio público, por el contrario apoyó un renacimiento keynesiano con un modelo que data de los gloriosos años treinta. Pero con la crisis como el ápice de la reestructuración, como un momento en el que las características de esta reestructuración se afirman con mayor dureza, todos los elementos en la base de esta ideología son atacados y derrotados uno por uno. Así, el programa positivo de ciudadanía se refugia en la simple defensa de sus resultados (que de todos modos se han convertido en “conquistas”, para recordar que nada se gana) y la palabra clave se convierte en “resistencia”. El reformismo no tiene nada que proponer que no sea la oposición a las reformas llevadas a cabo por otros y que contradicen punto por punto todas sus aspiraciones. Simplemente se vuelven el negativo de lo que critican.

El movimiento de 1995 había podido formular la base del programa ciudadano sobre los elementos de esta resistencia, ciertos que era necesario preservar: la seguridad social, las pensiones, el desempleo, etc. en resumen, la reproducción de la fuerza de trabajo garantizada por el Estado dentro de un mercado regulado, es decir, un socialismo moderado que permitiría la preservación de las relaciones capitalistas fundamentales. Pero veinte años más tarde, si el Estado ha continuado desempeñando su función de disciplinar a la reproducción de la fuerza de trabajo lo ha hecho a sus condiciones de Estado del capital, en el momento actual del capitalismo, y no de acuerdo a cualquier ideología, sino a la ideología liberal, es decir, la ideología funcionalmente adecuada, para la clase dominante, a las relaciones de clase existentes. De hecho, el Estado interviene y reforma las prestaciones de desempleo para obligar a los desempleados a aceptar cualquier tipo de trabajo, extiende la edad de jubilación indefinidamente, disminuye las cotizaciones sociales y, por lo tanto, los salarios, etc. Todo esto, acompañado por el mantra de la “defensa del servicio público” que sale de nuestros oídos, lo sufrimos todos los días. Debido a que durante cientos de miles de personas en Francia hoy en día, el servicio público son también los profesores que humillan y clasifican socialmente, los inquisidores servicios sociales que cortan los beneficios sociales al más mínimo error en el llenado de documentos, controles mensuales a la oficina de empleo, las multas en los medios de transporte y los controles policiales.

En resumen, el Estado, hoy, hace lo que hizo el Estado keynesiano en los gloriosos años treinta erigido como modelo de ideología ciudadanista: enmarca la evolución del capital y hace los ajustes necesarios. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue necesario reconstruir y modernizar. Las fuerzas productivas integraron la fuerza de trabajo como un factor esencial en la producción de valor, el aparato productivo nacional fue la prioridad, el tema de la vivienda, la salud y la educación fueron las condiciones necesarias para proporcionar capital con una fuerza de trabajo masiva, calificada y válida. El Estado se ha aplicado a este objetivo, por el bien del capital, y sin duda, “globalmente”, como dijo Marchais, por el bien de los proletarios de la época, que han visto mejorar sus condiciones de vida considerablemente. Pero queda el hecho de que este período ha terminado: el Estado-providencia ha hecho su trabajo de reconstrucción, ha pasado las riendas al Estado liberal, que debe hacer lo suyo, deshacer lo que él construyó primero: cuando el cemento está vertido, ya es hora de derribar la estructura que lo contenía.

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Aquí estamos en 2018 y, por enésima vez, es necesario “defender el servicio público”. Esta vez para atacar es el estatuto de los trabajadores de los ferrocarriles, con el deseo de hacer de la SNCF una sociedad anónima de capital público, para abrir la posibilidad de la competencia. Cabe señalar que Correos se convirtió en una sociedad anónima en 2010, sin haber dado lugar a otra cosa que a “decididas protestas” sindicales.

El anuncio de esta reforma del estatuto de los trabajadores de los ferrocarriles (empleo garantizado, edad fija de jubilación – alargada de hecho ya en 2007 por alineación con el sector privado -, régimen especial de seguridad social) ha provocado, de una manera que ya está bien conocida pero con una intensidad particular, una oleada de odio mediático sobre los “privilegiados” y “vagos” de la SNCF. Frente a esta ola, los sindicatos y los políticos (en primera línea Besancenot, que con este tema logró formar un frente de la “izquierda de la izquierda”- que de hecho parece haberse convertido en la única izquierda) han construido, explotando el ‘arsenal ideológico a su disposición, una línea de defensa basada en el doble eje de defensa del servicio público y la solidaridad de clase. Apoyar a los trabajadores de los ferrocarriles sin duda será defender el servicio público, una garantía para el interés general y defender a nosotros mismos, en nombre del efecto dominó de las derrotas de los trabajadores.

Pero defender a los trabajadores de los ferrocarriles en nombre de los ferrocarriles, de la calidad del servicio o de su supuesto carácter ecológico, sería como incorporar al trabajador a su propio producto, convirtiendo al proletariado en algo perteneciente a su máquina. En este razonamiento, los trabajadores de los ferrocarriles se convierten en los “medios humanos” del ferrocarril. ¿Alguna vez ha habido una huelga de trabajadores en la industria del automóvil que enfatice el carácter ecológico de los vehículos o la calidad de sus motores? Pero aquí los trabajadores de los ferrocarriles ya no parecen pertenecer a la SNCF, como un servicio público, como si fueran parte de un bien común de la nación, un poco como los soldados en 1914. Se convierten en nuestros ferroviarios. En esta línea de nacionalismo productivo, nos gusta recordar que estos estatutos se remontan al final de la Primera Guerra Mundial por el servicio prestado a la nación.

Esto significa no quedarse lo suficiente en lo que realmente es la SNCF hoy en día, es decir, una empresa que tiene menos usuarios que clientes. ¿Cuál es el servicio de transporte público asegurado por sus trenes, cuando un billete entre París y Marsella cuesta 200 euros, por lo que la clase dominante toma el TGV a la Gare de Lyon, mientras que los proletarios el Ouigo (ndt. bajo coste en las rutas francesas) a Marne-la-vallèe, a Disneyland, a pesar de la noble idea de “igualdad en el acceso y tratamiento de todos los usuarios”? El hecho es que la transformación de SNCF en una empresa privada, ahora utilizada como espantapájaros, comenzó hace mucho tiempo, con la creación del TGV en los años 80 y la introducción del software Sócrates a principios de los 90 que ahora logran calcular el precio del boleto de acuerdo con la oferta y la demanda, siguiendo una lógica de mercado pura. Anteriormente, había una tarifa por kilómetro, la misma para todos, coherentemente con la idea republicana. Nadie ha ido a la huelga por la defensa de la tarifa única, ya que nadie en Renault va a trabajar cuando se produce un sedán de lujo, en nombre de “la igualdad que debe reinar entre los consumidores” por la simple razón de que todos reconocen que el pago de los salarios se justifican por las ganancias de la empresa.

Por lo tanto, el empleado de la SNCF debe ser un empleado como los demás. ¿Por qué, en nombre de la ideología del servicio público, es imposible para los trabajadores de los ferrocarriles afirmar su propia situación como proletarios? ¿Es corporativismo defender una situación particular, en la medida en que es la misma situación de todas? Los bajos salarios, los agotadores 3 × 8 (ndt i 3 × 8 o trois-huit es un sistema de organizaciones de tiempo de trabajo que consta de turnos de ocho horas para tres equipos de trabajo en el mismo lugar, a fin de garantizar el funcionamiento continuo de la producción, las 24 horas, excluidos los fines de semana), la naturaleza pesada del trabajo, todo les da el derecho a defender los escasos beneficios que poseen, que no son privilegios, sino compensaciones. Ademas, derecho o no, no hay que tener vergüenza en defender los propios intereses, cuando uno es proletario.

El hecho es que los trabajadores del ferrocarril están atascados en la defensa del servicio público, ya que están directamente amenazados por la apertura de la SNCF a la competencia. Pero al defender al SNFC como un servicio público, los trabajadores de los ferrocarriles se ven obligados a defender incluso su propio sistema reproductivo. Entonces, cuando, en su defensa, la reducción continua de la fuerza de trabajo desde 1950 se presenta en un folleto como una promesa de la modernidad de “su” empresa pública, lo que en realidad se ven obligados a reconocer, son las condiciones de ganancias y políticas llevadas a cabo por la empresa hasta el día de hoy. El problema sigue siendo el mismo, tanto para los trabajadores de los ferrocarriles como para el proletariado en general: cuando se reconocen por lo que son en el aparato productivo, también reconocen que sobran, que tienen un costo como “medio humano”, servicio público o no.

Es cierto que la apertura a la competencia conduce a una aceleración del proceso que pone en tela de juicio el estatuto, que se ha iniciado durante algún tiempo mediante “alineaciones” con los privados llevados adelante por los sindicatos. A pesar de las promesas de mantener las condiciones del estatuto actual para los trabajadores del ferrocarril que ya formaban parte de él, será la nueva mano de obra, tanto como la competencia y los métodos liberales de gestión, lo que ejercerá presión sobre el estatuto para que sea marginal. Con el paso del tiempo, en esta evolución, se hace evidente que las pensiones anticipadas serán necesarias para la “modernización” de la empresa. Los trabajadores de los ferrocarriles están justamente preocupados por su futuro en las líneas ferroviarias menores que estarán abiertas a la competencia, ya que es seguro que ningún operador privado considerará necesario retener al personal de quien es imposible separar: los capitalistas no son más filántropos del estado. Lo que están preparando a vivir los trabajadores de los ferrocarriles, y que ya han empezado a vivir, es la evolución de la sociedad francesa de los últimos treinta cuarenta años, acelerada hasta la marcha forzada. Esta evolución se ha realizado en el curso de los movimientos sociales, regulados por los sindicatos que han estado negociando para bien o para mal. Ciertamente, a partir de ahora, los sindicatos están negociando garantías con el ministro de transporte, para proteger lo que se puede proteger, y especialmente su presencia en cualquier negociación.

Los trabajadores de los ferrocarriles se enmarcan en la contradicción entre la defensa político-sindical del servicio público y la defensa inmediata de sus intereses como trabajadores de una empresa, es decir, como proletarios. Martínez también puede complacerlos al declarar que “Es suficiente incluir a todos en las reglas del estatuto ferroviario y todo saldrá bien”, nadie puede tomarlo como un reclamo real y ver cualquier otra cosa que no sea una broma, quizás con un contenido político, como el reclamo de la semana 32 horas, pero seguramente nunca será el objeto de una lucha real. Hablar como si fueramos en 1936, actuar como en 2018: es esta la lengua de madera de los sindicatos.

Si las ventajas de los trabajadores de los ferrocarriles, por pequeños que parezcan, aparecen como privilegios, es que representan en 2018 una anomalía en el mercado de trabajo tal como existe. El empleo garantizado de los trabajadores de los ferrocarriles en la sociedad de los años 50 y 60 fue solo una formalización de lo que ya existía para todos: en ese momento, la mayoría de los empleados firmaba un contrato indefinido y trabajaba durante 35 o 40 años. para la misma compañía antes de retirarse. Cuando nos declarabamos en huelga, luchabamos por salarios, no por “protección laboral”. En la actualidad, el mercado de trabajo se está desmoronando, es precario, las carreras están en zigzag cuando no caen en la ruina de la descalificación y el desempleo de larga duración, con o sin RSA. Y, de hecho, cada vez más, la principal diferencia entre las empresas públicas y las empresas privadas es el estatuto de los funcionarios. No es el “progreso” lo que quiere eso, es la marcha desastrosa del capitalismo.

Si hay que fomentar la solidaridad con los trabajadores de los ferrocariles, no es para defender el servicio público, sino para luchar al lado de los que son atacados por sus capitalistas, en este caso por el Estado, sin otro objeto que no sea una simple autodefensa de clase. La defensa del servicio público es, en realidad, lo que impide la solidaridad de clase, transformándola en “interés general”, algo de la burguesía y el Estado. Pero esto, la ideología del servicio público, atascada en su propio discurso, no puede decir, si no dando aparentemente razón al “neoliberalismo”, que lleva a cabo sus reformas de una manera completamente apolítica, por medio de administradores puros como Macron , como pasos de una actualización social cruel pero necesaria. El impasse de la defensa del servicio público radica en la imposibilidad de sostener este tipo de discurso pero, al mismo tiempo, no tener nada más tangible para proponer que el status quo.

Para salir de este punto muerto, sería necesario reconocer que, de hecho, la protección social heredada de los gloriosos Años Treinta, como los regímenes especiales, están destinados a desaparecer, que todo lo que uno tuvo que resistir ya ha sido prácticamente vencido y que lo que necesitaba ser defendido se perdió. Ya, durante las luchas contra las pensiones, en 2010, la CGT (ndt una importante confederación sindical francesa) se ha doblado ante la lógica contable reconociendo que el alargamiento de la esperanza de vida implica la de los años de trabajo, y declarando al unísono con el Estado que antes que nada era necesario “salvar el sistema de pensiones con su distribución” porque era una voluntad de “interés general”; está claro que los fondos de pensiones podrían haber ayudado a completar las pensiones, fondos que, además, son gestionados por los sindicatos a través de un Comité intersectorial de ahorro salarial, todo está dicho.

Por otro lado, la defensa del servicio público puede inicialmente parecer ser el servicio público en sí mismo, es decir, un gran número de personas, a menudo suficiente. Pero los llamamientos al sector privado que se hacen desde la defensa del servicio público se incluyen exclusivamente sobre la base del sector público / privado. Si en el sector privado existieran los medios para producir movilizaciones importantes, las prioridades de las luchas no se quedarían en la defensa del servicio público. De la división de la hegemonía aparece su reverso, el aislamiento.

Inevitablemente, con el paso del tiempo, el estatuto de los trabajadores ferroviarios alcanzará el pleno empleo, la jubilación a los 60 y trece mensilidades, abordadas a nivel de acuerdo sectorial en la tienda de antigüedades del capital reestructurado. Del mismo modo, los sindicatos mayoritarios solo serán instrumentos de cogestión, comprometidos a luchar entre sí para mantener su lugar entre las numerosas instituciones conjuntas, de las que derivan la mayor parte de sus ganancias. Su futuro también está garantizado “en la base”, cuando los utilizarán, caso por caso, para gestionar los acuerdos comerciales de la empresa, lo que posiblemente limitará el golpe. Esto no será el resultado de una deriva ideológica de los sindicatos o de algún tipo de traición, sino una adaptación real a la realidad del capitalismo contemporáneo, ya que el sindicalismo revolucionario fue adecuado a una situación completamente diferente. En la lenta y planificada disolución del servicio público en Francia, es todo el período de los movimientos sociales el que debe cerrarse gradualmente.

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Los movimientos sociales se basaban en un acuerdo tácito entre el Estado y “actores sociales”: el Estado avanzaba algunas reformas, medía la resistencia y la negociaba sobre la base de esta resistencia. Es lo que expresa el viejo eslogan “dos pasos adelante, tres pasos atrás”. Este sistema se refiere al período desde 1985 hasta el final de la década de 1990. Este período fue muy lejos de la violencia de los enfrentamientos de clase (incluyendo aquellos sindicales) de los años 60 y 70, de acuerdo con un aumento real de las tasas de ganancia de las cuales disfrutaron las políticas liberales impulsadas por el gobierno de Mitterrand, y la derrota de la ofensiva de clase post-1968. Desde 1998, la parte efectiva del valor añadido de los salarios comenzó a subir, sin que el nivel de los salarios hubíese cambiado en realidad, esto significa que la tasa de ganancia ha disminuido, poniendo fin a un breve embellecimiento capitalista, y endureciendo de hecho a las llamadas políticas neoliberales, es decir, las políticas del capital reestructurado.

La crisis económica de 2008 ha acelerado radicalmente esta tendencia. En todas partes de Europa, los Estados miembros han estado llevando a cabo políticas de austeridad bajo la presión de las instituciones internacionales, por lo que podría lograrse una salida de la crisis que generaría las mismas tendencias que llevaron a la crisis.

Diez años más tarde, se ha dado una salida relativa de la crisis, con la disminución general de los salarios y las ayudas sociales, con la creciente precariedad del empleo, con los recortes hechos por los Estados a todas esas formas de bienestar aún existentes, poniendo así en el mercado millones de proletarios dispuestos a aceptar trabajar bajo cualquier condición. Esta salida de la crisis renueva las condiciones de la crisis y prepara para una nueva caída que sin duda será aún más brutal, tanto en sus efectos como en su gestión.

En este nuevo contexto, el sistema de movimientos sociales tal como funcionó hasta la década de 2000 se ha vuelto obsoleto. Por un lado, la capacidad efectiva para la resistencia sindical se ha erosionado y, por otro lado, la reacción de los sucesivos gobiernos se ha vuelto cada vez más brutal y cerrada al “diálogo social”.

Cuando los sindicatos actuaban en un nivel casi simbólico y se contentaban con mostrar su capacidad de movilización llevando a la gente a las calles y organizando huelgas, el estado los toma literalmente, obligándolos a demostrar su imposibilidad de implementar sus amenazas, o practicar cualquier medio para prevenirlo. Desde entonces, hemos sido testigos de la criminalización de los movimientos sociales.

A la pregunta-trampa: “¿Tenemos derecho a bloquear el país? La respuesta obviamente puede ser no. Los sindicatos, que son instituciones válidas solo por el reconocimiento por parte del Estado de su carácter legítimo, no pueden colocarse fuera de la ley. En cualquier huelga y cualquier ocupación, hay desbordamientos. Los sindicatos pueden en cierta medida esconderse detrás de actos individuales (“los chicos quieren liarla”), encubrirlos o, a veces, “denunciar la violencia”. No se les puede pedir que organicen desbordamientos, porque esa no es su función. Su papel está en el límite y en el mejor de los casos para cubrir estos excesos gracias a la legitimidad que tienen. Esta legitimidad, cada vez más, es reconocida por el Estado solo en torno a la mesa de negociación, para ratificar lo que se ha decidido desde arriba, con posiblemente algunas concesiones a nivel cosmético para no hacerles perder la cara.

En cualquier caso, cuanto más se vuelve dura la política gubernamental, más se obligan los sindicatos a endurecer sus acciones. La cuestión sobre la práctica del “bloqueo” lo ha demostrado durante diez años. En 2010, cuando el bloqueo de las refinerías, lejos de ser el bloque de producción total es nada más que un descanso, por lo que las refinerías podrían volver a funcionar rápidamente, sucedió simplemente porque un bloque real y total de la producción se habría asimilado al sabotaje, severamente castigado por la ley. Los sindicalistas no son unos desperados. En 2016, durante otro movimiento de refinerías, el Estado fue a extraer de sus reservas estratégicas, como en tiempo de guerra, y el pánico en las estaciones de servicio fue causado más por la cola de los automovilistas que por un cese real del suministro. En 2018, la SNCF establece un co-manejo y ofrece un aumento mensual a los empleados para conducir los trenes. Intenta organizarse para asegurarse de que la huelga ilimitada utilizada por los sindicatos para hacer que el movimiento dure sin afectar los salarios se considera como una huelga única, y que todos los días se pierdan. Está bastante claro que el objetivo es, como dijo Sarkozy, cuando hay una huelga en Francia, para asegurarse de que nadie la note más, o mejor aún – en el respeto del derecho de huelga, por supuesto – no haya más huelgas por completo.

La realidad es que los sindicatos no tienen la capacidad, ni el deseo de bloquear el país. El hecho es que los sindicatos están hechos por trabajadores que sólo tienen su fuerza de trabajo para vivir y son, de hecho, unido a sus recursos productivos, como los ferroviarios que no existen nada más que dentro de la SNCF, y por eso defienden a los servicios públicos. A medida que el Estado los pone de nuevo en la pared y los empuja a implementar sus amenazas, los sindicatos y los trabajadores que representan deben reconocer que la función de los sindicatos no es conducir la insurrección, sino negociar. La negociación no se deriva solo de las directivas recibidas del ministerio, también existe a nivel de las fábricas y, a veces, en contradicción con las líneas decididas a nivel nacional. En 2013, por ejemplo, la CGT se ha negado a firmar los acuerdos sobre “flexiseguridad”, de manera que en el Aveyron, el sindicato local CGT salvó una empresa Bosch permitiendo gotas salariales y reducciones de la jornada laboral, en el más puro espíritu flexiseguridad. El hecho es que las secretarías hacen política y la base debe seguir. La vida cotidiana del sindicalismo consiste en estos ajustes diarios, lejos de las proyecciones de los grandes movimientos sociales.

Pero si el Estado, durante un movimiento, empuja a los sindicatos a declarar ilegales, y por lo tanto los vuelve a colocar en torno a la mesa de negociaciones en las condiciones que son más favorables para él, también dice más y más de lo que podemos hacer sin negociar. El 49-3 y las ordenanzas están ahí para eso, pero también los procedimientos democráticos: que el estatuto de los ferroviarios y la ley sobre la apertura de la competencia pasa ante la Asamblea Nacional, que constituirá solo una pequeña desaceleración en el procedimiento, y tal vez la duración de las huelgas, pero todos saben el resultado de los debates en una Asamblea que en su mayoría apoya a las reformas. Ahí es cuando el sistema de partido único instituido por Macron está en pleno apogeo.

El problema de los movimientos sociales, es precisamente que siguen siendo sociales, que a través de las luchas y las críticas que formulan de la sociedad, devuelven en negativo todas las categorías de esta sociedad que es entonces infinitamente criticable solo porque es infinitamente salvable. Así es como marcan críticamente, cada tres o cinco años, los cambios en el capital, caminando de la mano con él en el camino hacia su desarrollo. Por lo tanto, proletarios, caminamos de la mano con lo que simultáneamente nos mata y nos hace vivir.

En esta situación estancada, es el desbordamiento el que se afirma a sí mismo como la única solución posible. Los “movimientos sociales”, en su reclamo de hacerse cargo de todo el conflicto social, para encarnar la lucha de clases en sí, han tenido el efecto de invisibilizar cualquier otra forma de conflictividad, de designar lo que es una lucha legítima y lo que no es, para reducir cualquier conflicto al reclamo y el diálogo con el poder. Obviamente, estamos pensando en los disturbios de 2005 en los suburbios franceses, que podrían no haber sido considerados tan exclusivamente como una cuestión de desorden público si el modelo dominante de la lucha no hubiera sido el de los movimientos sociales. En 2016, durante la lucha contra la Loi Travail, los desbordes sistemáticos contribuyeron a reintroducir la conflictividad donde no había nada más que un ritual percibido como vacío y obsoleto: las famosas manifestaciónes de “globos y salchichas”.

En el movimiento del cual se habla, la violencia sufrida o practicada, la ausencia de reclamos como condición necesaria para la acción, la superación requerida por el problema de la legitimidad de la lucha para su deslegitimación efectiva, han hecho que el tema del desbordamiento parezca todo lo contrario a la convergencia de las luchas, como una fuerza centrífuga. El “cortège de tete” mismo, ahora institucionalizado y ritualizado, se convierte en un freno para este movimiento centrífugo, ya que designa a los individuos por su afiliación sociopolítica (túnicas rojas y k-way negras), y se ve que se reduce a una forma convergente, tomada por la dinámica del movimiento social. Esta observación ya ha sido hecha por varios de los que participaron en ello. El cortege de tete, en el momento en que se formalizó, se convirtió en un objeto político, un asunto militante, un discurso ideológico. Él ha llegado a negar lo que lo había constituido en su forma más vívida, y que existe en un nivel u otro de todas las luchas de clases de este ciclo; actuar y reunirse en una forma social indistinta y provisional que permite “romper todo”, significa no reclamar nada como propio en este mundo, no construir nada, no buscar lo “común” fuera del yo, des-subjetivizar el sujeto. Resaltar el desbordamiento de las procesiones en los cuales está contenido, establecerlo como una forma de relación entre los individuos y, más allá de los disturbios, llevarlo a diferentes lugares – en particular en los lugares de producción, pero no solo – a fin de determinar el uso inmediato al abolir su rol social, es lo que se postula el momento en que nos encontramos: el desafío del comunismo en acción.

Pero aún no hemos llegado en ese momento. Por ahora, solo podemos ver el declive de los movimientos sociales. Su incapacidad para oponerse a la evolución del capitalismo, porque desde el punto de vista del trabajo, no somos más que un polo de esta evolución, que nos lleva consigo. También podemos ver, a través de este declive, la derrota ideológica del ciudadanismo y su incapacidad para promover políticas efectivas, atrapado como está en una apología del Estado y la democracia. Evidentemente, estamos en un momento de ruptura, o al menos de dislocación. Entonces podemos preguntarnos la dirección que tomarán las luchas de clases, que nunca se han limitado a la forma de los movimientos sociales, en este debilitamiento. Nadie puede responder esta pregunta por el momento. Solo a partir de la comprensión de la situación tal como está ahora, siguiendo las hipótesis que hemos formulado aquí, podríamos, a partir de la observación de lo que sucede durante las luchas diarias, comprender de manera efectiva en qué dirección van las cosas. En este sentido, lo que está en juego en las luchas que están dando en la primavera de 2018, más allá de la victoria o la derrota del movimiento, será mostrarnos la dirección en la que nos dirigimos.

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Pero si el declive de los movimientos sociales se anuncia como inevitable en la situación actual, debemos prestar atención a las extrapolaciones arriesgadas y no elevarnos a lo que podríamos llamar “la teoría de la pureza” según la cual la lucha de clases real, deshacerse de sus atavíos sindicales y ciudadanos, eventualmente podría aparecer en toda su radicalidad e inmediatamente estallar en una insurrección generalizada que borraría el Estado y el capital.

No debemos olvidar que estamos tratando con procesos a largo plazo (es decir, sin prejuzgar los efectos de la interrupción que podría ser causada por una crisis de capital generalizada). Incluso Macron-Júpiter no puede romper ninguna oposición en tres semanas y privatizar todo en tres meses. En esta primavera de 2018 en particular, pudo haber pecado por presunción y haber lanzado demasiados proyectos simultáneos. Si el ataque de esta primavera es masivo y ha tenido un buen comienzo, probablemente ganaremos un poco más de tiempo. La empresa capitalista llamada Francia no puede trasladarse: tiene que tratar con su personal, y no puede reestructurarse a marchas forzadas, porque debe seguir funcionando como un marco capitalista global, es decir, como una sociedad. Todo esto tomará mucho tiempo y causará mucho debate y oposición. Además, como ya se ha señalado, mientras más obstinadas sean las derrotas, más uno se apega a la ideología. La ideología de la defensa del servicio público, si depende cada vez menos de los movimientos sociales en declive en su forma clásica y es bastante obsoleta en su versión ciudadana, tiene buenas posibilidades, debido a estos debates que existirán a largo plazo y fuera del movimiento social, para ser reconstituidos en un nivel estrictamente político.

Es precisamente este plan que los sucesivos gobiernos han abandonado deliberadamente, hasta la figura de Macron que es el emblema de este abandono. El modo de gobierno puramente gerencial promovido por Macron (y reclamado por una parte importante de la clase media), tiene el límite absoluto de no promover más la trascendencia, lo que deja la parte bella a todos los que ahora pretenden, dentro del capital, restablecer lo común. Este común, que puede tomar mil formas en la retórica alternativa, y expresar una aspiración a una dimensión más horizontal en el “todos juntos” de 1995, tiene buenas posibilidades, en el contexto actual, de encarnarse muy estrechamente en una forma populista y nacionalista, que la pareja Le Pen y Melenchon han encarnado recientemente, pero eso quizás también se haya constituido realmente. La reciente victoria electoral en Italia del M5S de Beppe Grillo nos da, entre otras cosas, una idea.

Esta constitución de un grupo nacional-populista tal vez se dará sobre el declive de los movimientos sociales, cuyo componente radical y componente institucional se dividirá en la definición que se dará a lo común, lo que hace una gran apuesta política en los próximos años. El común será entonces el otro lado, el lado social del desbordamiento, será, en su versión alternativa como en su versión nacional-populista, la forma del regreso al orden.

2 de abril 2018, AC.

 

Fuente: carburblog